Disclaimer: Nada me pertenece, salvo la trama. No soy Jotaká. Y no gano dinero.

N/A: Técnicamente debería ser el único, pero tendréis una viñeta extra, hehe.


#7 - Pereza.

Cuando Bellatrix era pequeña, fue castigada una sola vez. Recuerda haber estado en el Salón de Grimmauld Place, con su primo Sirius (que entonces, cuando sólo contaba un mes de edad, seguía siendo un Black en toda regla), y ver acercarse a Narcissa. Venía con una de esas muñecas de porcelana que llevaba siempre. Rubia, casi tanto como ella, y de ojos azules.

-Bella… ¿quieres peinar a mi muñeca?

-No.

-Bella, por favor…

-He dicho que no.

-Bella, peina la muñeca de tu hermana.

No se puede decir que en aquella época fuera una niña dulce (nunca lo fue en realidad, ni inocente), pero se podría decir que era algo más infantil, o quizás que ya entonces le gustaba jugar con el mayor de sus primos. Y esa fue la razón de que decidiera negarse.

-¿No me has oído, Bella?

Sí que la había oído. Aún hoy lo recuerda, pero aguantó estoica en su sillón, con su primo en brazos. ¿Quién tendría ganas de peinar a una estúpida muñeca? Decidió quedarse allí sentada en un acto de rebeldía que le costaría demasiado caro. Ahora se pregunta por qué y no le encuentra razón.

-Bella, no toques esa muñeca.

Narcissa camina delante de ella, con su paso elegante y su melena rubia, guiándola por habitaciones y pasillos laberínticos que parece conocer a la perfección. Recuerda que durante unos meses estuvo enfada con ella por aquello. Cada vez que miraba las cicatrices la odiaba un poquito.

Ahora ha pasado demasiado tiempo y ya no le guarda rencor, pero sigue haciéndole gracia el aprecio que tiene su hermana por las muñecas de porcelana. Un estante completo en una de las salitas de la Mansión Malfoy es la única muestra exterior de ello, pero eso es porque el resto están en una habitación oculta, de la que sólo ella dispone.

Bueno, ellas.

Y es que, aunque ya hace unos meses desde que la fastuosa boda de Narcissa Malfoy se celebrara, una Black siempre tiene sus secretos y sus pequeños (o no tan pequeños) momentos de pecado.

Así que se encierran en la sala, lejos de los elfos, en un lugar al que nadie puede acceder, y se besan. Húmedo, con lengua (y esa saliva que pertenece a la misma familia). Se muerden y arañan y Bellatrix hunde los dedos en ella, primero uno y luego los dos. Lame sus pezones, primero uno, y luego otro, y dibuja círculos en torno a su ombligo, mientras sus dedos nadan en la humedad de Narcissa y ésta gime y arquea la espalda.

Y cuando todo haya acabado, Bellatrix tendrá que irse, aunque no le apetezca, porque su cuñado vendrá pronto y no le gustará encontrarse a las dos mujeres tiradas en una cama, desnudas y oliendo a sexo. Lo que no sabe es que no habrá más veces. No más besos, no más sexo con su hermana. Corren los primeros días de 1981 y pronto nacerá un niño (rubio, de ojos grises y nombre poderoso) que separará sus caminos para siempre.


Nota final: Adoro a estas dos juntas :3