«Despiertas a las princesas con un beso» le había dicho Akiteru cuando él tenía diez años y encontró al otro acercando su cara a la de su novia dormida. Kei se puso rojo y salió corriendo de la sala.
Ahora, seis años después y con Yamaguchi medio desnudo durmiendo a su lado, no sabía por qué se acordaba de eso; Yamaguchi no era una princesa. Con eso en mente, giró sobre él y metió una rodilla entre sus muslos, para luego morder su cuello. El gemido somnoliento que recibió casi lo volvió loco.
«No es una princesa» se dijo «es mucho mejor».
