–Esto deberíamos estar aprendiéndolo dentro de unos años –Kurapika hizo esa observación al término de lo que Killu consideraba que era un entrenamiento.
No cuestionaba que lo fuera, lo era de alguna manera al rozar el significado de este. El niño se había empeñado en corregirle el equilibrio e intentar desarrollarle resistencia; no era nada complicado al principio, pero al ser cosa de todos los días terminaba regresando adolorido a su casa. De vez en cuando jugaban y eso denotaba ser lo que ambos más disfrutaban. Se divertían en el intento de entrenamiento, pero no se comparaba a las estruendosas risas que les provocaba los juegos.
De vez en cuando entablaban largas charlas que le daban la oportunidad a Kurapika de percatarle emocionado cuánto había mejorado su habla, en el acento y la fluidez. También advertía su uso de palabras rebuscadas que, él lograba distinguir y entender porque los libros que acostumbraba a leer contaban con muchas de esas. Killu algunas ocasiones al emplearlas lo obligaba indagar en el diccionario; los papeles habían cambiado al parecer. Era un gran indicio de cuánto realmente estudió. Cierto día, acompañó a Kurapika a los límites entre el resto de bosque y la aldea, mismo día y el único donde se lastimó al hacer un mal movimiento. Por un momento creyó que Killu regresaría a casa.
Al estar en el límite Killu lo retuvo para devolverle el diccionario y, después regresar al bosque.
Las cosas cambiaban a un ritmo alarmante. Incluso el entrenamiento, donde ahora no solo era hacer ciertos ejercicios y mantener el equilibrio, sino que Killu acababa de añadir movimientos de autodefensa; lentos pero precisos, o al menos así fue el ejemplo.
En un principio lo imitaba, Killu hacía los movimientos y Kurapika lo seguía. Y las cosas volvieron a cambiar, pues ahora Kurapika aplicaba los vaivenes contra Killu, quien desviaba estos con sus manos. Los movimientos seguían lentos igual que siempre, pero procuraba hacerlos aún más; era incomodo hacer intentos de ataque contra un niño pequeño al que le llevaba una cabeza.
Ambos estaban en sus respectivas ramas, contigua una de a otra. Killu sentado y comiendo apresurado, y Kurapika recostado a lo largo de la madera; el ojizarco le había pegado la costumbre de usar las ramas para descansar.
–¿Años después? –habló con la boca llena.
–Sí, a los diecisiete años. Se pasa por un entrenamiento –constató.
Vio al pequeño intentando hacer cuentas mientras repetía en voz baja: diecisiete...
Sonrió.
–¿Por qué sabes todos esos movimientos? ¿Tus padres te enseñaron? –inquirió Kurapika.
Mantuvo pensativo unos momentos a lo igual que nervioso. Kurapika supo que tal vez no debió preguntar eso.
–No tienes que responder.
–Mis padres quieren que salga, igual que ellos –hablaba inseguro.
–Y por eso te enseñaron lo básico...
–Lo básico para ellos –coincidió.
Kurapika le encontraba sentido. Su pueblo, sus antepasados habían sido repudiados por sus ojos, a tal punto que los llevaron a la marginación en la que se encontraban ahora. Sí querían que su hijo saliera del lugar, así como ellos tendrían que enseñarle a defenderse del daño que cualquiera quisiera hacerle.
Quizá por eso los ojos de Killu no encendían. No solo lo habían entrenado en autodefensa, sino también para controlar sus emociones y el ardor de sus ojos. Averiguar cómo lograba mantenerlos apagados aun cuando algo lo enojaba era aún más intrigante. Probablemente para Kurapika resultaba complicado porque se dejaba llevar demasiado por sus emociones. Procuraba mantenerlas sosegadas, pero eso no era todo.
–¿Y tú quieres salir? –Kurapika se incorporó.
Killu arrugó el entrecejo y ladeo su boca.
–Ellos esperan lo mejor de mí y... no sé por qué tanta expectativa. Debo de salir, yo sé que debo –Kurapika intentaba comprender, pero Killu hablaba de algo personal, de algo que por ninguna razón él podría entender.
Reparó su insistencia con el diccionario; incluso su raro acento se podía explicar si sus padres se empeñaban en enseñarles el idioma del exterior.
–¿Y tú qué quieres?
–Ser fuerte, ellos lo dicen y yo lo quiero.
Logró trepar a donde estaba Killu.
–¿Por qué?
Ya había terminado de comer.
–Uno tiene que ser fuerte para proteger ¿no es así?
Kurapika no podía responder eso, no tenía una responsabilidad así con nadie. Una cosa era cuidar de alguien como hacía con él, pero otra el proteger a alguien; era completamente distinto. Ese niño tampoco debía saber de eso, solo tenía cuatro años.
Recogió el molde de comida.
–Ven sigamos entrenando.
Zeno se alejó de donde Killua y el Kurta.
La sangre estaba a punto de acabarse. Su gente desesperaba por ese cambio de ventaja tan repentino. Fueron ilusos y engañados de nuevo. La tensión en el lugar hizo una fatídica combinación con el pésimo ambiente; las lluvias y violentos vientos atacaban. Una pésima señal que avisaban de las posteriores temporadas de dominancia de bestias.
El hombre sujetó el recipiente que contenía la sangre restante. A su lado, su mano derecha se ahogaba en su frustración.
Lamenta que alguien tan jovial que apenas lleva un corto plazo de su vida se vea en una situación así.
–¡Hemos perdido a muchos! –exclamó– ¡Y no hemos progresado nada ¿cuántos niños han quedado huérfanos ya?! –ese hecho lo tenía atormentado.
El hombre miró al más joven con pena; él también estaba agobiado. Y lamentaba no poder darle consuelo, no tenía manera de hacerlo.
Ni el derecho.
Supo que lo había perdido desde aquella pequeña chiquilla de pelo durazno. Las noticias de cuántos de ellos habían perdido fue un golpe duro para todos, pero solo unos pequeños ojos radiantes sobresaltaban entre la conmoción de ese momento. Iluminaban su sed de sangre y la enorme ira que la consumía.
Con tal resplandor, el hombre sabía que esa niña podía matar apenas tuviera a los responsables frente a ella.
El joven se frotaba la frente, completamente afligido.
–¿Ella como sigue? –preguntó.
El joven de inmediato acató la pregunta de su superior. Había notado la particular atención del hombre en la pequeña.
–Apenas se enteró que su madre murió, se ha aislado.
–Ya veo –dirigió su mirada a la sangre que quedaba– era de esperarse.
Vio al chico apoyarse en el marco de una de las ventanas.
–Has sido muy claudicante con mis decisiones –reconoció el hombre.
–Creía que lograríamos deshacernos de ellos fácilmente –justificó.
–Yo fui quien creyó que lo lograríamos –objetó.
El castaño volvió a frotarse la frente.
–Kiyoshi, cálmate.
El joven arrugó la nariz.
–Dígame, ¿realmente se han vuelto tan fuertes?
–Eso es imposible.
–¿Entonces cómo es posible esto? –estaba lleno de preguntas y su alma le gritaba por el bien del resto del pueblo, de los niños...
–Kiyo, ellos lograron su objetivo. Envolverse con el resto de los de allá –el joven volvió su mirada al hombre tensó su cuerpo–. Han enviado mensajes informando de un extranjero en las tierras de esos desgraciados. Es quien está acabando con todos.
–¡Nadie debería poder vencerlos! –comenzaba a titubear– Nosotros, nuestros... ¡nuestros ojos!
–Sabemos que el poder de estos ya no está –escupió con impotencia–, ya no alcanzamos el poder demoníaco que antes. Y si nosotros no podemos, ellos tampoco; jamás tuvieron esa habilidad ni la posibilidad para desarrollarlo.
Los años habían opacado el desencadenado poder de sus ojos escarlata, y sus vidas por eso corrían riesgo en aquel lugar con latentes peligros. Necesitaba más sangre para sacar de ese lugar tan hostil a su gente, pero ahora parecía aún más fulminante el tratar de conseguir esta en la tierra próspera.
–Dime –acercó la sangre al castaño– ¿debería usar lo que resta para enviar una última oleada de ataques? –meditó unos momentos– solo hace falta una gota para reavivar la cosecha por unos cien o doscientos años más. Podremos seguir teniendo alimento.
El joven estuvo de acuerdo. Solo una última oleada.
Al final sabía que esos niños albergaban lo que su superior creía extinguido, y aquella niña que tanta atención llamó al hombre, era la clara prueba.
Al menos de algo sirvieron las muertes de sus hermanos.
Regresó su vista a la ventana y avistó a todos corriendo para resguardarse en sus hogares. Recorrió el marco exterior con la mirada hasta llegar a donde cayó...
Una gota...
Estampó en el rostro de Killua.
Tenía que ser una broma. Definitivamente tenía que ser una broma.
No tenía donde resguardarse de la lluvia y cuando por fin encontró donde impactaba menos, apareció Kura. No sabía dónde estaba, pero lo escuchaba llamarle.
Y definitivamente no planeaba salir al diluvio.
Kurapika arrancó algunas ramas en el camino. Claro, llevaba una sombrilla, pero solo alcanzaba para uno, y necesitaba soportes para hacer un pequeño refugio.
Su madre incluso lo envió con frazadas para pasar el frío. Kurapika intentó no empaparse mucho para poder usar las que le correspondían para hacer el pequeño refugio y el resto dárselas a Killu; a quien con toda seguridad le escurría la ropa.
–¡Killu! –llamó de nuevo.
¿A dónde se le pudo haber ocurrido irse si el árbol donde siempre se encontraba era el que más le podía esconder de la lluvia?
Killua había tenido que enfrentarse a tres sujetos, no muy lejos de ahí. Y tal como su abuelo le había dictado, enterró los cuerpos, lo cual le llevó tanto tiempo que para cuando terminó las gotas ya levantaban fuertemente el hedor a petricor.
Corrió al primer lugar que encontró adecuado, sin darse la oportunidad de llegar al enorme árbol en el que habitualmente mantenía.
–¡Killu! –se volvió a oír.
'Se escucha más cerca' advirtió.
Killua tenía dos problemas, la lluvia y la evidente sangre en su ropa. Los llamados se aproximaban. No podía dejar que lo viera así (y esta vez arrancarle los ojos no era una respuesta) (Killua había saciado su curiosidad de hacerlo en ese asalto; no era algo agradable, pero tampoco repulsivo).
La lluvia por la fuerza con la que llegaba logró borrar al primer contacto una gran cantidad de la sangre. Killua se tapó el rostro con sus manos y siguió dejando que las gotas golpetearan contra su ropa.
–¡Killu! –ese chico estaba loco si lo seguía buscando aun con esa lluvia.
La sangre no se había ido del todo, pero era menos vistosa.
–¡Te vas a resfriar!
Killua quería gritarle que era su culpa, pero él también se estaba mojando para buscarlo. O eso creyó hasta que volteó y lo vio con una rara sombrilla cubriéndolo.
Kurapika alcanzó su hombro y lo cubrió de inmediato: – Vamos –Killua asintió.
No entendía cuál era el objetivo del rubio al hacer... lo que se suponía que fuera esas ramas con todas esas telas ya llenas de lodo.
–No se sostuvo –dijo con el alma saliendo de él.
Killua ahora sujetaba la sombrilla mientras Kura intentaba de múltiples maneras reconstruir eso... con todos sus intentos siendo un fracaso.
Cuando Kurapika creía que su improvisado refugio por fin se sostenía, se desplomó de nuevo. Hizo una mueca a la vez que una vena le saltaba por el descontento que tenía.
–¿Cómo se supone que ahora te proteja de la lluvia? –pateó las ramas y las frazadas en un arrebato.
Hace mucho que Killua no era invadido por esa sensación. Ese inexplicable bochorno que lo retraía cada que Kurapika hacía algo por él, quien, en ese momento se revolvía el pelo mientras gruñía.
–¿Eso era para cubrirme?
Kurapika desvió la mirada y asintió con una mejilla inflada y su entrecejo tocándose. Killua ahora era a quien le saltaba el disgusto; estaba empapado y el objetivo del rubio era protegerlo de esto. La culpa era en realidad de los intrusos.
También ya días atrás el número de estos se había reducido. Los ataques nocturnos disminuyeron y la presencia de Zeno era casi nula por donde Killua. Ese día fue una sorpresa que aparecieran tan temprano; incluso su acechamiento completamente minucioso.
Pronto dejaría ese lugar.
–Me cansé –bramó Kurapika, se volvió a Killua y extendió su mano a su dirección–. Dame la sombrilla.
Killua obedeció y al hacerlo se dio cuenta de que debió llegar a ese árbol si quería evitar mojarse tanto; apenas si caían unas pocas gotas. De haber llegado, las puntas de su cabello no estarían goteando, pero también Kura lo habría visto lleno de sangre '¿Qué más da?' Sus días enfrascado en ese lugar estaban contados. Y jamás volvería a verle.
Sumergió su mano en la tierra y recogió una gran cantidad de lodo. Retrocedió unos cuantos pasos, echó su mano para atrás y se tomó impulso para lanzar.
–¡Hey! –se quejó el rubio.
Killua nunca había pensado que le desagradaran las despedidas. Pero era obvio que fuera así, no pudo decirle adiós a Alluka.
Lanzó otro trozo de lodo.
–¡Detente! – le protestó, limpiándose el barro.
No quería regresar a casa. No volver a ver Alluka; no quería para nada. No tenía por qué despedirse de ese chico si no pudo hacerlo de su hermano.
Atiborró ambas manos de fango y antes de que pudiera lanzarla, Kura se abalanzó sobre él, sujetando firmemente sus muñecas. Killua se resistió, obligando al contrario a tumbarlo; la consistencia de la tierra hizo dolorosa esa caída.
Si se hubiera ido desde un principio y hubiera regresado tiempo después tampoco hubiera vuelto a ver Kura; la muerte le habría alcanzado con los intrusos. Lo cual se habría asemejado a lo que sucedía con Alluka.
–Dije que te detuvieras –espetó tajante.
¿Qué iba a saber ese chico de perder a alguien? Killua y su abuelo estaban protegiendo a su pueblo, a él. A quienes fueran sus familiares y conocidos ¿Que iba a saber de no volver a ver a nadie ni poderse despedir antes de que le fuera arrebatado de un día a otro?
Killua estaba a punto de llorar.
Kura le embarró una buena cantidad de lodo en el rostro y posteriormente comenzó a reír.
–Cambia ese rostro, no estoy enojado. Se supone que esto debería divertirte a ti también, no estoy sucio solo para que tus ojos estén temblando.
Se reincorporó y tendió su mano a Killua para ayudarle a levantarse. Creía que había logrado hacerlo enojar y ¿enserio se estaba dejando atacar para animarlo? Correspondió y se dejó ayudar.
Kura recogió una gran porción de lodo y lo arrojó al cielo; recibió con gusto este de vuelta. A pesar de eso, esa acción parecía sensata a diferencia de la discrepancia de Killua.
–Ya no quieres –repuso Kurapika mientras se limpiaba el barro. Killua no respondió, lo cual lo hizo decaer y recabar opciones para levantarle el ánimo.
Aún debía terminar el pequeño refugio, y Killua denotaba su impaciencia. No quedaba de otra. Kurapika buscó entre sus cosas un recipiente y se le tendió a Killua ya destapado. Su rostro se iluminó al ver la gran cantidad de chocolate que encerraba la madera.
–Puedes comerte todo si gustas –Killua le clavó la mirada y Kurapika inmediatamente negó–, no te preocupes. Yo no quiero –por supuesto que quería chocolate–. Mi madre propuso que lo trajera, es adecuado para esta lluvia.
Killua no dudo ni un segundo en devorar tres piezas de un solo golpe. El rubio procedió a acomodar las frazadas restantes sobre la tierra y a acomodar la sombrilla, tratando así de eludir el hecho de que no debió dejar que el menor comiera cuando sus manos estaban bañadas de tierra. Dolor de estómago por subirle los ánimos.
–¿Por qué haces esto? –habló por primera vez en todo ese rato– Lo he pensado mucho y no es posible que alguien se arriesgue tanto solo por alguien que le agrada.
–No lo sé... –meditó unos segundos– yo te siento como alguien cercano. Déjame encontrar la palabra correcta.
Después de esa declaración, el chocolate tuvo un sabor extrañamente hogareño.
Killua había dicho muchas cosas personales, pero no por eso consideraba a Kura cercano. De hecho, ni siquiera lograba distinguir que emociones tenía exactamente cuando ese chico hacía cosas así; solo lo podía definir como calidez.
Guardó un poco de chocolate.
–¿Tenías mucha hambre? Pensé que habías ido a comer –Kurapika señalo su ropa– fuiste por frutos ¿no?
–¡Ah, sí! –tenía muchísimo que no comía esos frutos rojizos, no hacía falta con el alimento diario de Kura– supuse que hoy no vendrías, esta lluvia...
–Pero llovió de sorpresa –intervino.
–Yo ya sabía que iba a llover –mintió– no sé allá pero acá se veía que llovería. Las nubes estaban ya cubriendo desde la mañana –inventó.
–Te empapaste aun sabiendo –Killua empezaba a fastidiarse– ¡Cierto! Dame tu ropa, solo la casaca –negó ante esa petición– Te vas a resfriar. También yo si no ponemos a secarla y nos refugiamos –agregó a la vez que se quitaba la parte superior.
–¿Eso no nos hará más propensos a resfriarnos? –Killua negaba a quitarse la parte superior porque no sabía si la ropa de algodón también estaba llena de sangre.
No esperó más y lo despojó de su llamativa prenda morada. El único rostro lleno de sorpresa fue el de Killua; las prendas interiores no estaban para nada cubiertas de sangre, a excepción de la orilla inferior del pantaloncillo, lo cual ya se notaba desde antes.
–Puedes sentarte ahí –indicó donde la sombrilla se encontraba.
–¿Y tú? No vas a alcanzar lugar.
Kurapika colocaba la ropa en un espacio donde apenas si caían unas gotas: – ¿Tienes frío? –Killua solo quería que ese chico se diera preferencia para poder justificar estar enojado con él.
Paró de protestar e indignado tomó de la mala gana el lugar bajo la sombrilla: – ¿Y si tuviera que? Las otras mantas ya están mojadas. No puedes hacer nada.
Killua no pudo ver la media sonrisa que Kurapika esbozó divertido. Tampoco pudo verlo cuando se acurrucó en el pasto, pero pudo sentir como le recargó su cabeza en el pecho. Sus brazos se situaron a los costados su cadera.
–No tengo más con que arroparnos, pero si tienes frío puedo hacer esto –Kurapika lo había hecho muchas veces con Pairo, hasta que su madre llegaba a abrigar con algún edredón.
Dada la situación, era justificable para los dos hacerlo.
Killua dejó caer su cabeza sobre el tronco que estaba tras de él
La sorpresa le agitó tanto la respiración que abrió la boca varias veces para inhalar grandes bocanadas de aire, pero aun así le hacía falta más.
El cabello de Kurapika desprendía un olor a chocolate casi imperceptible; el chocolate que le había llevado. Le apeteció comer lo que había guardado. Solo le hacía falta estirar un poco su mano a su costado para alcanzar una pieza.
Killua tragó y suspiro con fuerza mirando al rubio.
–No puedo respirar –murmuró.
–¿Mi cabeza pesa mucho? Lo siento, tratare de no dejarte mi peso –dijo disminuyendo la presión con ayuda de sus antebrazos. Mantuvo los ojos cerrados y sonrío cuando termino de acomodarse. Killua volvió a tragar.
La dificultad no se había ido (parecía haber incrementado).
Se sentía asfixiado y confundido al sentir tantas emociones juntas en ese momento que nunca había experimentado (en parte por su corta edad y en parte por el ambiente de su hogar). Uno era de nuevo la calidez; el objetivo de Kurapika de proporcionarle calor se había cumplido, aún que no de temperatura, Killua podía soportar las temperaturas bajas. Emocionalmente encontraba confortable el momento y cálido.
Suspiró de nuevo con fuerza.
–No pesas –la sonrisa de Kurapika creció.
No era el peso. No era eso no nada.
No podía respirar.
–Encontré la palabra correcta.
Killua aguardó hasta que Kurapika dijo con afecto:
–Eres como un hermano menor.
