Ok, lamento la tardanza. Este cap era, supuestamente el epílogo...el único problema, es que al juntar todas las escenas que quería usar se hicieron 60 páginas y no podía subir tal atrocidad de letras, por lo que logré hacerlo en 40 pero sigue siendo largo, así que tendré que dividir el epílogo en dos. Lamento las molestias!
Epílogo, parte I: En los ojos de Cole.
Esa mañana me había levantado muy temprano, vestido con mi mejor ropa e incluso, perfumando un poco para llegar a mi destino final; era un día especial, triste, cruel, pero aún así, importante en mi vida: no podía dejarlo pasar, ni mucho menos, no hacerlo de manera ceremoniosa. Mis pies avanzaban con pesadez porque todo mi ser odiaba ese lugar, aunque durante el día y a esa hora, parecía pacífico y tranquilo, casi de ensueño. Raro, pero uno no siempre es capaz de controlar las propias sensaciones. No había una sola alma además de la mía, al menos visible. Mis ojos disfrutaban el paisaje, ignorando el significado de éste y se regocijaba en el pasto que brillaba verde y todas las flores a los alrededores (o su mayoría al menos) que estaban perfectamente acomodadas. Al encontrar el terreno físico de mi primera parada, detuve mis pasos. Un nudo en mi garganta, un latir acelerado y una sonrisa melancólica se hicieron de todo mi ser, pero no me atreví a quejarme.
― Hola...―le dije con voz tenue, y me senté de rodillas junto a su tumba.
Observé aquella lápida que al ser para mí, visita obligada, me sabía de memoria: centímetro a centímetro. Era de piedra labrada, mármol para ser exactos y de forma rectangular, que se encontraba junto a otras que compartían su apellido o tenían algo que ver con ella.
"Phoebe Marie Halliwell. Descansa en paz, hermosa hermana, maravillosa nieta. Que tu corazón al fin, sane sus heridas. 02/11/19975 - 03/11/1993".
Me restregué el rostro, furioso. Dieciocho años...se había ido con dieciocho años recién cumplidos: doce de la noche con cero minutos, el mismo día de su nacimiento, había marcado el de su muerte.
― Ya son dos años Phoebe ―dije con voz cansada, pero amorosa― y todavía no puedo creer todo lo que pasó en tan poco tiempo. Sé que te digo lo mismo cada vez que vengo a verte, y que debes estar un poco cansada de escucharme hablar sin detenerme.
Sonrío para mis adentros, lamentando no haber sido capaz de mantener una conversación con ella durante el tiempo en que estuvimos juntos, durante las oportunidades en que pude hacerlo. Mi vida ha cambiado mucho desde que ella apareció, también desde que me dejó aquí. Me restriego la cara de nuevo, y ahora, no puedo evitar llorar ante su recuerdo, y se lo digo: siempre le digo todo lo que pasa por mi mente, intentando así, compensar lo que callé cuando no debí hacerlo.
― Te extraño demasiado mi amor. Te necesito aquí, conmigo, tomando mi mano, acariciando mi rostro ―sollocé, tocando mi cara, buscando el dulce tacto de su cálida piel sobre ella, la cual no estaba ni jamás volvería a estar― Necesito tu carita de ángel, tu mirada de niña traviesa, tus suaves labios correspondiendo mis fríos gestos incluso cuando te dolía hacerlo. Y no sabes cuanto me odio por ello. Me odio por no haber podido ser algo mejor para ti, por haber sido un imbécil y no haberte podido salvar de esto...por no haberte dado todo lo que merecías, que era sin duda, mucho más de lo que jamás hubiese podido darle a una princesa como tú. Es increíble como intenté resistirme a ti y no pude lograrlo. Cómo una mirada tuya cambió mi universo y puso mi vida entera de cabeza...
Al fin recibí las drogas que estaba esperando esa semana, y ahora iba en camino a la habitación de Helena para que más tarde podamos usarlas. De seguro va a estar contenta al recibir más veneno para terminar con su vida. Abrí la puerta de la habitación, y me detuve en el dintel al encontrarme con alguien que no conozco frente a mí. Es una niña, no parece tener más de quince años y se sentó rápidamente apenas sintió mi presencia en la habitación. Me mira, entre indiferente y confundida, y yo recuerdo que las chicas habían estado hablando de que llegaría una nueva el día anterior. Debía ser ella.
― ¿Eres la nueva? ―le pregunté.
Ella no respondió. Simplemente se bajó de la cama y se paró frente a mí.
― ¿Lo eres? ―repetí, mirándola rápidamente de arriba abajo.
Los efectos de las drogas, la apatía que me producen, me hacen ser casi callado, tosco y además, observador. Estaba registrando toda su estructura en el fondo de mi memoria, como lo hacía cada vez que conocía a algún nuevo alguien.
― Eh, sí...eso creo, o sea, soy nueva pero no sé si soy "la" nueva ―respondió un poco incómoda, y razones tenía; no era divertido que un extraño se acercara un paso más apenas se ponía a conversar contigo, pero yo quería ver con más claridad el color de sus ojos oscuros.
― ¿Y? ―pregunté, esperando a que compartiera algo o me preguntara alguna cosa; los novatos siempre tenían preguntas acerca de cómo hacer trampa y yo le daba las respuestas siempre y cuando ellos me diesen algo a cambio.
― ¿Y...qué? ―pregunta alzando una ceja, sin entender nada o aparentando no hacerlo.
― ¿No trajiste nada? ―insisto. Si vino aquí por drogas, debe traer algunas escondidas, y siempre son de mejor calidad que las que puedo conseguir aquí adentro. No me importa cuánto cobre por ellas, pero las quiero.
― Ah, entiendo ―dijo con cara de haber descubierto alguna cosa clave, o al menos, entendido lo que quería saber― Me confundes con alguien; no tengo idea de qué hablas y sí, traje un algunas de cosas, una mochila y un par de zapatillas, pero no creo que seas de mi talla.
No puedo creer que la mocosa me esté hablando en serio, y mi cara lo expresa, como gran novedad.
― ¿No trajiste nada? ―repito, y ésta vez no es pregunta si no una acotación incrédula.
― No ―contestó, y la vi llevar sus manos a su cadera con molestia― No traje nada, o nada más de lo que ya te dije, ¿Te puedes ir?
Odio su actitud de creerse con derecho a hablarme en ese tono, pero aún más, que sea tan inútil como para no haber traído nada de afuera cuando claramente, aquí será imposible de encontrar algo bueno. Golpeo la pared, frustrado murmurando un "maldición", aunque por otro lado me alivia que tenga ganas de recuperarse o, que al menos, jamás haya tenido un problema de adicción; se ve demasiado joven como para empezar a destruirse sin darse el espacio de cambiar para mejor.
― ¿Segura que...? ―intenté preguntar de nuevo, sin darme por vencido tan rápido, casi seguro de que no estaba haciendo más que perder el tiempo.
― ¡No traje nada! ―me gritó fuera de sus cabales, y yo noto que aunque sea pequeña, es bastante fácil de desesperar.
Estuve a punto de preguntarle de nuevo, pero me abstuve. Estaba claro que no entendía lo que le estaba diciendo, pero aún así, algo me hizo querer continuar en su presencia, principalmente, curiosidad.
― ¿Por qué estás aquí?
Ella me miró perpleja. Frunció el ceño, parece haberse enojado porque cambié de tema, pero me interesa saber. Se ve desaliñanada. Tiene la ropa desordenada, el cabello revuelto y el exagerado delineador negro corrido por sus mejillas. Estuvo llorando, no hace mucho, sus ojos rojos e hinchados también me lo indican.
― Yo...bueno, supongo que...por lo mismo...que tú ―balbuceó descolocada.
― No, si estuvieras por lo mismo que yo, hubieses traído algo ―rebatí de malas pulgas, de verdad no traía nada y el buen humor de la mañana se había desvanecido completamente.
Se cruzó de brazos, mirándome con cierto odio y esperando a que le explicara a qué me refería; la chica no era demasiado brillante, o más bien, era muy inocente. Le creía que no estaba ahí por drogas, ¿Entonces por qué?
― Me refiero a drogas ―le expliqué, y la vi asentir― La mayoría de los primerizos, siempre se las arreglan para traer un poco escondida...los viejos que vuelven, también. No estás aquí por eso, ¿Por qué estás aquí?
― Mi abue...mi familia piensa que soy alcohólica y drogadicta, y aquí estoy...hasta que se aburran, o me aburra yo.
Escucharla hablar así de cohibida, era como mirar a una niñita de ocho años atrapada infraganti en el robo de una galleta. Y decidí que era el momento de irme de ahí; no quería hacerla sentir peor en su primer día de encierro, pero algo me pedía que tratar de alargar más la conversación, a ver si se volvía un poco más amena.
― Ah...¿Y eres alguna de esas cosas?
― No.
Su respuesta tan tajante, me hizo ver que no había por donde seguir conversando, y pensándolo bien, ¿Por qué tendría que quedarme a hablar con ella?, era una niña, una mocosa que se iría de allí pronto y que estaba ahí, básicamente, por ser una malcriada. Asentí y salí de la habitación, decidiéndome a olvidarme completamente de ella. Y en serio lo intenté, pero me di cuenta de que con tanta distracción de su parte, había olvidado dejarle a Helena la mercancía que había conseguido. Iría más tarde, a la hora de las duchas, a ver si la chica ya no estaba ahí y no me encontraba otra vez con ella.
Me senté a leer, a esperar a que pasara el tiempo en la vida real mientras la joven Caroline atravesaba los Alpes para llegar a Suiza en las páginas de mi historia. Al ver que el tiempo pasaba excesivamente lento y que el transcurso del libro me estaba irritando, decidí inyectarme un poco y miré mi reloj, calculé, y supe que ya era tiempo de volver a la habitación 91 a dejar la heroína; Helena jamás me perdonaría que no se la llevara apenas la conseguía, sobretodo, una de tan buena calidad como esta. Y me importaba, porque ella era algo así como mi hermana pequeña, con la que había compartido durante seis años en ese lugar. La protegía, ella me protegía a mí, pero ninguno tenía el valor necesario como para alejarse de las drogas, y menos aún, alejar al otro de ellas. Era un tema personal, y nadie se metía en la vida ajena.
Me detuve afuera de la puerta de la habitación, y me encontré con un sonido impropio a ella, ¿Alguien estaba llorando? Me acerqué despacio, algo curioso, pero no muy interesado, y abrí la puerta. Vi a la niñita de hace un rato llorando sobre la cama de arriba en el camarote de la derecha. Y me rompió el corazón al hacerme recordar a mi propia hija...me pregunto cómo estará mi pequeña Johana...dentro de un mes más, cumpliría nueve años de edad. Niego para despejar mi cabeza de ella, y también de su madre...Beatriz...seis años llevo lejos de ellas, y aún así, no me atrevo a recuperarlas. Me mordí el labio, ¿Acercarme o no?, Esa era la cuestión...Y lo hice. Seguí mi impulso y le toqué el hombro, sintiéndola reaccionar de inmediato, casi como un cartucho de dinamita al contacto con el fuego.
― ¿Qué quieres? ―me gritó furibunda, sentándose en la cama.
Me quedé quieto, aún con mi mano al rededor de su brazo, al acababar de notar, ya que recién estaba mucho más preocupado de su llanto que de otra cosa, que la jovencita estaba apenas cubierta por una toalla blanca, la cual se había resbalado de su torso apenas se había sentado. Estaba desnuda de la cintura hacia arriba, y fingí que no lo sabía, y no hice ni siquiera el amago de mirar: no quería asustarla.
― Vine a buscar algo ―le dije actuando natural y liberándola para darme vuelta, dándole disimuladamente la oportunidad de cubrirse.
― ¿Qué cosa...? ―preguntó casi sin voz.
― Conseguí material, le traje a Helena ―le expliqué, abriendo el candado y sacando un bolso pequeño de su casillero― Dile que lo dejé aquí, aunque supongo que se dará cuenta sola.
Saqué algo de mi bolsillo y lo escondí en su bolso. Cerré la puerta y me preparé para irme, ya había tentado demasiado al destino al encontrarme por segunda vez con ella, y no quería que pensara que era una especie de pervertido o algo así, acosador de niñas pequeñas.
― ¿Qué material trajiste?
Su temblorosa voz me llamó la atención de inmediato, y volteé con lentitud antes de mirarla a los ojos con profundidad, tratando de discernir sus intenciones.
― Heroína ―le respondí, listo para irme y no hablar más.
Mi voz interior me decía que me alejara rápido, porque algo me estaba empezando a llamar la atención en ella: y no era correcto. No debía, por nada del mundo, permitir que mi cabeza siguiera diciéndome cuán hermosa era, a pesar de lo demacrada que estaba, ni mucho menos que me siguiera culpando por no haber aprovechado la oportunidad de ver su torso desnudo cuando pude hacerlo.
―"¡Moral, Cole!, ¡Moral!"―me grité a mí mismo, en mi cabeza.
― ¿Podrías...?―intentó preguntarme, pero se quedó callada en la mitad.
Y yo, sin pensarlo antes, por idiota, completé su oración, cuando en su lugar debí haberme ido de vuelta a mi cuarto. Esa niña estaba empezando a trastornarme, y eso que no la había visto más de media hora en total en el resumen del día.
― ¿Darte?
La vi sacudirse un poco, como si un escalofrío hubiese recorrido su delgado cuerpo. Levanté una ceja y caminé hasta ella, sin resistir la tentación de pegar mi frente contra la suya, solamente para sentir su suave piel y poder ver más de cerca sus hermosos ojos castaños. Eran fantásticos, pero dolía ver que estaban tristes y heridos. Y nuevamente me di cuenta, de que era mejor irme de ahí. El efecto de las drogas no me estaba dejando pensar con mucha claridad, y sentía a la muchacha tensarse: estaba asustada.
― Dijiste que no eras drogadicta ―le dije tratando de retomar el control, dando un paso hacia atrás y alejándome de ella, empezando a sentir aquella resequedad en mi boca que venía siempre antes de la euforia.
Creo que me moví muy rápido, o que ella estaba demasiado petrificada, porque apenas retiré mi frente de la suya, se vino hacia abajo. Me asusté de que se hubiese desmayado y reaccioné rápidamente, tomándola de los hombros e impulsándola hacia arriba, devuelta a su cama. No le tomé más asunto, o eso intenté hacer ver...no debía ser fácil para ella ver a un anciano acechándola.
― No lo soy ―me respondió tragando en seco.
― ¿Quieres probarla? ―pregunté sin mirarla, pensando en enseñarle una lección si es que decía que sí, pero esperando a que dijera que no.
La chica que tenía en frente era demasiado dulce y pura, a pesar de todo, y no tenía idea en el mundo de enfermos en el que se estaba metiendo. No podía permitir, por nada del mundo, que terminara siendo parte de aquél mundo. No sé por qué me interesaba tanto, pero lo hacía.
No me respondió, más bien, titubeaba...temí que asintiera, por lo que continué mi camino hasta la puerta, en un paso lento y expectante, deseando escucharla decir "no" fuerte y claro.
― ¡Sí!
Su grito me desmoralizó. Escuchar eso, fue casi recibir una estocada en el pecho, ¿Sí? La habían encerrado ahí para que se "recuperara" y, sin ser drogadicta, ¿Decía que sí?, ¿Acaso no pensaba en las consecuencias?, ¿Acaso no se daba cuenta que decir que sí, sería introducirse en un problema del que no era para nada sencillo escapar?
Me volteé. Estaba furioso, y caminé hasta ella sin dejar de mirar mis zapatos: también me sentía culpable por siquiera haberlo sugerido. Volví a juntar mi frente con la suya: ahora quería que le diera miedo. Que se asustara, y que jamás volviera a pensar en probar las drogas. Conociendo los tratamientos como los conocía, sabía que dentro de tres meses estaría de regreso en casa, y evitaría cualquier relación entre ella y las drogas hasta ese entonces; era algo así como mi meta personal.
― Eres una persona que no debería estar aquí. No eres como nosotros, y no voy a ser yo el que te convierta en un monstruo.
Me separé de ella, y la pobre avecita volvió irse hacia abajo. Reaccioné rápido, pero de manera fría y permití que mis reflejos intentaran sujetarla para enviarle de nuevo a la cama: pero me falló el cálculo. Sin quererlo, también sin pensarlo, sentí algo ciertamente grande, blando y suave siendo sostenido por mi mano; y no necesité mirar para saber que había tenido la mala fortuna de sujetarla de uno de sus senos. La impulsé hacia arriba rápidamente, volteé fingiendo que no me importaba y me fui.
Comencé una carrera rápida hacia cualquier parte, sintiendo como me sonrojaba, ¿Me estaba sonrojando?, ¿Una adolescente me estaba haciendo sonrojar? Me miré la mano y negué. Lo que había pasado allá adentro había sido horrible, y para peor, podía sentir una pequeña dureza entre mis piernas, en la parte delantera de mi pantalón. Era defintivo: esa niña sería mi perdición. Mi perdición como persona, como cualquier cosa, porque no podía ser tan asqueroso e inmoral como para reaccionar así ante una jovencita que, aunque no podría ser mi hija, era al menos diez años menor que yo.
― No puedo creer...que me hayas llamado la atención así de fácil...―le dije, sonriéndole con tristeza― bueno, si puedo...porque lo hiciste...lamento tanto no haber hecho más esfuerzos para protegerte...lamento haberte hecho sentir como si no valieras nada...pero, bueno, ya hemos hablado de esto ―le dije, refiriéndome a que yo ya había ido a conversarle del tema― no quería caer...no quería enamorarme, ni menos, reconocer que lo estaba. Pero te prometo, aunque sé que lo sabes, que cada beso, abrazo, caricia...siempre fueron reales. Sinceras, honestas...mi manera fría, no tenía que ver solamente con las drogas sino también, con que sabía que lo que estaba haciendo estaba mal...pero cada vez que te miraba, olvidaba mi edad, olvidaba la tuya lo olvidaba todo y lo único que quería...era tenerte...
Entré a la habitación de las chicas en busca de Helena. Me senté en su cama, sintiéndome algo decepcionado al notar que Phoebe, como me había dicho que se llamaba la muchacha, no estaba.
―"¿Y por qué te importa?"―me dije a mi mismo, cerrando los ojos.
No sentí que la puerta se abrió. Y cuando abrí los ojos, me encontré frente a frente con la jovencita que ocupaba mi cabeza. Parecía recién salida de la ducha y llevaba puestos un par de jeans que marcaban perfectamente sus finas piernas y su firme trasero; era pequeño, pero aún así, perfecto. Me quedé embobado, sin percatarme de que en cualquier otra condición no estaría haciendo más que viendo algo como pornografía infantil, sobretodo cuando no pude mantener más mi vista en su firme abdomen y delgada cintura, y terminé levantando mi mirada hasta sus senos. Eran lindos, los dos. Grandes también, y me miré la mano de nuevo, recordando la vez en que había tenido uno de ellos ahí. Mi corazón se aceleró cuando sentí que me estaba empezando a "emocionar", por decirlo menos. Y dirigí mi mirada hasta su rostro, imaginándome cómo sería alcanzar esos pequeños labios.
Me sentí eternamente aliviado cuando reparé en que ya se había puesto su brassier y una blusa, y casi pego un salto al techo cuando la escuché gritar, saltar y afirmarse de la pared. Tenía los ojos abiertos de par en par y me miraba sin saber cómo reaccionar.
― ¿Cu...cuán...cuánto llevas ahí?
No supe qué responder. Estaba a segundos de sonrojarme, y todavía estaba concentrado en que no se levantara nada que no tuviese que hacerlo...me sentía enfermo, realmente repugnante. Indiferencia: esa era la clave. Tenía que mostrarme indiferente si no quería que ella sintiera que el viejo verde que visitaba su habitación, tenía planes de ir y violarla una noche cualquiera.
― Lo suficiente como para saber que tienes una manchita de nacimiento en...
―Cállate ―la escuché decir.
Se sonrojó, y tenía sus razones; no quise explicarle que no había visto demasiado, ni tampoco en que había decidido dejar de hacerlo apenas me di cuenta de lo que estaba haciendo, pero entendía muy bien que tuviera vergüenza. Se tapó el cuerpo con sus manos, a pesar de que ya estaba vestida. Me causó gracia, pero no reí, tampoco esbocé una sonrisa.
― Creo que ya sé por qué te enviaron aquí, por exhibicionista.
Me odiaba por ser tan cruel con ella, sobretodo por humillarla más de lo que estaba, pero era la única forma de lograr que ella quisiera tenerme lejos...porque si seguía mirándome con esos ojos...
― ¿Qué haces aquí?, ¿Por qué no tocaste, avisaste o...?, ¡Mínimo cerraste los ojos! ―gritó, y se acercó hacia mí echa un torbellino de furia con la intención de darme una cachetada.
La detuve. En el acto. Apreté mis dedos con fuerza al rededor de su pequeña y frágil muñeca, y la solté apenas la oí gemir, pidiéndome que la liberara.
― No lo intentes ―le advertí, viéndola sobar su muñeca, basta adolorida; creo que me excedí.
― Eres un bruto ―me dijo casi lloriqueando, con resentimiento.
La puerta se abrió dejando entrar a Helena y Rubí. La primera y yo nos sentamos y empezamos a hablar de tráficos y transacciones, dejando de lado a las demás. Mientras mi amiga me hablaba, y yo a ella, podía sentir la mirada penetrante de Phoebe en mi cuello, y no resistía los deseos de abandonar la habitación lo antes posible.
― Lamento eso... ―le sonreí, sonrojándome de nuevo al recordar su cuerpo― desde ese día no podía parar de pensar qué sería estar contigo...y de verdad, me estabas volviendo loco. No creo que me entiendas, porque tú nunca viste en mí a un anciano como yo pensé que podrías ver...porque, así mismo, yo jamás vi en ti a esa niñita que se suponía que eras...siempre fuiste una mujer. La que yo quería, incluso más que a Beatriz...pero no le digas ―agregué― la quiero, es cierto...pero ella, nunca será tú.
Estaba en el jardín, fumando algo de marihuana. Quería algo que no fuera tan potente, algo que simplemente me relajara un poco y alejara a la famosa Phoebe de mi cabeza. Pero no podía. No había manera alguna de alejar esa carita inocente de mi mente...y cuando lo lograba, aparecía entonces el rostro de Beatriz. Nos habíamos conocido jóvenes, en la universidad, y poco tiempo después quedamos esperando a nuestra hija...teníamos diescinueve años y nada de experiencia. Quise hacer negocios inteligentes, intentar darles lo mejor...pero me equivoqué, y terminé aceptando malos tratos. Me metí en drogas, y el estrés de la universidad, la independencia de Beatriz y todas las instrucciones de su madre (además de quejas) sobre el cuidado de nuestra Johana, me hacían querer evadir la realidad con más ganas. Terminé aquí por ello.
Sentí el sonido de un golpecito de una piedrecilla rodando por el suelo, distrayéndome de mis tristes recuerdos; me gustaba ese estado de catarsis, porque todo era mucho más profundo. Incluso, esas lágrimas cayendo por mis mejillas, se sentían mucho más calientes y húmedas que otras veces.
― ¿Cuánto más vas a quedarte ahí? ―pregunté.
La verdad no sabía quién era, pero tenía que preguntar. El saltito que escuché, la manera en que su respiración se cortó y su intento de voltear para irse, me lo dijeron todo: era Phoebe. La tomé del brazo. No estaba pensando, estaba más bien, sintiendo. La sentí pararlizarse, y sentí pena por ella, pero no me detuvo a jalarla hasta el piso para sentarla junto a mí.
― No tengo familia ―le expliqué, pensando en que, probablemente, se preguntaba por qué no estaba en visitas como el resto de las personas― Perdí a mi mujer, también a mi hija.
― ¿Por qué? ―me preguntó, estirando su brazo para tratar de quitarme mi cigarrillo.
No hice nada por detenerla, porque no quería pelear. No quería alejarla de mí. La pregunta me hacía acordar a mi hija. La última vez que la había visto, mi niña tenía tres años de edad...estaba en plena etapa del "Por qué". Y sentí ira. No. Tenía que detenerla, tenía que alejarla de ahí, sacarla de ese lugar...porque Phoebe me hacía recordar a mí mismo cuando era jóven: ingenuo y perdido. No buscaba un futuro así para ella; ni para nadie en realidad.
― Por esto ―le dije, mirando la marihuana y volteando sobre el cigarillo que tenía entre sus suaves manos, mi botella de cerveza para lograr apagarlo― Vete de aquí, usa lo que te queda de cerebro.
La vi correr lejos de mí, bastante asustada. Y me dolió. No entendía nada, mi corazón se estrujaba entre el recuerdo de Beatriz, Johana...y ahora el de Phoebe, ¿Qué debía hacer?, ¿Qué demonios era lo que me estaba pasando?
― Intenté mantenerme lejos de ti, pero no era tan simple...de una forma u otra, siempre llegaba hasta donde estabas tú ―le dije, rogando por tener su carita frente a mí para poder acariciar su mejilla, verla sonreír a mi tacto, a mi nuevo yo. A la nueva relación que podríamos tener si tuviéramos la oportunidad de estar juntos ahora, cuando yo era distinto...cuando valía la pena, cuando ella ya no fuese una niña de diecisiete años sino una mujer de veinte en una relación un poco más aceptable por la sociedad que la que habíamos tenido y había terminado por acabar con ella.
Ese día había visitas de nuevo, y no vi a Phoebe en su cuarto, tampoco cerca de las rejas como la otra vez. Supuse que había ido a recibir sus visitas, y me di una vuelta inocente por esa zona a ver si la divisaba: solamente para confirmar mis dudas. Y la vi: iba caminando, algo atontada y tiritando. Se veía enojada, estaba furiosa y sus manos limpiaban sus lágrimas repetidamente, tratando de despejar su visión. La vi caer al suelo, y me sorprendí. Me estaba decidiendo entre correr, estrecharla entre mis brazos, preguntarle qué era lo que le pasaba y luchar para no darle un beso, y entre quedarme lejos sin interesarme en absoluto.
Un poco de las dos opciones era lo mejor.
― ¿No deberías estar en visitas? ―le pregunté, inexpresivo, algo burlesco para evitar ponerme demasiado dulce.
Odiaba que cada pensamiento amable, o cada frase tierna en mi cabeza, siempre sonara dura cuando la pronunciaba: odiaba esa apatía que llevaba cargando durante tantos años. Me miró con disgusto, bastante. Decidí extenderle mi mano, ayudarla a ponerse de pie, se veía tan frágil...
― Tómala, ¿O piensas quedarte ahí para siempre?
No podía ser más amable que eso, por mucho que lo intentara. Apretó los dientes, rechazó mi mano y esperó a que me fuera, pero no iba a hacerlo. Si tenía suerte, me contaría qué era lo que le pasaba. Me empezó a desesperar tener mi brazo estirado, ¿Cómo podía ser tan terca? Le tomé el brazo y la subí con fuerza, en un rápido y limpio movimiento.
― Mucho mejor ― sonreí victorioso y decidí que lo mejor era continuar mi camino a cualquier parte.
Me estaba involucrando demasiado y ella no quería absolutamente nada conmigo. Nada mejor que aquella señal del destino, además de que todas las leyes dijeran que cualquier cosa entre nosotros estaría completamente mal.
― ¡Cole!
Fruncí el ceño, ¿Esa fue su voz? No me detuve, seguí andando: No involucrarse. No involucrarse. Tenía que alejarme, no podía ser tan tonto como para seguir en ese juego que tenía en mi cabeza, que muy posiblemente era mío y sólo mío: dudo que ella piense en mí como otra cosa que el tipo aterrador que hablaba con Helena. Continué mi camino y esperé a que no me siguiera, gruñéndole para espantarla.
― ¿Ahora qué quieres?
― Necesito...un poco de lo que...
Su voz era nerviosa. Estaba avergonzada, pero desesperada al mismo tiempo. Quería ignorarla, debía hacerlo, pero creí que era mucho mejor asesorarla antes que dejarla sola con un problema como ese. Me detuve en seco esta vez y fruncí el ceño. Luego negué con la cabeza y seguí caminando, confundido sobre qué hacer. Ella iba atrás mio.
―¿Así que aún quieres drogas? ―le pregunté al doblar una esquina, sabiendo que diría que sí, aunque esperando a que dijera no.
― Sí ― susurró.
― Ah ―le dije, fingiendo que no me importaba, cuando en realidad estaba enojado, demasiado.
Seguí caminando antes de decirle algo de lo que me fuera a arrepentir, por estúpida, y ella seguía caminando tras mis pasos. Avanzamos, y di la vuelta por todo el primer piso tratando de que se aburriera y se fuera de ahí, pero no lo hacía. Decidí bajar hasta el patio central hasta llegar a la cafetería. Estaba algo desordenada, así que decidí darle una mano a Carlotta, una de las encargadas de limpiarla, que además solía darme más salsa en mis fideos los días de pasta, y empecé a acomodar unas sillas. Phoebe me miró extrañada, pero me imitó sin decir palabra alguna. Yo me tomaba mi tiempo, pensando en cuándo iba a cansarce, pero la niña era terca, como una mula, llevada a su idea, y se quedó hasta el final.
Estaba empezando a estresarme, me estaba poniendo tenso. Decidí dar una vuelta al terrario, en el último piso, a ver si me destensaba un poco y de paso revisar si las plantas habían sido regadas últimamente; me gustaba pasar el tiempo ahí a veces, y odiaba estar rodeado de plantas muertas. Phoebe me siguió, la muy insistente, y me miró abonar, regar y limpiarle algunas hojas. Y seguía ahí. Bajé, me di la vuelta por todo el resinto, ¡Pero ella no se aburría! Ya no sabía que hacer. Llevaba luchando por ignorarla casi dos horas, y ella seguía esperando a que yo el diera algo, lo que fuera. Bajamos al ala de los adultos, y pasamos a la de los hombres: todo en ese lugar estaba segmentado, para la seguridad de los internos...aunque nadie respetaba las reglas del todo, no por nada esa niña estaba ahí sin problemas.
Entré al baño, quería lavarme las manos de tierra, además de mojarme un poco la cara: mi cuerpo me estaba pidiendo una dósis de droga hace un rato, y ya estaba mareado. Se apoyó en una pared, lo sentí por el sonido. Voy a salir rápido, pero sigiloso, de manera en que no me escuche y se quede esperando sin que yo esté ahí.
Al momento de abrir la puerta me arrepentí de ello: dejarla ahí sola, en el área de los hombres, no era una idea muy buena. Alguien podía hacerle daño, y no sería más que culpa mía si eso pasaba.
― Oye ―se quejó cuando me vio pasar.
Me volteé, pensando en cuán estúpido puedo ser, y la vi cruzada de brazos con cara de ofensa. Quise reírme, se veía tierna, pero fingí que no sabía que había estado conmigo todo ese tiempo, ni que había sido una buena tarde junto a ella.
― ¿Qué haces aquí? ―pregunté, caminando a cualquier lado con el único motivo e intención de dejarla cerca de su cuarto para poder quitarme las necesida de drogas.
― Esperando por...
― No te voy a dar nada ―la interrumpí, y puse un dedo sobre su boca, buscando asustarla un poco― Ya te lo dije antes, te lo vuelvo a repetir.
La solté de un empujón brusco, la verdad involuntario.
― Dijiste que no ibas a ser tú el que me metía en esto ―me recordé, y yo asentí, ¡Al fin decía algo cuerdo!― Pero ya es tarde, anoche Helena me inició ―respondió con orgullo, enseñándome su brazo y sonriendo.
No entendí el hecho de mostarme un brazo limpio, pero supongo que de alguna inyección era lo que estaba hablando. Sonreí retorcidamente, estaba furioso ante su actitud de orgullo por algo tan estúpido e insensato, y me reí despacio por la frustración. Preferí dejarla ahí, o terminaría, no sé cómo terminaría. En realidad estaba enojado y me estaba empezando a sentir descompensado.
― ¡Oye! ―se quejó corriendo detrás de mí― ¿Ahora qué excusa tienes?
― Pequeñita ―le dije apretando los dientes y sé que le molestó― Una vez, es una probada...es como, aprender a caminar y luego decir que estás lista para subir el Everst: las cosas no funcionan así. Déjate de hacer estupideces niña, enfócate ―le pedí, acercándola a mi cuerpo.
Me estaba costando moverme, o coordinarme bien. De verdad necesitaba fumar, inyectarme, lo que fuera. Choqué su nariz contra la mía, y continué hablando.
― Olvídate de esto, vete de aquí, aguanta dos meses más haciendo nada y sepárate para siempre de la gente como nosotros: aquí no hay futuro, acá hay muerte, tristeza, dolor y destrucción. Aléjate.
Se quedó mirándome como idiota, asustada al sentir mis dedos enterrándose en sus hombros. Se movió rápido, y tomó algo de mi pantalón, que no supe determinar qué pero tampoco me importaba en ese momento. La solté, y ambos volteamos para irnos. Toqué mis bolsillos, buscando la marihuana que había guardado en ellos más temprano, y me di cuenta que eso había sido lo que la muchachita había tomado.
Y ahora, sí que mi enojo no tenía vuelta atrás: primero, se atrevía a robarme. Segundo, la preciada dosis de cannabis que necesitaba, y tercero, para drogarse sin estar aún metida en este mundo de enfermos.
No.
Esa niña estaba equivocada si pensaba que todo sería tan fácil. Me fui detrás de ella a paso firme, algo atontado, y le puse la mano en la boca para evitar que gritara histéricamente por la sorpresa. La atraqué contra la pared, con mis manos sujetando sus antebrazos.
― Mal movimiento ―le dije.
Ella me miraba aterrorizada, sus ojitos estaban en pánico. Temblaba casi de manera imperceptible, y desde mi posición, al ser más alto que ella, pude ver un pedacito de papel en su escote: ahí estaba la mercancía. No titubeé en sacarla de ahí, la necesitaba y temía ponerme agresivo si no la fumaba ahora, más miedo me daba ponerme violento con ella y hacerle daño. Sentí que su corazón latía fuerte mientras yo deslizaba mi mano por su suave torso. Sus pechos se tensaron, ella cerró los ojos. Me metí directamente debajo de su brassier, entrando por entre medio de sus senos hasta bajo el derecho, tratando de sacar con mis dedos lo que me había robado, pero mi coordinación era pésima y tenerla tan asustada me ponía nervioso: lo que pudo haberme tomado diez segundos me estaba tomando mucho más de lo deseado. Al fin lo sujeté, y busqué sacar mi mano de la misma forma en que la había metido, cuidando entre mis temblores, de no tocar su pezón.
― Ingenua ―suspiré cansado, enseñándole lo sustraído y buscando más confianza en mí mismo para dejarla pensando dos veces antes de hacer tonterías otra vez― No me pruebes, siempre iré un paso más adelante que tú.
No me atreví a seguir mirándola, avergonzado y demasiado pendiente de mi mismo, y me fui silencioasmente mientras intentaba empezar a fumar.
― Créeme que me sentí un cerdo, pero estaba desesperado...―le expliqué, revolviéndome el cabello, sonrojándome al recordar estas cosas― Necesitaba una droga más fuerte que tú para curarme de la adicción que me producía tu mirada...odio sonar cursi, pero es cierto.
Estaba leyendo un libro, uno de Edgar Allan Poe "La trilogía de Dupin", bastante interesante, el tipo es admirable. La tarde estaba aburrida, no había mucho que hacer, pero la puerta de mi cuarto se abrió, lo cual no era raro, en absoluto, por lo que no miré.
― Hola.
La voz me sonó demasiado familiar, y sonaba algo trastabillada. Fruncí el ceño, sabía que era ella y solté mi lbro. Estaba sonriendo, parecía apenas quedarse quieta, se movía mucho, tambaléandose entre sus dos pies.
― No te rindes fácilmente ―comenté con lástima, lástima de verdad― Convencí a Helena de no permitir que te inyectaras más, pero no se me ocurrió que pensarías en cambiarte a la cocaína.
Sonrió y se rió con fuerza, parecía vuelta loca, ¿Por qué se reía?, ¿Que no veía lo imposible que sería recuperarse de esto?, ¿No se daba cuenta que estaba destruyendo su vida?, ¿No notaba que era extremadamente doloroso verla así?
― Vete, estoy ocupado ―le dije tomando mi libro de nuevo, no soportaba verla al mirarme así de drogada.
― Se siente bien esto.
No se quedaba callada, hablaba muy rápido. Saltaba en su lugar, trotaba, alternaba sus pies. Faltaba poco para que se pusiera a gritar o algo por el estilo. De verdad era lamentable.
― No se sentirá bien cuando termines descompensada y gritando porque alguien tenga piedad de ti y te mate en la sala de desintoxicación ―le respondí si mirarla, porque no quería entrar en consejos cursis ni algo similar. Además, sabía que en ese estado le daba lo mismo lo que yo pudiera decirle.
Salió de mi habitación de la nada, así de rápido como había entrado. Me sorprendió, pero pensé en olvidarme de ella: no era mi problema, no era mi asunto, y además, ella se guardaba todos y cada uno de los consejos de todos en el bolsillo trasero de su pantalón. Cerré mi libro, y le puse una hoja de papel para no perder la página. Buscaba despejarme un poco y salir a leer afuera, por lo que tomé camino al patio en donde nos habíamos encontrado el primer domingo de visitas.
Me senté en el suelo, a mirar el cielo y hacer nada. Estaba demasiado frustrado para pensar en algo, y pensar siempre me traía a la memoria a mi hija. No, no quería pensar, prefería mirar las nubes e intentar encontrarle forma a ese desorden de vapor de agua. Escuché una voz desafinada que pretendía cantar, pero en realidad estaba gritando con melodía y en un blabuceo de palabras que parecían un nuevo idioma inventado. Escuché unos pasos cerca mío, la vi saltar al frente y llevó su frente contra la mía.
― ¿Tú otra vez? ―le pregunté tratando de quitármela de encima.
Tenía una sonrisa maniática, y los ojos dilatados, parecía un pez.
― Quiero...
― No ―repetí sin mirarla, tomando mi libro a ver si se daba cuenta que no iba a cruzar una palabra con ella.
Se quedó callada, lo cual me sorprendió. Pensé que al fin había entendido mi punto, pero todo se vino abajo y casi me da un ataque al corazón cuando la escuché hablar.
― Estoy dispuesta a pagar por ello.
Sentí sus pequeñas manos en mis mejillas, y sus labios chocando contra los míos. Era apasionada, demasiado para lo que pude haber imaginado en esa criatura tan débil y de apariencia tierna, y no supe cómo reaccionar. Su piel era suave, su lengua intentaba meterse en mi boca y lo estaba logrando y yo no me movía, atónito, tratando de decidir qué hacer, ¿Debía continuar el beso o actuar como un adulto responsabe y hombre decente, quitándomela de encima?
― Detente ―le dije empujándola lejos de mí.
La vi irse para atrás, y chocar contra las rejas que protegían las murallas: y me di cuenta que estaba desnuda. Tenía a Phoebe completamente desnuda frente a mí, y me había besado. No alcancé a pensarlo cuando otra parte de mí ya lo había hecho y se mostraba emocionada ante la escena.
― No ―me dijo tajante y corrió para tirarse encima mío.
Saltó tan rápido que no atiné a más que a afirmarla para no dejarla caer al suelo, y ella aprovechó la instancia para envolver sus finas piernas al rededor de mi cadera, lo que me puso extremadamente nervioso, esperando a que no sintiera la dureza con la que iba a chocar. Repetía besos desesperados, casi sin sentido por mi cuello y trataba de quitarme la camisa con movimientos torpes y acelerados.
― Si así lo quieres...
Dije eso, refiriéndome a que si actuaba como una niña malcriada, así mismo iba a tratarla. La afirmé bien de los muslos, evitando que se fuera al piso y ella se sujataba de mi cuello, como un koala. Siguió besándome, como si fuera lo último que iba a hacer en su vida. Me agaché cerca del vestido que estaba en el suelo, aún con ella entre mis brazos, y apenas logré un poco de equilibrio, se lo puse a la fuerza.
Ella se descolocó, y dejó de moverse sin comprender nada, dándome más facilidad para bajárselo bien y colgármela al hombro, con la cabeza tras la mía y las piernas colgando por mi pecho.
― Oye... ―balcueó confunida, empezando a pegar patadas al aire y dándome algunas en el pecho, al mismo tiempo en que daba puñetazos en mi espalda que en realidad no dolían, porque estaba tan descoordinada que no lograba aplicar fuerza suficiente.
La guié por el pasillo, con el corazón infartado pensando en todo lo que había pasado, y al llegar a su cuarto la lancé sobre su cama antes de irme. Corrí a mi habitación, con camino al baño y me quité toda la ropa. Me miré en el espejo y vi que tenía marchas de lápiz labial por todas partes, gracias a Phoebe. Negué, negué choqueado y abrí el agua helada antes de meterme abajo, buscando olvidarme de ella, deshacerme de la exitación y limpiar con jabón y agua las huellas de los besos de esa perdida y estúpida niña.
El sonido de unas ardillas corriendo cerca me hicieron sonreír. A Phoebe le gustaban las ardillas, una vez lo había escuchado...quizás, ella me estaba hablando a través de eso, o tal vez, no eran más que animalitos haciendo su vida de forma natural sin esperar a que un iluso pensara en ellas como un mensaje del más allá.
― Nunca lo hablamos, pero sí, fui yo el que te acusó con la directora...―le confesé, por primera vez en dos años― Por favor, no te enojes conmigo pero...es que...
Llevaba dos días pensando en lo ocurrido, y me imaginé a Phoebe en manos de Giovani. Él era mi compañero de cuarto, un depravado de primera también. Pensé en qué sería de ella si él la encontraba buscándome en nuestra habitación, así en esas condiciones...no duraría mucho tiempo antes de terminar en su cama, y él no se preocuparía de ella para nada, al contrario: la usaría. No podía dejar que le hicieran algo así, porque él no era el único, todos los demás harían lo mismo, y ni siquiera las mujeres de este lugar son confiables. Ya ha pasado, está pasando y seguirá ocurriendo que acá cualquiera tenga sexo con quien sea, y más de algún interno salga con el corazón roto o abusado.
Tomé una hoja de papel, escribí algo sobre Phoebe en ella y la deslicé bajo la puerta de la directora. Le estaba contando en qué condiciones estaba, de manera en que tomara cartas en el asunto y se encargara de hacerla parar.
Ese día era el cumpleaños de mi hija. Llevaba toda la tarde llorando, drogado, buscando una manera de arrancarme el corazón y terminar con el dolor de no haberla visto durante tanto tiempo. La echaba de menos, más que nunca, y no podía concebir cómo demonios llevaba tanto tiempo ahí sin luchar para recuperarla: no lo hacía porque era cobarde. No lo hacía porque Beatriz ya no me amaba y me lo había dicho. No lo hacía porque ella había prohibido que mi hija viniera a visitarme, y a falta de mi pequeña, a falta de mi corazón, nada tenía sentido en el universo. Lo más probable es que Beatriz se hubiera casado de nuevo y Johanna estuviera llamando papá a otro hombre...y pensar en eso, lo único que lograba era hacerme llorar más y hundirme más hondo en aquél mundo de dolor y caos.
―Cole ... ―escuché a Phoebe suplicando con la voz quebrada, de pie a unos metros de mí.
Tenía los rojos por el llanto, igual que sus mejillas, y estaba algo empapada. Se veía demacrada, y yo sabía que era porque le habían suspendido las visitas: había leído el panfleto esa mañana, pensando en ella.
― ¿Qué te pasa? ―pregunté fingiendo no saber. Aunque me sentía culpable por causarle ese dolor, sabía por otra parte, que era la única forma de hacerla despertar.
Caminó arrastrando las piernas y me dejé que separara sus brazos, sin decirle nada. Se sentó encima mío, y recordé que era tan liviana como una pluma. Dejó colgar sus piernas por mi costado derecho, y enterró su dulce rostro en mi pecho, abrazándome del cuello buscando mi protección: pero yo no podía dársela. No podía darle lo que buscaba, porque me recordaba demasiado a mi hija en ese momento y me sentía sucio, me sentía repulsivo al pensar en ella románticamente luego de compararla con mi bebé. Era repugnante, yo mismo me daba asco.
La pequeña Phoebe estaba llorando de manera histérica, hasta hipaba. No aguantaba la lástima que me producía verla en ese estado, y si mi corazón me estaba matando antes, ahora definitivamente lo había hecho. No le dije nada, ni siquiera la toqué, pensando en tantos recuerdos de mi hija. Pensaba en mis errores cometidos, en que me sentía tan poca cosa frente a lo inteligente que era Beatriz y las muchas opciones de trabajo que tenía mientras que yo no era más que un estudiante promedio, en que las presiones del resto que me insistían en que yo tenía que ser más que ella...en ser tan estúpidamente machista como para sentirme mal bajo su sombra, y había terminado accediendo a traficar: eso me daba más dinero, mejor relación con los profesores en algunos casos. Mi peor error, fue haber probado una vez, y decidir que ese sentimiento de paz debía ser mío siempre, sin haberme dado el valor para detenerme. Me descubrieron, le robé a mi esposa, olvidé a mi hija en el jardín infantil, pasé tres días en las calles tratando de conseguir más: y me internaron. Ahora, Beatriz me pagaba este lugar, pero no venía...no venía a verme, y tampoco dejaba que mi hija lo hiciera.
Después de un rato Phoebe había dejado de llorar, pero la lluvia golpeaba mucho más fuerte, incluso dolía. Sólo me di cuenta de que ambos estábamos empapados, cuando se afirmó con más fuerza. Llevaba todo el resto del tiempo pensando en mi familia. Yo miraba hacia el frente, perdido en mi memoria, y la voz perturbada de Phoebe me devolvió a la realidad.
― Dame heroína, te lo suplico ―me pidió con un hilo de voz.
― ¿No te das cuenta que estás destruyéndote? ―le pregunté, casi sin ánimos de discutir con ella ese día― Tienes, ¿Cuánto?, ¿Quince años? Tienes una familia que te ama, un futuro por delante, y estás...tirándolo todo por la basura...
― No tengo a nadie ―sollozó.
Sentí irrefrenables ganas de aplastarle la cara contra el suelo, pero me abstuve: de verdad creía lo que me estaba diciendo.
― Tú no sabes lo que no es tener a nadie ―le dije con dureza― Tú no sabes lo que es perderlo todo por esto, no tienes idea qué es perder a tu mujer por ser incapaz de recuperarte, a tu hija...al ser que más amas en el mundo...
Mordí mis labios, apreté los párpados con fuerza y empuñé mis manos, todo por evitar llorar y abrazarla para que me consolara un poco. Necesitaba un poco de amor, de cariño, pero no podía pedírsela: yo era el sujeto frío que le decía la verdad en la cara.
― Compórtate, superalo. Vuelve a casa y termina esta pesadilla antes de que sea tarde.
Le dije eso y me puse de pie, dejándola caer al suelo al no advertirle antes. No sé cuán fuerte se habrá golpeado, ni en donde, pero disimuladamente me fijé de que no se hubiese pegado en la cabeza y luego seguí de largo. Phoebe había visto mi lado más frágil, y yo no había hecho nada por evitarlo.
― Me siento tan culpable por eso. Pero nada fue mejorando, todo fue peor...nunca me imaginé qué serías capaz de hacer...como...como la tontería de la que te salvé ―le dije con los ojos vidriosos, recordando dolorosamente mis impresiones y sentimientos de aquél episodio.
Estaba sentado en mi habitación con una jeringa de heroína en mi mano derecha y un cinturón enrollado en mi brazo izquierdo. Acababa de inyectarme, cuando sentí que la puerta de mi cuarto se abrió de golpe.
― Es Phoebe ―dijo Helena, y yo no lo pensé dos veces cuando ya iba tras ella corriendo hasta la habitación― sexo por drogas ―gritó, tratando de seguirme el ritmo y yo fui más rápido.
Tenía perfectamente claro de lo que estaba hablando, porque era algo casi típico y normal ahí: pero yo no iba a permitirlo. Lo más probable es que estuviera teniendo problemas, o que el tipo estuviera intentando propasarse, de otra forma Helena no hubiese ido a buscarme. Comprendí que era urgente, y aumenté la velocidad por segunda vez chocando contra la puerta de la habitación antes de abrirla con torpeza. Busqué a Phoebe fugazmente con la mirada, no sabía de hecho si estaba o no allí, pero si Helena no me había desviado era porque si lo estaba. Encontré a una chica de cabello azul, muy amiga de Rubí, y seguí buscando dándome cuenta de que era la única persona ocupando cama, y lo supe: quien estaba abajo no era Rubí, era Phoebe.
Sentí que mi mundo se iba abjo al notar eso, era demasiado fuerte pensar que esa chiquilla se estaba vendiendo ante una mujer por un poco de drogas. Estaba furioso, más que nunca en mucho tiempo. La tomé por la cintura, y la levanté de ahí como si fuera una muñeca de trapo, sentándola sobre su camarote antes de mirar a la molesta cara de Charlotte, quien al notar que era yo, no dijo nada.
― Vete ―gruñí en una orden expresa que quería que se cumpliera de inmediato, aún sosteniendo a Phoebe para que no se cayera.
Helena estaba parada en la puerta, y Charlotte pasó corriendo junto a ella, con su ropa enredada entre sus manos. Miré a mi amiga, dándole una clara instrucción y ésta no tardó en hacerme caso, corriendo al casillero de Phoebe y volviendo hasta nosotros. Ella estaba caliente, pero no por la excitación: necesitaba drogas, su cuerpo se lo estaba piediendo. Sentí lástima, porque su necesidad era más psicológica que física.
― No soporto verte así, Pheebs ―le dijo Helena, y aprovechó de inyectarle en una de sus venas más visibles.
Mientras la inyección comenzaba a repartirse por su cuerpo, la mía ya me tenía en plena marcha. Estoy también caliente, pero en un sentido distinto al de ella. No puedo evitar notar que está desnuda frente a mi, y que la tengo sentada con sus piernas frente a mi rostro. Su pecho sube y baja, y sus senos se mueven al compás de su agitación.
Es hermosa.
Me digo que tengo que irme, me digo que tengo que salir de ahí, pero ya no soy yo: ahora es la euforia la que toma todas las decisiones, y lo único que quiere es sexo, y no cualquier sexo: el de ella. Dejé caer la jeringa de mi mano para juntar sus piernas con ella y atraerla más al borde de la cama, con intención de enredar mis manos en su cabello para atraer su cabeza más abajo y poder al fin, poseer esos labios que tanto me hicieron suspirar después de los fogosos besos que repartió por mi cuerpo esa tarde en el patio.
Al fin la besé, y sentí esa suave boca sorprenderse, pero unirse en pocos segundos: está mordiendo seductoramente mis labios, y yo pierdo definitivamente el control. Empujé para darle paso a mi lengua, buscando la suya y sometiéndola a mis deseos. Siento que las rodillas de Phoebe contra mi pecho me hacen daño, y aunque quiero que no me importe, me molesta así que decido moverme, al fin y al cabo la noche recién está comenzando. Bajé mis manos, y las puse entre el colchón y sus muslos para afirmarla de ellos, creo que con demasiada fuerza pero no puedo controlarla y no siento que me importe: solamente la quiero a ella. Cambié mi boca de lado, buscando esos pechos que tanto he esquivado por querer ser responsable y no el cerdo violador que soy ahora, y no puedo evitar ir directo a morderlos con desesperación: estoy fuera de mí. La senté en una escalerita que tienen para subir, y aprovecho de tener más soporte en su espalda para acaparar más piel con mi boca, y de retirar una mano de su cintura para comenzar a desabrochar mi pantalón: la presión duele demasiado.
Al fin mis pantalones se deslizan y caen al suelo, y la irrefrenable necesidad de atrapar sus labios surgió de nuevo. Phoebe pareció despertar de su letargo y cruzó sus manos hasta mi cadera, y entre ambos logramos quitarme mi ropa interior: estamos los dos desnudos. No podía hablar, estaba volviéndome loco por entrar en ella y aunque intentó tocar mi dureza, yo tenía planes para ir más rápido, por lo que no le di un sólo segundo para explorarme. La tomé de los muslos de nuevo, manteniendo sus piernas abiertas y volví a dedicarme a sus senos, mientras buscaba con mis pies espacio suficiente para poder sentarme en el suelo. Phoebe tenía sus dedos enredados en mi cuello, buscando no caerse supongo, porque mis movimientos eran demasiado imprecisos y rápidos, tengo que ser honesto. Cambié mis manos de lugar, avanzando un poco más hasta sujetarla de las nalgas, y me dejé caer al piso, posicionándola frente a mí y soltándola para poner una mano en mi miembro y evitar que terminara lastimado, doblado o aplastado en lugar de dentro de ella.
La sensación de estar así de apretado era deliciosamente increíble. Phoebe estaba estrecha, a pesar de estar muy excitada y húmeda, de otra manera no hubiera sido tan sencillo entrar de un solo movimiento. Sentí que enterró sus uñas a mi espalda tan fuerte que gotitas de sangre cayeron por ella, y mordió con fuerza mi hombro apenas me sintió: debía haberle dolido bastante, y aunque me sentía mal por ello, el placer que me estaba dando a mí no era intercambiable por ninguna cosa. Sentí sus lágrimas caer sobre mi piel, y fue por eso que no quise esperar a que se acostumbrara: yendo más rápido, era posible de que encontrara su propio placer y dejara de sufrir por el mío. Seguí mordiendo, lamiendo y apretando sus senos mientras empujaba mi cadera hacia arriba hiperactivamente, buscando a que ella se uniera pronto y sintiéndome en otro mundo entre tanta excitación. Tenía los ojos cerrados, para intentar disfrutar más de todo eso y olvidarme de que Phoebe seguía llorando, aferrada a mi espalda. No podía evitar gemir fuerte, e ir cada vez más rápido, y estaba atento a cualquier cosa que saliera de su boca: si me pedía que parara, lo haría de inmediato. Pero mientras no lo hiciera, no había manera en el universo en que fuera a detenerme.
Me sentía asqueroso por estar haciéndole algo así a una adolescente, a una chica mucho menor que yo...pero se sentía como una mujer hecha y derecha, sobretodo cuando ella empezó a moverse conmigo, y lo poco y nada que quedaba de mi moral, se fue volando lejos de ahí. Al poco tiempo, Phoebe empezó a acelerar, hasta detenerse en un momento en que pude sentir una húmeda sensación cubriendo mi pene, y supe que había llegado. Gemía increíblemente fuerte, y no bastó mucho, la verdad nada, para que eso me hiciera terminar a mí: no había nada mejor para el orgullo de un macho, que saber que su pareja había llegado a un orgasmo gracias a él. Me afirmé de sus senos con descontrolada fuerza, necesitando encontrar algo en qué cargarme mientras yo descargaba todo en ella.
Nos quedamos quietos unos instantes, sentados en el suelo y sin tener el ánimo suficiente para salir de ahí: apenas lograba respirar, y aunque seguía excitado, ya no era un quinceañero para volver funcionar tan rápido. Aunque Phoebe no pensaba igual, y tenía esos ojos de lujuria que me asustaron un poco al sentirme incapaz de reaccionar a la misma velocidad que ella. Empezó a mover sus caderas en círculos, y supe que esta vez ella iba a mandar. No podía dejar de jadear al sentir esos masajes causados por sus movimientos de su pelvis, pero si algo me hizo poner los ojos en blanco fue sentir su mano entre ella y yo para sujetarme. Estaba acariciando mi pene despacio, fingiendo inocencia y repasándolo como si nunca lo hubiera hecho. Una de sus manitas apretaba y hacía una dolorosa presión en mis testículos, mientras que la otra sujetaba mi base para que ella pudiera moverse sin que se fuera a salir, logrando que poco a poco me fuera endureciendo otra vez. A los pocos minutos ya estaba uniéndome a ella, mezcla del orgullo de no quedarse atrás y de que el trabajo de Phoebe realmente era bueno. Gemía, desde lo más profundo de mi garganta y la escuchaba a ella quejarse en voz baja, casi inaudiblemente, tan excitada que apenas le salía la voz. Yo tenía los ojos cerrados, porque no me atrevía a mirara a los ojos a esa niña después de la barbaridad que le estaba haciendo; si fuera mi hermana, o mi hija, porque con unos años más podría serlo, me mataría a mí mismo por esto. Y a pesar de todo, pensar en ello me hacía excitarme más y lograba que fuera más rápido, fuerte y salvaje que nunca en mi existencia: todo por ella.
Sentí que ya no podía más, que pronto iba a venirme y traté de hacer lo posible para tardar más tiempo: era demasiado placentero entrar y salir, ir hasta el fondo sin que ella dijera una palabra para impedírmelo. Era como si me permitiese hacer cualquier cosa, a mí manera, dejándome sentir todo como yo quisiera. Gemí fuerte y terminé por sentir una oleada caliente desde mi espalda, reocrriendo mi pelvis y terminando entre medio de Phoebe y yo, logrando que ella gritara, encorvara su espalda para recibirme mejor y terminara junto a mí, al mismo tiempo.
Gritó mi nombre, y yo me resistí a decir el suyo: era demasiado impuro para atreverme a pronunciarlo.
Más tarde, pude semi volver a respirar. Tenía la espalda apoyada en el catre de la cama, con los ojos cerrados y aún dentro de Phoebe: habíamos llegado a la parte en que el efecto de la heroína se terminaba y hacía que nuestra energía se empezara a ir, y ahora todo era un sueño extraño, que iba y venía, combinándose con la realidad. Había sido nuestra primera vez juntos, y también sería la última: esa noche era un total error, que no debía nunca más volver a pasar.
― Pensé que no se iban a quedar quietos nunca ―dijo Gisselle, comiendo papas fritas sobre su cama, sin que ninguno de los dos nos hubiéramos percatado de que había llegado, y que también Rubí estaba ahí, conversando con Helena.
Abrí los ojos al escucharla, y me removí un poco: quería más. Estaba cansado, mucho, pero quería más. Ya había trasgredido todas las reglas del mundo, una vez más, en ese momento, no iban a hacer ningún tipo de diferencia.
― Estos tortolitos no se conforman con dos rondas ―escuché que dijo Rubí, mirando a Helena con una sonrisa cómplice.
La morena de cabello largo se puso de pie y rebuscó entre sus cosas, mientras que Rubí nos tendió la última botella de cerveza que le quedaba cerca.
― Queremos ver más ―vitoreó Gisselle, con su típica voz de niñita inocente, mientras que Helena nos metía algo a la boca y Rubí nos hacía tragarlo con la ayuda del alcohol.
En pocos minutos empezamos a sentir como nuestros cuerpos se llenaban de energía otra vez y volvimos a calentarnos, excitados por sobre el cansancio: ahora estábamos listos para durar mucho, mucho más.
Me reí despacio, entre nervioso y culpable por el recuerdo, y feliz y emocionado por haberlo tenido. Había estado en las nubes, mezcla de ira y vergüenza y felicidad, los días después de eso...además de preocupación, por supuesto.
― Oh Dios, pienso en eso y aún me sonrojo. No puedo creer la forma en que te tomé...lo lamento, pero no me arrepiento...fue la mejor noche de mi vida entera. Espero que entiendas, por qué actué como actué al día siguiente en la mañana...
Sentía un ligero dolor de espalda y que me dolía el trasero por lo duro de donde fuera que estuviera sentado, además de las piernas entumidas. Me moví un poco, tratando de saber en dónde estaba y me di cuenta que había alguien sobre mí. Recordé de golpe, todo lo que había pasado y por la sensación cálida que sentía en mi entrepierna, supe de inmediato que estaba dentro de Phoebe: entré en pánico. En lo único que pensé es que tenía que salir de ahí, por lo que separé mis manos de las suyas, que me tenían dulcemente sujeto, y las puse en el suelo. Me di un impulso hacia adelante, y me puse de pie, sin tomar en cuenta que ella estaba encima. Me horroricé cuando la vi boca abajo, había caído en posición de perrito y tenía algo de sangre seca en su vagina y mi corazón se rompió al instante: Merecía morir. Soy la peor persona que existe. Me puse mis pantalones rápido, sujeté mi camisa y eché todo lo demás ahí adentro antes de salir dando un portazo que no pude controlar. Me sentía asqueroso, un violador común. Había, ¿Qué había hecho con esa niña?, ¿Cuántas veces lo hicimos?, ¿Cuántas cosas hicimos?...Cerré los ojos con frustración al recordar la forma en que la había tocado, en dónde la había tocado y la manera en que ella me había tocado a mí. No, no podía creer que hubiese hecho algo así, tan...tan desagradable.
Entré a mi cuarto y me metí a bañar con agua fría, pero eso no alejaba todo de mi cabeza. Phoebe seguía en mí, su cuerpo seguía en mi memoria, su olor, su piel, su fuego, su fuerza, sus gritos...
― ¿Por qué tanta desesperación? ―me preguntó Giovani al verme salir del baño y rebuscar entre mi caja con drogas.
No le respondí, sólo busqué algo que me mantuviese dopado durante horas para no poder pensar en ella ni en lo que había ocurrido entre ambos. Noté que ya no me quedaba demasiado, así que tomé mis cosas y me dirigí hasta la zona de descarga, encontrándome con Helena ahí.
― Hey Cole ―me dijo al verme pasar, yo fingí estar bien.
― Hola ―dije levantando la cabeza.
― Le rompiste el corazón, desalmado ―me dijo y me sentí a morir― comprendo lo de tu apatía, pero en serio, pobre chica, la usaste como muñeca inflable y la dejaste ahí.
― No es cierto ―me defendí, porque yo tenía mis razones...pero si lo pensaba bien, era exactamente como se veían las cosas de mi parte.
― Cole, si te gusta tanto, ¿Por qué no lo aceptas y ya?
― No me gusta.
Jamás había dicho algo más falso que eso.
― Sí claro. Te has pasado seis años sin nadie, y aparece esta chica y se te olvida todo. Cole, Phoebe te gusta: asúmelo.
― Está pésimo ―reconocí suspirando, restregándome el rostro en pleno proceso de muerte cerebral.
― Y tú le gustas a ella ―continuó, ignorando lo que había dicho antes.
― No puede pasar algo así de nuevo Helena, ¿Entiendes? Voy a hacer todo lo posible para que no pase ―le dije casi a los gritos, furioso conmigo mismo y mi falta de control, ¿Cómo pude?
― Entiendo ―dijo ella, con su típico voz de psicóloga― pero eso ya lo intentaste antes, y terminaron teniendo más sexo que todo el centro junto. Va a pasar de nuevo si sigues encontrándote con ella ―me explicó con naturalidad, y la odié, porque era cierto.
― Entonces no voy a verla ―resolví con tono de niño malcriado, sin quererlo, claro.
― El amor siempre llama, Cole, siempre llama...―me dijo, volteándose para irse hasta que recordó algo― ¡Ah!, toma ―dijo entregándome una caja, sin mucha ceremonia.
― ¿Qué es eso? ―le pregunté levantando una ceja, esperando a que no fuera lo que yo pensaba que era.
― Condones, supongo que sabes como funcionan ―me dijo con ironía― Compré unos para ustedes.
― Te dije que no pasará de nuevo ―refunfuñé, tratando de pasar de largo ante la tentadora idea.
― Cole, ―me detuvo, tomándome del brazo― es mejor que estén listos, ¿Qué pasa si vuelve a ocurrir?, ¿Vas a corrier el riesgo de dejarla embarazada?
Me congelé al escuchar eso, me paralicé. Todo mi ser se quedó en blanco, y si no tiritaba, era del puro shock.
― ¿No habías pensado en eso? ―me preguntó con cara de lástima― Cole, tiene diecisiete años, aún no termina ni la escuela, está atrapada aquí, ¿Crees que sería capaz de manejar un bebé?, ¿Estás dispuesto a arruinar su adolescencia? Tú sabes lo que es ser padre, y hey, eres mi amigo y te amo y a ella le he tomado mucho cariño en este tiempo: no hagan tonterías de las que podrán arrepentirse. Ella aún es una niña Cole, ¿Qué crees que va a decir su familia? Si no quieres verla más, vas a tener que irte o definitivamente encerrarte en tu cuarto; pero si quieres que esto salga bien y hacerla parte de tu vida, debes ir con cuidado y actuar como un adulto ―me advirtió, mientras yo la escuchaba hipnotizado― Protégete, protégela ―finalizó, extendiéndome la cajita.
― Dile que los guarde, en caso de que vaya a seguir así de accesible ―dije de mala gana, yéndome de ahí a buscar un pozo al cual lanzarme.
"¿Vas a correr el riesgo de dejarla embarazada?"
Soy un estúpido. No pensé en eso antes, y ya era demasiado tarde. Si Phoebe...si ella quedaba esperando un hijo mío, sería el final de su vida y todo por mi estúpida culpa. No podría soportar algo así...no la dejaría sola, por nada del mundo...porque no me arriesgaría a perder a otro hijo. No de nuevo, pero...¿Y ella?, ¿Querría Phoebe tenerlo?, Helena tenía razón, era una niña y, ¿Y su familia? Todo estaba mal...
― No, no lo está ―me dije en voz alta― no ha pasado nada, nada va a pasar. Una oportunidad libre de errores, la próxima vez no se repetirá y el mundo seguirá girando ―dije tratando de convencerme, mientras que mi cabeza no dejaba de pensar en la idea, que si bien por un lado me aterraba, por el otro me llenaba de esperanzas.
Tres semanas más tarde, tuve que entrar obligadamente al cuarto de las chicas. Desde "ese" día no iba, solía juntarme con Helena afuera, por el terror de encontrarme con la pequeña. Pasamos de largo, y vi que Phoebe se petrificó: me asusté, ¿Acaso...? Negué mentalmente: No podía estarlo.
― ¿No hay? ―le preguntó Helena complacida, leyendo en su rostro lo que yo no identificaba.
― No ―respondió cortante, casi imperceptiblemente.
― No ―repitió Rubí, más fuerte y claro.
Pude respirar. Estaba un poco triste sí, porque había cometido el error de imaginarme un hijo por el que luchar. Uno que no fuese a perder, a quien tuviese la oportunidad de ver crecer y criar junto a una mujer que en realidad amo...no como con mi otra familia. Mi otra familia, sonaba repulsivo decir algo así...pero era cierto: yo nunca había sentido, experimentado el amor de pareja, hasta conocer a Phoebe. Beatriz había sido una chica, más importante que el resto, sí, y la madre de mi hija, también, pero no la mujer de mi vida. Salí del cuarto, no la pude mirar a los ojos ni decirle nada, por que...¿Qué debía decirle?, ¿Que me dolía saber que no íbamos a ser tres, pero que al mismo tiempo me hacía feliz saber que no había arruinado su vida? No...no podía decirle algo así.
Me limpié las lágrimas, ahora que recordaba lo estúpido que había sido al no cerciorarme bien. Debí haber notado en su rostro aquél brillo, en su cuerpo la hinchazón, en su personalidad algún cambio, pero no vi nada. No vi nada hasta que fue demasiado tarde.
― Y al final si lo estabas...―sollocé, pensando en las veces que había tenido el placer de tocar a mi hijo por encima del vientre de Phoebe― Lamento no haberme dado cuenta antes, si lo hubiesehehco quizás...todo hubiese sido distinto entonces, para todos nosotros...
Bueno, sé que es raro leer las cosas desde el punto de Cole pero sentía que era importante hacerlo así. Me gusta. Creo que se ve su lado más humano, y una diferencia entre lo que Phoebe sentía y apreciaba, con lo que pasaba por la cabeza de este chico, ¿Me dan sus opinones?
Respuesta(s) de review(s) :
Daniie Armstrong: Creo que ya sabes que Don Cole no muere...pobrecito, ¡Me da mucha tristeza!
Vane-chan6: Me gusta mucho que te haya gustado! Siempre he pensado, que desde arriba, la gente quenos ama puede vernos. Pobre abuela u.u, pero bueno, la vida sigue...al menos Paige entendió la lección y Cole logró salir adelante.
