Advertencias: Los personajes de Shaman King no me pertenecen. Ya avisé que voy a mi ritmo XD
N/A: Pido perdón y clemencia por todo este tiempo tengo mil excusas, pero realmente no interesan a nadie y son demasiado personales, sino que aquí traigo por fin el siguiente capítulo, como prometí desvelando parte de la vida de Yoh y Anna. Espero que lo disfrutéis y hasta la próxima.
Agradecimientos: Poketat, Azula RK y Anna Haruno. Mil gracias por todo y seguir ahí a pesar de lo lentísima que soy :)
Capítulo 7. Reina y rey
Eran justo estos momentos los que demostraban que Pirika y Horo-Horo eran hermanos de sangre. Hasta habían tenido la misma reacción y actitud la primera vez que ambos se encontraron con Ren Tao. Yoh Asakura no reprimió la sonrisa que brotaba sola ante los recuerdos por la rabieta de la chica. Estaba seguro que ahí había algo más, por mucho que la actitud de Ren le hubiera afectado, cosa que no dudaba en lo más mínimo, ya que era suficiente para hacer hervir la sangre a cualquiera. Estaba seguro que Pirika todavía se guardaba algo más dentro de ella que podría estar a su favor, o en su contra.
—No, por supuesto que no, Pirika-chan —murmuró a la par que le servía otra taza de té verde.
Entonces se tomó un segundo de silencio en el que cambió la mirada hacia el patio repasando mentalmente el plan y la situación actual. Le había pedido a Anna que fuera a hablar con Pirika por dos grandes razones: una y la más obvia que se conocieran. Yoh estaba seguro que la menor se vería atraída por la personalidad de Anna y esto no solo le ayudaría en la creación de su colección, sino que también la ayudaría a ver más allá del mundo que Jun le estaría mostrando. No debía perder de vista quien era la mentora y protectora de Pirika desde que voló del lado de su hermano ni el mundo dónde se estaba moviendo.
La otra razón de que ellas dos se vieran primero, era conseguir tiempo para hablar con Horo-Horo. Intentar calmarlo fue una aventura imposible a pesar de las numerosas llamadas y, justo ahora era necesario que se tranquilizara si quería sacarle alguna información. Viendo que sus intentos fracasaban, decidió avisar a Tamao para pedirle la colaboración necesaria mientras que a él no le quedó más remedio que pensar por su cuenta cuáles debían ser lo motivos de Ren para poner a Pirika en aquella situación. Porque obviamente no se conocían de nada. Porque conocía bien a Ren y sabía cómo pensaba. Porque no quería que Pirika saliera mal parada de algo que no le incumbía.
Y todo aquello le devolvía al principio del problema, Yoh giró la cabeza de nuevo hacía ella, la joven que sin ser consciente había abierto una cicatriz. Al menos, sonrió, era más fácil calmarla a ella que a su hermano. Justo estaba con la mirada lejana, la nariz arrugada perdida en su propia memoria. Podía ver la belleza, incluso un extraño aire delicado que tenía, que obviamente, en menos de un segundo era capaz de destruir sustituyéndolo por ese carácter tan propio; se sorprendió pensando que incluso puede que lo que Tao necesitara era chocarse de cabeza con una mujer así. Algo dentro de él le decía que Pirika no se iba a dejar enredar en una trama de cuando ellos eran jóvenes, al mismo tiempo que ella quizá sí podría cerrar el capítulo que Ren quería vengar y justamente, era porque no tenía nada que ver con ello.
—Todo esto es muy extraño —sus conscientes palabras le devolvieron allí—, y deja de sonreír como un idiota, Yoh Asakura.
—Es que tienes razón, y puede que todo esto ni siquiera tenga que ver contigo pero Ren es más cabezota que tu hermano.
—¿Qué tiene que ver una cosa con otra?
—Que Ren no está interesado en ti, sino en alguna estúpida venganza de las que solo él se acuerda —soltó su acostumbrada risa crispando a la chica.
—Pues que se busque otro pasatiempo en vez de joder a la gente —tras decirlo y cruzarse de brazos enfadada cayó en la cuenta de algo que Yoh acaba de decir—. ¿Y qué tengo yo que ver con sus venganzas? Que yo sepa él y Jun se llevan bastante bien…
Justo lo que él pensaba de la chica, por lo que se tomó su tiempo antes de confiarle una de sus suposiciones que todavía no había podido contrastar.
—No Jun, sino con tu hermano, Horo-Horo.
Silencio. Su cabeza se quedó paralizada intentando procesar y comprender la corta afirmación que Yoh había dicho con tanta naturalidad. Se aisló del sonido del patio, de la noche fresca, de la sala y la compañía, Pirika se repetía una y otra vez esperando que su cabeza explotara o le dijeran que aquello era una broma. ¿Su hermano había hecho algo tan sumamente malévolo en el pasado que pudiera enfadar a Ren Tao que éste seguía buscando venganza y lo iba a pagar con ella?
—OK. Desde el principio porque este bulo no me lo trago.
—Se está haciendo tarde, quizá sería mejor dejarlo para mañana. —Se levantó y cogió los dos vasos sucios y la tetera—. Necesitas el descanso, puedes usar la habitación que prefieras de esta planta, y cuidado con los fantasmas.
—¡Espera Asakura! —Se volvió—. Hay otro asunto del presente y que me preocupa más y puesto que tú eres aquí el que lo sabe todo, más te vale ayudarme.
Pirika observó cómo dejaba otra vez los vasos y la tetera sobre el tatami y regresaba a su lado en la madera del porche, le estaba diciendo que era todo oídos.
—Tengo que estar en la presentación de una colección en unos meses en París y él es quien va en nombre de la Casa. Los dos solos.
—¿Qué?
—Y lo que me asusta no es el tiempo de avión, sino todo lo que se mueve alrededor de un evento como este, fiestas pre-desfile, fiestas post-desfile, estar en otros desfiles, recepciones, el mismo trabajo que tiene montar todo el espectáculo. Y mi honor y orgullo de diseñadora, que está en juego en todo esto.
—Bueno —asumió cerrando los ojos a los pocos segundos de reflexión sobre un tema que no entendía—, eso sólo quiere decir que tenemos un tiempo límite para resolver este embrollo o, al menos, averiguar qué quiere.
—¿Y si no es así? ¡¿Por qué me tiene que pasar esto a mí y ahora?!
La risa, hasta ahora irritante del hombre, en aquella ocasión le sonó diferente a Pirika, de algún modo siempre igual, siempre tranquila y serena que rompió su agonía. Quizá esa era la característica más atractiva de su personalidad, la tranquilidad que transmitía. Algo que contrastaba con el corto temperamento de Anna, se recordó, y esperaba que en algún momento pudiera devolverle el favor que le estaba haciendo cuando él quisiera hablar de su pasado con la modelo porque era fácil ver que sólo había heridas que nunca cicatrizaron.
—Si no lo conseguimos, estoy seguro que sabrás valerte sola ante Ren Tao.
Sin más, se levantó por segunda vez, sacudió su trasero, recogió los vasos y desapareció por la puerta dejándola con la respuesta en la boca.
Rodeó las piernas con sus brazos apoyando la barbilla sobre las rodillas, quizá era mejor recoger todo y volver al atélier, al menos podría pensar tranquila. Anna tenía razón, se sorprendió recordando mientras se sonrojaba al recordarla, Yoh no le había dado falsas esperanzas, ni siquiera había hecho uso de un saber todopoderoso y respondido así a sus preguntas; tan sólo la había escuchado y le había dado las respuestas reales, sin maquillar, sin envolver en tul; sino franco, liso, sencillo y accesible. Lo que necesitaba.
Había sido como un primer boceto debía ser, como todos los primeros bocetos son; y cuando el artista deja de crear, cuando la magia de ese primer boceto desaparece, es entonces cuando se comienza a maquillar la falta de ideas y esconder la verdad en intrincados telares.
¿Por qué justo ahora se tenía que ver metida en un juego que le era ajeno? Justo ahora que estaba en el momento apropiado de lanzar su carrera, cuando aún no había comenzado a maquillar sus diseños.
Y en mitad del huracán, se encontraba Ren Tao.
Era cuestión de tiempo, notaba como el cansancio le iba ganando, el suave arrullo del agua en el patio no ayudaba, el té también estaba haciendo efecto; pero sobre todo las cortas palabras que había intercambiado con Yoh y saberse a salvo en algún lugar en el que no tenía que preocuparse por nada, donde había podido deshacerse de toda la tensión a la que estaba sometida.
Desde algún punto lejano, el dulce tono de una voz que le regañaba antes de sentirse rodeada de calor, elevada en el aire, le hizo darse cuenta que finalmente se estaba quedando dormida y no opuso resistencia.
—Creía que esta noche no volverías a casa.
—Me ofendes, hermanito. Encima que me sacrifico para cuidar de los niños mientras tú quedas con la Reina de Hielo…
Yoh no podía negar lo evidente, tan sólo apretó más los dedos alrededor del teléfono móvil que acababa de colgar.
—Ni se te ocurra hacerle nada.
—Eso ya lo veremos.
—Hao.
—Tengo un gusto refinado, creía que lo sabías. —De nuevo el puño de Yoh se emblanqueció de la fuerza mientras bajaba la mirada, claro que lo sabía—. Y me debes una más, hermanito.
Con Pirika entre los brazos, Hao se dio la vuelta y siguió algún camino conocido a través de los pasillos laberínticos de la antigua posada, él tenía sus habitaciones y despacho en el piso superior. Abrió la puerta corrediza de su dormitorio y dejó a la chica sobre la cama recordando el quebradero de cabeza que le supuso a su hermano pequeño aceptar aquella pieza de mobiliario occidental en el tradicional onsen. Tras ello, se fue al baño, una buena ducha antes de que comenzara la broma le iría bien. Cuando salió, dispuesto a acostarse, ya se escuchaba el silbido de la tetera por los pasillos, Anna estaba a punto de llegar.
Una leve mueca de diversión se pintaba en su cara mientras se recogía el cabello húmedo en una cola baja. La obligación le llamaba, a veces un hermano mayor tenía que actuar como un hermano mayor.
Entró en su habitación disfrutando de la extraña sensación que le daba tener a la joven Usui indefensa en su cama, ajena absolutamente a todo lo que pasaba a su alrededor y sin poder luchar contra ello. Al menos él tenía una cierta idea de lo que pasaba en aquel revuelo de personas, de vidas, todavía tenía sus fuentes de información activas y confirmadas, y controlaba a casi todos los implicados.
Independientemente de todo aquello, Pirika era buena, se había llevado una grata sorpresa con su profesionalidad, nadie se lo podía negar, menos aún después del modo en que Jun la estaba vendiendo al mundo. Era evidente que el jueguecito que Tao estaba desplegando iba a herirla, pero estaba seguro que se recuperaría de todo y con un poco de suerte sabría aprovecharse de la oportunidad que la farsa también le brindaba.
—Los hermanos Tao son muy díscolos, seguro que no sabías con quién te asociabas en esto, muñequita linda.
Sino fuera por la altura, estaba seguro que podría haberse dedicado al modelaje. Quizá no con tanto éxito como Anna, o sin la doble imagen que Jeanne tuvo en su momento, pero la inocencia también vendía y mucho. Por primera vez comenzaba a creer que el joven Tao estaba jugando con un fuego que podría írsele de las manos, y en ese caso, él estaría allí para aprovecharse de ello.
Volviendo al presente, no estaba mal dormir con su compañía, y sin lugar a dudas, lo mejor sería cuando se despertara al día siguiente encontrándose en una casa desconocida y acompañada en la cama nada más y nada menos que por él. Poco podría superar la excitación que le producía atormentar a la inocente muchacha.
No podía esperar a que llegara la mañana ¿gritaría? ¿Le pegaría? O por el contrario, ¿se lanzaría? ¿Se dejaría explorar? Lo dudaba, pero soñar era gratis.
—Pero primero, mi hermanito.
Las habitaciones del piso superior tenían un balcón continuo entre todas ellas que daba al patio imitando al porche de la primera planta. Hao abrió la ventana mientras encendía un cigarrillo y escuchaba la voz de Anna atacando a Yoh con su venenosa lengua. En cierto modo comprendía que su hermano la amara.
Bueno, quizá esperar a que sufra un poco no era mala idea, ya bajaría cuando se aburriera de escucharles evitar su pasado común.
Anna no necesitaba llamar a la puerta, ni ser invitada a pasar en esa casa. En algún momento fue un gesto natural en ella recorrer los pasillos a veces cálidos, a veces lóbregos, del viejo onsen maldito recordando cuando ella hubiera dejado todo atrás sin pensarlo dos veces para reabrir el local con él. Cuando era una estúpida crédula.
Un lugar que en un algún momento pasado se prometió no volver a pisar.
Y allí estaba.
Invitada por él, Yoh Asakura, culpable, testigo y víctima de todo, tanto como ella; le gustaba mentirse a sí misma.
Se descalzó en la entrada dejando su bolso y abrigo sobre la mesa-recibidor que tanto odiaba y nunca logró tirar, entró a la sala de estar en la que nada había cambiado: la misma mesa, el mismo televisor, el té humeante servido en la misma bandeja comida por el tiempo, y él sentado de espaldas en el mismo lugar de siempre. Como si nunca se hubiera ido de allí.
Aquella era la espalda del hombre que más amaba y odiaba. Sus hombros relajados, estilizado pero no por ello daba la sensación de debilidad. Tenía algo, su aura, su sonrisa, sus manos, sus ojos, que era suficiente para verse atraída por él. Anna estaba segura que, desde otra perspectiva, Pirika también lo había visto y por ello confiaba tanto en un desconocido. Abrió la puerta de un pequeño armarito, sacó un cojín del que sacudió el polvo de los años hasta dejarlo caer justo a su lado en la madera del suelo, frente al mismo paisaje tradicional que pudo llegar a odiar. Erguida, como de pequeña le enseñaron, se sentó sobre sus piernas y tomó entre sus manos el vaso, aún ardiente, de aquel delicioso té que los Asakuras cultivaban. Después de todo ese tiempo se seguía preguntando cómo lo hacía, cómo sabía cuándo llegaría para tener el té recién servido. Su vieja respuesta le sacó una leve sonrisa tras el primer sorbo, los espíritus de la casa se lo decían.
En esos momentos no necesitaban de palabras para comunicarse, ambos querían tan sólo recrear una instantánea del pasado que en cierto modo echaban de menos. Ese brillo único que la rodeaba a la luz de la luna, todas las noches, sumida en sus pensamientos, pero a su lado, eran esos momentos de paz los que oprimían su corazón y que nunca había superado. Anna seguía siendo como la bella princesa inalcanzable de un cuento mientras que él jamás sería el príncipe azul que la salvaba.
Temía romper aquel pequeño momento, así que esperando que el té se consumiera con las horas, también lo haría su paciencia y aquel paréntesis temporal se rompería.
—¿Dónde está? —Porque siempre es más fácil romper el hielo hablando de trivialidades que de lo que realmente consume el corazón.
—Arriba, durmiendo. —Tenía sus razones para obviar que Hao también estaba en el piso alto y para más señas en la misma cama.
—¿Has averiguado algo o sigues siendo un maldito vago inútil?
—Parece que sigo siendo un maldito vago inútil, entonces —respondió entre su sonrisa habitual y la mirada levantada hacia el cielo poblado de estrellas —. Pero vamos, Anita, no quiero meterla en nada hasta que no sepamos seguro qué le pasa a Ren, porque esto—
—Puede que para entonces Tao ya haya hecho algo, ¿no crees?
—Tenemos unos días antes de ello y sólo hay que hacer que Horo-Horo hable.
—Tan inocentón como siempre. —Ahí estaban sus ojos negros y profundos clavados en él—. Nada va a detener a Tao si se propone algo, no como quien yo me sé.
Ese golpe de lengua tan directo y frío como un aguijón tan propio de ella, hasta los había echado de menos después de todo ese tiempo, dejó que la sensación de ser otra vez atacado por ella provocara una leve corriente eléctrica olvidada antes de pensar si quiera qué quería decir.
—Ren es un buen tipo, tiene buen corazón de eso estoy seguro. Vanidoso, vale; cabezota, ni te cuento; mujeriego… lo sabes mejor que nadie. Y que también es rencoroso.
—Pues precisamente por Jeanne, y demás, sé que no es lo mejor que hay. Además, ¿de verdad la dejarías en sus manos así sin más? Te creía mejor amigo, otra cosa en la que decepcionas.
—Ren es un buen tipo y sé que no hace daño a la gente sin razón.
—¿Acaso hay razón para hacer daño? —negó en gesto cansado, no era el momento de entrar en ese punto—. Por ahora. Ren sabe guardarse las espaldas, por algo es el mejor en su negocio; y los pocos que salen o él mismo dejó escapar, Jun se encargó de taparlos por el bien de la familia.
—Alguien tendría que reconocer el poder de esa mujer, siempre dispuesta a borrar toda falta contra su marca.
—No tiene miedo a mancharse las manos por lo que quiere y cree. —Ahí estaba otro de sus envenenados dardos especialmente dirigido contra el pasado.
—Anna, deja de mezclar el pasado con el presente.
—No lo estoy haciendo.
—No irás a decir que ves en Pirika a tu yo de aquellos años, ¿verdad Anna?
Ahí estaba la famosa mirada de hielo que cortaba la respiración de quién se cruzara con ella, esta vez un inesperado invitado en la conversación.
—Vete al infierno, Hao.
—Descuida que lo haré, pero antes quería echarle un cable a mi hermanito con la zorra de su ex mujer.
—Hao. —No le quedó más remedio que esbozar la sonrisa que llevaba peleando por salir, aquella voz profunda erizaba el vello, por fin Yoh se estaba poniendo serio.
—No puedes negarlo —siguió hablando disfrutando de la escena—, ni siquiera recriminarlo, hermanito.
Apenas terminó de pronunciar aquellas sentenciosas palabras que ellos habían esquivado durante toda la conversación, la atmósfera se hizo pesada y agobiante, ni siquiera el aire fresco y limpio del patio entraba ya en la sala. Anna había apartado la mirada de Hao tras chascar la lengua ocupada en frenar los recuerdos de un pasado que tuvieron que tener un final feliz dibujado en su camino, pero que una vez más demostraron que el «y comieron perdices» solo existe en la imaginación.
Yoh tampoco era inmune a las palabras del mayor de los hermanos, apretando sus puños contra las rodillas, viéndose incapaz de hacer nada, de toda defensa, ¿cómo defenderse de una verdad que nadie desea? Anna, la princesa de su juventud, la reina de su mundo con la que una vez soñó tenerlo todo y todo se quedó en un sueño. Por su culpa. Por la de ella. Apenas importaba más allá de la cruda realidad que ahora les había tirado Hao encima sin avisar ni anestesia. Quién sabía, si él no era el verdadero culpable, o a quien tendría que darle las gracias.
Y él, artífice de todo rio suavemente como el arrullo del agua cayendo al vacío orgulloso de su trabajo antes de irse aligerando el ambiente de nuevo.
—Con vuestro permiso, no es educado hacer esperar a mi dama, ni dejarla sola demasiado tiempo.
Anna frunció el ceño en cuestión de segundos, el tiempo mínimo que le llevó recordar que la única otra persona que había en esa casa era Pirika y ella era quien debía estar en su habitación; conocía demasiado bien a Hao como para saber que nunca iba a dar más información personal de la necesaria a sus conquistas efímeras. Y esa fue la señal que alertó a Yoh para tirar de su brazo antes de que se levantara para soltar su furia sobre Hao, no es que no se lo mereciera, pero justamente eso es lo que estaba buscando su hermano mayor.
Al notar ese tirón volvió la vista, matando con aquellos ojos oscuros como el carbón, cargando toda su furia contra él, no pudo más que sonreír mientras negaba con la cabeza. Fue justo el momento que Hao aprovechó para desaparecer de la estancia, no sin antes desearles una feliz velada.
—También acordaos que las paredes son de papel, no querréis despertarnos, ¿verdad? —y que cada uno lo interpretara como más gustara.
El sonrojo en las mejillas de Anna era notorio, no por las palabras de Hao, que ni siquiera llegaron a sus oídos, como por volver a tener la ardiente piel de Yoh contra la suya, sus manos tocándola de nuevo en un eléctrico sentir olvidado que siempre soñó con volver a revivir junto a él, el imbécil que le juraba la luna pero jamás aceptó que ella le pudiera amar tanto.
—¿En qué momento se jodió nuestro matrimonio, Anna? —Lanzó la pregunta al cielo estrellado que les envolvía de frío.
—En el momento que—
Yoh no dejó que terminara aquella frase, sería la acusación de Hao, sería toda la situación desde que Pirika llegó o simplemente ese gesto en el que sus dedos por fin volvieron a tocar su piel, se dejó llevar y cogió entre sus manos su rostro antes de apresar con la pasión del tiempo congelado los finos labios de Anna. En un impulso la tenía recostada sobre el suelo bajo su cuerpo buscando el calor que el tiempo le prohibió, inerte y sin respuesta.
No era timidez, mordió otra vez su labio inferior como sabía que ella gustaba pero seguía igual de fría, había perdido la batalla y ahora sólo le quedaba recoger sus huesos. Se incorporó y volvió a su lugar habitual en la madera mirando el infinito.
—¿Ya has conseguido lo que querías de mí hoy?
Se quedó inmóvil viendo como la mujer se levantaba, como cogía sus cosas y como el portazo de la casa resonaba vacío en su corazón. Hacía muchos años que no veía a Anna llorar por su culpa, como siempre él era quien la hacía sufrir, quien nunca supo darle lo que se merecía.
—Al final —sonó la voz de Hao, al levantar la mirada hacia dónde estaba su habitación vio el humo del cigarrillo confirmándolo—, ni resuelves el enigma de la pequeña diseñadora, ni consigues a la Reina de Hielo. Sigues siendo el rey de los perdedores, hermanito.
Y todos saben que las reinas no se enamoran de los perdedores.
...
N/A: Si os apetece, no os olvidéis que podéis comentar, poner en favoritos/alert y todas esas cosas que me hacen sonrojar y que agradeceré hasta la eternidad ^^
También acepto amenazas, pero sólo si están recubiertas de chocolate :3
¡Muchísimas gracias por leer!
Hasta pronto.
PL.
