CAPÍTULO 7- QUARTERBACK

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- Berry – Dijo Santana a su espalda.

Rachel se sobresaltó. Acababa de llegar al instituto y estaba metiendo la combinación para abrir su taquilla.

- Santo cielo, Santana, me has asustado. – dijo volviéndose, pero detrás suya no estaba Santana sino una figura colosal. Una mujer gigantesca con gafas y cara de muy pocos amigos. Rachel, que era más bien bajita, tuvo que levantar la cabeza para mirarle a la cara.

- Esta es Zizes – dijo Santana a su lado. - ¿Te acuerdas? Mi vecina.

Rachel asintió con la cabeza y extendió tímidamente la mano para estrechar la de Zizes a modo de presentación. Ella le devolvió el apretón y Rachel tuvo que contener un quejido de dolor. A Santana le dio la risa.

- Mira, Zizes lleva toda la vida jugando de guardia con el equipo de football de la Asociación de Vecinos de Lima Heights. Es perfecta para ayudarte.

- Yo… Lo he reconsiderado y no sé si es tan buena idea eso de meterme en el equipo. – comenzó a decir Rachel.

- Ah, no – la interrumpió Santana. – Por supuesto que vas a meterte en el equipo. Tenemos un trato ¿Recuerdas? Y yo pienso cumplir mi parte.

Rachel se quedó un momento callada, pensando.

- Está bien – dijo finalmente. – Pero sigo sin saber jugar al football.

- Para eso está Zizes – le aclaró Santana dándole unas palmaditas condescendientes en el hombro – Te va a enseñar a jugar.

- ¿Y se va apuntar conmigo, no? - Le dijo a Santana mirando directamente a Zizes – Mi nariz…

Santana se volvió a reír y la boca de Zizes se torció ligeramente como si se estuviera conteniendo para no corearle las risas.

Rachel se sintió un poco ridícula durante un momento, pero se consoló pensando que al menos ella expresaba sus sentimientos libremente, porque las chicas de Lima Heights tenían un grave problema para hacerlo. Iban todas de chicas malas y chicas duras, pero en el fondo eran chicas normales y corrientes como todas las demás.

- ¿Vienes a apuntarte conmigo? – Le preguntó a Zizes cuando se fue Santana.

- Ya me apunté esta mañana. – le respondió la otra chica con voz grave. – Te veo esta tarde después de las clases en el campo de football.

Rachel quería saber para qué debía ir al campo de football pero Zizes se marchó rápidamente y no le dio tiempo a formular la pregunta.

La mañana pasó muy lentamente, especialmente la clase de francés, porque Quinn también tenía esa asignatura. Su pupitre estaba en la fila de la izquierda, junto a la ventana, justo delante del de Rachel y era imposible ignorarla desde allí. La tenía tan cerca que si inspiraba profundamente le llegaba el olor afrutado de su champú.

Su plan consistía en abordarla a la salida de clase para apuntarse al partido benéfico y cada segundo se ponía más y más nerviosa. ¿Y si Quinn se daba cuenta? Nadie se creería que Rachel tenía interés por jugar al football. Se lo había contado a Kurt y le había costado convencerle de que decía la verdad.

- ¿Vas a jugar al football? – le había dicho Kurt incrédulo por teléfono, la noche anterior.- Rachel ¡Al football!

Por supuesto, Kurt no tenía ni idea de que le interesaba Quinn y si lo había sospechado no había comentado nada al respecto.

Cuando sonó la campana Rachel se llevó un sobresalto y casi se le sale el corazón del pecho. Le bombeaba con tanta fuerza mientras recogía sus cosas, que pensó que quizás no debería apuntarse al equipo sino marcharse a la enfermería lo más rápido que la llevaran sus piernas, porque sentía que podría desvanecerse en cualquier momento.

Salió del aula detrás de Quinn y anduvo varios minutos siguiéndola sin atreverse a abordarla.

- Quinn – le dijo finalmente cuando esta estaba a punto de entrar en la biblioteca.

La rubia se volvió y la miró extrañada.

- ¿Sí?

Ya no había marcha atrás. Estaban frente a frente, como aquella vez que se encontraron en el baño. Quinn le sostuvo la mirada durante varios segundos y Rachel sintió que el corazón se le escapaba del pecho. Puso todo su esfuerzo en respirar con normalidad.

- Quiero apuntarme al equipo – dijo atropelladamente.

Quinn ladeó la cabeza un poco insegura.

- ¿Para el partido benéfico? – preguntó interesada.

- Sí.

- ¿Pero tú tienes alguna idea de football?

- He visto algunos partidos en la tele – le mintió aún nerviosa – Además, me apunto para apoyar la causa, no para cubrirme de gloria – se defendió.

Quinn comenzó a reírse. Le brillaban los ojos.

- Para eso ya tienes las actuaciones del coro, ¿no? – le dijo con ironía.

Rachel podría haber protestado, pero el tono de Quinn no era agresivo. Más que un insulto, parecía que estuviera bromeando con ella.

- Bueno – le dijo – tienes que darme 5 dólares para la inscripción y decirme en qué posición quieres jugar.

Rachel abrió su bolso y comenzó a rebuscar su cartera – Quarterback – le dijo.

-¡Quarterback! – Repitió Quinn con sorpresa.

- Si – respondió Rachel ya con la cartera en la mano, sacando cinco billetes de a dólar.

- ¿Por qué quarterback? – le preguntó.

Rachel meditó durante un momento. No planeaba contarle la verdadera razón, pero tampoco se le ocurría ninguna excusa mejor.

- Porque sí – le dijo con una sonrisa nerviosa. Le puso los cinco dólares, uno por uno en la mano y se despidió con un gesto de cabeza.

Quinn miró pensativa el pequeño fajo de billetes que tenía sobre la mano y se los guardó en el bolsillo del pantalón sin poder contener una sonrisa.

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Tan pronto como salió del instituto, Quinn se dirigió hacia su coche, que estaba aparcado al otro lado del campo de football. Había pasado las dos últimas horas en la biblioteca tratando de estudiar, pero como casi siempre que se quedaba en la biblioteca del instituto, hizo de todo menos estudiar.

Había aprovechado para repasar algunas de las rutinas de las Cheerios y había seleccionado algunas canciones para proponerle a la entrenadora Sylvester. También había dedicado un buen rato de su tiempo en planificar algunos detalles para el partido benéfico que estaba organizando. Y un par de chicas la interrumpieron en su labor para apuntarse a jugar en el partido.

Quinn pensó que iba a ser complicado convencer a suficientes chicas para participar en el evento, pero resultó que estaba equivocada. Entre las aspirantes a cheerios y las novias de los jugadores casi había rellenado el equipo completo. Lo que no se esperaba era que Rachel Berry se apuntase. Era una mosquita muerta y la iban a moler a golpes. ¡Y encima de quaterback!

Iba sumida en estos pensamientos cuando, de repente, divisó a Rachel abrazada a un balón tratando de correr por el campo mientras una muchacha que era tres veces más grande que ella la agarraba por el jersey haciendo inútiles sus esfuerzos por escapar con el balón. Se empezó a reír sola.

- Alguna gente tiene que esforzarse para conseguir lo que quiere – dijo una voz a su espalda.

- ¿Has venido para ver entrenar a tu mejor amiga? – le dijo a Santana mientras se volvía.

Esta arqueó las cejas interrogativa.

- Estás pasando mucho tiempo con la diva esa. – aclaró Quinn.

- ¡Y a ti qué te importa!

Quinn no respondió. Se apoyó contra la valla y miro el entrenamiento durante unos instantes. Era ridículo ver cómo aquella chica ponía todo su esfuerzo en escaparse con el balón una y otra vez, mientras que la otra muchacha, tan grande, placaba cada uno de sus intentos.

- No es tan terrible –dijo Santana, mirándolas también. – parece más idiota en los ensayos del coro…

- ¿Por qué te cae bien? – la interrumpió Quinn.

- ¿Y a ti? – preguntó a su vez Santana.

Quinn la miró con sorpresa y una sombra de inquietud le recorrió el pensamiento.

- ¿Qué quieres decir?

- Venga ya, Quinn, nos conocemos perfectamente. – dijo Santana con una media sonrisa, que no le hizo ninguna gracia – No te disgusta tanto como pretendes.

Quinn le lanzó una mirada cargada de odio.

- Ni me gusta ni me deja de gustar. Me importa una mierda – le dijo con enfado – es a ti a la que no puedo soportar.

Discutieron todo el camino hasta el coche. Quinn se sentó en el asiento del conductor y Santana en el del acompañante. Quinn arrancó el motor y salió del parking del instituto en dirección a Lima Heights para dejar a Santana en su casa, como era habitual. Mientras, la discusión iba subiendo en acritud y en decibelios.

- Me harta que siempre intentes quedar por encima de los demás – le recriminó Santana. – No aguantas que te digan la verdad a la cara.

- ¿Qué yo no aguanto la verdad? ¿Y tú? – Le respondió Quinn tomando una curva hacia la derecha.

- Perdona, pero yo me he criado en Lima Heights y te aseguro que tengo un poquito más de aguante que tú.

- ¿Sí? Y por eso vas por la vida escondiéndote, ¿no?

- ¿YO?

- Sí, tú, te creerás que no sé que eres lesbiana.

La conversación se había desarrollado a toda velocidad pero, de repente, Santana se quedó callada. Quinn la miró de reojo, pensando que quizás había metido la pata.

- Para el coche – le dijo Santana, con un tono muy serio.

- Venga ya, te llevo a casa.

- ¡Que pares! – repitió Santana abriendo la puerta del coche, obligando a Quinn a reducir la velocidad.

Detuvo el coche y Santana se bajó pegando un portazo.

- Vete a la mierda – le gritó echándose a andar a paso ligero.

Quinn la siguió despacio durante varios metros sin saber muy bien qué hacer. No quería pedirle perdón ni insistirle para que subiera, porque atentaría contra su orgullo. Tampoco quería dejarla allí tirada, pero no se le ocurrió nada para solucionarlo y se marchó dejando que Santana caminara hasta su casa.

Se le saltaron las lágrimas porque no se sentía bien consigo misma. Se había comportado como una desgraciada con Santana y, en realidad, ella no le había hecho nada malo. Solo le había dicho algo que quizás era verdad. Rachel no le disgustaba tanto como se esforzaba en demostrar.

Rachel la ponía nerviosa, a ella, que tenía los nervios de acero. Se había esforzado en odiarla con todas sus fuerzas, se había metido con ella, la había rehuido. Y todo daba igual, al final, de un modo u otro acababa tropezándose con ella. En un cuarto de baño vacío, en los ensayos del coro, en los de las Cheerios, porque Rachel siempre iba a ver los entrenamientos de las Cheerios, en la puerta de la biblioteca, en clases de francés… quizás no era siempre, pero se lo parecía. Y luego permanecía en su cabeza, porque cuando Rachel la miraba parecía que podía leer dentro de ella, cuando cantaba el mundo se apagaba en torno a su voz, cuando sonreía… a Quinn le faltaba el aire pensando en cuando sonreía, porque era imposible no enamorarse de esa sonrisa y eso era lo último que quería. Solo quería apagar su sonrisa y arrancársela de la cara, para no enamorarse de ella. No podía enamorarse de ella.


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Empiezo despacito con Faberry, o no, dependerá del punto de vista :) Solo espero que os haya gustado y tengáis ganas de leer más.

Muchas gracias por seguir la historia. Espero vuestros comentarios :)