CHICAS he vuelto un nuevo capítulo. DISFRÚTENLO XD


Capítulo 6

—Tu prima —intentó reírse Elizabeth—. ¡Ja!

—Sí, mi prima... No te habrás creído que... ¡No me lo puedo creer! — tapo su boca con una imitación de cara de asombro

Elizabeth se recriminó por dejar sus cartas al descubierto y le entraron ganas de golpearlo en la cabeza con algo contundente. Se recompuso y lo miró con tranquilidad. William le estaba tomando el pelo y, en lugar de sentirse indignada, le divertía.

—Es muy normal que los hombres os liéis con vuestras empleadas —insistió tratando de no dejarse perturbar

—Veo que no me tienes en muy buena consideración —contestó él echándose hacia atrás y fingiéndose dolido.

En ese momento, llegó la camarera y los dos pidieron lasaña.

—Para que lo sepas, tengo una regla de oro, que es nunca acostarme con nadie del personal —le dijo—. Puede traer complicaciones ¿sabes? —añadió rezando para que no recordara aquellas palabras cuando la tuviera desnuda debajo.

—No hace falta que me des explicaciones.

Pero el ignoro su replica el necesitaba sacar esa situación lo más rápido posible si tenía que lograr sus objetivos —Anna y yo nos llevamos muy bien. Se vino a vivir aquí y, como estaba en mi mano, le di trabajo encantado. Incluso soy el padrino de su hijo.

—Qué bonito —comentó Elizabeth.

—¿No estarás... celosa? — pregunto por dentro sintiéndose muy satisfecho porque la muralla que ella pretendía colocar entre ellos se fracturo.

—¡Pues claro que no! ¿Por qué iba a estarlo? — refunfuño

William levantó las manos en señal de rendición

—No tengo derecho a pedirte explicaciones, William, ni tú a mí, tampoco. Hace muchos años que eso pasó a la historia. Fuimos novios una vez, pero ahora nuestra relación es diferente. Ahora, eres mi jefe.

Aquello no le hizo gracia.

—No me gusta esa palabra.

Elizabeth se encogió de hombros.

—Es la verdad. Ahora, mi casa es tuya y puedes hacer lo que te dé la gana. Como si quieres traer un harén.

Comieron en silencio incomodo. Para William las cosas no estaban saliendo como las había planeado. Quería que Elizabeth se pusiera celosa pero no que se distanciara, como en efecto sucedió. Bueno ambas cosas pasaron pero ella se controlo y mando a la porra su intento, o fue muy evidente se maldijo así mismo y sus impaciencia. La observó mientras ella jugueteaba con un trozo de pasta, si se alejo de nuevo se confirmo. Él necesitaba hacer algo rápidamente antes de que ella pasara la noche echando un nuevo friso a su fisura y fuera de nuevo un muro solido.

Pensar que se distanciaba de él lo inquietaba.

Apartó el plato y se quedó mirándola.

—¿No te parece irónico que estemos haciendo ahora lo que deberíamos haber hecho hace años?

—¿A qué te refieres? —preguntó Elizabeth sin entender su pregunta

Su mente estaba en confusión sobre sus sentimientos, unos que no quería que regresaran y los cambios de William.

—A comer juntos. —Señalo a los dos

—Las cosas han cambiado, supongo —contestó volviendo a jugar con la comida.

La siguió mirando y cambio el ángulo de su cabeza para detallarla mejor —El otro día me preguntaste por qué no me había casado. ¿Y tú? ¿Por qué no te has casado?

Elizabeth se encogió de hombros.

—¿Qué quiere decir eso? —dijo él imitando el gesto.

—Quiere decir que nunca se me ha planteado la oportunidad —contestó sin rastro de apetito retirando el plato—. Su mente necesitaba algo de trabajo, concentrarse —¿Por dónde te gustaría que empezara, William? ¿Por ir a visitar a posibles clientes o por arreglar las cuadras? Deberías darme una lista...

—¡Maldita mujer! —explotó. Hacía mucho tiempo que no perdía los estribos así—. Deja de comportarte como si fueras... como si fueras...

—¿Tu empleada? Pero si es lo que soy. — refuto fríamente Elizabeth mirándolo fijamente

—¡No hace falta que te arrastres y te humilles! —gruñó dándose cuenta de que lo había arrinconado. ¿Cómo? Ni idea.

—No estoy arrastrándome ni humillándome, — hablo con una clama que no sentía necesitaba dejar las cosas clara y ya —solo te estoy pidiendo que me dejes claras las prioridades del negocio. Además, creí que te produciría una gran satisfacción verme arrastrándome y humillándome, ¿no? — cruzando sus brazos en sus pecho

Así lo había creído también él. Esa había sido su primera idea cuando había leído sobre la situación de la cuadra en el periódico.

Sin embargo, las cosas habían cambiado. Lo último que quería era verla arrastrándose y humillándose.

—Pues te equivocas —contestó sincera y bruscamente—. Si quieres que te haga una lista, te la hago, pero preferiría que la hiciéramos los dos juntos.

—¿Quieres que hagamos como si la situación fuera normal, como si no me hubieras arrebatado todo lo que era mío para vengarte?

—Maldita sea, Elizabeth...

—Perdón. Estoy un poco nerviosa. No resulta fácil ser extraño en tu propia casa.

—Podría haber sido mucho peor, piénsalo. Si la hubiera comprado otro, habrías tenido que irte —la consoló. No podía soportar verla triste y, al darse cuenta de que él había tenido mucho que ver en ello y de que Elizabeth no lo veía como su salvador sino como su verdugo, sintió un terrible dolor. La situación realmente estaba cambiando no le gustaba lo que él sentía pero tampoco soportaba verla mal.

—Lo sé.

—Entonces, deja de castigarme por haberte ofrecido un buen arreglo. No eres una extraña en tu casa. Tú estás donde debes estar, como si fuera tuya.

—Pero no lo es.

William contó hasta diez muy despacio. Y se calmo.

Cuando hablo estaba en modo de ejecutivo exitoso pero no frio sino cortés buscando un punto medio en la situación —Ya que hablamos de la casa, me parece que lo primero que vamos a hacer es dejarla como nueva. ¿Qué te parece si vamos ahora mismo a decidir qué hacemos? Como me digas que es asunto mío porque soy el propietario, te mato. — puntualizo

—Qué miedo —bromeó Elizabeth sonriendo agradecida por su comprensión.

—Eso ya me gusta más —dijo él mirándola tan intensamente que Elizabeth se estremeció—. Vámonos —añadió llamando al camarero y pagando la comida.

William se negó rotundamente en que se fuera sola en la carcacha que ella llamaba carro. Por lo que lo dejaron aparcado en el estacionamiento y se fueron en su jaguar. Durante el trayecto la observo varias veces fugazmente y por el rabillo del ojo. Entablaron una conversación animada y cortes sobre las posibles reformas. Cada vez que ella movía las manos y las dejaba caer a los lados quería atraparlas en las suyas por lo que apretaba más fuerte el volante y se las dejaba a la vista para no caer en la tentación. Se moría por tocarla y no sabía cuánto más podía aguantar. Ella, sin embargo, parecía muy tranquila. Hablaba, sonreía y miraba por la ventana como tal cosa. ¿En qué estaría pensando?

Al aparcar frente a la casa salió como concho de limonada. Ni siquiera espero que le abriera la puerta como tan galantemente lo había realizado en las oportunidades anteriores necesitaba poder distancias treinta y cinco minutos encerrados en un espacio reducido la había alterado. Por lo que hablo sin parar de todos los planes que le venía a la cabes. Si necesitaba atropellarse con trabajo. Eso la mantendría su mente fuera de William y sus hermosos labios.

Corrió a la casa y se sintió algo cómoda por lo menos en la casa había espacio entre ellos.

—¿Empezamos por el piso de abajo? —propuso Elizabeth descalzándose—. Voy por papel y lápiz.

William asintió apretando los dientes.

Elizabeth se fue a la cocina. Empezó buscando los lápices y block de hojas blancas que había guardado en una de las gavetas mientras rememoraba un momento lo que paso en el almuerzo. Aquello estaba resultando más difícil de lo que había imaginado. Dios mío, era más sencillo cuando se mostraba hostil con ella. ¿Por qué era amable y divertido de repente?

Al volver, se lo encontró de espalda a ella en el salón mirando a su alrededor y contuvo el aliento se había quitado la chaqueta y quedo en chaleco y las magas arremangadas y por su postura relajada se imagino que la corbata también. Se permitió mirarlo sin disimulo se dijo solo un momento. Estaba más ancho en la espalda se notaba que debía hacer algo de ejercicio, era mucho más definido que hace siete años. Sus caderas estrechas y piernas largas se ajustaban perfectamente a sus pantalones hechos a la media. Con tuvo el aliento que casi se le escapa en un suspiro pero como que no funciono, prueba de ellos fue que él e tenso y le hablo pero sin volearse.

—¿Sabías que aquel último día estuve aquí hablando con tus padres?— No tenía intención de hacer mención a aquel episodio bochornoso, pero...

Estaba muy agradecido que ella optara por salir de la estancia necesitaba poner algunas cosas en perspectiva. Cuando sintió su presencia apenas salió de la cocina o más bien sitio su mirada sobre su espalda. Se estaba diciendo que tenía que estar controlado que debía andarse con cuidado, este plano no podía fallar, pero luego escucho el ligero suspiro y las palabras salieron ates de que pudiera detenerlas.

—¿Cómo? —dijo ella atónita—. ¿Para qué?

—Para pedirles tu mano —contestó dándose la vuelta para mirarla —. Por supuesto, me dieron a entender que estaba loco.

—No lo sabía. — y de verdad no tenía idea. Su voz le dijo que era cierto

Le dio una ligera sonrisa —Ya suponía que tu padre no te lo iba a decir, claro.

—No le caías mal, William. Él creía que...

—¿Que su hija se merecía algo mejor? — levantado la ceja y metiendo sus manos en los bolsillos

—¿No es eso lo que creen todos los padres? — se cruzo de brazos— Ponte en tú en su situación. Si tuvieras una hija, ¿no habrías reaccionado igual? — trato de razonar aunque aun no salía del shock inicial. Él pidió por mí su voz romántica grito.

—Claro que no —contestó William—. Bueno, qué más da. — Alzándose de hombros— Es agua pasada. Tenemos otras cosas de las que preocuparnos. — comento desechando con la mano lo que dijo y le hizo señas para salir de la estancia

—Has sido tú el que ha sacado el tema a relucir. — murmuro

—¿Qué sugieres para el salón? Lo veo demasiado oscuro, deprimente...

—Es tu casa —contestó ella altivamente.

—Sí, y te estoy ordenando que me digas qué piensas. — gruño

No pretendía ni quería que este tema saliera a relucir por lo que se reprendió internamente por permitir a sus lengua dominara su cordura y que Elizabeth se deslizara de nuevo bajo su piel.

Caminaron a la mesa del comedor mientras ella hablaba y el no escuchaba nada.

—Me gustan los tonos verdes —contestó ella alegrada de salir de esa conversación tan espinosa— y los ocres. Colores otoñales. —Comento con voz emocionada— A mi madre le gustaban las flores y... bueno, cuando se puso muy mal mandó empapelar las paredes con motivos florales para alegrarse —se interrumpió y miró el papel—. Perdón.

Elizabeth se detuvo tan abruptamente que William freno tan cerca que percibía su colonia.

—Llora tranquilamente, querida. No hay que avergonzarse de llorar. — hablo bajito casi en su oído.

—No voy a llorar —contestó ella sacudiendo la cabeza y se volteo para mirarlo. Pero antes de decir nada cerró los ojos fuertemente para evitar dejar salir las lágrimas pero fue muy tarde por que las sintió resbalándose por las mejillas. Inmediatamente, sintió dos fuertes y calientes brazos que la abrazaba y la apretaba con sí a duro y musculoso pecho.

Elizabeth se dejó llevar por el confort que le brindaba. Qué bien se sentía entre aquellos brazos conocidos. Poso su mejilla en el pecho y el olor a su colonia la embriago. William le acarició el pelo suavemente introduciendo sus dedos en las suaves hebras y murmuró palabras de consuelo. Aquello en vez te consolarla hizo que se abrieran las compuertas de sensaciones y empeorar la situación porque se descubrió llorando a todo pulmón mucho más de lo que hizo en muchos años.

—Lo siento mucho —dijo apartándose al cabo de un rato—. No ha sido muy profesional por mi parte —añadió intentando sonreír. —Te empampe tu camisa— sonrojándose.

—Toma —dijo él dándole un pañuelo sin soltarla. Ignorando sus último comentario. Esa sensación de tenerla tan cerca le gustaba y mucho.

—Estoy mejor. Dijo aun con lágrimas bajando por su rostro, sonrojada y luchando con el pañuelo para evitar que cayeran más.

—¿Seguro? —dijo secándole las lágrimas de la cara con el dorso de la mano libre ya que la otra estaba adherida a su espalda.

—Sí, gracias por el pañuelo —contestó pensando que debía apartarse de él. Tenía los pechos contra su torso y, ahora que había dejado de gimotear como una doncella en apuros, los sentía duros como piedras. Se moría por besarlo, por perderse en su cuerpo. Pero se negó a caer más bajo, ya se había humillado mucho por un día.

Le costó un esfuerzo sobrehumano apartarse de él, pero lo consiguió.

—No sé qué me ha pasado —se disculpó mirando al suelo. Se sentía muy avergonzada.

—Son los recuerdos —dijo él metiéndose las manos en los bolsillos para evitar volverla agarrar y esta vez besarla hasta el fondo. «La oportunidad perfecta y la he dejado escapar», se reprochó. Estoy perdiendo el tino se dijo decepcionado de sí mismos. Podía haber entrado a matar y había preferido, había querido, comportarse como un caballero. Bufo internamente no podía ser.

Elizabeth una vez que estaba lejos de sus brazos su cabeza empezó a funcionar racionalmente, por lo que tomo asiento en una de las sillas del comedor viejo de su madre, y él la imito manteniendo una distancia y ella agradeciéndolo en silencio.

—Ahora que lo pienso, una vez reformada, los muebles no van a pegar nada, ¿sabes? —dijo Elizabeth cambiando de tema abriendo uno de los block de nota —. Son muy viejos... dejo la idea colgar jugando con el lápiz que acaba de agarrar.

—Pues véndelos y guárdate el dinero —le aconsejó William.

«Sí, para cuando me eches a la calle, claro», pensó. Tenía muy claro que aquello era lo que iba a suceder porque, a pesar de lo que le había dicho en el almuerzo, aquella ya no era su casa. Tampoco estaba dispuesta a aceptar su compasión.

—¿Por qué no te encargas tú de la decoración? —propuso William recostándose en el espaldar de la silla.

—Porque no tengo ni idea de interiorismo —contestó ella mojándose los labios—. No soy precisamente una entendida, no sé lo que se lleva, no conozco las vanguardias...

—¿Qué tiene que ver eso? —protestó él.

—Mucho... William, mírate tú y mírame a mí. —comento señalado con la mano a ella y él.

William le gusto el cambio de la situación por lo que obedeció encantado haciéndola enrojecer.

—Sí, bueno, somos diferentes, pero yo diría que es porque yo soy un hombre y tú, una mujer —apuntó divertido enarcando una ceja.

—Quieres lo mejor. Es obvio por cómo vas vestido. Yo... estoy acostumbrada a estar al aire libre, no sé, no me preocupo demasiado por la ropa, ¿entiendes?

Si, ropa, mejor quitarla dijo su cabeza

—¿Dónde quieres ir a parar? —poniendo los codos sobre la mesa y el mentón entre sus manos en posición pensativa.

—¡No tengo ni idea de cómo decorar una casa para un hombre como tú! —apunto casi furiosa porque no lograba que el hombre entendiera su frustración.

—Un hombre como yo...—repitió—. Olvidas que no siempre he tenido lo que tengo ahora.

—Pero el hecho es que, ahora, lo tienes —insistió Elizabeth—. Supongo que querrás muebles que reflejen tu... tu posición.

—Por supuesto —bromeó—. ¿Cómo iba a querer algo bonito y cómodo cuando puedo tener algo caro y ostentoso? No voy a vivir aquí, pero te aseguro que no quiero cortinas de terciopelo y paredes de seda. — por lo que volvió a su posición inicial. Esta vuelta de la conversación estaba fastidiándolo, porque lo que quería era tomarla en sus brazos otra vez.

—¿Por qué siempre te tienes que ir al otro extremo? — sintiendo su frustración en aumento.

—¿Por qué tienes tú que ahogarte en un vaso de agua? Si no confías en ti misma para redecorar la casa, contrata a un diseñador —le dijo encogiéndose de hombros demostrando su aburrimiento en el tema.

La verdad es que no quería seguir hablando sobre muebles y telas. Mientras siguieran con aquello, él opinando y ella tomando notas, la distancia entre ellos crecería.

—Mira, si quieres te doy el teléfono de la decoradora que se encargó de mi casa de Londres y ya está.

Al pensar en aquella posibilidad tan impersonal y tan cara, a Elizabeth se le heló la sangre en las venas.

—Haré lo que pueda —concedió—, pero luego no me eches la bronca si no te gusta.

William asintió. Su mente buscaba conseguir una ruta de escape para la situación aunque quería tomar con ligereza el tema de la decoración y fastidiar un poco a Elizabeth para enfurecerla ya que sus ojos brillaban con intensidad. No quería crear una brecha nueva. Pero la observo el tema no funcionaba y ella cada vez estaba mas frustrada. En lo que una idea se le ocurrió

—¿Por qué no dejamos esto de la decoración por hoy y hacemos algo más productivo... y divertido? —propuso él con buscada ambigüedad.

—¿Como qué? — ella entre cero los ojos no entendía el cambio de William una vez más.

—Bueno... hace buen tiempo y me muero por volver a montar a Barnabus. Hace meses que no monto, desde la última vez que fui a Estado Unidos. ¿Sigue siendo tan rebelde?

—¿Quieres salir a montar? —dijo ella sorprendida.

—Sí, hace un día estupendo y, así, aprovechamos y vemos a ver qué hay que hacer en la propiedad.

—Muy bien —no muy convencida contestó Elizabeth—. Me voy a cambiar, ¿de acuerdo? — él asintió.

Corrió por las escaleras. Ya en su habitación mientras se cambiaba apresuradamente para unos vaqueros desgastados y una camiseta ajustada y vieja, se dijo que la propuesta era de lo más normal, pero, entonces, ¿por qué estaba nerviosa? No podía olvidar el pasado, ¿verdad?

Cuando bajó, la estaba esperando al pie de la escalera.

—No vas vestido para la ocasión, me parece —observó Elizabeth divertida de camino a las cuadras.

—Si hubiera sabido que iba a terminar montando a caballo, te aseguro que me habría traído ropa apropiada. — apunto William sin humor.

—¿Tienes ropa vieja? ¿Tú? — agro incrédula

—Pues claro —sonrió él.

—¿Vaqueros desgastados y camisetas hechas polvo?

—Cuanto más desgastados y más hechas polvo, mejor. — respondió con humor.

Elizabeth no pudo evitar reírse. Hacía una tarde maravillosa y estaban bromeando por lo que relajó y sacó a Barnabus y lo ensillo.

—¿Quieres que te acompañe? —preguntó dándose cuenta de que, aunque ella lo había dado por hecho, William no se lo había pedido.

—Por supuesto. Ensilla otro.

—Old Lily no puede seguir a Barnabus —le advirtió yendo a buscar a la yegua.

Al volver, la imagen que vio la golpeo, lo encontró susurrándole palabras de cariño a Barnabus mientras lo acariciaba suavemente por el cuello. Siempre se le habían dado bien los caballos. Con movimientos agiles y precisos lo observó montar al semental. Una voz le susurro un semental si eso era él.

—¿Vas a montar o te vas a quedar mirándome todo el día? —le dijo él.

Elizabeth obedeció montando de igual manera a la yagua que ensillo para ella, algo avergonzada por ser atrapada viéndolo descaradamente.

—¿Lista? —sonrió—. ¿Qué te parece si vamos siguiendo la valla hasta el roble? Supongo que seguirá allí, ¿no? — apuntado el camino.

Mientras galopaban, William se preguntó si iba a ser capaz de concentrarse en el estado de la propiedad teniendo a aquella mujer a su lado. Dios mío, qué guapa era.

—La valla no está muy bien en esta zona —apuntó ella señalando—. Mi padre no debía de tener dinero para arreglarla... Qué tonta, cómo pude estar tan ciega —murmuró.

—Todos cometemos errores —dijo él.

A Elizabeth le pareció percibir algo raro en su contestación. ¿Se refería a ella? ¿Se refería a que haber estado con ella había sido un error? —¿Continuamos? —dijo secamente.

William asintió, tomo nota mental de todo lo que iba a hacer para arreglar. Estaba claro que Thomas Bennet se había gastado el dinero que debería haber destinado a aquello en juego y bebida.

Sintió un gran desprecio por él, pero también una repentina compasión. Debía de haber quedado destrozado para hacer algo así porque la cuadra era su vida. Para cuando llegaron al roble, ya se había hecho una idea de cómo estaba la propiedad.

Desmontó y se sentó junto al árbol.

—Te vas a manchar los pantalones —le dijo ella., desmontado de la yagua

—Siéntate a mi lado... —le señalo el lugar junto a él —Tenemos que hablar de cómo vamos a arreglar todo esto.

¿Y luego? Quería seguir con su plan inicial de seducción, pero había algo que se lo impedía.

Elizabeth con muchas dudas hizo lo que le pidió, se sentó junto a los pies del gran árbol pero dejo una distancia entre ellos. —Después de la muerte de mi padre, he estado metida en tal pesadilla que no he podido hacerme cargo yo tampoco... —se disculpó sinceramente.

—Dios mío, ¿pero no se dio cuenta de en qué situación te iba a dejar? —dijo William enfadado.

Ella rompió un pedazo de grama y jugueteo con ella entre sus dedos mirando las praderas —Supongo que creyó que podría arreglarlo todo y que yo nunca me daría cuenta. No hace falta que me digas que no tiene nada que ver con cómo estaba todo hace siete años. —Concluyo con renovada valentía. Lo único que no aceptaría de William fuera que le recriminara las acciones de su padre. Ella no lo hacía y no dejaría que otro lo hiciera.

—No te lo iba a decir —contestó él tumbándose sobre la hierba.

—¿Volvemos?

—Yo me voy a quedar un rato más al sol. Tú, haz lo que quieras, por supuesto —contestó echándose un farol.

Durante los segundos de silencio en los que Elizabeth decidía qué hacer, William sintió que su plan se podía ir al garete si se volvía a la casa.

—Bueno, te espero —contestó por fin.

William suspiró mentalmente y se giro en su costado apoyando la cabeza en la mano para mirarla.

—¿Por qué no te pones un poco al sol? No suele hacer tan buen tiempo en primavera. — palmeando la grama.

Accedió de buena gana diciéndole —El año pasado, se pasó toda la primavera lloviendo —se echó hacia atrás con los brazos detrás de su cabeza. Cerró los ojos y disfrutó del sol.

—¿Qué relación tienes con el agente inmobiliario? —le preguntó William de repente sin dejarla de mirar. El sol hacia que su cabello tuviera reflejos rojizos y dorados.

Elizabeth abrió los ojos y lo miró. —¿Qué agente inmobiliario? — le cuestiono

Con su rostro sereno pero sin reflejar ninguna emoción agrego —El rubio imberbe.

—No sé de quién me hablas. — contesto con media sonrisa

—Mentirosa —bromeó—. ¿Has salido con él? ¿Así conseguiste el trabajo?

—Debería darte un bofetón por decir eso.

—Pues dámelo —rió—. Te dejo que me pegues y, luego, me tomo la revancha...

—Sí, claro —dijo Elizabeth riendo también. Tenía el corazón desbocado corriendo a mil por hora y sabía que estaba jugando con fuego, y juagar con fuego podría quemarse. Pero la estaba mirando de una forma que le hizo sentir escalofríos recorriendo por la espalda. El sentido común la estaba abandonando... y ella estaba muy tentada a mandar a volar todo el autocontrol que le quedaba.

—¿Qué harías? —lo retó—. Por mucho que hayas cambiado, te conozco, William, y sé que no me pondrías la mano encima.

—No, claro que no —susurro acercándose peligrosamente a ella. Mirándola fijamente a sus ojos y los labios. Si quisiera podría tocarla. Sintió que todos los músculos de su cuerpo están en tensión y se sentía más vivo que nunca.

Su cuerpo tenía mente propia y estaba reaccionando atraído como la mosca a la miel. Estaba decidido a poseerla y esa verdad lo golpeo.

Ya que no era porque lo tuviera planeado ni por vengarse sino, sencillamente, porque la encontraba irresistible, algo que lo hizo siempre y su cuerpo gritaba degustar de ese manjar que lo tenía privado desde hace mucho tiempo.