Comentarios: Haré lo posible porque este capítulo tenga un pequeño resquicio de mi antigua redacción, que es mucho mejor que la actual (aunque mi acentuación en aquél entonces era pésima, eso no lo traeré aquí… espero). Aunque, como podrán ver, es algo parecida a la que manejé en el capítulo anterior, entonces… más bien sería redacción y desarrollo de escenas tipo "Reboot" y palabras tipo "En caso de lluvia" (no reconocía la mitad de ellas).

Sin más que decir, ¡disfruten la lectura!


Capítulo 7: Perdido en sus pensamientos


Ciel observaba desde la ventana a la costa. Aprovechando su figura pequeña, se había acurrucado en el ventanal e ignoraba la tranquila presencia del señor Layberí en lo que ambos esperaban a Sebastian. Llevaban así casi media hora, el hombre buscando en varios libros que tenían disponibles, haciendo anotaciones en portugués, el cual el niño descubrió fuera su idioma natal, para luego explicárselas a Ciel con más detalle. Conocía los libros como la palma de su mano, no era una certeza que hubiese leído todos, si a lo mucho unos cuantos, pero eso no quería decir que no pudiera hacer un poco de adelanto con su tarea al menor ayudándole con los que no conocía y los que de adelanto ya terminara.

¿Algo que te preocupe? —le preguntó el hombre, sacándolo de su ensimismamiento. Ciel parpadeó un par de veces, volviendo a la realidad, algo atolondrado. El hombre sacó su vista por un momento del pergamino en el que trabajaba y le sonrió tranquilizadoramente, aunque eso no quitaba el hecho de que la frase que dijese anteriormente destilara preocupación.

Durante unos segundos, Ciel no supo que decir. ¿Se notaba preocupado? Probablemente, pero eso no quería decir que fuese tan… ¿por qué estaría preocupado, para comenzar? ¿Por Sebastian? No lo discutía como una posibilidad. ¿Por qué? Bueno, últimamente actuaba de forma alienígena, lo cual indicaba que algo en aquél lugar… o quizá en la misión, le molestaba. Nuevamente, ¿por qué habría de molestarle? Sebastian se encerraba a sí mismo en escondites, eso no era un tema nuevo. Sin embargo, ahora parecía más… distante que de costumbre. Algunas veces recurría a las doncellas para consolarlo (de ahí que Ciel le viese como un buscón de primera), pero otras, cuando no tenía ganas de copular, se encontraba en lugares que en ocasiones el menor encontraba con incipiente facilidad, y aunque no le siguiera a todos lados, se podía decir que le preocupaba un poco esta nueva actitud de Michaelis. ¿Había algo nuevo en ella? La forma en la que sus ojos anhelaban algo en el horizonte. Lo supo ahora Ciel observando que Sebastian no se había movido de su lugar, ni siquiera porque había fingido estar enojado con él. Ni por la forma tan… cortante en la que le había hablado después de que negase la omnipotencia de su Dios, de que él fuera perfecto.

Nada, padre. —respondió después de lanzarle otra mirada a Sebastian, buscando un mínimo movimiento de su parte. Obteniendo una decepción, pues este parecía querer volverse sal y recubrir a la roca en la que se sentaba. Antes de que el hombre preguntase la razón por la que actuaba tan extrañamente, se salió de su asiento en el ventanal y se fue a tomar un libro, con el hombre indicándole cuál tomar. Cogió un tomo pesado, parecía algo que los griegos escribirían, aunque estuviese escrito en latín, eso era.

Se puso a hojearlo con algo de indiferencia, leyendo cada tanto e intentando que las palabras se quedasen grabadas a fuego en su memoria, fallando miserablemente. Decidió que lo mejor sería hacer lo mismo que hacía el obispo Layberí, así que cogió un trozo de pergamino y humedeció la punta de una pluma. No se preocupaba demasiado de la letra fuese muy ostentosa o inclusive legible, estaba acostumbrado a hacerlo cuando experimentaba en la cámara correspondiente, y como era muy extraño que alguno de sus compañeros tomasen sus apuntes, no le preocupaba demasiado. Estuvieron así durante lo que pareció una media hora, entre el rasgueo de plumas y el hojeo de páginas, envueltos en el penetrante olor a viejo, pergamino y cuero, iluminados por velas y motivados por la búsqueda de conocimiento; conocimiento que estaba frente a sus ojos y que descifraban buscando traducirlo de una manera más comprensible. Mientras que Ciel leía sobre avances en la ciencia de Atenas (se le hacía sorprendente que en un edificio como en el que se hallaba tuviesen semejante información, con eso de que iba contra Dios hacer eso), algunas cosas sobre las artes y la reciente caída del Imperio Bizantino… era increíble que pudiese escribirse algo tan extenso en tan poco tiempo, concluyó.

Cuando Ciel decidió que tuvo suficiente de lo que había en ese libro, lo cerró con el mayor cuidado posible, temiendo que se deshiciera si las hojas colisionaban con dureza. Dejó la pluma al lado del pergamino y se volvió a asomar por la ventana. Su rostro no cambió un poco al apreciar que Sebastian seguía varado en aquellas rocas. Se mantuvo pensando unos momentos, intentó igualar su cosmovisión a la del otro, sólo por ver la posibilidad de que, de dicha forma, podría encontrar la razón a la forma en la que Sebastian adoraba hacer eso.

Inmiscuirse en su cabeza de tal forma.

Si me disculpa, padre, iré a tomar un poco de aíre —dijo finalmente, a lo que el hombre le dio un asentimiento de cabeza y la afirmación de que podía salir. Con algo de aprehensa en su pecho, tocó el crucifijo que colgaba de su cuello, y soltando un suspiro, cruzó el umbral de la puerta.

Estando fuera de la habitación del conocimiento, dudas comenzaban a atacar su mente. La primera de ellas, por excelencia, iniciaba con p. ¿Por qué había salido de ahí? No buscaba aíre, y, aunque una parte inconsciente de sí mismo se lo decía, no buscaba en lo absoluto a Sebastian. ¿Será entonces porque no podía permitirse seguir apreciándole el observar añorante el horizonte, sin nada más que hacer?

— ¿Me perdí de algo?

Instintivamente, su mano se había alzado, cerrado en un puño y buscando atacar a Michaelis. Obviamente, fallando debido a que el otro había alcanzado a reaccionar, escuchando una risa satírica que le indicaba que encontraba su enojo muy divertido.

— ¿Por qué no te viniste conmigo desde hace rato? Te vi levantarte detrás de mí, me metí al convento y ya no estabas —le indicó Ciel, volteándose a verle a los ojos. Ojos que ni siquiera se dignaron a verle mientras el otro se limitaba a encogerse de hombros, en señal de que poco le interesaban las órdenes de un niñato, como sabía Ciel que pensaría de él.

—El oleaje me tenía hipnotizado, qué te puedo decir —se limitó a indicarle. Ciel chasqueó la lengua, no creyéndole.

—Dejaremos esta conversación para después —dijo, soltó un suspiro llamando a toda su paciencia a que le ayudara a soportar al idiota de Sebastian Michaelis… eso, si era posible—. Ve a ayudar al Obispo Layberí, lleva más tiempo que yo haciendo lo que debiste de haber hecho conmigo —vio a Sebastian todavía reírse en voz baja, lo que le indicaba que no podía interesarle menos la misión—. ¡Escúchame, idiota!

—No digas esa clase de palabras sucias en un lugar sagrado —le reprendió Sebastian con burla alzando las manos, enseñándole que en donde se encontraban era dicho lugar. Las dagas en la mirada de Ciel aumentaron, no por eso lograron dañarlo un poco. Apretó sus puños y los puso en sus costados, contó mentalmente innumerables números y llamó a toda su paciencia para aguantarlo. Después de eso, se tranquilizó.

—Sebastian, te digo que a mí me interesa tanto decirlo así como a ti te interesa esta misión —aunque su voz era controlada y quizá un octavo más baja que de costumbre, Sebastian podía sentir el cambio en el acento del otro mientras se contenía. No tuvo tiempo de preguntarle nada debido a que comenzó a caminar en dirección contraria por la que él iba caminando.

Sólo es un berrinche, se le pasará, una voz en su cabeza le indicó. Sin nada más con que refutarle, se dirigió a la biblioteca donde se disponía a aventurarse una conversación sin traductor personal. Lo cual, le traía otro enorme problema.

¿Cómo iba a leer si no sabía Latín?

Quizá y encontraba algo en francés. No es como que sólo personas que hablaran la tan necesitada lingua latina viniesen a ese pequeño islote, después de todo. Debía haber mínimo las lenguas romances y unas cuantas germanas. No lo dudaba.

En ese caso, se metió a la habitación, con la esperanza de que lo dicho anteriormente se hiciese cierto. Rogando porque fuera cierto.

Ciel Phantomhive no era de los que odiaban a las personas; al menos, eso se decía como consolación. Aunque si se introspectaba en su relación tan… peculiar con Sebastian Michaelis, cualquiera podría decir que era tan inhóspito pedirle a un olmo peras que pedirle a Ciel una disculpa dirigida a Sebastian.

No, no era porque fuese molesto. O al menos, no la mayoría. Era irritante, no lo negaba; probablemente tenía una especie de diversión en hacerlo enojar, era muy factible; era irresponsable, no del todo. Sin embargo, ninguno de aquellos factores eran los que sacaban lo peor dentro de Ciel cada vez que su genio coalicionaba con Michaelis. Ahí es donde el factor de odio entraba.

Él era en general una persona muy dispuesta a ayudar a las personas, era, hasta donde se podría decir, energético, curioso, travieso, y en ciertos aspectos muy inocente. Sebastian no lograba entender qué era lo que el niño veía en su contra. No diría que no le molestaba de vez en cuando, lo hacía, pero tampoco era muy… propenso, y sabía que a ese punto el niño no debería tomarse las bromas como algo personal, o como algo puesto con el propósito de hacerle enfadar. Conocía a Michaelis, después de todo. Mientras leía unas notas aburridas sobre un tal Tales de Mileto en la que hablaban sobre una tal piedra de ámbar y por qué había deducido cosas que no le interesaban en lo más mínimo, reflexionaba sobre lo anteriormente discutido con Ciel, que realmente no era demasiado pero que llevaba atosigándolo lo suficiente como para hacerle cuestionarse si no debería intentar hacer las pases con él como "la gente normal lo hace."

Cinco años conviviendo, no diría que era una eternidad desde la primera vez que se vieron, a lo mucho y dentro de unos cuantos meses serían seis, pero eso no era lo importante. A estas alturas, deberían conocerse el uno al otro; y era en ocasiones como aquellas de ocio en las que realmente se ponía a ponderarse ¿qué tanto conozco a Ciel? Para finiquitar el tren de pensamientos con una única respuesta que le advertía no mucho.

Se disculpó con el hombre por su manejo escaso en el latín, en un muy torpe latín cabe destacar y dijo que estaría afuera del lugar, a lo que el obispo asintió con la cabeza y con la misma señaló la puerta, diciéndole que era libre. Sebastian soltó un suspiro y salió lo más prontamente que sus pies le permitieron, y aunque esta vez no se fue a merodear por las afueras, hacia la parte más acercada del convento, se mantuvo pensando durante tanto tiempo que no tenía realmente idea de a dónde sus pies le manejaban. Aunque el principal objetivo de esto era buscar a Ciel—tenía la misión de protegerle después de todo, no podía dejarlo (no debía dejarlo) solo, ni siquiera en un lugar tan remotamente peligroso como lo era este—una parte de su cerebro pareció desconectarlo de la realidad. Llevándolo a perderse en el laberinto de celdas por las que habían cruzado la noche anterior al llegar ahí. Llegó un punto en el que logró salir de aquél lugar y se encontró a sí mismo en una parte posterior, viendo desde el lado izquierdo de esta a la estatua que se encontraba al inicio de la enorme estancia, con su mueca de eterno sufrimiento y con su cuerpo tan horripilantemente expuesto—y según eso, la Iglesia maldecía a aquellos que se exponían públicamente—que le daban náuseas de imaginarse a alguien haciendo esa misma estatua, puliendo la madera, poniéndole la pintura, agregándole la capa de barniz. Las manos le temblaban de sólo imaginarse a sí mismo haciéndolo.

Aunque cabía admitir el pequeño e insignificante detalle de que no le agradaba mucho la idea de quedarse rezando a la estatua de un hombre en miseria, tampoco esa experiencia fue del todo horrible. Después de todo, después de examinar meticulosamente la estancia se encontró con nadie más ni nadie menos que con una cabellera ligeramente azul, con las manos frente a ella, como si se arrepintiera del peor de los pecados. Como si le pidiera perdón a un dios que existía.

Bueno, para él existía. Eso era lo único que podía decirse.

—Llevo media hora buscándote —fue el saludo que le dirigió al sentarse a su lado e imitándole muy malogradamente, sólo para que no se viera mal que de un de repente llegase a hablarle, estando oh tan ocupado rezando—. ¿Dónde estuviste?

Nunca et in hora mortis, in hora mortis, mortis nostrae, in hora mortis nostrae. Ave María —en vez de responderle como alguien "normal" haría, se limitó a hacer lo que minutos antes hacía, antes de ser interrumpido por el intransigente de Sebastian Michaelis. El mayor se tomó aquello como un "estuve rezando todo el rato, ¿es que no lo ves?" y se encogió de hombros, no sin antes revolverle el cabello e irse caminando lejos de ahí. Debería dejar un rato al otro solo, después de todo.

Cuando Sebastian se hubo alejado, procedió a quedarse pensando en todo lo que estaba haciendo en su vida. No era mucho realmente, pero sí debía tomar en consideración que lo que actualmente estaba haciendo no lo llevaría a las respuestas que él exigía de lo que sucedía a su alrededor. Si bien, es cierto que no necesitaba realmente las respuestas que demandaba, tampoco se sentiría del todo bien estar sin ellas.

Tanto pensar sobre cosas que no eran comenzaba a darle vueltas. Decidió que podría darse un descanso de todo eso. Ya había hecho su parte, sólo quedaba esperar. Dentro de un par de días, cuando hubiesen adquirido la suficiente información—aunque era probable que tardaran más—se irían de ahí. Agradecerían al Obispo Layberí por haber escuchado lo que su rey le exigía y probablemente irían a un islote cerca de ahí. Donde Michaelis no actuaría de forma tan alienaría como lo hacía en la actualidad.

O al menos eso esperaba.

In nomine Patris et Filli et Spiritus Sancti, Amén.—se persignó y salió del lugar con el propósito de ir y descansar un poco.

Sebastian no había nacido ateo. Sus padres no lo fueron. Él no lo fue durante la mayor parte de su vida. Ella no lo fue.

Ella no lo fue.

Sebastian tampoco había nacido queriendo ser médico. Era parte de sus expectativas, Champatieu no era una ciudad muy promotora de la industria, y la ciencia, y quizá por eso hubo un tiempo en el que pensó en que ser Obispo no sería mala idea. Aprendería latín, sería una persona caritativa y quizá, sólo quizá, se podría decir que tendría un propósito en la vida.

No que en la actualidad no lo tuviera, pero no tenía el poder que le gustaría tener. Era una persona con un nombre poco popular, y demasiado alejado de los demás. No en el sentido de que prefería enclaustrarse en sus propios espacios, sino que no hablaba sobre sí a nadie. Sus padres intentaron que lo hiciera, los eclesiásticos intentaron que lo hiciera. Todos a su alrededor intentaron que lo hiciera. Aunque Sebastian no oponía a sus preguntas ninguna objeción, se limitaba a responder cortante/cortés-mente. Nadie le refutaba aquella actitud suya, pero si era exasperante.

Es quizá por eso que cuando ella intentó hacerlo, todos se supieron sorprendidos al darse cuenta de que sus intentos habían resultado miserablemente fallidos. No fue una sensación agradable el que alguien más lograra que él hablase, pero era reconfortante el saber que ya no estaría solo. ¿A quién le gustaría ver a una persona sola? Dios no permitiría que alguien se quedase sin esperanza, se atreverían a decir algunos.

Eso quiso decirse Sebastian, cuando había optado por ser curandero, decidido a que sus manos obraran milagros que ni los eclesiásticos lograrían, trayendo consigo almas que la muerte querría arrebatarle, queriendo evitar que la población que le rodeaba muriese.


Notas de Autora: Seh… me di mí desaparecida por el fandom de Kuro, ¿no es así? Lo que me recuerda que debo todavía review en "Viejos Amigos" y "Ghost Love Score" aunque bueno, nadie me dice que debería alejarme del fandom, sabiendo que cuando lo hiciese actualizarían two in a row.

Hay muchísimas cosas que me gustaría responder ahora, de momento sólo sé que este capítulo, al igual que el anterior fue muy difícil de sacar, debido a que la mayor parte del tiempo que me decía "siéntate a escribir, ¡vamos que tienes planeada toda la trama para el capítulo!" Y sí la tenía, pero no encontraba cómo desarrollaría dos escenas tan cortas con tanto palabrerío. Oh bueno, qué se le hace. Logré mi cometido, que fue describir (lo mejormente posible) las escenas que quería. Que si bien no son la gran cosa, estoy orgullosa al decir que este es mi capítulo favorito. Hasta ahora, ya tengo planeados varios otros capítulos—muuuuuuuy lejanos, cabe destacar—en los cuales ya llevarán un par de añitos trabajando en la misión.

Por si alguien se pregunta, lo que Ciel decía eran los últimos cuatro versos de Ave María y el típico En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Creo que tendré que repasar las oraciones que conocía, que de tanto sin haber escuchado de ellas, se me está olvidando que existen.

La semana pasada fue de exámenes bimestrales, y ahora que lo pienso, siempre me pongo a actualizar esta cosa en ellos, haciendo parecer que todo el tiempo estoy rindiendo exámenes, lo cual no sucede. Sólo es cada dos meses.

Em… Champatieu es el nombre de una familia que protagoniza el título de un capítulo de Les Miserables.

Y em… oficialmente, esta es mi historia más larga de Kuro, ¡yei!

Este es mi regalo de navidad adelantado, ¡espero que les guste y que tengan felices fiestas!

—gem—