Y(la historia no pertenecees propiedad de Sarah J. Maas, la traducciónpersonaje no me pertenece, le pertenece a traducciones Independientes y los personajes de Candy Candy le pertenecen a Mizuki e Igarashi) (Y las antiguos libros publicados en esta página son de Cellita G)
capitulo 6
—Busca una sola frase —respiró Aelin al oído de la mujer cuando presionó la daga con más fuerza contra su cuello—. Una frase para convencerme de no derramar tu garganta en el suelo.
La mujer bajó la escaleras y, a su crédito, no era lo suficientemente estúpida para ir por las armas ocultas a su lado. Con la espalda contra el pecho de Aelin, sus armas estaban fuera de alcance, de todos modos. Tragó saliva, su garganta moviéndose contra la daga de Aelin que sostenía a lo largo de su lisa piel.
—Te voy a llevar con el capitán.
Aelin enterró el cuchillo un poco más.
—No es muy convincente para alguien con un cuchillo en la garganta.
—Hace tres semanas, abandonó su posición en el castillo y huyó. Para unirse a nuestra causa. La causa rebelde.
Las rodillas de Aelin amenazaron con torcerse.
Se suponía que debería haber incluido tres partes a sus planes: el rey, Arobynn, y los rebeldes –que muy bien podrían tener en cuenta saldar la deuda con ella después de que destripó a Archie Corwell el invierno pasado. Incluso si Albert estaba trabajando con ellos.
Apagó el pensamiento antes de que le golpeara de lleno.
— ¿Y el príncipe?
—Vivo, pero aún en el castillo —siseó la rebelde—. ¿Es suficiente para que bajes tu cuchillo?
Sí. No. Si Albert estaba trabajando con los rebeldes... Aelin bajo su cuchillo y retrocedió hacia una piscina de luz de luna que se filtraba en la rejilla de arriba.
La rebelde giró y alcanzó uno de sus cuchillos. Aelin chasqueó su lengua. Los dedos de la mujer hicieron una pausa en la empuñadura bien pulida.
— ¿Decido librarte, y así es como me lo pagas? —Dijo Aelin, tirando de la capucha—. Particularmente no sé por qué me sorprende.
La rebelde soltó el cuchillo y se quitó su propia capucha, dejando al descubierto su bonita cara bronceada –solemne y totalmente sin miedo. Sus oscuros ojos estaban fijos en Aelin, escaneando. ¿Aliada o enemiga?
—Dime por qué has venido hasta aquí —dijo la rebelde tranquilamente—. El capitán dice que estás de nuestro lado. Sin embargo, te escondiste de él en las Bóvedas esta noche.
Aelin cruzó sus brazos y se apoyó contra la pared de piedra húmeda detrás de ella. —Vamos a comenzar con decirme tu nombre.
—Mi nombre no es de tu preocupación.
Aelin levantó una ceja.
—Exiges respuestas pero te niegas a darme algo a cambio. No es de extrañar que el capitán tuviera que dejarte fuera de la reunión. Es difícil jugar el juego cuando no sabes las reglas.
—Oí lo que pasó este invierno. Que fuiste al almacén y mataste a muchos de los nuestros. Que sacrificaste a los rebeldes, mis amigos —esa fría, calmada máscara no reaccionó a su estremecimiento—. Y sin embargo se supone que debo creer que estuviste de nuestro lado todo este tiempo. Perdóname si no soy honesta contigo.
— ¿No debería matar a las personas que secuestran y golpean a mis amigos? —dijo Aelin suavemente—. ¿No voy a reaccionar con violencia cuando reciba notas que amenazan con matar a mis amigos? ¿Acaso no se supone que destripe a ese gilipollas egoísta que asesinó a mi amada amiga? —Se apartó de la pared, andando con paso majestuoso a la mujer—. ¿Te gustaría que pidiera perdón? ¿Debería ponerme de rodillas por todo eso? —La cara de la rebelde no mostró nada –ya sea falsa o genuina frialdad. Aelin resopló—. Me lo imaginaba. Así que ¿por qué no me llevas con el capitán y guardias la mierda santurrona para más tarde?
La mujer miró hacia la oscuridad otra vez y sacudió la cabeza ligeramente.
—Si no hubieras puesto la cuchilla en mi garganta, te hubiera dicho que hemos llegado —ella señaló el túnel por delante—. Eres bienvenida.
Aelin se debatió en golpear a la mujer contra la húmeda pared sucia solo para recordarle, exactamente, por qué era la Campeona del Rey, pero luego una respiración entrecortada por delante raspó sus oídos, procedentes de esa oscuridad. Respiración humana –y susurros.
Las botas se deslizaban y golpeaban contra la pared, más susurros –murmullos de voces que no reconoció enseguida, y se quedó quieta ahora, y...
Los músculos de Aelin se cerraron cuando una voz silbó: —Tenemos veinte minutos hasta que el barco salga. Muévanse.
Conocía esa voz.
Pero no podía prepararse a sí misma para el impacto completo que fue ver a Albert Andrew tambaleándose en la oscuridad y al final del túnel, sosteniendo a un hombre delgado, entre él y otro compañero, otro hombre armado protegiendo sus espaldas.
Incluso desde la distancia, los ojos del capitán estaban fijos en Aelin.
Él no sonrió.
