Sentimientos
Sesshomaru afianzó el agarre que mantenía en las muñecas ajenas y, al ejercer mayor presión con su propio cuerpo, su rostro quedó a escasos centímetros del suyo. Kagome no pudo evitar contener el aliento; estaba cerca, demasiado en realidad, tanto, que podía percibir fácilmente como su respiración se entremezclaba con la suya. La embriagante sensación que la sacudió de pies a cabeza fue inesperada.
Estaba mal, pero por alguna razón desconocida, no opuso resistencia.
Y fue solo cuando sus ojos se cerraron, que Kagome lo supo: no había vuelta atrás.
Mientras la mantenía presa contra uno de los tantos árboles del bosque, Sesshomaru no pudo evitar cuestionarse sobre sus acciones. ¿Qué demonios estaba haciendo? Era Kagome, la escandalosa mujer de su —para molestia suya— hermano menor, ¿Qué hacía entonces acorralándola contra un árbol?
Aquello estaba mal y aunque Inuyasha no le preocupaba realmente, lo que si le inquietaba era aquel deseo, aquella sensación de familiaridad ante su cercanía; no pudo evitar ceder ante la necesidad de acercarse más.
Sabía que se reprocharía por ello luego, por ceder ante un impulso nacido de quien sabe dónde, pero al verla cerrar los ojos y sentir como dejaba de luchar, Sesshomaru no pudo detenerse. Sus labios rozaron brevemente los ajenos y cuando por fin estuvo a punto de cerrar por completo la distancia que los separaba, pudo percibirlo.
No estaban solos.
Aturdida como estaba, Kagome tardó un par de segundos en procesar que ya no estaba siendo apresada contra un árbol. Con el corazón latiéndole de manera desenfrenada y sintiendo todavía la calidez de los labios ajenos que rozaron los suyos, la miko abrió los ojos lentamente, como si temiese a los dorados orbes con los que se encontraría; fue una sorpresa toparse con la espalda del albino en lugar de su rostro.
La sorpresa inicial, sin embargo, dio paso a la preocupación al notar la tensión en el cuerpo del ex yokai; estaba listo para entrar en batalla.
—¿Sesshomaru? —Cuestiono la morena, tratando de llamar su atención—. ¿Qué ocu…?
—Silencio. —Fue lo único que dijo el albino, interrumpiendo a la azabache.
Con total sigilo y actuando de manera instintiva —o al menos eso se dijo— Sesshomaru mantuvo a la miko tras él, guareciéndola de cualquier peligro; ya luego pensaría en lo ocurrido entre ellos pues, de momento, lo importante era descubrir la ubicación de su indeseado visitante. Para su suerte —o desgracia, no lo sabía realmente— el sujeto no tardó en mostrarse.
—Vaya, vaya. —Se oyó de repente una burlona voz ya conocida, que parecía venir de todo el bosque—. Aún como humano es igual de perceptivo, Lord Sesshomaru.
—Hmp. ¿No tuviste suficiente con la paliza de la última vez? —Cuestionó el ex yokai, buscando el origen de aquella voz.
—Muy gracioso y valiente de su parte, teniendo en cuenta la condición en la que se encuentra. —Replicó el sujeto, abandonando el amparo de las sombras antes de materializarse frente al albino—. Con un cuerpo tan lastimado, no podría hacerme frente.
Si a Kagome le quedaba alguna duda respecto a la identidad del sujeto, no hubo más al momento en que éste se materializó frente a Sesshomaru; el sujeto enmascarado de la noche anterior estaba de vuelta. Kagome no pudo evitar aferrarse a la espalda de Sesshomaru al sentir un escalofría ante la presencia del recién llegado; el albino, si bien no volteó a verla, tampoco hizo esfuerzo alguno por alejarla.
—A juzgar por tu reacción, puedo saber que me recuerdas, miko. ¡Que honor! —Exclamó irónicamente el enmascarado—. Mucho me temo, sin embargo, que tendrán que morir aquí.
El ronco gruñido de Sesshomaru fue lo único que reverberó en el bosque como respuesta a las palabras enemigas; ciertamente alguien no saldría vivo del bosque, pero no serían ni la miko ni él, de eso estaba seguro. Con esa determinación en mente el ex yokai dirjió su diestra hasta donde llevaba siempre a Bakusaiga, importándole poco las consecuencias que esto podría conllevar, sin embargo, fue en ese momento que cayó en cuenta de su error: había salido de la cabaña sin sus espadas, estaba desarmado.
—La suerte no parece estar de su parte, Lord Sesshomaru. —Afirmó el enmascarado mientras desenvainaba la espada que llevaba consigo; no tardó en tomar una postura ofensiva—. Ahora, hagan el favor de morir.
Dicho esto y sin más demora, el enmascarado se lanzó al ataque, arremetiendo violentamente contra Sesshomaru; debido a sus heridas, el albino apenas pudo esquivar el ataque con ella en brazos. Tan solo momentos después el ex yokai la había dejado en el suelo y sin perder tiempo, se lanzó contra el enmascarado; cualquier segundo era valioso en aquella desventajosa situación.
Con los puños cerrados y la mandíbula tensa, Kagome observaba en silencio la batalla mientras se recriminaba por haber cometido tamaño error. Sabiendo que un nuevo enemigo los acechaba desde las sombras, ¿Cómo había podido ser tan descuidada?; salir tras Sesshomaru sin su arco o algún elemento para defenderse en caso una situación peligrosa se diese había sido una completa imprudencia.
Y ahora Sesshomaru —e incluso ella misma— podrían morir por ello.
Inevitablemente la joven azabache maldijo entre dientes y lo hizo aún más cuando sintió el golpe contra el suelo que se llevó al ser derribada por el albino; la miko requirió de algunos segundos para comprender que se había distraído en el campo de batalla y él había acudido a su rescate una vez más.
Al ver como Sesshomaru no perdió tiempo para tomar una postura de combate, manteniéndola tras él en todo momento, Kagome se sintió como una verdadera carga.
—De pie. —Ordenó el ex yokai.
Y ella no necesitó más; tenía que espabilarse y ayudar.
—¿Problemas en el paraíso? —Cuestionó el enmascarado, claramente divertido—. Tal vez en el otro mundo tengan mejor suerte.
Cuando la miko vio al enmascarado listo para atacarlos y a Sesshomaru tomar una postura defensiva —aún sin contar con armas para frenar el ataque enemigo— supo que debía de hacer algo. Convalecientes como estaban, Kagome sabía que su barrera no resistiría un ataque frontal del sujeto pero aun así se preparó; esperaba que su energía fuese suficiente como para reducir en algo el impacto del golpe, éste, sin embargo, nunca llegó.
Frente a ellos, el enmascarado había detenido su ataque por alguna desconocida razón y, luego de dejar una frase al aire, desapareció envuelto por una cortina de humo.
—Volveremos a vernos, Lord Sesshomaru.
Ninguno de los dos puso en duda aquella amenaza; tanto Kagome como Sesshomaru sabían que no sería la última vez que se enfrentasen a él.
Solos en el bosque y sin el ataque constante del enemigo, la miko se permitió exhalar un cansado suspiro; habían estado demasiado cerca. Posó luego la mirada en el albino frente a ella y no pudo evitar que la culpa volviera a ella; aunque por poco tiempo, Sesshomaru había luchado contra el enmascarado sin tener siquiera un arma para defenderse e incluso había cargado con ella, sería un milagro si sus heridas no hubiesen empeorado.
Con la idea de preguntar por su estado y optando por dejar para luego el incidente ocurrido entre ambos antes de que el enmascarado apareciese, Kagome se acercó a Sesshomaru mas no pudo pronunciar palabra pues, surgido casi de la nada, los rápidos pasos y la voz de Inugami reverberó en el lugar; para sorpresa de la miko, el albino extendió el brazo derecho y detuvo su marcha cuando pretendía ir hacia el recién llegado.
—¡Kagome-san! ¡Sesshomaru-san! ¡Por fin los encuentro! —Exclamó el mayor, apareciendo de entre algunos arbustos; la forma en que jadeaba parecía indicar que había corrido hasta el lugar—. ¿Están bien? ¿No les pasó nada malo?
—Descuide, Inugami-san. Todo en orden —Respondió Kagome, sonriendo ligeramente desde detrás de Sesshomaru—.
—¿Acaso debía pasarnos algo?
Evidenciando su desconfianza, el albino permaneció a la defensiva, manteniendo a su vez a la azabache tras él; en ese momento poco le importaba el inexplicable instinto de protección que sentía para con la miko, necesitaba respuestas y el sujeto tenía que dárselas. Si era extraño de por sí el hecho de que apareciese en el templo y los hubiese ayudado la noche anterior, el que los encontrase tan rápido en medio del amplio bosque que cubría la montaña lo era aún más; el sujeto era sospechoso, demasiado para su gusto.
—Tranquilo, Sesshomaru, por favor.—Pidió Kagome, dejando la vergüenza de lado para sujetar el brazo extendido del albino—. Sé que desconfías de él y no te culpo, pero en este momento lo importante es revisar tus heridas.
—No es necesario. —Contestó el ex yokai, orgulloso como él solo.
—La forma en que tu brazo ha comenzado a sangrar no dice lo mismo. —Replicó la azabache, apretando levemente el brazo herido; la mandíbula tensa del albino fue todo lo que necesitó para corroborar sus palabras—. Necesitamos tratar esas heridas.
—Debería obedecer a la señorita, Sesshomaru-san. —Dijo de repente Inugami, interviniendo en la conversación—. Permítame curarlo.
—No hace falta. —Fue la escueta respuesta del albino. Acto seguido, se dirjió a la miko—. Nos vamos.
—Debería descansar un poco al menos. —Insistió Inugami; la mirada que recibió de Sesshomaru fue suficiente advertencia para que dejase de hablar.
Kagome solo negó con un gesto de cabeza; con lo terco que sabía era el ex yokai, la miko tenía la certeza de que hacerlo cambiar de idea sería misión imposible, por lo que se limitó a ese simple gesto antes de intervenir; a veces —la azabache pensaba—, Sesshomaru podía ser tan terco e infantil como Inuyasha.
—Descuide, Inugami-san, yo me encargaré de curarlo cuando lleguemos a casa. —Replicó Kagome, sabiendo ya que el ex yokai no cedería—. Mi madre debe estar preocupada después de nuestra desaparición y ya no quisiera causarle más problemas a usted, así que volveremos a casa ahora; es lo mejor.
Inugami observó brevemente a la pareja frente a él antes de exhalar un resignado suspiro; no había caso, ambos eran igual de tercos. Negó entonces con la cabeza en lo que fue un gesto de resignación antes de sonreír a la miko, segundos después estaba llamando mediante un silbido a los dos yokai de la noche anterior y Kagome agradeció el gesto pues, en caso contrario, habrían tenido que realizar una larga caminata de regreso a su casa; aquello dada la condición del albino, no era buena idea.
Los yokai no tardaron más de tres minutos en aterrizar frente a ellos.
—Ellos los llevarán hasta el templo. —Dijo el mayor, acariciando suavemente el lomo de una de las criaturas—. Ambos conocen bien el camino, llegarán al templo sin problemas.
Si Kagome tuvo siquiera la intención de indagar sobre la razón por la que esas criaturas conocían el camino hasta el templo, no hizo mención alguna del tema, después de todo, estaba hablando del extraño hombre que la llamaba por su nombre sin que ella lo hubiese mencionado siquiera. Hasta que Sesshomaru no estuviese reestablecido completamente, prefería no seguir pensando o le estallaría la cabeza.
—Agradezco mucho su amabilidad, Inugami-san. —Dijo al fin la azabache, sonriendo al mayor—. Lo visitaremos en otro momento.
—Estaré esperando su visita entonces. —Respondió el sujeto, sonriendo brevemente a la sacerdotisa. Acto seguido y como si recordase algo que había olvidado, se dirjió al albino—. No olvide esto, Sesshomaru-san. Estoy seguro de que las necesitará en algún momento.
No pudo evitarlo; por primera vez en mucho tiempo, los ojos del ex yokai se ensancharon levemente y —aunque fuera solo por escasos segundos— dejó entrever su sorpresa. Frente a él y sosteniendo la espada que había llegado a rechazarlo hasta el punto de quemarle las manos, estaba Inugami sujetando a Bakusaiga sin la menor dificultad; aquello solo acrecentó su desconfianza y el entrecejo levemente fruncido que mostraba era evidencia de ello.
Ese sujeto no era de fiar.
—¿Sesshomaru? —Cuestiono Kagome al sentir nuevamente la tensión en el cuerpo ajeno—. ¿Sucede algo malo?
Pero el ex yokai no respondió, se limitó simplemente a tomar tanto a Bakusaiga como a Tenseiga de manos de Inugami —Por las fundas, evidentemente; tomarlas de la empuñadura sería añadir otra quemadura a las que ya tenía—, se las colocó a la cintura y simplemente montó en uno de los yokai. No pensaba quedarse más tiempo en ese lugar.
Kagome suspiro mientras negaba con la cabeza; definitivamente nunca podría entender a Sesshomaru.
Esbozando una pequeña sonrisa mientras recibía del mayor el arco que había olvidado en la cabaña y luego de realizar una educada reverencia a Inugami en agradecimiento de todo lo que había hecho por ellos, la joven miko subió al otro yokai; segundos después, ambas criaturas alzaban vuelo con dirección al templo Higurashi.
Había llegado el momento de volver a casa.
Kagome mentiría si dijese que el fuerte abrazo que recibió de parte de su madre al pisar tierra no provocó que las lágrimas se acumulasen en sus ojos, mas no llegó a liberarlas, aquello sería preocuparla demasiado. Contrariamente a ello y mientras los yokai volvían a la montaña, la joven azabache se esforzó en sonreír para tranquilizar a su progenitora y convencerla de que había regresado con bien de la batalla; lamentablemente para ella, sus desgarradas prendas y las vendas que envolvían el torso y las extremidades a la vista de Sesshomaru —después de la batalla habían dado por perdida la parte superior de su kimono—, no eran de mucha ayuda.
—Estoy bien, mamá. Son rasguños solamente. —Dijo al fin Kagome, dando suaves palmadas en la espalda de su madre—. Quien necesita descanso y cuidados es Sesshomaru, él sufrió más daño.
—Hmp.
—¡Nada de "Hmp", Sesshomaru! —Exclamó la miko, separándose al fin de su madre solo para dirigirse al ex yokai—. ¡Necesitas descansar si quieres recuperarte!
—Sanará pronto. —Fue la simple respuesta del albino.
—¡Los yokai sanan rápido, los humanos no! —Replicó la azabache, cruzándose de brazos frente a él—. ¡No seas terco y deja que te cure!
—No lo necesito.
—¡Yokai engreído!
—Mujer insolente.
—¡Uy! ¡Eres un…!
—¡Kagome!
A pesar del tiempo separadas y de que pocas veces había sido regañada por su madre, Kagome sabía cuándo ella estaba enfadada —o por lo menos no aprobaba su comportamiento— y aquella era una de esas raras ocasiones; en lo que ella sabía era un comportamiento netamente infantil, la miko no pudo evitar dedicar al ex yokai una "mirada asesina", después de todo, su madre la había regañado por culpa suya.
La miko casi podía jurar que había visto una sonrisa victoriosa en el rostro del albino, aunque debido a que se trató de algo fugaz, no podía asegurarlo completamente; por alguna razón, Kagome sintió que Sesshomaru la había vencido de alguna extraña manera.
—Lo siento, mamá; no volverá a pasar. —Dijo al fin la azabache, resignada. Aunque la mirada que le lanzó al albino no era pacífica precisamente.
Siendo testigo presencial de la peculiar escena que protagonizaban el joven albino y su hija, la mujer no pudo evitar sonreír. Si bien la preocupación permanecía latente dentro de sí al ver el estado en que ambos habían llegado, el alivio de verlos vivos —especialmente a Kagome, no lo iba a negar— podía con cualquier otro sentimiento; los regaños por los modales perdidos de su hija tendrían que esperar.
—Podemos hablar de eso luego, de momento será mejor que entremos a la casa. —Respondió al fin la mujer, en un intento por captar la atención de ambos; la sonrisa nunca abandonó sus labios—. Deben tener hambre y el desayuno estará listo pronto.
Y casi como si aquellas palabras fuesen una señal, el estómago de Kagome clamó sonoramente por comida; la miko no pudo hacer más que sonrojarse al convertirse repentinamente en el centro de atención.
Definitivamente esa no era una buena forma de comenzar la mañana.
Exceptuando las miradas asesinas de Kagome para con Sesshomaru, el desayuno "familiar" transcurrió en relativa calma. El albino, aunque con el entrecejo levemente fruncido, había sido tolerante con las mil y un preguntas que Sota y su abuelo le hacían respecto al Sengoku, los yokai y un castillo propio del que la miko desconocía completamente la existencia; si bien el ex yokai no había respondido más que con monosílabos y solo de manera ocasional, Kagome debía admitir la había sorprendido. De así quererlo, Sesshomaru podía —muy a su manera— ser lindo.
Un momento… ¿Había dicho lindo?
Sota tuvo que socorrer la miko que, de repente y sin motivo alguno, había comenzado a ahogarse con el té que bebía; el hecho de que ella pensase que su cuñado era "lindo" le había recordado lo ocurrido en la montaña y eso, además de causar el rubor en sus mejillas, había logrado perturbarla. Algo no iba bien con ella.
Pasado el incidente y luego de que la miko recobrase la compostura, el desayuno siguió su curso; minutos después, todos habían terminado de comer. Excusándose luego con su madre por no poder ayudarle con los platos sucios, Kagome le indicó a Sesshomaru que la acompañase a la habitación; él se limitó a mirarla brevemente antes de, sin mediar palabra alguna, levantarse de la mesa y encaminarse al dormitorio de la miko.
De tratarse de algún otro humano, probablemente ya habría sido despedazo por sus afiladas garras, sin embargo, era Kagome de quien hablaba. La chica era muy querida por Rin y no podía lastimarla si eso implicaba que su protegida llorase, él no podía perimirse aquello. Eso y que en su patética condición humana no tenía garras para despedazarla.
O al menos de eso trataba de convencerse a sí mismo.
Dos días. Únicamente llevaba dos días con ella y por alguna razón que escapaba de su lógica, no había dejado de protegerla; aquello era extraño, demasiado en alguien como él. Escaleras arriba y sentado ya sobre la cama de la azabache, Sesshomaru recordó lo ocurrido en la cabaña y posteriormente en el bosque cundo ella fue tras él; la familiaridad de su aroma, la calidez de su tacto, sus labios, toda ella en conjunto.
El entrecejo fruncido del ex yokai evidenció el hecho de que no le gustaba el rumbo que sus pensamientos tomaban; algo no estaba bien con él.
—¿Escuchaste algo de lo que dije?
La voz de la miko reverberando en sus oídos hizo notorio otro hecho que no le agradó; estaba lo suficientemente distraído como para no escuchar que ella le hablaba. Y aquello, cuando estaban siendo amenazados por un enemigo desconocido, era peligroso.
—¡Sesshomaru! —Reclamó la miko, irritada por ser ignorada de esa manera—. ¡Te estoy hablando!
Pero el ex yokai no contestó. Saliendo de ese extraño estado de distracción, el albino se limitó a posar la mirada en ella; de alguna manera, sentada en la silla junto a la cama donde descansaba Sesshomaru, Kagome pudo saber por medio de aquella mirada que él no le había prestado la menor atención.
Kagome no supo si gritar, suspirar o echarse a llorar de frustración; estaba en su límite.
—Olvídalo, ya no importa. —Dijo la azabache, resignada. Acto seguido, tomó entre sus manos el botiquín que descansaba en su regazo y se puso de pie—. Recuéstate en la cama, quiero revisar tus heridas.
—No lo necesito. —Fue la escueta respuesta del albino.
—Deja la terquedad y recuéstate ¿Quieres? —Replicó la azabache, con el entrecejo fruncido; su paciencia estaba al límite desde antes del desayuno—. Solo será un momento.
—No.
—Sesshomaru...
—Hmp.
—¡Uy! ¡Suficiente!
Claramente exasperada y en lo que ella admitía fue un arranque infantil, Kagome comenzó a forcejear con Sesshomaru en su intento por derribarlo sobre la cama; iba a revisar sus heridas quiéralo él o no. Con ese objetivo en mente e importándole poco que la camisa que Sota le había prestado al albino quedase con varios botones arrancados, la joven azabache puso mayor empeño en su labor aprovechando que el ex yokai aún se encontraba debilitado.
Ninguno esperó lo que ocurriría después.
Negándose a ceder ante la insolencia de la joven miko a pesar de sus heridas y haciendo uso de su fuerza de por sí mayor, Sesshomaru había sujetado a Kagome de las muñecas en un intento de frenar sus movimientos; fue cuestión de segundos que los papeles se invirtiesen.
En ese preciso instante, todo se congelo.
Incapaz de reaccionar por alguna razón ajena a él, Sesshomaru se vio preso en los orbes chocolates que se mostraban tan sorprendidos como muy probablemente hacían los suyos; el agarre que mantenía en las muñecas Kagome se hizo más firme a medida que —debido a la cercanía de sus rostros— su respiración se entremezclaba con la ajena y aquella extraña sensación de familiaridad y calidez se presentaba una vez más.
Estaba confundido, sí, pero sobre todo, extrañado. ¿Qué demonios estaba pasando con él?; inevitablemente, recuerdos de lo ocurrido entre ambos en el bosque antes de volver vinieron a él de manera tan vívida, que a pesar de intentarlo, no pudo frenarse.
La escaza distancia que lo separaba de la miko no tardó en desaparecer.
Presa entre el lecho a sus espaldas y el cuerpo de Sesshomaru, Kagome tardó un par de segundos en comprender lo que ocurría. Había pasado de estar forcejeando con Sesshomaru a quedar atrapada bajo su cuerpo en cuestión de instantes, sin embargo, el motivo de su desconcierto era otro; atrapada por los dorados orbes ajenos que por vez primera reflejaban —o al menos esa impresión tuvo ella— sorpresa e incertidumbre, la joven azabache sintió como su corazón se saltó un latido antes de dispararse a la misma velocidad con que se coloreaban sus mejillas.
Sus dorados e intensos orbes fijos en ella y sus respiraciones entremezcladas, hicieron que contuviera el aliento; ahí estaba nuevamente aquella embriagante e incorrecta sensación que la hacía estremecer.
Estaba mal y Kagome era consciente de ello —se trataba de su cuñado, después de todo—, pero para cuando pudo volver a sus cinco sentidos, era demasiado tarde; Sesshomaru buscó sus labios y cuando éstos hicieron contacto por fin, Kagome no supo más de sí misma.
El destino había comenzado a andar.
Fin del capítulo.
