Siglos sin leernos, de verdad aprecio los comentarios a pesar que ha pasado un tiempo considerable en donde seguro piensan que mandé mis proyectos a la mierda, probablemente llegué a pensarlo debido a razones laborales, pero el bloqueo de escritor pasó y volví al punto donde quiero retomar Eternal Sunshine. ¿Alguna vez han impermeabilizado su techo? Yo no.

Advertencias para el capítulo: lo escribí mientras esperaba afuera de recursos humanos a ver a qué hora me atendían, so, palabras anti-sonantes. No puedo escribir sin el mame.


Eternal sunshine

VII

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''Cuanto más te borro, más especial te vuelves

Sigo buscándote como sigo olvidándote''

Los días de Arakita se volvieron agridulces; por una parte agradables y al mismo tiempo le provocaban una sensación extraña en la boca del estómago. Quería dar escupitajos al suelo tratando así de liberar el mal sabor que la situación le ha dejado. La desventaja es que ni él mismo se logra entender, menos si desde hace hora y media algo golpea su techo con tal fuerza que las ventanas tiemblan, llueven restos de cemento crest y sus cobijas de oscuro tono azul se llenan de blanco sin ser nieve, sin ser Navidad.

A Yasutomo le da un tic en la ceja porque no puede ver Fast and Furious Five, el ruido es insoportable y la televisión de apenas treinta y dos pulgadas tiene un sonido para hormigas. Conectaría un par de bocinas de computadora pero ni eso tiene, apenas alcanza a pagar la renta con recargos de atraso y eso basta por el momento; además no todos los días tiene que lidiar con un estúpido ruido en el techo. Recuerda haber sufrido goteras, las observa a menudo y aún hay rastros de humedad ahí mismo. Una cercana a la ventana y el detonante, frente a su lado de la cama. Sí, eso explica las ojeras que se carga puesto que dormir en el sofá con una pierna enyesada, una cubeta en la cama (es demasiado perezoso para mover los muebles) y el ruido del refrigerador, era tarea difícil. Que el dios de las bicicletas lo amparase o iba a aventar su pobre humanidad desde el balcón porque no podía soportarlo. Un golpe más fuerte acompañó la explosión de una granada en la película, esa que acabó con el compañero de Hobbs solo que en su habitación cayó un pedazo ¡un pedazo! de techo. Ahora sí se iba a acordar de él ese hijo de su madre.

Enfurruñado mandó a la mierda la emotiva alianza de Hobbs y Toretto junto con el control del televisor. Apoyado con sus manos logró levantarse antes de tomar un par de muletas -tenía dos pares a su disposición, cosa innecesaria pero Fushigi-chan de lentes trajo otros, se le agradece-; abrió la puerta de la habitación para cruzar el pequeño pasillo. Su departamento constaba de una recámara seguido un baño y más adelante la cocina dividida por una barra con la sala. A un lado de la sala estaba el ventanal que da hacia el balcón. Primero detectó las cubetas en el pasillo, tres llenas de agua hasta la mitad y la de la cocina, un cuarto. Hablaban de tres mega goteras y una goterita. Elevó el rostro a donde vienen los golpes y torció los labios para salir del apartamento. Estaba la señora de limpieza que trabajaba con los vecinos, una pareja joven de médicos recién graduados. Era bonachona y a veces le dejaba omurice. La saludó por cortesía y al verse con tremendo yeso en la pierna no pudo escaparse del interrogatorio.

Unos quince minutos después fue liberado y en vez de tomar el estúpido elevador, quiso practicar la subida a pie. Luego de veinte escalones se dijo a sí mismo que fue una idea realmente estúpida. Se había cansado y no es para más, hasta ese día solo se ha desplazado de la recámara al baño y del baño a la recámara. Todo un discapacitado. Tuvo que tomarse un respiro apoyado en la pared que daba a la azotea, una vez recuperado parte de su aliento abrió la puerta y salió al exterior. El clima seguía nublado, debió traer puesta la sudadera... Y después vio al origen de la tercera guerra mundial vestido con mezclilla, una camisa blanca arremangada, una coleta alta y la jodida diadema.

Ahora mismo su pregunta no es «¿Qué diablos sigues haciendo en mi casa?» sino, «¿Qué diablos le estás haciendo a mi techo?»
Jinpachi hizo el ademán de secarse el sudor con el dorso de la mano -ridículo, ni había sol- y dejó a un lado el pico metálico con el que estaba haciendo... Ni idea, pero se fijó en los botes de impermeabilizante aún cerrados. Eran cuatro, demasiado para su pequeño lugar. ¿Acaso le iba a tapar las goteras a los vecinos? Que le dieran.

Arakita se acercó al escalador para mirarlo indignado, mientras él se apoya usando de bastón el pico de metal. Abrió los labios pero no dijo nada, volvió a formular su pregunta y ahora sí, quería respuestas: — ¿De dónde sacaste todo esto? —cuestiona señalando los botes, el pico y la tela que va abajo del impermeabilizante.

—De una ferretería genio. —Toudou dejó los ojos en blanco, Arakita se siente estúpido.

—Es decir, ¿Lo compraste todo?

—Claro, no se como puedes estar soportando que una gotita te esté cayendo en la frente mientras duermes, lo peor es que en vez de arreglarlo, te sales de la cama y dejas un bote. Así que... Decidí hacerlo por ti. —alzó los hombros, prosiguiendo a golpear los lugares donde el cemento estaba deteriorado.

— ¡No hagas eso! —no era porque interrumpió Fast and Furious Five, sino porque Jinpachi terminaría tirando el techo en vez de tapar las horribles goteras. —En primera, ¿sabías que le pagan a alguien en el edificio para que haga éstas cosas?

Toudou rió con burla: — ¿Te refieres al conserje que siempre está leyendo porno mientras come papas fritas y se rasca las bolas?

—Deja a Hirano-san, no te hace nada.

—Ese es el problema hombre, que llevo dos semanas contigo y nunca lo vi arreglar los timbres del primer piso, ni cuidar la puerta. No voy a esperar a que se aparezca Samara Morgan en tu casa porque se ha metido el agua.

Samara huía del agua.

— ¡Ese no es el punto Arabaka! —se llevó una mano a la cadera, tenía el ceño fruncido. —Quiero decir que ese hijo del Maestro Roshi nunca va a arreglar el techo, es difícil ir a arreglarme por las mañanas y que haya charcos por doquier. ¡Mira! —ladeó la frente para dejar al descubierto un moretón demasiado visible y eso que se colocó una base líquida para minimizar su grotesca apariencia.

—Ah, ¿Fue cuando te caíste?

—En efecto, pisé un charco y tropecé. Me di con la pared de la cocina.

—Además de estúpido, ciego.

—Vete al diablo.

Arakita comenzó a reír de la expresión tan fingida de enojo que se carga Toudou, eventualmente el contrario terminó por dejarse contagiar y su risa fue aire para el desdichado. Por eso los días de Arakita eran tan contraproducentes, agridulces. Él se acercó a inspeccionar el pico de metal y para empezar, lo tiene el revés. —El lado puntiagudo no sirve a menos que vayas a cazar ballenas. Voltéalo.

El escalador primero se confundió para luego dejar el otro lado aplanado hacia abajo, era especial para esas cosas. — ¿Con éste se golpea?

—No, idiota. —suspiró con toda la paciencia recopilada en veinte minutos. —Ve la punta, es plana. En vez de soltar los pedazos de cemento con golpes, raspa el techo. Así salen más rápido. Luego de limpiar todo el desastre aplicas la tela, el impermeabilizante, otra capa de tela, otra capa de impermeabilizante. Así hasta que quede resistente.

Al más bajo se le iluminaron los ojos, ahora sabía que en un principio no tuvo idea de cómo hacer eso. Ahora era diferente y decidió poner manos a la obra. —Vale, entendí. —usó el pico del modo correcto y el techo soltaba con raspones el cemento añejado e inservible. Le recordó a uno de sus tratamientos del cabello donde raspaban el cuero cabelludo con un palo de naranjo para retirar la caspa, el impermeabilizante era como la ampolleta. Con ese pensamiento siguió en su trabajo.

Arakita no tuvo más remedio que regresar (en elevador) a su habitación, tenía películas que ver y oraciones que rezar para que Toudou evitara las desgracias en su techo. Consideraría quejarse con la dueña del edificio, Hirano-san era buen tipo pero realmente su eficiencia era comparada con el cerebro de Manami. Poca.

—El timbre no funciona. —musitó Hayato, entrando a su casa con algunos medicamentos en una bolsa. Analgésicos, la mayoría. Arakita gruñó, Hirano-san debe ser despedido. — ¿Y Toudou? —al pelirrojo le extrañó no verlo limpiar la cocina o cualquier cosa que tuviese una mancha milimétrica.

—Arreglando el techo. —comentó cambiando de canal a lo idiota. No puso atención a muchas cosas puesto que la presencia de Hayato Shinkai se ha vuelto algo incómoda desde que Jinpachi está ahí. Al parecer la estrella de Hakone también lo notó. —Oi... Sabes que debemos hablar.

Hayato descansó la bolsa de medicamentos en el sofá. Bajó el rostro apretando los labios. Lo sabía, lo supo desde el primer momento en que Toudou regresó. Sería aplazado y toda aquella oportunidad que creyó, tendría con Yasutomo, se le va de las manos.

—Hayato. —él le habla, pero no responde.

Y lo besa, desesperado. Un choque de labios que Arakita no corta pero que tampoco corresponde. Él lo toma suavemente de los hombros y lo aparta de la misma manera. Observa esos ojos azules sin brillo.

—Lo amo, Hayato. —sentenció y él negó con la cabeza. —Tengo que decirle la verdad.

Toudou apenas escucha tras la puerta del apartamento, está entreabierta y ahora tiene muchas dudas.

¿Qué verdad?


A esto le quedan unos dos o tres capítulos más.

Gracias por leer.

Lucas.