¡COMO DOS JODIDAS GOTAS DE AGUA!
By Silenciosa
Disclaimer: No me pertenece South Park. Todo lo que hago lo hago por y para el puro disfrute de mi jodida imaginación y la de aquellos que me leen (:
CAPÍTULO VII. Voluntades involuntarias.
"Hay diferencia entre buena voluntad, amistad y amor. Buena voluntad es la que puedo tener al que nunca vi ni tuve del otro conocimiento que oír sus virtudes o nobleza, o lo que pudo y bastó moverme a ello. Amistad llamamos a lo que comúnmente nos hacemos tratando y comunicando o por prendas que corren de por medio. De manera, que a la buena voluntad se dice entre ausentes y amistad entre presentes. Pero amor corre por otro camino. Ha de ser forzosamente recíproco, traslación de dos almas, que cada una de ellas asista más donde ama que adonde anima. (...) Con libertad ha de entregar las potencias a lo amado; (...) y el que amase por malos medios no se le puede decir que ama, pues va forzado adonde no le lleva su libre voluntad."
Mateo Alemán, literato español del Siglo de Oro (1547-1614).
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—¡Venga! ¡Más rápido, muchachos! ¡A sus puestos de una puñetera vez!
La voz gruesa del entrenador de football americano, muy severa y disciplinaria, resonó fuerte y sin necesidad de audífono. Un tropel de protestas y resoplidos en pos causante del cansancio se escucharon a modo de telón de fondo.
—¡Dejad de quejaros, panda de niñas mimadas! —vociferó de nuevo en respuesta a la holgazanería—. ¡Quiero que repitáis el sprint como verdaderos hombres! ¿Acaso no queréis ganar el torneo anual? ¡Pues si es así, a trabajar sin quejarse! ¡Vamos, vamos, vamos! ¡Ey, Donovan! ¡Eh, tú! ¡Sí, sí, tú! ¡Te estoy hablando! ¡Ven aquí, Donovan! ¡Deja de ligar en la grada con tu novia si no quieres que te patee el culo!
Diez jóvenes varones volvieron a colocarse tras la línea de salida. En torno al campo de juego se había construido la típica estructura elíptica a modo de espacio para practicar atletismo. Dividida ésta en diez marcados tramos para cada uno de los corredores. El que más animado estaba por volver a correr era Kenny: le gustaba hacer deporte como método de evasión. El ejercicio conseguía, por unos instantes, hacerle olvidar de la problemática situación que mantenía con sus padres, la obligación de acallar su relación secreta con Craig, su maltrecha situación económica por la cual trabajaba como un burro y, para adalid de pesares… el nuevo germen de desconfianza sembrado entre Stanley y él y que tanto le estaba haciendo daño. Kenny podía discutir con Kyle o Cartman y no dirigirles la palabra durante semanas o meses. Pero con Stan no podía. No podía imaginarse estar mal con él ni en el peor de los casos. Le dolía hasta tal punto que le costaba respirar. Ellos habían tenido siempre una relación cojonuda. Mucho, muchísimo mejor que la que podría tener Stanley con Kyle. Stan y Kyle podían estar férreamente unidos, ser uña y carne, como de repente odiarse sin reparar en el daño que se podían hacer; sin embargo, la amistad de Stanley y él era más estable: ésta había permanecido intacta durante muchos años sin quebrantarse. En una mañana, los cimientos de su amistad se habían venido abajo con un único y sutil golpe de dedo pulgar e índice.
Estando de cuclillas, flexionó estirando hasta los topes sus tonificadas piernas. Era bastante flexible; curiosamente más que cualquier chico de su edad. Primero, una pierna; luego, la otra. Se ayudó con los brazos para hacerlas estirar bien. Éstos también fueron estirados hasta que la punta de sus dedos tocase más allá de los tobillos. Sus movimientos eran fluidos, armónicos. Kenny se sentía a gusto con la elasticidad de su cuerpo y lo bien que funcionaba trabajando juntos cerebro y cuerpo. El uniforme de deporte se componía de pantalones cortos y camiseta sin mangas, ambas de verde chillón en conjunción con el color de la bandera del equipo. Éste dejaba entrever lo espléndida que era su varonil figura de joven adolescente que cabalgaba entre la niñez y la madurez. ¡No todos los días se tendrán diecisiete radiantes años!
Un tropel de silbidos, acompañados conjuntamente con su nombre, llegó a sus oídos:
—¡Wow, McCormick!
—¡Keeeeen, cómo nos gusta verte hacer flexiones! ¡Venga va, haz dos más para verte mover ese bonito culo!
—¡Madre mía!
Un puñado chicas habían venido con intención de ver el entrenamiento desde las gradas después de la última clase. Muchas eran animadoras, vinculadas sin remedio al devenir del equipo de football. Algunas de éstas chillaron declamaciones más respecto a su persona. Él agachó la cabeza y carcajeó para sí ante la escenita sin responder a dichas dedicatorias. Sus compañeros varones, en consecuencia, se rieron de él. Cuando terminó de estirar, se ató torpemente el pelo molesto que siempre caía a sus anchas hasta el inicio de los hombros con una simple goma elástica que llevaba en la muñeca y se preparó tras la línea blanca de salida. En sus flancos ya estaban preparados sus compañeros de clase. A su derecha tenía a Token. Un gran oponente; el mejor del equipo. No había deporte que se resistiera a aquel chaval. Nacarada piel oscura humedecida por el sudor brillaba hermosa bajo el duro sol de media tarde y músculos tensos, bien definidos, preparados para ponerse en marcha en cualquier momento. A dos cuerpos más allá de Token se situaba Stanley. Parecía concentrado en lo suyo, o quizá demasiado abstraído mirando a un punto habido a lo lejos, colocado en posición de salida para comenzar la carrera. Desvió enseguida la mirada que enfocaba hacia Stan por temor a que se diera cuenta de que no le quitaba los ojos de encima.
Al final giraron noventa grados los ojos añiles de Kenny y chocaron inesperadamente con otros muy, muy conocidos para él. Para entonces ya su corazón había comenzado a latir furioso; embotando sangre fresca por todo su cuerpo ahora preso de súbita emoción. Sin que se hubiese dado cuenta, Craig Benjamin Tucker se había situado a su izquierda. A diferencia de Stan o Token, a Craig lo había obligado el jefe de estudios a alistarse en el equipo de football por sus constantes faltas disciplinarias. ¡Estúpido señor Mackey que creyó que apaciguaría la rebeldía de Craig a base de deporte!
Al principio, se tensó como la cuerda de un arco y miró fugazmente a todas direcciones, desconfiado. ¿Alguno de los allí presentes se habría fijado en la fuerte conexión de miradas que mantenía con Craig? No, en absoluto. A ninguno de sus compañeros se les pasaría por la cabeza que entre Craig y él hubiese más que un simple trato de compañerismo. Esta idea hizo que volviera a clavar su mirar en el joven sinestésico. Entonces se relajó y dejó que sus ojos hablaran por él.
Los secretos atrapan como el mejor de los perfumes. Atrapan como una bebida alcohólica. Un vermut o quizá… un buen brandy. Aquel secreto le aturdía, le hacía sentir confuso pero vivo como nunca antes. Era arrastrado por la atracción estando totalmente consciente de sus actos. Los furtivos encuentros mantenidos por los dos no resultaron fáciles de esconder para Kenny a ojos de los demás; sin embargo, Craig actuaba sin demostrar a nadie lo cuán profunda era su relación realmente. La minuciosidad con que escondía Craig sus sentimientos al mundo era digna de admiración para él. Si tuviera el carácter de Craig, posiblemente no hubiera sido vencido, herido, reemplazado o humillado en tantas ocasiones en el pasado. Sobre todo, no hubiera sido sustituida tantas incontables veces su incondicional amistad para con Stan por la tormentosa amistad que ofrecía Kyle. Amistad reciclada; triste amistad de sustitución, de quita y pon como los feos tatuajes de feria. Eso era en el fondo lo que era su amistad de Kenny con Stanley.
Su corazón se enfrió como el mismísimo hielo y su alma comenzó a pesar tanto que parecía que iba a desprenderse de él, hundirse en el suelo y atravesar las profundidades cavernosas de la tierra. El dolor por ser sustituido pesa más que el Universo sobre una balanza de latón.
Craig lo observaba sin cambiar ni un ápice su expresión gestual. Parecía maquinar algo mentalmente debido a las reacciones que él, Kenny, habían sido legibles, a través de su mirada, para alguien tan observador e incorregible como lo era Craig.
Kenny volvió la cabeza hacia abajo y se mordió instintivamente la comisura de los labios refrenando toda pretensión de besar a Craig, de meterle la lengua hasta la campanilla, hasta que le suplicara gruñendo clemencia ante la falta de oxígeno. Después de haber amanecido juntos no habían vuelto a coincidir en todo el día. Estudiaban diferentes ramas. Mientras que Kenny había optado por la rama de Expresión Artística, Craig se había decantado por Humanidades… al igual que Stanley. Craig y Kenny compartían asignaturas en común como Lenguaje y Literatura —en la cual se habían sentado juntos—, Filosofía o Música. En aquel día habían tenido Lenguaje y Literatura, clase que Craig se había negado en rotundo a ir tras la discusión con el profesor Smith el día anterior, y Música, a la que tampoco Craig decidió presentarse a segunda hora. Así que no fue hasta el fin de las clases, hora del entrenamiento del equipo de football, de cuatro a cinco, hasta que se volvieron a ver. Era imposible evitar fijarse en Craig desde que se topó con él al comienzo del entrenamiento. Guardar sus sentimientos le estaba costando un mundo. Y… ¡vaya! ¡Vaya que si Craig lo sabía! Para colmo, éste disfrutaba desafiándole. Craig disfrutaba del nerviosismo que conseguía sonsacarle cada vez que se le acercaba indiferente pero con guardada premeditación, o cuando le dirigía una escueta y fría palabra o mirada delante de sus compañeros sin tan siquiera inmutarse mientras que Kenny intentaba refrenar los deseos de abalanzarse allí mismo sobre él y arrancarle la ropa con los dientes. El chico sinestésico había aprendido muy bien la lección de guardar secretos y ponerlos en práctica contra la voluntad —hecha con harapos— que conformaba el espíritu de Kenny. ¡Maldito, maldito, canalla de mirada impresionante!
Craig, uno; Universo restante, Stanley incluido, cero.
Lo escuchó carcajear en voz ronca.
—Admítelo, Kenneth —le dijo finalmente—. Volverás a perder contra mí.
Si sus amigos hubieran puesto el oído a lo que le había dicho Craig, hubieran pensado que hablaba desafiante acerca de la carrera. Pero el matiz era diferente: el matiz verdadero de sus palabras era otro. Estaba retándole y Kenny era consciente de ello. Lo retaba a un juego en donde el ratón se había merendado al gato a primeras de cambio. Estaba poniendo de manifiesto delante de todos y de la manera más directa posible la debilidad que sentía por él. Y Kenny lo sabía. Y nadie más, salvo ellos dos, lo sabían. Aquí, el que no se juega el pellejo, jamás ganará una partida al póquer. Kenny respondió con una risotada, muy resuelta, y le soltó diciendo con el descaro que siempre le ha caracterizado:
—Eso es lo que tú te crees, Tucker. Puedo hacer que pierdas ahora mismo y cuantas veces quiera.
Su arrogancia fingida hizo que le arrancara una sonrisa a Craig, quien intentó disimularla cuanto antes. Kenny lo volvió a mirar de reojo y no pudo ocultar un sonrojo digno de un niño de seis años. Craig le había sonreído: una sonrisa como sacada del fondo de un cajón que normalmente no se abre. En aquellos labios cerrados con fuerza no afloraba una sonrisa a menos que la sintiera de verdad. Quizá por eso, la poca necesidad de sonreír a la fuerza aunada con la rigidez de unos ojos oscuros que no parecían cansarse de mostrarse fríos, producía que la mayoría de la gente pensase que era incapaz de entender bien la personalidad de Craig. Se entrecruzaron de nuevo sus miradas y le respondió con una sonrisa ligera, nerviosa aunque soleada, llena de un significado que sólo Craig sería capaz de leer. Era una sonrisa no muy pronunciada, una sonrisa arcaica equiparable a cualquier estatua de rostro helénico. No era una sonrisa accesible: no todos recibían la naturalidad de aquella sonrisa por parte de Kenny. Él, sólo él, Craig, era dueño de aquella sonrisa inaccesible, resplandeciente, muy bella, como la de los kuroi y korai, como las efigies egipcias en sus respectivos pedestales, con su gracia inmovilizada y duradera. Mágica, eterna, infranqueable, hierática. Kenny como una pieza de museo expuesta en la mejor de las exposiciones de arte con un cartel en el que se lee "No tocar".
La evidencia bien escondida por ambos muchachos fue tal que por unos instantes apenas pudieron hacer otra cosa que decirse en silencio: "Bueno… Aquí estamos. Callándonos todo pero diciéndonos todo al mismo tiempo". Por el aire flotó una risa reprimida que amenazaba con hacerse notar entre los demás presentes. Toda la frialdad que existía aparentemente entre ellos les parecía ahora un artificio; una obra de teatro bien dirigida. Delante de todos, ellos representaban otra vez sus viejos personajes, sus viejos papeles. Se preguntaron cómo demonios habían logrando mantener lo suyo en secreto durante tanto tiempo. La respuesta era bien simple: no tenían más que quitarse el disfraz y mirarse el uno al otro para sentirse libres y asumir el sencillo papel de ser ellos mismos.
—¡En sus marcas! —gritó el entrenador avisando de la cuenta atrás—. ¡Preparados! ¡Listos! ¡Ya!
Kenny salió arrancando con una marcha prometedora. En la primera curva ya estaba en la misma línea de Token Black. Por detrás les seguían los demás compañeros... salvo uno. Craig se ponía a la cabeza con una facilidad sorprendente. En la siguiente línea de cincuenta metros Kenny elevó la velocidad, se hizo un hueco por delante de Token y poco a poco consiguió tener a Tucker a tiro. No fue hasta la curva cuando decidió sacar su energía y alcanzarle. Craig incrementó la marcha pero no le fue suficiente: a pocos metros de alcanzar la línea, la figura del albino lo había pasado casi como un rayo.
El entrenador quedó con la mandíbula desencajada. ¿Cómo demonios había sido capaz de adelantar a los dos ases del equipo el hijo enclenque y desgarbado de los McCormick?
A menos de varios segundos de clara desventaja, Craig había llegado a la meta en segundo lugar. Las chicas se levantaron cual resorte de los asientos de las gradas. Aplaudieron y chillaron como si les fuera la vida en ello. Bueno, ¡qué más da! Ellas siempre aclamaban al ganador. Ya sea Kenny, Craig, Token o el mismísimo Usain Bolt. Kenny frenó sus pies hasta pararlos completamente. Respiraba a trompicones bocanadas de aire. Se reclinó sobre las rodillas con sus manos para que el diafragma trabajase más fácil y dejase de doler, luego, creyó que lo conveniente era sentare en el suelo y así hizo.
El cielo empezó a oscurecerse, de pronto.
—Me he esforzado demasiado —balbuceó Kenny, con sus ojos llevados hacia lo alto—. Mierda.
Entretanto, escuchó en boca del entrenador felicitaciones de su parte por la buena marca de velocidad que había hecho. Pero Kenny no le prestó demasiada atención; permanecía mirando el firmamento. Craig fue el único que se percató de ello. Miró de reojo al cielo y vio que había nublado inesperadamente. Desconcertado, posó los ojos en Kenny, quien parecía estar al borde de desfallecer.
—Para ser más bajito que Black y Tucker, no veas lo rápido que eres, muchacho. ¡Eres bastante bueno! ¡Ya podéis tomar ejemplo de McCormick, grupo de vagos de tres al cuarto! —escuchó decir al entrenador.
—¡Bah, eso no tiene ningún mérito! —rezongó Cartman pasando por al lado de Kenny para luego decirle a la cara con aquel par de ojos brillantes color caramelo—: Todos sabemos que los que viven en ghettos saben correr. Así no les coge la pasma cuando los pillan robando.
Kenny, sentado, desde el suelo, estiró más una de sus piernas para hacerle la zancadilla a Cartman mientras pasaba por delante. Su compañero de casi dos metros se tropezó sin venirse en ningún momento al suelo. Kenny maldijo su mala suerte pero rió desganado debido a la debilidad que sentía. Jesús, era Eric Theodore Cartman. Si hubiera sido otra persona, le hubiera partido la cara a hostias. Pero Cartman era Cartman. Y siempre soltaría burradas contra su pobreza hasta el fin de los tiempos.
—¡Venga, dejaos de tonterías vosotros dos! —pidió el entrenador. Luego se dirigió a los demás y alzó la voz lo más que pudo para que le prestasen atención—: ¡A las duchas ya! ¡Hemos terminado por hoy! ¡Recuerden que el sábado tenemos entrenamiento a las ocho de la mañana! Y… ¡ay pobre de aquel que decida quedarse pegado entre las sábanas porque se acordará de mi nombre hasta el puto día del Juicio Final!
Los corredores se dirigieron al edificio principal. Kenny los vio marchar aún sentado en el duro pavimento. Puso su atención en Stanley. Su amigo se había dirigido a las gradas trotando para acercarse y saludar a su novia Wendy. Wendy y Stan se intercambiaron varias palabras, un beso escueto por parte de éste y, acto seguido, marchó en dirección a las duchas. En ningún momento Stanley había puesto su atención a él. Kenny descubrió para sí que quería recibir de Stan una mirada igual de intensa como la que se habían intercambiado durante el recreo. Puede que fuese un recuerdo semejante a un puntapié: se sentía arrojado a esa situación que le había perturbado por completo pero que en el fondo… le había conmocionado. Kenny deseó pensar que se equivocaba, que Stan tarde o temprano, antes de alejarse se voltearía para mirarle. Esperó y esperó aun desconociendo por qué quería que sucediera aquello de nuevo. Deseó que ocurriera con todas sus fuerzas, pero no fue así: entristecido, el corazón de Kenny volvió a endurecerse y a pesarle dentro del pecho y sin saber muy bien el porqué. Kenny pensó que si fuera un chico pelirrojo, con carácter fuerte y pecoso, posiblemente Stan le hubiera prestado la atención que merecía y, quizá, el amagado intento de dirigirle la palabra para arreglar definitivamente las cosas. Claro que Kyle no perdía el tiempo en deportes después de que le negaran participar en el equipo de baloncesto debido a su corta estatura. A aquellas horas Kyle debería estar ya encerrado en la biblioteca municipal del pueblo. Estudiando, estudiando y estudiando. Normal que tuviese una falta de dioptría de cuatro en cada ojo. Su deporte extremo: alcanzar los libros de la estantería más alta.
Una figura alta le tapó el sol y proyectó una oscura sombra que se cernió sobre él. Era el entrenador.
—¿Te encuentras bien, McCormick?
Asintió con un sí aletargado. —Estoy un poco mareado. Una bajada de tensión, nada más.
El cielo estaba oscurecido, totalmente encapotado, del que comenzó a caer una deleble llovizna. Maldijo para sí, entre dientes. Luego se levantó con dificultad y el efecto de la gravedad al erguirse produjo que su cuerpo tambaleara un poco, presa de la debilidad de la sangre. En su cabeza sintió un hormigueo y la vista se le oscureció con puntitos negros que le recordó a las manchitas que se dispersan en un film muy antiguo con el traspasar rápido de fotogramas. Los oídos le pitaron y la temperatura de su piel comenzó a ascender progresivamente. ¡Maldita, maldita necesidad extrema de azúcar en su organismo!
Ante el profesor y él mismo se acercó un joven que lo asió sin apenas darse cuenta. Lo agarró firmemente en torno a su espalda y le hizo levantar el brazo más próximo para que lo colocara sobre los hombros de éste y así recostar su cuerpo contra el suyo. Era Craig quien lo ayudaba. Era inconfundible su tacto frente al de cualquier otra persona. Suave y acogedor. Kenny nunca creyó que podía equiparar un cuerpo, en este caso el de Craig, con un hogar, un lugar caliente, brillante y confortable, en el cual dejar cobijar su sombra.
—No se preocupe, entrenador —dijo Craig mientras lo dirigía sin oponer Kenny resistencia—. Ya me encargo yo de Kenneth.
Kenneth. Era sólo escuchar su verdadero nombre en boca de Craig y sentir calor. Un calor que se extendía como miel caliente deslizándose voraz por su piel. Un agradable ardor que abrasaba su interior sin hacerle daño, que lo transportaba a un lugar confortable y seguro y que jamás antes hubiera podido idealizar ni en la mejor de las imaginaciones. Y Kenny siempre creyó que poseía una imaginación muy nítida. Era tener a Craig a su lado y la decepción dolorosa que sentía a causa de Stanley desaparecía de un borrón.
—Muy bien, Tucker. Lleva a tu compañero a las máquinas expendedoras y haz que se tome una bebida energética para que le suba la tensión.
El camino hasta el interior del instituto fue bastante corto en opinión de Kenny. Cuando se vino a dar cuenta, había sido arrastrado con toda su voluntad cedida hasta la zona de reprografía: un ala del instituto resuelta en un final cerrado de pasillo en donde estaban dispuestos grandes fotocopiadoras que podían ser utilizadas por los alumnos a un módico precio. Allí, antes de llegar al final de aquel pasillo donde se situaba la reprografía, en uno de los lados, se disponían varias máquinas expendedoras, tanto de bebida como de chucherías. Enfrente de las máquinas, se abrían grandes ventanas con alféizar pronunciado hacia dentro a modo de banco en el cual poder sentarse. Craig hizo que se sentara en uno de estos descansillos. McCormick quedó apoyado contra los cristales reforzados del marco de madera de la ventana. Respiró hondo y cerró los párpados de puro agotamiento hasta casi quedarse dormido. No había ni un alma; las clases habían finalizado desde hacía una hora. El silencio plúmbeo que circundaba todo ahondaba más en la invitación a dejarse llevar por el letargo iniciático del sueño.
—Ten, Kenneth, bébete esto.
Craig lo despertó con su voz pragmática para pasarle una botella de isotónica azulada. Luego se sentó en el espacio vacío que quedó en el alféizar, junto a él. Fue un momento gracioso para ambos. Allí, los dos, dos varones a puertas de la veintena, parapetados, compartiendo la agradable intimidad de un asiento juntos, como dos chiquillos de jardín de infancia que lo comparten todo y aún no entienden qué hay de malo en querer con locura inocencia a su compañero de pupitre.
Kenny, aún sonriente si bien todavía adormilado, miró la botella que tenía flotando ante su rostro. Craig había cargado con las mochilas de ambos aparte de él. No supo si aceptar la oferta: eso de sentirse constantemente invitado no le gustaba; le hacía sentir mal. Craig hizo un ademán sencillo con la mano para que la cogiera.
—Vamos —le alentó—, te sentirás peor si prefieres quedarte con la tensión baja en vez de con la botella.
Al final accedió, tomándose en pocos tragos la isotónica. Se sintió mejor al cabo de unos minutos, cuando el azúcar comenzó a hacer efecto en su sangre. Sus piernas colgaban. Las balanceó varias veces como un niño pequeño cuando no sabe qué decir. Pero Craig sabía que era su forma silenciosa de decir gracias. Los pies de Craig no colgaban sino que llegaban hasta suelo. Ambos miraban hacia el frente, hacia las máquinas expendedoras colocadas a unos metros más allá. Afuera, el cielo había aclarado paulatinamente y la llovizna cesado.
Pasaron los minutos y los primeros rayos del sol comenzaron a entreverse, débiles, rozándolos tímidamente a sus espaldas. Estos proyectaban las sombras de los dos por el suelo de baldosas de color calabaza que les precedía. El viento caliente de la tarde chocaba contra el ventanal como queriendo llamar la atención. Las vibraciones se componían de una gama compenetrada de azules, semejante al sonido estable de la electricidad que pasaba por los cables y que mantenían encendidas las máquinas expendedoras. Craig podía distinguir el zumbido del entramado de cables que se ocultaba tras la pared. Keny sabía que Craig era capaz de marcar con un lápiz por dónde estaban colocados los cables ocultos dentro de las paredes con tan sólo escuchar las vibraciones audibles de electricidad que éstos emitían, a modo de zumbidos, intermitentemente.
—Te he ganado, Craig —apuntó de repente haciendo gala de una de esas sonrisas que tanto le gustaban al otro.
—Sí, cierto. Pero menudo precio has tenido que pagar para ganarme, ¿no te parece? —ironizó Craig en su voz cáustica—. Estás tan hecho mierda que ni puedes tenerte en pie tú solo. Eres un debilucho.
Kenny se echó a reír al oír aquello. "¡Si supieras, Craig…!", pensaba. "¡Si supieras lo fuerte que soy en verdad!"
Su risa era de por sí contagiosa y los dos no tardaron en reírse al unísono.
—¿Cómo lo haces? —le preguntó Craig en medio de la risa.
Frunció el ceño. — ¿Hacer el qué?
—Tener siempre tan buen humor.
—No lo sé —respondió encogiendo los hombros —. El humor es lo único que me queda siempre.
—Vaya. ¿Lo crees así?
—Eso mismo creo. Tengo humor porque mi vida no puede ir a peor. Mi familia está rota, no tengo donde caerme muerto, me he metido en un lío tremendo mintiendo a mi hermana y a mis amigos, Stan ha discutido conmigo y yo…, y yo estoy aquí, como si nada, sentado a tu lado, riéndome contigo como si esto fuese lo único importante para mí ahora. ¿Y me preguntas cómo lo hago, Craig? No tengo ni la menor idea. Quizás creas que soy un egoísta que todo le da igual y que sólo piensa en sí mismo.
Al analizar para sí esta pregunta, había dirigido su mirada en dirección al rostro de Craig, quien tenía los ojos almendrados fijos al frente, en dirección a las máquinas expendedoras. De pronto, éstos se deslizaron finalmente hacia los suyos.
—No tengo perdón, Craig —prosiguió diciendo, sintiéndose observado por esos ojos de bisturí—. Tú estás aquí ahora, junto a mí, mirándome con tu cara de tío observador, comprensible, quizá pensando qué decirme para que piense lo contrario y consiga estar tranquilo pero..., ¡joder! ¡Yo estoy tranquilo! ¡Es eso lo que me hace sentir peor! ¡Soy un egoísta! Me siento tranquilo mientras que todo lo que he creído importante en mi vida se derrumba delante de mí. ¿Es cruel querer alejarme de todos ellos? Yo creo que sí. Y, ya ves…, el jodido humor es lo que me queda: estoy disfrutando lo poco bueno que queda de mí contigo. ¿Te das cuenta? Mentiría si te dijera que no odio esta situación y odio sentirme tan cómodo a la vez. Tan feliz. Y ésa es la verdad. Yo me siento cómodo estando contigo.
Sólo con tener a Craig cerca volvía el cálido hormigueo a recorrerle el cuerpo. No era sexual, al menos no totalmente. En todo caso, se sentía como algo íntimo, calmante y excitante a la vez. Todo al mismo tiempo. Avergonzado por no haber sido lo suficiente fuerte para guardar sus emociones, escondió su rostro en el cuello de Craig. Kenny deseó fervientemente que lo besara o lo abrazara con fuerza. Pero, sin embargo, Craig se quedó impasible. Quieto. Finalmente, éste dijo con su voz de un sólo color:
—En eso te equivocas, Kenneth.
Alzó su cabeza y lo miró perplejo. —¿Por qué dices eso?
—Piensa detenidamente acerca de lo que has dicho. ¿Crees realmente que estás cómodo conmigo?
Kenny se sintió herido a pesar de la benevolencia habida en las palabras del joven más mayor. ¡Él no quería pensar en nada! Sólo podía ceder a los deseos de cobijarse bajo el amparo de la estabilidad emocional de Craig. Mientras lo miraba consternado, incapacitado para poder pensar con congruencia, Craig tomó una respiración profunda, como si se resignara por algo, se sentó derecho y, para su sorpresa, carcajeó en deje amargo. Seguidamente, Craig extendió sus manos hacia él, sosteniendo en alto su rostro al cual se aproximó con una decisión tan marcada que hizo que se estremeciera por dentro. Los ojos de bisturí de Craig que, tras aquella franja densa color café, escondía una visión única, llena de colores, llena de luz y sonido, le hicieron enmudecer y rendirse ipso facto.
Craig deslizó un pulgar por su labio inferior.
—Eres un chiquillo inconsciente, Kenneth —le dijo—. Sí, yo también pienso que a veces puedes llegar a ser egoísta. Pero, del mismo modo, sé que en el fondo no tienes la culpa de serlo porque ni siquiera sabes que la tienes. Para mí eres como un niño pequeño que ha madurado antes de tiempo. Tú piensas que la vida ha sido siempre injusta contigo y sólo te ves con fuerzas de huir y ovillarte como una pelota en el mejor lugar que has podido dar para esconderte.
La voz grave y atrayente de Craig, digna ya de un hombre y no de un niño, lo conmovió. El miedo comenzó a expandirse por su cuerpo como una enfermedad altamente contagiosa. Se sentía asustado, temiendo a priori que algo acabaría mal entre ellos dos. Luego tragó con fuerza el nudo que había nacido en su garganta. ¿Dónde había quedado lo agradable de aquella conversación? ¿Por qué tan de repente ésta se había tornado a una versión oscura y crispada, maniatada a un ambiente enrarecido y denso?
—No entiendo a qué vienes con eso ahora. Me fastidia que pienses que no estoy cómodo contigo. ¿Crees que me estoy tomando nuestra relación como si fuera un estúpido juego?
Entonces miró a Craig a los ojos bajo un temor serio, gélido y atormentado como las aguas del Báltico.
—¿Qué coño es lo que te pasa, Craig?
La agradable voz de Kenny esta vez sonó herida hasta adquirir una tonalidad burdeos, equiparable a la seda italiana, una rica textura cromática que siguió estirándose con el predominio del bermellón y del granate, y que se contraponía al silbido azul cáustico del viento tamborileando contra los cristales perceptibles bajo la sinestesia de Craig. Lo escuchó suspirar débilmente bajo su atenta mirada. Lo asió por los hombros sin emplear la fuerza.
—Escucha, Kenneth, sé que éste no es un buen lugar para hablar de nuestra relación, pero jamás pongas en duda lo que yo pueda sentir por ti —puntuó en actitud seria. Dejó unos segundos para que se sosegara y prosiguió—: Es evidente que me importas. Por esa razón estoy yo aquí. Pero, ¿de aquí, de esta línea que nosotros hemos ya trazado, qué es lo que sigue? ¿Te has parado alguna vez a pensar en eso? ¿Qué es lo que esperas de nuestra relación? ¿Crees que es lo que tú en verdad quieres? En mi opinión... pienso que no. Que esto no es lo que quieres en el fondo. Aunque es cierto que te esfuerzas lo que no está escrito por intentar que lo nuestro funcione.
Kenny sintió sus palabras como un jarro de agua fría. Y quería reprocharle por ello. ¿Por qué ponía en entredicho lo que sentía por él? Sin embargo, no pudo. Había quedado enmudecido, tal y como si le hubieran arrancado de cuajo sus cuerdas vocales. Era incapaz de comprender lo que estaba ocurriendo. Simplemente, renegó varias veces con la cabeza y con la mirada gacha.
—¿Sabes una cosa? —prosiguió Craig en un tono sereno, de confianza, pero a su vez, de resignación—. Aunque me importes más de lo que tú te imaginas, sé perfectamente que no sientes lo mismo que yo siento por ti. No de la misma manera ni intensidad. No puedo prolongar esto por más tiempo, callándomelo como si no ocurriera nada. Hoy me he dado cuenta de muchas cosas. Y, créeme, no necesito observarte demasiado para entender lo que ocurre contigo y tus sentimientos.
Aquellas palabras no las pudo ingerir Kenny. O más bien… no quiso ni tan siquiera intentarlo. Todavía expectante por la declaración de Craig, sintió la necesidad de apartarse de él. Así que de un brusco empujón, se liberó. Intentó aparentar ser lo más fuerte posible aunque por dentro su vulnerabilidad creciese. Entornó sus ojos, ahora oscurecidos a un añil pétreo. Ardían con inconfundible impotencia, enmarañada confusión, pero también poseían un toque de vulnerabilidad. Fue esa vulnerabilidad la que hizo de Kenny un ser débil. Débil con sus sentimientos, con sus juicios. Débil a mostrarse tal y como es. Un producto inconsciente de la tortuosa vida que había llevado desde pequeño.
—Me duele que digas eso. Me parece bien. ¡Qué digo…! ¡Me parece cojonudo! —ironizó desafiante, usando una mirada cegada por la furia.
—Ojalá me equivocara.
—¿Equivocarte? ¡Y una mierda! ¡No te estás equivocando! ¡Lo único que estás haciendo es joder lo nuestro!
Para ese entonces ya había alzado la voz y se había levantado del asiento. La agitación en su voz combinaba con el ardor de su mirada. Por un rato se quedaron observándose. Incluso separados, los dos comprendieron que la situación correosa del momento no les permitía retroceso alguno. Sintieron que todo debía continuar hasta el final. La mandíbula de Kenny quedó fruncida. Por mucho que quisiera, no podía obligar a Craig a que cambiase de parecer. El dolor abrumó sus sentidos.
—Muy bien, Tucker. Si eso es lo que opinas al respecto, genial, de puta madre. No tengo nada más que añadir. Lo nuestro ha terminado.
Kenny cogió con brusquedad su mochila que había sido colocada junto con la de Craig en el suelo y se la colgó de un hombro. Quiso cuanto antes desaparecer de allí y no hacerle frente a Craig por más tiempo; sin embargo, sus deseos y sus pies fueron refrenados. Craig se había levantado y lo había aferrado por un brazo hasta hacerle voltear y quedar los dos, cara a cara, uno cerca del otro. Forcejearon. Las ganas que sentía por desembarazarse hicieron que no se percatase del momento en que decidió Craig inclinarse y besarle en los labios sin previo aviso. Éste capturó su boca en un beso profundo y exigente. El impulso del beso hizo que los pies de Kenny retrocedieran unos cortos pasos. Tan pronto como Kenny recuperó el equilibrio, la dura superficie de una de las máquinas expendedoras le sorprendió al chocar contra su espalda bajo un ruido sordo.
Sus ojos habían quedado abiertos como platos debidos al súbito asalto de Craig. Primero intentó protestar contra su propio cerebro. Lo rechazó, empujó y tiró de él para que dejara de besarle. Luchó para liberar sus muñecas apresadas. Para entonces, su resistencia había caído en picado,desde un rascacielos para morir despedazada nada más besar el suelo. Torturarse no era cosa de sabios... Ni siquiera de idiotas. Su expresión se tornó en una necesidad hambrienta equiparable a la de su compañero. Al primer beso prosiguieron otros más rudos, cargados de ira y de pasión. Y todo ello, en medio del vacío pasillo, poniendo ambos en peligro su codiciado secreto compartido. Craig aflojó pronto sus muñecas. Nada más hacerlo, Kenny se había enroscado en el otro con los brazos. Estaba claro que no lo iba a rechazar esta vez. Al estrellarse su cuerpo contra el de su acompañante, sintió el miembro firme y erecto que éste guardaba dentro de sus bonitos pantalones cortos de chico atleta. La fina y delgada capa de la ropa de entrenamiento no ayudó a esconder su erección… ni tampoco la de suya propia. El duro bulto de Craig se empujaba contra su ingle. Kenny no tardó en suspirar débilmente de placer cuando comenzó a acunar su cadera contra la del otro. Estaba tan pegado a él, tan cerca, que podría quedar grabado en su cuerpo del mismo modo que un tatuaje.
Con una expresión ardiente en su mirada, Craig hizo que inclinara la cabeza hacia atrás, quedando su cuello presa de sus besos. Kenny se estremeció y se mordió los labios cuando sintió que succionaba en un sensible punto del cuello hasta que ardió; pronto tendría ahí mismo una marca. La idea de ser marcado por Craig no era indulgente: causó una nueva ráfaga de dolor en su entrepierna. Tan imbuido estaba por el aturdimiento sensual de los besos que le proporcionaba Craig y del contacto magnético de sus cuerpos que no volvió a abrir los ojos hasta que los labios de éste cesaran de buscarle. Se quejó gimiendo entre dientes ante la pérdida del contacto. Si Craig hubiese querido, lo hubieran hecho allí. Abriendo sus ojos y enfocándolos hacia el rostro de Craig, fue consciente de que éste le observaba.
—Necesito que seas sincero conmigo, Kenneth —le pidió—. Dime que me estoy equivocando. Dime que no soy una maldita sustitución para ti.
No lo comprendió aunque quiso hacerlo. —¿Una... sustitución?
—Sí, una sustitución. ¿O es que crees que soy lo suficientemente estúpido como para no darme cuenta de cuál es la verdadera y única razón por la que me has elegido a mí? ¿Tienes la mínima noción de por qué estás aquí conmigo y no con cualquier otra persona?
—Por Dios, Craig. ¿Una sustitución? ¿De qué puta sustitución me estás hablando? ¡Oh, vamos! ¡Nunca he estado con ningún tío antes! ¡Yo antes salía y follaba con chicas! Jamás he tenido algo serio con alguien salvo contigo, jodido imbécil. ¡Me he vuelto maricón por ti!
Kenny quedó de pie y se deshizo de entre los brazos de nuevo, con violencia, pero éste arremetió de nuevo aferrando su rostro, sin emplear fuerzas, y así obligarlo a que le mantuviera clavada la mirada.
—En el fondo lo sabes perfectamente. Sabes también que tu voluntad es reacia a reconocerlo, Kenneth. Tu voluntad siempre ha sido, es y será involuntaria. Y tú no tienes la culpa porque ni siquiera tienes la menor idea. Por eso sólo quiero hacértelo ver; quiero abrirte los ojos. Vamos, mírame. Mírame bien, mírame a la cara. ¿Te recuerdo a alguien en particular?
Craig lo volvió a besar y cuando murió el beso, el silencio se endureció como el granito. Kenny necesitó desconectar sus ojos de los de Craig. No los podía sobrellevar. Sus piernas temblaban mientras que su corazón parecía haberse revitalizado en latidos que estallaban con fuerza y resonaba en sus oídos.
—¿A quién te recuerdo?
—Escucha, Craig…
—¡No! ¡Ahórrate las explicaciones porque las odio! ¿Acaso no es mi gran parecido a cierta persona la causa de que te hayas fijado en mí? ¡Kenneth, dilo de una jodida vez! ¡Vamos, dilo ya!
—Lo estás jodiendo. Lo estás echando todo a perder. ¿Lo sabes, no? Esto no nos conviene.
—Veamos…, ¿a quién no le conviene? ¿A ti? ¿A mí? ¿O… puede que a Stan? Ahora que sabe que no estás contando con él como antes, seguro que no le conviene; seguro que no. Y a ti tampoco te conviene. Tú no estás cómodo conmigo porque en el fondo sabes que Stan es la persona que verdaderamente te importa.
—¡Basta! ¡Basta de una vez!
Gritó furioso Kenny. Empujó con fuerza a Craig y lo separó de él. Se sintió desesperado. Desesperado e histérico. Se llevó sus manos temblorosas a la cara. El agotamiento lo rebasó hasta convertirse en una pesadez insoportable. Se frotó los ojos, luchando contra la quemazón de la humedad ahora viviendo en sus pestañas. Espontáneamente fue sacudido por un sollozo.
—Tú..., tú no lo entiendes —se limitó a balbucear.
Se sentía terriblemente cansado. Ya no podía más. El mundo se le quedaba demasiado grande. Estaba cansado de luchar y no conseguir sino problemas y más problemas. Daño encima de más daño. Mierda encima de más mierda. Lloró en silencio, cargado de frustración, delante de Craig, ocultándose la cara con las manos. No quería que lo viese llorar.
De repente, levantó la cabeza cuando reaccionó al sentir el calor tibio del cuerpo de Craig presionarse contra él y ser acogido entre sus fuertes brazos. Se dejó abrazar. Permitió que le besara en la sien, en su cabello, en sus mejillas. Finalmente, Craig hizo que apartara sus manos de la cara, muy despacio, y presionó los labios sobre los suyos. Fue un beso cálido. Afectuoso. Luego nació otro. Y otro.
Craig deshizo el último beso y lo miró fijamente a los ojos.
—Cuando te hayas decidido, entonces házmelo entender, Kenneth.
Y así, sin más, Craig recogió su mochila y se alejó de allí.
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Al girar la llave, los conductos se abrieron y del grifo de ducha salió un torrente de agua caliente que descendió como una cascada sobre su cuerpo e hizo que relajase los músculos por primera vez en todo el día. El vapor se extendió por el aire de aquel recinto cerrado y empapó las baldosas blancas de las paredes. Kenny se enjabonó todo el cuerpo y el pelo, irguiendo el cuello para que la espuma se desprendiera con el paso del agua que caía. Gotitas acogedoras chispearon contra su hermoso rostro carente de melanina. Sus pestañas invisibles almacenaron gotitas de agua dulce. Como ruido de fondo, escuchó las conversaciones de sus compañeros. Éstos habían terminado de bañarse, sólo quedaba él, y se estaban terminando de vestir para irse. Hablaban en corrillo, en voz alta, ruidosamente, con muchos tacos entre palabra y palabra. Estas charlas tocaban temas deportivos y sexo en su gran mayoría. Hicieron apuestas de quién iba a ganar en el partido de football que emitirían aquella misma noche. La gran mayoría optó por los Giants; otros, sin embargo, se decantaron por los Patriots. También hacían comentarios acerca de chicas, del tipo: ¿te fijaste qué pedazo par de tetas tiene fulanita? ¿Y viste cómo menea el culo menganita cuando camina? En efecto, no había más profundización a esa trivial y monotemática subrepticia del deseo emergente que sentían sus compañeros por el sexo femenino. Kenny anteriormente participaba en esas conversaciones, incluso había sido, casi siempre, el foco principal de las mismas. Era él quien, hará varios meses, no paraba de hablar y hablar acerca de tal o tal chica. Ahora no le interesaba involucrarse en esas conversaciones. Lo que es más: se las antojaba repetitivas y muy aburridas. Tetas, culo, tetas, coño, tetas, piernas y vuelta a empezar. Lo único que variaba era el nombre de la chica en cuestión... si es que se lo sabían. Se preguntó mentalmente si algo tenía que ver eso con su "cambio" de acera. Desde que se instaló Craig en su vida, o mejor dicho, desde que él irrumpiera en la vida monótona de Craig, su interés compulsivo por las mujeres había decrecido a una velocidad pasmosa. El deseo no era el mismo. No vislumbraba en él el mismo interés de antes. Tampoco era que se fijara en otros varones. No sentía ningún morbo o calentón por ver a sus compañeros bañarse en pelota picada. En pocas palabras: Kenny sentía una especie de castración. Una castración romántica. Se empalmaba hasta dolerle cuando estaba con Craig o simplemente cuando se limitaba a pensar en él. Sólo con él había sido capaz de excitarse en los últimos meses.
Kenny evitó pensar en ello. Evitó pensar en Craig y en la manera en que éste había acabado con su relación. Asustado ahora por sentirse solo, no sabía cómo debería lidiar a partir de ahora con su vida. Y la única persona que siempre había sido capaz de darle consejos acerca de todo, estando ahí todo el tiempo para él, era la misma persona que ahora había decidido dejarle. ¿Por qué pensaba Craig hasta la obstinación que le importaba Stan de manera amorosa? ¿De verdad creía que estaba enamorado de su amigo? ¡Era de locos! Y, como todas las hojas de papel que se pliegan y se repliegan sobre sí mismas, sus temores acabaron por enmarcar un mismo punto, una única solución. Se sucedió tumultuoso un tropel de sentimientos que eran reacios a responder en favor a la verdad. A su verdad. Una verdad escondida. Enterrada, quizá. Olvidada en el páramo del pretérito. Un recuerdo como trozos intrascendentes de una conversación o de sentidos que se desmoronaban frente a la razón, abandonados a su suerte sin sustancia precisa. Kenny sintió todo esto a la vez, agitado, irritado, mezclado, le hacía sentir débil. Empequeñecido y débil. No tardó demasiado en que dentro de su mente se terminaran encajando las últimas piezas del puzzle y la idea comenzase a florecer tímidamente.
Stanley. Stanley Marsh.
De un brusco movimiento, cerró las llaves del grifo y el agua había dejado de brotar. Asió la toalla que había colocado cerca y comenzó a secarse rápidamente. Las voces de sus compañeros proseguían en su superflua charla de voluptuosidad femenina y deportes rudos encharcados en violencia física. Craig no estaba allí. Posiblemente había optado por irse a casa. Aquella decisión tomada por Tucker fue agradecida por Kenny. Si hubiera estado Craig presente, no hubiera sabido cómo actuar. Finalmente se acercó desnudo a las taquillas esquivando las figuras de sus compañeros que entorpecían su camino. Algunos le hablaron; le contaban chorradas y bromas sobre los mismos temas de tertulia que mantenían entre todos ellos. Kenny no se molestó en responder ni a comentar sobre nada. No estaba por la labor. Simple y llanamente profería muecas muy semejantes a sonrisas. Sus ojos estaban enrojecidos y sentía que quería llorar más que esgrimir sonrisas falsas de complicidad. Abrió la taquilla y sacó su ropa. Se vistió en silencio aunque veloz. Ahora tenía que pensar en ir a trabajar a la librería. A las cinco tendría que abrir y ya faltaban veinte minutos para que fuese la hora. Luego…, luego a las ocho cerraría, cobraría el mes de su paga, y…, ¿adónde demonios iría después? Sus ojos se humedecieron de nuevo. Estaba solo; retrocedía al punto de partida. Volvía al principio cuando había decidido irse de casa. Desandar todo y estar solo de nuevo. Un ataque de pánico se apoderó de él durante unos segundos antes de que se las arreglara para frenarlo despacio.
Stanley.
Repitió de nuevo el nombre de aquel chico dentro de su cabeza con necesidad. Sin darse apenas cuenta.
Arriesgó mucho cuando decidió echar un vistazo culpable hacia el lugar donde estaba el motivo de toda su frustrada aunque recién nacida controversia. Fue sorprendente cuando descubrió que Stan estaba prácticamente a su lado. Aquel par de hermosos ojos claros, azul de nieve, más claros que cualquier nube solitaria de verano navegando a ras del horizonte, estaban fijos en su rostro, muy serios, contemplativos. Su amigo tenía la expresión confusa. Enmarcada ésta por cejas fruncidas. Éste se le acercó aún más. Ahí estaba él, el motivo de sus problemas. Parecía querer iniciar la conversación pendiente que tenían. Kenny sabía que no podría esquivarlo esta vez. Con el corazón latiendo aceleradamente a mil por hora en su pecho, después de un leve letargo moribundo tras la marcha de Craig, y un inquietante nudo apretando fuerte en su garganta, intentó por todos los medios el permanecer lo más firme y neutral posible.
—¿Qué es lo que te ocurre? —le preguntó Stan en voz baja frente al charloteo ruidoso de los demás jóvenes que se escuchaba de fondo.
—Nada. Estoy bien.
—Me estás mintiendo, Kenny —le susurró más de cerca para que nadie, salvo él, lo oyera—: Sé que estás agitado y estás evitando llorar ahora mismo. Mírate, estás temblando.
—¡Deja de hacerme la puñeta, Stan! ¡No es asunto tuyo!
No podía enfrentar a Stan en aquel momento. Le era más fácil cerrarse en banda... tal y como haría Craig en un caso semejante. Quería salir, marcharse lo antes posible lejos de él. Terminó de ponerse la camiseta, cerró su taquilla y recogió su mochila. Todo ello bajo la atenta mirada de preocupación de Stanley. En cuanto salió por la puerta de las duchas, sin tan siquiera despedirse de nadie, aligeró el paso hasta acabar por correr cuando escuchó que Stan lo llamaba varias veces por su nombre. Llegó resoplando a la puerta principal del instituto. Salió corriendo y se apoyó contra la pared de la fachada edificio para recuperar el aliento. ¿Qué demonios hacía? ¿Huir? Sí, estaba huyendo. Podría definirlo con treinta mil subterfugios pero, en resumidas cuentas, venía siendo lo mismo aunque le molestara el admitirlo. Kenny hundió su cabeza entre las manos, muy frustrado, como nunca lo había estado él antes. Finalmente, dejó escapar un suspiro y parpadeó para contener las lágrimas. Aquella situación lo desbordaba por completo.
—¡Kenny!
De toda la gente que podría llamarlo, descifró que aquella voz pertenecía a Stan. En efecto, lo había seguido. Cabezota, tozudo…, hermoso, encantador y simpático cabezota.
—¡Kenny!
Únicamente Karen y Stan se empecinaban en llamarlo "Kenny" como si todavía fuese un niño pequeño.
—¡Espera! Espera un momento, Kenny. Por favor.
El joven se había puesto a su altura antes de que pudiera reaccionar con su llegada. Intentó retomar su camino sin prestarle atención a Stan, pero éste lo tomó por un hombro. Se volteó hacia él bruscamente.
—¿Es que no me puedes dejar tranquilo? ¡Mierda, tío! Si has venido hasta aquí para pedirme explicaciones o algo por el estilo, ahórrate el esfuerzo porque, de verdad, este no es el momento más adecuado.
—Oye, deja de comportarte así, ¿vale? Si estoy aquí es porque quiero ayudarte.
—¿Ayudarme? ¿Y desde cuándo te he pedido yo que lo hagas?
—Desde el momento en que decidiste que yo fuese amigo tuyo —respondió Stan muy seguro de sus palabras—. Tú y yo hemos estado apoyándonos en todo desde que éramos dos mocosos de parvulario. ¿Por qué no debería hacerlo ahora contigo si veo que estás mal? Yo sé…, sé perfectamente que tú harías lo mismo por mí si estuviera en tu lugar. Déjame que te ayude, Kenny. Confía en mí como cuando éramos críos.
Kenny se quedó mirándolo fijamente. Había abierto la boca para contestarle pero, sin embargo, de ésta no salió nada. Sus ojos volvían a escocerle. Algo húmedo resbaló sin su consentimiento por sus mejillas. Durante toda su vida, había estimado mucho, quizá, sobre todas las cosas existentes, su amistad con Stanley Marsh. Tanto que alcanzaba el mismo nivel de cariño que sentía Kenny hacia su hermana Karen. Saber de los propios labios de Stan que quería ayudarlo lo abrumó.
Fue reconfortado pronto por un confortable abrazo.
—Todo va a ir bien, Kenny. No estás solo —le alentó mientras posaba una mano sobre su maraña de pelo terriblemente claro.
Y él se dejó llevar en el abrir y cerrar de ojos de ese instante. Se sentía aliviado, sobre todo, por ver que Stan no iba a hostigarle a base de preguntas. Únicamente quería abrazarle. La efusiva bondad de Stan, cuya viveza era tan contagiosa como para apaciguar hasta la más pútrida de las situaciones, alcanzó de lleno su debilitado espíritu y lo elevó. Ahora Kenny no se sentía pesado o abrumado. Su alma se aligeraba como un globo de helio ascendiendo hasta perderse en el limbo de la estratosfera. Olvidó sus problemas. Olvidó momentáneamente el profundo dolor que le producía perder a Craig. Ése dolor se había convertido en una sombra intranquilizante, astringente, cuya única intención se remitía en atraparle y devolver sus pies a la tierra. Kenny cedió y olvidó; él quería seguir remontando hacia arriba, quería llegar a lo más alto. Craig era el plomo que lo hacía descender, Stan el aire que lo elevaba más y más. De repente volvía a ser un niño que sólo pensaba en jugar y en seguir a Stan por el simple hecho de sentirse feliz al estar a su lado.
Aquella situación hizo que reviviera trocitos de su pasado, donde los dos eran niños. Cuando Kyle aún no era amigo suyo. Antes de Kyle, ellos eran dos chiquillos de parvulario que lloraban a lágrima viva cuando sus madres los separaban para llevárselos a cada uno a sus respectivos hogares. Aquel cariño nació de nuevo en Kenny; el tipo de cariño que nace por sí solo y que nadie espera. Un cariño que había sido encubierto y enterrado vivo con la llegada y asentamiento permanente de Kyle en la vida de Stanley Marsh.
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FIN CAPÍTULO VII.
En fin, ¡muchas gracias por vuestros comentarios -aunque sean poquitos me llegan al alma :D- y la tirada de visitas que recibo gracias a vosotros día tras día, ya sea en este fic como en algún que otro fic mío! ¡Galletitas para todos, fuck yeah! :D
Un fuerte abrazo y gracias por leer hasta esta última línea,
Silen.
Última revisión: 28 de febrero de 2014.
