¡Quiero conducir!

Seamos sinceros en una cosa: conducir tal vez no sea la más grande ambición de los jóvenes en Japón, y tampoco lo más conveniente por las concurridas calles de las ciudades o su efectivo sistema de trenes. Sin embargo, el saber conducir es una habilidad que llega a ser bastante útil en muchos aspectos. No siempre podrás depender de un taxi porque puede darse el caso de no encontrar ninguno libre o tener la necesidad de ir a un lugar muy lejano, andar en tren puede llegar a ser muy cansado si tu destino queda lejos de la estación, además, siempre puede existir una emergencia que requiera a un conductor de inmediato; y ni se diga de las ocasiones en que tenemos giras fuera del país, es más seguro que uno de nosotros maneje el automóvil que contratar a un chofer que sea un completo desconocido, uno nunca sabe. ¿Y por qué hablo de esto? Bueno, a mí me gusta darles un poco de normalidad a mis representados, para que no se centren en su vida de estrellas y puedan disfrutar un poco de la rutina a la que estaban acostumbrados antes de ser cantantes reconocidos a nivel mundial… aunque esta práctica es la que destroza mis nervios.

Volviendo al punto principal. Está rutina de cotidianeidad se trata de que vivan como cualquier otro joven de su edad; asisten a la escuela para no descuidar ni un día de estudios y cuentan con profesores particulares para continuar con sus estudios cuando salimos de gira, el contacto con sus familias es diario aunque breve por la apretada agenda pero suelen pasar los fines de semana con sus padres y parientes cercanos, siempre hay tiempo para relajarse y hacer lo que se les antoje que, casualmente, es cuando comienzan los problemas para mí. Entre estas actividades cotidianas se encuentra conducir, ya sea el camión del grupo rumbo a una presentación o tomar el volante del auto para ir de compras, al cine o a donde quieran ir sin correr el riesgo de ser atacados por los fans al tomar un transporte público. Debo recalcar una cosa, aunque cinco de los miembros del grupo tienen la edad para conseguir permiso, solo tres se animaron a aprender a conducir: Kaito fue el primero en tramitar el permiso solo para ir a una competencia de comer helado que se realizó a las afueras de la ciudad, esto ocurrió antes de que yo los conociera; Gakupo también sabe conducir, aunque es más agresivo que nuestro querido peliazul, es perfecto para manejar el camión gracias a su trabajo como repartido de verduras; y al final, el arma secreta para esas ocasiones en que nos retrasamos por algún imprevisto que usualmente nosotros mismos causamos y vuelve al tiempo nuestro enemigo, Meiko, la más salvaje conductora de todo Japón y me atrevo a decir que de toda Asia. Aunque debemos ser precavidos, pues su licencia le fue retirada (cosa que no voy a explicar ahora). Pero nuestro número de conductores aumentó pronto, tal vez por estar cansada de tener que pedir a alguien que la llevara al cine o a comprar atún, Luka me pidió clases.

—Master —me dijo con su acostumbrada seriedad. Adoro a esta chica—. Necesito pedirte un favor.

—Dime, estoy escuchándote —era la hora del desayuno, sorprendentemente todo estaba callado, tal vez porque todos los demás estaban dormidos.

—Necesito que me enseñes a conducir.

—¿Conducir? Creí que Gakupo te estaba ayudando con eso.

—Sí, se supone que eso iba a hacer, pero —dijo mirándome fijamente—, él aprovechó esos momentos para intentar ligarme. Ni siquiera encendimos el motor y todo el tiempo se la pasó hablando de cosas cursis.

Así que Gakupo aún no supera su enamoramiento. No tengo idea desde cuando se siente atraído por la cantante pelirosa, pero según Gumi, fue por ese único motivo que se atrevió a entrar al grupo VOCALOID. Y eso ocurrió mucho antes de que me conocieran.

—¿Y ya le pediste ayuda a Kaito?

—Sí, pero tampoco me ayudó mucho. Antes que nada íbamos a comprar helado, él decía que solo uno pero siempre terminaba comprando la mitad de la tienda. Para cuando terminaba de comer ya era de noche y no se sentía bien después de comer tanto.

—Entonces por eso no quiso cenar aquel día… ni comer en una semana… —medité unos segundo. Aquella ocasión en verdad nos preocupó Kaito—. ¿Y Meiko?

—No quiero ser arrestada —dijo de inmediato.

—Muy lista de tu parte. Bueno, si no queda otra opción, tendré que enseñarte a conducir. Pero tengo una pregunta.

—¿Sí?

—¿Por qué de pronto ese interés en aprender a conducir? Nunca habías mostrado interés en ello —y es la verdad. Luka nunca lo había mencionado, y ni se interesaba en observar como conduzco el camión o pedir el volante.

—Bueno… —balbuceó. Sus mejillas se pusieron levemente rojas—, es solo que no puedo depender siempre de los demás o de ti. Y es algo muy penoso que, siendo considerada la chica más madura del grupo, no sea capaz de conducir un auto —concluyó con una risita nerviosa. Es obvio que no le creí.

—De acuerdo, si eso dices —dije con desconfianza, yo sé que detrás de esas ganas repentinas de aprender a conducir existe algo, pero no me dirá que es—. No tienes nada programado para el jueves, así que ese día comenzaremos.

—¡Gracias Master! —saltó de inmediato sobre mí, sus ojos brillaban de alegría. Ahora tengo que averiguar qué pasa.

El jueves llegó al fin, y no sé cómo demonios pude sobrevivir. ¡Durante el miércoles pasaron tantas cosas! Meiko regresó con una caja de sake después de su sesión fotográfica, ¡y ya se había tomado la mitad de las botellas al entra a la casa! Esa chica algún día tendrá una congestión alcohólica, o algo en el hígado. Sobra decir que regresó y lo primero que hizo fue derribar la puerta, buscó a Kaito y Gakupo para "invitarles una copa", cosa que en el lenguaje ebrio de Meiko quiere decir "practicar boxeo". Los gemelos tuvieron la grandiosa idea de estrenar su más reciente juguete: una aplanadora cortesía de uno de los patrocinadores; esos enanos no pueden ni patinar, ¿pero si conducir esa cosa? Al diablo la lógica, ¡esto solo pasa en Japón! Y lo peor del asunto es que podríamos afrontar cargos penales porque casi aplanan a las ancianas del "Club del Pez Koi". Y para terminar con las desventuras, me vi obligado a rescatar a Miku de una banda de fanáticos enloquecidos que la descubrieron a las afueras de un centro comercial, en una mala jugada de la naturaleza, una fuerte brisa sopló y le tiró el sombrero bajo el cual ocultaba sus largas e inconfundibles coletas. Lo difícil fue abrirme paso entre la multitud y entrar al baño de mujeres, pues no contaba con la fuerza bruta de Meiko, la espada de Gakupo, ni con el auxilio de Thelma que se quedó en casa evitando una desgracia mayor. Vaya día. Lo peor es que cuando todo acabó, no eran ni las ocho de la noche.

Pero ya no importaba, eso se quedó en el pasado. Lo único que me interesaba era enseñarle a Luka como conducir un auto y de paso, sacarle la verdad, pues su actitud era muy sospechosa. Durante el camino intenté hablar con ella al respecto, pero fue inútil, solo evitaba darme una respuesta satisfactoria, su pretexto siempre era ser independiente y actuar como la chica madura que todos ven en ella. En verdad no estoy convencido con sus respuestas, Luka no es esa especie de chica que busca agradarle a los demás y menos le importa lo que el resto piense de ella; no debemos confundirnos, es reservada y calla, incluso con nosotros, pero el que siempre sonría ante los fans durante las presentaciones no la hace hipócrita o una actriz, es su forma de agradecerles a todos por su apoyo que nos ha hecho llegar hasta donde estamos, en la cima de las listas de popularidad y éxitos musicales del país. Hasta podrían inventarle chismes ridículos y no prestaría atención a cosas tan banales que son momentáneas y carentes de toda veracidad. Supongo que por ahora me conformare con sus respuestas.

Como no quería tener problemas con la policía, la población en general y que el resto del grupo nos fastidiara, llevé a Luka a las afueras de la ciudad, donde la única vía para conducir es la carretera que conecta Tokio con Tsukuba. No íbamos a recorrer toda esa distancia, pero la tranquilidad del camino era ideal. Apenas salimos de la capital, apagué el motor y cambie de asiento con Luka. Ella parecía entusiasmada y algo nerviosa, yo tenía que ocultar mi ansiedad. Nunca había enseñado a manejar a alguien, pero no creía que fuera tan difícil.

—Antes que nada, debes entender una cosa —le dije—. Conducir es más complicado de lo que parece, debes estar alerta a los movimientos de los demás y cuidar los tuyos. Más que un privilegio, es una responsabilidad, ¿entendido?

—Suenas como mi padre —respondió con una risita. En pocas ocasiones se le ve actuar así—. Entiendo lo que dices Master.

—Perfecto, entonces enciende el motor —y así lo hizo, giró la llave para que la corriente de la batería comenzara el proceso de combustión. El automóvil lanzó un suave rugido y arrancó, estábamos listos para irnos—. Ahora prisa el freno, ese pedal ancho. Toma la palanca y bájala hasta la "D" —acató mis indicaciones. Por primera vez desde que los conozco, un VOCALOID me hacía caso sin tener que gritarle, emplear regaños o castigos. ¿Estaría soñando?—. Y ahora vámonos, suelta despacio el freno. Cuando lo dejes libre, pisa el acelerador lento. Si sientes que vas muy rápido, solo frena.

No decía ni una sola palabra, su concentración era total en el automóvil. Soltó por completo el freno, avanzando lento por la calle; y con la punta de su pie derecho, rosaba con delicadeza el acelerador. No avanzamos a más de 10 km/h, pero ella estaba orgullosa de este logro, tanto que quiso ir más rápido y aceleró. Manejar en línea recta es un buen inicio, y una cosa muy importante es que Luka no le tenía miedo al volante.

—¡Master! —gritó al momento que frenó de pronto. El auto se detuvo en seco, sacudiéndonos en su interior—. ¡Perdón, perdón! Acelere mucho y me asusté.

—Tranquila Luka, sé que es emocionante, pero debes ir a una velocidad que puedas controlar —dije con una sonrisa en los labios y un golpe en la frente. ¿Siguiente lección? Usar el cinturón de seguridad.

Debo admitir que esta fue una experiencia agradable y divertida, era la primera vez que enseñé a conducir a alguien y en verdad me gustó hacerlo. Luka tiene una facilidad inmensa para aprender lo que sea, esta no fue la excepción, aunque comenzó un poco nerviosa después de pasar los 50 km/h y eso nos provocó dos frenados repentinos. Aunque tampoco faltaron los momentos que crisparon mis nervios; siendo el primero media hora después de comenzar las clases.

—¡Derecha, izquierda! ¡Frena! —no pude evitar gritarle.

—¡¿A done va él?! —la escuché. Por azares del destino, un anciano en bicicleta apareció frente a nosotros y era imposible evadirlo. Si Luka giraba a la derecha, él lo hacía a la izquierda o viceversa, sin importar a donde girara mi querida pelirosa, el viejo parecía dispuesto a estrellarse en el cofre sin importarle nada. Luka detuvo la marcha y ya no avanzó hasta que el extraño ciclista pasó de largo, siguiendo su camino hasta perderse en el horizonte.

Las peripecias de Luka no acabaron ahí, sería una sorpresa que ese fuese el único incidente. Durante los cuatro meses que demoró en dominar el volante (y esto debido a que nuestros compromisos nos obligaron a especiar las clases) pasaron cosas locas… para variar. Primero, ¡casi vuelca el auto al tratar de dar vuelta! No importa cuanto lo analizo, no logro entender como lo hizo; solo le dije que gira el volante para entrar a una pequeña brecha en el camino, pero fue un movimiento tan repentino, mal medido, que nos sacó del camino a una zanja y casi deja al auto de cabeza. Por suerte, la velocidad era baja y no era suficiente para lastimarnos. Después de eso, nos vimos envueltos en una persecución de taxistas de la cual no quiero saber nada; una tarde, cuando regresábamos a Tokio, un auto idéntico al nuestro pasó a toda velocidad. Como se debe hacer con estos conductores, no le dimos importancia; sin embargo, después de dos minutos nos rodearon siete taxis que no dejaban de ordenarnos que bajáramos del auto. No estoy seguro de que pasaría, y no quiero saberlo, la actitud de aquellos hombres era bastante hostil hasta que se dieron cuenta que no era el auto que buscaban; y claro, al reconocer a Luka le pidieron perdón, le tomaron un par de fotografías y les repartimos unos cuantos autógrafos. Desde entonces, Luka y yo desconfiamos de los taxistas, en especial de los de Tsukuba. En otra ocasión vimos a un hombre bailando sobre una vaca, a causa de esa distracción poco faltó para estrellarnos con un camión cargado de patatas, aunque desgraciadamente por nuestra culpa, otro camión no pudo parar y chocó, volcando el remolque y regando las patatas por toda la extensión de la carretera. Logramos sobrevivir a todas estas situaciones tan extrañas y peculiares, de una forma u otra pudimos sortear cada obstáculo, ya fuese por habilidad al volante o aprovechando la fama que se ha ganado el grupo.

Finalmente, después de practicar durante cuatro meses, dos semanas y tres días, Luka presentó su examen para obtener la licencia y aprobó con una calificación sobresaliente. Lo malo es que olvidé preguntarle sus verdaderos motivos para aprender a conducir. Perdí la oportunidad, ya no importa cuánto insista, no va a decirme. Por el lado amable, ella lucia en verdad feliz por lograrlo después de poner mucho empeño en cada lección, así que no me atreví a arruinar su alegría. Si lo veo como un beneficio para mí, esto facilita los relevos a momento de viajar en el camión del grupo y, en casos de emergencia, siempre tendremos a un conductor para cuando se requiera. A veces, hasta cuando no. A partir de ese día, Luka se ofrece a conducir al mercado, al estudio, a la escuela, o a cualquier lugar al que necesitemos ir; sin duda le encantó sentarse detrás del volante. Sin embargo, he notado que cada segundo jueves de cada mes, ella y Miku desaparecen unas cuantas horas durante la tarde. Me pregunto a donde irán.