¿Alguien ha visto Vengadores Era de Ultrón? A-L-U-C-I-N-A-N-T-E

Aunque de nuevo Marvel se me ha llevado media trama por delante... En fin. Tranquilidad, que lo que afectaba a Días del Futuro Pasado ya lo tenía previsto!

Pues... Nuevo capitulo! :) Intentaré subir el siguiente esta tarde. Disfrutad!


Cap. 6

24 de Enero de 1973

Washington DC

Abrió los ojos y ya no estaba en su blanca y cuadriculada celda del Pentágono. A su alrededor, las verjas metálicas con sus afilados pinchos retorcidos, el suelo embarrado, los barracones en los que se hacinaban sin ningún concierto hombre y mujeres por separado, los castigos y gritos inacabables… Todo le daba de nuevo la bienvenida a Auschwitz.

Caminó por los caminos embarrados que conducían a la llamada "rampa judía", donde un numeroso grupo de personas aguardaban en una fila más o menos uniforme, rodeados de soldados, a que dos médicos alemanes dictaminasen su veredicto. Derecha, campos de trabajo. Izquierda, cámaras de gas.

Sinceramente, Erik no sabía qué destino era peor.

Se acercó al grupo de personas, pero en seguida vio algo raro. Una mujer tenía el cabello azul, había un hombre completamente plateado, metálico, y otro completamente peludo y azul. También destacaba una mujer joven, igualmente azul, otra casi adolescente con un brillante par de alas de insecto.

Y ellos.

Charles estaba muy delgado, tenía media cara amoratada por los golpes y un brazo alrededor de Orya, cuyo largo cabello había desaparecido. En su lugar, un pañuelo oscuro cubría su cabeza rapada. Sus ojos ya no tenían su característico brillo multicolor, sino que derramaban lágrimas sobre sus mejillas y habían perdido toda su vida. Ambos avanzaron juntos cuando les llegó su turno y entonces el corazón de Erik casi se detuvo.

Detrás de ellos, apareció Katrina. Llevaba apenas un bolso no muy lleno, un abrigo largo y un pañuelo en la cabeza. Llevaba de la mano a dos niños pequeños, un niño y una niña, y Erik no sabía porqué, pero sabía que esos niños eran sus hijos. En esos sueños, Katrina siempre era la madre de sus hijos.

Avanzó hacia ellos aún más rápido cuando Katrina se recolocó el abrigo y pudo ver su vientre abombado, de al menos seis meses de embarazo, pero no pudo llegar antes de que les tocara el turno y alcanzasen a los médicos. Estos no les dieron el pequeño redondel negro con una X blanca que les habían dado a Charles y a Orya, sino que apenas tras un vistazo a los niños y al embarazo de Katrina anunciaron secamente "¡Izquierda!".

Todos los que sabían lo que significaba la izquierda se estremecieron, pero nadie se atrevió a hablar. Katrina agarró a los niños y siguió al anciano con pinchos en el cuerpo que iba por delante de ellos, hablándoles con dulzura.

-Ahora iremos a darnos una ducha, ¿de acuerdo? No querréis estar sucios, ¿verdad que no?

-¡Katrina! –Erik gritó, intentando advertirla del peligro que corrían. Pero ella no dio muestras de haberle oído y siguió caminando hacia las cámaras de gas, sin mirar atrás. Un par de soldados se acercaron a él y trataron de meterle en el grupo de mutantes, pero él se revolvió con todas sus fuerzas- ¡KAT! ¡KATRINA!

Algo que parecía una porra de plástico apareció frente a él y repentinamente se encontró en el suelo, luchando por respirar. Antes de que todo se volviera negro, alcanzó a ver los ojos azules de Charles que le miraban con tristeza.

-Tenías razón, amigo mío.

-¡Katrina!

Erik abrió los ojos (esta vez de verdad) y sintió el alivio recorriendo su cuerpo cuando se dio cuenta de que seguía en su celda del Pentágono. Se obligó a respirar lentamente para calmarse; sin embargo, en seguida recordó que él estaba ahí dentro y Katrina allí fuera, peleando por su cuenta, y en seguida sintió la ira creciendo en su interior.

Se puso en pie y empezó a dar vueltas como un animal enjaulado, cosa que, después de todo, había acabado siendo. Cada día allí metido parecía más interminable aún que el anterior y la verdad es que no entendía cómo no se había vuelto loco de puro aburrimiento. Su horario se dividía en dormir, comer, hacer flexiones como un loco mientras repasaba mentalmente la lista de personas de las que aún debía encargarse y aquellas en las que aún podía confiar. La última era bastante corta, todo hay que decirlo, y en ella ocupaban un lugar bastante destacado Charles, Orya y la propia Katrina, lo cual le llevaba de nuevo al dilema existencial que había ocupado los últimos cinco años.

Había sido el 20 de Octubre de 1971, si no llevaba mal sus cálculos, y había despertado con los ojos llorosos después de su último sueño. No era algo extraño que soñase con Katrina (ocurría aproximadamente dos de cada tres días, al final acabó acostumbrándose a poder verla sólo en sueños) pero aquel sueño había sido distinto.

Salía a la terraza de la Mansión; al fondo podía ver a Charles y a Orya tirados sobre el césped jugando con un niño pequeño de no más de cinco años, pero el imán que inevitablemente atraía su mirada, como siempre, era Katrina. Estaba tumbada sobre una hamaca que nunca había estado en la Mansión, balanceándose suavemente. Al oír sus pasos, se incorporaba y se giraba hacia él.

-¿Dónde has estado? –decía, con una sonrisa alegre en su rostro. Extendía una mano hacia él, invitándole a tomarla, mientras la otra reposaba sobre su estómago, y la cabeza de Erik empezaba a dar vueltas al pensar que ahí dentro estaba su bebé- He estado esperándote, te echamos de menos.

El sueño siempre acababa antes de que sus manos se tocaran, aunque aquella no era la única variante. En todos aquellos sueños aparecía Katrina, a veces embarazada, otras con un bebé o niños pequeños junto a ella. En algunos hablaba con él, le miraba y le ofrecía su mano, pero en otros nadie parecía darse cuenta de que Erik estaba allí. Muchas veces Charles y Orya aparecían en el sueño, y a veces incluso Hank, Scarlett, Sean o Alex.

Y finalmente, después de tantos sueños sobre unos posibles niños, Erik había acabado planteándoselo seriamente. No podía negar que la idea de tener por ahí uno o dos mini Eriks, o una o dos mini Katrinas le atraía bastante… Aunque quedaba, por supuesto, la pregunta que siempre le atormentaba. ¿Acaso podría ser él un buen padre? ¿Él, un asesino, un terrorista, que apenas tuvo su propia infancia y que se perdió todas las lecciones de vida que su padre hubiera podido darle? No le parecía.

En cambio, Katrina era perfecta. Lo había visto en 1962 con los chicos, aquel instinto maternal y protector que a duras penas podía contener. La había visto cuidando y preocupándose por los chicos, protegiendo a Hank frente a los agentes, casi sufriendo un ataque al corazón cuando Shaw había entrado en la CIA, ayudando a Alex y a Sean con sus entrenamientos.

Sí, definitivamente podía perfectamente imaginarse a Katrina con un hijo. Sería una madre maravillosa y nada podría hacerle más feliz que los hijos de Katrina fueran también los suyos. Pero por mucho que le pesara, no creía tener lo necesario para traer un bebé al mundo, para poder cogerle en sus brazos y criarlo con amor y seguridad… Bueno, amor desde luego que jamás iba a faltarle a un hijo suyo, pero ese hijo jamás tendría una infancia normal, ni la más mínima estabilidad o seguridad. Su vida se reduciría a huidas sin fin, la discriminación contra su raza y la amenaza de un nuevo Holocausto rondando sobre sus cabezas, y no le parecía justo que tuviera que pasar por lo mismo que ellos.

Aunque tampoco le parecía indispensable. Podía vivir el resto de su vida con aquel pequeño resquemor en su interior, el "¿Y si…?" que siempre le rondaría por la cabeza. Podía hacerlo, siempre que fuera con Katrina. Nada tenía sentido si no estaba ella.

Su vida, en esos momentos, no tenía demasiado sentido sin ella.


Residencia de Meg Carter, Washington DC.

Logan despertó malamente, tirado en medio de lo que parecía una salita de té. Necesitó un par de segundos para recordar qué hacia allí, pero cuando el recuerdo de Meg dejándole fuera de combate volvió a su mente, se incorporó de un salto. Se mareó casi de inmediato, viéndose obligado a agarrarse a una silla

Miró a su alrededor y bufó al ver a Charles y Hank tirados en el suelo como unos muñecos desmadejados, aunque los dejó ahí mientras abandonaba la habitación en busca de Peter. Esperaba por su bien que siguiera en la casa. Sin embargo, respiró aliviado al ver al hijo de Katrina tirado en el sofá, enredado en un amasijo de pies y manos con Meg. La cabeza de la chica descansaba sobre su pecho, su blusa estaba demasiado subida como para que pareciera un accidente y ninguno de los dos estaba calzado, pero ambos seguían vivos. Con eso le bastaba.

Entonces su nariz captó un olor ajeno y sus sentidos tomaron el control. Corrió rápidamente a la cocina con las garras extendidas en busca del intruso.

Sin embargo, se detuvo en seco sin dar crédito a lo que veían sus ojos. Era otro color en el cabello enmarañado, otro color de ojos, otra ropa desaliñada. Pero era ella. Era imposible, pero así era…

-¿Scarlett?


Grace no lo había pensado demasiado; apenas aquel tipo se le acercó con las garras extendidas, saltó de la silla y lo derribó al suelo de una patada. Lo mantuvo con la espalda contra las baldosas posando su pie sobre su pecho y empujándole con fuerza hacia abajo.

-Sólo lo diré una vez –gruñó, intentando parecer todo lo amenazante que pudiese con su escasa altura de 1.60- ¿Dónde. Está. Scarlett?

El hombre parecía tan anonadado que no podía, o no quería responder. Grace bufó mostrando los colmillos, se agachó rápida como un rayo y hundió ligeramente las garras en su cuerpo.

-¡RESPONDE!

-Maldita sea, ¡eres tú la que eres su viva imagen! –gruñó el hombre. Grace frunció el ceño y husmeó el aire en busca de algún aroma que le indicase que estaba mintiendo. No lo encontró.

-¿La conocías? –preguntó. El hombre asintió.

-Sí. ¡Y quita de encima!

A regañadientes, Grace salió de encima de él. Tuvo oportunidad de observarle muy bien mientras se ponía en pie… La descripción cuadraba. Sí, ese era el tipo con el que la habían visto en la playa, el tipo al que se suponía que había ido a visitar a Rusia en el 62. Y nunca volvió de Rusia.

Llevaba siguiendo el rastro de Scarlett desde antes de la Segunda Guerra Mundial. Sabía que estaba viva, en alguna parte (qué demonios, a ella la había atravesado un obús. Si había sobrevivido, seguro que Scarlett se encontraba bien). Pero quería verla. Quería encontrarla, comprobar con sus propios ojos que sus instintos no se equivocaban. Llevaba más de treinta años sin Scarlett.

Treinta y tres años sin Scarlett.

El hombre la miró de reojo, tan desconfiado como ella misma.

-¿Quién eres? –preguntó. Grace se irguió, lanzándole una mirada asesina. Se quitó la chaqueta para que pudieran verse las marcas de sus hombros y dejó caer la prenda al suelo ante el asombro del hombre.

-Soy Grace Morley. Scarlett es mi hermana.


Charles despertó con una resaca casi tan mala como la del día que se fue Orya. Se quedó mirando unos segundos al techo, pasándose las manos por el cabello y preguntándose por qué olía a Orya.

Y entonces se dio cuenta de que el aire olía a té.

FLASHBACK

Charles despertó, aturdido por el sol que le daba en la cara, solo en medio del revoltijo de sábanas de su cama. Miró a un lado y a otro en busca de Orya, pero sólo encontró las ropas de ambos desperdigadas por el suelo. Entonces le llegó el aroma del té y sonrió.

Antes, el café significaba noches y más noches en vilo, estudiando y dejándose los ojos en los libros (que sí, le encantaba, pero a nadie le apetecía quedarse dormido agarrado a un libro en vez de irse de fiesta). Como mucho, significaba la bebida típica de su querida Oxford.

Ahora, el olor del té significaba Orya, con su camisa que le quedaba varias tallas grande, su largo cabello ondulado y revuelto, sus labios hinchados por culpa de horas de besos incesantes y las marcas en el cuello y en los hombros, obra de los labios de Charles. Y llevándole su taza de té favorita.

Charles le dio un sorbo al líquido caliente, observando por el rabillo del ojo cómo Orya bebía de su propia taza, decorada con pequeñas muñecas rusas de colores. Ambos se miraron de reojo durante unos segundos antes de sucumbir a la risa tonta que les entró en ese mismo momento. Charles dejó su taza sobre la mesilla, quitándole suavemente a Orya la suya de entre las manos y dejándola junto a la suya. La joven intentó protestar, pero Charles estampó sus labios contra los suyos y acalló en seguida cualquier tipo de réplica.

No tardaron en enredarse uno en el otro, comiéndose mutuamente a besos y luchando ambos por dominar al otro, recuperando en seguida el ánimo travieso y apasionado de la noche anterior. Charles ahogó un gemido cuando sintió los dientes de la preciosidad que en esos momentos tenía sobre su regazo mordiéndole la oreja, pero se vengó agarrándola por la cintura y volteándola bajo él, manteniéndola completamente pegada al colchón. A Orya se le escapó un gritito, pero en seguida sonrió y se abandonó a sus besos y caricias.

-Ya lyublyu tebya –susurró. Charles sonrió, besándola de nuevo antes de apartarse ligeramente.

-Yo también te quiero.

FIN DEL FLASHBACK

Era horroroso. Todo le recordaba a ella, a ella y a lo estúpido que había sido.

Se pasó el dorso de la mano por los ojos llorosos y logró ponerse en pie, sacudiendo a Hank para despertarlo. El pobre abrió los ojos con gran dificultad.

-¿Qué hora es?

-No lo sé.

-¿Y Peter?

-Tampoco lo sé.

-Mierda.

Hank arrugó la nariz con desagrado y se incorporó a duras penas.

-Mierda, mierda. Espero que mi sobrino siga vivo…

Salió disparado por la puerta, dejando a Charles bastante pensativo. Recordó una época en la Mansión, cuando todo aún iba bien. Una época en la que pensó que podría considerar a los hijos de Erik como sus sobrinos… Aunque, muy a su pesar, sospechaba que era básicamente imposible no cogerle cariño a Peter. Si se parecía en lo más mínimo a sus padres, sería tan cautivador como ellos.

Siguió los pasos de Hank hacia la cocina, respirando aliviado al ver a Peter y a Meg dormitando sobre la mesa, echados el uno sobre el otro como un par de cachorros cansados. Meg alzó ligeramente la vista al oírle entrar.

-Perdona por teletransportarte… Y eso –murmuró, agitando la mano descuidadamente. Charles suspiró.

-Tranquila, no pasa nada. ¿Quién es ella? –preguntó al ver a la mujer de cabello y ojos de color pardusco… Con unos inquietantes tatuajes salpicados por sus hombros, en forma de manchas de guepardo. Logan se frotó las sienes.

-Es la hermana de Scarlett.

-Oh.

¿Podía ocurrir algo más?

-Resumiendo –dijo la mujer- Tampoco aquí nadie sabe nada de Scarlett, ¿no?

Todos negaron con la cabeza y su hermoso rostro se descompuso en una mueca.

-Genial. Me abro.

-¡Espera! –Logan la agarró del brazo y la mujer bufó- No puedes largarte así sin mas, Grace… Por favor –suplicó, mirándola con pánico en la mirada- Llevo una vida entera buscándola.

La mujer, Grace, soltó un bufido más animal que humano. Se sentó de nuevo, golpeando rítmica y suavemente la mesa con unas garras que parecían haber crecido de la nada. Hank se apartó ligeramente, incómodo, aunque Meg parecía bastante aburrida y jugueteaba con uno de los mechones plateados de Peter.

-Tú no quieres que me quede –afirmó Grace, paseando sus ojos animales sobre todos ellos. Charles se dio cuenta de que era una mirada vieja, muy vieja, y también cansada. No le hacía falta ser telépata para verlo- No. Tú lo que quieres es saber algo de la Scarlett auténtica, la que yo conocí. No la que te servía cervezas en la playa. Bueno… Puedo decirte que es la persona más desinteresada que vas a encontrarte, aunque parezca justo lo contrario. El tipo de persona que se interpone entre nuestro padre y yo, aunque era la pequeña. Qué estúpida era –soltó una carcajada melancólica y triste, mirándose las garras- Pensaba que podía protegerme, y en cambio lo que hizo fue descubrirse a sí misma. Pero no te equivoques, aún así es mil veces más valiente que yo. Ella se queda y pelea, yo en cambio… Corro. No en vano soy un guepardo. Es lo que hacemos.

Tras tan enigmática y ligeramente escalofriante declaración, se levantó de la mesa. Apuró su taza de té mirando a su alrededor.

-Por cierto –dijo- ¿Dónde está la famosa Orya Ivanova? Una de las últimas noticias que me llegaron de Scarlett era que estaba compartiendo piso con ella. Así que, ¿está por ahí peleando por los nuestros o escondida como una cobarde?

Charles no fue consciente de haberse levantado hasta que el fuerte chirrido de la silla contra el suelo dejó a todos medio sordos. Apretó los puños con furia, mirando directamente los ojos pardos de Grace.

-Deberías controlar tu lengua, y no hablar de aquello sobre lo que ni sabes ni entiendes –espetó. La mujer le dedicó un gesto despectivo muy parecido a los de Scarlett.

-Me gustaría saber dónde está la tal Orya para preguntarle por qué no acompañó a mi hermana a Rusia. Pero es igual, ya no tiene remedio. Sólo espero que no se cruce en mi camino.

Charles notó a Logan agarrándole para evitar que se echara sobre Grace, aunque muy en el fondo agradeció. Pero muy, muy en el fondo, porque a pesar de ser un hombre educado y a pesar de respetar a las mujeres como el que más, lo único que quería en esos momentos era partirle la cara a Grace por amenazar a Orya. Tampoco es que pareciera muy buena idea.

Grace le dirigió una sonrisa sarcástica y palmeó suavemente el hombro a Logan, que… ¿Husmeó? Sí, husmeó en su dirección. Como un animal… Un lobo, específicamente. Un lobo buscando a su pareja, tal vez. Atrapó la mano de Grace entre su hombro y su mejilla sin afeitar y Charles pudo jurar que estaba ronroneando. La propia Grace suspiró ligeramente y mantuvo el contacto durante unos segundos, antes de apartarse.

-Nos vemos.

Caminó fuera de la cocina y escucharon la puerta abriéndose y cerrándose. Y tal como apareció, Grace Morley se había ido.

Charles suspiró, sentándose de nuevo y apartándose el pelo de los ojos. Miró a su alrededor; Hank parecía más tranquilo después de que la mujer salvaje (y sus garras) se había largado, Logan miraba a su alrededor confundido, compungido y con cierta melancolía en la mirada, Peter acababa de abrir los ojos y devoraba una cucharada de cereal detrás de otra y Meg seguía jugando con su pelo.

-Mi tía volverá en un par de horas y no tengo ganas de explicar por qué Joe está en mi acuario, así que… ¿Cuándo nos vamos?


26 de Enero de 1973

Parque Nacional de George Washington y Jefferson.

-Que sí, mamá, que tendré cuidado…

-Y no se te ocurra traerte un oso a casa.

-Mamá, hay una pequeña diferencia entre traer a casa un mapache y traer un oso.

-Empezaste con un hámster, luego un mapache y después un mono. ¿Esperas que no desconfíe?

-¡No tengo la culpa de que Pietro quisiera ir al zoo!

Wanda soltó una risita al ver la cara que se le quedó a Katie al oír la conversación. Aunque claro, tenía que reconocer que escuchando sólo una parte… Y sí, después de todo se había traído un mono a casa, normal que su madre desconfiase.

La echaba de menos. No creía que pasar dos semanas fuera de casa pudiera ser tan duro. Se creía más fuerte, más independiente, y sin embargo allí estaba, hablando con su madre como si no la viera desde hacía años. Sí, también echaba de menos a Pietro, aunque fuera un dolor en el culo la mayoría de las veces, y la pequeña Darcy, y Linda… También añoraba sus charlas. Le encantaba el parque nacional, pero no veía el momento de volver a casa.

Al que no echaba de menos en absoluto era a aquel sucedáneo de novio que se había echado su madre; Matt Stone. No se fiaba de él y no entendía por qué su madre, que tan bien analizaba a otras personas, se dejaba engañar por aquel profesor de Literatura de tres al cuarto. Ni siquiera estaba enamorada de él; a Wanda no le hacía falta ser mutante para darse cuenta de eso. En cambio, tanto ella como Pietro habían deducido que debía parecerse en algo a aquella persona que la dejó hacía once años. No había otro modo en el que tuviera sentido.

Recordaba perfectamente cuándo la conocieron. Habían estado jugando en el parque cuando se les acercó; joven, hermosa y pálida como un fantasma. Consiguió vencer sus recelos y los de la encargada social; e invitó a todos los niños a algodón de azúcar. A los dos días apareció en el internado con un set de figuritas de acción, de los Comandos aulladores. Observó sin hablar mucho cómo ambos hermanos jugaban con las figuras del Capitán América y Bucky Barnes a que se enfrentaban a HYDRA, y cuando Pietro le preguntó por qué era buena con ellos, les contestó que le recordaban a alguien. Dijo aquello mirando a Wanda directamente a los ojos. Aún a día de hoy no sabía si aquello significó algo o no.

Dos meses después, los tres se trasladaban definitivamente a una bonita casa en la periferia. Katrina adoptó el apellido Maximoff, el de los gemelos, y todo fue como en los cuentos de hadas. Poco después apareció Linda, y meses más tarde nació Darcy. En algún momento posterior conocieron a Sean Cassidy, un joven muy pelirrojo y muy irlandés que apareció tirado en el sofá, ensangrentado y con un ojo morado.

Y desde hacía dos años, Matt Stone. Wanda no le soportaba y a pesar de que Pietro le toleraba más, tampoco le quitaban el ojo de encima. No dejarían que hiciera daño a su madre; bastante había sufrido ya, aunque no se lo dijera. Pero Wanda sabía cuándo mentía, había aprendido a leer sus ojos y sabía que su corazón llevaba años roto. Y ninguno de los dos hermanos iba a permitir que Matt lo rompiera más. No necesitaban hablarlo, ni ponerse de acuerdo. Una simple mirada de lado a lado de la mesa durante la cena era más que suficiente.

-Lo siento cariño, tengo que dejarte. Las clases empiezan en dos minutos.

-No pasa nada, mamá. ¿Todo bien, entonces? ¿Pietro?

-Está… Muy bien.

Verdad

-Acaba de salir para el instituto, llegaba tarde.

Mentira

A Wanda se le pusieron los pelos de punta. ¿Por qué le mentía su madre?

-¿Y con Matt?

-Va todo bien, cariño.

Mentira

Ella les dijo que nunca les mentiría. Les prometió que no lo haría, ¡se lo prometió!

-Y tú, ¿estás bien?

-Claro que sí, ¿por qué no iba a estarlo?

Mentira. ¡Mentira, mentira, mentira!

-¿Puede llamarme Pietro más tarde?

-No… En realidad tiene que ir a casa de un amigo para estudiar.

¡MENTIRA!

Wanda trató de volver a respirar, pero algo le oprimía el pecho. Notó calambres en los dedos y observó sorprendida cómo se retorcían en contra de su voluntad, adoptando formas extrañas.

-Mamá, tengo que dejarte –dijo a toda prisa- No sé si podré llamarte esta noche.

-¿Te encuentras mal?

-No… Bueno… No, tranquila, estoy perfectamente. Nos vemos.

Colgó apresuradamente y se dio la vuelta, chocando con Katie.

-Por fin –dijo su compañera de habitación- Llevabas siglos… ¡Joder!

-¿Qué? ¿Qué pasa? –Wanda estaba empezando a entrar en pánico. Katie la miró de reojo y se apartó.

-Wanda, tus ojos son… Rojos.

No, no, mierda, no… No podía pasarle esto justo ahora… Después de hacerse a la idea de que nunca sería como su madre, de que nunca sería como su hermano…

Katie la miró con pánico en los ojos y Wanda supo que hacer. Siguiendo un instinto que nunca había sabido que estaba allí, alzó la mano hasta la frente de Katie. Se estremeció al ver la aureola de color rojo sangre, sorprendentemente parecida a la que emitía a veces su madre… Los ojos de Katie se volvieron rojos y su rostro quedó en blanco.

-Tú no has visto nada –ordenó. Su acento, hasta aquel día casi imperceptible, como el de su hermano, volvió con toda su fuerza- Estaba hablando con mi madre, colgué y me fui. No has visto nada.

-No he visto nada –susurró Katia. Wanda asintió con la cabeza para sí misma y salió corriendo.

Consiguió llegar a los baños antes de entrar en pánico definitivamente. Sus manos lanzaban salvajes destellos rojos mientras manoseaba el cierre de la puerta. Cuando consiguió atrancarla, se paró delante del espejo y se echó agua en la cara antes de mirarse. Se vio a sí misma, pálida, con las mejillas manchadas del maquillaje de ojos y con la mirada perdida, desenfocada, cambiando constantemente del azul metálico al rojo. Tocó su propio reflejo con un dedo y lo retiró al instante, como si se hubiera quemado. En una rápida sucesión de imágenes había visto un desierto de arena, una fábrica, un almacén, un camión, la entrada del parque nacional… Probó a tocar uno de sus anillos; vio la fábrica, la joyería, la mujer elegante que lo había llevado durante los años cuarenta, la casa de empeños y la tienda de joyas de segunda mano donde lo había adquirido. Gimió silenciosamente, cerrando los ojos.

Se estaba volviendo loca.

Alzó la mirada cuando escuchó un estrépito detrás de ella, y maldijo profusamente en todos los idiomas que conocía cuando vio la cisterna de un váter flotando en el aire envuelta en un resplandor rojizo. Pero fue peor cuando hizo un gesto brusco con la mano y dicha cisterna estalló en mil pedazos de porcelana.


Pentágono, Washington DC

Peter no abrió los ojos al notar que el coche se detenía. Simplemente se concentró en la sensación del cuerpo pequeño de Meg, acurrucado contra el suyo en el hueco escaso que quedaba entre él y la puerta.

Vale, la noche de la fiesta había sido fantástica, pero ahora la cosa era un poco… Rara. Peter no sabía muy bien qué pensar. Después de besarse, habían vuelto a la casa y se habían liado en el sofá hasta caerse de sueño, y… Bueno, tampoco es que fuera a pedirle matrimonio a la chica, pero tenía que significar algo, ¿verdad? Uno no iba por ahí besando a tipos aleatorios.

-… explicar por qué la hemos traído?

Peter agudizó el oído al darse cuenta de que hablaban de ella. Escuchó el suspiro de Logan y el motor se detuvo, aunque no se abrió ninguna puerta, y no se atrevió a abrir un ojo por si veían que en realidad estaba despierto.

-El 31 de Enero de 1973, aquí, en Washington, hubo un altercado. Un niño mutante se perdió en medio de la calle y empezó a causar estragos. No era nada grave, simplemente transformaba cosas en plantas, pero la gente se asustó. Meg estaba allí e intervino, tuvo que usar sus poderes cuando la multitud se volvió agresiva. La cosa se descontroló completamente y se convirtió en una persecución en toda regla.

Peter estaba completamente en tensión, escuchando cada palabra que salía de su boca. Estaban hablando de cosas que para Logan ya habían sucedido, cosas que eran historia en su mundo. Y Meg estaba en medio.

-Apareció un grupo pro-humano radical. Apartaron a la gente. Meg intentó escapar, pero la atraparon. La sujetaron, la pusieron de rodillas en el suelo… Y le metieron una bala en la cabeza.

No.

-La ejecutaron allí mismo.

No, joder, no podía ser…

-Peter lo vio todo.

¡No!

-Dijeron que ella les había atacado, que había sido su deber. La madre de Meg y Howard Stark desmantelaron todo el grupo; los asesinos de Meg murieron en prisión y SHIELD empezó a echar un ojo a la población mutante, pero ya era muy tarde. Ya estaba muerta y eso no podía cambiar. Para la opinión pública se convirtió en una especie de terrorista. Para los nuestros, fue la primera mártir.

No podía ser, no podía ser…

-En el futuro, antes de que Peter muriera -¿Qué?- me enseñó una fotografía suya. De horas antes de su muerte. Estaban los dos en el sótano de Peter, jugando a los videojuegos. Parecían felices, sin darse cuenta de que Wanda sacaba la fotografía. Aquello le destrozó; no paraba de repetirse que si tan sólo la hubiera convencido para quedarse unas horas más… Todo esto me lo contó días antes de que él y un grupo de superhéroes fueran a una misión en Sokovia. Peter… No volvió.

¿Qué?

-Por eso quiero que esté aquí. Si está con nosotros, Meg no morirá. Si Meg no muere, Peter tampoco. Y si Peter no muere, Erik y Wanda no perderán el juicio y Kat no pasará los últimos años de su vida deseando morir. Y todo será un poco mejor, ¿no creéis?

Se hizo un silencio brutal en el coche. La cabeza de Peter daba vueltas como en un tiovivo. Meg moría, él moría, Wanda se volvía loca, su madre quería morir… Y el tal Erik en medio de todo. Y Sokovia en medio de todo. ¿Por qué demonios volvería al lugar en el que nació?

-No te veo muy afectado –dijo Charles ácidamente. Peter escuchó un gruñido y algo clavándose en lo que parecía el asiento de Charles.

-No hables de lo que no sabes, Xavier –gruñó Logan- Todos queríamos al chico. Tú también. ¡Maldita sea, le considerabas tu sobrino! Que tú te hayas convertido en una piedra no significa que los demás no tengamos corazón. Y ahora bájate del puto coche. Tenemos que sacar a Magneto de ahí antes de que alguien cambie de idea.

Bueno, pensó Peter zarandeando suavemente a Meg para que despertase. Si tenía que morir… Prefería que fuera defendiendo a Meg y no en un país perdido en el Este de Europa, la verdad.