Disclaimer: Los personajes no son míos, pertenecen a Rumiko Takahashi. Además, la imagen de dicha historia tampoco es mía, es de Sakuban.

NA: Los personajes no serán míos, pero Muteki sí los es. ¡Y es tan achuchable! *^*

Esta es otra de las secuelas de Dangerous Night, así por que sí. ¡Disfrutadlo!


7. Mommy and daddy

La brisa mecía las flores y las hojas de los árboles con suavidad. Sólo se escuchaba el canto de algún gorrión y las risas de un niño. Era un día tranquilo.

Kagome recolectaba las hierbas que necesitaba mientras que vigilaba a Muteki.

Muteki era el hijo de Kagome e Inuyasha. Un semidemonio con cabello plateado y ojos dorados. Una imagen casi idéntica al malhumorado hanyô. Tenía las mismas manías que él, ese toque de salvajismo que lo caracterizaba, pero el carácter era el de ella. Aunque, eso sí, era muy protector y celoso con su madre. Como él mismo decía: mami es sólo mía y de papi.

De tal palo, tal astilla.

Habían pasado varios años desde aquella fatídica batalla en la que habían acabado siendo compañeros y otros pocos desde la última batalla con Naraku. Ahora la paz reinaba y los dos adultos habían podido pasar un tiempo como pareja. Y cuando menos lo esperaron, Kagome estaba embarazada.

Y ahí estaba, un travieso hanyô que jugaba con la espada de madera que le había hecho su padre.

—¡Yo te potegeé de los monstuos, mami!— Exclamaba una y otra vez.

Sin previo aviso, Muteki paró en seco y miró hacia los árboles, mientras movía las orejas caninas y la nariz. Alguien se dirigía en su dirección.

Una sombra roja cayó sobre el descampado y se acercó a paso lento.

— ¡Papi, papi!— Gritó mientras corría hacia Inuyasha.

Kagome sonrió ante la escena que tenía. Aquel que una vez fue un frío y malhumorado hanyô, ahora era alguien que sonreía y jugaba con su hijo.

Esa imagen podía derretir corazones.

Inuyasha cogió en brazos a Muteki y se encaminó hacia su dirección. El pequeño le enseñaba lo fuerte y lo bueno que era con su espada de madera.

Kagome se alzó del suelo y depositó un beso sobre los labios del hanyô.

—Bienvenido a casa.


Inuyasha se encontraba sentado en el suelo de madera de la cabaña, con Muteki sobre su regazo. Ambos miraban como Kagome recogía las cosas que necesitaba para ir atender a los aldeanos enfermos.

La muchacha vestida con las ropas de sacerdotisa se acercó al par de hanyôs que la observaban atentamente. Besó con cariño la frente de su hijo y los labios de su compañero.

—Volveré en un par de horas—. Les dijo.

Eran como dos gotas de agua. Como la versión de niño y adulto de la misma persona. Y aún se parecían más por las ropas, ya que Inuyasha había insistido hasta la saciedad que ningún cachorro suyo iría desprotegido por el mundo. Así que ahí estaba Muteki con las ropas de rata de fuego del mismo color que su padre. Para acabar de rematarlo, parecía que estaban en sincronización, ambos con las orejas caninas inquietas de un lado para otro y con cara de perro abandonado al ver que ella los dejaba solos. ¡Pero sólo iban a ser un par de horas! ¡No tenía intención alguna de abandonarlos!

Y con esos pensamientos en mente, Kagome les dirigió un último vistazo y salió por la puerta.

Mientras, ambos hanyôs miraban la puerta con la esperanza de que volviese. Al pasar varios segundos y no ver señas de que hubiese cambiado de opinión, suspiraron.

—Papi—. Llamó la atención—. ¿Por qué se va mami?

Inuyasha acarició con una de sus garras la cabeza del niño. Él también tenía esa pregunta en mente cada vez que su hembra salía por la puerta.

—Tiene que ayudar a los débiles humanos—. Intentó explicarle a Muteki.

Este lo meditó durante unos segundos, se miró las manos para encontrarse que en lugar de uñas como las de su madre, tenía garras como su padre.

—¿Nosotros somos demonios y no neshesitar ayuda?— Preguntó.

El otro peliplateado lo pensó durante unos segundos, intentado buscar la mejor respuesta para el pequeño.

—No, Muteki. Nosotros somos fuertes—. Le explicó. Debía hacerle entender que los humanos eran más frágiles que los semidemonios. Tenía que entender que era muy importante que protegiese a su madre porque era humana. Pero al mismo tiempo, no quería que tuviese que madurar tan rápido como lo hizo él.

Muteki asintió. Durante unos instantes se quedó pensando.

La cabaña quedó en silencio durante unos momentos.

—Pero— comenzó el pequeño hanyô— a mí me gushta que mami me ayude y abrace.

Inuyasha soltó una carcajada ante el comentario.

—¡Y a mí también cachorro! A mí también.

Muteki alzó la mirada con los ojos grandes y brillantes hacia su padre, esperanzado de que su gran idea fuese posible.

—¿Entonces nos haremos los malitos para que mami nos dé abrazos y beshos?— Sonrió mostrando los colmillos que recientemente habían empezado a salir.

Inuyasha sonrió de manera muy similar a su hijo y asintió.

Su cachorro tenía mucho potencial.