ADAPTACIÓN. Ni los personajes ni la historia me pertenecen, está adaptado por Martasnix.
Capítulo 7
Claire se debatió entre elegir una mesa frente a la ventana o una más atrás en una esquina más oscura. Una ligera nevada estaba cayendo afuera y los copos dispersos que caían a la deriva a través de la luz de la lámpara era una bonita vista, algo cálido y sensual. Por otra parte, tendrían una mayor privacidad lejos de los clientes que se movían a través del restaurante y los transeúntes en la acera que miraban por las ventanas. Y allí estaba ella, titubeando sobre la atmósfera cuando acababa de conocer a la mujer y ni siquiera sabía si se trataba de una cita. Casi resopló ante su patético intento de engañarse a sí misma. Por supuesto que era una cita. Ella lo sabía, incluso si Alice no lo sabía. Todavía.
—Creo que la que está en la parte de atrás— dijo ella decididamente.
—Muy bien— el gerente tomó dos menús de una pila al final de la barra de sushi y la condujo por el estrecho pasillo hacia la mesa.
—¿Puedo ofrecerle algo mientras espera? — preguntó él.
Ella conocía el menú y la carta de vinos de memoria. El restaurante estaba cerca de la Casa Blanca y era un lugar favorito para la prensa cuando compraban comida para llevar o cuando se decidían por una comida rápida. Ordenó su copa habitual de vino blanco.
—En un minuto…— dijo él y desapareció con eficiencia practicada.
Una camarera regresó en menos de un minuto después con su vino. Claire sorbió, sorprendentemente contenta con simplemente relajarse y esperar. Ni siquiera se molestó en sacar su teléfono del bolsillo para comprobar su correo. Prefirió disfrutar del remolino de expectativas que se formaba a lo largo de su columna vertebral, algo que rara vez experimentaba. No estaba en contra de las citas, simplemente no tenía el tiempo o la inclinación de hacer tiempo para las pocas personas que habían captado su interés en el último año más o menos. Había estado saliendo con la dueña de una galería de manera constante antes de conseguir el puesto de prensa en la Casa Blanca. En aquel entonces se había estado presionando para ganar una vacante en una columna regular y había tomado cualquier asignación de historias que aparecían en su camino. Tomando en cuenta que no eran muchas, su horario era bastante regular. Una vez que le agarró el ritmo a la Casa Blanca, sus horas de trabajo se duplicaron durante la noche y su horario se volvió un caos total. Cancelaba citas para cenar, tenía que saltar de la cama a media noche, algunas veces en medio de momentos íntimos, y finalmente perdió demasiadas aperturas de arte o presentaciones de teatro en las noches. Su amante le dio un ultimátum que había sido tan inesperado como insondable. Elegir entre su trabajo y su relación. Había estado tan conmocionada que solo pudo decir que lo sentía, pero que de ninguna manera renunciaría a su puesto de trabajo. No añadió: no por una relación que no era más que agradable. Agradable no era algo para lo que tenía tiempo. Agradable era el compañerismo poco exigente, una buena conversación, una comida compartida, una noche de satisfacción mutua en la cama. Agradable estaba bien pero no era crítico y en última instancia era prescindible. Bebió un sorbo de su vino, saboreando el sabor amaderado y la calidez que agitaba su centro. Una calidez que en parte era por el vino. Estaba entusiasmada por la posibilidad que representaba una comida con una mujer interesante, anticipando el descubrimiento, la sorpresa, la emoción. Cosas que no había experimentado en mucho tiempo. Cosas que no había notado, hasta justo este momento, extrañaba.
—¿Está ocupado este asiento?
Claire parpadeó y el calor se precipitó en su rostro. Alice estaba parada a unos pies de distancia, con su mano en la parte posterior de la silla vacía frente a Claire, con un brillo radiante en sus ojos.
—Oh, Dios mío— dijo Claire, con la esperanza de no haberla ignorado —Estaba soñando despierta y no te vi venir.
Alice tuvo piedad de ella, sacó la silla y se sentó —¿Un buen sueño?
Claire sospechaba que su rostro estaba en llamas en ese momento, pero algo en Alice le envalentonaba, le hacía correr riesgos. Giró la copa de vino en su mano y su mirada se encontró con la mirada interrogante de Alice —Uno muy bueno. En realidad estaba pensando en ti.
Los labios de Alice se separaron, una media sonrisa bailó en su rostro —¿En serio?
Claire asintió.
—Creo que podrías ser la primera en hacer eso.
Claire contuvo el aliento. Alice había cambiado su uniforme de trabajo por una camisa blanca, pantalones oscuros y una cazadora de cuero. Las gotas de nieve derretidas brillaban en su cabello alborotado por el viento. Todo en ella, desde su cálida belleza hasta su esbelto y solido cuerpo, era sexy ¿Era posible que Alice no supiera lo increíblemente guapa que era? ¿Cuán increíble era su completa falta de artificio, especialmente en el mundo de fachadas que habitaban? —No puedo creer eso. Apuesto a que tienes chicas soñando contigo desde la secundaria.
Alice meneó lentamente la cabeza —No lo creo. No era muy conversadora.
—A las chicas les encanta el tipo silencioso y fuerte.
—¿Sólo a las chicas?
—También a las mujeres— dijo Claire, acercándose al límite.
—Creo que tengo dominada la parte silenciosa— Alice se echó a reír.
—Creo que tal vez tienes todo dominado.
—¿Estamos coqueteando?
El corazón de Claire se aceleró —Eso creo ¿Cómo se siente?
Alice presionó sus palmas sobre el mantel de lino blanco y suavemente rozó las arrugas en él, alisando a través de la superficie de la mesa. Claire imaginó esas manos acariciando su cuerpo y no estaba segura de poder sentarse a través de una comida sin perder totalmente el control que le quedaba. Ya había arriesgado más en un día que lo que había arriesgado en un año con Kate.
Alice levantó la mirada, su expresión completamente vulnerable —Se siente muy bien. Sin embargo, no creo que sea muy buena en eso.
—No tienes que tratar. No tienes que hacer nada en absoluto— Claire no pudo evitarlo. Tomó la mano de Alice. Era cálida y seca. Los callos formaban una pequeña cresta sobre su palma. Los dedos de Alice se cerraron alrededor de los suyos y un escalofrío corrió por su brazo —Tengo muchas ganas de conocerte. Sólo se tú y será perfecto.
—Yo...— Alice negó con la cabeza, mirando los dedos de Claire entrelazados con los suyos. Nunca se había sentado en un restaurante sosteniendo la mano de una mujer.
Había tenido una cita o dos cuando estuvo en la universidad, pero nunca se había sentido cómoda. Sabía que había cosas que se suponía debía hacer o decir, pero nunca había estado realmente segura de que era. Odiaba la sensación de haber decepcionado y no saber por qué. Entonces, el trabajo se convirtió en todo para ella, así que no le había importado. Ahora importaba. Trazó su pulgar sobre la parte superior de la mano de Claire, acariciando cada nudillo, maravillada por los delicados huesos debajo de la suave piel —Creo que es posible que decidas antes de terminar la cena que no hay mucho que descubrir sobre mí.
—Creo que estás equivocada…— dijo Claire en voz baja —… pero no nos preocupemos por eso. Vamos a relajarnos juntas antes que toda la locura empiece y disfrutemos de la cena. Puedes contarme cómo escogiste a Atlas entre todos los otros cachorros que pudiste haber tenido.
Alice se echó a reír y la preocupación se desvaneció —Sabes que es fácil para mí hablar sobre él ¿verdad?
—Lo noté, pero realmente también quiero saber la respuesta.
—Haré un trato contigo.
Las cejas de Claire se elevaron —¿Oh sí? Estamos negociando ahora ¿no es así?
Alice asintió, disfrutando un poco del juego. Sorprendida de lo fácil que Claire hacía todo —Lo estamos.
—De acuerdo ¿Cuáles son las condiciones?
—Responderé tus preguntas, pero luego tienes que contarme algo sobre ti.
Claire permaneció en silencio y Alice comenzó a preocuparse de que hubiese cometido un error. Tal vez había pedido demasiado, demasiado pronto.
—Muy bien— dijo Claire en voz baja —Es un trato.
—Muy bien— Alice dejó escapar un largo suspiro de alivio —Sólo había cuatro cachorros en la camada de Atlas. Tres machos y una hembra. La hembra era luchadora y aventurera, pero en general, los machos son mejores para este trabajo. Son un poco más grandes y más pesados y a veces, aunque no siempre, son más agresivos. Así que sólo miré a los machos.
—¿Y Atlas fue el más extrovertido y curioso?
Alice meneó la cabeza —No. Atlas fue el que se quedó atrás un poco y me estudió. Todos los otros cachorros se acercaron, oliendo y tocando, pero él no. Él me evaluó.
Claire imaginó a Atlas como un pequeño cachorro, estudiando a Alice con esa inclinación de su cabeza, como había hecho con ella anteriormente —Él es cuidadoso.
—Sí— dijo Alice al instante —Una de las cosas más importantes en un perro bomba es la concentración. No pueden ser distraídos por otros perros o multitudes u olores o ruidos en la calle.
—¿Cómo supiste que sería bueno en el trabajo?
—Lo visité todos los días. Lo saqué y lo llevé a diferentes entornos. Un día fuimos al centro comercial, otro a la estación del tren. Los ruidos repentinos no le molestaban, la gente corriendo por los alrededores no le molestaba, otros perros olfateando alrededor no le molestaba. Miraba a su alrededor, estaba interesado. Pero no se excitaba ¿sabes?, él es constante.
Claire sonrió —Constante. Creo que me gusta cómo suena eso— Alice señaló con el dedo
—¿Estás jugando conmigo?
—Podría querer hacerlo en algún momento…— bromeó Claire —… pero no ahora. Lo digo en serio. Me encanta la parte constante.
—¿Por qué? — preguntó Alice.
Claire bebió un sorbo de vino ¿Por qué? Era una pregunta simple, una que raramente preguntaban. Las personas rara vez escuchaban o realmente querían saber lo que había debajo de la superficie. Lo que importaba —Creo que es porque cuando era más joven, mi vida era todo menos estable. Toda nuestra casa era... agitada. Éramos cinco niños, todos muy cercanos en edad y la vida a menudo era impredecible.
—¿Impredecible?
La camarera llegó antes que Claire pudiese contestar y ordenaron. Estaba contenta por la oportunidad de poder ordenar sus pensamientos y controlar sus emociones fuera de control. No esperaba que Alice fuese tan perspicaz. Su falta de artificio no enmascaraba ingenuidad, sino una intuición y sensibilidad clarividente. Era terriblemente perspicaz y Claire debería sentirse expuesta y vulnerable. Pero no fue así. Más bien, se sentía vista y eso le agradaba. Una vez más, dio un paso hacia el límite.
—Mi padre era camionero de larga distancia y estaba lejos de casa por semanas, muchas veces meses, a la vez. Él aparecía en medio de la noche y nos despertaba a todos, a pesar de que nuestra madre le decía que esperara hasta la mañana. A todos los niños nos encantaba verlo, como si fuese una mañana de Navidad. Él tenía una personalidad más grande que la vida y todo era una fiesta, nos traía regalos que en ese momento no notaba que no podía permitirse. Eso siempre creaba conflictos con mi madre, quien luchaba para mantener el hogar en su ausencia. A veces, él se iba en un viaje de larga distancia atravesando Canadá hasta Alaska y no regresaba a casa durante meses. Mi madre tenía dos trabajos y a veces nos mudábamos mientras él no estaba. Siempre me preocupaba que él no pudiese encontrarnos…— ella suspiró —… siempre lo hacía, hasta el día que nunca regresó.
—¿Qué pasó? — preguntó Alice en voz baja.
—No lo sé— dijo Claire —Yo tenía 14 años y simplemente no regresó a casa. Mi madre buscó y más tarde, mi hermano y hermana mayor lo hicieron. Simplemente desapareció. Creo que decidió desahogarse de una vida que ya no era divertida.
—Lo siento— dijo Alice.
—Eso fue hace 15 años— dijo Claire —Mi madre se mudó, encontró un sujeto estable. Al final tuve que renunciar a estar enojada. También superé más o menos el sentirme herida.
—Mis padres son agricultores— dijo Alice —Mi padre heredó la tierra de su padre, que la heredó del suyo. Mi madre es hija de la bibliotecaria de la ciudad y nunca pasó más allá de la secundaria. Una población de tres mil. Había 16 niños en mi clase cuando me gradué. Pude haber sido agricultora, pero quise ser agente del Servicio Secreto.
—¿Cómo decidiste eso? — preguntó Claire.
—Vi un especial de televisión sobre la división K9. Tan pronto como vi a los perros, supe que era lo que quería hacer.
—¿Cuantos años tenías?
—10.
—¿Y nunca consideraste algo más?
—Nunca.
—¿Sin remordimientos?
—¿Cómo tenerlos? Tengo el mejor perro del mundo y el mejor trabajo.
Claire se rio —Sabían lo que estaban haciendo cuando te eligieron para la entrevista.
—Puede Ser. Pero creo fui la afortunada.
Claire tomó un rápido aliento —¿Ahora quien está coqueteando? — Alice sonrió complacida
—Supongo que yo.
—Supongo que es mi turno de decir algo más— dijo Claire.
—No— Alice se echó hacia atrás cuando la camarera colocó el barco de sushi sobre la mesa —Eso fue gratis.
—¿Otro día, entonces?
—Si— Alice deslizó sus dedos por el brazo de Claire —Saldremos a medianoche para que los perros puedan despejar el lugar de aterrizaje. No sé cuándo….
—Estaré cubriendo el discurso del desayuno ¿Después? .
—Sí— dijo Alice al instante —Te buscaré.
—También te buscaré.
Nia se tumbó en la cama individual en el Motel 6, su quinto cuarto barato en muchos días y puso las noticias locales. La historia sobre el campamento había terminado y sólo 20 segundos de algo que no agregaba nada a lo que ya sabía. Por supuesto, ninguna de las noticias era exacta, pero al menos sabía que ya la intensa presencia policial estaba disminuyendo. Su padre le había enseñado cómo ocultarse a plena vista y nadie le dio una segunda mirada cuando entró en la cafetería en el camino o se detuvo en una gasolinera cercana para llenar su Jeep y las latas de gas adicionales que guardaba en la parte posterior. Su padre lo había planeado bien en caso que necesitaran desaparecer y después que ella bajó por la montaña llevando sus armas y el dinero, había recogido el vehículo y las identificaciones que él había dejado atrás. Tenía las identificaciones de él con ella, aunque ya no las necesitara. Tenía las de Robbie y también las de Echo y cuando llegara el momento desaparecerían nuevamente, se ocuparía de ello. No pasaría mucho tiempo. Cuando terminó la noticia, llamó a Robbie.
—¿Está todo bien? — dijo él al instante.
—Sí ¿Y tú?
—Ningún cambio. Estamos listos para salir de aquí a las 4 de la mañana, llegaremos a Chicago alrededor de las 6:30. Él tiene una conferencia-desayuno y luego una gran ceremonia para poner en marcha el tren.
—¿Tienes la ruta?
—Sí. Voy a escanearla y la enviaré a tu teléfono.
—Saldré en la mañana— dijo Nia —Sólo tengo un asunto que terminar aquí.
—No tomes ningún riesgo. No quiero perderte a ti también.
—No vas a perder a nadie, te lo prometo.
—Lo sé, lo sé.
Su ansiedad era palpable, él no era un guerrero, no como ella y Echo, él siempre había preferido permanecer adentro con un libro que arrastrarse a través de la carrera de obstáculos que su padre había creado en el bosque detrás de la casa, llevando una 22 y disparando a los blancos con forma humana. Él podía manejar un arma adecuadamente, pero él había sido la opción obvia para infiltrarse en la red de comunicaciones. Su talento natural para el periodismo había sido una ventaja. Ella confiaba en él, pero nunca había estado en medio de la acción anteriormente.
—Te enviaré textos dos veces al día, con intervalos de doce horas.
—No te preocupes— dijo Nia —Lo harás bien.
—Siempre has sido más como él, lo sabes— Robbie sonaba melancólico y avergonzado.
Nia parpadeó ante la inesperada y borrosa humedad de su visión por un instante.
—Entonces confía en mí. Todos estaremos bien.
—No te preocupes por mí.
—No lo haré. Quiero ser informada sobre cualquier cambio en el itinerario.
—Nos vemos pronto— dijo Robbie.
Nia desconectó y dos minutos después el teléfono sonó. Un mensaje instantáneo apareció con un mapa que mostraba una línea azul que conectaba Chicago a Flagstaff. Los puntos rojos a lo largo del camino indicaban los pueblos donde el presidente se detendría. Ella calculaba tres días conduciendo 18 horas al día y los interceptaría justo en el lugar correcto. Todo lo que ahora necesitaba era el arma adecuada.
