Capítulo Siete.
Las lágrimas se deslizaban por las mejillas pálidas, tenía la cabeza sobre el pecho de su amado y acariciaba sus fuertes brazos con adoración. Edward, tú no.
Los reflejos rojizos de su cabello centellaban al Sol, sus labios rellenos estaban empapados por el llanto y los ojos enrojecidos. Sintió los disparos arreciar, y llamó a Joanna, su criada.
—No permitas que algo le suceda —murmuró con voz rota—. A ninguno de los dos.
—Como diga, Señora —contestó y se dispuso a irse, mas sintió que unos finos dedos la jalaban del brazo.
—No lleves a ambos en el mismo auto, tú conduce uno y el otro que lo conduzca Jack —dijo. Joanna asintió y caminó hasta la puerta de la sala, donde encontró a James sentado, mirando a sus padres.
—Llévalos con Carlisle, por favor —gritó agónicamente—. No me queda mucho tiempo. Haz lo que creas necesario, por favor.
Joanna volvió a asentir y tomó al pequeño James por el brazo, quien se soltó y corrió hacia sus padres. Su mamá levantó la cabeza del pecho de su padre y extendió los brazos, se unieron en un abrazo fuerte.
—Cuida de Anthony, James —murmuró dulcemente—. Nunca lo dejes solo, ¿me lo prometes?
—Te lo prometo, mami —susurró, sorbiéndose la nariz.
—Ahora, ve con Joanna —le dijo. Él afirmó con su pequeña cabecita, sacudiendo los cabellos castaños claros, como los de su padre.
Joanna y él entraron a un auto, Jack y Anthony en otro. Y no se volvieron a ver más.
Elizabeth Mansen murió, a causa de un disparo, sobre el cuerpo de su esposo Edward, con la incertidumbre de si sus hijos estaban bien, si habían llegado con Carlisle a salvo. Anthony sí había llegado con su tío, y Jack fue contratado por los Cullen.
Joanna, por el contrario, sacrificó su vida por James. Los habían encontrado, los seguían por todo Chicago y les disparaban cientos de cartuchos de balas, y Elizabeth le dijo que hiciera lo necesario para que ambos vivieran… Dejó a James en un orfanato sin que los criminales se dieran cuenta y se enfrentó a ellos después, terminando muerta por una bala en el pecho.
James creció en ese orfanato, recordando todos los días las últimas palabras que su madre le dijo. Se convirtió así en un hombre cuyo único objetivo era buscar (y encontrar) a su hermano tres años menor, Anthony, contando con la única información de que Carlisle Cullen lo había criado.
Salió del orfanato a los veintiuno e inició su búsqueda inmediatamente, comenzando por la casa de los Cullen en Chicago. La encontró totalmente vacía, llevándose una gran desilusión y encontrándose con una gran pared en su camino.
Fue entonces que eligió el camino equivocado para encontrar a Anthony, y ese camino se llamaba Cassidy Stewart, una poderosa mujer de negocios, atractiva y muy convencedora. Comenzó a trabajar para ella, y con ese trabajo empezó su vida criminal. No es que Cassidy fuera mala, pero ella estaba dispuesta a todo para encontrar a sus hermanas y James no la criticó, porque si él tuviera todo el dinero que Cassidy tenía también actuaría igual.
Cassidy encontró tres posibles rastros de sus hermanas y, sorpresa, eran de familias adineradas. Bree Johnson era, definitiva y confirmadamente, la menor de las tres hermanas. Y para su otra hermana, tenía tres opciones: Victoria McAdams, Tanya o Kate Ivanova, las tres hermosas, refinadas y pudientes, dos criadas en cuna de oro, una era celebridad, y con un buen futuro augurado.
Cassidy decía constantemente que sospechaba de Tanya Ivanova más que todo.
—Hola, Cas —le dijo una noche, llegando a la habitación y quitándose el saco.
—James —dijo secamente—, tengo trabajo para ti.
Esto captó inmediatamente la atención de él.
—¿Qué tienes para mí? —murmuró, rogando no tener que derramar sangre.
—Necesito que te encargues de traerme a las cuatro para Seattle, James, a las cuatro —ordenó—, y que lleguen al mismo tiempo.
—Eso es muy difícil, Cas, reunir a cuatro millonarias en un solo lugar, al mismo tiempo, sin que sospechen de ti…
—No me importa, James. Las quiero aquí, sobre todo a Bree —finalizó.
—¿Para cuándo? —preguntó resignado.
—Lo más pronto posible, fecha límite de tres meses a partir de este momento.
—¿Y si no lo logro? —cuestionó. Cassidy lo miró fieramente.
—Confío en que lo harás —afirmó—, o si no, muchos quieren tu cabeza, James, literalmente.
—Como tú digas, Cas.
—Exacto, Jamie, como yo diga —sonrió—, me alegra que lo tengas claro.
—Hey, ¿quieres ser mi novia, Bella, luego de todo este tiempo? —le preguntó, ya pasados los besos y abrazos.
—Por supuesto que… —comenzó a decir, pero una azafata pasó corriendo a su lado.
—¡Todos a sus asientos! ¡Un viento nos está golpeando y hay riesgo de turbulencia! —Gritó a medias—, no pasará a mayores, pero debemos tener precauciones.
—Vamos, Bella, tenemos que sentarnos —murmuró, tomándola del brazo.
—…sí.
Estaban caminando por los pasillos cuando una turbulencia hizo que Edward cayera al suelo y se golpeara contra uno de los asientos, por suerte, Jasper estaba cerca y ayudó a Bella a llevarlo a su asiento correspondiente.
Edward tardó en despertar, pero finalmente lo hizo unos diez minutos después de que el susto de las sacudidas pasara. Abrió los ojos y miró, desorientado, a su alrededor.
—¿Dónde estoy? —Exclamó confundido—, ¿Y por qué me duele la cabeza?
—Estás en el avión, amor —murmuró Bella besándole los nudillos, él retiró la mano abruptamente.
—¿Amor? —inquirió confuso.
—¿Qué te pasa, Edward? —preguntó Isabella.
—¿Edward? —dijo—, debes estar confundida, yo me llamo Anthony.
—No, Edward, tú… —comenzó a explicar, pero Jasper, sabiendo bien, debido a su condición de estudiante de psicología, lo que le ocurría, la detuvo.
—No, Bella —aseveró—. Él no recuerda nada.
—Necesito encontrar a mi hermano James, ¿lo han visto? —preguntó desesperado—, íbamos a encontrarnos con tío Carlisle y tía Esme, y él desapareció.
—No sabemos dónde está James, Anthony —dijo Jasper, siguiéndole el juego—, pero te llevaremos con tus «tíos» Carlisle y Esme.
—¿Los conoces? —dudó.
—Por supuesto que sí lo conozco, chico.
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