Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es Edward's Eternal, yo sólo traduzco.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of S. Meyer and the author is Edward's Eternal, I just translate.

Gracias a Isa por revisar y corregir este capítulo.


Capítulo 7

Mis ojos se abrieron y parpadeé, confundida. Una mano estaba debajo de mi cabeza, levantándola gentilmente. Una botella de agua fría fue presionada contra mis labios.

—Bebe esto, Bella —rogó en voz baja una voz cálida, cercana a mi oído.

Edward.

El agua fría tocó mis labios y la bebí ávidamente. Cuando quedé satisfecha, me aparté, jadeando suavemente con alivio. Me soltó la cabeza y la cara preocupada de Edward apareció en mi campo de visión. Su mano acunó mi mejilla mientras me veía.

—Jesús, Bella. Me metiste un buen susto.

Lo miré confundida. ¿Qué había hecho? Recuerdos de haber entrado en la habitación oscura salieron a la superficie y me senté con un pequeño gruñido de vergüenza, la mano de Edward se puso inmediatamente en mi espalda para estabilizarme.

Estaba en el vestidor.

Sentada en una de las tablas de entrenamiento acolchadas.

Y mi calabaza ya no estaba; estaba sólo en mi camisa y mallas anaranjadas.

Miré a Edward desconcertada.

—¿Qué…? —Mi voz se fue apagando ante la expresión de enojo en su rostro.

—¿En qué estabas pensando? —exigió saber.

—No entiendo.

Se agarró el cabello, tirándolo en un gesto de improperio que lo había visto hacer antes.

—¡Tu disfraz, Bella! ¿Estabas intentando ver qué tanto podías subir la temperatura de tu cuerpo antes de colapsar? ¡Gracias a Dios que estaba aquí! Si te hubieras desmayado y nadie te hubiera encontrado… —Me miró, sus ojos estaban salvajes.

—¿Me quitaste la ropa?

—¡Debía regresar tu temperatura corporal a la normalidad! ¡Maldición, mujer! Entre el plástico y todas las mierdas que te metiste ahí, ¡te estabas cocinando a ti misma!

—No pensé… —susurré, lágrimas llenaron mis ojos. No había pensado en que el disfraz estaría caliente; en retrospectiva, quizá la sábana con agujeros para los ojos hubiera sido mejor. No estaría sentada aquí, una vez más avergonzada frente a Edward—. No sabía que necesitaba un disfraz y fue todo lo que se me ocurrió de último minuto.

El enojo se fue de su rostro y se acercó a mí, estiró la mano y acunó de nuevo mi mejilla, su pulgar trazaba frenéticos círculos en mi piel.

—Perdón, Bella. No debí gritarte. Es que… me asustaste. Cuando te vi cayendo en la otra habitación yo… —bajó la voz—. Me metiste un buen susto. No sabía si llegaría a tiempo para evitar que golpearas el piso.

Sollocé suavemente, intentando mantener las lágrimas al borde.

—Tu habitación me asustó.

Se rió quedamente y me envolvió con sus brazos, acurrucándome en su firme pecho.

—Perdón por eso. No me di cuenta de que de verdad estabas asustada hasta que caíste. No debiste entrar si no te gustan las cosas de miedo.

—No sabía que era tu habitación embrujada hasta después de que entré. Sólo sentí el aire frío —admití en voz baja, disfrutando la sensación de estar presionada contra él—. Y luego la puerta se cerró y no pude salir.

—Creo que golpeaste la silla con la que la deteníamos abierta cuando entraste. No estabas muy firme en tus pies. También me asustó un poco cuando se cerró —se rió entre dientes. Seguía abrazándome.

Se apartó, frunciendo el ceño.

—De verdad pudiste lastimarte. ¿Por qué no sabías sobre el disfraz?

Me encogí de hombros, mirando a todos lados menos a él.

—Estaba ocupada haciendo los disfraces de Alice y los niños. Tuve que, um, perderme algunas de las prácticas y reuniones para terminarlos. No vi el memorándum.

—Noté que no estabas aquí. Te busqué. En cada ocasión —pausó—. ¿Los disfraces… son la única razón por la que no viniste?

Tragué y sentí que presionaba el agua contra mis labios.

—Bebe.

Terminé la botella y alcé una mano temblorosa hacia mi cabeza. Edward se apartó y regresó con un trapo frío que puso sobre mi frente. Lo miré en silencio mientras alzaba mis brazos y los limpiaba con la tela, antes de ponerla en la parte trasera de mi cuello. Se paró frente a mí, sosteniéndolo contra mi piel.

—¿Bella? —presionó, todavía esperando una respuesta a su anterior pregunta.

—¿Sí…? —respondí en silencio, excepto que salió más como una pregunta que como respuesta.

—¿Estás segura de que no me evadías?

Lo miré y fui incapaz de apartar la vista. Sus ojos eran tan intensos, y aún así demostraban tanta ternura al verme.

—No sé. Creí que quizá eras tú quien me evadía.

Suspiró.

—Bella, por favor déjame disculparme de nuevo. No me di cuenta de que pensaste que seguía casado. Cuando nos invitaste a mí y a Esme a cenar, y lo descubrí, pensé que lo verías con humor cuando llegáramos ahí. —Se veía avergonzado—. Supongo que no lo pensé bien.

—Estaba avergonzada.

—Lo sé, y lo siento más de lo que te puedo decir. —Su mano presionó la tela con más fuerza—. Yo sólo… —inhaló profundamente, soltándolo de manera lenta. Su voz sonó baja y nerviosa al hablar, como si tuviera que sacar las palabras antes de cambiar de parecer—. Tenía tantas ganas de cenar contigo, y la verdad, mi mamá quería conocer a la mujer de la que había estado hablando a diario. En sí, ella nunca supo que la invitación no fue dirigida directamente a ella. Bueno, hasta que Alice le dijo.

Lo miré parpadeando.

—¿Tú… hablabas de mí?

Asintió, se veía bastante avergonzado.

—Me temo que mucho. Puede que también le sonsacara información a Jake.

—Oh. —Me tomé un segundo para procesar el hecho de que él había estado hablando de mí y haciéndole preguntas a mi hijo, y luego fruncí el ceño—. ¿A qué te refieres con que hasta que Alice le dijo?

Hizo una mueca.

—La duende malvada me echó de cabeza y me metió en problemas. Mi mamá estaba furiosa conmigo. Dijo que me comporté muy mal y sigue enojada conmigo.

No pude evitar que se me escapara una risita ante su puchero.

—Quería llamarte, pero las dos me dijeron que te dejara en paz y que merecía que no volvieras a hablarme. —Me miró, de repente su expresión se intensificó—. No me gusto para nada eso, Bella.

—¿Que te prohibieran hacer algo?

Negó con la cabeza.

—El no verte. Tener que dejarte en paz. Pensar que quizá no volvieras a hablarme. —Su mano libre agarró la mía—. Por favor, perdóname, Bella. Mejoraré. Déjame tirar un penalti.

—¿Un qué?

Sonrió.

—Es como una repetición. La oportunidad de corregir un error, por así decirlo. Técnicamente deberías ser tú quien tenga el tiro, pero soy yo quien lo necesita. ¿Por favor?

Su rostro estaba tan cerca que podía ver los destellos de color oro en sus intensos ojos azules. Su respiración barrió sobre mí mientras esperaba mi respuesta.

—Bien —susurré, incapaz de resistir su honesta súplica—. Pero no más bromitas, ¿de acuerdo?

Su sonrisa era brillante.

—¿Puedo compensarte?

—¿Cómo?

—Con una cena, el siguiente viernes. Mi mamá cuidará a los niños.

Me mordí el labio.

—¿Como… una cita?

Se acercó un paso.

—Sí, Bella, como una cita. —Bajó más la voz—. Quiero conocerte. ¿Por favor?

—¿Tu mamá sabe que será niñera?

Sonrió.

—Yo le diré. Estará emocionada, y quizá así vuelva a hablarme. Apuesto a que querrá quedarse con ellos toda la noche, podremos recogerlos en la mañana y llevarlos a almorzar. ¡Les encantará eso!

Alcé las cejas y Edward se dio cuenta de lo que acababa de implicar. Sus mejillas se sonrojaron al intentar explicarse.

—Mierda, Bella. No pretendía decir eso. No asumí que nosotros… sólo me refería a que, quizá, si quisieras la mañana siguiente… podríamos… maldición —negó tristemente con la cabeza—. Supongo que metí la pata por completo, ¿no? Debes pensar que soy un completo imbécil.

Me reí ante lo avergonzado que estaba. Sin pensarlo, me alcé y besé su mejilla; su piel se sintió cálida bajo mis labios.

—Está bien, Edward. Ya había descubierto eso por mi propia cuenta. Puede que Alice mencionara que estabas oxidado en esto —bromeé gentilmente.

Se tocó la mejilla con la mano, en el lugar donde lo había besado.

—Oh, te dijo, ¿eh? Te diré que no estoy tan oxidado.

—¿No?

Se movió, acercándonos aún más, tanto que ahora su firme pecho rozaba contra el mío; se me aceleró el pulso al sentirlo presionado contra mí. Una vez más, su cálido aliento flotó sobre mi rostro. Quitó la mano de mi cuello, la frialdad de la tela desapareció cuando él se inclinó, ahora sus dos manos se agarraban a mis caderas mientras me veía.

—No. No lo estoy. De hecho, vamos a hacer esto un poco diferente, Bella.

—¿Oh? —chilló mi voz, de repente, cada sentido que poseía estaba despierto y anhelante.

—Normalmente, te invitaría a salir y ambos pasaríamos la tarde preguntándonos.

—¿Preguntándonos?

Su voz bajó aún más.

—Tú te estarías preguntando si intentaré besarte al final de la noche, y yo me estaría preguntando si me dejarás hacerlo.

—¿No vamos a hacer eso? —susurré; mis ojos estaban pegados a los suyos.

—No —declaró con firmeza—, no lo haremos.

Y entonces sus labios estuvieron sobre los míos.


Lo sé, lo sé, me odian por dejarlas aquí, pero recuerden que no fui yo, ¡fue la autora! Les tocará esperar hasta el martes ;)

Espero que les haya gustado, ¡Gracias por sus reviews, favoritos y alertas!