Caminaba desde la cocina hasta su habitación, se había preparado un sándwich para engañar una hora más su hambre y así continuar con sus estudios, ya que a la mañana siguiente debía presentar un exámen durante la primera clase. No se consideraba lo suficientemente inteligente para dar el exámen sin, aunque fuese, un breve repaso, no, era lo bastante astuto como para estudiar y obtener la mejor calificación, después de todo la beca no fue un regalo, se la había ganado.
Al cruzar por la sala, despreocupadamente, golpeó el largo sillón donde su padre dormía, haciendo que despertara asustado. Sus largos cabellos, blancos y amarillentos, llegaban hasta sus hombros, su piel blanca estaba cubierta por manchas oscuras y las ojeras bajos sus ojos eran casi negras; usaba una sudadera blanca, bastante percudida, y un pantalón deportivo lleno de hoyos. Volteó a mirarlo, desfigurando su semblante, para dar paso a uno completamente molesto.
—Maldito bueno para nada —escupió las palabras—, mueve tu culo y sal a trabajar —se acomodó sobre el sofá—. No quiero problemas el viernes —le dio la espalda, luego Angelo retiró el pan de su boca—.
—¿Tienes que joder hoy? Mañana tengo exámen —sentenció mientras lo desafiaba con la mirada—.
—Me importan un carajo tus mierdas de exámenes —contestó furico—, sal de aquí o el marica de tu hermano tendrá que hacerlo.
Se mordió la lengua, no podía hacer ni decir cuando su hermano estaba en la amenaza, dio media vuelta y se metió a la habitación, encontrándose con su hermano menor recostado sobre su cama, cerró la puerta y le echó llave, luego cerró dos seguros extra sobre la manilla.
—Mei, voy a salir —habló mientras caminaba hasta el pequeño escritorio, donde minutos antes estudiaba, tomó su celular y sus cigarrillos—. Si tienes hambre prepárate algo ahora y tráelo aquí, no quiero que abras esa puerta hasta que regrese.
Su hermano, Mei, sólo tenía doce años, de los cuales seis ha tenido que soportar al mal nacido de su padre. No eran hijos de la misma madre pero le amaba más que a nadie en el mundo, lo vio nacer y ayudó a criarlo junto a la que fue su madrastra por, a lo menos, trece años, hasta que los vicios excesivos de su padre terminaron por obligarla a escapar, dejándolos atrás; así fue como Angelo asumió el cuidado de su hermano, ya que en ocasiones su padre se descontrolaba totalmente, trabajando suciamente para conseguir dinero en grandes cantidades, debido a que tras cumplir la mayoría de edad su padre le exigía renta semanal por ambos, pese a que mensualmente cobraba dinero al gobierno por sus escasos recursos y su hermano.
Suspiró con pesar, al momento que tomaba asiento frente al escritorio y daba una última ojeada a unos apuntes garabateados sobre las hojas de un cuaderno, luego chasqueó la lengua, cerrando el cuaderno con frustración. No soportaba al desgraciado de su padre, pero hasta el momento estaba de manos atadas. Por mucho que hacía dinero, aún no conseguía el necesario para poder tomar a su hermano, una maleta y mandar todo a la mierda, sin embargo, aunque consiguiera hacerlo, el muy maldito lo denunciaría por secuestro y le quitaría a su hermano, ya que, debido a que su madre se fue sin decir nada, su padre tenía la custodia total.
La frustración era parte de su vida, no soportaba la convivencia tóxica que su padre le daba, así que, pese a saber que no debía sentirse así, disfrutaba su trabajo. Le hacía "trabajitos" a un traficante con el que se llevaba bien desde la escuela; si necesitaban atención médica, de contabilidad e inclusive de cobranza, lo llamaban; habían ocasiones en las que Angelo no esperaba a que lo llamaran, como ahora, sólo iba y esperaba que le necesitaran.
—Estoy listo, Angelo —habló Mei desde el umbral de la puerta, cargando una bandeja con su cena, una bebida gaseosa y unos dulces para después. Angelo sonrió al ver lo preparado que se había vuelto, se puso de pie y tomó su chaqueta, la cual colgaba en el respaldo de la silla donde estaba sentado, caminó hacia su hermano y revolvió sus cabellos— ¡Oye!
—Regreso en unas horas, y espero que estés durmiendo —era estricto, lo admitía, pero de no serlo su hermano se le escaparía de las manos—, nos vemos —cerró la puerta y no se movió hasta que escuchó los cerrojos cerrarse desde el otro lado; mientras eso sucedía contempló la sala, su padre ahora veía televisión y fumaba un cigarro. Caminó hasta la salida y salió antes que su padre dijera nada—.
Caminó un par de cuadras contemplando el enrojecido cielo, pasaban de las nueve, de seguro al día siguiente llovería, sacó un cigarrillo de un bolsillo y lo encendió, luego observó a su alrededor; el frío no evitaba que aparecieran las desagradables "gárgolas", siempre había una cada dos o tres esquinas, ni hablar de los pequeños parques. Había vivido en ese sector toda su vida, por ende, fue testigo de cómo todo se deterioró… al igual que su padre.
Tras terminar su cigarrillo se detuvo frente a una casa, tiró la colilla al suelo y se aproximó lentamente a pisarla, tardando más de lo normal, ya que, mientras lo hacía, sus ojos observaban con rapidez en todas direcciones; seguidamente, tras confirmar que nadie había reparado en él, se encaminó a la entrada de la casa y golpeó cinco veces a la puerta, contó hasta tres, luego golpeó dos más. La puerta se abrió ante él, descubriendo la imponente figura de una mujer, la escrutó de pies a cabeza; pasando por sus elegantes zapatos blancos con tacón y subiendo las pronunciadas curvas de sus piernas, las cuales cubría con unos ajustados leggins verde oscuro; la camisa ocre que traía puesta era ceñida al cuerpo, resaltando su delgada cintura; sus cabellos casi verdosos llegaban hasta su pecho, haciendo énfasis en sus voluptuoso busto junto con el escote de la camisa. Hizo un gesto con la cabeza, indicando que ingresara, así que obedeció y entró mientras escondía sus manos en los bolsillos de su chaqueta, caminó un par de pasos, hasta que una voz masculina lo saludó.
—No esperaba verte hoy, Angelo.
Angelo volteó algo sorprendido hacia su derecha, encontrando a un hombre exageradamente alto y musculoso sentado delante de una mesa, en la cual, había una cantidad estúpida de lo que parecía cocaína; chasqueó la lengua al verla y notar como Cassios, el hombre para el que trabajaba, empaquetaba y pesaba la droga que distribuía por el sector. Se acercó a él, mas no tomó asiento, escuchuchó la puerta cerrarse y a Shaina caminar hasta sus espaldas, haciendo que su cuerpo entrara en estado de alerta inmediatamente.
—Yo tampoco esperaba venir, pero necesito dinero, ya sabes —contestó haciéndose el despreocupado—.
—¡Jajaja! —rió con soltura— Ya veo, tu viejo chupándote las costillas otra vez —dejó lo que hacía y le hizo un gesto a la mujer, ésta caminó hasta un estante junto a la mesa y tomó un libro de notas, para después entregarlo a Cassios. Lo abrió y leyó unas hojas, buscando algo—. Sólo tengo uno, pero te ganarás unos buenos billetes, ese hijo de puta me debe lo de un mes.
—Perfecto ¿lo conozco? —preguntó Angelo—
—Es el idiota de Ichi —bufó cerrando el libro—, le advertí más de una vez que no me hiciera esperar por dinero, se lo merece.
—Está bien, dame la cuenta y yo se la haré llegar —extendió su mano izquierda tras ver a su jefe escribiendo en un papel, tras entregárselo lo guardó en el bolsillo correspondiente a su mano—. Nos vemos en unas horas.
Dicho esto se retiró del lugar con rapidez, no le agradaba que lo vieran salir de ahí, lo detestaba, aún más cuando lo confundían con un angustiado drogadicto.
—Está hecho —arrojó un fajo de billetes sobre la mesa, sorprendiendo a Cassios—, no necesité golpearlo demasiado para que entregara lo que te debía.
—Maldito embustero, teniendo para pagar toda su deuda, prefiere que envíe a un cobrador —negó con la cabeza mientras comenzaba a contar el dinero—. Bien hecho, niño, me agrada tu eficiencia —le entregó casi la mitad del dinero que correspondía a la deuda de Ichi—, ésta es tu paga junto con una generosa propina.
Angelo recibió el dinero casi con desprecio, mas no lo hizo perceptible para no ofender, sin acotar ni una sola palabra, sólo asintió con la cabeza y caminó hasta la puerta, la cual, custodiaba Shaina.
—Nos vemos el jueves, niño —recordó la mujer mientras abría la puerta para dejarle salir—.
—Lo sé —contestó sin mirarla—.
Se retiró con rapidez a su casa, notando que ya se le había hecho tarde. Al llegar todas las luces estaban apagadas, así que ingresó en silencio, cuidadoso de no perturbar la paz efímera que invadía su hogar; no alcanzó a dar más de tres pasos cuando las luces de la sala se encendieron, haciendo visible a su padre. Su columna se enderezó al verlo, poniéndose a la defensiva por inercia.
—Ya era hora de que regresaras —se cruzó de brazos y lo fulminó con la mirada— ¿Tienes mi dinero?
Chasqueó la lengua al sentir su sangre hervir, sin embargo, se tragó sus palabras junto con la saliva que se había juntado en su boca, a su vez sacó un par de billetes del bolsillo donde los había escondido al salir de la casa de Cassios y los contó frente a él.
—Esto debería ser suficiente para cubrir los gastos de Mei y míos por esta semana, así que no quiero que nos molestes hasta la próxima semana.
Su padre no dijo nada, sólo se acercó a él con rapidez y le arrebató el dinero de un manotazo. Angelo estaba acostumbrado a esas reacciones, así que sólo se limitó a perderse tras la puerta del baño. Se dio una ducha rápida y se dirigió a su habitación, llevaba toda su ropa bajo su brazo izquierdo y sujetaba la toalla que cubría su cintura con su mano derecha, observó a su alrededor y escuchó con atención, su padre ya había desaparecido… seguramente a gastar el dinero que le había dado en sus putos vicios; llamó un par de veces a la puerta, hasta que escuchó los cerrojos abrirse al otro lado, entró y los volvió a cerrar. Dejó su ropa sucia sobre su cama y comenzó a secar su cuerpo, para después vestirse con una camisa y un pantalón holgado que usaba como pijama, hizo sus ropas a un lado y se metió en la cama, tomó su celular y programó las alarmas para no llegar atrasado a la universidad.
—Mierda… sólo tengo tres puñeteras horas para dormir —conectó el celular al cable del cargador y lo dejó junto a su almohada—. Buenas noches, Mei —se despidió de su hermano—.
—Buenas noches, Angelo.
El estruendoso sonido de la alarma lo hizo levantarse de un salto, golpeando su cabeza contra la base de la litera superior, se dejó caer sobre la cama nuevamente para acariciar la zona del golpe, maldiciendo internamente y esperando que el día no fuera tan mal como su despertar.
Despertó a su hermano para que se alistara y fuera a la escuela, se vistió casi a la velocidad de la luz y luego corrió a la cocina a preparar el desayuno para ambos; tostó un par de panes y los untó con mantequilla, luego preparó una taza con té y otra con café. Justo al terminar de acomodar los comestibles sobre la mesa Mei apareció en la cocina y se sentó frente a él, ambos comieron con rapidez, sin dejar absolutamente nada.
—Hoy no podemos retrasarnos, Mei, tengo examen a las ocho treinta —Angelo buscó su celular en su chaqueta, encendió la pantalla y su piel se heló, pasaban de las siete treinta—. Mierda, ya se me está haciendo tarde. Ve por tus cosas y vámonos.
No tardaron demasiado. La escuela a la que Mei asistía estaba casi a la vuelta de la casa, justo a un lado del cerro, una vez ahí estaba a un solo bus de la universidad. Todo habría ido de maravilla si, tan solo, no hubiera llovido toda la jodida mañana.
Tras presentar su examen la mañana transcurrió normal, hasta que escuchó a uno de sus compañeros decir que la última clase había sido cancelada. Al dejar el recinto pudo ver que la lluvia había cesado, así que decidió caminar hasta el cerro, ya que, era su lugar predilecto para pasar el rato antes de ir a por su hermano a la escuela; pese a que no era necesario, habían ocasiones en las que le agradaba acompañarlo en su trayecto hasta su casa.
La caminata hasta su destino fue más que nada monótona, había olvidado sus auriculares en casa, por lo que había caminado más rápido de lo normal, arribando en no más de veinte minutos. Caminó con un poco más de lentitud, en un amago por disfrutar un poco del paisaje que la naturaleza tras la lluvia le ofrecía, puesto que siempre se dirigía al mismo lugar; una banca bajo un árbol con la mejor vista del lugar, la cual amaba desde el momento en que su madrastra lo llevó allí por primera vez.
Comenzaba a perderse en sus pensamientos, cuando notó que alguien estaba frente a la dichosa banca, observándola con detenimiento, sin embargo, no duró demasiado tiempo, puesto que aquella persona comenzó a caminar en su dirección, aparentemente sin notar su presencia. Dio unos pasos hacia el frente, provocando que el desconocido alzara la cabeza al descubrirlo trastabillando con un charco.
—Vaya imbécil -pensó mientras que acomodaba su bufanda sobre la parte baja de su rostro, en un vago intento por esconder su risa burlona, advirtiendo la vergüenza en el rostro ajeno-.
Tras llegar frente a la banca se quedó observándola, descubriendo que no podría descansar en ella, ya que se encontraba completamente mojada. Volteó en la dirección por la que había llegado, descubriendo al tipo que había pasado a su lado, observándolo, desde lejos, rió levemente al descubrirlo, mas no se sintió incómodo por eso; alzó su mano derecha, hasta la altura de su cabeza, y le saludó, haciéndolo reír con más soltura al verlo huir del lugar.
—Qué lindo -sonrió con picardía-.
No se consideraba afortunado, en lo absoluto, pero tras ese extraño encuentro, se le aparecía hasta en sueños, sin contar las veces que se lo topó en la zona central de la pequeña comuna en la que vivía; se sentía como un adolescente otra vez, y le encantaba, sobrellevando con mayor alegría el martirio que era su vida.
Todo había ido bien, el soñar despierto con el de cabellos negros le gustaba, hasta que el dejarse llevar por esas emociones terminó siendo perjudicial en su trabajo; los pocos golpes que recibió no eran lo que lo había deprimido, fue la amenaza de Cassios y su inexistente paga lo que lo llevó hasta su lugar favorito. Necesitaba paz y soledad para confrontarse a sí mísmo.
Grande fue su sorpresa al llegar a la banca bajo el árbol, estaba ocupada. Oh, claro que no. Nadie le quitaría su ansiada soledad, encaminándose con rapidez hasta el desconocido, no le importaba llegar a amenazarlo con la navaba que escondía en su brazo derecho. Sin embargo todo cambió cuando reconoció a la persona frente a él.
Demasiado tarde.
Su torso le impidió la vista al otro, provocando que ambos se miraran a los ojos, sorprendidos.
Se había sonrojado levemente, sin embargo, el desprecio en el rostro contrario mientras apartaba la mirada y se giraba, lo dejaron helado. Respiró hondo, intentando recuperar la compostura, distinguiendo el inconfundible aroma del tabaco al ser fumado; una bombilla se iluminó sobre su cabeza, decidiendo tomar el control y romper el hielo de una vez. Después de todo… si bien el tipo le había parecido atractivo desde el primer momento, no se molestaría con sólo entablar una despreocupada conversación.
—Hola -dijo amistosamente- disculpa mi impertinencia, pero… ¿tienes un cigarrillo?
No esperaba tener respuesta, mas no fue así. Él fue completamente amable, ofreciendo su cigarrera para que el otro tomara un cilindro. Cuestionó el acto, sin embargo el otro asintió, agradeciendo enérgicamente mientras extendía su mano derecha, y así tomas el cigarrillo.
—No es nada… -espetó al momento que se volteaba y le daba la espalda-
¡Qué maleducado! Sonrió ampliamente, eso definitivamente le gustaba. Se sentó a su lado, y sacó una caja de cerillos de un bolsillo, para encender el cigarrillo con tranquilidad; le obseró encogerse en su lugar, evitándole aún más. Dio una calada al cigarrillo sin quitar su vista de la ancha espalda, distrayéndose levemente en las costuras de la chaqueta de cuero, hasta que le vio arrojar lejos la colilla del cigarrillo.
Observaba las puntadas de las costuras aún, cuando se percató en el movimiento de sus hombros. Pensó que tal vez el cigarrillo lo había agitado, sin embargo, cuando lo vio estirar las piernas, que pocos minutos antes había cruzado, y llevarse una mano al cuello supo que algo no andaba bien; dejó caer su cigarrillo al suelo en el momento que se puso de pie, quedando frente a él.
—Oye ¿estás bien? -preguntó-
—Me… cuesta r-respirar.
Hiperventilación. Lo descifró enseguida, ya lo había visto en otras ocasiones.
—¡Rayos! Intenta contener la respiración -se agachó quedando en cuclillas y llevó su mano derecha hasta la barbilla contraria para que le mirara a los ojos-.
Sus ojos eran… deslumbrantes, y escucharlo exhalar de esa manera, tan temerosa, provocó que su piel se erizara. Intentó con todas sus fuerzas mantenerse sereno al sostenerle la mirada.
—¿Estás mejor? -preguntó preocupado-
—E-eso creo… -respondió apartando la mirada, notando como los colores se le subían al rostro-
—¿Es normal que te pasen estas cosas? -cuestionó regresando a su lugar en la banca, para después buscar el cigarrillo que había arrojado; al divisarlo lo recogió con su mano izquierda y le dio una soplada, despojando al cilindro de las partículas de tierra que se le habían adherido-
—No… es la primera vez -dijo acomodándose-. No sé qué mierda fue eso…
—Parecía que hiperventilabas -espetó mientras fumaba el cigarrillo y miraba al cielo-.
Pasaron un par de segundos, que se convirtieron en minutos, Angelo continuaba fumando ya más relajado, hasta que sintió el movimiento a su lado; volteó a ver al tipo, quien se había enderezado asustado, asustándolo a él también. Comprendió con sólo verlo que estaba hiperventilando de nuevo, así que, por inercia, le dio un fuerte golpe en la espalda con la palma de su mano izquierda, haciéndole toser.
—¡Oye! ¿Por qué hiciste eso? -preguntó entre carraspeos-
—¡Estabas volviendo a hacerlo! -exclamó cruzándose de piernas, llevando su cigarrillo de vuelta a su boca. Cielos, qué malagradecido, pensó… hasta que vio la expresión afligida en su rostro- Oye… Sólo relájate y no te volverá a pasar.
—¿E-es… normal q-que pasen estas cosas? -escucharlo tartamudear hizo que sintiera algo de pena por él, ya que, si estaba hiperventilando de esa manera debía estar sumamente estresado o deprimido-
—Bueno… -rascó su mejilla con su mano derecha, analizando las palabras que diría- no soy experto aún, pero sí, son bastante comunes.
—¿Aún?
—Pues… -le dio la ultima aspirada al cigarro y se deshizo de la colilla- estudio para serlo -dijo con orgullo-.
—Oh… eso es genial.
No quiso añadir más a la conversación, sentía el nerviosismo ajeno, así que sólo se relajó sobre el respaldo de la banca y contempló a su alrededor, observando de soslayo al chico a su lado cada vez que miraba en su dirección; observó furtivo como la helada brisa que se alzó mecía sus negros cabellos, considerándolo endemoniadamente encantador. Hasta que algo vino a su mente: no sabía cómo dirigirse a él.
—¿Cómo te llamas?
—Shura.
—Angelo.
Lee sonrió de lado y le ofreció su mano en, lo que él creía, era un amable gesto; no esperaba que tardara tanto como lo estaba haciendo, sintiendo como analizaba cada detalle de su extremidad, hasta que alzó la vista y le miró directamente a los ojos, luego respondió al saludo.
El tacto se sintió cálido pero a la vez lejano. Tal vez a Shura no se le daba muy bien el socializar, pensó, y debido a eso había padecido aquellos cuadros de ansiedad, quién sabe, después de todo era un completo desconocido.
—Un gusto en conocerte, Shura -si al otro no se le daba el socializar, quizá debía ser un poco más amigable para que se soltara; sonrió amigablemente y agitó levemente el agarre, notando como el otro contestaba al movimiento tímidamente-.
—Igualmente, Angelo.
—Te he visto en reiteradas ocasiones el último tiempo ¿vives por los alrededores? -preguntó confianzudamente, sin notarlo se vio queriendo saberlo todo sobre Shura-
—Si… a unos veinte minutos a pie -¡bingo! respondió de inmediato, eso era buena señal-.
—¡Oh! Eso es bastante cerca, yo vivo a unas calles de aquí -sonrió ampliamente; el sólo hecho de saber que vivían considerablemente cerca, extrañamente, lo alegraba- ¿Vienes seguido por aquí?
—Últimamente… -hizo una extraña pausa- Sí, vengo seguido.
—Genial, si te veo pronto por acá te devolveré el cigarrillo que me has dado.
—Está bien… no lo rechazaré.
Aquella respuesta, corta y desinteresada, le supo a victoria. Ahora tenía una excusa para volver a hablarle en el futuro que, con la suerte que había tenido, esperaba fuera cercano. Aquel extraño y nuevo pensamiento le hizo sumamente feliz, provocando que entrecerrara sus ojos y le sonriera de la forma más encantadora que pudiera. Hasta que su celular vibró al interior de un bolsillo de su chaqueta. Odiaba que ese aparato recibiera notificaciones, ya que, vez que lo hacía, era por algún trabajo…
—Bien -sacó su celular y leyó la notificación de un mensaje de parte de Shaina-, es hora de irme -se puso de pie-. Nos vemos otro día -dio unos pasos dispuesto a largarse, pero, afortunadamente, recordó algo y volteó a ver a Shura-. Por cierto… ten cuidado con esos ataques de ansiedad -se despidió con una mano y continuó su camino, no sin antes fruncir el ceño, fúrico; ya comenzaba a hartarse de trabajar para las mierdas de Shaina y Cassios-.
Los días pasaron, convirtiéndose en un mes, y, quién diría que, la vida lo iba a sorprender de esa manera. Tras ese encuentro en el bar que frecuentaba que, para su suerte, también era el lugar donde Shura trabajaba, todo en su vida cambió. Y ¿qué más podría hacer? Shura era una persona maravillosa, sencillo, pero genial en todo aspecto.
Sobrellevaba la trágica muerte de su padre de la mejor manera imaginable, y, pese a ser demasiado serio, irradiaba un aura deslumbrante. A Angelo le había llamado la atención desde el primer momento, sin embargo, tras comenzar a conocerlo a fondo algo en él cambió; Shura había calado en él a tal punto que comenzaba a reflejarse en su forma de ser.
—¿Seguro que no es nada? -preguntó Mei por tercera vez-
—Ya te dije que no es nada, metiche -contestó ya comenzando a molestarse-.
—No es normal verte así de feliz, hermano -se cruzó de brazos-. Tú me ocultas algo.
Ese comentario hizo que Angelo se tensara y abandonara la lectura de su libro de anatomía para mirarle, frunció el entrecejo, intentando parecer molesto; pero Mei no desistió, se mantuvo firme ante aquella mirada, desafiándolo. Angelo suspiró derrotado, no podría seguir ocultando a Shura por más tiempo. Cerró el libro y lo dejó a su lado, cruzó sus piernas sobre la cama e invitó con palmadas a su lado a Mei, quien obedeció de inmediato.
—En efecto, oculto algo… -suspiró nervioso, nunca le había comentado a su hermano sobre sus inclinaciones amorosas-
—¡Lo sabía! -exclamó victorioso-
—Conocí a… alguien -confesó temeroso-. Y… pues, es una muy buena persona.
Mei lo observaba detenidamente, analizando cada gesto y movimiento que hacía, en silencio. Angelo estaba demasiado nervioso, no podía ocultarlo demasiado, ya que no hablaba con nadie más de estos temas; a decir verdad, no contaba con personas demasiado importantes en su vida, a excepción de Mei, y ahora Shura.
—No me esperaba eso -habló finalmente Mei, con el ceño horriblemente fruncido-.
—Cuando pones esa cara me recuerdas a él…
Comentó alegre al recordar a Shura, sin embargo, cubrió su boca inmediatamente al percatarse de lo que había dicho. Mierda, mierda, mierda. Ya no había vuelta atrás, era hora de tener "la plática" con su hermano…
—Mei… -llamó avergonzado mientras descruzaba sus piernas y las abrazaba- tú… ¿sabes cómo se hacen los bebés?
—¡¿Qué?! -exclamó alterado mientras comenzaba a sonrojarse- ¡Claro que si! Ya no soy un niño.
—Bien… -suspiró aliviado- Con eso me sacas un gran peso de encima, enano -comentó al momento que revolvía los cabellos negros de su hermano y sonreía-. Y ¿qué opinas sobre… -hizo una pausa, se le hacía tan difícil hablar del tema- las parejas del mismo sexo?
—¿Homosexuales? -preguntó con inocencia, sorprendiendo considerablemente a Angelo- Siempre escucho a mis compañeros de la escuela o a papá diciendo cosas feas sobre ellos. No los entiendo.
—¿Por qué?
—Porque si dos personas se quieren lo suficiente, como para enfrentar a esa gente que habla mal de ellos, no puede ser algo malo.
Angelo no podía creerlo, su hermanito era increíble, no se resistió a abrazarlo, derramando un par de lágrimas en el proceso. Amaba a ese enano, y ahora mucho más.
—¿Hermano? -preguntó correspondiendo al abrazo- ¿Estás bien?
—Claro que sí, mejor que bien…
—¿Cómo se llama? -preguntó terminando el contacto-
—Shura -sonrió con tranquilidad-. Gracias, hermanito, no sabes lo feliz que me has hecho.
—Ya lo sabía… -sonrió lúdico- Bueno, no. No lo sabía -comenzó a reír algo avergonzado-.
—¿De qué hablas, pequeño gusano? -dijo amenazante mientras una vena comenzaba a asomarse en la frente-
—¡N-nunca hablabas de mujeres! -comenzó a negar con sus manos, mientras que su risita cambiaba a una nerviosa- Sólo tenía dos opciones -comenzó a alejarse lentamente del mayor al ver como aquella vena se ensanchaba cada vez más-, o eras un perdedor con las mujeres o te gustaban los hombres.
Alzó su mano derecha, empuñada, a la altura de su cabeza, algo ofendido por lo que su hermano acababa de decirle, empero, comenzó a reír con fuerza; sujetó a Mei del cuello de la camisa que usaba para acercarlo a su pecho, abrazándolo con efusividad. Se sentía orgulloso de su hermanito, tanto porque no lo había juzgado en cuanto a su preferencia sexual, como por la analítica deducción que había hecho para con él.
Ése mismo día, durante la tarde, un mensaje de Shaina lo hizo presentarse a trabajar urgentemente. Cuando acudió a la dirección indicada en el texto no se esperaba con lo que encontraría en su interior, uno de los mejores matones de Cassios estaba hecho un desastre, su rostro estaba totalmente desfigurado, probablemente a golpes, y presentaba una par de puñaladas en el estómago. Cielos, estaba cagado.
Había tardado horas en estabilizarlo, pero lo había logrado, y eso era bueno. Seguramente le pagarían muy bien por este trabajito.
—Debes tener cuidado -habló Shaina justo antes que Angelo abriera la puerta para retirarse-. Estamos teniendo problemas con una banda, invadieron nuestro territorio y, como ves, no son amigables -terminó señalando con su pulgar al herido que estaba a sus espaldas-.
—No creo que sepan que trabajo con ustedes -acotó Angelo despreocupado-.
—Tampoco sabían de Jabu, ellos lo buscaron -espetó seria-.
—Está bien, lo tendré en mente -terminó la conversación al retirarse-.
Encendió un cigarrillo y emprendió el viaje de regreso a su casa, observó el cielo, notando que ya había anochecido. Suspiró tras exhalar el humo del tabaco, había desperdiciado toda su tarde con Mei por atender a ese bueno para nada, aunque no había sido desperdiciada del todo, al menos aquella intervención, por precaria que haya sido, le serviría como experiencia en el futuro.
No había caminado más de diez minutos, estaba más cerca de la casa de Shura que de la suya. Quizá podría aprovechar la ocasión y hacerle una visita sorpresa, pensó. No fue hasta que cambió la dirección de su destino que escuchó pasos, volteando a ver, en la dirección del sonido, inmediatamente. Nada. Tomó su celular para ver qué hora era, indicando las nueve con veinte minutos.
Continuó su camino un par de cuadras, mas cuando viró en la siguiente esquina hacia su derecha un brazo lo sujetó por el cuello, estrangulandolo sin piedad, dos tipos aparecieron frente a él. No logró verlos bien, pero por un momento creyó que estaba viendo doble, hasta que el tipo que lo sujetaba habló.
—Danos un sólo motivo para no matarte -la voz era grave y confiada, haciendo que Angelo se tensara en su lugar-.
—T-tengo un… hermano pequeño… -respondió con dificultad-
—Bien, sólo denle una paliza -ordenó a los otros-.
Intentaba liberarse del agarre con sus manos, sin éxito, cuando recibió el primer golpe en sus costillas. Mierda, había sido un buen golpe. No fueron demasiados golpes, sin embargo habían logrado ser bastante dañinos; había logrado aguantar lo suficiente, cuando por fin la presión sobre su cuello disminuyó, dándole la esperada oportunidad para escapar. Golpeó con su codo el costado derecho, justo sobre el hígado, del tipo que lo sujetaba, se levantó con un fuerte impulso, al mismo tiempo que sacaba su navaja oculta, lanzándose a atacar a uno de los dos frente a él.
Al ser liberado pudo enfocar su vista, notando que los malditos que lo habían golpeado eran idénticos —probablemente gemelos—, y se lanzó a atacar al de la derecha, logrando darle unas cortadas en las manos al intentar cubrirse; no deseaba matar a nadie, por lo que, inmediatamente, se lanzó contra el otro, propinándole un certero puñetazo en la nariz. Ambos se alejaron unos pasos, uno cubriendo su nariz sangrante y el otro intentando detener el sangrado de sus manos.
—Al menos éste da pelea -habló el tipo a sus espaldas, volteando a verlo inmediatamente-. El otro imbécil sólo se dejó golpear.
El tipo no era demasiado alto, de hecho, podría jurar que no le llegaba ni a los hombros, sin embargo, no podía subestimarlo, después de todo, y con su tamaño, había logrado reducirlo olímpicamente; notó cuando éste sacó una navaja y adoptó una extraña posición de pelea. Mierda, este enclenque hijo de puta sabe lo que hace, pensó.
—No busco pelea ¿Qué motivos tienen? -Angelo habló por fin-
—No es nada personal, sólo queremos a Cassios y a su gente fuera de aquí -explicó tranquilamente-, y tengo entendido que tú eres parte importante de su gente -terminó de hablar sonriendo con sorna, para después lanzarse en picada hacia Angelo, logrando atravesar su camisa negra y una pequeña porción de piel-.
Si no hubiera retrocedido en ese instante la herida hubiera terminado siendo de gravedad. Esquivó un par de ataques más, retrocediendo, hasta que uno de ellos volvió a atravesar su ropa a la altura de su vientre, cortando más profundamente la piel; se hizo a un lado e intentó escapar, sin embargo, los gemelos le impidieron el paso. Dio media vuelta, encontrándose de frente con el tipo pequeño, sujetó con seguridad su cuchillo y se lanzó a atacarlo sin pensar, usando su propio cuerpo para valerse de más fuerza, logrando herirlo en uno de sus brazos.
El tipo gruñó por el dolor y atacó por inercia, logrando dejar un corte sobre la ceja derecha de Angelo, la cual comenzó a sangrar con abundancia. En un ágil movimiento rodeó a los gemelos y echó a correr. Sólo un imbécil se quedaría ahí a pelear tres contra uno. No. Angelo era lo suficientemente inteligente como para saber cuándo retirarse.
Dio un par de vueltas sin sentido por los alrededores, en caso de ser perseguido, por precaución. Estaba exhausto, le faltaba el aliento por tanto correr, y su cuerpo comenzaba a doler horriblemente donde había sido golpeado, probablemente le habían quebrado una o dos costillas.
—Hijos de puta…
No notó en qué momento había subido las escaleras del edificio en que Shura vivía, pero ya estaba allí. Golpeó casi con desesperación la puerta, sentía que en cualquier momento sus piernas cederían, hasta que salvador apareció tras ésta, dejándose caer sobre él.
