Hola otra vez como ya dije este capítulo es un poco especial, porque le añadi un poco de acción entre Emm, Jazz y Bella, ya que pedisteis un poco de intercambio de personajes naturales; asique espero que lo que escribi de mas os guste mucho, lo encontrareis en negrita.

Besitos y gracias por el apoyo a la adaptación de Lorelei James, con los personajes de S. Meyer.


CAPÍTULO 07

Emmett estaba desplomado contra la llanta del lado derecho del remolque de caballos, comiendo pipas de girasol. Él se enderezo cuando vio que Edward avanzaba hacia él.

— ¿Está ella adentro? —disparó Edward.

— Sí. También está Jasper. Ella parece bastante molesta. ¿Qué le hiciste?

― Nada comparado con lo voy a hacerle.

El Emmett lacónico desapareció y él rápidamente se enderezó para bloquear a Edward el acceso a las dependencias.

― Muévete, Emmett, a menos que tu plan sea ayudarme con el castigo a Isabella.

Su ceja izquierda se elevo ante la palabra castigo.― Quizás, amigo, deberías ir a darte una vuelta y permitir que Jasper la tranquilice primero antes de que tú revientes dentro como un toro furioso.

― Una mierda lo haré. Muévete.

― No.

― Estas empezando a cabrearme, McCarthy.

— ¿Si? ¿Bien, sabes qué? No me gusta la mirada de tus ojos, Cullen.

— ¿Y?

― Por eso, pienso que voy a ayudarte después de todo, solo para estar seguro que no te dejas llevar.

— ¿Yo?

— Sí, . La señorita Isabella es mucho más delicada de lo que tú le das crédito y en ocasiones tus castigos son simplemente malos. Y quizás ella no es la única que deba ser reprendida. —Emmett se giró y abrió la puerta.

Picado por sus palabras, Edward murmuró,— Grandioso, —y siguió a Emmett dentro del oscuro remolque.

Los brazos de Isabella estaban cruzados sobre su pecho y su pequeño y altivo trasero descansando contra el fregadero de la cocina. Ella pegó un brinco cuando Edward abrió de un portazo y cerró la puerta detrás de él.

— ¿Qué está pasando? —preguntó Jasper.

— Desvístete, —le dijo Edward a Isabella.

— ¿Qué?

― Dije desvístete. Ahora. No me hagas decírtelo de nuevo. Tú realmente no deseas añadir otro castigo al que ya te ganaste, ¿verdad querida?

Ella tragó saliva pero la mirada de sus ojos dorados era decididamente desafiante.— ¿Castigo?

— ¿De qué demonios hablas, Edward? —Preguntó Jasper.

Edward señalo hacia Isabella.— No solo la Pequeña Señorita piensa que nos avergonzamos de ser vistos con ella, cuando traté de hablar con ella fuera de las puertas, ella se hizo la lista conmigo y me enfureció. Así que, puesto que ella no desea hablar, el tiempo para hablar se terminó. Empieza a desnudarte.

— ¿Isabella, chiquilla, tu no hiciste eso, o sí?

Ella asintió cautelosamente a Jasper.

Jasper se levantó y se estiró.― Ah, esta va a ser una tarde interesante. ¿Qué deseas que haga?

― Encuentra las cuerdas y el juego de abrazaderas. —Edward destelló sus dientes hacia ella.― También lubricante sería bueno.

— ¿Le estas ayudando? —Isabella le dijo a Jasper.

— Sí. No vamos a escuchar a nadie hablándote condescendientemente, y menos que a nadie a ti misma. Y cuando Edward o Emmett o yo deseemos hablar contigo, sería lo mejor para ti que pusieras atención. Aprenderás que habrá consecuencias. Ya lo oíste. Desvístete. —Ocultando el brillo diabólico en sus ojos, Jasper abrió la puerta que separaba las viviendas de los establos, y rebuscó en el armario de arreos.

Ella estaba congelada en el mismo lugar.

Edward observó y esperó su reacción.

— Pero…

— Sin peros. Dijiste que harías lo que deseáramos. Eso significa que tú no haces preguntas. O discutes, especialmente cuando has sido mala.

Emmett se deslizó frente a ella y le acarició suavemente la mejilla.― Escúchame y déjame que te ayude.

— ¿Tú también? Pero yo pensé que tú no querías.

― No es lo tuyo preguntar qué es lo que deseo. Lo tuyo es hacer lo que te digo.

Edward frunció el entrecejo ante la sorprendente respuesta de Emmett.

― Pero estoy asustada.

― Cosita dulce, ninguno de nosotros va jamás realmente a lastimarte. Pero tienes que entender que hay un precio por tu insolencia. No permitimos impertinencias. Nunca. Eso no significa que no puedas decir lo que piensas, pero no vas a echarnos una bronca en público. Jamás. —Emmett acarició su cuello, dulcemente, como si ellos hubieran sido amantes durante años, y frotó su sien.― Quítate tus ropas, chica. Estoy diciéndote esto por tu propio bien y como tu amigo.

Sus temblorosas manos manosearon el botón antes que la susurrante falda cayera al suelo. La camiseta fue la siguiente, dejando a Isabella vistiendo únicamente sostén y medias.

La polla de Edward creció imposiblemente más dura ante su cremosa piel expuesta y su titubeo.― Déjate las botas puestas, —la dijo bruscamente.— Todo lo demás fuera.

Ella no se encontró con su mirada mientras que deslizaba sinuosamente sus bragas amarillo limón por sus tensos muslos y se quitaba el sujetador a juego.

― Hermosa. —Edward caminó tranquilamente hacia ella, apretando sus manos en puños para no tocarla.― Nosotros vamos a disciplinarte. Así sabrás porque me molesta que hayas sido lo suficientemente tonta para pensar que me avergüenzas. O a cualquiera de nosotros. Porque tú nunca, jamás me hablarás de esa manera en público de nuevo. —Aún si en cierto modo lo merecía. Él llamó sobre su hombro,— ¿Jazz? ¿Donde están las malditas cuerdas?

― Aquí mismo. Perdimos el último juego de abrazaderas, ¿recuerdas?

― Parece que vamos a tener que hacer un viaje a la tienda de juguetes para adultos muy pronto. —Contuvo una traviesa sonrisa ante los ojos muy abiertos de Isabella.― Ata sus manos a la espalda con esa; dame la otra a mí. —El golpeó sus palmas dos veces e Isabella saltó.

Jasper asintió y giró a su alrededor. Una vez que terminó de asegurarla, Edward dijo,― Emm, trae el espejo del cuarto de baño. —Condujo a Isabella a la mesa cuadrada del comedor y la estiro a través de su superficie, boca abajo.

— ¡Esta frío!

Edward no pudo evitar dar forma con sus manos sobre su sedosa piel, dibujándola, un estremecimiento y una fresca capa de piel de gallina atravesó su suave piel.

― Te acostumbrarás.

Cuando Emmett regresó con el espejo, Edward lo reclinó contra el cojín así Isabella podía ver la suave línea de su espalda y la curva intrigante de su trasero.

— ¿Qué estás haciendo?

― Calla, o tendré que amordazarte. Mira al espejo. Si vemos que miras a cualquier otro lugar, el castigo comenzará de nuevo desde el principio, ¿Entiendes?

Ella asintió.

Usando el suave y deshilachado final de la vieja cuerda de algodón, Edward la arrastró a través de sus omoplatos. La chasqueó sobre la cima de sus brazos. La vulnerable curva de su torso. Suavemente la arrastró arriba y abajo de su columna, como una pluma. La entrecruzó sobre sus piernas. Realizó las caricias docenas de veces, observándola estremecerse más profundamente con cada pasada.

Entonces chasqueó su muñeca y azotó la cuerda contra su culo, cada nalga, diez veces en rápida sucesión.

Isabella jadeó.

Él ubico su cara cerca de su cabeza.― Pon atención. Yo no estoy avergonzado de ti.

Ella no respondió.

Edward chasqueó la cuerda en cada cachete de nuevo.― Repítelo para mí.

— Tú no estás avergonzado de mí.

― Bien. —Él arrastró el sedoso final de la cuerda por la grieta de su trasero.— Di: Te deseo cerca de mí.

Ella dudó.

Tres latigazos esta vez. Los cachetes de su trasero se calentaron.― Te deseo cerca de mí. Dilo.

— Tú me deseas cerca de ti.

― Estás aprendiendo. Última cosa. Si deseas reprenderme, hazlo en privado. —Cuatro golpes fuertes.

Isabella gimió.

― Di sin impertinencias.

― Sin impertinencias.

— ¿Ves? No fue tan malo. —Edward susurró en su oído,― Dime la verdad. ¿No te gusta esa pequeña chispa de dolor con el placer? —Y agregó cinco golpes más a cada cachete de su trasero.

Su mirada se precipitó al espejo y las marcas que habían aparecido en su carne golpeada. No eran ronchas feas, solo marcas rosas, que contrastaban con su nacarada piel blanca.

―Ahora, ¿no es esto bonito? —él murmuró, rozando su áspera palma sobre los sensibles cachetes de su trasero.— Cálido. Suave.

Ella lloriqueó.

― Ah, dulce, te dije que no estarías fría por mucho tiempo. ¿Estás ya sintiendo el calor?

Asintió levemente.

― Has sido una buena chica, aceptando tus azotes sin quejas. Déjame quitarte la picazón. —Edward deslizo su cuerpo por la mesa hasta que las puntas de sus puntiagudas botas turquesa tocaron la alfombra.― Abre bien las piernas. Quiero ver si tu coñito es del mismo color que esas adorables rayas en tu trasero.

― ¿Qué deseas que haga yo? —Preguntó Jasper.

― Coloca el espejo en el ángulo correcto y asegúrate que ella mire todo lo que voy hacerle. —Edward se dejó caer de rodillas. La tomó de las nalgas y miró a sus anchas. Obscurecida por el flujo de sangre la rosa capucha que cubría su clítoris se asomaba por entres los labios rojo rubí de su coño. El brillante color salmón de la apertura de su coño daba paso al malva de su fruncida roseta. Él cerró sus ojos brevemente e inhaló el embriagador aroma de su excitación.

Entonces Edward enterró su cara en el paraíso de sus suaves muslos. Lamiendo su dulce crema, chupando su inflamado clítoris, perdiéndose a sí mismo y a su ira en su sabor y en su femenino calor. Hizo suaves ronroneos contra esa pequeña protuberancia pulsátil hasta que ella empezó a frotar esa cálida humedad contra su cara.

Cuando el sintió el cambio en su respiración y la repentina tensión en sus músculos, separó su boca, dejándola jadeante por más, colgando en la cúspide de una explosión.

Sus ojos se encontraron en el espejo.― Te deseo, Bella. Te deseo muchísimo. Siempre te deseo. Repítelo para mí.

— Tú me deseas tanto. Por favor…

El gruñó y palmeó su trasero.― Dilo bien esta vez.

— Tú me deseas. Tú me deseas muchísimo. Tú siempre me deseas.

― Bien, maldita sea. No lo olvides. —Sin dejar de mirarla, él dijo.― Emmett, quítate tus pantalones y ponte en la cabecera de la mesa.

Clank Clank sonó al liberar, Emmett, el seguro de metal de la gran hebilla de su cinturón. Entonces el ligero sonido del cierre liberándose y el susurro de la mezclilla, seguido de pasos amortiguados llenaron el silencio.

Edward le dijo a Emmett,― Asegúrate que ella sabe que tu también la deseas.

― Pero…

― Hazlo. —Edward siseo.― Chúpalo, Isabella. Hazlo bien. Hazme desear que fuera mi profunda polla en tu boca.

Ella parpadeó dos veces antes de centrarse en Emmett.

Emmett frotó la llorosa punta de su polla sobre sus labios, murmurándole a ella, enhebrando su rizado cabello entre sus dedos. Ella se abrió y lo trago cada vez más profundo. Finalmente, la rosa carne de Emmett desapareció completamente entre los labios llenos de Isabella, un segundo después la mojada polla se deslizaba fuera.

Ella era tan jodidamente sexy que a Edward le costaba respirar.

Las caderas de Emmett tomaron un ritmo continuo. Él la susurró palabras en otro idioma, lo que aumentó la intimidad de los húmedos sonidos al chuparlo y la agitada respiración masculina, llenando el pequeño espacio.

Jesús. Edward no deseaba mirar. El deseaba participar. Más que nada él quería volver atrás y arreglar las cosas, así ellos podían volver a la manera en que habían sido esta mañana. El sintió a Jasper detrás de él, esperando por más instrucciones. Jasper sabía el resultado, sabía que era el show de Edward.

― Dale a ella lo que desea, Jazz. Solo hazlo bueno para ella, ¿te parece? —Edward se ajustó la erección de hierro y se volvió hacia la puerta.

— ¿Y tú?

― Voy a preparar a los caballos para cargarlos. Debemos irnos pronto.

Isabella se detuvo y giró su cabeza alrededor.— ¿Edward?

Edward fijo su mirada en ella.— Este es mi castigo, porque te deseo como un loco, cariño, y me estoy alejando con mi polla entre mis piernas. Lo siento. Nunca debí dejar que te arreglaras por ti misma, especialmente después de la manera en que James te trato. La última cosa que estoy es avergonzado de que estés conmigo. Te prometo que no pasará de nuevo. Divierte con estos muchachos. Deja que te muestren que valiosa eres. Te veré después. —La puerta se cerró detrás de él, ocasionando que Jasper y Emmett se miraran a los ojos, Emmett con reticencia y Jasper con diversión por lo que se les aproximaba, para luego centrarse en Bella que continuaba en su anterior posición con el pecho y el vientre encima de la mesa, el culo al aire y las piernas abiertas enseñando su húmedo coño.

Mmm. Que tenemos aquí ¿quieres que juguemos con este hermoso coñito tuyo? —dijo Jasper acariciandola suavemente el coño.

— Oh, si, si, por favor —fue la contestación que recibió.

Bien, continua mamando a Emm mientras yo te chupo a ti.

Emmett siguió embistiendo dulcemente en su boca, pero con la mirada fija en Jazz mientras descendía la cabeza y comenzaba a lamer, chupar y morder desde el exterior al interior de su montículo, haciendo que gimiera y succionara mas fervientemente la polla que tenia en su boca, aumentando así su excitación ante lo que Jazz le hacia con la boca y el tener la gruesa polla de Emmett por primera vez.

— Mmm. pruébala Emmett —ordeno Jazz mientras introducía dos dedos en Bella, llenándolos de su crema para despues llevarlos a la boca de Emm y este los lamiera uno por uno.

Con esta acción Emmett empezó a follarle la boca con más fuerza y rapidez, sujetando con sus manos un puñado de cabello a ambos lados de su cabeza, para mantenerla así fija en una posición y facilitar los avances, provocando que relajara la garganta y a su vez que llegara mas profundo en su boca. Esto la calentó más y al sentirla así de encendida, Jazz levanto la cabeza de su coño para embestirla hasta el fondo de una sola estocada.

Penetrándola como salvajes, acariciando con manos suaves y dulces tanto su cara como su cuerpo, metiendo y sacando sus pollas a la vez, gimiendo los tres al unisonó durante minutos u horas sin darse cuenta del tiempo transcurrido, hasta alcanzar un explosivo clímax los tres juntos.

Media hora más tarde el endurecimiento de Ed no había cesado. Iba a ser un maldito largo viaje hacia Greeley.