Lady
Era miércoles, lo que significaba Castiel tenía que abrir el bar. También significaba que tendría varias entregas de cargamentos, cerveza de Arizona y de Illinois, vino de Nepal y por supuesto, los artículos de limpieza. Cuando Castiel llegó al bar, comenzó con bajar la sillas de las mesas y limpiarlas con jabón y un trapo seco, terminando de eso revisó la hora, dándose cuenta de que faltaban aún cuarenta minutos para que el bar abriera. Preparó la bodega para las entregas, haciendo espacio en varias repisas y sacando productos al bar. Faltaban unos minutos para que abriera cuando alguien tocó la puerta trasera. Castiel se extrañó, normalmente las entregas llegaban cuando el bar ya estaba abierto. Salió de la bodega y se dirigió a la puerta, abriendo con cuidado. Del otro lado estaba un chico joven, pelo negro y piel morena, que sonreía amablemente.
— ¿Logan Adams?— preguntó.
— No. Mi nombre es Castiel, trabajo para Logan, soy el cantinero.— contestó sin saber todavía con quién estaba hablando.
— Oh, Castiel, hola. Me llamo Carlos, trabajo para mi tía Lady en su tienda, pero hoy estoy haciendo sus entregas.— Castiel entendió, y dejó pasar al chico.
— ¿Necesitas ayuda con algo?
— Para nada. ¿Dónde pongo las cajas?— Castiel señaló la bodega.
— Hice espacio en la segunda repisa para las cosas que traes. Deberá ser suficiente.— Carlos asintió y volvió por donde había entrado, y después de un par de minutos entró de nuevo con dos cajas medianas y una pequeña encima. El ex-ángel encendió las luces de neón de la puerta principal, señal de que el bar estaba abierto y algo que no había notado regresó a su mente.— ¿Por qué Lady no vino a hacer ésta entrega?— Carlos asomó la cabeza afuera de la bodega.
— Oh.— susurró rascándose la nuca.— Sufrió un pequeño accidente
— ¿Qué? ¿Qué pasó? ¿Está bien?— preguntó Castiel con preocupación tiñendo su voz.
— Sí. Bueno, no. Es decir, está bien ahora, solo le ordenaron reposo un par de días. Se lastimó la espalda, pero estará mejor para hacer la siguiente entrega, no se preocupe.— Castiel vio al chico con aprehensión, dudando que más decir.
— ¿Crees que pueda visitarla?— Carlos sonrió, y asintió con entusiasmo.
— Eso le encantaría a mi tía. Adora las visitas.— Castiel esbozó una sonrisa cálida y alzó el brazo para palmear al chico en la espalda, pero sin saber mucho sobre contacto humano, se detuvo y dejó caer su mano. Carlos, sin notarlo, sacó una libreta de su bolsillo trasero y escribió rápidamente algo, le entregó el papel al cantinero y dijo: Su dirección. Le diré que irás mañana después del mediodía, ¿está bien?
— Por supuesto.— Castiel dobló el papel y lo sostuvo entre sus manos despidiendo a Carlos con un breve asentimiento de cabeza. El chico salió del bar por la puerta trasera y cerró con cuidado dejando al cantinero con sus pensamientos.
Lady era una mujer amorosa y alegre, fuerte desde las piernas que la cargaban hasta el corazón que ofrecía al mundo. Para Castiel, imaginarla en cama sin poder hacer mucho, le hacía sentir... algo. Estaba ahí la tristeza, por supuesto, y un poco de pena también, pero podía sentir en su boca un sabor amargo, una sombra oscura asomándose por entre sus miedos. Éste cuerpo, es débil y frágil, Castiel pensó mientras abría y cerraba sus puños sintiendo la fuerza de sus músculos. La puerta se abrió en ese momento, dejando pasar a una pareja de amigos que reían por nada en particular. Castiel caminó hacia atrás de la barra para dejar el papel con la dirección de Lady, tomó un plato con botana (fresca) y lo llevó con paso suave a la mesa que los dos amigos ahora ocupaban, olvidando a esa sombra oscura por unos momentos.
