Nta. Autora: Antes de nada, gracias a todos aquello que me leéis, aunque no comentéis xDD En segundo lugar, aclarar que tanto este vicio, como el siguiente, son continuaciones del anterior (Dolor).
Gracias otra vez, y os dejo con el vicio ya. Espero que os guste :D
Laura Black
06. Necesidad
Los Longbottom acudieron al entierro de los Cavendish por separado, y aunque durante la ceremonia permanecieron juntos, compartiendo en un estrecho abrazo, el dolor que sentían por la pérdida de sus amigos, cuando esta terminó, se fue cada uno por su lado. Muchos fueron los que vieron aquella situación extraña, pues los Longbottom eran uno de los matrimonios jóvenes más estables de la Comunidad Mágica, pero ninguno comentó el hecho de que ni siquiera se habían dado un beso de despedida, acostumbrados como estaban a no esconder el cariño y devoción que sentían uno por otro.
Desde que se marchó de su casa aquella fatídica noche, Frank había pasado la última semana en casa de sus padres. Fue la semana más dolorosa de su vida. A la pérdida de sus mejores amigos, había que sumarle el dolor que le provocaba la ausencia de su mujer. La echaba terriblemente de menos, sobretodo en aquellos días en que tanto la necesitaba. Alice era su pilar, su punto de apoyo y sin ella, se encontraba perdido y desamparado.
Sabía que sus padres, pese a que lo habían recibido con los brazos abiertos cuando se presentó en su casa a las tantas de la noche, con los ojos rojos e hinchados de tanto llorar, y una bolsa llena de ropa, le reprochaban silenciosamente que no estuviera donde tenía que estar, en casa con su mujer. A Frank le sorprendía que su madre no le hubiera dicho nada todavía, y estaba seguro que era por la influencia de su padre, quien seguramente le habría persuadido y pedido que le diera más tiempo.
Pero, ¿Cuánto tiempo más?
En un principio, creyó que Alice tan solo tardaría como mucho un par de días en entrar en razón y acudir a él, pero había pasado toda una semana, y no daba indicios de que fuera a hacerlo. La veía en el trabajo, pero era todo muy frío e impersonal. Pese a que en el Ministerio intentaban no dar muestras públicas de cariño, siempre había un beso a escondidas, algún roce de manos intencionado cuando nadie veía, alguna sonrisa cargada de sentimiento; pero desde aquella noche, no había nada de eso. Si se veían, se saludaban como si fueran meros conocidos en vez de marido y mujer.
Y aquello le dolía en el alma.
Sabía que decirle que no quería tener hijos, había herido profundamente a su mujer, pero para él, sus motivos eran más que sensatos y coherentes. Estaban en plena guerra, conviviendo con la muerte día tras día, y la semana anterior habían sido sus mejores amigos y su hija los que habían muerto, y ¿Quién le aseguraba que los siguientes no podrían ser Alice y él? Nadie estaba a salvo. No quería que ningún hijo suyo tuviera que vivir con la angustia de ser el siguiente. No quería que ningún hijo suyo tuviera que vivir con el miedo en el cuerpo, como les ocurría a ellos.
Sabía que Alice quería tener hijos, sabía lo mucho que lo deseaba, pero ¿Por qué no entendía que no era el momento? Tenían toda la vida por delante, y esos malnacidos no iban a durar siempre. ¿Por qué no esperar un par de años? ¿Qué había de malo en ello? Eran tan jóvenes aún…
Echaba terriblemente de menos a Alice y sentía que le faltaba algo si no la tenía con él, pero aunque le doliera, tenía que aguantar un poco más. Alice tenía que entender que era lo mejor.
Pero cuando esa mañana se encontró con ella en el ascensor, quiso tragarse su orgullo y pedirle que volviera con él. Su mujer se disponía a entrar, y cuando le vio, se quedó clavada en el sitio, mirándole. El ascensor estaba lleno de gente, pero para Frank, solo existía ella. Sintió remordimientos al ver la mala que traía, con bolsas oscuras bajos unos ojos rojos e hinchados, como si hubiera estado llorando o llevara días sin dormir. Por un momento, pensó que no iba a entrar, que se esperaría al siguiente con tal de no encontrarse en el mismo sitio que él, pero soltando un suspiro y agachando la cabeza, entró en el ascensor. Frank, que estaba en la parte de atrás, se abrió paso hasta ponerse a su lado.
-Hola – le susurró en voz baja, porque era consciente de las miradas curiosas del resto de personas.
Los rumores de que su matrimonio no iba bien, pronto empezaron a circular por el Ministerio, y cada vez que tanto él como Alice coincidían, eran conscientes de que toda actividad de paraba y ponían su atención en ellos.
-Hola – correspondió ella al saludo, de forma suave y sin apenas levantar la voz. Su mirada estaba clavada en el frente, y abrazaba una carpeta en su pecho, con fuerza, como si la estuviera utilizando de armadura. Ni siquiera le miró cuando se colocó a su lado.
La tenía tan cerca, pero la sentía a la vez tan lejos. ¿Iba a ser ese el final de su matrimonio? ¿Acaso la había herido tanto, que había creado entre ellos un bache tan profundo que ni siquiera el amor que se tenían, iba a poder superarlo? Frank se negaba a creer eso. Lo solucionarían. Tenían que hacerlo, pero no tenía ni idea de cómo.
-¿Cómo estás?
-Bien, gracias, ¿y tú?
-Bien también.
Aquella conversación tan impersonal, tan carente de sentimientos y sin rastro de cariño, le dolió como nada antes. Iba a acariciarle el brazo, porque necesitaba tocarla, pero enseguida llegaron a la planta donde estaba situado el Departamento de Aurores y Alice se dispuso a salir. Frank se dirigía a otra planta, a entregar unos informes.
-Alice – en un impulso la llamó, poniéndose frente a la puerta del ascensor e impidiendo que las puertas se cerraran, y ella, que ya le daba la espalda y se marchaba, se dio la vuelta – Te amo.
-Y yo a ti – aquella pequeña sonrisa que esbozó su esposa, fue como pequeño rayo de esperanza en su negra existencia desde que no estaban juntos. Frank no pudo evitar corresponder a esa sonrisa, sintiendo el corazón un poco más aliviado y sabiendo que, pese a todo, Alice también le amaba.
Tenían que solucionar sus problemas.
Frank era una persona independiente, pero en lo tocante a su mujer, la necesitaba a su lado. Necesitaba de ella su entereza, su maravillosa capacidad de entenderle con tan solo una mirada y necesitaba de ella su amor, su confianza. La amaba más allá de toda razón, y aunque muchos dirían que el amor vuelve débil a una persona, Alice era la fuerza que le impulsaba a levantarse cada día y luchar por un mundo mejor.
Con tan solo abrir los ojos por la mañana y verla acostada a su lado, ya valía la pena seguir viviendo.
Pero, ¿la amaba lo suficiente como para enfrentar sus miedos? Él era un hombre de familia, y nada le gustaría más que formar una con Alice, pero estaba aterrorizado. Él y su mujer se cubrían las espaldas mutuamente, y ella, por muy dulce que pareciera, era una fiera y una de las mejores aurores que Frank había visto en su vida, incluso mejor que él, y sabía que podía cuidarse sola llegado el caso.
Pero un hijo… un bebé. Una pequeña vida dependiendo totalmente de ellos, confiando ciegamente en ellos para que le cuidaran… le aterrorizaba. No estaba seguro de poder enfrentarse a ello, y ahí es donde residía su mayor miedo: no ser capaz de cuidar de aquellos a los que amaba, y que a consecuencia de ello, sufrieran.
Pero si seguía así, manteniéndose en sus trece y negándose a tener hijos, ya no tendría a nadie amado a quien cuidar, porque Alice terminaría cansándose de esperar a que reaccionara, y finalmente le abandonaría.
Como había hecho él cuando se marchó de casa aquella noche.
Sintió ganas de maldecirse él solo, de llamarse cobarde a gritos por haber huido a casa de sus padres en vez de sentarse a hablarlo con Alice. El suyo no era un matrimonio en el que las decisiones se basaban siguiendo unos impulsos, sino que, antes de tomar cualquier decisión, lo hablaban, cada uno exponía sus razones y negativas, y después decidían lo que creían mejor para los dos. Tanto Alice como él eran dos personas sensatas, pero en esta ocasión, el miedo junto con el dolor por la pérdida de sus amigos, habían hecho de Frank un hombre cobarde y superado por los sentimientos.
Tenía que hablar con ella, sino, estarían siempre distanciados y eso era algo que Frank no estaba dispuesto a permitir.
Y no se esperó a terminar de trabajar, sino que, bajándose del ascensor en un piso que no le correspondía, echó a correr escaleras abajo en busca de Alice. Vio a varios compañeros y les preguntó por su mujer, pero nadie le había visto. Parado en mitad del pasillo, con el corazón latiéndole con fuerza dentro del pecho y la respiración acelerada a causa de la carrera, se preguntó donde podría estar. No hacía ni diez minutos que habían coincidido en el ascensor, así que muy lejos no debería estar.
-¡Longbottom!
Fue su jefe quien le llamó, y cuando Frank se dio la vuelta encontrándose con él y con otro mago joven. Ambos se acercaron hacia.
-Ya le he hablado a Stevens de las rondas que os tocan juntos, y confío en ti para que termines de explicarle como trabajamos aquí, que este chaval – le dio un golpecito en la espalda que hizo tambalearse al chico – acaba de graduarse con honores y es su primer día.
-¿Qué rondas?
-A partir de ahora, Stevens y tú formareis equipo.
-Pero, ¿y Alice? – su mujer y él habían sido equipo desde que entraron tanto en la academia como en el ministerio. Se conocían mejor que nadie, y confiaban en el que el otro les cubriría las espaldas en caso de ser necesario.
-¿No te has enterado? – su jefe frunció el ceño, al igual que Frank, quien negó con la cabeza – Alice ha venido a entregarnos su renuncia.
Continuará…
