Referencias:
Dominus/Domina: Amo/Ama.
Servus: Esclavo.
Consul y Praetor: Durante la República, los que empleaban mayor cargo político en Roma eran dos consules, cuales tenían un rango similar al de un Rey y Reina. Y un praetor por debajo, sería el equivalente de la Mano del Rey. Estos cambiaban cada semana, pero aquí esto no sucederá.
Domus: Son las viviendas romanas que poseían las familias de alto nivel económico.
Villicus: Esclavo encargado de vigilar el trabajo de los otros esclavos.
Cubicularius: Ayudante de cámara, es el esclavo que sirve al amo dentro de la habitación, tanto como para vestirse como para dormir junto a él, si este lo deseara o no.
Imperator: Era el nombre que se le daba al romano que tenía el poder de mando militar durante las campañas militares.
Decurión: Maestro de armas de diez soldados de la Legio.
De Poniente a Roma:
Invernalia= Gallia.
Desembarco del Rey= Roma.
Islas del Hierro= Grecia; Macedonia es equivalente a Pyke.
Canto IV
Reek se levantó temprano para esperar el regreso de su dominus. El hombre ese día no lo solicitó por lo que pudo descansar unos minutos más, cuales agradeció ya que odiaba tener que despertarse tan pronto y volver a la realidad. En sus sueños él era otro hombre, uno que tenía una agradable vida, un baño caliente, comida, ropas de seda y un amigo.
Es noche soñó con Robb Stark y las frías, a la vez cálidas, noches en Gallia. Eran las noches en que Robb le exigía que le leyera la Odýsseia, no era tanto lo que tardaba en leer, sino lo que el niño tardaba en convencerlo. Le encantaba hacer que Robb sintiera necesidad de él… y ahora nadie lo necesitaba.
Ramsay Bolton se acercaba rápidamente con su caballo, Sangre, sus compañeros de caza y sus perras, que iban por delante de todos. Las perras al sentirlo se abalanzaron con tanta fuerza que lo derribaron, unas se encargaban de lamerle el rostro mientras otras los brazos y las piernas. Jeyne la Roja tenía el hocico lleno de sangre, no propia, y le manchó las mejillas.
—Reek. —Su dominus lo llamó al bajar del semental.
Reek apartó a las perras y se puso en pie tan rápido como su dominus se le aproximó. El hombre le besó la frente, al adentrarse en el domus y dirigirse al tablinum le encomendó a Alyn el Amargo que asistiera a Sangre.
—Sígueme, Reek, tengo un regalo para ti.
Reek obedeció. Su dominus había tenido una buena caza, lo supo al comprobar el nuevo accesorio en el collar. El despachó seguía siendo tan cálido como siempre, él pasaba mucho frio en su solitaria celda y aún más cuando su dominus le regresó la haraposa túnica que apenas lo cubría.
Ramsay se acercó al escritorio y rebuscó en este entre todas las cartas y objetos que tenía encima. En presencia de Roose Bolton la habitación estaba más ordenada, las cartas en los estantes correspondientes, ningún libro en el suelo y lo que no servía era desechado. No obstante, con Ramsay la limpieza y el orden iban en el último puesto de la lista de importancia.
— ¡Mira! —Exclamó al encontrar lo que buscaba. —Ben Huesos ha hecho algo muy especial para ti, Reek.
Era un collar de perro de color bordo como la sangre seca. Su dominus se colocó muy cerca de él y le acarició el cuello, tenía la piel seca y sucia por la tierra del bosque. A Reek le dio náuseas al pensar porque esos dedos tendrían tierra.
—Un perro necesita un collar y tú eres un perro, ¿cómo podía permitir que andes por ahí sin un collar? —Ramsay se lamió los labios. —¿Te gustaría tener un collar, Reek?
—Sí usted lo desea, Dominus.
—Bien, entonces adornemos tu hermoso cuello.
Reek se arrodilló y se acurrucó entre las piernas de su dominus, estiró su cuello al mirarle los claros ojos. Los dedos se deslizaron con suavidad por su piel, ladeó la cabeza acompasándose a estos. Sabía que su dominus no era de caricias suaves, pero quería creerlo aunque sea por un mínimo momento.
El collar era de cuero, frio, duro y muy ancho. Reek se estremeció al tenerlo cubriéndole y ensamblándosele en la piel. La hebilla fue presionada sobre su nuez de Adán, evitó tragar saliva para no causarse un innecesario dolor. Era pesado y hacía que su cuerpo fuera adelante.
—El collar siempre es necesario para que un perro aprenda a quien pertenece. ¿Tú sabes a quien perteneces, Reek?
—Le pertenezco a usted, Dominus.
—Muy bien. —Ramsay le sonrió. —Y, tengo otro regalo para ti.
—¿O-otro?
—Sí, Reek, Ben ha hecho un gran trabajo para ti.
Ramsay tomó algo del escritorio, le extendió la mano, la punta de los dedos le rozaban la barbilla. Le mostró una placa de oro, tan dorada y radiante como el sol, tenía un grabado muy prolijo. Detenedme si escapo y devolvedme a mi dueño, se podía leer en ella.
—¿No es bueno, Reek? —Ramsay le preguntó, los ojos le brillaban. Era el único feliz en la habitación. —Y mira, dice tu nombre también, para que no puedas olvidarlo.
En la cara trasera de la placa se leía Reek y no el nombre que en algún tiempo atrás supo poseer. Y el de su amo también estaba allí, las letras del nombre de este eran mayores en tamaño. Su dominus se la enganchó al collar, la placa le raspaba las clavículas. Si bajaba los ojos podía ver el dorado resaltando sobre lo oscuro de su túnica.
—Ahora si luces como un perro. —Ramsay se aseguró que la placa estuviera bien unida al collar. —Más tarde debes de darle las gracias a nuestro viejo amigo por hacerte tal regalo, ¿no lo crees, Reek?
—Sí, Dominus. Voy a agradecer.
Y así fue, esa tarde Ramsay lo llevó a las perreras donde Ben Huesos le daba de comer a las perras. Reek tuvo que arrastrarse hasta el hombre, tenía miedo, mucho miedo. No obstante, al dar las gracias por su nuevo regalo el anciano le acarició los cabellos con los dedos callosos y le hizo aprender que no tenía que sentir miedo.
El Bolton había acortado su trabajo, se convirtió en un cubicularius y aguardaba en la puerta del despacho a que su dominus le diera alguna orden. Era un trabajo más fácil y aburrido que el de procurator, ya no debía cargar en su espalda las pesadas uvas cuando el burro se cansaba y en cambio, tenía que soportar la gélida mirada de Ramsay incrustándosele cada tanto en el cuerpo.
—¿Alguna vez has ido a Roma, Reek? —Ramsay le preguntó, entre las cartas se detuvo en una que leyó varias veces con una larga curva en los labios.
—No, nunca he ido, Dominus.
Al ser Theon Greyjoy el intentó en cientas de ocasiones ir a Roma y en ninguna lo logró. Él pudo haberla visitado sí no hubiese sido por el honor de Jon Snow que los delataba antes de tiempo o por los guardias de Robert Baratheon.
—¿Te gustaría ir, Reek? —Reek no supo que responder, por lo que no lo hizo. —Mañana por la mañana marchare a Roma, el Consul Joffrey Baratheon ha solicitado mi presencia para inaugurar la arena que llevará su nombre. ¿Te gustaría acompañarme a ver los juegos en la arena, Reek?
—Sí a usted lo complace, Dominus.
—Si me complacerá, Reek. Me complacerá que me veas pelear y que reces por mi victoria.
Ramsay no esperó a que la mañana llegara y esa misma noche se encontraron partiendo hacia Roma. Reek cargó la bolsa con el uniforme de su dominus hasta la basterna, llevaba la manica, la falda y las dos espadas que utilizó en la pelea contra Robb. Las telas que recubrían la basterna eran rosadas y resaltaban por fuera de esta, la luz de la luna se disfumaba entre ese color.
Ramsay ordenó que se llevara una canasta de uvas violetas para regocijar a la consul Cersei Lannister. El hombre fue comiendo algunas en el camino mientras pasaba las hojas del libro que llevaba, era el mismo que Robb tomó de la biblioteca de Roose Bolton.
—¿Quieres una, Reek? —Los labios de Ramsay se manchaban con el jugo de las uvas.
Eran redondas, grandes, jugosas y tentadoras, ¿cómo podría no querer una? Reek se relamió los labios, su estómago rugió haciéndolo encorvar al llevar las manos a su vientre y cubrirse con apocamiento.
—Sí, Dominus.
Su dominus tomó del ramal la uva más pulposa y la arrojó al extremo opuesto en el que Reek se encontraba agazapado. Observó atento como la uva se mantuvo en el aire y como revotó sobre la rosada tela hasta estancarse en la esquina. Se le hizo agua la boca de tan solo verla.
—Ve por ella, Reek.
La correa que se conectaba desde su collar hasta las manos de su dominus tintineó. Él fue hasta la fruta con mucho esfuerzo ya que la correa era corta y no le permitía llegar al extremo en que esta cayó. Respiró profundo al estirar sus brazos tanto como le accedían lo largos que eran, su cuello se aplastaba entre el collar que era tironeado por la correa.
Sus ojos estaban enrojecidos, su boca seca y su nariz sin ningún movimiento al momento en que tomó la uva. Reek la comió muy rápido, tanto que no la disfrutó y su esfuerzo fue en vano. Comenzó a respirar con tranquilidad al tener las manos vacías y el estómago aun rugiéndole. Se lamió los dientes chupando el dulce jugo que quedaba en ellos y un escalofrío le paralizó en el hueco del diente faltante.
—Gracias, Dominus. —Le dijo cabizbajo.
—Acércate, Reek, y come tantas uvas como quieras.
Titubeó, confiar en las palabras de su dominus no era buena idea pero no atenderlas era peor. Fue a él, la cadena no le impidió un cómodo paso estaba vez y Ramsay palmeó la mano en el suelo indicándole donde acomodarse. Su cuerpo se adhería a los muslos y torso del otro.
—¿Entiende el griego, Dominus? —Preguntó en un murmullo al dar una ojeada a las amarillentas hojas en las que las palabras griegas abundaban. El en cierto momento las usó con frecuencia, un tiempo muy lejano al de ahora.
—¿No debería hacerlo, Reek? —Su dominus le sonrió con una pizca de maldad que le prohibió la respuesta. —Es el idioma de los tramposos y he luchado con muchos de ellos en la arena. Es más divertido saber qué es lo que escupen antes de morir.
Ramsay le levantó el rostro, le traspasó uno de los mechones de su flequillo por detrás de su oreja y lo examinó por un largo rato. Reek sentía su barbilla entumecida, allí donde era sostenido.
—¿Qué es lo que tu escupirás antes de morir? —Le inquirió descansando los dedos en su labio inferior. —¿Tal al vigoroso y joven Patroclo dirás el nombre de tu amante al momento en que la muerte te alcance? Pero la verdadera pregunta seria, Reek, ¿cuál será ese nombre que de tus labios saldrá?
—El suyo, Dominus. —Reek declaró no profesándolo desde el corazón, dijo lo que el hombre necesitaba oír. —Diré su nombre, Ramsay Bolton, en mi muerte.
—Oh, mi tonto Reek. Con esas palabras tú buscas que pase noches y días de luto por tu partida. ¿Querrás que me corte y me arranque los cabellos en el sufrimiento? ¿Qué prorrumpiera en abundantes lágrimas ante tu cadáver? Y no te preocupes, honraría tu fiel amor con juegos funerarios tan llamativos como los de Aquileo.
—Yo no querría que usted sufriera con mi muerte, Dominus.
—No se podrá evitar, Reek, es lo primero que tendrás. Ese amor que me profesas será devuelto con ese gran sufrimiento que Aquileo, el de los pies ligeros, tuvo que afrontar. —Ramsay le besó los labios, por encima del dedo sin tocar la parte de sus labios que estos cubrían. —¿Por qué tu harás lo mismo si mi muerte me clamara primero?
—Usted no morirá, Dominus, usted es un héroe.
Tal vez en un próximo futuro la muerte de Ramsay lo saludaría, como al egocéntrico y bravo Aquileo que la encontró en las manos de un cobarde al que le temblaban los dedos al estocar el tiro de gracia.
Lo primero en obtener a su dominus fue el sueño.
La basterna concluyó su viaje enfrente del anfiteatro, era tan alto como el titán Kronos, padre de Zeus el dios del trueno y el cielo, padre de los dioses y los hombres. Reek tuvo que encargarse de cepillar los enmarañados cabellos de su dominus y cambiarle la túnica por una que tuviera un olor fresco y satisfactorio. El hombre gruñó cuando le cambió las vendas de la herida en la pierna izquierda, ya no sangraba pero no era una cicatriz presentable ante las autoridades de la Republica.
—Hueles a mierda, Reek. —Ramsay le comunicó y él lo sabía de ante mano, el olor no le permitía dormir con tranquilidad. —Un baño antes del viaje te hubiese caído bien, harás que los consules arruguen la nariz.
—Lo siento, Dominus.
—No te disculpes, Reek, será un buen espectáculo.
Reek cargaba las uvas en su espalda, la cantidad era mucho menor a la que había salido de Raetia y de todas formas le pesaba en exceso. La cargó hasta las puertas del anfiteatro donde rodeado por una numerosa guardia los aguardaban Joffrey Baratheon y Cersei Lannister acompañado por el pequeño Tommen Baratheon y la bella Myrcella Baratheon.
Ramsay saludó a Joffrey agarrándolo entre los brazos, era de rubios rizos y verdes ojos al igual que los otros dos niños. Le besó la mano a Cersei y Myrcella con una cortesía y delicadeza que hizo que Reek se espantara. Por ultimo le enredó los rizos a Tommen haciendo que los regordetes mofletes se inflaran y enrojecieran en una alegre expresión.
—He traído un regalo para ustedes. —Dijo extendiendo la mano hacia Reek. —Tráelo, Reek.
Reek reverenció a sus excelencias y apoyó la canasta en el suelo, casi desplomándose con ella. Tommen se acercó al mismo tiempo en que la canasta creó un eco al caer, agarró uvas según el tamaño de la pequeña palma y se las llevó a la boca.
—Gracias, Senior Bolton. —El niño sonrió, tenía los dientes muy blancos y un hueco en los incisivos superiores al igual que Reek. Las circunstancias de la falta de esos dientes eran muy diferentes.
—Ramsay está bien para ti, pequeño.
—¿Uvas en vez de vino? —Cersei preguntó levantando una ceja. —Quitadlas de mi vista, estoy tan cansada de ellas que me revuelve el estómago verlas.
Su dominus con disimulo le indicó con las manos que se pusiera en pie y regresara la canasta a la basterna. Reek caminó a medida los rechinidos de los dientes del hombre aumentaban y el apretar de los dedos en las palmas se intensificaba.
—Bueno, los juegos deben comenzar y el público debe estar impaciente. —Joffrey anunció. —Acompáñanos, Ramsay, y cuéntanos cuan tedioso ha sido tu viaje.
Ramsay fue al lado del Consul Joffrey, por detrás iban Cersei, Tommen y Myrcella. Antes de marchar se le aproximó y posándole los labios en la oreja le susurró: —Tira esas uvas y ve por algo de vino para esa puta. Rápido, ese vino debe estar mojándole la boca antes de que los juegos comiencen. Y no pienses que podrás escapar, si lo haces te daré caza al termino de los juegos y tendrás que rogar que Pluto te encuentre antes que de que yo lo haga, porque solo él sabrá cuál será tu tortura.
Reek se adentró por el mercado, los gritos de los mercaderes de esclavos eran los más fuertes, los que vendían pescados no le hacían justicia a los productos. Se alejó de los esclavistas y fue a uno de los puestos alejados, escondido en los pasillos.
—Vino tinto, Senior. —Pidió al mercader rechoncho que se cubría la barbilla y el cuello con una larga barba rojiza con betas blanquecinas. —Del fumarium, si es posible.
—Lo es si me muestras las monedas. —El hombre regordete le exigió chasqueando la lengua.
—Es para la Consul Cersei Lannister, no hay necesidad de monedas.
Sus palabras causaron una hilarante carcajada en el mercader quien escupió los trozos de comida que se le encajaban en los dientes. El hambre de Reek pudo haberlo convencido de abalanzarse sobre los restos que se escupían y tragárselos con la arena del suelo.
—La Consul Cersei Lannister te cortaría la lengua si supiera que aprovechas su nombre para emborracharte con mi vino. —El hombre se limpió la boca con la túnica. —Vete, si no hay monedas no hay vino.
—Soy el esclavo de Ramsay Bolton, el gladiador favorecido por el honorable Consul Joffrey Baratheon.
Reek apoyó el vientre en la mesa y alargó la placa que colgaba de su collar hasta los ojos del mercader. Estos se abrieron con grandeza. Un peligroso orgullo le infló el pecho, al final la placa no era tan mala.
—La Consul Cersei Lannister te cortaría la lengua si supiera que la haces esperar por su vino.
El mercader le proporcionó el mejor vino de la galería y un ánfora brillante sin ningún rasguño. Era pesada, su espalda se encorvaba y sus brazos recaían a la altura del suelo. Sus labios se secaban por el calor de Roma, pensó en sorber algo del vino y sus pensamientos fueron callados al arrastrar la arena en sus frágiles zancadas.
Tenía que levantar sus cadenas y posarlas encima del ánfora. El hombre que era en sus sueños hubiese escapado sin pensarlo y al termino de los juegos Ramsay lo cazaría, con demasiado y cruel éxito. Reek lo hizo antes de que aprendiera su nombre y mucho fue el castigo como para volver a intentarlo.
Theon podía marchar y encontrar a Robb, una buena idea sería si este no tuviera de compañía a Roose Bolton. A unas cuadras del anfiteatro sus piernas traquetearon y estuvo a punto de caer por la culpa de una naranja que rodó a sus pies. Con suerte se mantuvo en pie.
—¿Es pesado, cierto? —Una voz del exterior le preguntó y el dueño de esta levantó la fruta que le obstaculizó el camino. —Permíteme ayudarte.
Reek no tuvo tiempo para oponerse. Las cálidas manos se posaron sobre las suyas, los codos rozaron su torso, y de un momento a otro le quitaron el ánfora. Sus brazos cayeron como si aún tuvieran el peso del ánfora encima, su espalda se arqueó al igual que sus rodillas.
Sus ojos iniciaron percibiendo las sandalias y los cordones que se extendían hasta las rodillas. La pollera tableada continuó, era de colores rojos y dorados típicos en los hombres romanos. El pecho estaba al desnudo y en ambos hombros se entablaban unas manicas cubriendo los brazos. «Los juegos han terminado y ha salido a cazarte, tal como te lo prometió.» Reek crujió los dientes al pensar que aquel que se personificaba en su ayuda era Ramsay y aflojó la mandíbula al no detectar el collar de variados y coloridos cabellos. Los juegos no comenzaban y el aún estaba a salvo.
—Fuga es mi nombre. Sí, como el dios del terror, hijo del sangriento Marte y la bella Venus. —El hombre le dijo con una figurada sonrisa y mirándole por encima de los hombros. —Apúrate, pequeño.
Reek lo siguió sin alzar la voz, por alguna razón la sintió innecesaria. Sus piernas eran más rápidas sin peso y alcanzó en un santiamén al hombre que sosteniendo el ánfora caminaba a una acelerada velocidad.
—Oí que este vino estará en la boca de la Consul. Eres suertudo, daría mi lengua por estar cerca de esa belleza.
Reek lo inspeccionó con determinación. Era un hombre de facciones atractivas, no tanto como las de Robb. Era de ojos marrones, rozando lo rojizo de la sangre; barba insipiente; cabellos tan rojos como la armadura de los guerreros romanos; y nariz en punta, arrugada por el olor que Reek emanaba.
—¿Cuál es tu nombre, pequeño?
«Reek. Reek es tu nombre y tienes que recordar tu nombre.» No respondió por pánico a decir un nombre equivocado y causar la ira de su dominus. Fuga soltó en ánfora y con delicadeza pasó los dedos por debajo de la placa que Ben Huesos hizo para él.
—Reek. —Leyó. —El nombre de un esclavo. ¿Cuál era tu nombre de hombre libre, pequeño?
Theon Greyjoy fue un hombre libre de las islas de Macedonia, no obstante, Reek jamás lo había sido. El nació en las bodegas de Raetia y aprendió su nombre gracias a Ramsay Bolton. El conocía un nombre: Reek, cual no le pertenecía a un hombre libre.
Reek apretó los labios y miró la arena, necesitaba ir con su dominus.
—Así que le perteneces a Ramsay Bolton. —Fuga escupió el nombre de su dominus con recelo. —Lo he conocido hace tiempo y aunque pese al corazón debo admitir que es el mejor dimachaerus que he podido contemplar en mi vida.
Reek lo contempló también, los movimientos de su dominus eran casi siempre deshonestos y hábiles. Tembló al imaginar lo que le podría hacer con esas dos espadas, no le haría marcas en la piel, se la rebanaría hasta ser detenido por sus frágiles huesos.
—Mi hermano Timor tuvo el honor de luchar contra él, ¿lo sabias?
Las campanas sonaron y las aves volaron. Los dedos le cosquillearon, dispuestos a irse con su dominus y recibir el apropiado castigo, ya lo daba por hecho y sabía que el dolor se desarrollaría por cada segundo más que sus piernas se rehusaban a partir.
—Mi Dominus… —Masculló. —Tengo que volver con mi dominus.
Fuga no le autorizó marcharse. Le agarró los codos, lo presionaba con una fuerza que por sorpresa no le lastimaba. Sus ojos subieron hasta los labios del otro, eran delgados y resecos, resquebrajados por esto.
—Él puede esperar por ti. Yo no. —Le soltó uno de los codos para aprisionarle la mandíbula. Pudo escapar y en cambio centró su mirada. —Necesito que me hagas un favor, Reek.
—Favor. —Repitió por lo bajo, él no era bueno haciendo favores.
—Escúchame atento, Reek. —Ese nombre no encajaba en una boca que no fuera la de su dominus. —Tengo un regalo para Ramsay y te necesito a ti para entregárselo.
Fuga le colocó un pequeño frasco en la mano, era de vidrio pero estaba cubierto por una tela rojiza por lo que el contenido no era visible. Era frio y adormeció la mano de Reek. No quiso preguntar que era y para que, él se arraigó en los ecos de las campanas. Los gritos del público iniciaron a continuación.
—Es cicuta, ponla en su vino. Lo adormecerá y en una hora lo matará.
—No… no. —Reek movió la cabeza en conformidad con sus negaciones. —No puedo… Reek no puede… Reek tiene que regresar con su Dominus… Reek será castigado si no vuelve rápido.
Intentó devolver el frasco de veneno y huir para introducirse en el anfiteatro. Esta vez sus pies se movieron y la potencia del agarre contrario le obstruyó cualquier acción. Reek trató, el realmente trató y solo pudo llorar.
—No… ¡no matare a mi Dominus!
—Escucha, Reek. Si no lo matas el me matara a mí.
—No me importa. ¡No me importa! —Reek hubiese seguido gritando si no fuera por la mano que le cubrió la boca y le apretó los labios, sus gritos se convirtieron en difusos balbuceos.
—Esta noche, en la arena el me matara si no toma la cicuta. —Fuga le dijo con un tono calmo. —Tiene que morir, al igual que mi hermano lo hizo. ¿Te ha contado como ha matado a un muchacho de nombre Timor? No, no lo hizo. Ni siquiera debe recordar su nombre. —Se forzó a una disforme sonrisa. —Pero Timor si recuerda su nombre. Murió en la arena, no hay deshonra en eso. Sin embargo, Ramsay le quito toda la honra que pudo tener. Lo carneó como si se tratara de una oveja, le cortó los dedos para que no pidiera clemencia, le arrebató el rostro y por último, se aburrió de esa victoria cantada.
Reek se procuró no escuchar, no le importaba Fuga ni su hermano Timor. No le importaba quien muriera ni de qué manera. Él quería ir con su dominus antes de que los gritos del público cesaran. Y aun así lo escuchó, aun así los gritos se calmaron. El muy bien reconocía lo que su dominus merecía, la cicuta era una solución limpia y rápida.
—Requiero de tu ayuda, Reek. Por Timor, necesita ser vengado. El veneno es una muerte dada por las mujeres, lo sé, pero si tan solo pudiera en la arena no estaría solicitándote. Y si me ayudas te convertirás en un hombre libre, no dependerás nunca más de algún dominus.
«Un hombre libre.» Esas palabras eran tentadoras en la boca y mente de un esclavo… en la de Reek no. Él era feliz junto a Ramsay Bolton, era una fiel y obediente mascota y tenía sus beneficios por ello. No precisaba de nada más.
—No, quiero a mi Dominus. ¡No lo matare! ¡No lo haré!
Reek arrojó el frasco lejos de sus manos y su alcance, agarró el ánfora y se echó a correr en busca de su dominus.
Cuando Reek entró al anfiteatro el primer juego ya había terminado y el receso comenzaba.
Los guardias tomaron el ánfora para almacenarla en la bodega. Fue conducido hacia uno de los cubiculum que se conformaban para el descanso de los invitados de mayor categoría, Ramsay Bolton era uno de ellos. El techo y las paredes estaban recubiertos por pinturas sobre los juegos que se dieron durante las décadas pasadas. Su dominus lo esperaba recostados en el kline moviendo las piernas, impaciente… tan impaciente.
—D-Dominus. —Se dirigió al hombre haciéndolo poner en pie. —Lamento mi retraso.
Ramsay no le habló, le gruñó. Se le acercó a zancadas rápidas y violentas, sus piernas se movían hacia atrás a medida que el otro avanzaba. Con su espalda detenida por la pares se vio prisionero entre los brazos de su dominus y el cuerpo de este que estaba muy junto al suyo.
—¿Por qué te has retrasado, Reek? —Le preguntó fingiendo tranquilidad, pero Reek podía notar el enojo fluir por las palabras.
—El vino, Dominus, no encontraba un buen proveedor. —Mintió y muy mal.
Ramsay separó la palma izquierda de la pared, unos centímetros, y con arrebato la regresó logrando una brisa que le congeló el cuello y un estruendo que lo dejó atónito por un extenso momento.
—¡Mientes! —La saliva le espumeaba por las comisuras de los labios. —Otra vez, Reek, ¿por qué te has retrasado? Y piénsalo bien, no quiero otra mentira.
«Él lo sabe. Lo sabe. Lo sabe todo.» Reek no quería volver a mentir y tampoco quería decir la verdad… de ambas formas terminaría siendo castigado. Si contaba sobre Fuga y el veneno de cicuta perdería los dedos, las manos y el brazo entero. Y si mentía… no mentiría, su inteligencia no abastecía una segunda mentira.
—Lo siento, Dominus… lo siento… yo… yo no quería volver… lo siento.
Ramsay chasqueó la lengua y le agarró el cuello. La palma presionaba su nuez de Adán mientras que los dedos se hundían en el costado. Respirar era doloroso y mucho más en los momentos en que su nuez se movía desesperada por conducir la saliva.
—Tus ojos están rojos, ¿has llorado?
La punta de los dedos aplastaban su carne, tranquilamente supuso que podrían tocar sus venas y perforarlas. Su rostro se sonrosaba y el rojizo de sus ojos se intensificaba, su boca se secaba y su lengua palpaba sus dientes en busca de algún signo de hidratación.
—Tu olor. —Ramsay inclinó la cabeza olisqueándole el rostro, descendiendo por la sección del cuello que no era cubierta por la gruesa mano. —Hueles a otro hombre.
En los gélidos ojos de su dominus se impregnaba la decepción por su mentira, la furia por su verdad y el dolor por su traición. A Reek le correspondía ser castigado por eso. La sangre afloró por su nariz, unas pequeñas gotas salpicaron sus labios. Sus ojos se elevaron a los de Ramsay con pánico.
—P-por f-favor. —Suplicó con voz queda. La muerte era un regalo bien recibido, el dolor que traía acarreado no.
Ramsay lo soltó. Reek se desplomó en sus rodillas. Respiró al tiempo en que los dedos comenzaban a despegarse y el dolor que se filtró en su garganta fue quemante, insoportable y fatal. Su respiración fue retomada a una velocidad acelerada, la agitación le recorría el pecho.
—Gracias, Dominus. —Dijo al limpiarse la sangre, los dedos la esparcieron por su mejilla y luego fueron chupados, su sangre no dejaba de ser dulce y apetitosa.
En su cuello palpitaba la marca violácea con la forma de la mano de su dominus, moverlo acrecentaba el ardor. Reek se puso en pie con sigilo, aún tenía los ojos contrarios clavándosele y aguardando por su recuperación que sería destruida en breve.
—Acuéstate, Reek. —Ramsay le indicó el kline.
Reek fue. Se movió con lentitud, agachando la cabeza al pasar por al lado de su dominus. Las almohadas del kline eran cómodas, muy suaves sobre su magullada piel. Sus piernas se estiraron y sobresalieron por la punta del mueble.
Ramsay se le aproximó, en el camino desenvainó el cuchillo. Reek tragó saliva al observar el brillo del acero y pensó que parte del cuerpo debía despedir. Ramsay se sentó cerca de su cadera y se la acarició.
—¿Por qué me has mentido, Reek? —Las caricias eran delicadas, cordiales hasta el límite que conocía. —Patroclo nunca le mentiría a Aquileo, ¿cuál fue la razón para que tu si me mintieras a mí?
—Usted se enojaría con la verdad, Dominus.
—Y de todas formas has conseguido mi enojo, Reek. Me mentiste y desobedeciste. ¿Por qué no pudiste seguir siendo la réplica de Patroclo? El respeta y obedece a Aquileo, y tu Reek, has insultado mi nombre.
Las caricias tomaron su vientre y pecho, la palma era cálida y le quitaba el sofrió que el temor le traía. En su hombro derecho Ramsay lentamente corrió la túnica, desnudándoselo. Con el izquierdo hizo lo mismo y arrastró la túnica hacia su abdomen, descubriendo su torso.
—Puedo ser como Patroclo, Dominus. —Su voz tembló al tener el amenazante acero besándole la desflorada piel. —Reek es leal y obediente. Reek no volverá a mentirle, es una promesa, Dominus.
—¿Por qué debería creerte, Reek? Me mentiste una vez, podrías hacerlo de nuevo.
El cuchillo le recorrió las clavículas, rozándolas con sutileza y descansó en la separación de sus tetillas, allí impregnándose con fiereza. Una de las tetillas se encontró en medio de los dedos de su dominus. Reek se estremeció.
—¿Qué es lo que harás para probar que eres digno de mi confianza? Porque la quieres recuperar ¿no es así?
Los dedos se movieron de arriba a abajo sobre su porción rosada de piel, cual se empinaba a causa del acurrucar en los pálidos accionantes. La fricción era incomoda, casi dolorosa e igualmente excitante.
—Todo, Dominus, haría todo por su confianza.
Su tetilla fue tironeada una, dos, tres, cuatro y cientas de veces. Reek jadeó. Su polla endurecía en la túnica, se hinchaba más y más cada vez que los dedos se movían a tiempos dispares y acarreaban su piel entre ellos. Despreciable, era despreciable tal exaltación contraída por tales manos.
—¿Todo? —Fue una pregunta que no se oyó como tal. —Entonces, tócate para mí, Reek.
La mano libre de su dominus se encaminó a su entrepierna y la oprimió haciéndole gritar. Reek se retorció, ya estaba tan húmedo y tan humillado. Sus manos fueron recubiertas por la haraposa túnica y se deslizaron por las caras internas de sus muslos, calientes, siendo frenadas por la dureza de su miembro.
Comenzó en la punta, sus dedos se acoplaban en torno a su glande y primorosos lo apretaron, la sensibilidad que poseía le arqueó la espalda. Su respiración se agitaba y su vientre se contraía con el descender de los dedos al tronco.
—Di mi nombre, Reek. —No lo dijo, gimió.
Su dominus sostuvo el cuchillo, corriéndolo y cambiándole el ángulo de posición al reclinarlo en el borde de la tetilla que con anterioridad fue acariciada. Reek contuvo el aire por unos segundos intentando que el frio no apaciguara el calor que entablaba su alivio.
Sus dedos subieron y bajaron más rápido, más fuertes. Su piel se estiraba al glande y al retraerse se mojaba con el líquido pre seminal que le ensuciaba los dedos. Sus ojos no se movieron de su fijación en los del otro, no pretendía pensar en nada ni nadie y solo deseaba complacer a su dominus mientras que encontraba en ello una electrizante sensación.
—Dilo, di mi nombre, Reek.
El cuchillo pinchó la punta de la tetilla muy por encima y no sintió ningún espasmo. El acero se profundizó vehemente y áspero hasta conseguir que la sangre emanara. Reek chilló y sus piernas se frotaron entre sí. En el dolor sus manos se paralizaron y su polla siguió endureciéndose como si eso fuera razón de engrandecimiento.
—No te detengas, Reek.
Sus dedos descendían con lentitud, al alcanzar el roce con los testículos regresaba a la punta. El placer inducido por la fuerza acallaba el padecimiento que se dio en el inicio del corte. Fue desde uno de los extremos, con cuidado el acero se fundió a su piel y esta se desprendió por el filo.
—Por favor. —Imploró.
El sufrimiento y el regodeo se mezclaban en una confusa sensación. La sangre se entibiaba al caer por su cuerpo. La compresión de sus dedos en su polla se aumentaba intentando que la complacencia ganara.
—Aun no te he oído, Reek. —Ramsay tarareó. —Di mi nombre. Me prometiste que dirías mi nombre antes de morir.
Reek aceptó el dolor que se superpuso en lo grato, lo necesitaba y lo merecía. Sus manos apretujaron por última vez la punta y la semilla reprimió otro desliz. Sus dientes se chocaban, la eyaculación también le dio final al corte que concluyó con el trozo de piel apartado de su cuerpo.
En aquel momento Reek dijo: —Ramsay Bolton.
Reek marchó a la bodega, los juegos de la tarde secaban la garganta de su dominus. La bodega era mucho más grande que la que conocía en Raetia y Theon Greyjoy en Gallia, era el tamaño determinado para un anfiteatro construido en honor a los consules.
Los guardias lo esperaban en la puerta, eran dos hombres robustos y de miradas tenebrosas que le erizaban el cuerpo. Uno de ellos tenía el lado izquierdo del rostro destrozado, sin oreja y con la piel quemada. Reek bajó las escaleras aliviado al no tenerlos cerca.
Rebuscó el ánfora indicada, ¿por qué debía haber tantas? Era cansador ver tantos colores y materiales similares. Recordaba que el cerámico del que buscaba era de un color rojizo, casi alcanzando el rosado.
—¿Buscas esto? —Una voz provino por detrás de su espalda, era una que extrañamente reconocía.
Reek se volteó y frunció el ceño con reconcomio. La sonrisa que Fuga portaba le hizo acariciarse el vientre subiendo los dedos a su pecho y tocar el corte que fue quemado para detener el descomunal brotar de sangre.
—Lo he preparado para ti. —Apoyaba una palma en la abertura del ánfora que Reek debía llevar para su dominus. —Para que puedas regresar rápido con tu Dominus.
Reek tomó las asas del ánfora aunque desconfiaba del contenido de este. —¿Tiene cicuta?
—Lo suficiente. —Fuga admitió encogiéndose de hombros. —No lo matará antes de la pelea, pero lo debilitará.
—¿Ganarás? —Reek habló sin pensarlo.
—Tratare, una bestia adormecida sigue siendo bestia. —Fuga se le acercó, tanto y más como lo hizo su dominus en el cubiculum. Del cinturón de bronce que le sostenía la falda agarró una corta espada de madera. —Mi rudis, es para ti. Mantenla contigo hasta mi victoria, y en caso de que muera, utilízala, no quiero que sea utilizada para recoger mierda.
—Eres un hombre libre. —Susurró con cierta emoción.
—Y un esclavo de la venganza. —Fuga lanzó una débil carcajada. —Antes de que te vayas dime cuál es tu nombre.
—Theon… Theon Greyjoy.
Colocó la rudis en su cadera, el cinturón la apretaba por el medio haciendo que se conservara tiesa y no se cayera con el mover de sus piernas. La ima cavea era amplia y ostentosa, el toldo los recubría del sol mientras que los demás espectadores traspiraban y se calcinaban debajo de los potentes rayos del sol romano. Su dominus lo vio entrar y pararse por detrás de su asiento, y no le dijo nada. Agradeció la presencia de los consules.
—Reek. —Ramsay alzó la voz y Reek prestó atención irguiéndose por el escalofrío que le aguijoneó la columna vertebral. —Estábamos hablando con el Consul Joffrey sobre mi fuerza y quien no mejor que tú para dar un panorama de ella. Cuéntanos, Reek, ¿cuánta es mi fuerza?
—Dominus, usted es fuerte como Atlas, el titán que fue condenado por el justo Júpiter a cargar sobre sus hombros los pilares que Terra mantenía separados de Urano. —Reek pensó con una fuerza que pudo haberse considerado en la conversación. —Fuerte como el mismísimo Saturno.
—Procura no tener hijos. —La Consul Cersei Lannister bromeó, tenía los cabellos dorados como el sol y los labios rojos como la sangre.
—No como piedras, Seniora. —Ramsay refutó con una sonrisa que hizo que Cersei fijara la vista en los inicios de los juegos y apretara los labios.
Los primeros luchadores eran: un hoplomachus y un samnita. El samnita era un muchacho de corta edad, flaco, alto y ágil. El hoplomachus un oso, rechoncho, lento y fuerte. La fuerza le ganó a la agilidad y la paciencia. La siguiente pareja fue conformada por un thraex y un murmillo, un clásico en los juegos romanos que obviamente termino con la victoria del gladiador romano.
—Tengo sed. —Tommen Baratheon declaró con la dulce y fina voz. Las piernas no le llegaban al suelo por lo que las movía tal a una hamaca.
—Reek, sírvele vino al joven Tommen. —Ramsay le ordenó antes de que algún otro quisiera atender al niño.
—Agua mejor. —La Consul corrigió.
—¿Agua? Eso es para esclavos comunes. —Ramsay elevó la vista a Reek, sintió miedo de que se quedara sin agua en estos calurosos próximos días. —Los consules toman vino.
—Es joven para eso.
—Yo tome mi primera copa de vino a los cinco y me embriagué a los seis. Y mírame ahora, el mejor gladiador de toda la puta historia. Déjale probar del vino al niño, te prometo que cuanto más beba mejor luchador será. ¿Quieres ser un gladiador como yo, pequeño?
—¡Sí! ¡Quiero ser el mejor gladiador de la puta historia! —El niño exclamó enérgico y con los refunfuños de su madre acompasó su atrevimiento. —El mejor gladiador de la historia.
Ramsay se rio a carcajadas provocando el sonrojo tanto de la madre como del hijo. Y Joffrey asimismo rio con una torcida y socarrona sonrisa de lado.
—Vamos, Reek, sírvele vino al joven gladiador. —Ramsay meneó las manos al dictaminar.
Acercó la copa a la regordeta mano del niño. Temblaba. No fue lo suficientemente cerca por su parte, el niño tuvo que estirar su brazo para alcanzarlo. «Es un niño.» Recordó la cicuta, su dominus no había tocado una sola gota del vino y Tommen si lo haría, el chico lo probaría y lo bebería con tanto gusto que no lo notaria. «Es un niño.» El vino rebalsó mojándole los pies al hijo menor de la Consul Cersei Lannister. «Es un niño, un niño que crecerá para convertirse en una bestia.»
—Gracias, Reek. —Le dijo, las mejillas se le inflaron mucho más.
«Reek, él lo aprendió más rápido que yo.» Tommen no podía tener más de nueve años, era compacto y robusto, rubio y de angelical mirada, de tierna voz que lograba darle una satisfactoria tonalidad al nombre que su dominus le impuso. «Es un niño.» No tuvo que decirlo una vez más para arrebatarle la copa y lanzarla con líquido y todo al suelo. Tommen chilló, se contrajo con miedo y comenzó a llorar.
—¿Qué es lo que hace tu salvaje? —Cersei preguntó irritada al apartarlo de un manotazo, abrazar a su hijo y reconfortarlo con las aliviadoras palabras que únicamente de la boca de una madre saldrían.
Ramsay respiró profundo, meditó unos segundos y se levantó. Lo agarró por los brazos, con fuerza, le dejaría moretones. Por alguna razón no detectó enojo en esos ojos que le cortaban mucho más que el cuchillo.
—¿Por qué has hecho eso, Reek?
—E-el vino, Dominus. —Reek se quedó sin voz y tuvo que forzar a su garganta para soltar algunos restos. —El vino no tenía buen color, no era bueno para un consul.
—¡Ahí lo tiene! —Ramsay suavizó el enganche. —El vino no era de calidad, Reek ha tenido un buen comportamiento al no permitir que alguien de tan delicados labios lo probara.
—No importa la intención que tu salvaje tenía, le levantó la mano a mi hijo. ¡Hay que castigarlo!
—No será castigado. —El Consul Joffrey intervino. —Los juegos continúan y es el turno de Ramsay, necesita de su esclavo para que lo prepare.
Reek no fue castigado. No, no por Roma, el recibiría su castigo de parte de Ramsay Bolton. En la bóveda se encargaba de preparar a su dominus para la batalla que finalmente le traería entretenimiento a Joffrey Baratheon que hasta el momento no hizo más que bostezar. Para Reek no sería divertido, no le gustaba ver a su dominus pelear y mucho menos verlo victorioso.
—¿Qué tenía ese vino, Reek? —Ramsay le preguntó al momento en que le extendía el brazo para que le colocara la manica.
—Una mala apariencia, Dominus, nada más. —Reek recogió el largo y oscuro cabello en una coleta para poder unir las piezas de la manica por detrás de la gruesa espalda.
—¿Crees que soy estúpido, Reek?
—No, Dominus, usted no es estúpido.
Ramsay persiguió con la mirada cada uno de sus movimientos, al arrodillarse para abrochar la falda y pegarle al ancho cinturón de oro a las telas, al bajar la cabeza enfrente de la otra y traspasar por los dedos la manica.
—¿Rezarás por mi victoria, Reek? —Al terminar de vestirlo recibió un beso en la frente.
—Lo haré, Dominus. Aunque no lo requiere, usted es un campeón.
Los portones se abrieron y por ambas direcciones los gladiadores se presentaron en la arena. Ramsay arrastró las espadas mientras el público lo aclamaba y los pétalos le caían en la cabeza y en los costados. Fuga no recibía la misma atención. Los gladiadores se plantaron en el centro de la arena con una rodilla en ella, reverenciando al Consul Joffrey Baratheon que se puso en pie para dar inicio a lo que todo Roma estaba esperando.
—¡Pueblo de Roma, ante los ojos de los dioses es un placer para mi presentarles un verdadero combate! —La gente aclamó por inercia. —¡Con ustedes, Fuga, retiarius! Y para el honor de todos ustedes me honro al presentar a ¡Ramsay Bolton, dimachaerus!
El combate empezó con la indicación del Consul. Fuga llevaba una red en la mano derecha y en la izquierda un tridente, del cual tomó la medida de alejamiento. Ramsay se movía alrededor del otro, en círculo, haciéndolo girar y mantenerse prevenido.
Su respiración se atoró al momento en que la red voló por el aire. La red cayó entre las manos de Ramsay y fue tironeada de regreso arrancándole una de las espadas, la otra fue mantenida en su lugar por la fuerza que se utilizó para no perderla.
Ramsay gruñó, no siguió perdiendo tiempo y se aproximó al retiarius. Y fue en ese entonces que el tridente le alcanzó el torso, las tres puntas perforaron la piel y la inicial carne desde las clavículas hasta la última costilla. Los suspiros del público fueron tan poderosos como el prorrumpir de la sangre del Bolton.
Aun gravemente herido el dimachaerus no se detuvo, la mano libre se aferró al tridente y con la espada que mantenía la partió. La mitad se le quedó en el cuerpo y se la arrancó antes de que Reek pudiera parpadear.
Reek tenía que rezar a Ares, tenía que rezarle por la derrota de su dominus.
La red voló otra vez, sin éxito se derrumbó en el suelo y Fuga no tuvo más opción que desenvainar la daga. Cuerpo contra cuerpo, era la gran ventaja de Ramsay. No supo predecir quien corrió primero pero si el instante en que los aceros se chocaron.
La espada de Ramsay se deshizo de la daga de Fuga con total facilidad. La daga se derrumbó al mismo tiempo en que el cuerpo del retiarius fue llevado a la arena por la presión de la espada sobre el pecho. Con el contrario retorciéndose por el impacto del suelo contra la arena, Ramsay aprovechó y clavó el acero en el cuello.
Ramsay al recoger la espada que la red le había robado alzó los brazos al público, cual clamó eufórico. Cógelo, pégale, degüéllalo, desuéllalo, era algo de lo que el público gritaba y lo que llegaba a los oídos de Reek.
Los dedos de Fuga se elevaron, despacio, y entretanto la sangre le corría por la boca. Su muerte era cuestión de minutos. Tanto Ramsay como el público esperaron a que el Consul se levantara y diera su veredicto: el pulgar dispuesto horizontalmente a la altura de la barbilla que en el contiguo segundo fue levantado. La muerte. El gesto fue imitado por los espectadores y la muerte fue mucho más clara.
—Me rindo. —Fuga logró decir. La sangre había comenzado a ahogarlo, no obstante, esto no le entregaría la muerte.
—Y acepto tu rendición.
Los dedos fueron rebanados. Un grito de dolor y otro de ánimo. La espada que se le clavaba en el cuello a Fuga fue retirada, no para siempre, regresó una vez más para desprender los huesos del torso. Reek palpó la rudis al cerrar los ojos y no presenciar el acto.
El combate terminó con Ramsay realzando la cabeza desde los cabellos para que el público pudiera apreciar su trabajo. Al regresar a la bóveda la sangre ya le manchaba el principio de los muslos y la que se vertía de la cabeza le mojaba los dedos de los pies. Reek lo asistió sin titubear.
—Alegra el corazón su victoria, Dominus. —No supo por dónde comenzar, la cabeza que colgaba en la mano contraria lo acobardaba. —Por favor, Dominus, suelte esa cabeza. Lo ayudare con sus heridas antes de que siga perdiendo más sangre.
—Esta cabeza es para ti, Reek. —Ramsay le dijo levantando la mano y examinando los rasgos del rostro del fallecido. —Un regalo.
Reek no dijo nada, el silencio era mejor que una palabra mal dicha. La cabeza se le fue acercada, en parte del labio superior, el labio inferior y la barbilla se encontraba un mar rojizo. El olor que se expulsaba todavía era el de un hombre vivo.
El estómago se le revolvió. Las náuseas le ganaron al esfuerzo por soportar en su cuerpo. Tosió y vomitó la acida bilis. En cada precipitación su garganta se volvía más áspera y un engorroso dolor punzaba en ella.
—¿Es así como aceptarás mi regalo, Reek? —Ramsay le pasó los dedos por el cabello, aferrándose a estos y doblándole el cuello, posicionándole el rostro para lo que observara fuera el oscuro techo. —¿Por qué no te gusta mi regalo, Reek?
La cabeza dejó la mano para yacer en el suelo, la mano ensangrentada y húmeda de su dominus se le instaló en el pecho. La presión se ejerció en la cicatriz del corte de su pezón, las costras que el calor del acero le dio aún eran deleznables y se agrietaban con el recorrer de las uñas.
—Tengo que enseñarte a apreciar el esfuerzo que he hecho para darte este regalo.
La mano de su dominus se alargó a su vientre, donde se estancó. Reek suplicó para que no tocara la zona entre su cinturón y la rudis. Fue algo imposible de conseguir. La punta de los dedos percibió la rudis y con rapidez su dominus le corrió la túnica para saber de qué se trataba.
—¿Cómo conseguiste esto? —Reek tembló, el bruto agarre le estaba arrancando los cabellos. —¡Respóndeme, Reek! ¿Cómo lo conseguiste?
—Vuestro contrincante, Dominus. —Su voz flaqueó. —El me lo ha entregado, Dominus, deseaba que lo guardara.
—Y ese regalo si lo has aceptado. Sera más necesario que te enseñe a quien perteneces.
Reek se dio cuenta de su error cuando estuvo acorralado contra la pared. Su rostro y abdomen se enfrentaban a la fría y rocosa pared, y sus piernas se distanciaban siendo conducidas por las manos de Ramsay. Su túnica se levantó hasta su vientre, descubriendo sus largas piernas y su delgado trasero.
La mano de su dominus le palmeó impetuosa su nalga izquierda, Reek chilló al equivalente volumen que el sonido de la carne estrellándose. Uno más, más rápido y fuerte, y los dedos tomaron el permiso para encestarse en su interior.
—¿Por qué aceptaste ese regalo y no el mío, Reek?
Eran dos dedos los que entraban y salían sin darle tregua. Adentro y afuera, era el mismo movimiento que cada uno nuevo fomentaba el anterior alarido y el malestar que se esfumaba con esos pocos milisegundos de separación.
—He luchado por ti. Te he quitado de ese viñedo de mala muerte. He cuidado de ti. —Ramsay le decía, en su voz se hallaba el desconsuelo y la desilusión. —Te he dado una mejor vida.
—P-por favor, Dominus. —Reek estaba al punto del llanto. —Lo siento… lo siento.
Sus gritos no eran más que mutismos en comparación a los gritos del público con el nuevo combate. La luz de la arena entraba por el portón pero donde Reek se encontraba sacudiéndose era oscuro como el Tártaro.
—¿Es por esto, tan poco, que Aquileo debe sufrir por Patroclo? ¿Es por esto, tan poco, que Patroclo necesitó ser castigado con la muerte?
El tintineo del cinturón le hizo tragar saliva y la caída del mismo apretar los dientes. La endurecida polla de Ramsay le rozó las piernas, entremetiéndose en la separación de estas y colocándose en la unión de su miembro y su entrada.
Su espalda se arqueó, los dedos lo liberaron y la polla lo agobió. Su cadera fue tironeada hacia atrás, su dominus se incrustó mucho más en él. Las embestidas eran más brutales que las medias vueltas que los dedos dieron con anterioridad.
A ratos Ramsay se pausaba para disfrutar del momento en que se introducía y para gruñirle en la oreja. Le mordió el lóbulo unas tres o cuatro veces, no recordaba cuantas de ellas lloró o gritó. Y aunque no hubiese aplicado resistencia sus muñecas fueron unidas y elevadas por encima de su cabeza.
—Lo siento, Dominus. —Sollozó, quizás esta vez sí tendría éxito en hacer entender sus palabras. —Por favor.
Por cada vez que gritaba Ramsay le oprimía las muñecas con mayor eficacia, impidiendo que la sangre circulara debidamente. Apoyó la cabeza en la pared asimilando el meneó de su cadera al cuerpo contrario.
—Tienes que aprender que… eres mío. —Ramsay suspiró al imponerle la caliente semilla en su cavidad.
No, no lo siento por comparar el Thramsay con el Patrochilles. Después de todo, el Patrochilles tiene un toque Thramsay y a su vez el Thramsay tiene su toque Patrochilles.
