CAPITULO 5

— Te aseguro que lo hice con la mejor intención —Rosmary se movía de un lado a otro de la habitación, buscando la mejor manera de expresar sus sentimientos.

Albert la observó deambular por la alfombra con cariño. Su hermana era tan torpe como él para expresar con palabras aquello que dictaba el corazón. De no estar furioso con ella, la habría obligado a sentarse y tomar una taza de té con galletas y mermelada de cerezas, igual que cuando era pequeña y se alteraba porque no podía resolver el enigma de uno de los acertijos que el difunto lord de Lakewood les aplicaba como un juego para adiestrar la mente.

—Es injusta la situación en la que te encuentras. Y también en la que ella está… —alzó la barbilla, mirándolo fijamente con sus hermosos ojos verdes—. Incluso tú, Albert, debes pensar del mismo modo, o no habrías regresado al salón y bailado con ella.

—Si regresé fue porque… necesitaba aclarar contigo lo sucedido esa noche. No podía dejar pasar tu comportamiento de esa noche sin más, Ross.

—Sí, y tus pasos te condujeron directamente a los brazos de Candy. Es un excelente modo de reprenderme, hermano —ironizó ella, intentando que no se notara la sonrisa en sus labios al recordar aquel momento. La misma que había surgido al ver aparecer a su hermano y arrebatar a su amada de los brazos de la competencia para adueñarse de ella. Igual que esos galantes caballeros armados de las novelas románticas que solía leer, dispuestos a todo por conservar el amor de su dama.

—Yo sencillamente… Quería disculparme con ella. No fue correcto el modo en que me comporté. Candy no se merece que la desprecien.

—Y estabas celoso —añadió ella, esta vez sonriendo abiertamente.

Albert gruñó algo inteligible, dándole la espalda a su hermana.

—Albert, tienes que dejar de luchar contra lo que sientes. La amas… Debes pelear por su amor. Tienes que decirle quién eres.

—Candice White no tiene ni idea de quién soy, Ross. Y las cosas deben continuar igual.

—¿Por qué? —Rosmary se volvió hacia él, sus grandes ojos verdes encendidos por el enojo—. ¡No es justo, Albert! Si hubieses hablado con ella… Está tan confundida.

—Hablé con ella.

—No me refiero a un par de palabras durante un baile, sino a una conversación de verdad.

—E imagino que eso fue lo que tú tuviste durante los cinco minutos durante los que estuvisteis juntas anoche.

—No me subestimes, Albert, sabes que nunca juzgaría por unas cuantas horas a su lado. Ha sido Annie quien me ha contado…

—¿Annie? —El ceño de Albert se juntó al tiempo que la alarma se encendía en sus facciones—. ¿Es que Annie está al tanto de todo esto? ¿Se lo has contado, Ross? ¿Estás loca?

—Cálmate, hermano, por supuesto que no —Rosmary se cruzó de brazos, molesta—. No soy tonta, nunca cometería un acto tan descabellado. Eso sería ir en contra de tu confianza, y sabes que eso nunca lo haré. Nunca te traicionaré, hermano.

—Bien… —Albert se volvió, posando el brazo sobre la repisa de la chimenea y fijando la vista en las llamas, que sacacan destellos dirados a su cabello—. Entonces, ¿podrías explicarme qué tiene que ver tu amiga Annie en todo esto?

—Es una casualidad, en realidad. ¿Recuerdas que te comenté que el padre de Annie fue operado de emergencia?

—¿Eso qué tiene que ver con todo esto?

—A eso voy, hermano. No seas impaciente. Annie conoció a Candy durante la estancia de su padre en el hospital, que coincidió con el tiempo que estuvo internada la tía de tu adorada dama.

—No la llames así.

—¿Cómo quieres que la llame entonces? ¿La que fuera tu mujer?

Albert tragó saliva, sintiendo de pronto un sabor amargo en la boca.

—Con que la llames por su nombre bastará. Nadie puede escucharte llamarla mi mujer. Podría llegar a sus oídos… Y si se enterase, todo lo que he luchado por mantener oculto estos años se vendría abajo.

Rosmary suspiró, negando cansinamente con la cabeza.

—Como desees —dijo tras una pausa, mirando a su hermano fijamente—. ¿Quieres que continúe o te resulta demasiado doloroso…?

—Continúa —le pidió, sin permitirle terminar la frase.

—Hace un par de meses ellas dos se conocieron —concluyó aquello que había tomado tantos rodeos—. Yo no estaba enterada de nada, por supuesto. Y cuando Annie comenzó a hablarme de su nueva amiga, nunca se me pasó por la cabeza que se tratara de la misma persona que yo conocía, hasta que la describió y todo comenzó a encajar. Supe que tenía que ser Candy. Nuestra Candy. Y que tenía que verla. Y tú también…

—Y te pareció lo más lógico planear un «encuentro inesperado»—recalcó esas palabras, dándoles un tono mordaz que a su hermana la hizo estremecer— entre nosotros, ¿es así?

—No exactamente… —ella barrió la alfombra con el pie, nerviosa—Aunque pensándolo bien, suena bastante parecido a lo que le hice creer a Annie…

—Ross, entiendo que te preocupes por mí, pero te ruego que no te metas en esto —Albert dio media vuelta y se aproximó a ella— Candy no sabe nada de nuestro pasado juntos, y las cosas deben seguir así. Si ella me ve, eso podría estropearlo todo…

—Si ella no sabe quién eres tú, no tiene nada de malo que te vea, y que tú la veas a ella.

—Ross…

—La conquistaste una vez, Albert. Bien podrías hacerlo de nuevo.

—No es por eso, Rosmary…

—¿Entonces qué es? ¿Tienes miedo a ser feliz?

—Eres imposible —Albert, molesto, se dirigió a la mesa bar y comenzó a llenar una copa.

—Imposible eres tú, teniendo la felicidad en las narices y dejándola ir por… ¡por cobarde!

—¡Basta! —Albert dejó el vaso sobre la mesa de caoba del bar con tanta fuerza que el cristal se hizo añicos en su mano.

Rosmary se llevó unos dedos a los labios, sofocando un grito al notar la sangre emanar de la mano de su hermano.

—Iré por vendas —se apuró a decir, corriendo a la puerta.

—No es necesario. Sólo cierra la puerta y déjame solo, ¿quieres?

—Estás loco si crees que voy a hacer eso.

—Ross, soy tu hermano mayor y harás lo que te digo —le dedicó una mirada encendida que no aceptaba réplicas—. Yo te he cuidado desde que tengo uso de razón y lo continuaré haciendo hasta el día en que me muera. No sé cuándo fue que comenzaste a creer que podías dejar de obedecerme, pero estás muy equivocada, jovencita. Así que sólo haz lo que te digo: cierra la maldita puerta y déjame solo—siseó tan bajo que a una serpiente le habría costado escucharlo.

—Sí, me has cuidado, hermano. Lo has hecho con todos nosotros, y por siempre te estaremos agradecidos. Has sido más que un padre con nosotros cinco. Y no sólo tienes nuestro respeto, también tienes nuestro cariño. Nos preocupamos por ti y, te guste o no, te vamos a proteger. Incluso de ti mismo.

—Rosmary, espera… Vuelve… —las palabras de Albert retumbaron en el pasillo sin ser escuchadas. Su hermana ya corría por el corredor, dando órdenes a los criados para que trajeran lino limpio y agua.

Albert sonrió para sus adentros. Rosmary podía ser tan obstinada como él, y lo quería tanto como él a ella ¡Maldición! Si ella era tan parecida a él, sabía que convencerla de dejar en paz el tema sobre Candy sería una tarea más difícil de lo que suponía.

Continuara...