Capítulo 7: En la boca del lobo II

"Ten cuidado con las decisiones que tomes, porque estas son más importantes para el Universo de lo que imaginas".

Esa frase se repetía dentro de su cabeza incesantemente, como si su padre estuviera presente en ese instante recordándole, incómodamente, que lo que se haga, piense o diga, tiene unas repercusiones en todo el mundo.

Se prohibió pensar en aquellas palabras, y aceleró. La moto dejó una nube de tierra llevada por el viento que hizo su partida especialmente poética. Como una hoja arrastrada por una brizna de aire, así de débil, creyéndose tan fuerte…

Era su vida – pensaba – y nadie tenía derecho a decirle como vivirla, ni como soportarla. Sabía dónde encontrarle, había ido con su "amiga" en una ocasión. Cuando puso el pie en el callejón sintió un escalofrío recorrerle toda la espina dorsal. De nuevo el pensamiento le jugó una mala pasada.

"Ten cuidado con lo que decidas, podrías provocar…"

Frenó un mal presentimiento con la ansiedad por lograr su objetivo. Avanzó con paso firme hasta llegar a su altura. Estaba solo, fumando un cigarro y sentado en las escaleras de incendios de un edificio ruinoso, seguramente abandonado.

- Hola preciosa. ¿Qué se te ofrece?

- Soy amiga de Karin.

- Ah, si, te recuerdo… viniste con ella hace tiempo atrás ¿verdad? Yo nunca olvido una cara bonita.

- Si.

Mientras transaban, a pocos metros de allí pasaba Raditz. Puede que fuese el destino o quizás la casualidad de que él estaba viviendo en aquella zona de la ciudad porque no tenía dinero con el que costearse un lugar mejor. A duras penas había encontrado trabajo como portero de una discoteca de mala fama y, con lo que ganaba, malvivía en un cuartucho de mala muerte dos calles más abajo.

Como quiera que sea, ya estaba acostumbrado a sobrevivir en condiciones adversas, así que no se dolía de su situación. Algo curioso le sucedió esa mañana, fue un presentimiento bastante espeluznante, un rayo atravesándole la mente y clarificándole el pensamiento con un nombre, con una sensación de: Bra.

- Es lo que hay. El coche lo voy a tener que tunear para que nadie note que es un último modelo. ¿Crees que tus padres no denunciarán su robo?

- No puedo pagarte con dinero, pero este vehículo vale más de lo que tú podrás conseguir en tu vida.

- No me subestimes niña, yo tengo mucho dinero, más del que te imaginas.

- Bien, ¿hay trato?

- Cuando lo pidas por favor.

Bra sintió como hervía su sangre ante semejante trato humillante, pero sus ansias superaban a su orgullo. – Por favor, ¿serías tan amable de aceptar el pago del coche a cambio de la mercancía?

- Con una condición – sus ojos brillaron con anticipación.

- ¿Cuál? – tembló presintiendo que esa mirada no era buena.

- ¿Alguna vez te has pinchado?

- No… - agachó la cabeza avergonzada de lo que estaba a punto de realizar.

- Ahí dentro tengo una habitación donde podrás darte el viaje, yo cuidaré de que no te pases con la dosis y te enseñaré a hacerlo. No quiero que te pase algo y luego venga nadie a reclamarme. ¿De acuerdo? –

Sabía que no debía confiar en él pero no tenía en quien confiar y además, tenía pánico de que le dijera que no haría el trato, así que accedió.

Raditz retrocedió en sus pasos. No podía sentir el ki de Bra por ninguna parte, pero tenía un presentimiento. Casi por acto reflejo tocó con la mano el lugar en el que había recibido la mordida de enlace con ella. Cerró los ojos y se concentró en algo que le llevase hasta donde se encontraba. Olor… olía a ella…

Unos minutos más tarde, Bra estaba indefensa, tendida en una cama y el camello que le había vendido la mercancía se aprovechaba de la situación besándola y manoseándola a su antojo, violándola mientras que estaba en estado de semi inconsciencia.

De repente, una sombra levantó por los aires al infame hasta que su cabeza quedó rozando el techo.

- Tú, maldito, ¿qué estás haciendo?

- Oye tío, tranquilo, tengo material de calidad, te haré un precio especial…

- ¿Qué? ¿Qué dices?

- Yo… yo te conozco – gritó desesperado como un cerdo que se ve en el matadero – eres Raditz, el portero de la discoteca… ¿a que si? Yo voy allí a menudo, soy amigo de tu jefe.

- Ah ¿si? Me importa una mierda. ¿Qué le pasa? ¿Qué le has hecho imbécil?

- Es solo una drogata, vamos… ¿acaso la conoces?

- Eso no es asunto tuyo. Dime ahora mismo lo que le sucede si no quieres que te mate.

- Tranquilo, por favor, bájame, hombre, no es necesario llegar a estos extremos, te lo explicaré. Yo solo estaba haciéndole un favor.

Raditz no hizo ademán de moverse, sus ojos gritaban muerte en ellos.

- Si no me bajas no podré indicarte – musitó asustado.

De mala gana lo dejó con los pies en tierra y escuchó atentamente algo que no podía siquiera imaginar.

- Mira – le mostró un punto en la pierna de Bra procurando no tocarla para no alterarle más.

- Es una drogadicta, una tirada, está enganchada amigo.

Raditz comenzó a enlazar todas las piezas del rompecabezas y llegó a la conclusión dolorosa de que lo que decía ese maldito era verdad. Y era cierto hacía bastante tiempo atrás. ¿Cómo había sido tan estúpido de no darse cuenta antes?

- Mira – siguió explicando – quien llega a esto – le mostró la jeringuilla recién utilizada – es carne de cañón. Está sentenciada. Yo no quería dárselo, pero estaba realmente mal. ¿Es que es tu novia? ¿Tu amiga acaso? – preguntó intentando sonsacarle al saiyajin algo a lo que aferrarse para salir del apuro.

Raditz se sentó, la tomó de la cara suavemente – Bra… - llamó con dulzura. Pero sus ojos eran un mar turbio incapaz de reconocer quien tenía delante.

- Escucha, amigo, se ve que la aprecias, pero lo mejor es que te alejes de ella. Solo te hará sufrir. Créeme, he visto cientos de casos iguales a este. Ella preferirá las drogas antes que cualquier otra cosa en esta vida. Si ya ha llegado a pincharse es que ha tomado la decisión. Lo mejor es dejarla sola. No tiene solución, es una verdadera pena, pero es así.

Mientras le daba el discurso paternal se fue acercando y, mientras pronunciaba la última palabra, puso su mano en el hombro de Raditz, como gesto de compadreo. La mano que había osado tocarle crujió en cuestión de segundos rota de forma irremediable.

- Aaahh – gritó doblándose de rodillas – Basta, basta. Tío, tú no sabes con quién te estas metiendo. Te matarán por esto. Suéltame y no diré nada, lo juro, pero si me haces daño estarás sentenciado.

- Mira cómo me importa, malnacido – siguió diciendo mientras sostenía la otra mano y se la rompía de un apretón.

- Te vas a arrepentir de haberle hecho esto.

Lo arrinconó en la pared y de un puñetazo le partió la pierna derecha, siguió con la izquierda, luego ambos brazos. Hasta que le dejó en el suelo tendido.

- Y dile a tu jefe que venga a verme, estaré encantado de darle una paliza similar – gruñó tirándolo a una esquina despiadadamente.

Llevó a la triste princesa a su humilde morada. A tendió sobre la cama y acarició sus mejillas pálidas suavemente. Tenía los pechos casi fuera de la blusa, visibles. Podría tomarla si quisiera allí mismo y ni siquiera tendría oposición alguna. Pero algo dentro de su orgullo le impedía hacer tales cosas con ella. Debía rendirse a él por voluntad propia, solo así sería suya y solo suya.

Pasó las manos por su piel, por dentro de la ropa y recolocó el sujetador tal y como si no hubiera sucedido nada. El tacto suave, el perfume de su pelo, su olor inconfundible a hembra, todo le estaba volviendo loco, pero la pena de verla en aquella situación hacía las veces de asesina de la lujuria. Y, por algún motivo que ni siquiera el mismo era capaz de identificar, no estaba excitado. Más bien tenía un nudo en la garganta y en la boca del estómago. Abrochó la ropa y se quedó a su lado, mirándola, pensando en las palabras que había escuchado. No era una tirada, él la iba a sacar de ese agujero. Freezer, ese monstruo había sido el culpable de todo lo que estaba sucediendo…

Varias horas después, la peliazul despertaba aturdida y desorientada. Los ojos negros de Raditz llameaban inquietos y fijos en ella. No dijo nada, ella tampoco durante unos minutos más, hasta que corrió como pudo al baño a vomitar asqueada de si misma más que nunca.

Lloró con amargura al verse descubierta en aquel secreto infame. Hasta que escuchó en la puerta del baño una voz diciendo algo que ella necesitaba escuchar…

- Todo esto es por culpa de Freezer…

Corrió entonces y, sin poder contenerse, lloró abrazada a Raditz.

- Dime, ¿qué me hizo? – preguntó confusa, pues recordaba vagamente lo que vivió, pero en tales tinieblas que no era capaz de responderse a ella misma aquella pregunta.

- Él te drogó, ¿verdad?

- Si – respondió sintiendo el sabor a nauseas en sus labios.

- Freezer te torturó y te violó para conseguir información acerca del origen de tu familia. Te permitió escapar en la corbeta con nosotros para que le condujésemos al planeta Tierra. Lo que te hizo, a juzgar por tus heridas…

- ¿Tú lo viste?

- No, pero he presenciado algunos interrogatorios de Freezer y sus malditos lacayos.

- ¿Puedes contármelo?

- Comamos algo antes de eso.

Realmente Bra estaba demacrada. Raditz no tenía muchas provisiones en casa, pero de buena gana iba a festejar a su invitada de honor.

Después de la conversación con Raditz, dolorosa, cruda y veraz, Bra se sintió mucho mejor. Era una sensación extraña, como si al escuchar en boca de alguien lo que apenas recordaba, como si después de engarzar las piezas del puzzle su tormento se hubiera reducido. Ahora sabía, comprendía el por qué de muchas cosas que la atormentaban. No se atrevió a preguntarle por el tema de la violación que sufrió, Raditz lo tocó muy de pasada de todas formas, pero dentro de su alma supo que ella no tenía la culpa, que fue la droga la que le hizo sucumbir a Freezer. Aunque necesitaba desesperadamente escuchar de la boca de Raditz que todo estaba bien, que no era un monstruo por haber hecho todo aquello, por haberse prostituido prácticamente con tal de no seguir sufriendo.

- Es hora de que vuelvas a casa – murmuró Raditz, que venía sintiendo desde hacía horas las energías de Vegeta, Trunks y Mirai sobrevolando la ciudad para localizarla.

- ¿Quieres que te acompañe?

Bra le miró perpleja. Su padre le había advertido que le mataría si lo veía cerca de ella y se ofrecía a acompañarla…

- Es mejor que no.

- No tengo miedo.

- Yo… - iba a decir que tampoco, pero mentiría – quiero que nos veamos de nuevo Raditz.

- Ya somos dos – sonrió volviéndose a mirarla detenidamente.

- Ven a casa mañana, de madrugada, oculta tu ki.

- No, quiero entrar en tu casa como todo el mundo, Bra. Se acabó eso de irme ocultando. ¿No crees?

- Pero… - tras una mirada intensa asintió – entonces acompáñame a casa. Pero no digas nada de lo que ha sucedido, por favor.

- Es absurdo que me pidas eso, tarde o temprano lo van a saber. Si no te sientes capaz de contárselo tú misma, puedo explicarles lo que ha pasado. Estoy seguro de que no te juzgarán siempre y cuando tengas la fortaleza de superar tu adicción.

- No me siento capaz de hacer eso, Raditz – lloriqueó.

Luego sintió una gran sorpresa porque con él no existían máscaras, con Raditz se sentía capaz de abrir su alma al completo y expresar cuanto sentía sin vergüenza o pesar.

- Yo te ayudaré… Vamos, daremos un paseo mientras caminamos a tu casa.

Por supuesto, su paseo fue de una duración escasa, porque Vegeta no tardó en localizar a su pequeña y salió al paso.

- Antes de que decida matarme, príncipe Vegeta, debería escuchar lo que tengo que decirle – se adelantó Raditz.

Los ojos de Bra suplicaron la audiencia y su padre asintió de mala gana. Mirai y Trunks llegaron de inmediato al grupo al percibir el aviso de Vegeta: Quien la encontrase primero debía incrementar su energía de forma oscilante.

La conversación fue dura. Bra no quiso estar presente y se fue al sofá echa un lío. Mientras tanto, en otra estancia de la Corporación Cápsula, la familia Vegeta Briefs escuchaba con atención la dura realidad. Que su hija había ido a drogarse, que no podía contarles, por una promesa sagrada, lo que había sufrido a manos de la tortura de Freezer y sus secuaces. Pero que conocía todos los hechos porque Bra se lo había contado y que estaba dispuesta a seguir hablando con él acerca de lo sucedido. Les dijo que, en su experiencia, para superar los problemas, había descubierto que el mejor modo de hacerlo era dejando que la lengua soltase cuanto contenía el espíritu dentro del alma. Lo había visto en miles de soldados, cuando iban a los prostíbulos y, después de algunas copas, soltaban a las rameras una carga pesada de soportar en la conciencia. Esto último no lo dijo así, pero entendieron que en Raditz, quizás tenían una oportunidad inigualable de ayudar a Bra.

Vegeta fue el que más reacio se mostraba a permitir que se vieran. Sabía, porque conocía a Raditz a la perfección, que aquel saiyajin no era una buena influencia, que había sido tan malvado como él en el pasado… Y se negaba a creer que hubiera cambiado. Pensaba además, que sólo pretendía acostarse con su hija para traer al mundo a un vástago de su sangre. No en vano era lo mismo que él había hecho con Bulma. Claro que esto no podía decirlo así de claro, así que su protesta era más bien basada en el argumento, de que ningún saiyajin tercera clase iba a permanecer cerca de su hija.

Sin embargo, Bulma llamó a la psicóloga y le comentó la situación. Esta encontró muy acertada la ayuda que Raditz les ofrecía, así que las protestas de Vegeta se acallaron por la votación mayoritaria del quórum Briefs. Cuando comenzaron a agradecer a Raditz la ayuda prestada y el haberla sacado de las garras del desalmado que le dio la droga, el príncipe salió de la habitación y fue a ver a su hija. ¿Por qué no podía hablar con él? ¿Por qué tenía que tener esa confianza en el miserable de Raditz y no en él?