-Maldita sea- el murmullo entre dientes sonó similar a un gruñido animal; había llamado a su casa de sus padres confiando en que a esa hora su padre no estaría en casa, sin embargo, por alguna razón, no fue la dulce voz de su madre la que atendió el teléfono, sino la de aquel personaje que trataba de evitar. Ahora un par de minutos después de haber colgado tras una corta, pero intensa, discusión con su padre, se encontraba sentado en su sofá mirando hacia el techo… -la extraño- era diciembre, las luces brillaban, los villancicos inundaban las calles, todos vestían de rojo, verde y blanco y, aparentemente, todos estaban felices y en compañía de otros, excepto él.
Observó el celular en su mano, instintivamente su mano lo llevo hasta los contactos y buscó su nombre –Kagome…- frunció el ceño -¿Debería llamarla?...¡keh!-
Se puso en pié y caminó hacia su estudio, el cuadro de una mujer a blanco y negro seguía en la pared, exhaló el aire en sus pulmones con algo de frustración, ese no era el único, era sólo uno de varios, sobre un caballete, pero "dando la espalda", había un lienzo rectangular, lo giró y mostró la imagen de colorida de una Kagome sonriendo, y él en respuesta le devolvió la sonrisa, ojeó el block de bocetos sobre una vieja mesa de madera, casi todos eran de ella, Kagome durmiendo, Kagome de perfil, Kagome observando alguna clase, Kagome caminando con su mochila al hombro, Kagome, Kagome, Kagome.
-Cobarde- había decidido mostrarle todas sus obras a la azabache después de la exhibición en la galería, esa era la verdadera sorpresa… pero se acobardó, tuvo miedo de mostrarse tan vulnerable
-Kagome ¿puedes ayudarme con el pie* por favor?-
-Si mamá, ya voy- la joven terminó de acomodar el juego de comedor con motivos navideños y se dirigió a la cocina a preparar el que sería el postre de noche buena. Mientras mezclaba los ingredientes su mente viajó cientos de kilómetros hasta un pequeño apartamento en Tokio… -¿Qué estará haciendo? ¿Estará solo?... probablemente haya salido, tal vez esté con otra mujer- ante éste pensamiento un punzada sacudió su corazón y tuvo que llevar que llevar rápidamente su mano hasta su mejilla para interrumpir la lágrima que pretendía surcar su rostro –quizás debí invitarlo… ¡¿pero qué ridiculeces piensas Kagome?! Es obvio que no habría querido, tal vez incluso le hubiera espantado, habría pensado que quiero imponerle alguna clase de compromiso-
-Kagome no creo que puedas mezclar aún más la masa- la voz de su prima interrumpió el hilo de sus pensamientos, observó el recipiente con los ingredientes para la masa completamente homogéneos, su prima tenía razón, pagó la batidora antes de arruinar la mezcla. –Pensabas en él-
-Sí- sabía que no era una pregunta, pero solo confirmó los pensamientos de Sango
-Kagome, ¿Piensas seguir con él cuando regresemos? –estaba preocupada por su pequeña prima, esa relación resultaba dañina, no porque Inuyasha fuera grosero, patán o mujeriego, de hecho, se portaba de forma bastante caballerosa con Kagome, pero la caballerosidad no era suficiente, la azabache también anhelaba su amor, era muy evidente, notaba su mirada nostálgica, los suspiros, los silencios, algo moría dentro de ella.
-yo… no, no lo sé. Sango, de verdad lo amo-
-¿y el a ti?- se mordió la lengua en cuanto dejó salir el comentario, no había querido ser tan cruda y directa.
Esta vez Kagome no contestó, sólo mostró una melancólica sonrisa. Terminó de acomodar las capas de relleno en el recipiente metálico y lo introdujo en el horno. A través de la ventana observó a su tío y padre de Sango ayudar a su pequeño hermano Sota a armar hombres de nieve en el patio. Su madre había salido minutos antes a comprar algunos ingredientes faltantes para la cena, el abuelo probablemente se encontraba acomodando los amuletos que vendían para un próspero año nuevo y su prima acomodaba la vajilla en el comedor, siempre había sido reconfortante estar en casa, pero en esta ocasión se sentía vacía, incompleta. -¿me extrañas, Inuyasha?-
-Así que ¿cuándo piensas decirle?- Este era el noveno día del nuevo año, Miroku había regresado el día anterior de USA y ahora pasaban un rato en un café en el centro de la ciudad. Miroku dejó escapar una pequeña risilla al notar como su amigo se atragantaba brevemente con su capuchino al tiempo que el rojo inundaba su rostro.
-No sé de quién hablas-
-De la señorita Kagome por su puesto-contestó con aire de sabiduría-no pretenderás que ella permanezca a tu lado por siempre en esa cuasi-relación que ustedes tienen- tomó un sorbo de café y prosiguió- las mujeres, aunque no lo admitan, necesitan estabilidad, sentirse a salvo, protegidas; ella ahora es joven y tal vez no le dé demasiada importancia a lo de ustedes, pero irá madurando con el tiempo y empezará a desear otras cosas y cuando eso pase ¿qué harás Inuyasha?
El peli plateado rigió por lo bajo –Maldito Miroku- como odiaba cuando tenía la razón
- Ella ahora es joven y tal vez no le dé demasiada importancia a lo de ustedes- ¿sería posible?, ¿en verdad ella podría estar viendo eso como encuentro casuales?, ¡Agh! Maldición y en verdad ¿qué era eso? Ni si quiera él podía darle un nombre, porque ni siquiera estaba seguro de en qué momento empezó a preocuparse por ella, a extrañarla, a… quererla
Miroku observó a su pensativo amigo, parece que sus palabras habían hecho efecto en esa cabeza dura.
-Aunque si me lo preguntas- agregó atrayendo en seguida la atención de Inuyasha- no creo que la señorita se tome todo esto a le ligera, me atrevo incluso a agregar, que esto es importante para ella…-a propósito hizo una pausa para agregar suspenso-Tú eres importante para ella.
Creerle o no creerle a Miroku, he ahí el dilema.
-¿Por qué duele tanto, Inuyasha?- Kagome suspiró y recargó su cabeza en la ventana del tren, Inuyasha dormía en el omento en que formuló esa pregunta, así que nunca llegó a oírla. -¿Por qué amarte tiene que doler tanto Inuyasha?... pero aun así quiero verte… soy una masoquista-
Una vez en su casa acomodó sus maletas y desempacó, no era mucha ropa puesto que en casa de madre tenía suficiente, así que en poco tiempo se encontró de nuevo desocupada y sola, Sango se quedaría otras tres semanas en Numata, Kagome quiso regresar antes. Se resignó, sería fuerte, cambió sus ropas y tomó un abrigo, dio un último respiro y salió de su casa.
Bien una vez más esa puerta, tocó un par de veces y rápidamente fue recibida por una par de ojos dorados.
-Hola, Inuyasha-
Estaba sorprendido, creyó que no la vería en todo el mes, pero ahí estaba, frente a él, con las mejillas rosadas y una sonrisa tímida.
-Creí que tardarías más en volver-
Kagome borro la sonrisa, -¿Qué esperabas qué te abrazar y cargara por los aires mientras te decía cuanto te extrañó-
Inuyasha se reprendió mentalmente al ver esa mirada triste, ¿Qué acaso no podía hacer nada bien?
-Pasa-
Entró, aceptó la bebida caliente que le ofreció y acompañaron con panecillos caseros que ella traía desde Numata. Vieron películas en el sofá y ya adentrada la noche compartieron el lecho una vez más.
Kagome sonría complacida mientras recibía constantes besos en la piel desnuda de su espalda, le encantaba como la colmaba de suaves caricias después de hacer el amor, la hacía sentirse reconfortada y querida. Sintió como dejó un beso en el centro de su espalda baja y subió regando su aliento a lo largo de su columna, acto que la hizo estremecerse, sintió como cada vello de su piel se erizaba y un corrientaso recorría su sistema nervioso haciendo que se cuerpo se encorvara y aplastara con más fuerza su pecho hacia el colchón.
El aliento de Inuyasha la recorrió hasta su hombro donde dejó n último beso, en seguida sintió como el cuerpo del Taisho la cubría y llenaba de calor.
- ¿Quieres saber, por qué duele tanto, Kagome?- la aludida abrió los ojos sorprendida y su cuerpo se tensó.
-¿Cómo…?- se suponía que él dormía, que él no había escuchado, que sería una pregunta sin respuesta
-Es porque me amas… -
Pie: me refiero al pastel, para evitar confusiones
ufff se puso intensa la cosa... espero que les haya gustado! Queridos/as lectores/as me encanta escribir para ustedes
FELIZ NAVIDAD Y PROSPERO AÑO NUEVO
