Bueno. Nueva actualización sin mucho para agregar.

Simplemente agradecer a quienes han visitado ésta historia (y las demás). Y a Raii por todo su entusiasmo y apoyo. No sé se publicaré esa historia sobre Growley que te entusiasmó, para tu tranquilidad si escribí algo. Queda ver si es o no publicable (jeje) pero intentaré con todas mis fuerzas y mi nula inteligencia que vea la luz. Este es el punto en el que confieso que soy más persuasiva que inteligente y/o sabia a la hora de escribir y no me enorgullece para nada.

Un saludo y mi deseo de que no se aburran demasiado con este capítulo break.

Zozobra.

¿Cómo seguir cuando sientes que todo ha terminado? Cuando sientes que ya no hay nada por qué luchar. Cuando sientes que ya no te quedan más palabras, más pensamientos, más ideas…que ya no hay nada para decir.

Por más que un ángel anónimo le hubiese dicho que aún la necesitaban, que no se rindiera… era tan difícil…

Y para peor… había empezado a soñar con Castiel. Lo veía en sus sueños, lo veía allí, parado, mirándole, igual que aquella noche en el parque cuando lo vio en su recipiente humano por primera vez. La observaba con mirada interrogante, mas nada decía. Y ella quería correr hacia él, pero no podía moverse. Se sentía aferrada al piso. Luego la tierra se abría y caía precipitadamente hacia el infierno. Solo que ésta vez, Cas no la tomaba entre sus brazos. La miraba con una suerte de indiferencia mezclada con pena. Como si entendiera solo a medias lo que estaba pasando. Como si no supiera quién era ella, aunque no obstante se notaba su miedo y pesar al verla caer.

Se levantaba asfixiada, se sentía extraviada. Deseaba morir, cada noche cuando finalmente cerraba los ojos, y al despertar era en lo primero que pensaba. Y una botella de cerveza era la primera cosa que sus manos tocaban al abandonar la cama, o el sitio que la hubiese reemplazado en esa oportunidad. Pero su corazón se empeñaba en continuar latiendo, tan solo para fastidiarla.

Odiaba a Dios, por haber permitido que Cas se fuera. Odiaba los ángeles por no haber estado junto a su hermano. Y odiaba a Crowley porque le negaba sistemáticamente el derecho de ser arrastrada al averno, derecho que él mismo le había impuesto como condición. Y odiaba a ese ángel que le había dado otra oportunidad de vivir y que le había alentado a hacerlo. La mayoría de los días no eran más que una sumatoria de odios y reproches. De rencores.

Estaba totalmente consciente de que ese ángel tenía razón. De que no podía rendirse, que aún había batallas que luchar. Una guerra se había declarado. Porque Dick Roman había pulsado el botón de lanzamiento de misil al maltratar nada más y nada menos que a Crowley, pero era muy duro abrir los ojos cada día. Estaba segura que Castiel le hubiese dicho que tenía que luchar hasta el fin. Pero su alma se negaba a hacer el mínimo esfuerzo para salir adelante. De nuevo tenía a la humanidad sobre los hombros, pero esta vez no era capaz ni siquiera de valerse por si misma.

Muchas personas habían quedado atrás. Eso no resultaba tan duro. Pero perder a Castiel para siempre, pensar que no volvería a sentir esa sensación de libertad que le provocaba la simple contemplación de esa intensa mirada azul profundo. Ni qué decir de refugiarse entre sus brazos. El incomparable bienestar que sus cálidos abrazos le habían regalado tantas veces.

"Ay… Castiel. Daría lo que fuera porque estuvieras bien. Daría hasta nuestra amistad por que estuvieras con vida. Sería feliz si regresaras aunque no recordases ni un solo instante de todo lo que pasamos juntos, quizá que fuese yo la que no te recordase" pensó, con tanta pero tanta fuerza, de la misma manera que lo había deseado noche tras noche desde su irremediable y dolorosa partida.

Ese dolor en la boca del estómago que insistía en regresar ante el recuerdo de aquella noche. Esas náuseas que el simple pensamiento de lo irremediable le traía. El inevitable deseo de aniquilar al mundo entero, al cielo y al infierno con un solo parpadeo. Esa ira que se instalaba y que se negaba a abandonarle. Tenía que hacer un esfuerzo titánico para evitar convertirse en una asesina serial. Y lo peor de todo es que la mayoría de las veces era incapaz de llorar. Como si ya no le quedase ni una sola lágrima para derramar. Llorar hubiese sido un consuelo moderado.


–¿En qué pensabas, Erika? –preguntaba Christopher –¡¿DIME EN QUÉ PENSABAS CUANDO TE ORDENÉ DISPARAR Y NO LO HICISTE!?

–Chris, por favor, cálmate. Solo cometió un error... es una niña... –Bobby intentaba mediar en la discusión que se había generado hacía casi una hora arriba de la Suv de Christopher y continuaba en la sala de estar de Erika.

– ¿¡POR QUÉ NO ME DEJAS EN PAZ?! ¡TE DIJE QUE NO DEBÍA IR...! TÚ INSISTISTE –gritaba con sarcasmo –¡ERIKA... TIENES QUE PONER TU MENTE EN OTRA COSA...DIJISTE!

–Linda –interrumpió Garth –no digas cosas de las que te puedas arrepentir...nadie te culpará por hacerlo... pero creo que sería un buen momento para que todos reflexionemos... y no para echarnos culpas en cara...

–Cállate, Garth. –reprochó ella

–Chicos... vamos... –Bobby volvía a tratar de calmar las aguas –Esas cosas pasan.

–NO. ¿Sabes por qué pasan éstas cosas, Bobby? Por ese maldito demonio que siempre está rondándola...

–¡Ya tenías que meter en esto a Crowley...!

–Hija, Crowley puede haber hecho muchas cosas por ti, y por nosotros. Pero Chris dice algo muy cierto. Es un demonio. Y es muy probable que esté haciendo todo a su alcance para separarte de las personas que amas...Y parece que tú te sigues fiando de él...

–Él nunca me ha fallado... –murmuró ella

– ¿Qué has dicho? –preguntó Chris, horrorizado.

–Lo que oíste...

–Ja... estás más desorientada de lo que esperábamos...

–Chris... –vovlió a interrumpir Garth – ella no trata de decir lo que tú crees...solo está confundida. Necesita tiempo.

–No Garth... es evidente que lo prefiere a nosotros...

–NO Chris.. –aclaró Erika –es evidente que él me comprende mejor que tú...

–¿Sabes qué pensaría tu padre de lo que estás diciendo?

–NO, Chris... no lo sé. Y dudo que tú lo sepas. Él está muerto... ¡ESTÁ MUERTO POR MI CULPA! También mamá... –lloraba desconsoladamente –y Gabe y Cass también murieron por mi causa...no sé lo que papá pensaría. Porque... ¿sabes? ¡Demonios! ¡TODOS LO CONOCÍAN EXCEPTO YO! –gritó histérica, golpeándose el pecho.

–Quizá por eso deberías escucharnos... –dijo Chris abandonando la habitación.

Todos permanecieron en silencio unos momentos.

–Erika... sé que no sentías deseos de ir de caza. Quizá Chris no debió obligarte –dijo Bobby –Y quizá tienes razón, en que necesitas más tiempo. Y también tienes razón en que hay cosas sobre tus padres que merecías saber... pero, hija, eso no significa que no los conocieras. Sé lo doloroso que todo esto es para ti. Pero debes estar alerta. Porque los leviatanes no se detendrán ante nada. Y sin duda te buscarán. Nos buscarán a todos...

Erika miró a Bobby y a Garth y agregó suplicante:

–Déjenme sola... por favor...

–Lo haremos, hija. Pero llámanos si nos necesitas. –le rogó Bobby.

Garth la abrazó y susurró en su oído:

–En verdad... llámanos. Por favor. Llámame.

–Estaré bien, Garth... de verdad. Ya váyanse.


Erika tomó una ducha y se fue a la cama. Su cabeza era un revoltijo. Si alguna vez había estado confundida era en éste preciso momento de su vida. Había fallado en lo único en lo que no se debía permitir fallar: al apretar el gatillo. Era lo único para lo que sentía que había nacido y no había podido hacerlo bien... por que los ojos de Cas se habían atravesado en su mente si razón aparente... Estaba tan avergonzada. Y nadie parecía notarlo.

¿Cómo se atrevían todos a decirle qué debía sentir? ¿O cómo reaccionar? ¿O cómo superarlo? ¿O cómo comportarse? Si nadie era capaz de ponerse en sus zapatos. Si nadie era capaz de sentir lo que ella sentía. Se sentía tal sola. Tan desahuciada. Tan desamparada. Como si observase el universo desde detrás de un vidrio y de pronto fuese incapaz de conectarse con él. Mirándolo avanzar sin ella formar parte de su evolución. Le exigían todo y a la vez le negaban todo. Hasta el derecho de rendirse. Deseaba esconderse de todo y de todos. Que nadie volviese a encontrarle jamás. Se sentía destruida, pero de alguna extraña manera, se sentía avergonzada, y ni siquiera comprendía por qué. ¿Cómo puede todo el mundo pretender saber qué era mejor para ella? ¿Decirle cómo debía comportarse? Si tan solo pudieran estar un par de horas en su lugar. Pero era inútil. Ellos siempre tenían una respuesta. Respuestas huecas y ensayadas. De manual. Básicas. De psicólogo improvisado.

De pronto, Crowley volvía a aparecer frente a ella como el más honesto. ¡Qué ironía! Ni un solo instante le había reprochado nada. Aceptaba su sufrimiento. Pero no le reprochaba nada. Ni una demora. Ni un desgano. Ni una mala respuesta. Ni un desplante. Ni un gesto grosero. Todo lo dejaba pasar con pasmosa naturalidad.

En ese mar de angustia, parecía la única isla en donde encallar. Una isla árida, peligrosa y cómplice. Sin duda. Casi un espejismo. Pero en ese momento, era todo lo que ella necesitaba. Un lugar en donde reposar. Tranquila o furiosa. Triste o enojada. Angustiada o rabiosa. No importaba. Él siempre guardaba un comprensivo silencio. Y a veces hasta le acariciaba el cabello mientras ella reposaba su cabeza sobre sus piernas. Regalándole un silencioso refugio. Cada paso la apartaba más del mundo y la acercaba más a ese misterioso, desconcertante y extraño ser. Sin darse cuenta se hundía cada vez más en sus peligrosos brazos.