Casanegra

7. La salita

Para cuando volvió a salir el sol, ya habían pasado cinco días en aquella casa. Manuel sin embargo sospechaba que no se irían aún. La herida en la pierna le dolía demasiado, aunque eso no era tanto un impedimento como lo era Martín. No le había pasado desapercibida la manera en que el rubio miraba a Miguel y ahora era cuando verdaderamente comenzaba a preocuparle. Ya en el momento en que le contó de su plan le pareció que la idea no le agradaba al argentino, pero ahora estaba cien por ciento seguro. Martín no se quería ir y era culpa de Miguel.

Martín nunca había hecho de su orientación bisexual un secreto. No obstante, el chileno notó que, aunque para él era muy obvio el deseo que comenzaba a crecer dentro del argentino, el rubio estaba tratando de contenerse. La razón era obvia. No se suponía que se sintiera así hacia las personas que los estaban manteniendo cautivos, mucho menos ahora que uno de ellos lo había atacado con un cuchillo. Bueno, no sin razón alguna, pero no por eso tenía que clavarle la jodida navaja…

El punto era que el traidor de Martín simplemente iba y babeaba detrás de Miguel. Perfecto, jamás volverían a casa, pensó Manuel con pesimismo. Y rabia, mucha rabia.

No podía negar que Miguel había hecho un buen trabajo tratando su herida. El chico alegó que tuvo suerte, que no era tan profunda por lo que no tendría que cosérsela, cosa que le alivió a Manuel, ya que desde su punto de vista no disponían de las herramientas necesarias para eso. Aunque la herida sí que se sentía profunda. Joder, que le habían clavado una navaja perpendicularmente…

Martín no se apartó de su cama, cosa que le irritó. Le irritó no poder moverse, estar postrado ahí sin estar realmente enfermo. Caminar dolía como mil infiernos, pero no por eso quería guardar cama. Pero Miguel lo había ordenado así y Martín acató a la orden. El rubio dijo que era para no hacerlo enojar, que ya de por sí estaban en una situación complicada, pero Manuel sabía muy bien por qué el argentino no se atrevía a desobedecer. Perdón, no era que no se atreviese. Simplemente no quería.

Lo que sí agradeció fue que Julio fue mantenido lejos de él. Sabía que si se encontraba a solas con el enano moriría y sin lugar a dudas. Y morir de verdad, no estaba exagerando. Lo había visto en los ojos del menor en el momento en que quiso tomar la navaja de nuevo, el momento en el que gracias al cielo trastabilló y cayó hacia atrás. Un tropiezo le había salvado la vida, sabía Dios que el segundo ataque de Julio iba a ser más certero…

Miró de lado a Martín que comía en silencio, la bandeja que Miguel trajo hace un rato sobre su regazo. Parecía totalmente sumido en sus pensamientos, pensamientos que seguro solo rondaban a una personita. Al principio Martín no había dejado de disculparse, y aunque Manuel le insistió que no fue su culpa (cosa que realmente pensaba), el rubio juraba que fue su error soltar a Julio. Todo había estado yendo tan perfecto y aun así fallaron, por su culpa. Luego de repetir por enésima vez que no se culpara a él sólo, Manuel se rindió y lo mandó a callar.

-¿Entonces por qué estás molesto? Sabés que fue mi culpa… -murmuró Tincho y Manuel reprimió su respuesta.

Sí, estaba molesto. Un tanto consigo mismo por no ser más rápido y mucho con Martín, pero no por la razón que el rubio creía. Estaba molesto porque en ese momento Tincho sí estaba dispuesto a irse, pero ahora ya no. Y no, el miedo no era la razón. El miedo ya sólo residía en Manuel.

Trató de pensar en qué hacer ahora. No lograba estimar cuánto demoraría su pierna en dejar de doler, por lo que necesitaba ganarse de nuevo a Tincho. Irónico que tuviera que siquiera pensar en eso, pero al parecer era la maldita situación en la que estaba atrapado.

-Oye, Martín –dijo bajo luego de que Miguel les retirara las bandejas. El rubio alzó la mirada para darle a entender que estaba escuchando-. Hay que idear un nuevo plan.

Pudo ver como los hombros del argentino se tensaron y maldijo para sus adentros.

-¿Un nuevo plan? –murmuró y tragó-. ¿De qué hablás?

-¿Cómo que de qué hablo? Tenemos que irnos de aquí –Manuel lo miró fijamente, pero Martín le rehuyó la mirada.

-Che… no.

Manuel puteó mentalmente.

-¿Cómo que no?

-Que no pues, no podemos… No después de esto. Además tu pierna está mala.

-No podí estar hablando en serio –resopló Manuel y Martín se pasó una mano por el pelo.

-Pues sí, estoy hablando en serio… ¿Sabés que intenté disculparme con Miguel, no? –murmuró y Manuel frunció el ceño-. Ni siquiera me dejó hablar. La cagamos y en grande, está enojado conmi…

-¿Y qué chucha si está enojado? –bufó Manuel y apretó las sábanas-. Martin, ¿siquiera te estai escuchando? ¡Qué mierda importa si Miguel está enojado o no, no le debí nada!

Martín parpadeó y por unos segundos lo miró boquiabierto. Manuel gruñó bajo y soltó un improperio, a lo que el argentino se removió y se carraspeó.

-Manu…

-No, no lo digas, lo sé perfectamente.

-Pero no te eno…

-¡¿Que no me enoje?! –volvió a alzar la voz y Martín se encogió sobre sí mismo-. ¡Mierda, tú te quieres quedar a vivir acá!

El chileno respiraba agitadamente pero aparte de eso no se oía nada. Martín permanecía quieto, mirándose las manos, las cuales repentinamente parecían muy, muy interesantes. Tenía que cortarse las uñas, notó.

-¿Has considerado que tal vez no son tan malos como nos imaginamos? –susurró cuando la tensión se volvió demasiado pesada, tan insoportable.

-Ah, ¿no? ¿La puta navaja que me clavaron me la imaginé?

-Nosotros lo atacamos…

Manuel resopló.

-¿Sabí qué, Martín? Ándate a la puta mierda –resopló harto.

Martín tragó y desvió la mirada. Por unos segundos volvieron a callar hasta que el argentino se puso de pie, un tanto indeciso.

-Yo… necesito pensar –murmuró y Manuel rodó los ojos.

-Sí, de vez en cuando no te haría mal.

-Con permiso…

Manuel no lo detuvo y no se movió cuando la puerta del cuarto se abrió y se volvió a cerrar, dejándolo solo en aquella habitación.

Martín miró nervioso el corredor. Desde el fracasado intento de escape, solo había abandonado la habitación una vez para ir al baño. De pronto el pasillo parecía de nuevo extraño, parecía haber vuelto al principio. La casa era de nuevo fría y grande y oscura. Se preguntó a dónde rayos debería ir a aclarar la mente, pero nada se le ocurrió. Podría haber salido, pero le daba mala espina eso. No quería hacer enojar a los dueños de la casa…

-¿Qué haces ahí?

La voz de Miguel lo sacó de sus cavilaciones de golpe y el argentino se volvió hacia el chico que se encontraba junto a la escalera. Traía una bandeja con tazas, una tetera y una lata de galletas. Se mordió el labio.

-Ahm… nada. Perdón, justo iba a la sala… Pero puedo llevarme mi taza –farfulló creyendo que el té era para Manuel y él.

Sin embargo Miguel solo alzó una ceja, rodando luego los ojos apenas. Se volvió y caminó en dirección contraria. Martín lo miró contrariado y tras dudar un rato, lo siguió, tanto curioso como algo ofendido de que solo le diera la espalda y se fuera. Apresuró el paso para alcanzarlo, aunque cuando estuvo justo detrás suyo no supo si ponerse a su altura o quedarse guardándole las espaldas. Miguel ni pareció tomarlo en cuenta, sino que continuó su camino hasta alcanzar la última puerta a la izquierda de las escaleras, aquella detrás de la cual Manuel se encontró por primera vez con Julio. Martín mismo nunca había entrado ahí, pero su amigo le había contado obviamente del extraño episodio. Todavía no estaba seguro si realmente pasó eso o si Manuel sólo le estaba tomando el pelo. De haber sido la situación cualquier otra, no le habría creído ni en lo más mínimo.

La puerta estaba solo apoyada y Miguel se puso de costado para empujarla con el codo. Martín miró por encima de su hombro, viendo la pequeña salita de estar. El chico entró y se acercó a la mesita rodeada por el sofá y los sillones. Depositó la bandeja en ella y sopló para deshacerse del polvo acumulado. Tomó las tazas con el café frío, poniéndolas a un lado y posicionando las tazas limpias en su lugar. Lo mismo hizo con las galletas. Tomó la tetera y sirvió té en una de las tazas.

Martín permanecía parado a un lado, observando.

-¿Qué hacés? –murmuró, frunciendo el ceño-. ¿Tomarán el té?

Miguel alzó apenas la mirada y luego negó con la cabeza, terminando de llenar la segunda taza. En la bandeja colocó las dos que contenían el té frío, aquel que ni había sido tocado, junto con las galletas malogradas. Martín se preguntó cuánto tiempo ya habían estado ahí y sintió como si aquello fuese uno de esos altares donde la gente le dejaba comida a una deidad, esperando que la comiese. Realmente parecía algo así...

-No es para nosotros –murmuró Miguel, confirmando aún más aquella idea-. Es para que cuando papá vuelva, tenga algo caliente que tomar. Siempre le gusta tomar una taza de té cuando vuelve de caminar, especialmente cuando llueve…

-¿Y la segunda taza?

-Por si trae una visita.

Al parecer había dado por concluido el tema y quiso retirarse de nuevo, pero Martín lo retuvo del brazo de manera repentina, sorprendiéndose hasta a sí mismo.

-¿Su padre? –preguntó bajo y Miguel se tensó, algo que lo confundió aún más-. ¿Dónde está?

Miguel no respondió de inmediato, dudando. Se removió y apretó los bordes de la bandeja.

-No sé… No recuerdo… A dónde fue… -susurró y lentamente Martín aflojó su agarre.

-¿Cómo que no sabés? –dice bajo, como hablando con un niño-. ¿Cuándo se fue?

Miguel se removió y por un momento parecía querer zafarse, pero luego solo se quedó quieto. Martín mismo lo soltó, pero al rato lo volvió a agarrar, jalándolo hacia él y hacia el sofá. Tomaron asiento juntos y Miguel mantuvo la mirada fija en la bandeja que dejó sobre sus piernas.

-Ayer –murmuró por fin aunque seguía dudando-. O anteayer… o hace una semana… No sé… -balbuceó bien bajo y se mordió el labio.

Martín frunció el ceño. Él y Manuel llevaban ya casi una semana ahí, no podía ser en serio que Miguel considerase "ayer" o "anteayer" como una respuesta. Aparte de ellos no había salido ni entrado nadie más en la casa, estaba seguro de ello. Miguel permanecía mirando la bandeja, tenso y quieto.

-Miguel –lo llamó con cautela y tras pensárselo bien, se atrevió a tomarlo del mentón, volteándole el rostro-. ¿Dónde está tu padre?

-Debe estar de viaje –murmuró Miguel bajo-. Pero no estoy seguro… él nunca nos dice nada sobre su paradero.

Oh, Martín conocía esa historia. Suspiró, no pudiendo evitar sentir cierta empatía por el pobre chico. Que va, bastante empatía. Sabía lo que era un padre ausente y más aún la falta total de una madre. Aunque con lo último estaba meramente especulando. Tal vez la madre de los chicos había muerto, no todos tenían la misma suerte de perros que él, se recordó.

-Che, lo siento –dijo por fin bajo y suspiró, soltando su rostro para posar su mano en la espalda del chico en señal de consuelo-. Créeme, sé cómo se siente eso. Mi viejo también rara vez estaba después de que mi vieja se fugó con otro…

Miguel lo miró sorprendido, probablemente porque no esperaba que le contara aquello, pero terminó por asentir.

-Antonio no es mal padre –murmuró y acto seguido suspiró-. Pero sí, ausente. Nunca sabemos cuándo volverá y cuando se volverá a ir.

-Hm, sí, es una mierda –dijo Martín bajo y no se resistió a despeinarle un poco el cabello.

Miguel lo miró primero algo confundido pero luego sonrió. Martín lo imitó, mirándolo a los ojos. El chico parecía mucho menor en ese momento. Parecía un niño, no un adolescente y Martín sentía que había que cuidar a aquella criaturita, ignorando que en los últimos días no había querido hacer más que acorralarlo en alguna esquina y comerle la boca. No, ahora no podía pensar en eso. Ahora esa opción ni existía. ¿Había pensado en tocarlo? ¡Pero si era sólo un nene!

-Bueno, debo seguir. Hay que aprovechar que no llueve para ocuparse del huerto –musitó Miguel poniéndose de pie de nuevo y Martín alzó la mirada hacia él, ciertamente algo decepcionado de que el momento se interrumpiera.

-Ah, oye… Cuando quieras podemos seguir hablando… de tu papá y eso… de tu mamá si querés –farfulló algo inseguro, ahora ya sin saber si lo que decía tenía sentido o si solo era una gran pavada lo que estaba dando de sí.

Miguel se mordió el labio y asintió lentamente, agradeciendo en voz baja pero añadiendo que no debía preocuparse. Agradeció una segunda vez y no dijo nada más luego, saliendo de la salita. Martín lo siguió con la mirada, viéndolo alcanzar las escaleras y desaparecer después. Suspiró y decidió volver con Manuel. Era tarde y necesitaba dormir, ahora sí que eso haría.

Manuel lo oyó entrar, mas no se movió, fingiendo estar dormido. Lo sintió avanzar por el cuarto y desvestirse. Imaginó que se habría puesto algo para dormir, ya que a pesar de ser verano no hacía tanto calor como para dormir sólo en ropa interior. Martín se acostó por fin y Manuel se mordió el labio. Poco a poco la respiración del rubio se iba regularizando hasta oírse pequeños ronquidos. Manuel suspiró. No podía conciliar el sueño, los pensamientos que se arremolinaban en su mente lo tenían demasiado despierto, especialmente su determinación.

Se iría solo de ahí.