Mis chiquilines, cariños a todos, como siempre. Un abrazo enorme y disfruten del cap! :D


VII. Sólo un paso

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Desperté a las ocho y media de la mañana con mucho sueño y enrabiada por ello. Me había dormido con la ropa puesta porque o había llevado nada para cambiarme y debía volver a la casa para darme una ducha.

Bostezando con una horrible morisqueta, me reincorporé de la cama con dificultad, teniendo la sensación que las sábanas se estaban enredando en mi cuerpo para no dejarme ir. Finalmente, salí del cuarto restregándome los ojos y me fui al baño para lavarme la cara, tomar desayuno y marcharme. Sin embargo, algo me detuvo de entrar más allá del umbral cuando abrí la puerta.

Mis ojos soñolientos se pusieron como platos al ver a Remus Lupin envuelto de la cintura hasta las rodillas en una toalla, quien estaba frente al espejo lavándose los dientes, sin pasar por alto su cabello largo goteando por su ancha, fuerte y vapuleada espalda. No sé cuántos segundos transcurrieron después de eso, pero cuando se giró hacia mí, sorprendido y con el cepillo en el aire, el que goteó unas cuantas partículas de dentífrico, debí haber salido corriendo como una adolescente avergonzada, y en vez de eso, sonreí con la boca abierta.

—Lo siento tanto —me disculpé sin sinceridad alguna y me fui cerrando lentamente la puerta para no perderme del paisaje tan rápidamente, siendo seguida por los asustados ojos de un muy petrificado Remus.

Una vez afuera, me puse la mano en la boca para no gritar de la emoción. Era una maldita sinvergüenza.

¡No puedo creerlo! ¡No puedo creerlo, casi lo veo desnudo!

Temblando y sonriendo, bajé hasta la cocina para buscar mi chaqueta e irme, porque si me encontraba de nuevo con él, lo más probable es que terminara lanzándomele encima porque había estado a un paso de hacerlo en el baño, y no quería nada que apresurara las cosas… suponiendo que había algo que apresurar.

Contrólate.

Aquel día lunes fue uno de los días menos productivos que tuve producto de la distracción. Quitarme aquella imagen de la mente no iba a ser tan fácil.

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Faltaba casi un mes para que Sturgis Podmore terminara de cumplir su condena en Azkaban, Ojoloco no podía estar más paranoico —me había ido a buscar una mañana a mediados de marzo, para ir a entrenarme otra vez; tuve que cerrarle la puerta en las narices y gritarle que me dejara en paz, a lo que contestó "¡Los Mortífagos no te dejarán en paz cuando te ataquen, créeme!" —, y yo, yo no podía estar más confundida y neurótica. En el Ministerio de Magia se respiraba la inquietud y la duda, en todas partes divisaba miradas desconfiadas, y habíamos llegado al punto en que, con Kinglsey, ya no nos hablábamos en absoluto, salvo el par de ocasiones que pudimos salir a cenar a un barrio muggle para lograr conversar.

—No te lo tomes personal —me advirtió —, estoy bajo mucha presión. Fudge no me para de hacer preguntas, y varias veces has salido a colación.

—¿Qué? ¿Acaso cree que voy a juntarme con mi tía Bellatrix para planear las próximas vacaciones de verano?

Hizo una mueca.

—Es una forma exagerada de decirlo, pero sí.

Kingsley estaba en lo cierto, porque lo comprobé por mí misma días más tarde: nuevamente fui llamada a la oficina de Fudge para preguntarme, abiertamente, si yo estaba implicada con Bellatrix Lestrange. Esta vez no hubo palabras amables, preguntas evasivas y tazas de té para beber.

—No tengo idea de quién me está hablando —respondí con seriedad y negando con la cabeza.

—¡Bellatrix Lestrange! ¡Tu tía! ¿Acaso no eres Auror? Deberías estar al tanto de quiénes son los reos que escaparon de Azkaban—me reprochó rojo de ira.

—¡Ah! ¿Esa señora? Ni siquiera recuerdo haberla visto. Es decir, sé quién es, porque la vi en el diario, pero mi familia cortó los lazos porque era una mujer desquiciada. Así que, si busca a alguien para sacar información, no soy la indicada, por más que quisiera ayudarle, señor Ministro. ¿Ha visto su cabello? No tiene ni un sentido del estilo, y sus uñas…

Razones no habían para que no me creyera, así que me envió de vuelta al trabajo y a mi miseria del día a día: el trabajo en terreno había decaído y sólo me quedaba hacer informes, capacitaciones, e incluso me tocó ser psicóloga de una bruja que había llegado a mi oficina por equivocación, llorando porque se había enterado que su marido la engañaba con un mujer muggle.

—No se preocupe, usted tiene magia, y puede conseguir lo que quiera… Ella no tiene idea de cómo hacer que una mopa trapee sola. Eso sólo usted lo puede conseguir… nadie más trapeará como usted lo hace… Pero… pero debe entender a su marido, tal vez él la ama a usted, pero también ama a esa muggle, no se puede elegir a quién amar o a quién no. Tal vez su marido siente debilidad por las dos y no sabe qué hacer… Debería tratar de darle otra oportunidad, ¿no?

Diez minutos después, la señora se fue gritando que yo estaba loca y era la peor terapeuta del mundo. Definitivamente, no se había dado ni cuenta que había llegado al Ministerio en vez de San Mungo, y yo estaba disfrutando demasiado haciéndome una evaluación retrospectiva a través de ella para haberle dicho que estaba en el lugar equivocado.

Y, ahí estaba, casi tres semanas después del cumpleaños de Remus, pensando en él y en Severus, y en lo fatal que me sentía. Estaba completamente segura acerca de mis sentimientos hacia Remus, porque todo lo que podía pensar, era en lo bien que lo había pasado esa noche… Conversando, comunicándome, hablando cosas profundas, sin tabúes ni desconfianza, a diferencia del profesor de Pociones, que colocaba trabas en la relación, buscaba excusa… y tenía una vida complicada, que no era compatible con la mía y que, definitivamente, no buscaba contarle sus más profundos secretos a nadie.

No sabía si podía ser fructuoso lo que resultara de mi relación con Remus, pero siempre lo que había obtenido de Severus, era frialdad y puntos suspensivos. La última vez no se había despedido y, luego de eso, no se había comunicado más. ¿Habíamos terminado y no me había dado cuenta?

Necesitaba verlo, necesitaba hablar con él. O poníamos un punto final, o sencillamente…

—Mientras me guste Remus, no podré estar con él —farfullé para mí, dejando caer la pluma a un costado, salpicándolo todo de tinta.

Escuché pasos apurados, como una tropa, los que me distrajeron de mi pensamiento, haciéndome ponerme de pie instintivamente. Así mi varita con firmeza y me asomé. Todos los de las demás oficinas estaban mirando hacia el centro de atención, embobados: Fudge, Percy Weasley, Dawlish, y para mi asombro, Shacklebolt caminaban a toda velocidad por el pasillo. El Ministro furioso, marcando cada paso con fuerza mientras su varita despedía chispas desde el bolsillo.

Miré a mi amigo, inquisitiva, y este me dirigió una mirada de preocupación, negando levemente con la cabeza para que no me acercara a él y moviendo los labios levemente para modular "Sirius".

—¿Qué ha sucedido?

—Señor Ministro, ¿está todo bien?

—¿Debemos preocuparnos por algo?

Magos y brujas comenzaron a preguntar en voz alta en tanto el grupo iba caminando a través del pasillo. Una vez desaparecidos a la vuelta de la esquina, fui inmediatamente donde Arthur. Lo pillé intentando armar un secador de pelo.

—¡Tonks! ¿Todo bien? —me saludó con entusiasmo.

—Creo que ha sucedido algo malo, porque vi pasar a Fudge junto con Kingsley, Dawlish y… Percy.

—¿Percy? ¿Qué tiene que ver Percy? —saltó, con el rostro desfigurado.

—Es la mano derecha de Fudge, ¿no?

Suspiró.

—Ah, cierto.

—Si no capté mal el mensaje, debemos ir al cuartel luego del trabajo —susurré, asegurándome que no hubiera nadie a mis espaldas.

—Nos vemos allí, entonces le avisaré a los demás.

La hora que me restaba de trabajo se me hizo eterna y la pasé mordiendo la punta de la pluma, nerviosa y sin saber qué más redactar en el informe. ¿Alguien estaba en peligro? Imposible, sino hubiésemos tenido que participar todos los Aurors, y sólo Kingsley y Dawlish habían sido seleccionados.

Cuando el horario marcó las 8 y el minutero las 12, me puse de pie con parsimonia, tomé mi chaqueta, apagué las velas del lugar y me despedí como siempre de mis colegas con un breve gesto de la mano. Salí por la entrada de funcionarios y me fui tras un contenedor de basura para desaparecer.

Fue un alivio saber que Sirius estaba bien, pero a medida que fueron llegando los demás miembros al lugar, nos dimos cuenta que ninguno tenía idea de qué iba a eso. El ojo de Ojoloco no paraba de girar en su cuenca y Sirius no dejaba de dar vueltas por la cocina.

—¿Y Remus? —pregunté a Sirius en voz baja, paseándome junto con él.

—No lo sé —gruñó.

Media hora después mi corazón explotó de alivio al verlo llegar, despeinado y pálido.

—¿Qué es lo que ha pasado? —preguntó alarmado.

Nadie supo contestarle, por lo que continuamos esperando, inquietos, silenciosos y muertos de hambre, con los estómagos rugiendo constantemente.

—¿Habrá ocurrido algo en Hogwarts? ¿Estarán los niños bien? —preguntó Molly con la voz quebrada, sabiendo que nadie iba a poder responder eso. Le pedimos que se sentara y que no se preocupara por la cena, ya que sus manos temblorosas no eran capaces de aferrar bien la varita. Le iba a volar un ojo a cualquiera, y Ojoloco no necesitaba perder otro.

Esta vez, no quedamos ubicados uno al lado del otro, pero fui consciente de que miradas iban y venían. En parte era el nerviosismo, lo demás era… ¿química? Tenía ganas de hablar con él, pero de pronto me sentía como si sólo pudiera mostrarme auténtica en su presencia, pero a solas. Sirius debió haber utilizado sus técnicas de Cupido para que todos nos dejaran solos.

Se había cumplido poco más de una hora cuando recibimos un patronus de Shacklebolt diciendo, con una voz de ultratumba, "Dumbledore se ha ido del colegio. Llegaré más tarde. Problemas."

—¡Hasta que consiguieron lo que querían, sacar a Dumbledore del medio! —exclamó Sirius con enojo.

—¡No puede ser, eso es una injusticia!

—¿Eso quiere decir que esa vieja bruja será directora? —dije yo entre los alegatos encendidos de los demás miembros.

—Quiere decir que el Ministerio estará vigilándolo todo —intervino Emmeline con gravedad.

—Deberán tener cuidado, sobre todo Harry, la lupa está sobre él.

—Él no nos va a exponer. Es Harry —defendió Sirius.

—Sin embargo, yo no me arriesgaría —añadió Ojoloco, apoyando la moción de Dedalus.

—Tal vez sea pertinente que regresemos a nuestros puestos de trabajo —propuso Hestia Jones.

—¿No será más riesgoso? Levantaremos sospechas si volvemos tantos a la vez —indicó Arthur.

—Yo podría volver, Kingsley me necesitará —tuve que admitir, siendo consciente que no tenía ganas de volver al trabajo.

—O tal vez Kingsley ya te ha justificado, deberíamos informarnos mejor primero…

Discutimos el asunto cerca de cinco minutos el asunto, y ya había tomado la decisión de volver a mi puesto de trabajo y me había puesto de pie para retirarme, cuando un chasquido resonó en el comedor, sobresaltándonos a todos. Entre una bola de humo que se dispersó rápidamente, apareció una pluma de fénix que escribió un mensaje en el aire con letras naranjas muy brillantes.

"Tengan los ojos abiertos, el Ministerio está al acecho. Vigilen el castillo, ya saben cómo organizarse. No regresen a sus trabajos hasta mañana, excepto Arthur. Que siempre haya un miembro de la Orden en el Ministerio".

No salía remitente, pero era evidente que provenía del director y esa pluma era de su fénix.

—¿A dónde se habrá marchado? —pregunto Arthur con seriedad.

—No lo sabremos… es Dumbledore. Tiene sus propios asuntos que resolver —contestó Remus con pesadumbre.

Finalmente, Molly preparó la cena y Kinglsey llegó, agotado y acalorado, para narrarnos lo que había ocurrido en el castillo, la caza de Harry y los miembros de su club llamado "Ejército de Dumbledore", motivo por el que Dumbledore atribuyó la culpa para proteger a los muchachos y razón misma por la que tuvo que desaparecer.

—Tuvo que desarmarme para no levantar sospechas y, aunque no caí fuerte, siento como si me hubiese pasado un tren por encima —se quejó con una mueca.

Dumbledore nos había dejado varias órdenes de emergencia en caso de que algo así ocurriera, y una de ellas era mantener vigilado el castillo, una tarea que me iba a tocar a mí, a Mundungus y a Ojoloco en diferentes turnos y ciertos días de la semana.

Tenía ganas de quedarme a hacer la sobremesa e incluso quedarme a dormir para poder estar con Remus, pero mi responsabilidad de hija era aún más grande y decidí volver lo antes posible a mi casa.

Fui caminando con tranquilidad hasta el callejón en el que solía desaparecer, cuando sentí que alguien me estaba siguiendo. Caminé más rápido.

Debe ser un gato.

La sensación permaneció y lo único que pensé fue en Lucius Malfoy.

Oh.

Hice un amago de cruzar la calle, pero salí corriendo directo hacia abajo y doblé por un pasaje que conducía a un terreno baldío mal enrejado, con maleza hasta las rodillas. Hice un agujero en él y me metí rápidamente, pero cuando me quedé estática entre el pasto, me di cuenta que estaba sola.

¿Me estaré volviendo loca?

Me puse de pie y entonces lo vi, alejándose a paso rápido, como queriendo pasar desapercibido: Snape.

Negué con la cabeza con la sangre hirviendo y, sin pensarlo dos veces, me materialicé delante de él interponiéndome en su camino. Iba con capucha, pero lo conocía lo suficiente para saber que era él. Se detuvo en seco con los ojos grandes.

—Me diste un gran susto, ¿sabes? —farfullé con rencor. De la calle de enfrente salía un gran estruendo musical, seguro había una fiesta.

—Estamos en un barrio muggle, no deberías haberte aparecido de ese modo.

—¿Me estás regañando a mí? ¿En serio? —hice una pausa — ¿Por qué estás aquí.

Me observó directo a los ojos sin contestar.

—¿Por qué me seguiste? —insistí.

Más silencio.

Me cubrí la cara con las manos y gruñí con fuerza, tratando de ahogar el sonido.

—¿Qué es lo que quieres de mí Severus?

—Sólo quería cerciorarme de que todo estuviera b…

—Basta —le interrumpí —. Suficiente, ya he tenido suficiente, Severus. Yo… he tratado, y volvemos a lo mismo, tú has intentado, pero tu inconsecuencia es tóxica.

—No me eches la culpa a mí, porque eres tú la que se ha embobado por ese licántropo.

—¡No le digas así! ¡Y ese no es el punto! ¿Sabes? Podríamos estar juntos, de verdad, ¡pero tú no quieres! ¡Pones excusas para todo! —alcé la voz — No haces ningún intento por… por conquistarme. Siempre has sido así, puedo reconocerlo, pero tu indiferencia o diferencia me deprime.

—No comprenderías si te lo explicara.

—¿Explicarme qué? Siempre me has visto como una persona estúpida —dije con sarcasmo —, gracias por tener fe en mí.

—No es eso —masculló encogiéndose un poco.

—¿Qué es lo que tanto te ha costado decirme, Snape? ¡Dímelo!

Dio un paso hacia mí, amenazante.

—No puedes pretender querer saberlo todo de mí —rezongó con dientes apretados y tono gélido.

Los ojos se me llenaron de lágrimas y lo empujé con fuerza.

—Eres… un… idiota —lo volví a empujar repetidas veces mientras le hablaba —, ¡vienes a entrometerte en mi vida y después me expulsas a mí!

Me sujetó una mano, e intentó asirme la otra para que no lo volviera a empujar, pero fui más rápida y se la planté en la mejilla con fuerza.

—No quiero estar contigo, nunca más. Ya no tengo ganas —me zafé con brusquedad —, se apagó la llama, o cómo le digas — me alejé, temblando, casi oyendo mi corazón caer en pedazos —. No aparezcas en mi vida otra vez, Severus, sólo lograrás arruinar la poca paz que lograré al haber acabado con esta charada de relación.

No di la oportunidad a que se excusara o él se fuera primero, así que con rapidez y teatralidad desaparecí de allí.

Debido a mi desequilibrio emocional, desaparecí cerca de la puerta y al girarme me di de lleno en la nariz con ella, lo que empeoró mi situación. Mi madre me recibió preocupada al abrir la puerta y comenzó a consultarme que qué me sucedía, pero dejó de interesarle mi vida cuando le dije lo que había sucedido en Hogwarts.

—¿Es pertinente que vayas a Hogsmeade a vigilar el castillo? ¿No correrás peligro allá, Dora?

Me encogí de hombros y moví la cabeza de lado a lado.

—El peligro está en todos lados, pero tal vez no sea lo más pertinente—mascullé pensando en Severus con tristeza.