The Lonely Mountain
Anna y Kristoff van a casarse, mientras tanto, Elsa descubre por qué ella tiene sus poderes, ya que es la primera en la familia con ellos, y una nueva magia, más oscura y poderosa de la que jamás hayan conocido, se acerca.
"Este fanfic está basado en la película de Disney "Frozen" por tanto, los personajes y otros nombres o descripciones que use y sean de la película, son sólo un préstamo para escribir como tantos otros autores, no me adueño de la historia original y los derechos de Frozen pertenecen a Walt Disney Pictures. Sin embargo, la trama de este fic y el resto de términos (los que no son comunes a Frozen) si me pertenecen y son obra mía, cualquier parecido con otro fic es puramente casual y no doy permiso a la divulgación de esta historia o copia, me da igual el minúsculo cambio que le metas para justificar que sea tuya, sólo está en y para su traducción o publicación en otros sitios, se deberá pedir mi consentimiento".
ANOTACIONES DEL CAPÍTULO: Heeey! hola de nuevo a todos desde la primaveral y calurosa España :) espero que estéis teniendo una buena época y os vaya bien en vuestras cosas :) aquí traigo el séptimo capítulo, como una buena mamá noel, pasadlo bien!
Capítulo 7:
A la hora de cenar, Elsa no bajó al comedor. Tampoco abrió la puerta a nadie, ni dio ninguna respuesta verbal a nadie que se acercó a la puerta, bien podía estar en su cuarto o no estar, no se notaría gran diferencia. Todos estaban comenzando a preocuparse por ella, pero ninguno la molestó más de lo estrictamente necesario, con la excepción tal vez de Anna, quien pasó horas sentada en el suelo ante la puerta de su hermana, como solía hacer antaño, intentando escuchar algún murmullo a través de la puerta que le indicara que la reina de Arendelle, su único pariente con vida, se encontraba bien. Pero nada pasó. La puerta nunca se abrió por el resto de la noche, ni tampoco por la mañana, nadie tuvo noticias de Elsa y nada se habló de ella. Los criados fueron y vinieron por todo el pasillo de la séptima planta donde se encontraba la habitación de Elsa, preguntaron, llamaron mil veces a la puerta, y dejaron comida varias veces. Durante el nuevo día Elsa sí se había dignado a gritar cosas como "dejadme sola" o a veces, pedirlo amablemente con "por favor", intentando mostrarse algo menos fría que de costumbre, pero eso no le impidió pedirle a su hermana mil veces que se fuera sin abrirle la puerta. Cuando le preguntaban qué le pasaba, o por qué no salía de allí o al menos comía algo, la única respuesta que recibieron, una y otra vez, fue "necesito pensar" "necesito tiempo para mí un par de horas más" "saldré en unas horas, tengo cosas que hacer ahora" y variantes diversas de lo mismo.
Elsa era una persona fría, y a eso estaban acostumbrados. Teniendo en cuenta que era capaz de helar todo Arendelle, a nadie nunca le había sorprendido que fuera un tanto así en cuanto a su personalidad, sólo se extrañaban al recordar lo amable, cariñosa, alegre e inocente que había sido de pequeña. Pero todos podían recordar que había cambiado tras el "accidente", y darle a ello explicación de su cambio de personalidad, excepto Anna y Kristoff, a quienes nunca se les había contado nada. Primero los padres de las chicas, y después la misma Elsa, habían prohibido contarle una palabra a Anna, y por tanto, tampoco a Kristoff, porque sabían que Kristoff se lo contaría a la pelirroja. Simplemente pensaban que si Anna se enteraba, se distanciaría o temería a su hermana, o se echaría las culpas por todo lo sucedido dos años atrás, y eso era algo que Elsa jamás querría para su hermana, y el hecho de que desde hacía dos años hubiera vuelto a unirse a su hermana casi tanto como de niñas no le había animado a contarle nada.
Pero ahora Elsa tenía otras cosas en mente de las que preocuparse como para importarle lo que pudieran pensar, Anna o cualquier otro, de ella, y lo que pudieran criticar de que siendo reina se escondiera del mundo. Sólo necesitaba unos minutos, unas horas más, a solas para pensar en todo cuanto había pasado en aquél castillo oscuro. Aquél mago no podía ser su padre, ella conocía a su padre y no era mago, no era capaz de nada meramente malintencionado, no hubiera roto un plato excepto por defender a su familia y, lo más importante, había muerto cinco años atrás en el océano. Quizá sólo lo había dicho para despistarla y salirse con la suya sí, tenía que ser eso, pero aún así, Elsa no dejaba de darle vueltas a la cabeza. Era algo que le quitaba el sueño, el hambre, todo.
Finalmente, al segundo día después de haber regresado a Arendelle de las montañas, durante el desayuno para aprovechar que todo el mundo estaría ocupado abajo en el comedor, Elsa salió de su habitación y corrió a la biblioteca del castillo. Al entrar, cerró la puerta suavemente echando la llave, y corrió a las estanterías de los árboles genealógicos de la familia. En ellos comprobó que, efectivamente, su padre era su padre, que, efectivamente, yacía enterrado junto a su madre en las montañas y no había referencia alguna a ningún hermano u otro varón que pudiera haber sido padre de Elsa. ¿Y si su madre la había tenido con otro hombre y habían decidido ocultarlo? No, su madre jamás haría eso. Finalmente, un tanto abatida, desistió y bajó al comedor.
Sólo estaban Kristoff y Anna, sentados juntos en la larga mesa del comedor, ella en la cabecera y él a un lado, ambos con aspecto cansado pero arreglados, susurrando cosas en voz baja, a Elsa le pareció escuchar su nombre un par de veces al mirarlos a través de la puerta entreabierta del comedor, antes de llamar y abrirla, pasar y cerrarla tras ella.
—Elsa —Anna la miró sorprendida.
—Buenos días —Elsa sonrió radiante contemplándolos de pie ante la puerta. Estaba tan impecable que nadie podría haber dicho que llevaba dos días encerrada en su cuarto—. ¿Os importa si me uno?
—Oh, sí, sí claro, ven... —Anna sirvió zumo en una copa al otro lado de ella. Siempre pedían platos para Elsa por si se decidía a bajar.
—¿Todo bien, Elsa? —preguntó Kristoff contemplándola sentarse frente a él, al otro lado de Anna.
—Sí, gracias. ¿Y vosotros, todo bien? —preguntó Elsa sirviéndose unas tostadas.
—Sí, gracias —Kristoff sonrió e intercambió una pequeña mirada curiosa con Anna.
—¿Cómo van los planes de boda? —quiso saber Elsa.
—Aún no hemos comenzado con ellos —respondió Kristoff antes de darle un gran mordisco a su tostada.
—No hemos tenido tiempo... Elsa —Anna se cortó a sí misma y miró a su hermana con seriedad y mezcla de enfado—. ¿Por qué? ¿A qué ha venido todo eso de volver a encerrarte sin decirle nada a nada? ¡Eres la reina! Se suponía que todo eso había terminado.
Elsa suspiró y paró de desayunar pensando qué decirle, hasta que decidió que era momento de decir la verdad.
—Anna, lo siento —tomó su mano suavemente por encima de la mesa— pero necesitaba tiempo para pensar profundamente en cosas, nada más. Reflexionar todo lo que ha estado pensando, averiguar cuál es el siguiente paso, y no podía hacerlo de otra forma. No pretendía preocupar a nadie.
—¿No? Pues lo has hecho —le espetó Anna retirando su mano de debajo de la de Elsa y mirándola con enfado—. ¡Te encierras días ahí, sin decirle nada a nadie, sin pararte un segundo a pensar en cómo me iba a sentir al verte cerrarme la puerta en las narices otra vez, y ahora vienes y apareces tan normal! ¿Tienes idea de lo preocupados que hemos estado? ¿tienes idea, Elsa? ¿acaso te has parado un segundo a pensar en cómo iba a estar yo?
—Anna... —Kristoff intentó tranquilizarla amablemente pero Anna se levantó y comenzó a caminar hacia la puerta.
—Perdóname cielo, he terminado de desayunar —le dijo Anna con dulzura antes de volver a dirigir la mirada hacia su estupefacta hermana con fiereza propia de leones y la mano ya puesta en el pomo—. No sé qué era tan importante que no podía esperar diez minutos a explicaciones, pero no te preocupes Elsa, ya estoy acostumbrada a que me ocultes cosas, al fin y al cabo, también parecía haber algo muy importante entre manos como para que me cerraras la puerta en la cara durante trece años sin explicaciones, ni tuyas ni de mamá o papá, vosotros los reyes pretendéis mirar por vuestro pueblo sin saber siquiera mirar por quienes están bajo vuestro mismo techo, y espero de verdad que Arendelle sea feliz con esta forma de hacer las cosas, porque yo no.
Dicho esto, abrió la puerta del comedor, y desapareció cerrándola con fuerza tras ella y dejando escapar un audible sollozo.
—¡Anna! —Kristoff se levantó y corrió tras ella. Elsa suspiró y contempló la puerta con el corazón más encogido que nunca. Esperó unos minutos, mandó recoger la mesa, se levantó, y fue a paso lento hacia el cuarto de su hermana.
Al llegar, encontró la puerta entreabierta y se paró en el marco observando discretamente, sin hacer ruido. Kristoff y Anna estaban abrazados sentados a los pies de la cama, el chico consolaba a la joven princesa acariciándole la espalda y besando su pelo mientras la escuchaba hablar entre lágrimas y sollozos.
—...es sólo... ¡que no la entiendo, Kristoff! ¿por qué tiene que ser siempre tan fría? —gimoteaba la pelirroja— siempre tan seria, tan callada, parece que tenga cuarenta años en lugar de veinte... y claro, yo siempre fui más alegre, más infantil, pero aún así ella solía ser alegre, cariñosa, ¡feliz! Y yo... ¡pensé! ¡yo pensé...! ¡qué la había traído de vuelta, que volvía a ser mi mejor amiga, mi hermanita, la chica alegre con la que hacía muñecos de nieve de pequeña...! pero... pero... ¡me equivocaba! —a Elsa le rompía el corazón ver a su hermana tan echa pedazos como nunca la había visto, y se ocultó tras el marco de la puerta a escuchar—. ¡Me dejó sola tantos años sin explicación! ¡ni siquiera fue al funeral de nuestros padres, me dejó sola! Y la echaba tanto de menos, Kristoff, tanto... me sentía tan sola...
—Lo sé cariño, lo sé... pero tranquila, porque todo saldrá bien, ya verás...
—¿De verdad Kristoff? Cuando pensábamos que todo volvía a la normalidad, aunque ni siquiera me dijo por qué se alejó de mí tantos años, pero daba igual. Pensé que todo estaba bien, pero ahora... ya sé que esto no ha sido nada, pero aún así, me da que pensar que a lo mejor nunca volvió realmente, que a lo mejor el cambio a ser alguien tan seria es imposible de volverla a la normalidad, que esto pasará mil veces, que me cerrará mil veces más la puerta y siempre será tan secretista, y es inútil querer que vuelva a ser quien era porque esa Elsa ¡ya no existe!
Elsa respiró hondo y a continuación, entró en la habitación. Anna y Kristoff la contemplaron parando de hablar y Anna, sin separarse un milímetro de su novio, paró de gimotear, aspiró profundo por la nariz, y le dirigió a su hermana la más hostil de las miradas.
—¿Es que no ves que estábamos manteniendo una conversación privada? —le espetó la pelirroja, Elsa nunca la había visto ser tan agresiva con ella, pero imaginó que después de todos estos años en los que jamás le había dirigido una pizca del más mínimo rencor, ni siquiera cuando la dejó sola con la muerte de sus padres, pues lo único que quería era ver a la mayor y le importaba más que demostrar su ira, en algún momento tenía que explotar y se lo tenía merecido.
—Lo sé —replicó Elsa y miró a Kristoff a los ojos intentando hacerle ver que necesitaba estar sola con su hermana, y recibiendo una mirada en la que vio una sorprendente mezcla de lástima y odio, así que procuró sonar lo más amable posible—. Kristoff, por favor... ¿te importaría dejarnos solas un momento?
—Kristoff no irá a ninguna parte —espetó Anna, aferrando al rubio con más fuerza antes de que éste pudiera responder. Kristoff entreabrió la boca y las miró alternativamente—. Es el único que puede presumir de no haberme dado nunca la espalda. Quien tiene que irse eres tú.
—Anna... —comenzó Elsa resistiendo las lágrimas como había aprendido bien a hacer en su vida, ser dura, fuerte.
—Anna —Kristoff se separó un poco de la pelirroja y le sonrió tomándola de las manos—. Te quiero, y me quedaría, pero creo que es importante que habléis un poco. Volveré luego, ¿de acuerdo? Te lo prometo.
—Pero...
—Te quiero —se levantó y caminó hacia la puerta, y cuando pasaba junto a Elsa, susurró—. Suerte.
—Gracias —susurró ella, y esperó a oír la puerta cerrarse antes de ir y sentarse junto a su hermana. Ésta se separó y se sentó con los brazos cruzados, dándole la espalda y respirando hondo, intentando serenarse—. Anna, por favor —Elsa colocó su mano en el hombro de su hermana y la sintió rígida.
—¿Por favor? —Anna la miró ardiendo en ira, elevando el tono hasta un punto que sólo los murciélagos la escucharían—. ¿Por qué debería escucharte "por favor"? Un "por favor" no te impidió cerrarme la puerta tantas miles de veces, en los últimos dos días y durante trece años antes de que fueras reina. "Por favor, Elsa, abre la puerta" "por favor, Elsa, sal y habla conmigo" —se auto remedó con voz burlona, las lágrimas mojando sus mejillas de nuevo. Estaba tan poco en su naturaleza ser cruel, y le dolía tanto en el fondo, que no podía remediarlo—. "Por favor, sal y hagamos un muñeco de nieve" "por favor, cuenta conmigo" "por favor Elsa, por favor, no me des la espalda, no me dejes sola" "por favor" —a esas alturas ya se había levantado y miraba por la ventana dándole la espalda, Elsa de pie mirándola desde lejos. Anna dejó escapar una falsa carcajada y se giró mirándola con los ojos inundados en lágrimas—. ¡Por favor, ya ves, de qué vale en este maldito castillo de pacotilla!" —y fue la primera vez que Anna dijo una mala palabra de algo. Y se derrumbó en llanto pero no se permitió dejar de mantenerse en pie firmemente como una princesa, y Elsa corrió y la abrazó, conteniendo las lágrimas con más dificultad que nunca, dejando que inundaran sus mejillas, y aprovechando para hablar ahora que Anna no podía.
—Lo siento, lo siento, lo siento mucho. Sé que esto no va por estos días, sé lo mucho que te has estado aguantando, esforzándote en perdonarme... —Elsa la apretó entre sus brazos acariciando sus pelirrojos mechones con dulzura—. Te dejé sola trece años, contando cada día esperando el día en que poder salir de mi cuarto y hacer un muñeco de nieve contigo otra vez, pero no podía... no hasta que controlara mis poderes. Y salía del cuarto y me acercaba a tu puerta cada noche a escondidas durante esos trece años mientras todos dormían para asegurarme de que no le hacía daño a nadie, y entonces, hace cinco años, papá y mamá murieron, y yo quería abrazarte y estar contigo, pero ni siquiera pude ir al funeral, imagínate si hubiera helado entonces todo Arendelle, o te hubiera congelado a ti, no podía permitirme hacerte daño, Anna, no podía.
—¿Por qué siempre ese miedo a hacerme daño? Antes de lo que pasó hace un par de años con Hans y demás, antes de eso, ya lo temías, ¿por qué? —preguntó Anna entre sollozos, separándose ligeramente.
—Porque te hice daño una vez.
—Eso es mentira, tú nunca...
—Sí, Anna, yo sí...
Elsa la tranquilizó hasta que se sentaron en la cama.
—Tú tenías tres años, y yo cinco. No te acuerdas porque eras muy pequeña y, además, te borraron la memoria y papá y mamá temían que si te enterabas en el futuro me odiarías, así que todo el mundo tenía prohibido contarte nada, y yo también me lo auto prohibí —Elsa abrazó a su hermana, terminando de tranquilizarla entre sus brazos—. Estábamos haciendo un muñeco de nieve, como Olaf, cuando accidentalmente caíste y en un intento de crear una montaña de nieve para que no te hicieras daño al caer, te di a ti en la cabeza, por eso tenías ese mechón blanco que desapareció tras descongelarte... —se separó de Anna ligeramente, agarrándola de las manos. Ninguna lloraba ya de la sorpresa de las noticias, pero las mejillas les brillaban, húmedas—. Papá y mamá te llevaron a los amigos de Kristoff, y el abuelo Pabbie te curó, y dijo que mis poderes sólo irían a peor, que el hielo sería mi peor enemigo, que tú olvidarías todos los recuerdos de mis poderes, que era una suerte que te había congelado la cabeza y no el corazón, porque, tal y como pasó hace un par de años, eso era mucho más difícil de curar. Y nuestros padres, Akðar e Iðunn, como Rey y Reina de Arendelle, tenían que pensar también en Arendelle, y guardarme de helar todo el reino, o haceros daño a alguno...
—¿Te escondieron? —Anna estaba entre amar y odiar a sus padres.
—No sabían qué más hacer, Anna —Elsa sonrió secando las mejillas de Anna con el pulgar—. Nos asustamos, supongo. Y siento, mucho, muchísimo haberte mantenido al margen, no haber luchado porque te dejaran saber, haber contribuido a esconderte todo, prohibiendo al ser reina que te enteraras tú o Kristoff porque sabía que él te lo contaría. Quise abrirte la puerta cada día, quise estar contigo, te eché muchísimo de menos, pero debes entender que todo cuanto hice, que nos dolió a ambas en lo más profundo, lo hice para protegerte, por miedo a volver a hacerte daño, a hacerte el daño que al final te acabé haciendo. Y lo siento muchísimo, que tuvieras que pasarlo mal, pienso que si al menos hubiéramos podido explicártelo... porque merecías una explicación. Pero no pudimos, y ya no puedo cambiarlo, pero debes saber que te quiero, y que jamás podría perdonarme causarte algún daño, no podré perdonarme nunca haberlo hecho ya de algún modo, porque no pensamos correctamente las cosas en su momento, pero vamos a olvidar todo eso Anna, y concentrarnos en hacer las cosas bien a partir de ahora, como este último y perfecto par de años, ¿de acuerdo?
—De acuerdo, Elsa. Pero tienes que ser sincera conmigo. No más secretos, ¿me oyes? —Elsa asintió sonriendo y besó su frente.
—Por supuesto, puedes preguntarme lo que quieras, Anna.
—En ese caso... ¿qué pasó en la montaña del Oeste? ¿qué ocultas? —Elsa suspiró.
—Cuando estaba por matar al mago aquél, no me detuve por incapacidad de matar —Elsa la miró fijamente—. Lo hice porque él susurró algo que me desconcertó hasta el extremo de quedarme impasible.
—¿Qué dijo?
—Me preguntó si de verdad iba a matar a mi propio padre.
