Capítulo 7: Las fichas negras se mueven.

-Espera... ¿Cómo que fue uno de los vuestros?-Dijo Reub, sorprendido. Ahora podía entender muchas cosas, como el hecho de que él supiera que querían hacer.-Entonces, ¿Queréis dominar el mundo?-

-Realmente... ¿Hace falta que te recuerde que estas secuestrado? ¿Y de que... la que hace preguntas soy yo?-

-Ah... bueno, pero es que comparado con la harpía esa, tu no pareces mala, al menos ahora.-

-¿Tengo que maltratarte o algo para que sigas creyendo que soy mala? ¿O simplemente vas a colaborar?-

-No sacaréis nada de mi, porque no puedo deciros nada.-Dijo él.-Se más bien poco, por lo que no os soy de ayuda.-

-Seguro que si. ¿Cómo llegaste a su base?-

-No te lo voy a decir.-

El puño de la chica se incrustó en su cara, de tal forma en que le partió la nariz. Él dejó ir un grito de dolor, mientras le empezaba a sangrar.

-Voy a repetírtelo... ¿Dónde está su base? ¿Cómo llegaste a ella?-Dijo ella, gritando, mostrando autoridad.

-Ah... ah... no lo se. Me teletransportaron... ah... ah...-Gritó él, mientras empezaba a llorar de dolor al recibir un segundo puñetazo, esta vez en el estómago.

-Bien. Así me gusta.-Dijo ella, mientras colocaba su rostro a centímetros del de él.-¿Así que usan nuestro mismo truco, no?-

-Yo que se...-Dijo él, mientras recibía otro puñetazo en la cara. Está vez fue en la mejilla izquierda, que, entre otras cosas, provocó de saliese por su boca un pequeño hilillo de sangre.-

Acto seguido, lo golpeó tres veces más, una de esas veces en su aparato de segregación de material genético para el desarrollo de una nueva vida. Eso, entre otras cosas, ocasionó que el chaval, dejará ir un grito tan fuerte, seguido de un dolor tan inmenso que lo dejó inconsciente.

-Eso ha debido de doler. De hecho, me ha dolido a mi mismo-Dijo una voz.

-No habla... no hay manera.-Dijo ella

-Ah. ¿Necesitas de mi ayuda? Sabes que se me da muy bien el hacer hablar a los presos.-Le contestó la voz.

-Sí... pero tengo que hacer algo para que la Genetista Loca no me toque más los ovarios...-Jadeó ella.-Este no habla, han matado a Hugo, y los críos han escapado. Vete a saber cuanta gente lo sabe ya. He puesto en peligro la misión.-

Lo único que recibió como respuesta, fue un ataque de risa de parte del receptor.

-¿Genetista loca? Como que oiga, estoy seguro de que la Genetista Carmesí te va a matar. O al menos a intentarlo.-Dijo la voz, mostrándose delante de la luz.

Era un hombre, de mediana edad, entre treinta y cuarenta años. Llevaba un sombrero picudo de mago, y una capa de las mismas características por encima. Por debajo, llevaba una camiseta de traje y unos pantalones de pana. Todo de color negro. Sujetaba en su mano una pokéball de color azul con lineas rojas como parte superior, y blanca por la inferior.

-Agatha... No te preocupes, bonita. Yo me encargo de todo.-

-No tienes ni una oportunidad, lo sabes, no?-Le contestó ella.

-Yo creo que si la tengo. Hugo ha muerto. Tu Ranger está lejos. ¿Porque no conmigo?-Dijo él. Su rostro estaba poblado por una incipiente barba. Tenía el pelo largo y rubio, muy mal peinado y fino, con lo que denotaba que lo más seguro es que la parte de arriba mostraría una calva. Unas gafas de pasta terminaban su apariencia. Y más exactamente junto con cristales de culo de botella.

-Bueno, da igual. Me aburro, y creo que jugar a la distracción será divertido. Primero le sonsacaré lo que pueda... y por último... ¿Alguna idea de como podemos hacerles creer que cualquier cosa que digan los niñatos es mentira?-

Ella se quedó parada. Sin entender que le decía el hombre.

-¿Qué quieres decir con eso, Rafael?-Preguntó ella.

-Imagina por casualidad que aquel que dice que vamos a hacer alguna acción, aparece de repente en medio de la ciudad y empieza a destruirlo todo. ¿Qué te crees que pasaría?-

-¿Su palabra quedaría desautorizada?-Preguntó ella.

-Exacto. Y como parece que es el único que ha tenido contacto con ellos, la palabra de los mocosos también quedaría desautorizada. ¿Entiendes por donde van los tiros?-Dijo con una sonrisa.

-Podría ser...-Dijo ella.

-Pues vayamos a ello...-Dijo él mientras dejaba caer su pokéball contra el suelo.-Pero primero, tendrá que decirnos todo lo que sepa. Por poco que sea.-

La bola impactó contra el suelo y se abrió, un rayo de luz iluminó toda la sala, y de dentro salio una criatura bípeda.

Un pasillo largo era lo que separaba un pueblo de saber toda la verdad de lo que iban a hacer los hombres de negro, aquella organización terrorista que, sin tener nombre, ni logo, aterrorizaba a todo el mundo por el simple hecho de que no entendían que era lo que buscaban. Al menos hasta ayer, cuando aparecieron unos chicos que decían que iban a recolectar las diecisiete tablas para invocar a Arceus.

La historia tenía un punto de misticismo, pero, el simple hecho de que iban a matarles por saber eso, era lo único que le bastaba a Joaquín Nadal para saber que había que hacer algo, así como para creérles. El hecho de que fueran amigos de su nieto Manuel, era otra de las cosas que ayudaban. Y más después de que el muerto hubiese llamado a Manuel para decirle algo que nunca pudo decirle.

El ver llorar a su nieto al enterarse de la muerte de su amigo era suficiente para saber que la situación iba a ponerse peor.

Sabía que su nieto era el campeón de la liga europea, tal y como lo había sido hace años su otro nieto, y su hermano mayor. Aunque, claro está, era un caso aparte. Él había quedado tercero en el campeonato mundial, mientras que su nieto Manuel, solo había quedado en la posición veintidós.

Mientras andaba hacía el lugar donde se vería con su superior directo, Joaquín reflexionaba de como iba a justificar su actuación contra los terroristas, puesto que no había recibido orden directa de nadie para entrar en acción.

Aún así, y el hecho de ser un condecorado de las guerras del golfo pérsico, así como haber participado en otros conflictos menores, le habían dado una buena reputación, que, entre otras cosas, le ayudarían a que sus superiores le entendieran, y sobretodo, se movilizarán.

Hasta donde sabía, y hasta donde había enviado a sus soldados, la Tabla Mental se encontraba en el museo de Historia de Barcelona, como parte de una exposición acerca de las religiones antiguas; de la edad media. Suponía que sus efectivos serían más que suficientes como para impedir su robo.

Andaba ayudado de su bastón, puesto que resultó herido en la guerra de Afgana de principios de este siglo. Eso no le había impedido participar en guerras posteriores, puesto que, se le llamaba un genio de las estrategias. Así como de la no-compasión con sus enemigos.

Curioso que su hija, también dentro del ejercito, se casará con Florent Duard, un francés que ganó el campeonato mundial de Pokémon haría unas décadas. Se enorgullecía de decir que su familia era la evolución de una estirpe noble y perfeccionada con el paso del tiempo, y aunque sus nietos no habían seguido sus pasos, habían seguido los de su padre, y demostrando así su talento, se habían proclamado campeones de varias competiciones.

Realmente, lo tenía todo para sentirse feliz.

El sol entraba por los ventanales situados a la derecha de por donde pasaba en esos momentos, antes de que girará a izquierda, y abriera una puerta, que le conduciría a hablar con su superior directo. Su situación, claro está, era una de las bases militares más importantes de la península.

-Buenas tardes tenga General Nadal-Dijo con una voz seca, una voz, que venía de detrás del escritorio.

La sala, era la típica sala del ejército. Rimbombante. Extremadamente recargada. En el medio de la misma, detrás de la cual se encontraba un ventanal enorme por donde no pasaba aún el sol, se encontraba una butaca, que celaba a un hombre.

La mesa sobre la cual estaba apoyado, era de madera. Brillante. Oscura. Extrañamente, tenía un toque rojizo, del cual no se dio cuenta hasta estar más cerca.

-¿General?-Preguntó Joaquín, que empezaba a no entender la situación.

Y en ese momento, la butaca se retiro un poco hacía atrás, y el cuerpo sin vida del viejo cayó patéticamente contra el suelo. En verlo, simplemente agarró la pokéball que reposaba encima de su bastón, y puso el dedo encima del botón de eyección.

-Siento mucho que haya tenido que ver el cadáver. Pero ha llegado demasiado temprano.-Dijo una voz. Era la misma que le había saludado. Pertenecía a un hombre que estaba de pie, delante de una de las cortinas que se usaban para tapar el ventanal.

-Sabe usted demasiado.-

En las profundidades de las tierras Chinas, cuentan las leyendas que hace años, se levantaron dos torres. Muy grandes. Extremadamente grandes. ¿El motivo? Alcanzar los cielos. Controlar grandes extensiones de territorio. Capturar a la bestia del arco iris. Aquella que surcaba desde infinidad de tiempo los cielos, allá donde hubiese un arco iris. Se decía que su poder, ígneo, con un solo aleteo arrasaba hectáreas enteras, donde nunca más volvía la fertilidad. Se decía que uno de sus rugidos, aterrorizaba al más grande de los ejércitos jamás creados por la humanidad.

Se dice que, en ese intento, los emperadores del Imperio, trasladaron allí uno de sus tesoros imperiales. Una tabla hecha con roca. Roja. Y la colocaron en una de las torres.

También dice la leyenda, que un día, el pokémon del arco iris arrasó una de las torres, agarró la tabla, y la guardó en la otra torre.

A la primera torre, la llamaron "Torre Quemada", y a la segunda, "Torre Hojalata". Como toda leyenda, tiene una parte de cierto, y otra que no. A no ser, que hablemos de ese legendario pokémon. El que arrasa territorios y asusta ejércitos. En ese instante, lo mítico se vuelve real. Y, como en toda leyenda, existe su cazador. Ese cazador atraviesa en esos momento las praderas heladas de las regiones interiores del país asiático.

El aire, helado, le muestra su destino; la Torre Hojalata.