Capítulo 7

Heda

Hoy había tenido suerte, bueno, si a eso se le podía llamar suerte. Había estado a punto de ser el aperitivo de un gran felino.

De no haber sido por la afortunada aparición de un ciervo, Clarke se habría metido en serios problemas. Por supuesto que el ciervo le había parecido mucho más apetitoso que ella a esa bestia, reflexionó la joven sana y salva ahora, observando su reflejo en el río mientras se limpiaba la mugre de su faz.

Le habían salido ojeras por la falta constante de sueño, presumía una nueva colección de rasguños en la frente, mejillas y nariz; su cabello estaba rebosante de hojas, polvo y en general de cualquier cosa que se le pegara mientras se arrastraba en el suelo y corría entre los árboles. Y qué decir de su cuerpo. Podía escuchar y sentir cómo perdía peso sin remedio y sus extremidades adelgazaban por la dieta vegetariana a la que estaba restringida.

Definitivamente ese felino había hecho la mejor elección.

No todo había sido terrible. Clarke se había sorprendido de sí misma cuando tuvo que huir del animal. Aunque no le sobraba energía, había corrido como nunca en su vida, saltando sobre los troncos caídos en su camino, esquivando rocas y raíces, y escalado un árbol a la velocidad de la luz, que finalmente fue lo que le impidió ser devorada.

Se estaba volviendo más ágil en el terreno. Claro que había tenido una muy buena motivación para lograrlo.

Al estar aferrada a las ramas de ese árbol y recargada contra el tronco, había pedido un milagro al universo, o a lo que fuera, para evitar que el felino trepara y la bajara a punta de zarpazos. Y justo cuando esa hambrienta bestia se disponía a impulsarse con las patas traseras para alcanzarla, la rama sobre la que estaban los pies de Clarke cedió y ésta tuvo que reaccionar rápidamente y saltar a otra más gruesa para no caer en las fauces del animal. Y ahí fue su primer golpe de suerte, literalmente.

El pesado pedazo de madera cayó sobre la cabeza del felino, dejándolo aturdido y sin ganas de tratar de subir por su presa.

Segundos después, apareció en escena el ciervo. Y lo demás fue historia.

Clarke tuvo que permanecer ahí arriba por lo que asemejó una eternidad, pero su paciencia fue recompensada cuando al bajar, con mucho esfuerzo por cierto, el felino se había retirado ya satisfecho y había dejado unas cuantas sobras que la joven recogió para hacerse de la proteína que tanto pedía su cuerpo a gritos.

Y eso la había traído hasta aquí, a la orilla del río.

Después de limpiarse la cara y las manos, lavó las vísceras y la carne cruda que había recogido del cadáver del ciervo y las envolvió en su chamarra.

El siguiente desafío sería encender una fogata para poder disfrutarlas.


Era la primera vez que Clarke sonreía desde hacía varios días. Era una ligera sonrisa de triunfo, la cual fue alumbrada por la tibia luz de las llamas que empezaban a nacer de entre las hojas secas.

Clarke no se habría imaginado el consuelo que un poco de fuego ofrecía.

Las palmas de sus manos estaban cubiertas de ampollas reventadas. Pero no le importaba. Lo había logrado.

Echó algunas ramas secas hacia las brasas, procurando que el fuego se mantuviera encendido pero sin alimentarlo demasiado. No quería llamar la atención con el resplandor ni mucho menos morir asfixiada por el humo dentro de esa gruta.

Al cabo de unos minutos, el aroma a carne asada invadió el espacio en el que la joven se hallaba y su estómago prácticamente cantó de gusto, aunque más que canto, fue un gruñido ansioso que se volvió agua en su boca.

Era increíble como el olor de unos trozos de carne en el fuego podían reconfortarla de ese modo, brindarle un consuelo temporal. Ya después vendrían las pesadillas teñidas de rastros de realidad, pero en ese breve lapso podía dejarse envolver por esa satisfacción pasajera.

Y sí, la carne había tardado más en cocinarse que Clarke en devorarla. Se había quemado la punta de los dedos al abalanzarse sobre ella, pero le daba igual. Nunca antes había conocido la ferocidad del hambre, no a ese extremo, y después de engullir el último bocado se prometió no volver a sentirla.

Tendría que hallar la manera de asegurarse el sustento y para eso necesitaba armas, un cuchillo al menos, algo con qué ingeniárselas para no sólo sobrevivir…

Sobrevivir.

"Tal vez la vida sea más que sólo sobrevivir, ¿acaso no merecemos algo mejor que eso?"

Una punzada en el pecho la hizo estremecer; recargó la cabeza en la pared de piedra a su espalda y tragó saliva.

Sus mismas palabras en aquél lugar ante Lexa ahora le sonaban vacías.

Ahí, en aquél entonces, su convicción de merecer algo mejor era irrevocable. Sin embargo hoy no sentía, no creía que tenía el derecho a aspirar algo mejor.

Qué equivocada había estado.

Un solo día había bastado para que el mundo se pusiera de cabeza y todo se fuera a la mierda. A la mierda con fe en una alianza para salvar a su gente, a la mierda con promesas de una nueva vida; a la mierda con un beso que la había hecho sentir mil cosas inexplicables para luego dejarla ahogada en silencio y desesperanza…

La tristeza la reclamó de nuevo. Clarke miró las llamas con pesar.

Esto era lo que había, esto era lo que era. Una proyección borrosa de lo que había sido condenada a sobrevivir y nada más.

La joven se recostó de lado de cara a la fogata, colocando la cabeza sobre uno de sus brazos.

Sí, qué efímero había sido el alivio de ese fuego, de esa cena.

Sus demonios habían regresado demasiado pronto.


Era una mañana soleada. Las escasas nubes parecían estar estacionadas en un solo sitio ante la casi ausencia de viento.

Aún se podía percibir el centelleo del rocío que cubría el pasto, los arbustos y las verdes hojas de los árboles. Olía a follaje, a pinos y a maderas exóticas.

La comandante se encontraba inmóvil a orillas de un claro en el bosque, justo en los lindes de Polis. Sus ojos seguían con detenimiento la actividad de los niños ante ella. Sus "Natblida". Los niños de sangre negra, los elegidos a aspirar el puesto de Heda cuando ella partiera de este mundo.

Ninguno de ellos podría adivinar que su comandante estaba hecha girones por dentro y que su mente no cesaba de virar cual torbellino. Ideas tras ideas, imágenes tras imágenes galopaban por su mente mientras lucía imperturbable y radiante por fuera a primeras horas del día.

Lo cierto es que se sentía como felino enjaulado buscando una manera de salir de su prisión.

No había podido conciliar el sueño, de nuevo. Ya ni siquiera se sorprendía de ello.

Había intentado meditar al pie de su cama, en ese suave y acallado espacio en el que siempre conseguía descubrir las respuestas de esporádicas inquietudes. Sin embargo, no había dado resultado. No podía enfocarse, no como solía hacerlo. Sus pensamientos no dejaban de aglutinarse, creando caos en su cabeza, acorralándola entre el desvarío y el infructuoso intento de mantenerse en calma.

Y así había llegado hasta ahí, en búsqueda de solaz.

Lexa secretamente se regocijaba con la presencia de sus Natblida. Siempre procuraba estar con ellos en su entrenamiento al menos dos o tres veces por semana y ellos se sentían honrados al estar acompañados y ser instruidos por su comandante. No sólo la respetaban, también la adoraban. La adoraban no como el ciego fanatismo de los líderes religiosos de antaño, sino como sólo las almas inocentes eran capaces de querer a quien los inspiraba a ser mejores, a quien era un ejemplo de fortaleza, valentía e integridad y lealtad por su gente.

Su comandante era su modelo a seguir y Lexa sentía que su corazón sonreía al vislumbrar en esos pequeños ojos esa sincera admiración hacia ella y tantos deseos de grandeza.

La joven líder emitió un suspiro. Se preguntaba si sus Natblida se sentirían orgullosos de ella si pudieran ver a través de su alma en esos momentos, si pudieran leer lo que cruzaba por su mente y percibieran la tribulación en ella, la duda, la incertidumbre. Y el dolor…

¿Qué pensarían si de pronto su careta se cayera y develaran sus cicatrices? ¿Qué pensarían si se dieran cuenta de que no era invencible sino humana después de todo?

Lexa se revolvió en su lugar, incómoda. Estaba harta de sus cavilaciones.

- ¡Strik gonakru! – los llamó con voz firme. - ¡Hod op! Pueden descansar. El entrenamiento ha concluido. –

Los niños cesaron la lucha cuerpo a cuerpo y contestaron al unísono:

-¡Sha Heda!

La comandante les dedicó una sutil sonrisa y se acomodó sentándose sobre una roca mohosa, cerca de ellos. Sabía bien que aunque su sesión había terminado oficialmente, tenían energía de sobra e inventarían algún juego para disfrutar el resto de la mañana. Faltaba una hora para que empezaran las lecciones de historia con Titus, así que podría permanecer allí con sus Natblidas un rato más.

Una de las niñas, la más pequeña, corrió hacia ella, estiró la mano y le ofreció una diminuta flor blanca.

- Gon yu, Heda – le dijo con una sonrisa tímida.

- Mochof, Dubhe – agradeció la comandante inclinando ligeramente la cabeza.

La niña se alejó alegremente y se reunió con sus demás compañeros que ya estaban planeando qué hacer para matar el tiempo. Todos estaban ahí, parloteando y riendo, todos menos uno.

La comandante dirigió la mirada hacia el chico que continuaba practicando las artes de combate lejos de los otros. Sostenía una larga lanza y la manejaba con suma facilidad. Cortaba el aire con ella, giraba grácilmente y daba estocadas rápidas a un blanco imaginario. Su balance y postura eran perfectos, pensó Lexa.

No era raro que el joven Natblida, el mayor de todos, eligiera aislarse de los otros para entrenarse con más ahínco. Era su costumbre y Lexa no podía evitar reflejarse en él cada vez que lo tenía cerca. Le recordaba a ella misma a su edad. Siempre aislada de la gente, siempre en una dimensión alterna, dando más de sí, más de lo que le demandaban; una perfeccionista empedernida y reservada que acababa exigiéndose una gota más de sudor después de cada práctica, incluso a la llegada de la noche. Siempre había optado por la compañía de los árboles y de los animales a la de los humanos, y no porque le desagradaran las personas, simplemente porque estar apartada le permitía ver las cosas con mayor objetividad. Aprendía así, observando, analizando, explorando la infinita gama de emociones y razonamientos que hacían del ser humano una creatura tan compleja y fascinante a la vez.

"Posees un alma vieja y un espíritu indomable, Lexa" le había dicho Titus en una ocasión cuando ella era sólo una niña. "Naciste para ser líder y hacer lo que nadie ha logrado".

Fue la semilla de esa convicción la que había acrecentado su sentido del deber, su deseo de servir, de proteger este mundo, su mundo y Lexa podía reconocer ese mismo rasgo en Aden, aquel niño-adolescente que se empujaba a sí mismo a rebasar sus propios límites.

La comandante sonrió con un dejo de tristeza.

Si estaba en lo cierto, y presentía que sí, algún día Aden se convertiría en Heda y entonces la vida lo golpearía de lleno. La grandeza traía consigo un pesado bagaje de responsabilidad e irremediablemente lo convertiría en salvador y verdugo. En sus manos tendría el poder de regalar vida o de arrebatarla, empezando con los demás Natblida a quienes tendría que vencer en un combate letal.

Lexa dirigió su atención hacia los demás niños que corrían y se escondían detrás de los árboles y de las rocas.

Su corazón se acongojó ante tal pensamiento.

Estaban tan repletos de vida y de ilusiones. El cónclave significaría su muerte. Ocho de esos niños que reían y saltaban sin preocupación alguna encontrarían su final en la hoja de una espada...

Lexa contempló con aflicción la flor en la palma de su mano.

De pronto el mundo se le hizo un lugar insoportable.

El aliento de sus Natblida sería arrebatado en una ceremonia sagrada y nadie volvería a conmoverse con sus risas, con su canto, con la encantadora ingenuidad que aún colmaba sus corazones.

Así era el mundo que conocía, así era la tradición: práctica y brutal. Pero, ¿era justa?

Lexa pudo sentir el cosquilleo que los suaves pétalos le hacían a su piel.

Jamás pensó que llegaría a cuestionar sus raíces, sus creencias. Las tenía tatuadas en su cuerpo y en su espíritu con orgullo, sin embargo... Había cosas que ya no tenían mucho sentido, o ninguno. Hacer lo correcto ya no era tan sencillo, pues ¿qué era lo realmente correcto? ¿Ante los ojos de quién?

Tenía miles de inquietudes que no debería tener.

¿Desde cuándo el modo de vida de su gente se había vuelto objetable? ¿Qué demonios le estaba pasando? Si ella, Heda, debía ser el emblema de su cultura en carne y hueso, debía poner sus tradiciones y costumbres por encima de todo; debía honrar y hacer respetar sus códigos, sus leyes.

"Jus drein jus daun". Ésa era la esencia de sus guerreros... Lo había sido desde el principio. La sangre que llamaba a más sangre...

La comandante alzó el rostro y advirtió como una de las niñas más pequeñas caía al suelo por el empellón accidental de uno de sus compañeros y éste se hincaba ofreciéndole su mano para levantarla. Más allá en el sendero hacia el bosque Dubhe perseguía una mariposa riendo a carcajadas.

La escena no era nueva, ellos seguían siendo ellos, los Natblida y en los instantes de esparcimiento eran lo que eran, niños. Pero ahora los miraba con distintos ojos.

La comandante estaba cambiando. Había cambiado. ¿Por qué?

- ¡Ai laik Heda! - gritó una Natblida en posición de combate.

- ¡Ai laik Wanheda! - exclamó otra agarrando una vara y enfrentándola.

Lexa se sobresaltó ante lo que esas voces infantiles proclamaban.

Wanheda. Clarke.

La claridad la golpeó como un rayo.

Recuerdos de ella revolotearon en su cabeza.

Clarke entrando en su tienda de campaña la primera vez. Clarke suplicando por la vida de su amado. Clarke pidiéndole que detuviera a Gustus cuando éste estaba a punto de matar a un hombre. Clarke quemando el cadáver de Finn en la pira y diciéndole adiós en el idioma Trikru. Clarke desafiándola para después derramar lágrimas por los caídos ante el misil en Tondc. Clarke salvando su vida mientras huían del Pauna. Clarke durmiendo frente a ella, en el bosque...

Su divagación hizo un alto.

Allí.

Lexa podía sentir el poder de esa imagen; podía sentir la grieta en su armadura haciéndose más grande, más profunda. Allí, rodeada de árboles cubiertos de musgo y con su brazo herido el mundo que conocía había empezado a colapsarse irremediablemente y la razón de ello yacía recostada al lado de una fogata, luciendo indefensa y agotada, pero no débil, jamás débil.

Ella.

Ella la había transformado.

- Heda -

Una voz la devolvió al presente con brusquedad.

Lexa volteó a ver al Natblida parado a su lado, observándola con sus apacibles ojos azules.

- Aden – dijo ésta, esforzándose por ocultar la oleada de emociones que la aquejaba.

- Espero no importunarla. - Expresó el joven guerrero.

Los labios de la comandante se arquearon ligeramente esbozando una sonrisa casi imperceptible.

- No. Está bien. - dijo ésta. - ¿En qué puedo servirte, Aden? -

El Natblida se acercó a ella y se colocó a su lado, dirigiendo su mirada hacia sus compañeros que continuaban jugando frente a ellos. Tenía tan sólo 13 años, pronto 14, pero aparentaba ser más grande, no únicamente por su estatura, sino por sus finas facciones teñidas de madurez. Su talante era jovial pero elegante. Su faz reflejaba la nobleza que lo caracterizaba.

- ¿Es verdad que una Wanheda ha surgido? - preguntó con curiosidad.

Lexa respiró hondo.

- Es lo que se rumora - contestó escueta.

Aden volteó a ver a su comandante.

- ¿Cómo es ella? -

La pregunta del chico la tomó por sorpresa.

¿Cómo es ella?

Ella es honorable, valiente, gentil, noble, generosa, íntegra, fuerte. Increíblemente obstinada, desafiante e irreverente. Hermosa... Terrible e dolorosamente hermosa.

Los pómulos de la comandante se pronunciaron aún más al apretarse sus dientes. No, no podía decir todos aquellos vertiginosos pensamientos que cruzaban por su mente. Así que volvió a inhalar profundo, buscando una respuesta adecuada.

- Ella es... Especial - declaró finalmente, con la mirada fija en el panorama que tenía adelante, pero sin enfocarse en algo.

Aden asintió y pareció comprender el significado escondido en esas palabras.

Ambos permanecieron en silencio por unos minutos. Lexa percibía una extraña conexión con el joven Natblida. Él sabía más de lo que fingía saber. Tenía la sensibilidad para escavar dentro del alma de la gente e intuir sus más preciados secretos. Y así se sentía ella en esa quietud entre los dos: al descubierto.

- Algunos guerreros creen que es una amenaza para la gente Trikru - comentó Aden. - Creen que usted debería... "Reclamar su poder" –

- Matarla, quieres decir - enmendó la comandante.

Aden sólo asintió de nuevo.

- ¿Tú lo harías? - inquirió Lexa.

El joven se mordió los labios, pensativo.

- No lo sé, no la conozco. Pero... Ella cayó del cielo, ¿cierto? Los Skaikru regresaron a esta tierra buscando refugio. -

La comandante lo observó con atención.

- Les declaramos la guerra y ellos pelearon con valentía. Muchos han muerto y me pregunto si ha valido la pena. - prosiguió Aden. - Wanheda y su gente desean lo mismo que nosotros: sobrevivir. Por eso ella hizo lo que hizo. Su misión es velar por ellos. Y cuando escucho las historias que hablan de ella, no puedo evitar pensar que ella es como usted, Heda. -

Lexa se rompió ante esa declaración. De repente se sintió cansada, exhausta. Y más triste que nunca. Callada, se quedó callada. Las palabras no salían, no las encontraba.

Aden contempló a su comandante. Sus ojos brillaban.

- Podría equivocarme, pero... Si todo lo que se dice de Wanheda es verdad, entonces es digna de respeto y merecería la oportunidad de hallar lo que busca... - añadió éste.

La sabiduría de la opinión del Natblida removió las entrañas de la comandante, removió todo. A fin alguien se mostraba capaz de entender lo que pasaba desapercibido por la mayoría. Al fin alguien podía compartir su consternación y su anhelo de encontrar otro modo de proceder. Una manera menos atroz de construir un futuro, aunque esto representara ir en contra de todo lo establecido y arriesgar la recién adquirida unión de los doce clanes que tanto esfuerzo le había costado.

Al percatarse de que su Heda no se aventuraba a expresar lo que estaba pasando por su mente, Aden se tomó la libertad de preguntar:

- ¿De qué sirve la fuerza sin sabiduría y sin compasión? -

Esos eran los tres pilares de un comandante Trikru. Lexa se los había enseñado. No, no solamente eso, ella había procurado ayudarlos a que los vivieran, a que los experimentaran en cada uno de sus entrenamientos, en su día a día. Y esto era el fruto: un joven con fuego en su corazón, deseando lo que jamás habían tenido realmente: paz.

- Algún día, Aden, serás un líder extraordinario. - Le dijo en un tono que denotaba gran sinceridad, esperanza incluso.

El joven Natblida sonrió suavemente.

- Tal vez...Pero nunca como usted, Heda. -

Una cálida emoción se anidó en el pecho de la comandante y no pudo evitar sonreír. Era una sonrisa auténtica que no se había asomado en sus labios desde hacía mucho tiempo.

Aden hizo una reverencia, dio la media vuelta y comenzó a alejarse de ella. Había dado unos cuantos pasos y frenó un momento para girar su cuerpo y ver a Lexa una vez más.

- Sería genial conocerla algún día... A Wanheda – dijo con honesto deseo, y se marchó en dirección a Polis.

La comandante lo siguió con la mirada hasta que el joven Natblida desapareció de su vista detrás de la arboleda.

Sí. Quizás algún día.

Quizás.

Su corazón latía expectante.

No había nada que deseara más en el universo que volver a ver a Clarke, a la mujer de las estrellas que había conseguido desterrar sus sombras con su luz.

- Que así sea - musitó Lexa al azul del cielo mientras acariciaba la flor en su mano.