Zoro no sabía muy bien cómo había llegado de nuevo a aquel parque. Lo reconoció nada más poner el primer pie en el interior, y se convenció a medida que avanzaba por el camino embaldosado. Aquella noche había salido antes de lo previsto de su trabajo debido a una rencilla entre dos bandas, se habían visto obligados a cerrar el local mientras las autoridades detenían a los implicados. Era algo que solía ocurrir con más frecuencia de la deseada. Había sido todo tan repentino que aún llevaba puesto el uniforme de camarero. Agarraba sus espadas con fuerza, sintiéndose aliviado por haberlas tenido lo suficientemente cerca como para llevarlas ahora consigo.
Se sorprendió a sí mismo encontrándose en el parque. Llevaba días mascando la idea de dejarse caer por ahí, y era algo que había intentado hacer desde el jueves de esa misma semana, pero no lo había logrado debido a su torpe orientación. Aquel día, mientras colocaba unas botellas en el bar, una idea acudió a su mente. No hacía más que recordar la noche en la que se encontraron por primera vez, y con ello también cómo la espadachina había utilizado una aplicación desde su teléfono móvil para llegar a su casa. Buscó esa misma aplicación, y una vez instalada, puso su ubicación actual y el nombre del parque, que eso al menos sí recordaba. Zoro se quedó petrificado al ver que detallaba exactamente los pasos que debía tomar, era imposible que no llegara, aun siendo él. Pero la realidad fue que no había sido tarea fácil, se había perdido como de costumbre. Aun así, gracias a ello, se encontraba allí, caminando entre los escuetos árboles. En realidad sabía que estar en aquel lugar no le garantizaba nada, al igual que le había sucedido los días anteriores en el dojo.
Iba a intentarlo, no iba a ser él quien se diera por vencido antes de empezar. Si tenían que reencontrarse, aquel era el lugar perfecto, y más si no tenían ninguna dirección a la que acudir ni ningún teléfono al que llamar. Zoro aceleró su paso hasta que llegó más o menos a la mitad del parque, donde volvió a bajar el ritmo una vez se encendieron las luces. Aguzó su sentido de la vista, y comenzó a mirar más profundamente en la distancia. De pronto, vio a una persona agachada, bebiendo agua de una fuente. Su corazón se desbocó cuando vio de quién se trataba. Era ella, vestida de nuevo con ropa de deporte. Observó cómo el agua se deslizaba desde la comisura de sus labios hasta su garganta, cómo se incorporaba y se percataba de que él estaba también allí. Permanecieron estáticos durante unos segundos, sin saber cómo actuar a continuación. Reanudaron la marcha lentamente, hasta situarse el uno junto al otro.
- Ha pasado bastante tiempo – comenzó Zoro, con un tono bastante tranquilo y sereno.
- S-sí… la última vez… fue en el dojo –
Justo después de decir aquello, Tashigi recordó el último momento que vivieron juntos. El duelo, la diferencia de poder, su condición de mujer, la palabra imitadora, y lo peor, la frase no puedo soportar el hecho de que existas no paraba de retumbar en el interior de su cabeza. Una parte de ella se alegraba inmensamente al verle, pero no podía evitar sentirse también irritada por aquello. Apretó sus labios tanto que se convirtieron en una fina y delgada línea, para justo después dejar escapar un pequeño bufido. Aquel gesto no pasó desapercibido para Zoro, que echó su cuerpo para atrás a la misma vez que hacía una mueca con su rostro.
- Tú… consideras a las mujeres inferiores, me consideraste inferior aquella vez. Puede que no pierdas ese tipo de peleas, pero si no te enfrentas en serio tampoco las ganarás – dijo Tashigi con un duro semblante – Voy a demostrarte por qué estas equivocado –
- ¿A q-que viene esto? ¿Te estás burlando de mi o qué? – preguntó Zoro retóricamente, acercándose poco a poco a ella.
- Sí – contestó escuetamente la chica, aunque más que burlarse de él, lo intentaba ignorar deliberadamente.
Tashigi dio media vuelta y cruzó los brazos. No sabía muy bien por qué estaba actuando tan a la defensiva después de todas las veces que había anhelado el reencuentro. No puedo soportar el hecho de que existas. Estaba divida, sobre todo por lo mucho que sentía por él y lo poco que le conocía e irritaba cómo se había dirigido con anterioridad a ella. Le atemorizaba la idea de que todo volviera a salier mal entre ellos, después de todo, sus inicios y desarrollo habían sido de lo más extraños. Estaba ahí para hablar con él, para aclarar lo acontecido entre ambos, no para seguir jugando con el espadachín al y tú más. Intentó serenarse mientras caminaba lentamente hacia el frente.
- Q-quiero que aclaremos cosas, eso es todo – dijo la muchacha mientras se paraba repentinamente y se giraba para mirar al espadachín con sus grandes y vidriosos ojos castaños.
- A-ah, ya veo – afirmó como pudo Zoro, que se quedó petrificado con la candidez de su rostro.
- ¿Sabes? Hemos empezado con muy mal pie. Primero lo de aquellos dos tipos y lo de tu fuga repentina, ¿Por qué no esperaste a que volviera a bajar? –
- Yo… me sentía incómodo esperando –
- ¿Incómodo? ¿Ah? Yo no muerdo, ¿vale? Sólo iba a darte la sudadera, no te iba a invitar a subir ni nada parecido, después de todo no te conocía de nada. ¿Y si en realidad tienes una mujer y cinco hijos a los que alimentar? ¡Qué horror! –
- ¿Ci-cinco hijos? ¿Pero cuántos años te crees que tengo? –
-E-era una forma de hablar – rio Tashigi nerviosa, que ya había sido alcanzada por él y caminaban los dos a la misma altura y a la misma velocidad – Como sea, es de mala educación irse sin decir nada. Pero no pasa nada, he lavado tu sudadera, la puedes recoger cuando quieras. Siguiendo con lo de antes, después está lo del baño –
Zoro se sentía abrumado, era una mujer muy habladora. En apenas quince minutos había superado su timidez extrema y había entablado una conversación completa con él, hasta tal punto que no paraba de reprocharle todas y cada una de las extrañas situaciones en las que se habían visto inmiscuidos.
- Oi, lo del baño no fue culpa mía, fue un malentendido –
- ¿Cómo que un malentendido? ¡Estabas agarrando mi ropa interior! –
- ¡No es lo que piensas! Simplemente no estaban ahí cuando yo llegué al principio, no sabía lo que eran. Y no me eches la culpa a mí de todo, ¿Qué fue eso de que yo te rompí las gafas? ¿Es que te da vergüenza admitir que eres muy torpe? –
- ¡Y qué querías que dijera! ¿Qué me salvaste de unos violadores? –
- Vaya, ¿así que te salvé, eh? –
- Ah, ¡no me malinterpretes! –
Zoro soltó una fuerte carcajada, tenía que admitir que se estaba divirtiendo con ella, y lo mejor de todo, estaban aclarando sus malentendidos. El espadachín no tenía muy claro el rumbo que estaban tomando, simplemente seguía a la muchacha.
- No quiero que pienses que soy un hentai. No lo hice a propósito –
- E-está bien, mejor no sigamos hablando sobre ese tema. Como sea… lo que más me ha molestado es que pienses que estás por encima de mí –
- Es que lo estoy –
- P-pero, ¡serás! –
- ¿Ah? Es la verdad, si no estás conforme, hazte más fuerte – dijo Zoro con una pasmosa seriedad, mientras se paraba en seco y agarraba con fuerza el fardo con sus espadas.
Tashigi también cesó la marcha y le dedicó una mirada cargada de impotencia. Ya había pensado mucho sobre esa situación a lo largo de la semana, y sabía que era cierto todo lo que decía. Era débil, muy débil todavía, y si quería volver a enfrentarse a él tenía que hacerse mucho más fuerte. Aun así, esa impotencia no dejaba de cegarla, tanto que sus ojos empezaron a empañarse con las lágrimas que se negaba a soltar.
- Sé que ser débil es muy frustrante, yo sigo siendo débil también. Tienes que luchar día a día, sólo así podrás llegar a tu meta –
El tono de Zoro era cálido y constructivo. Tashigi podía sentir la verdad en sus palabras, sus sentimientos. El espadachín también quería proteger a gente que le importaba, por eso luchaba igual que ella. La muchacha se enjugó las incipientes lágrimas y reanudó la marcha.
- Voy a entrenar duramente, Roronoa, y te prometo que te ganaré –
- Espero ese día con ansias – contestó Zoro mientras se ponía a su altura y se acercaba poco a poco a ella – Aun así me gustaría preguntarte algo, ¿Por qué no has ido al dojo entonces? –
- Esto… verás… - empezó a titubear Tashigi. No había tenido buenas experiencias contando antes de qué trataba su trabajo, y más que no era una persona cualquiera, sino una oficial del ejército. Tenía miedo de que las cosas pudieran torcerse ahora que empezaban a entenderse, así que decidió no contarle toda la verdad – Roronoa, yo… trabajo ayudando a los demás –
- ¿Trabajas en una ONG o algo parecido? –
- Eh… ehjeje, bueno, algo parecido – dijo Tashigi algo apurada, haciendo movimientos torpes - ¿Y tú? ¿Eso es un uniforme? –
Zoro, que raramente se avergonzaba por algo, notó como sus mejillas se encendían. No solía ir a su casa con el uniforme de camarero, sobre todo por aquella pajarita de color morado intenso, no era precisamente de su estilo. Notó cómo su labio inferior empezaba a temblar de la tensión, e intentó no darle mucha importancia al hecho de que iba así vestido.
- Sí. Yo… yo soy camarero –
- La verdad es que parecía de eso tu uniforme, me gustan mucho los colores, ¡en especial la pajarita! – rio Tashigi, llevándose su mano derecha hacia los labios.
- E-esta mujer… tiene un gusto muy extraño con la ropa – pensó Zoro, que en aquellos momentos tenía una mueca en su rostro – A-ah –
La noche caía sobre ellos, pero parecían no darse cuenta. Caminaban lentamente por el solitario camino empedrado, alumbrados únicamente por la tenue luz de las farolas. No encontraron a nadie en el camino, estaban ellos dos solos. Apenas corría el aire, y aunque hacía tiempo que se había puesto el sol, la temperatura era elevada. Intercambiaban anécdotas y puntos de vista animadamente, sin darse cuenta de cómo de rápido pasaba el tiempo, sin apenas darse cuenta que hacía rato que habían abandonado el parque. Había un feeling especial entre ellos, una conexión que pocas veces ocurre. Es cierto que la pasión y competencia con la que vivían sus vidas les llevaba al extremo de discutir y debatir acaloradamente, pero eso parecía ser también algo especial entre ellos. Como Tashigi conocía bastante bien el camino hacia su casa a esas alturas fue la primera en darse cuenta de que Zoro la estaba acompañando de nuevo. Empezó a ponerse muy nerviosa, como al principio, sin saber qué decir o cómo actuar.
- Esto… Roronoa… y-ya hemos abandonado el parque. Esto… p-puedes recoger t-tu sudadera, s-si quieres… -
Zoro, sorprendido, se paró en seco y miró a ambos lados. No había ni rastro de árboles, sólo podía ver edificios y automóviles aparcados a su alrededor.
- ¿¡Desde cuando hemos dejado el parque!? –
- ¿Ah? ¿Cómo que desde cuándo? ¿Ni siquiera te habías dado cuenta de que ya no hay árboles a tu alrededor? –
- Y-yo, claro que sí – carraspeó el chico mientras se ponía en marcha de nuevo.
- ¡A dónde se supone que vas! ¡Mi casa está en la dirección contraria! –
Tashigi se lanzó sobre el espadachín y le agarró del brazo izquierdo, tirando de él hacia la dirección correcta. Pasó varios segundos tirando de la manga de su camisa cuando cayó en la cuenta que lo estaba llevando deliberadamente hacia su apartamento, sin haber escuchado cuál era su respuesta.
- Ah, y-y-y-y-yo, n-n-o, no es… lo que p-parece – dijo la chica mientras soltaba al muchacho de golpe y se llevaba las manos a su rostro, avergonzada.
- Oi, oi, no es para tanto. Venga vamos, no es bueno que armemos un escándalo a estas horas –
- S-sí… -
Quedaban sólo un par de calles para llegar a casa de Tashigi, y el silencio se había instalado entre ellos. Tenían muchas cosas de las que hablar, muchos temas que tratar, pero en aquellos momentos entendían la intensidad de la situación y ninguno de los dos sabía muy bien cómo actuar a continuación, ni todos los días él acompañaba a una chica a casa ni ella era acompañada. Así, entre un intenso silencio, llegaron a las puertas del edificio donde vivía Tashigi.
- Esta vez esperarás, ¿cierto? N-no voy a tardar nada en bajar con tu sudadera, así que no te vayas – cortó tímidamente la espadachina el silencio mientras abría el pesado portón.
- ¿Uh? Pensaba que me ibas a invitar a subir –
- ¿Invitar? ¿ SUBIR? – gritó Tashigi, que dejó caer la puerta sin percatarse de que ya había metido su pierna derecha para entrar.
- Oi, oi, ¡cuidado! – Gritó Zoro mientras agarraba la puerta para evitar que atrapase el pie de la chica – Cómo puedes ser tan torpe, megane onna –
- ¡No soy torpe, me has cogido con la guardia baja! Eso es todo – dijo Tashigi mientras empezaba a subir las escaleras hacia su casa.
No le dio ninguna respuesta a Zoro, pero para él el intenso rubor que lucía en sus mejillas era más que suficiente. Caminó tras ella y la siguió hasta que se paró para abrir la puerta de su apartamento. En esos momentos, él también empezó a sentirse nervioso, era la primera vez que entraba así en la casa de una chica, en ese contexto. Se mantuvo lo más discreto posible, a la espera de que Tashigi diera el siguiente paso, ya que después de todo ese era su territorio. Vio cómo la chica se descalzaba y dejaba los zapatos junto a la entrada, cómo caminaba hacia el salón, y cómo dejaba su teléfono y las llaves sobre la mesa, junto a su espada. Al ver aquella katana, apretó el fardo inconscientemente bajo su brazo derecho.
- V-voy a por tu sudadera, puedes sentarte mientras… si quieres – dijo Tashigi con timidez mientras desaparecía de la vista del espadachín.
Zoro se sentó en el sofá y dejó sus espadas envueltas junto a él. Esperaba que ella tardase poco, ya que la situación le incomodaba un poco, verse solo en el salón de una casa ajena. Estaba limpia y recogida, y tenía una decoración sobria hasta decir basta. Apenas un par de cuadros, y lo que más le llamó la atención, un escritorio atiborrado de papeles. Sintió curiosidad y se levantó de su sitio para echar un vistazo, seguro que tanto papeleo estaba relacionado con su trabajo ayudando a los demás. Se situó frente a la mesa y fijó la vista en una carpeta de color marrón claro, sin ningún tipo de etiqueta, y cuando estaba a punto de cogerla, escuchó un fuerte golpe que venía de la habitación de la capitana.
- Oi, oi, ¿Estás bien? – gritó el espadachín, que cesó su interés y se volteó para ver qué sucedía.
- ¡No es nada, sólo he tropezado con una silla! No te levantes, no es necesario –
Zoro se quedó quieto, y pensó que era algo normal, en el poco tiempo que habían compartido juntos había visto cómo había estado a punto de matarse varias veces. Se volvió de nuevo para seguir con su propósito cuando algo nuevo y más interesante captó su atención. Cerca del escritorio, había una estantería con varios libros, y Zoro no pudo evitar centrarse en la enciclopedia de espadas que tenía Tashigi. Se acercó hasta ella y tomó un volumen a azar, donde se explicaba el mantenimiento de las espadas. No era muy aficionado a la lectura, pero se vio inmerso en la lectura desde la primera línea, tanto que no se dio cuenta de que la chica había vuelto de nuevo al salón.
Tashigi llevaba entre sus brazos la sudadera de color negro, que en aquellos momentos olía a ella después de haberla tenido una semana guardada en su armario. Cuando entró en el salón, miro instintivamente hacia el sofá para entregarle su prenda, pero se sorprendió al verle tan enfrascado en la lectura. Sólo en aquel momento la curiosidad sobre lo que había en el interior del bulto que había dejado Zoro empezó a aflorar. Antes había estado más interesada en el espadachín, en sus gestos, sus muecas, sus palabras, su risa y el olor de su cuerpo. La muchacha extendió la mano para tirar del trozo de tela, pero la invadió una repentina indecisión y se preguntó si no estaba yendo demasiado lejos. Lo mejor era preguntarle a él primero. Se sentó en el sofá junto al extraño bulto y carraspeó con fuerza para hacerse notar. Zoro la escuchó, cerró el libro y caminó hacia ella.
- T-toma, aquí la tienes de vuelta –
- No era necesario que la lavaras – le contestó mientras se sentaba junto a ella y dejaba el volumen sobre la mesa.
- ¡Vaya! Así que ya has visto mi enciclopedia de espadas. Dime, ¿Qué te parece? – le preguntó Tashigi muy ilusionada.
- Es… interesante –
- ¿Ah? ¿Sólo interesante? – Preguntó retóricamente Tashigi mientras enarcaba una ceja – Es la biblia de los espadachines, ¿¡Cómo te puede parecer sólo interesante!? –
Zoro no sabía qué contestarle, pues a decir verdad no entendía la mayoría de las cosas que había leído. De nuevo, un flashback sobre Ivankov cruzó su mente. Era la segunda vez en apenas unos días que su ignorancia en el tema de la espada afloraba de aquella manera. Intentó lucir despreocupado, como lucen aquellas personas que no muestran interés por nada.
- Bueno, son sólo libros, a mí lo que me gusta es luchar, no leer –
- Sí… eso puedo verlo – dijo Tashigi un poco molesta mientras cogía el volumen que estaba sobre la mesa, con aire protector – Por cierto, ¿Qué llevas ahí enrollado? Parece algo misterioso –
Zoro, dio un respingo debido a la sorpresa. Siempre llevaba sus espadas junto a él cuando salía del trabajo, pero nadie extraño le había preguntado qué llevaba. A decir verdad, solía evitar a la gente para no levantar sospechas, pero aquella noche todo había sucedido al revés de como solía suceder. Había salido antes de trabajar, y se había encontrado con ella. Se quedó rígido, y miró directamente al rostro de la chica, que lucía pensativo, con los ojos entrecerrados mirando intensamente el paquete.
- Es bastante grande, y tiene pinta de pesado – razonó Tashigi mientras se llevaba la mano izquierda a la barbilla – Tiene las dimensiones de… no, no, no puede ser – continuó mientras se levantaba de golpe y le señalaba con el dedo índice - ¿¡Acaso sí que eres un violador, pero de niñas pequeñas!? –
- ¡PERO CÓMO VOY A LLEVAR ENROLLADA AHÍ A UNA NIÑA PEQUEÑA, ONNA! –
Zoro no sabía muy bien qué hacer, no sabía si enseñarle sus tres espadas. Eran su seña de identidad, todo el submundo callejero le conocía en cuanto le veían con ellas en el cinto, lo identificaban como un miembro de la banda de los Mugiwara, alguien temido y respetado por sus numerosas victorias y sus magníficas habilidades. Si le mostraba sus tres espadas se exponía a que ella le identificase, aunque era consciente de que ella era nueva en el lugar. A pesar de ello, no conocía mucho más de su vida, no sabía cuál era exactamente su trabajo y con qué personas se relacionaba. Lo que iba a hacer no era algo típico de él, pero el dulce, tierno e inocente rostro de Tashigi le animaba a dar aquel paso. Sabía que corría un gran riesgo, pero ya se había decidido a dar ese paso. Lanzó un suspiro de resignación, y se giró para coger el fardo entre sus manos, todo ante la expectante imagen de la chica, que volvió a sentarse junto a él. Deshizo el nudo de la tela, la desenrolló con cuidado, y dejó a la vista sus tres hermosas espadas.
- V-vaya si te gustan las espadas– dijo Tashigi sorprendida – Incluso usas tres… me recuerdas a cierto tipo –
- ¿Cierto tipo? – dijo Zoro bastante relajado, pues estaba claro que no lo había reconocido, si no la actitud de la chica habría sido totalmente diferente.
- Sí, creo que es muy famoso por aquí. No recuerdo cuál era exactamente su nombre, pero creo que es muy buen espadachín. Aun así, ese hombre tiene muy mala reputación, ¿sabes?, utiliza sus espadas para fines delictivos, y eso, ¡es imperdonable! –
- ¿Para fines delictivos? –
- Sí, así es – afirmó tajantemente Tashigi - ¿Por qué en esta época toda la gente malvada es tan fuerte? Ahora mismo los mejores espadachines pertenecen todos a bandas criminales… las mejores espadas del mundo, incluidas las Meitou, están en sus manos, ¿Te das cuenta? –
- ¿Meitou?-
- Vamos, ¿me lo preguntas enserio? ¿Tienes tres Meitou y no sabes que así se les llama a las espadas con nombre propio? De verdad, ¿te consideras un espadachín? –
- No seas así, onna, ya te he dicho que lo mío no es leer – dijo Zoro burdamente, sin mirar directamente a la chica, pues se sentía un poco avergonzado.
- Como sea… esas espadas están llorando en manos de semejantes bandidos… - dijo Tashigi, apenada.
Zoro terminó de desembalar sus espadas y las puso sobre la mesa, una junto a la otra. Dejó la tela a un lado y lanzó una media sonrisa al escuchar las palabras de la chica. Era patosa y despistada, pero no podía negar que estaba bien informada. No era algo raro, y más después de lo que le había ocurrido el primer día. Aun así, Zoro se sorprendió de que supiera tanto de él y de su banda, eso le aclaraba que ya no eran gente normal, estaban seguramente en el punto de mira de muchas personas.
- Bueno, distintas personas tienen distintos motivos, ¿No es así? Los motivos de la gente están determinados por las necesidades de las épocas – intentó justificar Zoro a todos los que actuaban como él.
Tashigi lo escuchaba rigurosamente, aunque no compartía del todo su punto de vista. Se levantó del sofá y se acercó hasta la mesa para tomar también su espada.
- Yo… juro que con mi katana, Shigure, seré una buena espadachina, ¡mejoraré mis habilidades! Y entonces después, recorreré cada rincón para arrebatar todas las meitou de manos de la escoria. ¡Arriesgaré mi vida en ello! –
Zoro miró intensamente en la chica y sintió la fuerza que desprendían sus palabras. Su espíritu era competitivo, y lucía decidida en completar su meta personal. Notó tantas ganas en su sentencia que sus ánimos empezaron a caldearse, tanto que se tomó la licencia de desafiarla de nuevo –
- Entonces, ¿Quieres tener mis espadas también? – Dijo el espadachín con una mueca en el rostro mientras agarraba su katana de vaina blanca – Wado Ichimonji, así la has llamado otras veces, ¿No? – sentenció mientras empujaba la vaina con su pulgar derecho y desenvaina su espada mostrando parte de su afilado filo.
Un sudor frío comenzó a recorrer la espalda de Tashigi. El aura que desprendía el espadachín la había intimidado por completo. Era la primera vez que él le hacía sentir auténtico miedo. No la había amenazado, ni coaccionado, ni siquiera se había movido de su sitio, pero en aquel momento le había demostrado todo el potencial oculto en su interior. Todo lo anterior había sido un juego de niños.
- A-ah, no me refería a tener todas las Meitou, sólo quería decir que no me gustaría verlas en manos de malas personas –
Tashigi se sentía tan intimidada que no se atrevía a acercarse de nuevo. Apretó la espada contra su pecho y rodó sus ojos hacia él. Su semblante estaba sereno, y su poderosa aura había desaparecido casi por el completo. Volvía a ser aquel chico desaliñado que se perdía por todas partes, pero sabía que guardaba una fiera en el interior, y eso le seguía intimidando.
- Oi, ¿Cuánto tiempo más vas a estar ahí parada? Necesito que me ayudes con algo –
- ¿Y-yo? –
- ¿Y quién más si no? –
Tashigi dejó a un lado sus pensamientos y tornó de nuevo hacia él. Apoyó su espada en el sofá y se sentó bastante cerca de Zoro, apenas a un palmo de su cuerpo.
- S-seguro que está relacionado con tus tres espadas, ¿Verdad? – Preguntó la chica un poco a la defensiva – N-no puede ser… me las has mostrado… ¿¡Por qué no tienes ni idea de nada relacionado con ellas!? –
- No es así, eso es una tontería. Claro que sé cosas sobre ellas, pero me gustaría que concretases unos detalles – dijo Zoro mientras carraspeaba, con ciertos aires de importancia.
- Tú no sabes ni el nombre de tus Meitou, ¿verdad? –
- Eso sí que lo sé… –
La chica extendió su brazo derecho y tomó la primera de las espadas, la que ya había visto con anterioridad. La desenvainó, y admiró de cerca el magnífico filo.
- Esta se llama Wado Ichimonji, El camino hacia la armonía. Debe ser especial para ti, porque siempre que te he visto luchar la llevabas contigo. Tiene un suguha tan bello, definitivamente pertenece a las legendarias, Oowaza-mono, de las cuales sólo hay 21 en todo el mundo. Esta espada cuesta más de veinte millones de berries, ¿Cómo has podido conseguir una espada tan buena? –
- Digamos que es un regalo… de una preciada amiga –
Tashigi supo entender a la perfección a qué se refería Zoro con aquella escueta frase. La espada había pertenecido a la hija de su maestro, a la chica que tanto se parecía a ella. Podía entenderle un poco más después de aquello. Si poseía esa espada tan valiosa, la relación entre ellos debía de haber sido fuerte, tanto como para que su padre le hubiera confiado a él la posesión más preciada de la chica, su esencia. Aun así, en su cabeza seguía retumbando aquello de no puedo soportar el hecho de que existas.
- ¿Por qué fuiste tan cruel conmigo? Yo no soy tu amiga, no sabía nada de ella hasta hace unos días. Es cierto… ¿Qué no soportas mi existencia? –
- ¡Claro que no! Yo… no sé muy bien por qué dije eso. Estaba enfadado, supongo. Lo siento… no era mi intención. Aun me cuesta un poco asimilarlo, Kuina se fue muy repentinamente –
- Bueno, no te preocupes. Disculpas aceptadas, espero que las cosas sean diferentes de ahora en adelante – dijo Tashigi con tono sereno y conciliador.
Envainó la espada con cuidado y la dejó delicadamente sobre la mesa, tenía la sensación de que Zoro era ese tipo de persona a la que no le gustaba que tocaran sus cosas más preciadas. Acto seguido, la chica se fijó en la siguiente de las espadas, con una vaina de un atractivo color rojo, la cual reconoció casi al instante. Extendió su mano para agarrarla, pero justo cuando sus dedos estaban a punto de agarrar la empuñadura, el espadachín cogió su muñeca.
- Será mejor que no cojas esta –
- ¿¡Y por qué no!? No ha pasado nada con Wado Ichimonji. Además, esta espada es también toda una obra de arte, estoy segura de que es Sandai Kitetsu, una Ryo Wazamono –
- No puedo dejarte que la cojas, porque esta espada está maldita – dijo secamente Zoro mientras guiaba la mano de la chica hasta su regazo, insistiendo en que abandonara la idea de empuñarla.
- N-no p-puede ser – dijo Tashigi mientras cogía su volumen sobre espadas y buscaba la Kitetsu – Lo que dices… e-es cierto. Aquí dice que los espadachines que han utilizado las Kitetsu han sufrido todos destinos de lo más trágicos, muertes misteriosas. En la actualidad no tienen dueño… ¡porque todos los que han usado esas espadas han muerto prematuramente!, pero, ¿Cómo puedes tener una espada maldita? –
- Fue un regalo de un vendedor. La obtuve por ganar un duelo entre mi suerte y la maldición de esta espada – sonrió Zoro mientras le mostrada el acabado de la hoja.
- E-es terrible… -
El muchacho envainó la espada, y la dejó de nuevo sobre la mesa. Había confirmado aquellas sospechas que había tenido desde siempre, que la tercera mano del demonio estaba maldita. Era perfecta para alguien como él, al cual llamaban demonio y que además peleaba con tres espadas. De nuevo sintió cómo de irónico podía ser el destino. Tras unos segundos en los que ambos permanecieron quietos, Zoro observó cómo la curiosidad ganaba a Tashigi, que se moría de ganas por ver y comentar la tercera y última de las espadas.
- Esta última… no pensé nunca que fuera a ver una espada así nada más llegar a Hinsa, es impresionante, no mucha gente puede alardear de haberla visto –
La espadachina tomó la katana de color negro entre sus manos, y se sorprendió de cuánto pesaba, mucho más que una espada cualquiera. Si eso era así, significaba que su poder destructivo debía ser abrumador. Admiró la vaina de color negro con incrustaciones moradas, y agarró la empuñadura para tirar y poder ver la hoja.
- Es la kokuto Shusui, una espada negra. Esto sí que es una sorpresa, esta espada es antiquísima, de la época feudal, ¿cómo la has conseguido? –
- Se la arrebaté a un samurái en un duelo –
Ante aquella simple afirmación, Tashigi estalló en risas. Hacía cientos de años que los samuráis habían desaparecido, era imposible que Zoro se hubiera enfrentado a uno. Le estaba haciendo tanta gracia la seriedad con la que lo había dicho, que aflojó su mano lo suficiente como para que la espada resbalara de ella. Si el chico no hubiera estado pendiente en todo momento, la espada hubiera cortado las piernas de ambos.
- ¡TEN CUIDADO, ONNA!, ¡POR POCO PERDEMOS LAS PIERNAS! –
- L-lo siento mucho… de verdad –
- Todo lo que me ha dicho sobre Sushui ya lo sabía, ¿ves como no tenías que explicármelo todo? – dijo Zoro en tono burlón mientras envainaba su espada y empezaba a envolverla de nuevo en la tela, para hacer acto seguido lo mismo con las otras dos.
- ¿Ah? Ha sido casualidad que lo sepas, estoy segura – le contestó Tashigi a la defensiva mientras se levantaba y dejaba su espada en el soporte.
- Me lo contó el samurái –
- Oye, deja ya eso del samurái si no quieres que vuelva a reírme de ti – dijo la chica a la misma vez que se tapaba la boca con su mano izquierda.
- Puedes creer lo que quieras onna… pero en Hinsa todo es posible –
Tashigi sintió algo extraño cuando escuchó las palabras del espadachín. Todo era posible allí. No sabía muy bien si se lo decía por experiencia propia o porque aquella era la tónica general en una ciudad asolada por la violencia y las situaciones más esperpénticas. Fuera lo que fuese, sabía que Zoro era una caja de sorpresas la cual estaba a punto de abrir. Mientras más ahondaba en su persona más cuenta se daba que no era alguien común y ordinario. Ambos permanecían en silencio, y Tashigi observaba cómo guardaba de manera rápida y habilidosa sus espadas. Sus dedos eran rápidos, estaban acostumbrados a empuñarlas desde hacía años. No pudo evitar preguntarse si eran así de rápidos en todas las situaciones, y justo cuando se percató de la dirección que estaban tomando sus pensamientos, su corazón empezó a desbocarse. ¿Cómo podía estar pensando en situaciones embarazosas en las cuáles utilizar los dedos? Tashigi se retorció sobre sí misma, y sus piernas se aflojaron tanto que comenzó a resbalarse junto a la mesa. Intentó reincorporarse de inmediato y mantener la compostura, no quería que él se diera cuenta de su agitación.
Zoro terminó y dejó el fardo de nuevo sobre el sofá, junto a él. No paraba de pensar en el hecho de habérselas mostrado, ya que se había dado cuenta de que había oído hablar de él, aunque no recordara su nombre. Incluso se sentía un poco confuso y mal consigo mismo, pensaba que en cierto modo la estaba engañando al ocultarle su identidad, pero se repetía constantemente que ella no le había preguntado nada, ni se había molestado en intentar atar cabos, lo mejor era dejar las cosas así. Giró su cabeza y miró a Tashigi, que se encontraba en una postura extraña, como si algo le doliese.
- Oi, ¿Estás bien? ¿Te duele algo? –
- N-no es nada –
Lo había notado, o, bueno, había notado algo. Tashigi intentó serenarse de nuevo, pero le estaba resultando imposible. Miró de nuevo hacia él, y pudo sentir cómo su estómago se retorcía sobre sí mismo. Estaba sentado hacia delante, con las piernas abiertas y la espalda inclinada. Parecía agobiado por la pajarita, ya que en esos momentos se la estaba aflojando para quitársela.
- Sí que hace calor en tu casa –
- Eh, ah. S-soy muy mala anfitriona. Espera, traigo algo para beber – dijo Tashigi atropelladamente mientras salía disparada a la cocina.
- No es necesario, no te moles- -
Aunque parecía algo típico de una novela, Tashigi tropezó de nuevo. Zoro no podía dar crédito a su torpeza, pero no siempre era así, y él lo había comprobado. Su lado más patoso afloraba cuando se sentía nerviosa y acorralada en situaciones embarazosas, puede que esa fuera una para ella. Enganchó su pie en una de la patas de la mesa del salón, con la mala suerte de que trastabilló justo en dirección hacia el espadachín. Éste, que vio lo ocurrido desde el principio, la agarró de la cintura justo antes de que cayese al suelo, con la mala suerte de que al echarse hacia atrás Tashigi quedó sentada a horcajadas justo encima de él.
El tiempo se paró entre ellos. Estaban iluminados únicamente por la escueta luz que estaba encendida en el salón, suficiente para que pudieran ver el rostro el uno del otro. Tashigi pudo confirmar que Zoro tenía razón, hacía demasiado calor, al habitual en aquellos días tenía que sumarle la temperatura de sus cuerpos. Había fantaseado con ese momento todas las noches anteriores, incluso cuando la ira contra él era máxima. Tenían una conexión especial, tanto que les llevaba a ese punto. Notaba las manos sudorosas del espadachín agarradas fuertemente a su cintura, pegadas a su ropa. Estaba tan tentada que hizo lo mismo, subió sus temblorosas extremidades y agarró su cuello, cerciorándose de que ninguno de los dos podía escapar.
Ambos sabían lo que iba a ocurrir desde el principio, desde el mismo momento en el que él entró en aquella casa. Eran jóvenes, pero lo suficientemente maduros como para tomar las riendas de sus vidas, lo suficientemente maduros para tomar ese tipo de decisiones, para dar rienda suelta a sus instintos. Era la primera vez que llevaba a un hombre a su casa, la primera vez que hacía aquello, se sentía nerviosa, pero segura de sí misma y, sobre todo, impaciente. Deseaba con todas sus ganas materializar aquel beso que tantas veces había imaginado aquellos días.
Zoro se sentía prácticamente igual. Tenía los labios entreabiertos, resecos y ansiosos, impacientes por lo que estaba por venir. Pero tenía miedo, mucho miedo de sí mismo. Temía descontrolarse y devorarla por completo. Poseía un autocontrol digno de admirar, pero carecía de experiencia en esas situaciones, y eso le atormentaba. En el zénit de sus batallas, solía sentir cómo abandonaba su propio cuerpo y adquiría una templanza que nunca llegaría a tener la inmensa mayoría de la gente. Temía que algo así sucediera, temía hacer algo que pudiera hacerle daño a ella. A pesar de ello, estaba increíblemente excitado, y sentía que vencían las ganas de poder fundirse con su ser.
Se miraron a los ojos, y acercaron sus rostros hasta que sus labios se unieron entre sí en un profundo beso.
