Disclaimer: InuYasha, su historia y sus personajes son propiedad exclusiva de Rumiko Takahashi, yo simplemente los tomé prestados por un tiempo indefinido para escribir esta historia sin fines de lucro.
Fatum
Por: Samantha Blue1405
Capítulo 7: Seducción
"Después de todo, ¿no era eso lo que se llamaba seducción?
¿Cuando la víctima era tranquilizada con un sentimiento de falsa
seguridad y bienestar? Y, ¿cómo podría eso generarse salvo a
través de la simulación de cariño?"
The Immortal Highlander – Karen Marie Moning
Horas más tarde, Rin y Kagome veían Sex and the City en la salita de estar, cada una envuelta en una acolchada manta térmica que dejaba al descubierto solos sus rostros, con las piernas pegadas al pecho para no perder ni un grado de calor. Souta y la madre de Kagome se habían ido a dormir hacía un rato, y un té de jengibre y miel humeaba en un par de tazas sobre la mesita de café, mientras Kagome le contaba entre susurros que su novio le había pedido asistir a la tan esperada cena de Navidad en la mansión Taisho. Pero Kagome había declinado.
Nadie, absolutamente nadie se atrevía a faltar a la tradición Higurashi de reunirse en Navidad en memoria de los abuelos. Sólo una verdadera emergencia evitaba que un Higurashi no estuviese presente. Así que en su lugar, Kagome había quedado de ir la tarde del día antes de Navidad a la mansión para saludar a los señores Taisho y llevarles un lienzo precioso que había comprado para ellos en la galería.
A Rin aún le costaba asimilar que Kagome, su prima hermana, fuese la novia de un Taisho, específicamente la nuera del legendario y magnifico señor Inu no Taisho. ¡Era increíble! Rin idolatraba al señor Taisho y había comprado y leído cada uno de sus libros sobre economía, tendencias de mercado y estrategias corporativas. Su sueño en la universidad había sido formar parte del Grupo Taisho. Ahora lo más cerca que estaba de eso, era convertirse el próximo año en gerente contable de la sucursal de Tokio de una de las cientos de empresas en las que el conglomerado invertía. Pero era un paso más cerca de su sueño.
Así que Kagome, sabiendo la admiración que sentía Rin por su suegro, se había ofrecido a llevarla como acompañante a la mansión Taisho para presentarla. ¡Incluso se lo había dicho a su novio, el tal InuYasha! Y lo más asombroso: ¡Él aceptó gustoso! Así sin más.
¡Conocería la mansión Taisho como invitada del mismísimo InuYasha Taisho en Navidad!
Al principio, Rin se había sentido eufórica, pero luego había entrado en pánico. ¿Y si tartamudeaba o empezaba parlotear? O peor aún: qué tal si al señor Taisho llegaba a molestarle su presencia en la mansión. Era famoso en toda Asia por su escasa aparición en los medios; era en extremo reservado y no solía dar entrevistas, exceptuando unas cuantas preguntas vía telefónica para alguna revista financiera o para algún noticiero explicando un suceso muy relevante. Nada más. Cualquier comunicado especial del conglomerado era informado en su página web o mediante un comunicado de prensa por algún alto ejecutivo o, en un caso extremo, por el vicepresidente InuYasha Taisho.
— Mmmm… Mejor no, Kagome. No creo que sea una buena idea.
No le daba muy buena espina aparecerse en la mansión sin ser invitada, aunque su prima asegurara que no habría ningún lío, ya que InuYasha había estado de acuerdo. Pero una cosa era InuYasha, y otra cosa era la leyenda viviente de la nación, por más que Kagome dijera que el señor Taisho no era más que un amable señor mayor, no muy diferente a su padre.
Rin acabó por descartar la propuesta con una sonrisa apenada.
— ¡Estás loca! —chilló Kagome por lo bajo—. ¡¿Me lo juras?! —Rin sólo asintió con una cabeceada—. ¡Pero si él es como… como Goku para ti! Es la mejor oportunidad que has tenido en tu vida —arremetió sin dejar de susurrar, pero gesticulando con los brazos fuera de sí—. Es como si… si alguien me ofreciera llevarme a conocer a Ed Sheeran.
Rin rodó los ojos y soltó una risita por sus ocurrencias.
— Precisamente por eso no quiero causar una mala impresión —tildó.
Kagome soltó un bufido nada femenino, traspasándola con sus ojos azul espectral.
— Eres una tonta.
Rin escapó de la presión de su mirada y suspiró mortificada. Quizá sí lo era, o de lo contrario no estaría pensando tan seriamente en ir a la cita con Sesshomaru mañana. Se mordió el labio inferior, recordando la manchita roja. Podía no ser sangre sino otra cosa, pero entonces, ¿por qué la escondió en cuando notó que la había visto? ¿Por qué su actitud a la defensiva y amenazante, si sólo era una gotita de tinta de impresión roja, o kétchup?
Aunque también existía otra posibilidad que no se le había ocurrido hasta cuando estaba desmaquillándose frente al espejo: que fuese un caro labial rojo escarlata para seducir.
Rin hizo un puchero y pegó la frente a las rodillas. No era tonta, era una redomada estúpida. Levantó el rostro y vio a su prima con determinación. Kagome, al sentir la intensidad de su mirada, dejó de ver a Carrie y a Samantha en la tele y la miró.
— ¿Tengo cara de estúpida? —espetó Rin casi con indignación.
Kagome abrió los ojos y sacudió la cabeza varias veces, pálida y con una disculpa tatuada en la cara. Entonces, casi de inmediato captó que Rin no lo decía por su último comentario, sino por algo más. Algo mucho más profundo y complejo que parecía inquietarla sobremanera.
Kagome entornó los ojos y la examinó más a fondo. Rin era una chica admirable y la persona más inteligente que conocía, y no trabajaba en la NASA o en el CERN sólo porque no se le había dado la gana. No sabía de nadie, aparte de Rin, capaz de hacer operaciones matemáticas mentales con números de más de cinco dígitos en cuestión de segundos, ¡zas!, sin ayuda de la calculadora, ni siquiera de un lápiz. Tal vez tardaba algo más cuando eran divisiones, pero no dejaba de ser asombroso.
Rin tenía una habilidad única con los números, pero ni la física teórica ni las matemáticas puras, ni siquiera esos poliedros con nombres raros que tanto la fascinaban desde niña, la habían cautivado tanto como la contabilidad financiera, la economía y las grandes hazañas de personalidades como el señor Taisho y Elinor Ostrom[1].
Kagome torció el gesto y soltó un suspiro. Sin embargo, estaban hablando de la misma Rin que, durante unas vacaciones familiares quince años atrás, había intentado rescatar a un zorro salvaje herido de una trampa de cazador, completamente sola. Sin siquiera importarle que el aterrorizado animal le gruñera y le enseñara los dientes. Por suerte Bankotsu, que vivía con un ojo avizor sobre su traviesa hermanita, había llegado justo a tiempo antes de que ella tocara la pata del zorro y éste le arrancara los dedos de un mordisco. Después, entre todos habían ayudado a liberar al animal y lo llevaron a un veterinario local. Y Rin había sido castigada el resto de la semana.
Y, para no ir más lejos, durante sus últimas vacaciones juntas en una isla de Okinawa hacía tres veranos, Rin y Kagome acabaron pasando su segunda noche en un centro médico, en vez de en el bonito eco-hotel que habían pagado con sus ahorros. Y todo porque a Rin se le había ocurrido jugar a ser Steve Irwin con una pequeña víbora que encontró en el baño de la suite, e intentó sacarla antes de que el "eco-personal" del hotel llegara a deshacerse de ella.
"¡La mataran, Kagome!", fue lo último que había dicho, angustiadísima y con sus decididos ojitos marrones brillantes antes de encerrarse con la víbora en el baño.
Gracias a Rin, el pequeño reptil logró escapar del personal sano y salvo, pero ella recibió una mordida. Por fortuna sólo había sido una inofensiva y común víbora arborícola, y la señorita Cazadora de Cocodrilos simplemente obtuvo algunos pinchazos en el trasero para evitar una infección y prevenir la hinchazón, y también un par de vacunas.
Kagome suspiró de nuevo, esta vez largo y profundo, viéndola no sin cierto reproche, pero con mucho amor. Rin tenía un cerebro impresionante, pero su corazón lo era aún más. Y eso hablaba muy bien de ella, pero también era terriblemente malo para ella.
La gente solía aprovecharse de esto cuando era niña y, para protegerse, su prima había aprendido a no confiar en nadie de buenas a primeras. Tenía muy pocos amigos cercanos y prácticamente sólo con su familia o algunos niños se permitía mostrarse verdaderamente tal cual era. Había erigido una fachada de calculada eficiencia y amabilidad que perfeccionaba año tras año tras año. Y era toda una experta en mantenerse emocionalmente alejada de todo lo que consideraba peligroso, de cualquiera que pudiera romper su corazón, porque cuando Rin Higurashi entregaba su corazón, entregaba también su alma trasparente y leal, y lo hacía sin reparos y sin pedir absolutamente nada a cambio. Nada.
Pero a pesar de sus defensas, algunas víboras realmente peligrosas solían sortear cada obstáculo. Víboras rastreras como Itsuki, su ex prometido. Y Kagome entornó los ojos, con su instinto protector a flor de piel.
— ¿Por qué dices eso? ¿Es por Itsuki? —musitó bajito para que nadie arriba pudiese escuchar. Su aura aterradora crecía a cada segundo. Algún día mataría a ese infeliz, se juró.
Rin sólo parpadeó y estuvo a punto de soltarle que no, pero recapacitó justo a tiempo. Desvió la mirada y sin más remedio, murmuró por lo bajo una mentira blanca:
— Sí.
No había pensado en Itsuki en días, la última vez fue cuando consultó el saldo de su cuenta luego de pagar el cuadro del ángel. Pero era lógico que Kagome pensara que su duda existencial fuese por él. No le gustaba andarse con mentiras, mucho menos con ella, pero aún no creía ser capaz de explicar todo el asunto de Sesshomaru. Ni ella misma comprendía por qué rompía todas sus reglas con él.
Kagome acortó la escasa distancia entre ellas y pegó la cabeza a la suya.
— El que ese tonto bueno para nada te sacara dinero no quiere decir que seas estúpida. Ni patética. —Rin la miró y sólo apretó los labios—. Confiaste en él más de lo que merecía, pero eso no te hace estúpida. Él es estúpido. Tú sólo tuviste… —se encogió de hombros— mala suerte.
Rin recargó la cabeza en el hombro de Kagome, y ella sacó un brazo de la manta para pasarlo por sus hombros. Rin y Kagome tenían una forma particular de expresarse cariño. Toda su familia era igual, un tanto más expresivos de lo normal, seguramente por su ascendencia americana y las costumbres occidentales de sus abuelos y bisabuelos.
— Kagome… ¿Crees en el destino? —Pudo sentir a Kagome encogiéndose de hombros bajo las mantas—. ¿Recuerdas lo que decía la abuela?
— Sip… Que todos tenemos un camino trazado… O alguna cosa así. —Y le restó importancia agitando la mano en el aire—. ¿Por qué lo dices?
— Por ti e InuYasha —mintió de nuevo, sacudiendo la cabeza para restarle importancia también.
Kagome rio, mordiéndose los labios. Sus ojitos azules y soñadores brillaron como los de un niño lleno de esperanza; como siempre que hablaba de su amado InuYasha.
— Seguro sí…. —Y suspiró. Un suspiro largo y enamorado—. Sin duda fue el destino quien lo puso esa noche en la inauguración de esa exposición. ¡Era el chico más guapo del coctel!... —Otro suspiro—. ¡Te juro, Rin, que jamás verás a un tío taaaaaan sexy! Espera que lo conozcas…
Rin soltó una risita pero sonrió malvadamente para sus adentros. Kagome decía eso porque no conocía a cierto gigoló calavera. Probablemente InuYasha Taisho era guapo, se rumoraba que su padre era un señor atractivo e interesante, pero estaba segura de que ni en sueños el novio de Kagome sería tan apuesto como Sesshomaru.
Sesshomaru parecía a veces surrealista, demasiado guapo y con demasiada clase como para andar caminando por ahí.
— Era su padre quien estaba invitado, no InuYasha, ¿sabes? —prosiguió, sacando a Rin de sus pensamientos—. Pero ya ves cómo es el señor Taisho de reservado, así que envió a InuYasha en su lugar. Además —Kagome bajó misteriosamente el tono de voz, repentinamente seria—, el señor Taisho lleva años sin poner un pie en Kioto gracias a… ya-sabes-quien.
— La oveeeja neegra —entonó Rin con histrionismo y una falsa voz siniestra.
— Ajam… Aunque más bien es un lobo disfrazado de oveja negra —tildó.
Rin dejó escapar una risita de aprobación. Pero, ¿cuán malvada podría ser una persona para que ni su padre quisiera pisar el suelo donde vive?
— ¿Han tenido noticias nuevas de él? —cuchicheó, tan curiosa como siempre.
— No desde su breve encuentro con InuYasha en el Fatum's Coffee.
Un dedo gélido ascendió por su espalda y Rin contuvo el aliento.
— ¿El Fatum's Coffee? —jadeó.
— Sí, fue donde se citaron a principios de este mes.
— ¡Guau!
— InuYasha acababa de llegar aquí al apartamento cuando ese —siseó con el mismo desprecio de siempre— por fin se dignó a regresarle las llamadas. ¡InuYasha le llamó durante todo el día! Desde las siete de la mañana que llegó a Kioto. ¡Incluso fue hasta su casa! Pero ni rastros de ese sinvergüenza. Sólo hasta las cinco tuvo noticias de él, así que quedaron de verse en el Fatum's más tarde esa noche. InuYasha me pidió que lo acompañara, pero surgió un imprevisto en la galería así que…
— Perdiste la oportunidad de conocer a la oveja negra.
— Ajá… —rumió bajando los hombros. Era evidente que Kagome sentía la misma cantidad de desprecio que curiosidad por su flamante cuñado—. InuYasha salió tan molesto del Fatum's, Rin, que apenas y se despidió de mi antes de regresar a Tokio. Y luego te recogí en esa tiendita de suvenires del centro, donde estabas con tu amiga…, la pelirroja, ¿recuerdas?
— Ayame… —Rin guardó silencio por algunos segundos y luego exhaló—: ¡Guau! Entonces fue ese día. —El día en que volvió a ver a Sesshomaru.
Y pensar que, si Ayame y ella se hubiesen quedado en el Fatum's hasta la noche, tal vez habrían estado a escasos pasos de los herederos del Grupo Taisho. Pero con seguridad no se habrían dado ni por enteradas. Esa gente siempre maneja perfiles bajos. Podrían haber sido cualquier par de clientes del lugar, y ellas no habrían podido saberlo.
Rin bebió un sorbo de té, pensando que apenas habían pasado trece días desde entonces, pero le parecía una eternidad.
— Y la semana siguiente—prosiguió Kagome alcanzando también su taza—, el viernes pasado, el señor Taisho decidió contactar a sus abogados para desheredarlo.
— Lo recuerdo… —Eso había sucedido el mismo día de la subasta en la galería y del recital de poesía en el Fatum's. El primer día que habló con su desconocido—. Y, ¿pudo hacerlo? —preguntó con más curiosidad que antes.
— Uhmm uhmm. Aún no. Al parecer hay una pequeña traba legal que les está dando problemas.
— ¡Outch! Esas cosas son más difíciles de lo que uno cree… Les puede tomar años desheredar a ese sujeto.
— ¡Pues qué injusto! Serán años recibiendo dinero sin hacer nada. ¡Es un vago!
— Pero dices que ya no vive de ellos.
Kagome se encogió de hombros.
— Eso fue lo que me dijo InuYasha… No entiendo mucho de esas cosas —se rascó la cabeza—, pero él sigue siendo dueño, ¿no?
Rin asintió con una sonrisa compungida.
— Si el conglomerado gana, él gana también. Y por hacer prácticamente nada.
— ¡Ves qué injusto es! —refunfuñó, y ambas asintieron—. Es una deshonra para la familia Taisho.
¡Una lástima por la familia Taisho! Y sería aún más triste que una leyenda nacional como el Grupo Taisho se hiciera pedazos por algo así. Por él.
Esa noche, Rin tuvo horribles pesadillas en las que Sesshomaru irrumpía en su apartamento para llevarla con él. ¡Y ella lo permitía! Una víctima en extremo dispuesta y complaciente. Caminaba tras él, descalza y con su pijama azul de Frozen, sin ningún tipo de ataduras. Lo seguía a donde sea que él fuera con una ancha sonrisa, rebosante de felicidad por un sendero empedrado.
Hasta que el sendero se tornaba agreste, frío. Más y más oscuro con cada paso que daban.
Gruesas y afiladas espinas parecían cerrarse rápidamente sobre ellos. Y a pesar de eso, Sesshomaru la obligaba a mantener el paso, sin importarle sus protestas o suplicas, o que las espinas le arañaran el rostro y los brazos. Sesshomaru parecía ser inmune a ellas, y la obligaba a avanzar. Más profundo en esa gélida oscuridad.
Cuando las ampollas en sus pies escocían y sangraban tanto, que Rin finalmente se reusó a caminar, Sesshomaru la tomó del brazo espinado y la arrastró sin piedad por el sendero, ahora plagado de piedrecillas y pedruscos sueltos, con afilados bordes que se enterraban en la carne lacerada de la planta de sus pies. Su mirada era afilada y siniestra cuando se volvía a verla por el rabillo del ojo cada que ella soltaba un quejido. Sus ojos dorados brillaban en la oscuridad como los de una bestia salvaje, un lobo o un tigre. Y, sumado a esto, su regio porte imperial lo hacía lucir aterrador y, también, bastante desalmado.
Rin suplicaba y lloraba de dolor, tiritando a causa del frío, pero Sesshomaru se limitaba a afianzar el agarre en su brazo. Le clavaba cruelmente los dedos justo en un profundo arañazo para hacerla avanzar a trompicones, cómo si no le importara su dolor o la sangre que le manchaba las manos. Y Rin no podía hacer más que mirar atrás con los ojos encharcados, a las huellas rojas que dejaban sus pequeños pies en el camino, hasta que la oscuridad las engullía.
Y sólo entonces era capaz de notar que, aunque nunca había habido ataduras entre Sesshomaru y ella, el camino siempre había estado cercado.
Impenetrables y altísimos muros de piedra los rodeaban, flanqueados por una gruesa pared de espinas. Y únicamente había dos opciones: echar marcha atrás, o continuar siguiéndolo a pesar del dolor y las heridas.
— Andando, Rin —le ordenaba él, soberbio y déspota, cuando ella se detuvo de golpe.
Justo entonces, Rin despertó. Tan asustada que se había examinado frenéticamente la planta de los pies y los brazos, cerciorándose de que en verdad no tenía ampollas ni rasguños. Ni sangre.
¡Había sido tan real! Las manos aún le temblaban. Pero ya no tenía sangre en la cara ni en los brazos, sólo sudor helado.
Sin embargo, despertar fue casi tan malo como seguir soñando. La realidad era la verdadera pesadilla.
Las tórridas imágenes de Sesshomaru acostándose con varias mujeres volvieron para atormentarla. Enterró el rostro en la almohada, gruñendo y maldiciendo tan sólo de imaginar que ahora mismo él debía estar muy entretenido con su clienta. Tocándose, besándose y…
— ¿Por qué lloras, tonta? —se reprendió limpiando de un manotazo una lágrima traidora que resbaló por su mejilla. Pero inevitablemente ésa fue seguida por otras más.
Ridículo. No había derramado una lágrima cuando su ex le robó y tuvo que darle calabazas sin mostrarle un ápice de piedad, para venir a llorar porque un desconocido, con el que sólo había hablado en un par de ocasiones, se estaba tirando a otra (u otras) a cambio de unos cuantos dólares.
¿Qué rayos le pasaba? Resopló y se tapó la cabeza con la sábana. ¿Sería tal vez que… estaba empezando a tener sentimientos por él, por un gigoló? Dejó escapar un sonoro grito ahogado.
— ¡Oh, no! —Pataleó y maldijo, revolcándose en la cama como una loca—. No, no, no.
¡Le gustaba Sesshomaru! No, mejor dicho: ¡Se estaba enamorando de Sesshomaru!
Se tapó de nuevo la cabeza con la sábana y amortiguó un chillido con la almohada, espantando a Buyo. No era simple curiosidad como ingenuamente creyó. No, estaba empezando a sentir cosas, cosas peligrosas por él. Y era tan prematuro como inesperado. Pero de no ser así, en primer lugar ni siquiera habría vuelto al Fatum's una sola vez. Siendo franca, ni el hecho de que fuese un gigoló y ella una pudibunda le impidió regresar a ese lugar para verlo.
— ¡Ay, no! ¡Rin, no!
Y tener la certeza de que su gigoló estaba "trabajando" mientras ella yacía sola en su cama vacía, revolcándose en su propia miseria, era insoportable. Se moría de celos, rabia e impotencia. Y ni siquiera tenía autoridad para reclamarle o exigirle nada. ¡No eran nada! ¿Acaso iba a mantenerlo para que él renunciara a The Agency? ¿Y pensaba que Sesshomaru, con lo orgulloso y dominante que parecía ser, permitiría semejante cosa?
Además, Rin no tenía idea de qué clase de oscuros lazos unían a Sesshomaru con The Agency, ni qué tan fuertes eran. O qué tan peligrosos.
— ¿Qué rayos te pasa, Rin? —se palmeó la frente.
No necesitaba problemas de ese tipo. No en este momento de su vida. Ni ella, ni sus amigas ni su familia debían involucrarse con algo así. Debió haber cortado de raíz con esto desde el primer instante pero, ¿quién carajos la había mandado a continuar con un absurdo?
Sin embargo, aún estaba a tiempo. Aún podía cortar de raíz durante la cena.
¡Sí, esa sería su misión! No podía acabar enamorándose de alguien como él. No. No podía acabar peor que Ayame. Y, aunque no era supersticiosa ni prestaba atención a ese rollo barato de los sueños, aquella pesadilla había sido su advertencia final.
Echaba marcha atrás, o estaría jodida.
A la mañana siguiente, con más ojeras que ganas, ayudó a su tía con las compras y en la cocina, y regó las plantas perennes del interior, tratando de no pensar en la cena ni en Sesshomaru. A las seis, luego de darse un baño y secarse el cabello, examinó su maleta a fondo.
No tenía idea adónde irían, por lo que no tenía ni la más remota idea de qué ponerse. Había empacado un bonito vestido a la rodilla, ajustado y de escote barco, de pesada tela color ciruela y mangas tres cuartos, por si surgía un evento formal de imprevisto. Generalmente lo usaba con unos stilettos nude altísimos, salpicados con diminutos cristales, como de princesa. Pero tal vez resultaba un conjunto demasiado, exageradamente, elegante para la ocasión, y no quería sobreactuarse.
¿Qué tal si él planeaba una cena informal y, al verla llegar cual diva extraviada, se viera obligado a cambiar de planes? Pero si usaba vaqueros y una sencilla blusa, era posible que ocurriera la misma situación, pero a la inversa.
— ¡Aaarrg! ¡Voy a enloquecer! —chilló agarrándose la cabeza con ambas manos.
Al final, se decidió por el vestido y su confiable abrigo beige. Y si la llevaba a un Wacdnald[2], no se quitaría ese abrigo hasta estar de nuevo en casa. Sujetó un pequeño mechón de cabello a un lado de su cabeza con una sencilla horquilla de cristales en forma de flor, y salió.
Poco después de las siete, Sesshomaru la esperaba en la acera frente al Fatum's, impaciente a juzgar por su ceño ligeramente fruncido y el rictus severo de su boca. Entre secarse el cabello y el dilema del vestido, se le había hecho tarde. Y al parecer, él jamás sufría de dilemas existenciales por no saber qué ponerse o cómo combinar sus ropas. ¡Oh, no! Eso era para simples mortales, no para un dios del sexo como él.
Su elegante gigoló había elegido para hoy un prístino gabán blanco con cuello de piel de visón blanca (que rogaba y fuera una muy buena imitación) a juego con un par de pantalones gris oscuro. Tenía las caderas recargadas en la puerta de un deportivo coupé negro, que a leguas se notaba que valía más de lo que ella ganaría en toda su vida.
¡Sí que debía ser un buen negocio ese de trabajar con The Agency!
"¿O tal vez él es muy, muy, muy bueno en su trabajo?", insidió una vocecita mordaz. ¡Lo peor era que a ella le constaba qué tan, tan, tan bueno era! Y sollozó por lo bajo. Tuvo que agachar la cabeza cuando él se volvió a verla, rogando que no notara su mueca mortificada mientras caminaba.
— Hola, Sesshomaru —dijo al estar a un paso de él, viéndolo a través de las pestañas y tratando de reprimir una sonrisa. Pero no pudo.
Ni siquiera debería sentirse emocionada de verlo. Pero lo hacía. Nada más con verlo desde lejos, su corazón había dado un brinco de anhelo y felicidad para continuar latiendo, cómo si quisiera romperle las costillas y caer de rodillas a sus pies, como en las caricaturas.
"Me estoy enamorando de ti, Sesshomaru, y no puede ser…" Era imposible.
Sesshomaru se apartó del auto con su lánguida y mortal elegancia, sin apartar sus inescrutables ojos de ella ni un segundo. Como un depredador al asecho.
— Siento llegar tard…
Rin contuvo el aliento. En un abrir y cerrar de ojos, Sesshomaru estuvo sobre ella. Había sido rapidísimo, un movimiento felino de su parte, pero milagrosamente logró anticiparse y viró el rostro justo a tiempo, antes que él le estampara un beso en los labios.
Sin embargo, esta vez Sesshomaru fue muchísimo más rápido, y mucho más listo también, y la sujetó por la nuca, manteniéndola en su sitio. Justo donde deseaba: A su merced.
Rin dio un sonoro respingo, viéndose atrapada en cuestión de segundos. Y Sesshomaru inclinó la cabeza peligrosamente, buscando su boca.
— ¡No besos! —atinó a chillar con voz ahogada y el pulso resonando en sus oídos. Intentó retroceder pero él afianzó el agarre, acercándola más a sí—. ¡No! —exhaló casi contra su boca— No.
Si la besaba, estaría perdida. Lo sabía.
Pero Sesshomaru no se inmutó. Se dedicó a atravesarla con esos hechizantes y ávidos ojos dorados, inhalando su mismo aire. Con esa pecaminosa boca tan pero tan cerca de la suya.
Y de pronto, sus dedos cálidos empezaron a moverse sobre la sensible piel de su nuca, estremeciéndola con cadenciosas y eróticas caricias, alternadas con ligeras presiones en sus agarrotados músculos, como si tratara de calmarla. Domarla.
— Estás temblando, Rin —susurró, bajo y ronco contra su boca, condenadamente sexy.
Acunó su mejilla roja con la otra mano, sin detener en ningún momento la dulce tortura de esos dedos en su nuca. Estaba relajándola y seduciéndola. Todo al mismo tiempo. Y si Rin temblaba no era de frío. No, pues una llamarada de deseo hormigueaba inquieta bajo su piel. Y esos finos labios no dejaban de acercarse más y más.
Sesshomaru trazó la línea de su pómulo con el pulgar, y Rin dejó escapar un suave respiró, que sonó como un delicioso gemido. Un tibio y húmedo cosquilleo se apoderó de su vientre cuando él afianzó el agarre en su nuca, como preparándose para un asalto implacable a su boca, en medio de la acera mojada por la llovizna de la tarde.
Pero Rin, a pesar de todo, echando mano a un resquicio de lógica, consiguió apretar los labios antes de que fuese demasiado tarde.
Sesshomaru comprendió la indirecta al vuelo, deteniendo sus labios a milímetros de los de la joven. Sin embargo, con un suave y último apretón en su nuca, la atrajo hacia él y pegó los labios a su frente. Depositó un casto y prolongado beso allí, tan devastador como si le hubiese partido la boca de un beso. Rin pudo sentir toda su pasión, toda su fiereza contenida en ese, aparentemente, simple e insignificante gesto.
Ambos cuerpos se estremecieron casi al tiempo. Los dos pudieron sentirlo. Aquella corriente de reconocimiento, casi mágica, que los sacudió hasta el alma.
A su nariz llegó una traza de esa masculina fragancia con notas de ámbar gris, y la calidez de su cuerpo duro y magro la aturdió. Hacía tanto frío esa noche que a duras penas logró contener el impulso de pegar su cuerpo al de Sesshomaru, rodear su cintura con los brazos y fundirse con él. Para siempre.
Había algo en él, algo en su aroma, en su tacto, algo que manaba de su interior que la hacía sentir extraña, pero muy, muy cómoda; desinhibida. A salvo. Algo que jamás había sentido con nadie. Y también estaba esa cosa, ese deseo inquieto que crepitaba siempre a su alrededor, como una corriente eléctrica que parecía echar chispas siempre que estaban juntos. Esa química rara que hacía que todo el mundo desapareciera y sólo fuesen ellos dos. Nada más.
Cuando Sesshomaru se apartó rompiendo todo contacto, Rin tuvo una apabullante sensación de vacío, que rápidamente fue reemplazada por una oleada de crudo alivio. Alcanzó a ver un atisbo fugaz de rabia en sus ojos ámbar, que luego replegó tras una muralla de hielo. Y una punzada de culpa atravesó el pecho de Rin, pero si él la besaba ahora, allí mismo en la acera, no sabía qué carajos podría llegar a suceder entre ellos esa noche. Especialmente después de aquella extraña sensación durante el beso.
Dejó escapar todo el aire en un suspiro. Ni siquiera notó que había estado conteniendo el aliento todo este tiempo. El suspiro fue tan sonoro, que Sesshomaru enarcó una ceja. Sus ojos eran duros y hoscos, gélidos, tanto que ella agachó la mirada, avergonzada hasta los huesos. La miraba como un perro rabioso, pues con seguridad ese simple y condenado suspiro habría sido peor que una bofetada para él.
Ninguno dijo nada por un buen rato. Sólo los pasos de los transeúntes y el ulular del viento helado interrumpían aquel silencio incómodo y prolongado. Y Sesshomaru perdió la paciencia.
— ¿Nos vamos? —la urgió, al ver que Rin sólo trazaba distraídamente el contorno de la icónica insignia alada del fabricante británico en el capó con sus pequeños dedos, sin siquiera levantar la mirada de esos zapatos jodidamente sexys, en tremendo contraste con su peinado de niña buena y el puchero de su boquita de piñón.
Y a Sesshomaru se le antojaron un sin fin de cosas no del todo buenas con ella usando sólo esos zapatos. Absolutamente nada más.
Rin dejó de acariciar el logo y por fin lo miró, componiendo una sonrisa en extremo cordial.
— ¿Adónde vamos? —dijo toda cautela.
Rin supo por el músculo que se agitó en su mandíbula y su labio crispado, que lo había cabreado. De nuevo. Y eso, sumado a su silenciosa respuesta, a su actitud de ayer, a la pesadilla y al hecho de que continuaba viéndola como un lobo rabioso enjaulado, también la cabreó.
— Mira, Sesshomaru, si estás enojado por algo, será mejor que…
— ¿Que qué, Rin? —imperó.
Rin captó un sutil tinte de amenaza en su tono, y Sesshomaru se cernió peligrosamente sobre ella, intimidándola con su tamaño. De repente, era como si se hubiese metido en la jaula con la bestia salvaje y furiosa. Y tragó grueso.
— ¿Será mejor qué? —remarcó él muy despacio, con los dientes apretados, y pegó más su cuerpo al de ella, acorralándola. Podía sentir cada uno de sus poderosos músculos aprisionándola contra el metal frío del auto.
Rin frunció el ceño y apretó los puños con fuerza, furiosa, pero… las palabras se negaron a salir. ¡Quería mandarlo al cuerno, a freír espárragos, como habría hecho con cualquier imbécil que se comportara así! Lo había hecho con infinidad de sujetos bordes antes que él, y sabía que debía hacerlo ahora. Abrió la boca, pero no salió nada. Absolutamente nada.
Sesshomaru enarcó una arrogante ceja plateada y simplemente aguardó, altivo e impasible, sin apartarse ni un milímetro, mientras ella boqueaba, sin hallar la forma ni los deseos de mandarlo al cuerno, pues en el fondo temía decir algo desagradable e hiriente como el sábado. Algo que los dañaría irreparablemente a ambos. Y Rin odiaría herirlo, porque sería como patear a ese pobre zorro rojo que continua con su patita destrozada y chorreando sangre, atrapada en esa horrible trampa de cazador. Herido y que sólo gruñe para defenderse. Y no podía ser tan cruel. No con él. Su corazón se encogía ante el mero pensamiento.
Se midieron en un silencioso duelo de miradas, hasta que la escasa paciencia de Sesshomaru finalmente se agotó. Estiró el brazo y alcanzó un mechón de brillante cabello azabache que le caía sobre los ojos. Lo acarició sin prisa, luego lo llevó tras su oreja con premeditada lentitud. Sus dedos rozaron adrede el contorno de su rostro, dejando un rastro ardiente que le puso la piel de gallina.
— Andando, Rin —ordenó con la misma aristocrática condescendencia que habría mostrado algún emperador austrohúngaro a una de sus concubinas; muy bonita, sí, pero demasiado revoltosa.
Entonces, un violento escalofrío la sacudió. ¡Eso fue exactamente lo último que dijo el Sesshomaru de la pesadilla! Y había sido tan siniestro e implacable como el Sesshomaru frente a ella. Tan frío.
Rin quedó pasmada, lívida.
Como no se movió por casi medio minuto, escasamente parpadeaba, Sesshomaru resolvió el asunto y la tomó por el codo. Un agarre delicado pero firme. Aprovechándose de su sopor, la guio hasta la puerta del auto, la abrió y aguardó en silencio a que se subiera antes de cerrarla, como todo un caballero. Pero a Rin no se le escapó que le había echado una mirada demasiado larga e intensa a sus pantorrillas y a sus muslos mientras se subía y se acomodaba en el asiento de cuero.
Podía parecer un caballero, incluso lucir como uno, pero no lo era. No dejaba de ser un sinvergüenza. Un sinvergüenza condenadamente sexy. Y también, un extraño con muchos secretos.
Rin espabiló de una buena vez, y mientras él rodeaba el auto, sacó el teléfono de la cartera y lo mantuvo desbloqueado y pegado a su pierna, con los dedos preparados para marcar de emergencia a Kagome. ¡Por el amor de Dios, era una chica sola en el auto de un desconocido con pésimo carácter, y ni sabía adónde rayos la llevaba! ¡Ni siquiera conocía bien la ciudad! Podría llevarla a cualquier lado, y no se daría ni por enterada. No hasta que fuera demasiado tarde.
Sin mencionar el asunto de la manchita de sangre de ayer. De ninguna manera estaba siendo paranoica. Estaba siendo más incauta de lo que había sido nunca en sus veintisiete años. Y había visto suficientes películas y casos en Investigation Discovery como para saber que ese tipo de cosas acababan con la chica violada y asesinada en una vía boscosa y poco transitada.
Rin se estremeció y tragó grueso cuando él ajustó la puerta con un golpe seco. Si sus padres llegaban a enterarse de lo que estaba haciendo, la matarían. Pero antes, sus hermanos la torturarían a punta de ejercicios y "dietas milagrosas".
— ¿Adónde vamos? —repitió en un modulado tono educado luego de que él pusiera en marcha el auto, tratando de controlar el pánico creciente.
Sesshomaru sólo apretó el volante y frunció más el ceño, sin apartar los ojos de la carretera; ignorándola olímpicamente. Empezaba a caer una suave llovizna de nuevo y Rin se puso de los nervios. Y estar tan cerca de él en aquel reducido espacio a media luz, que olía tan maravillosamente a él, no ayudaba. Aceleraba aún más su corazón. Sentía una mezcla de pánico y anticipación… ¿Anticipación a qué? Tampoco tenía idea, pero era más pánico, concluyó.
Varios minutos después se detuvieron en un semáforo, y él continuaba sin decir ni una sola palabra. Rin tomó una honda inhalación y lo miró de reojo, diciéndose que realmente no parecía peligroso, pero...
— Me estás asustando, ¿sabes? —le confesó en un suave susurró.
Esto pareció encender algún tipo de alarma interior en él, porque inmediatamente la miró. Sesshomaru lucía impasible, cómo si ella le estuviese hablando del clima, pero de pronto, soltó un imperceptible y largo suspiro. La sinceridad y nobleza de sus ojos marrones lo desarmó.
— Jamás te haría daño, Rin.
— Eso me has dicho pero, ¿cómo podría yo saberlo? A decir verdad, apenas te conozco. —Sacudió suavemente la cabeza— No sé mayor cosa de ti.
— Te he dicho que puedes preguntar lo que desees —le recriminó, poniendo en marcha el auto con un suave ronroneo de motor.
Sí, pero a cambio de que le confesara lo mismo sobre ella. Y Rin sentía que tenía mucho más que perder que él en este jueguito.
— Pues te he hecho una simple pregunta dos veces, Sesshomaru, y sigo sin obtener una respues...
— ¿Te gusta la comida italiana, Rin? —le atajó.
— ¿Pizza? —gimió con una mueca, pensando inmediatamente en su bonito vestido. En definitiva, no era un vestido para una pizzería.
Sesshomaru le lanzó una dura mirada de soslayo y espetó:
— La pizza no es comida italiana.
— Para mí sí —dejó escapar. Al igual que la lasaña y los deliciosos espaguetis napolitanos que preparaba Bankotsu para los cumpleaños de mamá.
— Eso que tú conoces como pizza, es americana —frunció el ceño ligeramente al tiempo que giraba limpiamente en una esquina—. Me refiero a verdadera comida italiana.
Y Rin tuvo que apretar los labios de nuevo, pero esta vez fue para no reírse de él. Parecía tan quisquilloso, con sus ropas hechas a medida perfectamente planchadas y con cada prenda haciendo juego. Siempre tan impecable y elegante. Nada estaba fuera de lugar en su aspecto, hasta el impoluto interior de su auto distaba mucho del barullo que eran los autos de sus hermanos. Era tan meticuloso... Incluso en la cama.
Sesshomaru había besado concienzudamente cada parte de su cuerpo, y no había quedado conforme hasta que no estuvo totalmente satisfecha. Esa noche, Rin terminó con la frente apoyada en su hombro y las piernas flácidas enrolladas en sus afiladas caderas; sin fuerzas. Sus pechos mojados y sensibles se habían aplastado al de él una y otra vez con cada esfuerzo mutuo por respirar. Su aliento le había hecho cosquillitas en el cuello.
No sabría decir si habían sido horas o sólo minutos los que permanecieron así en la bañera con jacuzzi de la suite, hasta que Sesshomaru empezó a dejar un reguero de besos, como toques de rosas, en su hombro y cuello. La acomodó entre sus piernas, con la espalda pegada a su pecho, y Rin se había dejado hacer como una muñequita de trapo.
Su pecho fue un refugio calentito y seguro después de semejante vorágine de emociones, y poco a poco, el cansancio se apoderó de ella. Entre sueños, había sentido esas manos grandes y fuertes merodeando por sus piernas, frotando sus pechos y hasta palpando entre sus muslos, enjuagándola con minuciosidad mientras compartían una silenciosa y apacible complicidad.
Sesshomaru había masajeado sus hombros y su cuero cabelludo, de la misma forma cadenciosa y erótica que minutos atrás. Y también le había murmurado algo al oído en aquel idioma extraño. Finalmente, la había secado y llevado en brazos hasta la cama con sumo cuidado. La arropó y ajustó la calefacción de la suite para que no sintiera frío.
Sólo entonces Rin comprendió que, si Sesshomaru de verdad tuviese alguna intención de hacerle algo malo, de violarla o secuestrarla o algo por el estilo, hubiese podido hacerlo otrora, cuando no era más que una masa felizmente saciada. ¡Y, por Dios, que habría sido cien mil veces más fácil que raptarla en un coche de alta gama en el centro de Kioto! Pero en lugar de eso, él había sido increíblemente tierno esa noche. En ningún momento se había sentido insegura. Por el contrario, se sintió amada y protegida.
— Lo que quieras está bien —dijo más tranquila, con una pequeña sonrisa y un tenue sonrojo.
— ¿Mejor? —Sesshomaru leyó el alivio en sus grandes ojos color chocolate como si fuese un libro abierto.
— Un poco —admitió sin dejar de sonreírle.
Poco a poco la pesada atmósfera empezaba a disiparse. Además, le gustaba cuando Sesshomaru le contaba detalles aparentemente insignificantes sobre él, de sus gustos. Le ayudaba a armar pieza por pieza el rompecabezas en el que se había convertido aquel desconocido gigoló para ella. Ahora sabía que le gustaba la comida italiana. Genuina comida italiana. Y para no dejar morir la charla, se fue por una pregunta segura:
— ¿Qué tal tu día? —Aunque lo que en realidad quiso decir fue: ¿con quién te viste anoche? ¿Lo disfrutaste? Y otras tantas cuestiones incomodas e íntimas. Pero no lo echaría perder con eso.
Sesshomaru frunció el ceño tan imperceptible y fugazmente, que por un segundo creyó haberlo imaginado.
— Normal —fue su escueta respuesta, en un tono que no dejaba entrever nada.
Rin apretó la cartera sobre sus piernas.
— Bueno, un día normal para mí puede ser sentarme a ver Netflix por horas en el sofá, o dormir. Pero no tengo ni la más remota idea de lo que es un día normal para ti. Sigues respondiendo a medias, Sesshomaru —le acusó con sus bonitos ojos entornados, a la defensiva. Él la evadía.
— Quieres discutir, ¿es eso? —espetó, y frenó bruscamente justo a tiempo cuando un semáforo cambió a rojo.
Los neumáticos alcanzaron a derrapar en el pavimento a medio congelar y Rin contuvo el aliento. Pero esto no fue suficiente para amilanarla ni hacerle perder el quid de la cuestión.
— No. Sólo quiero que respondas a mis preguntas. Tú propusiste este juego.
— Estuve trabajando todo el día, Rin —gruñó de mala gana viendo fijamente el parabrisas.
Rin se tensó, escuchando la forma exacta en que algo se quebró en su interior, seguido de un dolor sordo que se extendió por todas partes. Habría preferido arrancarse la lengua y no haber preguntado. Fue como recibir un batazo justo en el estómago y quedó, literalmente, noqueada el resto del camino.
Sesshomaru se negaba a verla aunque fuera de soslayo. Tenía las fosas nasales dilatadas y parecía que fuese a romper el volante del auto. El semáforo cambió a verde, y Rin tragó grueso al darse cuenta de que parecían un viejo matrimonio con muchos, muchos problemas, y no una pareja en una primera cita. Claro que ellos tampoco eran una pareja. Ni esto era una cita normal. Era una cita de despedida, se recordó. El adiós para siempre.
Con los ojos empañados, miró por la ventana y apretó más fuerte la cartera. Parpadeó rápido para disipar las lágrimas, pero era casi imposible. Él no sólo había trabajado anoche sino también esa misma tarde. Y le parecía inconcebible e inmoral estar teniendo una cita con alguien que acababa de darle un revolcón a otra, independientemente que hubiese sido por dinero o no. ¡Y él había estado a punto de besarla! A saber dónde habría tenido la boca un par de horas atrás.
Y dolía demasiado. Muchísimo.
Limpió disimuladamente una lágrima que amenazaba con caer e hizo un adorable puchero con su boquita de piñón, queriendo ir a casa. Era miércoles, así que mamá y papá debían estar cenando en el restaurante de Bankotsu, junto con Suikotsu y los primos que trabajaban allí. Y deseó con todas sus fuerzas poder teletransportarse allá. Se los imaginó sentados en una de las mesas del fondo con la usual algarabía. Bankotsu le serviría una ración doble del postre insignia de chocolate y vainilla del restaurante, como siempre, mientras Suikotsu la sermoneaba con el conteo de las calorías y de cuántos kilómetros debía correr para quemarlas.
Pero no. En lugar de eso, estaba en un coche de lujo pagado con 'dinero fácil' (posiblemente dinero suyo, también), en compañía de un hombre que le aceleraba el corazón con sólo escuchar su voz, y del que ni siquiera sabía su apellido. Un hombre que posiblemente nunca sería suyo en exclusiva.
"Sé que ve a otras, y no me importa. Es su trabajo, no puede evitarlo…", había dicho Ayame. ¡Pues a Rin sí que le importaba! "¡¿Para qué querría verlo fuera de la habitación, si sé que joderá mi vida?!" ¡Cuánta razón había tenido! Y cuán estúpida había sido Rin al hacer oídos sordos.
— ¿Rin?
La joven pegó un salto hasta el techo con un sonoro respingo. Y sólo entonces notó que el auto no se movía. Lo miró, encontrándose con sus ojos dorados velados, fríos. Y supo que él pilló al vuelo sus ojos empañados.
Rin desvió la mirada, detallando el estacionamiento medio lleno de un restaurante italiano pequeñísimo pero que, al igual que el auto y todo lo que él usaba, se veía costosísimo. Y no pudo evitar sentirse asqueada. Asqueada consigo misma, no con él. Por más que lo intentara, jamás podría sentir genuina y arraigada aversión o repulsión hacia él. Aunque se hubiese tirado a otra minutos atrás. Sólo dolía. Dolía cómo el infierno.
No lo juzgaba, de ninguna manera, y jamás lo haría, pero… la hacía sentir sucia, tan sucia como si, de alguna forma indirecta fuese su proxeneta y lo obligara a prostituirse, aprovechándose del dinero que ganaba vendiendo su cuerpo. Un cuerpo que debía esforzarse para mantener en forma, como su herramienta de trabajo. Sin mencionar que no podía sacarse de la cabeza qué clase de trato recibiría él por parte de sus clientas o hasta de la misma The Agency.
Así las cosas, jamás podría aceptar libremente una invitación de él, ni siquiera un simple detalle porque mientras su ex publicaba poemarios para subsistir, Sesshomaru daba memorables polvazos a mujeres tan necesitadas, como ella y sus amigas.
— ¿Por qué mejor no vamos por una pizza? —titubeó, tratando de esbozar una sonrisa tan convincente como le fue posible—. Cr-creo que no tengo mucha hambre. —Y era verdad. Tenía nauseas. Sentía como si le hubiesen trancado la garganta.
Sesshomaru frunció el ceño y crispó el labio superior. Su mirada fue tan colérica, que Rin instintivamente se echó para atrás en el asiento. Podía jurar que sus ojos brillaban en medio de la luz mortecina del estacionamiento. Y sabía que posiblemente lo había ofendido de nuevo. Lo había herido, pero… ¡Dios, era tan difícil!
— No me gusta la pizza —siseó él con los dientes apretadísimos, y estuvo segura de que no fue eso lo que quiso decir, sino algún tipo de orden implacable.
Rin lo miró suspicaz.
— ¿No? —No podía concebir que existiera alguien en el mundo a quien no le gustara la pizza. Sólo estaba siendo testarudo para salirse con la suya—. ¿N-no te gusta la pizza? —repitió al ver que él permanecía estoico. Sesshomaru negó con un único y parco movimiento de cabeza, mortalmente serio. Rin abrió la boca—. No lo creo. Eso es porque no has probado la que hace mi hermano.
— ¿Tiene una pizzería? —ladró Sesshomaru enarcando una ceja, como si una pizzería fuese un templo sacrílego.
— ¡No! —Sacudió las manos en alto—. E-el del restaurante es Bankotsu. El de la pizza es el mayor. Es homeópata y está… está obsesionado con eso de las dietas saludables, pero adora las pizzas —parloteó, gesticulando exageradamente con las manos. Adorablemente nerviosa.
Tan adorable que Sesshomaru no podía apartar los ojos de ella y de su boquita de piñón, abriéndose y cerrándose. Tentándolo. Pero sólo guardó silencio, dejándola hablar, hablar y hablar. Aunque en el fondo no hacía más que idear formas de cómo detenerla: un beso robado, una caricia prohibida, un susurro atrevido al oído, una lamida en…
— Es tan paradójico como… como un asesino a sueldo que, de repente, ¡quiere ser doctor! —prosiguió Rin, completamente ajena al hilo ardiente de sus pensamientos. Soltó una de sus risitas de campanilla que lo hizo vibrar. Y endurecer más, también—. Se lo dije un día, ¡y se puso histérico! Y para demostrarme que estaba equivocada, se inventó una pizza baja en calorías, sin gluten, con tofu, carne vegana y verduras cien por ciento orgánicas de la huerta de mamá.
— ¿Carne vegana? —repitió con un asomo de curiosidad.
— Ajam —asintió con la cabeza, pero antes de poder añadir algo más, Sesshomaru bajó del auto.
Cuando le abrió la puerta y le tendió la mano para ayudarla a apearse, enarcó una ceja, alentándola a continuar. Rin aceptó su mano un tanto aturdida, y él la apretó con una pizca más de fuerza de la necesaria, complacido de que hubiese caído en su juego.
Rin se estremeció ante su roce, devolviéndole el apretón por mero impulso.
— N-no es carne realmente —respondió, aleteando sus bonitas pestañas en un intento por salir del sopor. Pero no ayudaba mucho que él continuara mirándola así, como si en cualquier momento fuese robarle un beso—, sólo… soja texturizada, o algo así. Dice que su pizza tiene menos calorías que un rollo de sushi, ¿puedes creer? —Por supuesto ella no le dio tiempo de responder—. Papá cree que es una aberración de pizza, obviamente, pero es riquísima —se excusó con una tierna sonrisa, mientras él continuaba aprovechándose de su incesante parloteo nervioso para conducirla al restaurante.
Pero Rin, que no tenía un pelo de tonta, frenó en seco y se soltó de su agarre, muy seria. Vio la entrada del restaurante con aprehensión y luego a él, visiblemente mortificada. Había captado su juego un poco tarde pero no daba su brazo a torcer tan fácilmente.
— ¿De verdad… no te gusta la pizza? —dijo casi en una súplica.
Y Sesshomaru se preguntó si habría alguien capaz de resistirse a esos ojos marrones grandes y suplicantes. No eran azules de muñeca ni verdes enigmáticos, pero los había detallado lo suficiente como para afirmar que podía hallar desde el chocolate oscuro hasta el pardo ocre en ellos. Y también más luz y pureza de la que había visto jamás en un par de ojos.
— No, Rin —espetó en un tono rotundo que no admitía replica—. Y ya hice una reserva aquí.
Rin dejó escapar un suspiro de derrota.
— Entonces, está bien.
Bien, si no podían cenar en otro lugar menos costoso, pagaría su parte a como diera lugar, aunque él se pusiera furioso y la asesinara con una de sus miradas de ultratumba. Eso la haría sentir menos culpable; menos sucia. Andaba algo corta de dinero, más que corta, pero planeaba compensar a su cuenta de ahorros con un suculento aumento de sueldo después de fin de año. El próximo año sería de austeridad y ahorro, se juró.
Sesshomaru, sabiéndose ganador, le ofreció su brazo, e inevitablemente Rin esbozó una dulce sonrisa. Era imposible resistirse cuando él la observaba con esos preciosos ojos dorados, tan intensos, y mucho menos cuando lucía tan gallardo con su look de estrella de cine. Refrenando el impulso de echarse a sus brazos, aceptó su brazo.
La lluvia había cesado, pero el cielo continuaba encapotado y la temperatura había descendido un par de grados más. Rin tembló cuando una ráfaga helada sopló en dirección contraria a ellos, obligándola a arrebujarse en su abrigo. Unos cuantos copos traviesos se anidaron en sus cabellos, mientras Sesshomaru reprimía el impulso de pasarle un brazo por los hombros y acercarla protectoramente a su pecho. Maldijo en su fuero interno y apretó los puños para contenerse. Ya la estaba presionando demasiado, llevando la cacería al límite, y no quería que su preciada presa huyera a esconderse en una madriguera donde no pudiese alcanzarla.
Le haría creer la ilusión de tener un mínimo control, si eso la tranquilizaba y conseguía que lo siguiera a donde él quisiera. Al mismísimo infierno si así lo deseaba.
Caminaron rápido al restaurante y esperaron en el vestíbulo frente al atril del maître. Una chica se acercó para tomar sus abrigos, y Sesshomaru no perdió tiempo en ayudar a Rin con el suyo. Muy despacio, se tomó la libertad de deslizar la yema de los dedos por su cuello y la piel de sus hombros que el escote del vestido dejaba al descubierto. Apenas rozándola mientras le bajaba el abrigo por los hombros. Trazó las siete pecas doradas, y deseó poder hacer a un lado el vestido hasta encontrar la octava, tan sólo un par de milímetros más abajo.
Rin se estremeció con un delicioso ruidito, mitad sorpresa mitad gemido, y él aprovechó para apartarle el cabello y plantar un húmedo y prolongado beso justo donde su pulso latía frenético. Ella no se movió, dividida entre apartarse, o cerrar los ojos y disfrutar de sus caricias.
Sesshomaru esbozó una media sonrisa retorcida.
— Estás temblando otra vez —le susurró. Y el choque de su aliento contra su piel la hizo estremecer de nuevo—. ¿Tienes miedo, Rin?
Valiéndose de las mangas del abrigo, Sesshomaru apresó sus brazos atrás. Rin sólo emitió un suave jadeo, que fue como música para sus oídos y envío un ramalazo de deseo directo a su entrepierna. Tensó un poco el agarre para obligarla a entrar en su juego erótico de poder; para hacerla sentir atrapada y vulnerable, expuesta para él. Sesshomaru enterró el rostro en su cuello, y usando sólo la punta de su nariz trazó la línea desde detrás de la oreja hasta el borde del vestido, olfateándola. La tela color ciruela ofrecía un bonito contraste con su piel de alabastro ligeramente nacarada.
Le parecía que había pasado una eternidad y no sólo dos meses desde la última vez que la tuvo así. Tan cálida, tan dispuesta. Tan suya.
— Me gusta tu olor —dejó escapar sin filtro en un murmullo ronco contra su oído, totalmente aturdido. Ni siquiera fue consciente de haberlo dicho en japonés hasta que escuchó su propia voz.
Sólo ella podría provocarle algo así. Nadie más. Su olor era tan maravilloso como lo recordaba. Y su entrepierna dio un doloroso tirón que lo hizo apretar los dientes para contener un gemido ronco de pura y cruda lujuria. El deseo que ardía en sus venas por esa pequeña y testaruda mujer superaba cualquier asomo de cordura. Había fantaseado interminables horas con arrancarle la ropa y volver a perderse en su aroma a vainilla y jazmín, y a sexo; evocándola hasta en sus sueños más secretos, al punto de sentirse al borde de perder el control.
La sintió derretirse contra su pecho con un quedo suspiro, y supo que sólo necesitaría un ligero empujón para tenerla a su merced, rendida a sus caricias y suplicándole por más. Igual que hacía dos meses. Él sabía exactamente cómo hacerlo. Conocía qué le daba más placer y la forma adecuada de hacerla explotar y gritar tan fuerte que sacudiría sus almas. Sería tan fácil como entonces.
Estaba absolutamente seguro de que su dulce Rin se sentía tan irremediablemente cautivada por él, como él lo estaba por ella. Sin embargo, el maître apareció finalmente y, maldiciendo en su fuero interno, Sesshomaru se apartó de ella. Debían comer antes del postre, se recordó sonriendo malvadamente como un lobo hambriento.
Terminó de quitarle el abrigo, sin ver la hora de sacarla de allí, llevarla a su casa y encadenarla a su cama hasta el alba. No podía aguantar más. Sería esta noche. Ya podía saborearla.
Le entregó los abrigos a la abochornada chica que fingía no verlos, y Rin sólo soltó un profundo y tembloroso suspiro sin levantar la vista, con un bonito sonrojo extendiéndose desde su rostro hasta debajo del escote. Y Sesshomaru sabía también hasta donde llegaría ese sonrojo: unos cuantos centímetros más abajo del diminuto lunar marrón en el nacimiento de su pecho izquierdo.
— Bienvenido, signore —dijo el maître con una inclinación de cabeza, e hizo lo mismo con Rin—. Signora.
Rin respondió con una apabullada sonrisa, reparando en que el maître no se molestó en comprobar el nombre de Sesshomaru en la lista de reservas, ni tampoco el número de la mesa antes de guiarlos al interior a través de unas cristaleras grabadas a mano.
El comedor no era demasiado grande, apenas y cabían no más de quince mesas. Pero a juzgar por la apariencia de los comensales, aquel detalle lo hacía aún más exclusivo. El sitio tenía un aspecto un tanto añoso, pero era cálido y acogedor a la vez. La iluminación tenue de las velas, las rusticas paredes de arenisca blanca y el techo abovedado tallado daban la impresión de estar en el pequeño comedor de una villa italiana. Los centros de mesa eran sencillos ramos de flores de invernadero y velas de aceite, y las paredes estaban adornadas únicamente con candelabros y viejos azadones y rastrillos de metal sin mango. Muy original y hogareño.
El maître los guio por una escalera lateral de madera tallada a un costado del comedor, que llevaba a un espacio privado en el segundo piso. Y Sesshomaru mantenía una mano puesta en la espalda de Rin, demasiado abajo para parecer el contacto de un simple amigo. ¡Se estaban comportando como una pareja de amantes! Y el mero pensamiento hizo que le temblaran las piernas.
La sensible piel de su cuello aún ardía por sus caricias atrevidas y malvadas, y sentía una vergonzosa humedad en sus partes íntimas que delataba cuán clavada estaba por ese hombre.
Sin lugar a dudas Sesshomaru era un maestro en el refinado arte de la seducción, y estaba moviendo bien sus fichas. Lo justo para mantenerla temblorosa y anhelante. Y saber esto, en lugar de hacerla retroceder y huir a Tokio en el primer vuelo, le añadía más leña al fuego que ardía en su vientre. Mantenía su cerebro al vilo, tratando de predecir su siguiente movimiento. Y todos sabemos que al cerebro humano le excita predecir cosas; es su pasatiempo favorito.
Sesshomaru no se limitaba sólo a seducir su cuerpo, no. Era un todo un profesional que se metía en su cabeza. Era un hombre peligrosísimo. Más de lo que imaginó. Peor aún: él mismo sabía cuán devastador podía llegar a ser, aunque no se ufanara de ello. Y eso lo hacía más peligroso.
Debía andarse con cuidado. "Has venido sólo a decir adiós, Rin. Cortar de raíz", se dijo mordiéndose el labio. Permitió que la condujera por un pasillo de techo arqueado con molduras de yeso y columnas de mármol hasta una única puerta de madera, que el maître abrió para ellos. Paseando la vista por el interior del recinto privado, Rin no pudo más que hacer cuentas mentales de cuánto le costaría la cena.
De las blancas paredes ya no colgaban azadones, sino clásicos oleos de la campiña italiana en marcos dorados, y en el centro de la estancia había una única mesa redonda estilo barroco. A su derecha, una chimenea de piedra llenaba el recinto de calidez, y una enredadera de buganvilias se extendía por toda la pared en torno a ésta.
Un par de limoneros, un arbusto de enebro, fragantes romeros y salvias, sembrados en varios tiestos de terracota bien distribuidos, llenaban el ambiente de aromas y colores, dando la sensación de haber atravesado algún portal mágico hasta el corazón de la cálida Toscana, pese al frío invernal que azotaba la ciudad afuera. Los limoneros en dos enormes tiestos flanqueaban una cristalera que daba al balconcito. Y Rin contuvo el impulso de acercarse al vitral de la cristalera, una magnifica composición de un olivar bañado por el sol del mediterráneo, para pasar los dedos por el vidrio teñido de verde de los olivos. ¡Era bellísimo!
La araña de metal negro y cristales ámbar que colgaba del centro del techo derramaba una luz tibia sobre las paredes, arrancando bonitos colores al vitral. Y algunos candelabros de pared a juego con la mesa contribuían a recrear el ambiente romántico y de ensueño, como si estuviesen en la terraza de un viejo castillo italiano, dejándola tan maravillada que perdió el hilo de las cuentas que tan diligentemente había empezado a hacer. Algo que jamás, jamás le había ocurrido.
De pronto, la voz profunda de Sesshomaru justo en su oído la sobresaltó, haciéndola vibrar.
— ¿Es de tu agrado, Rin?
Volvía a estar tras ella, respirando justo en su cuello. Y sólo entonces notó que él había despachado al maître y se habían quedado completamente solos. Su corazón latía tan frenético que, cuando Sesshomaru le puso las manos en la cintura, estuvo segura de haber sufrido un pequeño infarto. La atrajo con un firme movimiento, pegándola a sus caderas.
— Si no lo es, puedo llevarte a otro lugar —ronroneó despacio, con esos pecaminosos labios pegados a su oreja. Fue como si hubiese depositado suaves besos en su piel mientras hablaba.
— M-me gusta —masculló con los ojos fijos en el vitral, paralizada, sabiendo que no se refería exactamente a otro restaurante. Podía sentir algo durísimo presionando justo entre sus nalgas.
La llevaría a su casa o a un hotel, y casi estuvo tentada a decirle que sí, que sí a lo que deseara. Que la llevara con él al fin del mundo, si quería. Rin empezaba a sospechar que no tenía la suficiente fuerza para contrarrestar sus avances. Y qué Dios la ayudara porque contra toda lógica, ya no creía poder resistirse si él intentaba algo esta noche.
Toda la ansiedad y esa energía nerviosa acumulada durante horas y horas habían explotado en una creciente excitación alentada por su descarada seducción. ¡Y estaba perdida!
Lo sintió esbozar su sonrisa retorcida contra su piel, como si supiera exactamente los estragos que causaba en ella. Pero el muy malvado acató sus palabras, como siempre, y la guio a la mesa con esa atrevida mano puesta un poco más abajo que antes, con la punta de los dedos rozando la suave curva de su trasero. Jugando con su cabeza de nuevo.
La ayudó a sentarse, y ella permaneció con la vista clavada en los tupidos ramilletes de geranios rojos y hortensias rosadas en el centro de la mesa. El maître se anunció entonces, trayendo una botella de vino tinto que Sesshomaru inspeccionó antes que el hombre la abriera y sirviera el líquido del mismo color de la sangre en un par de copas de cristal tallado.
Sesshomaru examinó el color y la textura del vino antes de olerlo y, finalmente, degustarlo. Rin lo observó con suspicacia. Había visto a un puñado de sus compañeros fanfarronear con ese acto para hacerle la pelota a los jefes en las cenas de la farmacéutica. Era un truco que, si no lo sabían llevar, podría ponerlos en ridículo. Pero a diferencia de sus jefes, Rin no tenía el conocimiento para pillar a Sesshomaru con las manos en la masa.
Sesshomaru intercambió un par de palabras con el maître referentes a la denominación de origen, la reserva y otros conceptos que no logró pillar. El maître pareció tan gratamente sorprendido por el hecho de que él estuviese a gusto con el vino y que fuese un auténtico conocedor, que se explayó en una corta descripción del viñedo y las uvas de ese vino en particular.
Rin, por su parte, no dejaba de pensar que Sesshomaru parecía demasiado refinado para ser sólo un gigoló. Incluso hablaba cinco idiomas además del japonés. Nadie que conocía, a parte de él, hablaba tantos idiomas. Ni su antiguo jefe, que a duras penas medio hablaba inglés. Todo alrededor de Sesshomaru era demasiado, demasiado sospechoso. Había gato encerrado. Sesshomaru era una cajita de sorpresas esperando ser abierta.
O tal vez, una caja de Pandora que Rin no debía abrir nunca.
— ¿Le gusta, signora? —preguntó amablemente el maître.
Rin volvió la vista a él, parpadeando rápido. Por un instante, su aturdida cabeza llegó a creer que se refería a Sesshomaru. Luego captó que hablaba del vino y no de él, y sonrió a modo de disculpa.
— Aún no lo pruebo.
Bebió un pequeño sorbo sin ninguna pantomima, sólo lo saboreo brevemente y lo tragó. No sabía absolutamente nada de vinos y mucho menos hacía alarde de tener un paladar exquisito, y era demasiado honesta para fingir sólo con el fin de impresionar a Sesshomaru. Eso no iba con ella. En cambio, sonrió cálidamente al hombre que aguardaba expectante, y él pareció muy conforme con eso. Y Sesshomaru también.
Rin dejó la copa sobre la mesa, alejándola un poco. El vino estaba algo fuerte para lo que era capaz de tolerar. Y si Sesshomaru trastornaba su cabeza en sano juicio, no quería ni imaginar lo que pasaría si añadía alcohol a la ecuación. ¡Boom! Además, recordaba muy bien lo que pasó la última vez que bebió de más. Se estremeció nada más de recordarlo.
Una vez a solas, Rin clavó la vista en la carta, evitando los ojos de Sesshomaru, aunque podía sentir esa mirada clavada de lleno en su rostro. Tras varios minutos, se mordió el labio inferior frustrada. Todo estaba en italiano, y lo único que entendió fue spaghetti y la palabra mágica gelato. Y el que nada tuviese precios no le dio buena espina. Lo hacían, o bien para no escandalizar a los comensales, o porque a los comensales les importaba un bledo el precio.
— ¿Qué me recomiendas? —dijo levantando finalmente sus grandes ojos hacia él con una sonrisita tímida.
— ¿Cuenta eso como una pregunta?
Rin desencajó la mandíbula.
— Te ayudo con la carta —explicó impasible— y me debes una pregunta.
— ¡Por supuesto que no! —reviró con una de sus risitas musicales—. Cuenta sólo como un favor hacia una pobre alma que cree que la pizza es comida italiana.
Su sonrisa era pícara, pero aleteó inocentemente las pestañas. Y Sesshomaru apenas y pudo contenerse para no saltarle encima y servirla de cena sobre la mesa. Lo cual sucedería muy pronto, si ella continuaba sonriéndole así. Rin irradiaba luz, justo desde el fondo de su alma transparente.
— Además, creo que después de todo lo que te he dicho hoy, me debes unas cuantas respuestas.
— De ninguna manera, Rin.
— ¡Oh, por favor! Sabes más de mí, de lo que yo sé de ti. ¡Admítelo!
Sesshomaru esbozó esa sonrisa lánguida y depredadora que nunca llegaba a sus ojos, y eso bastó como confirmación. Y no parecía ni un pelín culpable, más bien satisfecho y calculador. Rin le torció el gesto.
— Te ayudaré —dijo él por fin. Rin le sonrió ampliamente, agradecida—. Pero no hago nada gratis, Rin.
Sesshomaru se inclinó sobre la mesa, taladrándola con esos fieros ojos ámbar de depredador. El corazón de Rin se saltó un latido.
— ¿Qu-qué quieres? —masculló, recelosa de nuevo.
Si pensaba pedirle un beso o algo más íntimo, iba listo. Lo dejaría con un palmo de narices y se largaría a casa. ¿Qué se creía ese granuja seductor?
Pero Sesshomaru sólo acentuó su sonrisa fría y macabra. Y Rin sintió como si dijera: "Tu alma". Su respiración se tornaba más y más superficial tras cada segundo de silencioso duelo de miradas, y él parecía extender el tiempo adrede, disfrutando de lo que sea que causara en ella. Alimentándose de ello el muy canalla.
— Tu número.
Eso la descolocó por unos segundos, pero logró recomponerse.
— No.
— ¿Por qué no? Te daré el mío —siseó en tono en extremo cordial; más bien escalofriante.
— ¿No puedes hacer un favor desinteresadamente?
— No.
— Bien —chasqueó con una mueca, erigiendo la carta entre los dos como una muralla.
Sesshomaru se arrellanó en su silla y bebió un sorbo de vino, disfrutando de su pequeño berrinche, sabiendo que no estaba realmente enojada. Si lo estuviera, se habría largado. O al menos lo habría intentado, porque él aún tenía un par de ases bajo la manga para atraparla y retenerla. Rin no se le escaparía esta noche.
Pasados algunos segundos, Sesshomaru hizo su siguiente jugada:
— Una pregunta. —Rin bajó la carta lo suficiente para que él viera sus ojos y su ceño fruncido—. Una pregunta libre de reglas.
— ¿Quieres decir…?
— Un comodín. Responderás sin importa qué y sin que yo tenga que hacerlo de vuelta.
— No —zanjó bajando del todo la carta y echándose para atrás en la silla—. Puedes preguntarme algo muy personal, como mi número —tildó, enarcando una ceja—; o mi dirección o mi Facebook. Y yo seguiría sin saber un montón de cosas sobre ti.
— ¿Tienes Facebook?
— Sí.
— También —precisó, dejándole en claro que ésa no había sido su comodín. Muy listillo—. ¿Aceptas?
Rin lo miró desconfiada, dudando y dudando. Tan cautelosa como un conejito asustado asechado por un zorro astuto.
— Sólo si no es nada personal.
— Sin reglas, recuerda.
— Eres un arrogante, ¿lo sabías? Y un presumido. —Sesshomaru se cruzó de brazos, con su arrogante expresión de francamente-querida-me-importa-un-bledo—. ¡Está bien!, pero no responderé ni teléfonos, direcciones, e-mails, ni redes sociales —precisó diligente.
— Tampoco código postal —dijo secamente y dio un sorbo a su copa, sentado en su trono de emperador.
— No es gracioso —hizo un mohín altanero.
Entonces, Sesshomaru finalmente se apiado de ella y procedió a recomendarle algunos platos. Como si les leyera el pensamiento, un mesero apareció para rellenar sus copas y tomar sus pedidos justo a tiempo. De entradas, ordenaron bruschette con ensalada pantesca, y para el primer plato Rin pidió risotto con boletus y él, el rigatoni quattro formaggi especial de la casa, con una mezcla de Fontina Val d'Aosta, parmigiano reggiano, gorgonzola dolce, y taleggio, acompañado de una ensalada de escarola.
Para el segundo plato, Rin prefirió no arriesgarse y ordenar lo mismo que él: tagliata di manzo con la rucola, grana e aceto balsámico, que eran, según Sesshomaru, finas rodajas de carne de res aderezadas con vinagre balsámico, rúcula y queso. Y Rin no necesitó de un traductor para pedir gelato al cioccolato cien por ciento artesanal para el postre. Sesshomaru no ordenó postre.
— ¿No te gustan los postres? —preguntó como si fuese un crimen de Estado, cuando el mesero los dejó a solas.
— No.
— ¿Ni siquiera el chocolate?
— No, Rin.
Rin abrió mucho los ojos, y luego los entornó, perspicaz.
— La otra noche comiste fondue —le acusó.
Los ojos de Sesshomaru se oscurecieron, y por la mente de Rin pasaron las mismas imagines que seguramente pasaban por la suya: los dos compartiendo fresas y chocolate suizo sobre sus cuerpos desnudos y sudorosos.
Sesshomaru deslizó su mirada ardiente por toda ella, demorándose un poco más en sus pechos, endureciendo sus pezones hasta que los traidores se notaron aún a través del encaje del sostén y la tela del vestido. Sesshomaru sonrió retorcidamente, muy satisfecho, y dejó en paz sus pechos para clavar esos ojos dorados en los suyos.
— Sólo si es sobre ti —precisó.
Su voz de barítono baja y ronca la acarició como terciopelo oscuro, y tuvo que apretar las piernas para contener el espasmo en su interior, húmedo y palpitante. Sonrojada, apartó los ojos y bebió un gran trago de vino como si fuese agua. Luego cruzó los brazos para ocultarle sus pechos, que se habían endurecido todavía más.
— ¿Por qué mentiste esa noche, Rin?
Rin parpadeo descolocada, sin atreverse a verlo aún.
— ¿D-de que ha-hablas?
— ¿Quién es Scarlett O'Hara-21, Rin? —le atacó por sorpresa, de frente y sin trinchera.
Rin levantó la mirada hacia él, y palideció. Le pareció que su determinación era tan aterradora como su cólera.
— Ésa es mi pregunta sin reglas, Scarlett —dijo casi restregándole aquel mentado nombre.
Aclaraciones:
1. Elinor Ostrom: fue la primera mujer en ganar el premio Noble de Economía. Fue economista, politóloga y maestra de universidad, y sus trabajos en el área de los bienes comunes son muy útiles y reconocidos. Casi en todas sus biografías dicen que tartamudeaba cuando era joven, y que logró superarlo con mucha determinación.
2. Wacdnald: Es el lugar donde Kagome y sus amigos de la escuela van a comer hamburguesas en la serie.
3. Sí, Aston Martin otra vez. ¿Alguien tiene un problema con eso, eh? Porque yo sí, jajaja. ¡Tengo un problema serio con ese fabricante! XD ¡Creo que amo sus autos! ¿Ya les he mencionado que mi USB es el DB9 de Bond y le alumbran las pequeñas farolas cuando la conecto al PC? :3 . Lo sé, estoy obsesionada con Aston Martin, pero es una sana obsesión de fangirl. Así que supongo que serán un sello personal en mis fics… Y esta vez el elegido para Fatum es un bellísimo Vanquish S negro ultramarino, en lugar del One-77 de super-millonario-me-importa-un-#$&%#-botar-el-dinero, como el de Ishinomori en NP :P
Hola chicas y chicos,
Como siempre, antes que nada mil gracias por pasar y leer, por comentar, agregar la historia a alertas, favoritos. ¡Gracias infinitas! También aprovecho para desearles un feliz y próspero año nuevo. Que todos sus deseos se cumplan y sus sueños se hagan realidad. ¡Besos y abrazos para todos!
Ahora sí, luego de un fin de año algo accidentado, por fin logré terminar el capítulo 7. ¡Espero que lo hayan disfrutado! Fue un capítulo un poco intenso pero, ¿qué esperaban con semejante nombre? XD Pero la cena apenas está comenzando, chicas. Y después de la pregunta sin reglas de Sesshomaru, posiblemente saldrá a la luz uno que otro secretito.
También, empezamos a bosquejar la verdadera personalidad de Rin tras su fachada de eficiente contable, a ver más de esa luz que Sesshomaru captó a primera vista en ella. Pero hasta ahora, lo único que sabemos de él es que su padre no puede ni verlo, que se reunió con InuYasha en el Fatum's el día en que volvió a ver a Rin, que trabaja día y noche con The Agency, y, no menos importante, que no le gusta la pizza XD. Ahh, por cierto, también nos queda claro que es un seductor redomado. Un cazador paciente y mortal, que sabe el momento exacto para lazarse a su presa y...
¿Qué será de nuestra dulce y lista Rin en sus garras? Sería una lástima que otra víbora como el tal Itsuki le hiciera daño, ¿no creen? ¿Tendrá Sesshomaru buenas intenciones con ella? ¿O Rin logrará cortar de raíz y regresar a Tokio sana y salva? Y… ¡¿Rin acompañará a Kagome a la mansión Taisho? ¿Se descubrirá todo en Navidad?
Como siempre, quiero agradecer a mis hermosas chicas del grupo Elixir Plateado en Face, y muy especialmente a Daniela por sus preciosos fanarts y a Mena por sus geniales ideas y teorías. También agradezco a todos los que dejaron un precio review: BloodyP xD (Te entiendo. Marea como una montaña rusa), floresamaabc, Rini4maril, Ishinomori Kuroo (OMG! ¡Te llamas Ishinomori Kuroo! ¿Coincidencia? jijiji. Gracias por leer desde tantísimo tiempo atrás :3 ), Iguazel, karina-andrea, xts'unu'um (Sí, aterra un poco este Sesshomaru. Debe aterrar. ¿Un sexy, hermoso y aterrador loco, tal vez? Jajaja. Y tal parece que está optando por eso de llevarla a la cúspide del placer), Sakura521, , Cath Meow (Me encantaron tus teorías locas (?)… Tienes razón, es un men complicadísimo jajaja), kagura (Mi Girl Power está justo donde debe estar: en mis ovarios bien puestos y no vapuleando a otros. Gracias por leer, Rucky), Kathy s (lamento haberte hecho llorar…), melinna sesshy, Aoi Moss (Imagino que Rin es menuda, como el promedio de japonesas, y tal vez ronde los 55 o 60 kilos. No puedo imaginármela como una amazona de uno ochenta de estatura. Creo que ella es más de otra contextura. ¿Será labial rojo borgoña? Y, ¿mi almohada?), rosedrama (Gracias por unirte a la lectura. Bienvenida a Fatum. ¡Disfrutalo!), bucitosentubebida, Yoselin V, Star fiiree -Lupita Reyes, BABY SONY (Te entiendo. Todos tenemos una vida además de los fics… ¡Animo!), Jazro, Veronika-BlackHeart, SusyChantilly, Tobitaka97 (No te preocupes: no acostumbro a dejar historias a medias. Me tardo un poco, pero logro acabarlas jejeje).
Ténganme paciencia, please. Ya no podré actualizar mensualmente como al principio, así que tardaré mínimo unos tres o cuatro meses en publicar el siguiente. De verás lo siento, chicas.
Un abrazo de oso gigante y nos leemos pronto.
Sammy Blue.
