7
Me di cuenta que había llegado el momento de decirle la verdad a Mandy. Sólo que no sabía de dónde sacaría las fuerzas para hacerlo. ¿Cómo se le explica una cosa así a una niña de cinco años? Era demasiado duro, demasiado doloroso. Quería ser yo quien se lo dijera, por alguna razón. No es que no le tuviera confianza a Martha, pero sentía que tenía esa obligación, que era mi deber hacerlo.
— Sabes cómo me siento respecto a ella, Martha —le dije, tratando de convencerla de que me dejara hacerme cargo—. Quiero… quiero intentar que todo esto sea más fácil para ella. Quiero que Mandy no tenga miedo y pueda seguir haciendo su vida, como siempre.
— A decir verdad… —murmuró Martha, pensativa—. Te lo agradezco. Jamás tuve que decirle a nadie una cosa así y, además, Mandy se siente mejor contigo. Es lo mejor.
No era algo que me alegrara exactamente, pero me alivió. Quería estar con Mandy para poder consolarla y tranquilizarla. Que supiera que siempre estaría a su lado y no la dejaría sola.
Los niños acababan de almorzar, así que el primer lugar al que fui a buscar a Mandy fue el comedor. Y allí estaba, sola, haciendo dibujos.
— Hola —saludé con una sonrisa, a pesar de que tenía un nudo en la garganta.
— ¡Hola, Kari! —dijo ella, también sonriente. Tomó un lápiz rojo y pintó el techo de una deforme, aunque adorable casita.
— ¿Cómo te sientes hoy? —quise saber, besándole la frente. La fiebre ya no aparentaba ser un problema. Luego me senté frente a ella.
— Bien, pero me duele la espalda —susurró, totalmente concentrada en su tarea.
— ¿Y qué estás dibujando? —pregunté, dándome cuenta que iba a ser más difícil de lo que había creído en un principio. Daba rodeos sin saber cómo continuar, cómo explicarle…
— Una casita de muñecas —respondió, levantando el papel para que lo viera.
— Está preciosa —mascullé. Y ya no supe qué más decir. Había llegado el momento de hablar, de sincerarme, de ayudarla a comprender la más terrible verdad… y no podía.
La contemplé mientras seguía dibujando, lejos de las turbaciones que ocupaban mi mente, lejos de imaginar que una horrible enfermedad amenazaba su vida.
— ¿Mandy? —farfullé entonces, obligándome a hablar—. Tengo que decirte algo y quiero que me prestes atención, ¿de acuerdo?
Dejó inmediatamente todo lo que estaba haciendo y clavó en mí sus ojitos azules, esperando.
— Sí.
— Bueno, ¿recuerdas que el otro día en el hospital te hicieron muchos análisis y exámenes? —inquirí, y enseguida me di cuenta que no era la mejor manera de comenzar. Pero, ¿había una, acaso?—. Normalmente, cuando los doctores te hacen esas cosas es para tratar de saber si estás sano o si tienes algo malo.
— No tengo que hacerme todo eso de nuevo, ¿no? —exclamó de repente, asustada. La experiencia no le había resultado grata en lo más mínimo.
— No, al menos no por ahora, cariño —contesté dulcemente, intentando mantenerla calmada desde el principio. Dejaría lo de la biopsia para más adelante—. Pero sí encontraron algo que no les gustó mucho.
Frunció el ceño, sin entender.
— Me temo que tienes una enfermedad que se llama leucemia, Mandy —expliqué lentamente, tratando que fuera procesando la información—. No tienes por qué asustarte —agregué con prisa—. Todo va a estar bien.
Se quedó callada un buen rato. Me pregunté si no había sido muy brusca con ella, si no hubiese tenido que dejárselo a Martha.
— Me voy a curar pronto, ¿no? —dijo, con la vocecita muy baja.
Respiré hondo. Esa era la parte que había odiado desde el principio. No quería darle una respuesta negativa. Aún yo no podía asimilarlo. Era demasiado para Mandy. ¿Cómo explicarle que…? «Dios mío. No puedo hacerlo. No puedo decirle algo así.» pensé, angustiada.
— Sí, si te portas bien y te dejas atender por los médicos te curarás, Mandy —respondí, deseando con todas mis fuerzas que eso fuera cierto.
Me sentía espantosamente mal mintiéndole de esa manera, dándole esperanzas cuando ni siquiera yo las tenía. Y, sin embargo, no era capaz de decirle a una niña de cinco años que su vida se desgastaba día a día, que un veneno corría por su sangre y que no había manera de detenerlo.
Se levantó y me abrazó.
— No me gustan los hospitales —susurró, tristemente—. Son lugares muy feos.
— Te buscaremos uno mejor —dije, anotando mentalmente que contactaría a uno de los conocidos de mi padre para que pudieran brindarle en su clínica las mejores atenciones—. Uno más bonito. Y cuando te sientas mejor, vamos a ir de paseo.
— ¿Podemos ir al zoológico? —sus ojitos brillaron de emoción y se clavaron en mí, expectantes.
— Por supuesto —carraspeé, nerviosa. Aún no había terminado de hablar y quería hacerlo de una vez por todas—. Ahora escucha, Mandy. Dentro de unos días tienes que hacerte un examen que se llama biopsia. No quiero que tengas miedo, no es tan terrible y yo voy a estar contigo todo el tiempo.
— ¿Me va a doler? —quiso saber, temerosa. Parecía a punto de ponerse a llorar. No estaba segura qué tanto dolía eso, pero la idea era tranquilizarla.
— No mucho. De todos modos tienes que hacértela, porque es un paso muy importante para… para curarte —el nudo en mi garganta se apretó aún más, hasta silenciarme por completo. La estreché con fuerzas, como si quisiera consolarla. Pero también estaba consolándome a mí misma.
Tras unos segundos, recuperé la cordura y pude explicarle con total delicadeza en qué consistía la biopsia. Si bien pareció impresionarse, lo aceptó sin decir nada. Quizás no había sido tan mala idea ocultarle lo que sería el verdadero desenlace de la enfermedad. No quería que Mandy pasara sus días preocupada por lo que vendría. En cierto modo contarle un poco de su situación fue un alivio. Me hizo bien descargarme y ella se quedó bastante tranquila, porque no entendía del todo la gravedad. Eso también era un alivio.
Mientras tanto, una nueva preocupación iba conmigo a todas partes: los de Make a wish parecían estar tomándose su tiempo. Según Martha, la habían llamado, ella había dado su consentimiento y los había contactado con el médico que había dado el diagnóstico de Mandy. Pero no habíamos vuelto a tener noticias y ya me estaba impacientando.
Nunca había odiado tanto mi trabajo como en ese período de mi vida. Lo único que deseaba era ocuparme de Mandy, estar con ella, hacerla feliz. Sin embargo, no podía dejarlo. No era que necesitara desesperadamente el dinero, porque la posición de mis padres me hubiese podido mantener por el resto de mi vida, pero esa era exactamente la razón por la que no podía ni quería renunciar. Quería ser independiente, ganarme lo mío, guardar lo que me sobraba y no tener que estar pidiéndole nada a nadie. Una de las tantas cosas que habían salido a flote en mí después del abandono de Ken.
Cierta noche, cuando todavía no había transcurrido ni una semana desde que tuviera aquella charla con Mandy, me encontraba cómodamente en la sala de mi casa, rodeada de los trabajos prácticos de mis alumnos que debía corregir cuanto antes. Últimamente había estado bastante distraída y había descuidado un poco mis obligaciones. La televisión estaba encendida en un volumen casi inaudible, como haciéndome compañía. Suspiré tras leer un trabajo particularmente desastroso y levanté la mirada para buscar la taza de té que estaba cerca de mí en la mesita. En ese momento el programa que había estado mirando sin prestarle mucha atención había ido a comerciales. Estaban mostrando ahora la propaganda de un programa de entrevistas y demás que a mí no me interesaba demasiado.
Pero lo que me llamó la atención fue que anunciaban los invitados para el próximo programa: Perfect noise. Me apoderé del control remoto y subí el volumen a toda velocidad. Lo último que llegué a oír fue que estarían en vivo, al día siguiente, a las seis de la tarde. Me quedé muy quieta, como dejando que la información se asentara en mi cerebro. El canal de televisión se encontraba en Los Ángeles, según tenía entendido. Instintivamente tomé la guía telefónica y busqué el número del canal y, al comprobar que se encontraba allí, el del Aeropuerto de San Francisco. Marqué y cuando me atendieron pregunté por el siguiente vuelo a Los Ángeles. Salía uno en quince minutos y otro a la mañana siguiente. Agradeciendo, corté.
No, era una locura irme hasta Los Ángeles y tratar de encontrar a esos tres tipos para pedirles que fueran a ver a Mandy. ¿Qué garantías tenía de que fueran a hacerme caso? Lo mejor era esperar a que la fundación se hiciera cargo del asunto. Esperar. ¿Cuánto podía esperar? Mandy podía tener recaídas tan repentinas que en menos de un segundo podrían arrebatármela para siempre.
Ni siquiera había terminado de pensar en eso cuando tomé el teléfono y volví a comunicarme con el aeropuerto. Reservé un asiento en el vuelo de la mañana, guardé todas las cosas que tenía tiradas a mi alrededor y me fui a la cama. Era una locura y lo sabía, pero tenía que probar, tenía que tocar todas las puertas. Tenía que cumplir el sueño de Mandy, costara lo que costara.
Ya tengo lap! Yeeeiiii... ahora sí, a echarle todas las ganas a todos los proyectos pendientes :)
