Capítulo 6

Aquella semana recibieron buenas noticias de su abogado. Al parecer el Ministerio de Justicia, debido al volumen de denuncias recibidas y recursos interpuestos, había decidido abrir una investigación, tratando de evitar tener que pagar después indemnizaciones por errores judiciales. Según el letrado, en un plazo máximo de cuatro meses, su matrimonio estaría disuelto. Cuando coincidieron en el ascensor esa tarde, Serena no pudo evitar la pulla.

— ¿Verdad que ahora te alegras de que no firmara el divorcio? Si es que hay que fiarse más de la intuición femenina…

— Me rindo a tu inteligencia superior. Estoy contentísimo de que no lo firmaras. – Le guiñó el ojo. —La idea de seguir casado contigo es taaaaan maravillosa que estoy pensando en arrodillarme y besarte los pies. Si no me doliera la espalda…

La carcajada de ella inundó el ascensor, al tiempo que Serena sintió que su rostro enrojecía. Ya en su planta, cada uno se dirigió a su propio despacho. Serena no se lo podía creer. Darien le había guiñado un ojo, en plan flirteo. ¿Tanto le alegraba la idea de divorciarse? O tenía algo que ver con el día del incendio, cuando había estado rozándola a cada dos por tres, y sonriéndole con cariño. Su mente iba a toda velocidad. ¿Sería posible que él estuviera interesado en ella? ¿Existiría realmente la química que ella sentía crepitar entre ambos cuando estaban juntos? Su corazón se aceleró sólo de pensarlo, pero su mente, siempre firme, le recordó que él estaba prometido con otra, y que se fuera olvidando de cualquier esperanza.

Mientras, en la estancia contigua las reflexiones estaban exactamente en el mismo punto. ¿Cómo iba a solventar el tema del compromiso? No quería romper sin más. Aún sabiéndose mezquino, quería dejarla a lo grande. La solución que no dejaba de repetirse en su cabeza era que la dejara plantada frente al altar. Que cuando el sacerdote le preguntara si deseaba desposarla, dijera que no, y se largara. Pero por más que le atrajera la idea, no iba a someter a sus padres a semejante situación. No podía engañar a su madre, y hacerle creer que iba a casarse cuando no era así.

Ojalá pudiera consultarle a Serena. Era la mujer de las mil y una ideas para salir airosa. Le encantó verla sonrojarse en el ascensor. Le maravillaba que una mujer tan segura de sí misma pudiera ruborizarse ante un gesto cariñoso inesperado. Y hablando de gestos cariñosos inesperados, Esmeralda ayer no había dejado de intentar llevárselo a la cama hasta que él simuló una llamada y dijo tener que irse. Eso sí tenía que solventarlo al punto. No pensaba acostarse con ella nunca más. La sola idea le daba repelús. Inspirado, le mandó un mail.

"Cariño, buenas noticias. En menos de cuatro meses podremos casarnos. ¿No sería romántico no practicar sexo hasta nuestra noche de bodas? Piénsalo".

En buena hora dejaría él de acostarse todos los días del año con cierta señorita que estaba a una pared de distancia.

Era sábado por la noche. Las seis primas Tsukinos, y otras tres novias de primos, habían salido de marcha. Solían quedar un par de veces al año, más que a beber y bailar, a cenar y ponerse al día sin interrupciones de niños o parejas. Eso no significaba que no tomaran un par de copas, o más si era necesario, pero la gracia era pasar un buen rato juntas. Y esa noche no era una excepción. Había cenado en una pizzería, y Setsuna, la mayor, que trabajaba para una revista de moda, había mostrado, ufana, entradas para una discoteca de moda en Valencia. Había una fiesta de VIPs allí, así que sería una noche de pijos, lo que seguro sería divertido.

Estaban tomando una copa en uno de los reservados cuando Serena necesitó ir al lavabo. Le costó más de veinte minutos llegar, tan lleno estaba el local. Una vez allí hubo de esperar otros cinco minutos. Las chicas de la cola no paraban de reír disimuladamente. En uno de los baños había una pareja en actitud más que cariñosa. Además de que a través del cristal traslúcido se veían las formas de dos personas en una postura inequívoca, los jadeos tampoco dejaban demasiado margen de error. Se unió a las risitas. Estaba lavándose las manos, a punto de irse ya, cuando la puerta en cuestión se abrió y una Esmeralda completamente ebria salió con un chico pelirrojo bastante joven que, desde luego, no era Darien. Sus miradas se cruzaron por un momento, pero la peliverde alzó el mentón y salió tambaleándose, con el chico del brazo.

Volvió donde sus primas, pero le costó divertirse, pues su mente no dejaba de divagar. ¿Qué hacer? Una de sus muchas normas inquebrantables era no meterse jamás en una pareja. Nunca opinaba sobre las parejas de sus amigas, ni aconsejaba sobre relaciones. Y desde luego nunca advertía si era consciente de una infidelidad. ¿Debía decírselo a Darien? ¿Y si Darien no quería saberlo? O peor aún ¿y si ya lo sabía y lo consentía? Sabía de relaciones en la que la infidelidad estaba a la orden del día. Sonrió, al pensar que ella misma estaba casada con un tío que le era infiel con una mujer que también era infiel. Si no estuviera enamorada de él, le resultaría desternillante.

Porque estaba enamorada de Darien, de eso no le cabía ninguna duda. Sus sentimientos, tanto tiempo reprimidos, habían resurgido con fuerza al enfrentarse a él a diario. Y sentía que él estaba receptivo. Desde hacía algunos días le miraba diferente, le trataba diferente. En otra situación ni se le hubiera ocurrido seguirle el juego, pero a fin de cuentas la situación era la que era. Su prometida le estaba siendo infiel, no es que se metiera en una relación que funcionara. Y ¡qué narices! Él era su esposo ¿o no? Sólo trataba de conquistar lo que legalmente era suyo.

¿Recordaría Esmeralda que la había sorprendido in fraganti delito? ¿Qué haría? Nunca, en años, había tenido tantas ganas de que llegara el lunes para ir a trabajar.

¿Qué habría ocurrido realmente la noche del sábado? Darien no dejaba de darle vueltas a eso. Esmeralda había pasado el domingo con él, llorando porque según le decía se había encontrado a Serena en una discoteca, y ella le había amenazado con inventar alguna patraña para separarles. Según le decía, entre sollozos, seguro que Serena estaba inventando algo para desacreditar a Esmeralda a los ojos de él, e intentar que rompieran. Le decía que Serena le quería para ella, y que haría cualquier cosa para intentar que rompieran el compromiso. No dejaba de lamentarse y de suplicarle que la despidiera.

Darien quería creerla. De veras quería creer que Serena le quisiera. Pero lo que no podía creer de ninguna de las maneras era que inventaría algo así para separarles. La conocía desde siempre, y sí, era bastante borde a veces, y podía manipular la situación a su favor cuando se lo proponía. Pero era también la persona más honrada que Darien hubiera conocido. Serena no mentía, y procuraba mantenerse al margen de polémicas, salvo que fuera ella quien las generara. Y nunca, nunca, haría daño a nadie a propósito. Serena era, resumiendo, una buena persona.

El lunes, sentado ya en su despacho, esperaba no sabía muy bien qué. Serena ya había llegado, pero no la había visto. Algo le decía que hoy no sería un día plácido. Y que le urgía cada vez más dar una salida a su prometida.

Llegó la respuesta que llevaba dos semanas esperando, y se olvidó de todo excepto de lo que tenía delante. Una Caja, de menor tamaño que la suya, solicitaba servicios de otra empresa. Darien había ofrecido a algunas entidades pequeñas el servicio técnico que podían ofrecer, y una caja del sur deseaba negociar. Llamó a Andrew, y pasaron horas hablando del tema, y concertando una reunión con la otra junta directiva para ese mismo viernes. Sería una inyección importante de beneficios, con apenas costes. Mandaron al servicio de asesoría que prepara unos contratos sobre los que trabajar, que serían enviados a la otra entidad el miércoles por la tarde a más tardar.

Y, fíjate qué mala suerte, Serena tendría que acudir a la reunión del viernes, pues era necesaria su firma para cerrar el acuerdo.

Hoy tocaba Dr. House. Metió el enlace en Google y esperó. No dejaba de recordar a la maldita peliverde saliendo del baño con aquel crío, pero se negaba a ser ella quien levantara la liebre. Simplemente no era su estilo. Iba por el quinto capítulo de la nueva temporada cuando entró un mail. Así que estaba convocada para una reunión el viernes en Marbella. Darien y ella, solos. O eso esperaba, contaba con que la peliteñida no acudiera. Un montón de mariposas comenzaron a revolotear por su estómago, incontroladas. Se abría ante ella un mundo de posibilidades. Sintiéndose estúpida, comenzó a pensar qué ropa se llevaría, detallando al máximo la ropa interior. ¿Habría lugar para un intento de seducción?

Sus fantasías fueron interrumpidas por la encarnación del diablo, que entró hecha una fiera.

— ¿Qué le has dicho a Dari, maldita zorra?

Probablemente todo el edificio oyó su grito. Desde luego los ocupantes del despacho del al lado sí lo hicieron, pues entraron antes de que Serena pudiera rehacerse y contestar. Cuando Esmeralda vio a su prometido, rompió a llorar.

— ¿Te ha dicho que me vio con otro, no? La muy puta te ha dicho que te puse los cuernos en la discoteca.

Darien se quedó de piedra. ¿Sería cierto que el sábado, cuando había salido con unas amigas, se la había pegado también? Una ira desconocida hasta entonces le invadió. El silencio cayó, pesado, en la sala. Andrew se lavó las manos.

— Os dejaré solos, con vuestro permiso. –Cerró al salir.

Esmeralda se envalentonó ante el silencio, convencida de tener razón.

— ¿Por eso no me has cogido el teléfono, no? Llevo toda la mañana llamándote, pero tú has preferido creer a esta… fulana que te engañó para casarse contigo que a mí, la mujer a la que amas.

Serena prefirió mantenerse al margen. La palabra amor, referida a Esmeralda, le había dolido en lo más profundo de su alma, y no estaba segura de poder controlar su mala leche. Darien habló, en cambio. Su voz era engañosamente suave.

— No te he cogido el teléfono, ni a ti ni a nadie, porque llevo reunido con Andrew desde las ocho y media de la mañana, en una transacción que puede garantizar la viabilidad de la caja durante los próximos meses, al menos, sin necesidad de emitir más deuda.

Esmeralda calló. Él continuó, recalcitrante.

— ¿Por qué habría Serena de inventar una infidelidad?

Esmeralda se puso roja como la grana, pero se enquistó más en su postura.

— Te lo dije, ella me amenazó el sábado con inventar algo para forzar que me dejaras. Seguro que la muy…

— Esmeralda –la interrumpió, a punto de perder la paciencia, y algo más – Serena y yo no nos hemos visto hoy. Hemos llegado a horas distintas.

La peliverde enmudeció, sorprendida de que Serena no la hubiera descubierto. Rompió a llorar con más fuerza.

— Despídela, por favor. Esto acabará con nosotros, y yo no puedo vivir sin ti. –Se colgó de su cuello, suplicante.

— Creo que voy a vomitar.

Dos pares de ojos se giraron hacia Serena, la autora de esas palabras.

— Mierda –chasqueó la lengua, fastidiada— ¿lo he dicho en voz alta?

Darien sonrió. Separó a Esmeralda de su cuerpo, y se dirigió a Serena, que sonreía, divertida también.

— ¿Qué tal te viene lo del viernes? Pernoctarnos allí, le he dicho a mi secretaria que nos busque un buen hotel.

Esmeralda volvió a ponerse histérica.

— ¿Cómo? ¿Dónde vais el viernes? ¿Solos?

— Sí, a Marbella, por negocios. Y sí, solos, no hace falta nadie más.

— Por encima de mi cadáver.

Eso sí tensó el ambiente al máximo. Esmeralda rectificó, al punto.

— Déjame ir contigo.

—Esmeralda, son negocios, créeme, te aburrirás.

— Compraré cosas, déjame ir.

— No.

— Pero…

—No, y no insistas. –Zanjó el tema. –Serena, esta tarde me gustaría contarte los detalles de la operación, si puedes.

— Cuenta conmigo.

Y salió, dejándolas solas. Estaba seguro de que Serena se bastaba y sobraba.

— Maldita seas, maldita seas mil veces. Si estropeas esto, te mataré con mis propias manos.

Y salió, dando un portazo.

Serena esperó la tarde con impaciencia, pero la reunión fue estrictamente de negocios. Eran once personas, y ella no estaba lo suficientemente preparada para entender la mitad de lo que decían. Su admiración por él ganaba enteros día a día.

La semana pasó volando, y antes de que se diera cuenta, estaba en un coche camino del aeropuerto, con él a su lado.

Nunca, jamás, había estado más nerviosa. Ni más segura de algo, tampoco. Darien sentía algo por ella. No sabía qué rollo se traía con su prometida, pero le daba igual. Ese fin de semana él caería, sí o sí.

Darien, por su parte, simulaba leer unos informes para la reunión de ese mediodía. Llegarían con el tiempo justo para comer con los clientes en el hotel y pasar la tarde cerrando el acuerdo, si todo iba bien. Pero en realidad toda su mente, y su cuerpo, estaban concentrados en cómo ligarse a Serena, cómo levantar los reparos que ella pudiera tener sobre su compromiso.

Porque ese fin de semana, ella sería suya, sí o sí.