Mi palabra…

Kalah permaneció acostada en la cama de Hellboy, tomándose un respiro del baño y la cubeta de metal que había al pie de la misma, mientras tarareaba una canción que había escuchado en la vieja radio que había en la habitación. Deslizó las manos por el vientre, bajo el nuevo aire maternal que la envolvía desde aquel entonces.

El médico personal del profesor Bruttenholm poseía conocimiento de ella y Hellboy, así que se prestó sin problemas para dar su opinión médica acerca del embarazo de Seranna, y fue quien le confirmó el tiempo que llevaba: en aquel entonces —una semana y media atrás— llevaba no menos de dos semanas de embarazo; actualmente, le faltaban unos cuantos días para llegar a la quinta semana. Sin embargo las cosas seguían su curso: no abandonaría la misión y mataría al siervo de su verdadero creador hasta no dejar ni un solo rastro de él. Hellboy había terminado por resignarse a convencerla para que se quedara en la agencia, ella era necia y testaruda, y nadie la haría cambiar de opinión; además de tener razón en el hecho de que Rasputín la iría a buscar si no los acompañaba, llevándose entre las piernas a todas las vidas inocentes de los agentes y de su hijo o hija.

Había transcurrido un par de semanas desde la muerte del profesor y para que los equipos de investigación encajaran las piezas de la misma, como también se encargaron de estudiar los mapas que Kalah había llevado después de robarlos del estudio de Kroenen. Fue una lástima no encontrar ningún rastro de ese bastardo o algo que los delatara, sabía que ya se encontraba con Rasputín, en donde-sea-que-fuese. Era su perro fiel como también Ilsa.

Despegó la mirada del techo tras escuchar el sonido de la compuerta de la guarida, pero regresó a su lugar al ver que se trataba de Hellboy. Él se colocó en la orilla de la cama, recostándose a su lado cuando se le acercó, gateando hacia su compañero bajo una ancha sonrisa. Lo recibió con los brazos abiertos como también con unos cuantos cálidos besos por el rostro y se sentó a su lado, dejando las piernas colgando.

Hellboy se encontraba cansado tras colaborar en la investigación en los últimos días, aunque también le sirvió para despejar la mente y liberar la tensión que existía en ocasiones entre ellos dos, gracias a los cambios emocionales que causaba el embarazo. Había buenas noticias al respecto, o eso significaría para ella cuando para él era todo lo contrario.

-¿Encontraron algo? —Le preguntó contra su cuello.

Él la miró por una fracción de segundo y después al suelo, resistiéndose a la idea de mentirle sobre lo que habían hallado, pero seguramente le patearía el trasero si llegase a enterarse que le mintió.

No le importaría tomar el riesgo.

-Partiremos mañana a las once horas —le informó al cabo de un rato y los ojos de Kalah brillaron.

Por fin podrá retorcerle el cuello al bastardo de Rasputín, pero sobre todo a Kroenen. Él sería su primera víctima, se había planteado, cobrándose la vida de su padre.

-Iremos en avión y tardaremos alrededor de quince horas en llegar.

-¿Dónde es?

-Volokolmask, en Moscú.

La mirada de Kalah se intensifico mucho más, llamándose idiota interiormente. ¿Cómo no pensó eso antes? Todo el tiempo tuvo la respuesta y no fue capaz de verla.

Hellboy se aclaró un poco la garganta, llamando su atención.

-Pienso que si vuelvo a pedirte que te quedes me dirás que no, ¿verdad?

Ella ladeó la cabeza como respuesta y recargó el brazo de piedra en su hombro, mientras Hellboy dejó escapar un suspiro preocupado.

-El bebé no correrá ningún peligro, grandulón, así que puedo hacer esta misión. Además tú serás mi escudo humano, no habrá ningún problema.

-¿Acaso me debo sentir bien o mal al respecto?

La mujer-demonio rio entre dientes, recargando la cabeza sobre la de Hellboy, mientras él pellizcaba su mentón con la mano normal, a pesar que algo dentro de él parecía romperse poco a poco tras ser atormentado por la idea de perderla junto al bebé en caso de que las cosas no salieran como lo esperaban.

-Kalah, si llegara a pasar algo… —alzó la mano para que le dejara hablar y ante la mirada que había puesto—. Te doy mi palabra sobre dos cosas: una, siempre estaré así de apuesto para ti —le prometió acariciando su rostro y los labios de Kalah se convirtieron en una ancha y tierna sonrisa ante aquella elocuencia que tanto amaba de él—. Y dos… —le sostuvo la mirada— jamás dejare de amarte.

-Y yo tampoco dejaré de amarte, grandulón —confesó mirándolo a los ojos, a esa alma que conocía tan bien desde el primer momento en que se conocieron.

Pasaron juntos el resto de la noche, mirando televisión en silencio, pero en ocasiones se escuchaba la fuerte risa de Rojo resonando por toda la habitación. De vez en cuando, Kalah no perdía la oportunidad para molestarlo bajo una manera sumamente infantil, halando de su cola con la suya, o hacer que uno de los gatos cayera sobre su cabeza al poner comida de gato en ella tras ver lo absorto que se encontraba en los tantos programas que había en los televisores, que no ponía la más mínima atención de lo que ocurría a su alrededor. Hellboy no se quedó atrás, también respondiendo infantilmente, pidiéndole que lo dejara en paz y viera televisión con él. Pero en el fondo disfrutaba de sus travesuras, recordándole los viejos tiempos cuando los dos tenían trece años.

Y por muy cursi que se sintiera o se viera, lo hacía enamorarse más de Kalah.