¿Es tu hijo, verdad? Lo he conocido
por la estrella fugaz que hay en sus ojos,
la cabeza inclinada y la manera,
tan tuya, de mirar lleno de asombro.

¿Es tu hijo, verdad? Lo han presentido
-¡desde tan hondo!-
unos vientos callados que dormían
bajo las aguas quietas, en el pozo
de los tiempos perdidos, donde guardo
las hojas que cayeron
de los sauces remotos.

Tiene luz en la frente
-tu misma luz-. Y el gesto melancólico.
Tiene el cuello tan frágil como tú lo tenías
y en el pelo los mismos
pájaros locos.
Tiene un viento de ayer entre los dedos,
y en el rostro...
tu firma escrita
con otra sangre
que no conozco.

Podía recordar a la perfección el poema. Lo conocía y al autor. Me lo sabía de memoria de tanto releerlo una y otra vez buscándole la vuelta.

Buscándole el final feliz.

El motivo por el cual aquellas tres estrofas siempre venían a mi cabeza era porque el yo lírico de ese poema no era otro que yo. Bueno... no en ese momento. Más bien lo veía como a una yo del futuro, dentro de diez, veinte años tal vez. Me veía a la perfección: mayor, exitosa, segura de mí misma y de mis logros profesionales, pero detrás de eso, una vida solitaria y triste. Podía imaginarme en algún lugar... posiblemente dando clases en Harvard, por ejemplo -enseñando poesía isabelina o el método de Montesquieu- y de repente me daría vuelta y como en los sueños que aún en ese futuro tan distante seguiría teniendo, lo vería: Arnold estaría ahí, charlando con algunos de mis estudiantes antes de que empezara la clase. Pero era imposible, porque no había envejecido ni un poco. Y entonces me daría cuenta de que estaba enfrente del hijo del amor de mi vida, un hijo que había tenido con alguien más. Posiblemente con una tonta y amable cara bonita parecida a Lila.

Y aquel futuro se me pintaba tan negro. No importaba qué tan bien saliera todo lo demás, estaba segura de que no podría continuar sin Arnold.

¡Las cosas habían estado tan bien durante tanto tiempo! Me sentía cómoda guardando mi secreto y feliz de cómo marchaba todo, siguiendo su curso, despacio, tranquilamente: al fin y al cabo, me quedaban años de cosas por compartir con Arnold, como terminar la primaria, luego la secundaria, luego la preparatoria, pero...

Ahora, nuestro pequeño mundo estaba por terminar y todo el equilibrio que sostenía hasta entonces se había ido corriendo. Ahora, solo me quedaban dos meses para decirle a Arnold la verdad. Ahora, ya no podía permitir que las cosas siguieran un curso tranquilo ni por un momento más. Tenía que actuar o terminaría como el yo lírico de ese poema, lamentándome por no haber hecho algo cuando era el momento.

Y no podía permitirlo.

En eso iba pensando mientras caminaba hacia mi casa de regreso de la tienda en la que trabajaba, a la que también iba los miércoles. Sabía que el director Wartz (maldito viejo amargado: era mucho peor que su primo, el de la primaria 118) había estado llamando a mi casa toda la mañama y de seguro no había encontrado a nadie. Bob estaba trabajando, claro, y Miriam había ido a visitar a una prima que estaba en la ciudad. Si el molesto director insistía con las llamadas hasta ese momento, probablemente los encontraría en casa antes de cenar. Sabía que no me esperaba nada bueno, pero no me importaba: lo único que valía la pena era que había logrado mi objetivo y había salvado a Arnold.

Sonreí y me mordí los labios: ¡y él me había acompañado a la enfermería y se había preocupado por mí! Arnold, tan considerado, tan educado, tan maravilloso y constante en su mágica forma de ser. ¡Tan preocupado por ayudar a quien lo necesite! Siempre pendiente de si hay alguna pobre criatura que desesperadamente necesite un favor! ¡No importaba el que se hubiera molestado conmigo por golpear a Patty, aún así no se había separado de mí hasta que estuvo seguro de que me encontraba bien! ¡Oh, mi amor! ¡Si pudiera ser así todos los días!

Llegué a casa dando brincos de éxtasis a causa de mi leve delirio romántico. Subí los escalones y coloqué la llave, dispuesta a abrir la puerta sigilosamente y asomarme con cautela para estar segura de que no había moros en la costa.

-¡¿Suspendida?! ¡¿Qué quiere decir con "suspendida"?! ¡¿Qué golpeó a quién?! ¿Y por qué rayos hizo eso? Claro que hablaré con ella. ¡No me diga lo que tengo que hacer! -suspiré al ver que Bob se encontraba en el teléfono: no era muy dificil imaginarme con quién estaba hablando. Traté de dar pasos suaves para dirigirme a la escalera, pero se dio vuelta y me notó -¿Adónde crees que vas, muchachita? Ve a la sala. -destapó el tubo y continuó hablando -Sí, yo me encargaré. ¿Pero luego podrá volver a la escuela, verdad? -hizo un gesto extrañado -Sí, es verdad que lo hace, pero espere... ¡Olga! -detuve mi camino a la sala y me di vuelta, a sabiendas de que me llamaba a mí -¿en qué es que trabajas los fines de semana?

-Soy Helga, papá, y es una tienda. -le contesté, volviendo a dirigirme a la sala, presa de un repentino malhumor y con pocas ganas de continuar escuchando la conversación de mi padre y el director Wartz, si es que era éste el que había llamado y no su asistente.

Cuando colgó, Bob llamó a Miriam y los dos me dieron su típico sermón. Mi mamá estaba intrigada en saber por qué había hecho eso y, desde luego, no podía decirles la verdad, así que inventé que Patty había empujado a Phoebe y yo había tratado de defenderla.

-Pero Helga, tu papá dice que el director le contó que esa niña dijo que no te había hecho nada y que la habías golpeado sin razón. -insistió Miriam, confundida.

-Tienes graves problemas, jovencita, así que escúchame bien: si vas a golpear a tus compañeros sin motivo, hazlo fuera de la escuela. Porque si ese director vuelve a llamarme...

-Muy bien, papá, ya entendí. -me bajé del sillón, harta de escucharlos -¿Puedo ir a mi cuarto ahora?

-o-o-o-o-

Era consciente de que todavía no había pasado lo peor de las consecuencias de mi "pequeño desliz", porque la peor parte vendría la semana siguiente, cuando me reecontrara con Patty, quien no estaría muy feliz de verme, eso era seguro.

A pesar de que estaba preparada para enfrentarme a esa molesta gorda, en definitiva no lo estaba para encontrármela en la puerta de la preparatoria. ¡Y nisiquiera había desayunado bien! ¿No podía esperar hasta después del almuerzo?

Decidí atajarla antes de que comenzara a insultarme y hablarle tranquilamente:

-Mira, Patty: sé que estás enojada y lamento haber tenido que golpearte y lamento lo mal que se ve el golpe que te di. Pero quiero que sepas que hice lo que hice por una muy buena razón y que no lo habría hecho de no haber tenido otra escapatoria.

-No me importan tus razones: me golpeaste.

-Si vamos a ese punto, tú también me golpeaste a mí, así que estamos a mano, ¿no es verdad?

-Yo sí tenía mis razones para golpearte y creo que te mereces que te haga puré.

-¿No podríamos calmarnos y arreglarlo conversando? -casi se me escapa un resoplido. Tal vez en otro momento habría sido más vehemente en esa pelea, pero ese día me faltaban bastantes ganas de practicar sumo.

-No: prepárate. -la esquivé para que no pudiera pegarme y, por puro impulso, le pegué una patada que la hizo tropezar, para mi increíble sorpresa.

Cayó al suelo y yo solo me quedé viéndola. Se frotó la cabeza y evidentemente se disponía a pararse, pero un grito nos hizo saltar a las dos como dos gatos a los que rocían con agua:

-¡Señorita Pataki! ¡Nisiquiera ha sonado la campana y usted está peleando de nuevo!

¿Por qué? ¿De verdad merecía tanto castigo por haber intentado proteger a quien amaba? ¿Ese vejestorio del director Wartz no me dejaría nunca sola ni a sol ni a sombra?

Patty y yo nos miramos sin saber muy bien qué decir mientras él se acercaba a nosotras.

-Apenas vuelve de la suspensión golpea otra vez a su compañera. ¿Qué tiene que decir al respecto?

-Honestamente... -estaba a punto de confesar Patty, pero el anciano la detuvo:

-No me interesa quién comenzó: lo importante aquí es que el comportamiento antisocial y salvaje de la señorita Pataki está perjudicando la imagen de nuestra escuela. No me importan las excusas de su empleo porque esta vez la enviaré a servicio comunitario sin dudarlo.

-Helga ya practica un servicio comunitario.

Volteé sorprendida al escuchar la voz de Arnold, quien aunque yo no había notado, se encontraba parado junto a mí.

-¿Ah, sí? -el director enarcó una ceja -¿Es eso cierto? -me preguntó.

Miré de reojo a Arnold, quien abrió grandes los ojos en señal de que debía seguirle la corriente, de modo que asentí con la cabeza.

-¿Y cuál es ese servicio que practica? -insistió incrédulo el maldito anciano.

-Helga y yo somos voluntarios en el Hogar de Niños de Hillwood, ¿no es cierto? -siguió Arnold.

-Am... sí... claro.

-Bueno, en ese caso, necesitaré una carta que pruebe que usted esta compensando a la comunidad por su bestial comportamiento en la escuela, señorita Pataki.

-No hay problema. -dije tratando de no parecer dudosa.

-Tráigamela mañana mismo.

-¡¿Mañana?! -negué con la cabeza -Es que... no tenía planeado ir al orfanato...

-Hogar. -me corrigió Arnold.

-Hogar. No tenía planeado ir hoy y es que tengo la tarde ocupada, así que...

-Pasado mañana se la traerá. -afirmó Arnold para sacarme del aprieto.

-Muy bien. Pero se lo advierto, señorita: si esa carta no me convence de que sus buenos actos benefician a la sociedad, cosa que todos los maleantes como usted deberían hacer, se ganará una semana entera de suspensión y además, me encargaré personalmente de añadir una nota de advertencia a su expediente personal. Y también quiero que le pida disculpas a su compañera en este mismo momento.

Apreté los dientes, pero miré a Patty y farfullé una disculpa que, a pesar de ser fingida, dejó tranquilo al director, quien se alejó al igual que Patty.

-¿Se puede saber qué estás planeando, cabeza de balón? -encaré a Arnold aprovechando que ya estábamos solos -¡No puedo hacer servicio comunitario!

-Tienes que hacerlo o mancharán tu expediente.

-Pero soy terrible con los niños: no puedo cuidar a uno sola como tú haces. -me crucé de brazos.

-No hay problema: yo te ayudaré. Recojo a Sam todos los domingos. Mañana te acompañaré a buscar tu solicitud para unirte el programa y todo quedará resuelto. Solo estarás un poco ocupada una vez a la semana.

-No puedo los domingos. -me angustié -¿Crees que puedo ir y volver de esa tienda de cazería cuando quiero?

-Cierto... -recordó -Bueno, entonces mañana arreglaremos qué día podrás, camino al hogar. ¿Te parece que vayamos después de la escuela?

-Supongo que está bien. -mentí encogiéndome de hombros, cuando en realidad lo que quería era saltar de júbilo. -Y solo para que no me sermonees, no estaba tratando de pelear con Patty.

-Te vi y lo sé y ojalá hubiera podido decírselo a Wartz, pero no me habría creído. -admitió -Ahora será mejor que vayamos a clase. -Arnold comenzó a caminar hacia nuestro salón y me sorprendió al ver que unos pasos más adelante se detenía y volteaba para esperarme. Contuve mi emoción y lo alcancé, pero entonces tuvimos que largarnos a correr porque cuando lo hice, sonó la campana.

-o-o-o-o-

Gracias a la intervención de Arnold, mi ángel de la guardia, un día pésimo se había convertido en uno maravilloso. Con un solo roce de sus dedos, mi negro mundo se tornaba de colores tan brillantes como su rostro cuando sonreía.

Aún así, no estaba dispuesta a caer en la ensoñación el resto del día: nos anunciaron que ese lunes no tendríamos clase de Ciencias porque el maestro había faltado y todos los asistentes del laboratorio se encontraban de viaje para las olimpiadas con el equipo de la escuela. Por lo tanto, esto nos garantizaba una hora de tiempo libre en la escuela para hacer lo que quisiéramos y yo ya sabía lo que significaba eso.

Cuando la clase de Matemáticas (que precedía a la de ciencias que no tendríamos) terminó, lo primero que hice fue girar hacia Phoebe para preguntarle si me acompañaría.

-¿Irás a jugar de nuevo? -me preguntó.

-¿Es una broma? Gano como veinte dólares por cada clase que no tenemos.

-Rhonda me preguntó si hoy quería ir con ella y las demás a charlar al patio. ¿Por qué no vienes?

Fruncí el ceño: maldita Rhonda. Desde que ya no tenía a sus adoradas amiguitas del año superior -con las que nunca dejaba de reírse de nosotros- porque se habían ido a la universidad, no hacía más que querer acaparar la atención de todo nuestro salón, incluyendo a Phoebe y por supuesto, excluyéndome a mí, a menos que se sintiera obligada, como cuando habíamos ido al cine.

-No lo creo. -contesté cruzándome de brazos.

-Helga, no quiero que te sientas...

-No me importa, Phoebe, en serio: ve a divertirte con la señorita Lloyd. Yo me largo. -me paré de mi banco y salí del salón dando pisotones. Empujé a dos o tres chicos menores que yo que se interpusieron en mi camino hasta que llegué al ex-baño de niños del tercer piso, sitio que estaba clausurado desde hacía como tres años.

Abrí la puerta y aquel sitio oscuro, tétrico y polvoriento se presentó ante mí con su clásico olor a humedad y fango. Nadie iba nunca a ese lugar salvo los que pertenecíamos al supuesto "club" que existía desde que habíamos descubierto el baño inutilizado. La única ventana estaba cubierta con tablas de madera (puestas desde que lo habían clausurado), haciendo que no hubiera más luz que una linterna colocada en el centro e una ronda de chicos que habían llegado antes que yo, dado que me había quedado charlando con Phoebe.

Harold, Stinky, Sid, Curly, un niño de segundo y yo solíamos reunirnos ahí cada vez que faltaba un profesor, dejándonos un tiempo libre para jugar al poquer y hacer dinero fácil. Aprovechaba siempre estas oportunidades porque siempre les ganaba (la última vez, hacía cosa de dos meses, habían sido veintitrés dólares). Nunca nos habían descubierto (de haber sido así, nos habríamos metido en un problema más grande que el del autocinema y teniendo en cuenta mis últimas escenas con Wartz, esto no me convenía), pero aún así éramos precavidos. Gerald y Arnold habían estado en esas reuniones al principio, pero con el tiempo, Arnold había convencido a su amigo de desistir, cuando la culpa por hacer algo ilegal comenzó a molestarlo.

-Lo siento, Helga, pero ya empezamos a jugar, así que tendrás que irte. -me dijo Harold al verme entrar.

-¿Qué? Olvídalo, niño vaca. Además veo muy bien que todavía no empezaron a jugar.

-Helga, tú eres una chica: no deberías ser miembro del club del póquer. -Sid se cruzó de brazos y me midió con la mirada -Mejor vete a hacer tonterías con Rhonda y las demás.

Bufé, comprendiendo.

-Ya veo de qué se trata esto: no quieren jugar conmigo porque siempre les gano, ¿no es verdad?

Todos se miraron.

-Yo ya no puedo seguir perdiendo tanto dinero y menos antes del almuerzo. -admitió Stinky.

-Ah, claro. -avancé hacia ellos, me incliné hacia Harold y le pegué un empujón que lo tiró al suelo. Después lo sujeté de la camisa y lo levanté en vilo -Creo que no me entendieron: vine aquí a jugar y voy a hacerlo les guste o no y si vuelven a interntar sacarme del club, haré que se traguen todas esas fichas una por una. Empezando por ti, Harold.

-¡Ya bájame! -se enojó él.

-¿Van a dejarme jugar?

-¡Muy bien! Sí que eres competitiva. -lo bajé. No era que yo me tomara tan en serio un estúpido juego de póquer ni que me importara tanto el dinero (que generalmente me venía muy bien a pesar de que ya contaba con mi salario de la tienda), simplemente me molestaba que me excluyeran de algo por ser una chica. Y más si esos idiotas querían pretender que podían pasar por encima de mí.

-¿Van a seguir jugando a los mafiosos o vamos a jugar? -bostezó Curly, cansado.

Yo tomé las cartas y barajé.

-Prepárense para perder, fracasados.

Una vez sonó la campana que anunciaba que terminaba el juego, yo había ganado diecisiete dólares que irían directo a mis ahorros.

Faltaba una clase más, el almuerzo y luego la tarde. Cuando salimos de la escuela, fui directo al consultorio de la doctora Blee. Me saludó con su habitual buen humor y amabilidad. Sin perder tiempo en introducciones, le conté con entusiasmo que Arnold me había salvado del Director Wartz y que como si eso fuera poco, ahora pasaría muchísimo tiempo con él porque me había invitado a unirme a ese programa. ¡Y lo mejor era que yo no había hecho nada para lograrlo! El milagro había caído del cielo.

-Vaya, Helga: eso es muy bueno. Una gran oportunidad para acercarte a Arnold. Pero me preocupa que te sigas metiendo en problemas en la escuela. Recuerda que si queda una mancha en tu expediente, no podrás entrar a la universidad.

-Ya lo sé. Pero si todo este asunto de los huérfanos sale bien, no veo por qué preocuparme.

-¿Enviaste alguna solicitud?

-Olga me envió una solicitud de la Universidad de Nueva York el fin de semana. Quiere que vaya ahí para vivir con ella: está loca.

-Creo que fue un tierno gesto de su parte.

-¿De qué lado está? -ella rió -Supongo que ya se imagine que rompí esa solicitud: no pienso enviarla.

-Bueno, no necesitas enviar muchas, ya que entrarás a Stanford. -suspiré cuando dijo eso -Hay otra cosa de la que tenemos que hablar. ¿A qué universidad irá Arnold?

Le conté entonces nuestra charla del otro día en la enfermería, a lo que añadí, claro, el asunto de la falsa pelea con Patty más un breve resumen del asunto del autocinema. Bastantes cosas me habían pasado esa semana. A cada frase mía, mi psicólga abría más los ojos por la sorpresa.

-No debiste golpear así a Patty.

-¡Fue lo primero que se me ocurrió! -sacudí la cabeza -Era la única forma de salvar a Arnold.

-Podrías haber intentado hablar con Harold.

-Entonces él se habría dado cuenta de mis intenciones... y toda la gente que estaba mirando.

Ella asintió con la cabeza.

-Pasando al otro tema: supongo que te alegraste al enterarte de que él se quedará aquí.

-Sí, salvo por el hecho de que incluso aunque en el verano venga a visitar a mi familia, será un poco dificil encontrarlo sin la escuela.

-No veo por qué dos ex-compañeros no puedan reunirse a recordar viejos tiempos.

Me encogí de hombros y pasé a comentar que ese día había ganado diecisiete dólares jugando póquer, tema que derivó en cómo iba mi trabajo y, después, en mi familia. La sesión terminó antes de que pudiéramos profundizar más en lo último. Nos despedimos como siempre y yo salí del edificio.

Mientras caminaba por la calle camino a casa, recordé una vez más mi fantasía en la que perdía a Arnold y tiempo después me encontraba con su hijo. Traté de cambiarla por esa otra en la que nos casábamos y yo tenía mis propios hijos con él. Siempre había dado por sentado que así tenían que ser las cosas, pero ahora, que el final se estaba acercando, había comenzado a dudar.


Hola!

Lamento mucho tener que decepcionarlos (yo también estoy decepcionada, honestamente), pero no creo que el rumor de la nueva temporada sea cierto. Estuve investigando en internet y si bien en yahoo respuestas me lo confirmaron, desconfío bastante. Además, me fijé en Wikipedia y retiraron todo lo que hacía alusión a ese tema, así que puede que haya sido una farsa.

Qué crueldad, ilusionar así a la gente ¬¬

Todavía nada está confirmadísimo y tal vez sea cierto, pero por mi parte, me estoy tirando a creer que no lo es :(

Ojalá alguno de ustedes tenga información nueva al respecto y que sea cierto!!!! sería genial

En fin: espero que hayan disfrutado de mi capítulo siete.

Saludos a todos!