El discurso del rey

Una vez entró de nuevo en los que eran ya sus aposentos, Bilbo dejó de sonreír como un estúpido, y se dio de bruces con el problema que tenía entre manos. De nuevo, se veía en una situación desfavorable por su mala cabeza.

Si bien se moría de ganas de asistir a la coronación, y acompañar a Thorin tal y como le había dicho que haría, ésta podría empezar en cualquier momento, y él no había tenido tiempo de prepararse. Ni siquiera tenía ropa adecuada con la que ir. Aunque no estuviera muy versado en el arte del decoro enano, estaba más que seguro de que sus viejos pantalones y camisa de viaje serían harapos, comparado con cualquier otra cosa que hubiera podido ponerse.

Se encontraba dandole vueltas al asunto, cuando el destello de algo brillante sobre su cama llamó su atención. Se acercó a ella a pasos largos, para ver la cota de Mithril que Thorin le había regalado, extendida sobre la colcha. Alguien se había tomado la libertad de pulirla y abrillantarla para él. Junto a ella, descansaba Dardo, la espada que lo había acompañado todo el viaje. Estaba envainada en una funda que tenía unas runas élficas gravadas. Se preguntó quién lo habría hecho, quién se habría tomado la molestia de hacer semejante cosa, y qué pondrían las runas.

Olvidándose de la prisa, tomó el arma y la desenvainó, viendo que también había nuevas runas talladas en la hoja, siguiendo el patrón de ls que allí estaban. El cambio no era muy grande, pero Bilbo había pasado el tiempo suficiente contemplando la espada como para darse cuenta de ello. Y, pese a que su conocimiento del Sindarin era bastante bajo, pudo capturar la última palabra resaltada: Tirebor.

Guardián de la Montaña, era más o menos la traducción poco profesional y acertada que Bilbo podía atreverse a hacer.

Y, o estaba equivocado, o Dardo había recibido por fin un nombre oficial.

Dejó de contemplar la espada por un momento para centrarse en aquello que reclamaba su atención de manera más urgente: la vestimenta. Junto a la cota de Mithril, había también un par de pantalones muy similares a los que tenía en la Comarca para las fiestas imporantes. Eran blancos, con cosidos geométricos en plata y oro. por la forma, eran pantalones enanos, aunque parecían haber sido remendados en las piernas para adaptarse a la altura de un hobbit. A su lado, había una simple camisa de lino verde oscuro, y algo que parecía una túnica de viaje. Un ostentoso cinturón descansaba sobre la cama, fabricado en algo que Bilbo deseó que no fuera oro, o le daría un infarto.

Estaba a punto de coger la camisa para ponérsela, cuando la puerta se abrió, y por ella apareció Balin, que parecía muy agitado. Llevaba una larga túnica que rozaba el suelo. Era verde esmeralda, muy claro, y las trenzas de su pelo y de su barba habían sido trenzadas de nuevo, y selladas con los broches abrillantados. Sus zapatos llevaban una protección frontal de oro, y los puños de la túnica tenían motivos geométricos similares a los que había visto en sus propios pantalones, bordados en blanco.

—¡Ah! ¡Señor Bolsón, le estaba buscando!

—¿Buscándome? ¿Ha empezado ya la ceremonia?

Balin se acercó a él y le dio un abrazo, palmeándole la espalda y mirándole de arriba a abajo.

—No, por Durin. Thorin aún está preparándose, y se está colocando la tarima de la coronación, pero no tardará mucho más. ¿Las ropas son de vuestro agrado?

Miró las prendas sobre la cama, y parpadeó, con las cejas alzadas.

—Bueno, sí, pero yo... No conozco las normas de etiqueta de los enanos...

El hobbit no había acabado la frase cuando Balin se palmeó la barriga, con una fuerte risotada.

—Para eso estoy yo aquí. Seré su ayudante de cámara por hoy. Vaya a darse un baño, adecéntese, y prepararé la ropa para cuando salga.

Bilbo, que nunca había tenido a nadie para vestirle ni elegirle la ropa, se sintió algo incomodo mientras se dirigía a la esquina de la habitación que tenía el barreño de piedra en el que había agua caliente casi hasta rebosar. Había un surtido de jabones aromáticos junto a la pared, y un par de toallas. De espaldas a Balin, se deshizo de su ropa, y para cuando se metió en el agua, se dio cuenta de que el viejo enano había estado muy ocupado organizando las prendas sobre la cama de Bilbo como para haber visto nada. El hobbit sintió el agua caliente relajarle los nervios, y escogió el jabón que olía a jazmín.

Se frotó con fuerza, esperando sacarse todos los nervios y la suciedad de encima. Esa noche, se consolidaba aquello por lo que llevaban luchando casi dos años. Por lo que había dejado su casa y había acompañado a trece enanos en su viaje a través de Arda. En cuanto Thorin tuviera la corona sobre la cabeza de manera oficial, se pondría punto final a la historia.

Thorin le había dicho a Bilbo que podía quedarse todo el tiempo que quisiera, pero ahora que sería nombrado rey ante los demás reinos enanos y ante la gente de Erebor, tenía la sensación de que las cosas iban a cambiar. No tenía ni la más remota idea de qué tareas estaban dentro del paquete de la monarquía, y no saber lo asustaba. Una parte de él pensaba que esa noche sería el final de todo tal y como lo había conocido hasta el momento. Que Thorin desaparecería bajo el velo de la responsabilidad, y solo sería capaz de verle en la distancia, igual que veía las estrellas y ansiaba rozarlas con la punta de los dedos.

Después de haberse lavado a conciencia, salió de la bañera y se cubrió con una de las toallas, secándose lo mejor que pudo. Balin tomó la camisa y los pantalones, además de su muda interior, limpia, y se los tendió. Luego revisó su mano herida, la desvendó, la estudió con cuidado, y después de aplicarle una pomada transparente, que dejó su piel fría como si la hubiera metido en el Brandivino, volvió a rodearla de gasa élfica (que Bilbo reconocía por ser suave y agradable al tacto, y no áspera y gruesa como la que habían estado usando durante el viaje), pidiendo que la mantuviera estirada. Una vez terminaron, Bilbo deslizó su ropa interior por debajo de la toalla, y una vez estuvo medio adecentado, se liberó de la prenda húmeda y la usó para secarse la espalda, antes de deslizar la camisa por su cabeza. Una vez la tuvo acomodada, tomó la cota de Mithril, y una vez sintió el reconfortante peso del metal sobre su piel, se sintió algo más tranquilo. Miró la túnica con el ceño fruncido. Era tan larga como la de Balin, y no estaba seguro de sentirse cómodo teniendo algo que arrastrar tras él. Balin la sostuvo en alto, esperando a que estirara los brazos hacia atrás para ponérsela, pero Bilbo seguía observándola.

—¿Algún problema, maese Bolsón?

Bilbo sacudió la cabeza, y se giró para meter los brazos por las mangas.

—No, lo siento. Estaba pensando que se parece a los trajes de novia de la Comarca.

El enano hizo una mueca.

—Si le resulta incómodo podemos buscar otra cosa...

—¡No! No es necesario. Simplemente fue una observación. Me gusta. Es muy bonita.

La túnica era pesada, de tela gruesa, y a pesar de ser ancha, no le resultaba demasiado grande, y eso le sorprendió. Los enanos no eran mucho más grandes que un hobbit, pero sin duda la diferencia era suficiente como para que compartir ropa no fuera algo viable, a a menos que fuera ropa de joven. Bilbo podría compartir prendas, por ejemplo, con los sobrinos de Thorin o con Ori, pero no con el mismo Throin, o con Bófur. Y desde luego, no con Balin o con Dwalin. Dudaba profundamente que los enanos se hubieran dedicado a hacer ropa para hobbits.

—¿De dónde ha salido esta ropa?

—De la cámara real, por supuesto. Kili se ha ofrecido a prestaste la camisa y te ha regalado los pantalones. Pensó que te harían falta, viendo el estado de los tuyos. Solo hubo que ajustarles el largo a la medida de un hobbit —explicó Balin, con tono alegre. Parecía satisfecho, como si todo lo hubiera orquestado él —. La capa fue un encargo. Hecha a medida, así que es tuya.

—¿A medida? ¿Quién...? ¿Cómo... cómo habéis conseguido mis medidas?

—Los costureros se las apañaron para sacarlas a partir de tus viejas prendas, cuando se llevaron a reparar. En cuanto al emisor del encargo, no me corresponde a mí comunicártelo —le tendió el cinturón con la espada enfundada, y Bilbo se lo ajustó a la cintura, sobre la capa. La hebilla del cinturón y el mismo habían sido cambiados por otros. El cuero de la tira era fino, estable, regio y nuevo, y la hebilla tenía filigranas que solo había visto en las armaduras de Thorin, Fili y Kili. De la punta del cinturón, colgaba una pieza de oro triangular, como tope, pero también como decoración. El mismo peso la hacía caer entre sus piernas elegantemente, ciñendo la capa a su cintura —. Todo cuanto haría falta ahora mismo para que fueras un auténtico Señor enano serían un par de zapatos, unos centímetros más de alto y de ancho, y una buena barba. ¿Me equivoco al pensar que no está en tus planes dejarte crecer una?

—No, no realmente...

Balin chasqueó la lengua, pero cuando Bilbo se giró, lo miraba con aprobación.

—Bien, estamos listos. Será mejor que nos dirijamos ya al Salón de los Reyes, o nos perderemos la ceremonia.


Cundo llegaron al Salón, Bilbo se dio de bruces con Fili y Kili, ambos muy elegantes con sus túnicas doradas. Los patrones de sus ropas eran bastante parecidos a los que llevaba en las suyas, y también parecían estar bordados en plata y oro. Kili le dio un amistoso codazo, antes de cruzarse de brazos y estudiarle de arriba abajo.

—Te quedan bien mis pantalones. Creía que sería más raro. El que haya elegido tu guardarropa tiene buen gusto.

Bilbo le miró, deteniéndose en sus trenzas. El pelo del más joven de los Durin estaba recogido con dos trenzas, detrás de su cabeza, además del par que llevaba por dentro y que debían de ser de su familia y nombre. La curiosidad empezó a rondarle, pues sabía que las trenzas no aparecían por que sí en el cabello de alguien, y menos si ese alguien era un enano. Pero sabía que sería de mala educación preguntar, pues parecía un tema tremendamente personal. Kili no se parecía a los otros enanos: era más abierto, más sociable. Quizá fuera porque era joven, pero Bilbo sentía que podía contarle o preguntarle cualquier cosa, y él iba a estar allí para escuchar y no juzgarle. Quizá si le preguntaba a cerca de las trenzas recibiera una respuesta, pero no allí, rodeados de enanos, en un lugar que no podía ser más público.

Seguía luchando contra sus inapropiadas palabras, cuando sonó una fanfarria, proveniente de los cuernos que se encontraban en los tejados. El sonido parecía de trompeta, pero era mucho más profundo, más vibrante.

—Ya empieza —dijo Fili, solemne.

Bilbo se estiró, y Kili le cambió el sitio, en el lado del pasillo, para que fuera capaz de ver algo, después de ofrecerse a subirle a sus hombros y que Bilbo se negase, por orgullo y protección de su honor como hobbit adulto que era. Asomado al pasillo, en la segunda fila, Bilbo vio a lo lejos como Thorin se acercaba a la tarima que habían montado al fondo de la sala. No era especialmente alta, pero sí suficiente como para que los enanos del fondo pudieran ver la coronación con más o menos comodidad.

Thorin estaba increíble. Llevaba una capa muy parecida a la suya, solo que esa llevaba piel y pelo en el cuello, como la que usaba para viajar. Su pelo estaba suelto, cayendo a su espalda, y las trenzas lucían delante, cayendo a ambos lados de su rostro. Su mirada pasaba por los enanos, y en algún momento se detuvo a dar la mano o saludar con la frente a amigos cercanos o conocidos que le saludaban. Un grueso broche con cadenas de mithril colgaban de su pecho, uniendo la capa, manteniéndola sujeta. Orcrist iba sujeta a su cintura, en su funda. El cinturón que sostenía su larga camisa era de eslabones de grueso metal, y caía entre las piernas, también, colgando de sus caderas. Su mirada se enfocó en Bilbo y en sus sobrinos cuando pasó, y toda la compañía, que había acordado reunirse en un mismo punto para observar la ceremonia, se unió en un abrazo grupal de camaradería. Finalmente, los sobrinos chocaron las frentes con Thorin, las manos sobre sus hombros, y cuando le tocó el turno a Bilbo, Thorin puso una mano en su nuca, y presionó su frente con suavidad contra la suya. Bilbo no llevaba el suficiente tiempo entre enanos como para conocer todos los detalles sobre su complicada y mayormente secreta cultura, pero el choque de cabezas parecía ser algo reservado solo a los más allegados, y lo cierto era que se sentía como algo bastante privado. No tanto como un beso, pero sí portador de cierto grado de intimidad.

Thorin olía a lilas.

La mano de Kili se posó sobre su hombro, dándole un apretón, Y sintió otra mano (la de Fili), darle un golpe amistoso en la espalda, una vez Thorin tomó las escaleras que le conducirían a lo alto de la tarima.

Una vez allí, Balin le esperaba. Tenía un martillo en una mano, y un hacha en la otra. Las dos parecían objetos viejos, aunque la hoja del hacha brillaba afilada, y el martillo parecía extremadamente resistente. Le tendió el primero a Thorin, hablando con voz gutural. Bilbo frunció el ceño, esforzándose por entenderle, pero no parecía ser un idioma que el conociera. Apiadándose de él, KIli se agachó un poco, y le hizo un resumen.

—El hacha y el martillo son los símbolos de Durin. Balin le está entregando a Thorin los símbolos... es algo más bien ceremonial. Si los acepta, Thorin pide la bendición de Mahal y la protección de Durin para su reinado. El martillo es un símbolo de construcción. De prosperidad y creación. El hacha es un símbolo de guerra y también de protección. En cierto modo simboliza también que Thorin entrará en batalla de ser necesario para proteger a nuestro pueblo.

Thorin tomó ambos en las manos, y recitó algo que Bilbo interpretó como la plegaria a Mahal y Durin de la que Kili le había hablado. Y estaba hablando en el mismo idioma que Balin, Khûzdul, creía que le llamaba. Su voz sonaba gutural, grave y profunda, que hacía vibrar su corazón. No fue hasta que la situación cambió, que Bilbo no se dio cuenta de que tenía la boca abierta. Balin le estaba hablando directamente, como si le estuviera haciendo una serie de preguntas a las que Thorin estaba contestando con brevedad y decisión. Probablemente preguntas de sí o no. La espalda del enano estaba erguida, su pecho hinchado, y le bastó una rápida mirada en derredor para darse cuenta de que el resto de la compañía estaba en la misma posición. Henchidos de orgullo. Incluso había jurado que vio brillar emocionados los ojos de Dwalin.

Una vez esto terminó, Bilbo vio un destello de metal, y se dio cuenta de que Balin estaba alzando una corona sobre su cabeza. No era la corona del abuelo de Throin, la que le había visto llevar durante la enfermedad, y días después de despertar de sus heridas en la batalla. Ésta era más sobria con diferencia. Era una banda que rodeaba su cabeza, ceñida en su frente. Dos aspas, como brazos, crecían de la frente y se doblaban para unirse en la parte de arriba, y dibujar un descenso hasta la banda de la cabeza, donde formaban patrones triangulares y romboides entrelazados. A la altura de sus orejas, los patrones bajaba para ajustarse a sus pómulos. Esa corona le sentaba mucho mejor, con diferencia. Era sobria, recta, dura y suave. Como lo era el mismo Thorin. Y Bilbo se alegró de que no fuera a llevar la misma corona con la que le había visto la última vez, porque no deseaba que aquella fuera la imagen que atesorara en su mente cuando pensara en él como el Rey Bajo la Montaña.

A Bilbo no tuvieron que decirle qué venía después, cuando Thorin se volvió hacia la sala. Clavó una rodilla en el suelo, sus ojos perdidos en Thorin, que miraba al fondo de la sala, vagando por la gente allí congregada, y parecía emocionado, henchido de orgullo. Cuando sus ojos se posaron en los suyos, una sonrisa brotó de sus labios, y Bilbo podía leer la emoción en sus facciones.

—En pie, pueblo de Erebor.

Los enanos se alzaron todos a una, como autómatas, y el hobbit pensó que si Kili o Fili sacaban más pecho, terminarían por romperse la columna o reventar alguna costilla. La potente voz de Thorin se alzó sobre las demás, y el enano se aproximó al filo de la tarima.

—Mi pueblo. Mis hermanos. Mi familia. Hijos de Durin. Hoy, no es solo el día en que daremos comienzo a un nuevo reinado en Erebor, sino el día en el que celebramos que nuestro hogar vuelve a ser nuestro. Hoy celebramos que la sangre de Durin que late en todos nosotros, es más poderosa que cualquier mal que nos aqueje. Hoy, dejamos de ser un pueblo errante, para volver al origen y renacer. Para encender el fuego de las fraguas, y golpear el metal candente. Para trabajar las joyas y el acero, y dar uso al don que Mahal nos ha concedido. Celebramos, que estamos de nuevo en casa. Este reinado será próspero para Erebor. Demostraremos que la Montaña puede surgir de sus cenizas. Nos alzaremos como lo que somos: luchadores, guerreros, enanos. He viajado con vosotros desde hace sesenta años. He sufrido lo mismo que habéis sufrido, he penado vuestras penas. He perdido lo que habéis perdido, y soñado lo que habéis soñado. Con vuestro beneplácito, haré todo cuando esté en mi mano para hacer que esos sueños largamente esperados se cumplan. No espero pleitesías inmerecidas, ni falsas lealtades. Deseo ganarme vuestra confianza porque unidos, somos más fuertes.

"Pero todo esto no habría sido posible, sin aquellos valientes que arriesgaron su vida por acompañarme, por luchar a mi lado para recuperar la Montaña. Aquellos que han sido mis confidentes y mis compañeros. Es a ellos, a quienes deberían ir destinados los festejos, es a ellos, a quienes deberían recordar las historias, pues sin ellos, solo habría sido otro loco más en busca de lo imposible. Es a ellos a quienes debemos nuestro respeto.

Thorin dijo esto, mirando a la compañía, y bajó las escaleras de la tarima para quedar cara a cara con los que una vez compartieron viaje, penurias, pan y cobijo con él. Acto seguido, Thorin hizo algo para lo que Bilbo no estaba ni remotamente preparado, y para lo que no sabía cómo actuar. Clavó una rodilla en el suelo, frente a ellos, y todos los demás enanos le siguieron. Bilbo nunca había tenido a nadie arrodillándose ante él, y mucho menos un rey. Había algo extrañamente malo en ello, como si no debiera hacerse. Pero ahí estaban. Y la compañía parecía desconcertada, mirando a su alrededor sin poder creer lo que veían sus ojos. Kili y Fili, más rápidos que nadie, alzaron a su tío, y de nuevo los tres enanos compartieron una intensa mirada cargada de significado.

Una vez se separaron, Thorin clavó sus ojos en Bilbo y empezó a cantar.

El mundo era joven y las montañas verdes,
y aún no se veían manchas en la Luna,
y los ríos y piedras no tenían nombre,
cuando Durin despertó y echó a caminar.
Nombró las colinas y los valles sin nombre;
bebió de fuentes ignoradas;
se inclinó y se miró en el Lago Espejo,
y sobre la sombra de la cabeza de Durin
apareció una corona de estrellas
como joyas engarzadas en un hilo de plata.

El mundo era hermoso en los días de Durin,
en los Días Antiguos antes de la caída
de reyes poderosos en Nargothrond y Gondolin
que desaparecieron más allá de los Mares del Oeste.
El mundo era hermoso y las montañas altas.

Fue rey en un trono tallado
y en salas de piedra de muchos pilares,
y runas poderosas en la puerta,
de bóvedas de oro y de suelo de plata.
La luz del sol, la luna y las estrellas
en centelleantes lámparas de vidrio
que las nubes y la noche jamás se oscurecían
para siempre brillaban.

Allí el martillo golpeaba el yunque,
el cincel esculpía y el buril escribía,
se forjaba la hoja de la espada,
y se fijaban las empuñaduras;
cavaba el cavador, el albañil edificaba.
Allí se acumulaban el berilo, la perla
y el pálido ópalo y el metal en escamas,
y la espada y la lanza brillantes,
el escudo, la malla y el hacha.

Incansable era entonces la gente de Durin;
bajo las montañas despertaba la música;
los arpistas tocaban, cantaban los cantantes,
y en la puerta las trompetas sonaban.

El mundo es gris ahora y vieja la montaña;
el fuego de la forja es sólo unas cenizas;
el arpa ya no suena, el martillo no cae;
la sombra habita en las salas de Durin,
y la oscuridad ha cubierto la tumba
en Moria, en Khazad-dûm.
Pero todavía aparecen las estrellas ahogadas
en la oscuridad y el silencio del Lago Espejo,
y hasta que Durin despierte de nuevo
en el agua profunda la corona descansa.

Los enanos se habían alzado para entonces, y Bilbo se dio cuenta de que el rumor de fondo que se había escuchado todo el tiempo, no era el eco de la voz de Thorin, si no las miles de voces de los enanos de Erebor congregados en aquel Salón, uniéndose para entonar juntos una canción que hablaba de tiempos antiguos, muy antiguos. Se dio cuenta, con algo de sorpresa, que ya conocía algunos de los versos, aunque estaba consciente de no haber escuchado nunca algo semejante. Y sin embargo le era tan familiar... incluso la voz de Throin en ella le resultaba conocida, aunque eso era imposible, porque era la primera vez que oía a Thorin cantar, y desearía que fueran muchas más las ocasiones en las que lo hiciera, pues su corazón parecía estar muy cómodo cuando eso pasaba, enviando olas de calidez por todo su cuerpo.

De nuevo, la voz del Rey rompió el silencio, pero esta vez fue en un tono más frívolo y desenfadado, más propio de un enano tal y como Bilbo los conocía.

—¡Qué den comienzo las celebraciones!

Los vítores se alzaron entre la multitud, junto con los brazos y las hachas y martillos, y la masa empezó a moverse en dirección otra estancia, atravesando las grandes puertas doradas del Salón. La compañía permaneció apiñada un tiempo más, mientras el lugar se vaciaba. Bilbo podía escuchar los primeros violines y flautas sonando al fondo, retumbando, el sonido viajando a través de la piedra. Si creía que las celebraciones enanas eran alegres, se iba a llevar una gran sorpresa.

Las celebraciones enanas eran una locura.

La compañía felicitó a Thorin, y este bromeaba para aligerar el animo, inclinando la cabeza en señal de aprobación de vez en cuando.

Glóin apareció con su esposa, una enana con un pelo tan rojo como su marido, largas patillas hasta la mandíbula, y pesados pendientes en las orejas de algo oscuro que capturaba la luz como nada que Bilbo hubiera visto nunca. Junto a ella, iba un pequeño niño enano, con pelusilla en el mentón. A Bilbo le recordó a Frodo, su sobrino, con el mismo vello infantil en sus pies cuando tenía cuatro años. Resultaba curioso no tener que agacharse mucho para poder estar cara a cara con él, pero Bilbo, como todos los hobbits, estaban algo acostumbrados a tratar con los niños humanos de Bree, que eran incluso más altos que ellos a determinadas edades, de modo que el hobbit ya estaba acostumbrado a encontrarse de frente con todo tipo de niños. El niño tenía mejillas regordetas, pero era robusto, cuadrado, y tenía un par de trenzas en el pelo, sujetas tras su cabeza en otra única trenza, con un broche más grueso.

—¡Gimli! ¡Brhuna! —saludó Thorin con entusiasmo. Parecía que se conocían desde hacía tiempo. El rey se inclinó para saludar, y niño y enana lo hicieron a su vez — Me alegra veros. Espero que el viaje desde Ered Luin fuera bien.

—Muy tranquilo, Thorin. Gracias. Topamos con un par de bandidos humanos poco antes de llegar a Rhudaur, y algún orco se escuchaba lejano, pero no fue problema. Dís te envía saludos. Me entregó una carta que quería que te hiciera llegar —contestó la enana. Se llevó una mano al interior de su chaqueta, sacando un pergamino enroscada, y tendiéndoselo a Thorin. Luego posó la mano libre en el hacha de su cintura distraídamente.

Thorin tomó el pergamino y lo guardó dentro de su túnica, inclinando la cabeza, y palmeó el hombro de Gimli como haría con sus sobrinos. El niño parecía muy emocionado por el gesto, y sonrió ampliamente.

—Unámonos a la fiesta. Hoy es un día de celebración —dijo Thorin, con una cálida sonrisa, mirando a la compañía en un gesto de afecto, hasta que sus ojos se encontraron con los de Bilbo.

De nuevo, tal y como había sucedido antes, en el momento en que sus miradas se encontraron, saltaron chispas en el aire. Algo se removió en el estómago del hobbit, pero no fue una sensación incómoda. Fue más como tener... mariposas. Abrió la boca para decir algo, lo que fuera, pero se vio arrastrado por Fili y por Kili, cada uno cogiéndole de un brazo, y no tuvo más remedio que dejarse llevar por los enanos que, emocionados, corrían fuera del Salón, a la búsqueda de la verdadera fiesta.

La música sonaba por la montaña a la misma intensidad y sonido, rebotando en las paredes de piedra, vibrando a través de la roca y del suelo, haciendo retumbar sus entrañas pasando por sus pies, acelerando su sangre. Bilbo no era un hobbit tremendamente sociable, pero le gustaban las buenas fiestas, y la música de los enanos, si algo era, era contagiosa. Sus caderas se movían un poco mientras era arrastrado por los dos hermanos, con las puntas de los pies a penas tocando el suelo. Al principio se revolvió, intentando que le soltaran. era indigno para un hobbit ser llevado a cuestas, pero al poco se dio cuenta de que era completamente inútil resistirse, así que se limitó a esperar a que lo soltaran, como un niño pequeño, en cualquier parte. Al final, llegaron a una esquina que parecía un lugar más o menos libre de ruidos.

—¿Te la ha dado ya? ¿Podemos verla?

Le preguntó emocionado de Kili, dejándole en el suelo y girándole para mirarle. Daba vueltas a su alrededor, inspeccionándole con cuidado.

—¿Darme qué? ¿Quién? ¿Ver el qué?

Fili se cruzó de brazos, con el ceño fruncido. Parecía decepcionado.

—No la veo, Fee —se quejó Kili, tras él.

—No está, Kee.

—¡Chicos! ¿Qué demonios hacéis? —exclamó, exasperado.

Los enanos se miraron entre ellos, como haciendo un pacto en silencio, y se inclinaron.

—Lo sentimos, Bilbo.

—No queríamos molestarte.

Bilbo se cruzó de brazos, golpeando el suelo con el pie, molesto. Todo el mundo se estaba comportando de manera sospechosa desde que despertó en la Montaña, después de recuperarse del golpe en la cabeza. Y estaba un poco cansado de los murmullos a sus espaldas, de las miraditas y de soslayo cuando creían que no las veía. Y los comentarios crípticos, las conversaciones sobre temas extraños, y los comportamientos más extraños todavía. No esperaba entenderlo todo, pero estaba seguro de que le estaban oscultando algo importante.

—¿Os importaría mucho decirme qué está pasando?

Fili sonrió inocentemente.

— ¿Pasando? ¿Pasando donde?

Bilbo gruñó.

—Todo el tiempo. Estáis todos muy raros a mi alrededor, y no sé por qué. Empiezo a cansarme de ser el bufón del grupo.

—¿Bufón? ¡No eres un bufón! —exclamó Kili, herido, como si Bilbo le estuviera diciendo que lo había insultado.

—¡Pues así es como me siento! ¡No entiendo lo que está pasando!

Fili y Kili volvieron a mirarse, hasta que Fili suspiró.

—Tenemos que decírselo, o las cosas acabarán mal.

—Sí. Él no es de los nuestros, no lo entiende... No está bien. Debería saberlo —concordó Kili. Asintieron, y miraron a Bilbo, que tenía la boca medio abierta, esperando —. Bilbo, hay algo que tenemos que contarte... pero nosotros no te hemos dicho nada. Verás, Thorin...

Kili empezó a hablar, y Bilbo dejó caer sus brazos, asombrado por lo que oía.


Bueno, licencias artísticas a mansalva en este capítulo. Espero que aún así no queráis echarme a los leones. No tengo buen sabor, de verdad.

Ah, sí. Doy mucho asco, pero en Agosto no voy a poder actualizar, así que espero poder venir con un par de capítulos más en septiembre. Los subiré seguidos, así me disculpo por la espera. Lo siento

Contestando a algunos reviews que he recibido, no, no voy a dejar la historia. Tengo muchas cosas que actualizar, y puede que tarde un poco, pero va a seguir hasta que Thorin y Bilbo me griten basta. Así que habrá historia para rato, aún.

Tirebor (Tir: guardian / Ebor: montaña)