Yo… yo, a mi… a mi me… No te entiendo. No se… ¡no se que somos! Me ayudas, ¡pero otras veces solo me dejas fría! No sé si quieres ser mi amigo, o… no, ¡claro que no! ¡Tú solo… no… no lo sé! ¿Qué quieres de mí?

Madge tomó aire tras tal verborrea y bajó la cabeza como si acabara de decir una atrocidad.

Gale no sabía ya que decir, tampoco. No sabía qué hacer, que pensar. Como explicar algo que ni siquiera él entendía. Bajo la cabeza también, intentando reordenar sus pensamientos. Se lo había planteado antes. Se lo había planteado desde el mismo instante que todo comenzó. Pero a fuerza de ignorar los verdaderos sentimientos ahora ya no sabía que creer.

Sin embargo, su corazón debía pensar otra cosa, puesto que sus labios contestaron la pregunta que nadie se había molestado en preguntar con claridad.

Si

Madge se dejó caer de la silla, todavía con la foto en las manos. Sus piernas tocaron el suelo, su cabeza chocó contra la pared. De repente, no podía escuchar nada. No podía ver nada. Únicamente existían Katniss y Gale, besándose bajo la luz del atardecer. Un millar de sentimientos empezaron a apoderarse de su estómago, tomando control de su cuerpo con rapidez.

No lloró. No gritó como una loca. No dejó que el desengaño se apoderara de sus extremidades. Solo se acurrucó en el suelo y añadió otro hecho a la lista de "cosas que debo olvidar". El psicólogo se lo había dicho varias veces, y por primera vez quería hacerle caso. Quería olvidar. Quería hacer como si nada hubiera pasado, seguir adelante. Quiso volver a ese tiempo donde lo único que le preocupaba era… nada. Nada en concreto. Nada importante.

Gale salió del baño cuando escuchó que Snow se había ido. No se había escondido por cobardía. Tampoco por miedo. Solo había presentido que su presencia no mejoraría nada de lo que le hubiera dicho a Madge. Se dirigió al estudio con rapidez, nervioso al no escuchar ningún ruido. Al entrar no se encontró nada que no estuviera esperando.

Sin embargo supo en un instante que algo no iba como debería ir.

La vencedora levantó la vista al muchacho y se encogió. ¿Porqué él? ¿Porqué él tenía que quitarle el aliento de esa forma tan salvaje? ¿Si se sentía así, porqué a él no le importaba romperle el corazón una y otra vez? Esas, y mil preguntas más inundaron su cráneo.

Se levantó y salió de la sala. Sin correr. Sin decir nada. Sin dejar que los brazos de Gale le cortaran el paso. Sin todavía saber muy bien qué hacer.

Katniss salió de los bosques una vez más. Su cinturón no derramaba sangre. Las presas no se le abultaban bajo la ropa. Su arco y carcaj seguían en el bosque, intactos. Se arrastró por las calles del distrito odiándose, cosa que empezaba a ser costumbre. Empezaba a nevar con fuerza.

No podía cazar. No se sabía concentrar. La mente le volaba tan lejos que sus manos temblaban y sudaban. La vista se le nublaba. Se sentía inútil e indefensa.

Se odiaba cada vez más.

Llegó a su casa y la encontró vacía. Se asustó de inmediato. Empezó a gritar el nombre de su familia con curiosidad fingida, dejando paso al terror. Inspeccionó cada rincón de la minúscula choza para acabar sentada en la cocina, con la cabeza en las manos. Intentó repasar todos los sitios donde podrían estar. La inseguridad arremetió en ella y se sintió más perdida que nunca. Su familia, lo único verdadero y estable no estaba. Quizás solo se habían ido a buscar algo o a visitar a Hazelle, pero Katniss era incapaz de ir a comprobarlo.

Varios minutos pasaron, pero Katniss no podía aliviar la ansiedad. Nunca se había sentido así, tan impotente, tan idiota. ¿Dónde estaba su cabeza fría? Estaba demasiado nerviosa como para encontrarse a sí misma.

Tras un cuarto de hora de espera, se levantó tambaleando y se marchó de la casa. Ando por la Veta, desorientada, buscando a Prim. A su madre. A quien fuera. La nieve todavía no se había fundido y era la única que se encontraba allí. Pronto no pudo distinguir nada, solo la blancura de la nieve bajo sus pies.

Divisó una figura en la lejanía, pero después de eso sucumbió al frio y el miedo.

Madge hizo su maleta metódicamente. En realidad no sabía que estaba haciendo, no sabía que colocar. Cinna le había llamado unos días antes diciendo que en teoría no tenía que llevarse nada, pero ella seguía queriendo llenar la maleta de recuerdos.

La foto de sus padres el día de su boda.

A regañadientes, la única foto que tiene de Katniss y Prim juntas, desprevenidas.

Un libro entero de partituras para el piano.

El sinsajo de Maysilee.

Miró su maleta medio vacía y se dio cuenta de lo insubstancial que era su vida.

Lanzó la maleta por la ventana.

Katniss despertó en una cama muy caliente. Por un momento su mente solo le dejó pensar que nunca se había sentido tan cómoda como allí. Abrió los ojos lentamente y se encontró con el preocupado Peeta Mellark.

El salto que dio en ese instante era equiparable al de un canguro.

—¿Estás bien? —Preguntó Peeta en el mismo instante en el que ella lo miraba horrorizada.

No supo contestar. Si fuera sincera, diría que no se había sentido tan bien en toda su vida. Tan segura, tan confortable y completa. Como una niña pequeña que se esconde en las sabanas de sus padres en invierno. Pero eso no estaba bien, porque era Peeta Mellark y su corazón estaba demasiado acelerado para parecer normal.

—Sí, claro, solo… —Intentó explicarse—.

—¿En que estabas pensando? ¡Está nevando! ¡Salir fuera es una locura Katniss, casi un suicidio! ¿Por qué? —Exclamó Peeta, con su mejor cara de indignación—.

Katniss estaba confusa. Hacía más de diez años que nadie la reñía por nada, menos por ponerse en peligro. La sensación de culpabilidad la arroyó como un camión. Se sintió mal por hacerle pasar un mal momento sin necesidad.

Sin embargo, toda esa atención solo la puso más nerviosa, y por lo tanto hostil.

—No me ha ocurrido nada grave, no es para tanto.

—Claro, excepto lo de tu pierna.

—¿Qué?

Se destapó con rapidez y descubrió que tenía toda la pantorrilla vendada. Le vinieron unas instantáneas ganas de llorar como una idiota, que atribuyó al hecho de sentirse tan confortable. Bajo la cobija de las sabanas se sentía tan pequeña que el rostro de Peeta era intimidante por primera vez. Quiso taparse la cara con las mantas, pero no lo hizo.

—Las mantas no te salvarán precisamente… —Replicó Peeta, en un tono más humorístico—.

—Lo sé —Respondió ella, tirando un poco más de la tela—.

Madge se preparó para la llegada del tren. Era su escapatoria.

Gale estaba a su lado, pero ella no podía mirarlo sin tener ganas de vomitar. Intentó hacer oídos sordos a lo que decía, y ni siquiera dijo adiós cuando él se lo dijo. No le devolvió el beso, sabiendo que prefería otros labios a los suyos.

El tren se marchó, llevándose de nuevo a un par de tributos devastados. Madge y Haymitch.

Gale volvió a casa un poco desolado. No entendía la actitud de Madge y ya no tenía ánimos para estar enfadado. Dió tumbos por la mansión sin saber bien que hacer. Vió la maleta de Madge bajo la ventana y ni siquiera le sorprendió. Se miró al espejo de la cómoda de Madge. De Madge. De Madge. De Madge. Todo era suyo. Todo era ella, ¿porqué él no podía serlo?

Finalmente llegó a el cuarto en el que, de algún modo, había terminado todo. Se sentó en la misma silla en la que ella se había sentado. Estaba helada. Miró a su alrededor y encontró un sobre.

El sobre.

N/A: ¡Hola a todos y siento MUCHO la espera! Tampoco he podido contestar la mayoría de las reviews y dudo que pueda. Sin embargo os doy muchísimas gracias por todo el apoyo que le dais a la historia dia a dia.

¡Nos vemos en el próximo capítulo!