Autora: 29 de Diciembre de 2014. Otro capítulo re-leído, re-publicado y corregido.
Advertencia: ¿Fantasmas? Vocabulario.
Respuesta a los reviews:
Ninn: Francia siempre será una advertencia. Él y sus pensamientos me causan escalofríos. Tierna nada, sólo sé que ustedes se merecen un poco de respeto. Ustedes se dan el trabajo de escribirme, mínimo me debo dar el trabajo de responder. La historia de Arthur es interesante, pero de a poco te darás cuenta. ¡Hola compatriota! ¿De qué parte eres tú? Yo de Concepción. ¡Seguro, nos vemos!
Lari-Sempai: Pues apláudame mija! Eres una mocosilla, déjame regordearme en eso. Bien, no entendí un carajo de lo que hablaste espero que no sea nada horroroso. Los chilenos somos carismáticos, es algo normal que te cayera bien. No es que mi ego esté alto. Te he dado un poco de momento Alfred típico, así que alégrate. Spamano, sí es muy adorable esta pareja. El próximo capítulo se dará más de ellos... tal vez. Agradece a tu virgen que este capítulo lo hice el doble de largo que lo normal. Quizá el otro no sea tan así.
Algún día libraremos la batalla campal y veremos quién gana la supremacía total. ¡Nos vemos, enana!
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Capítulo 7: "LA PACHAMAMA SE VENGA"
-X-
El sol brillaba atravesando las ventanas, iluminando la blanca cocina. Las cortinas verde limón se iluminan transparentes. Los detalles de flores amarillas encandilan en su pequeñez, simulando estrellas matutinas. Los pajarillos se columpiaban por las ramas del naranjo del jardín, cantando con dulzura frente a los rayos del astro.
Relajado. Tranquilo. Agradable.
Todo alrededor era construido bajo la misma frecuencia.
Salvo en esa casa.
Los ojos cobalto brillaban aterradoramente tras la taza de humeante café sin azúcar. Dylan y Ryan se pegaron nerviosos el uno al otro con sus sillas de madera chocando. William se concentró en la maravilla de su té. Su infusión era malditamente mil veces maravillosa en comparación a la imagen que había en la cocina de su casa. Arthur comía de sus tostadas ignorando lo más que podía las puñaladas esmeraldas que se concentraban en su frente.
El chico sacó otra tostada de la panera pero una mano oscura se la quitó con brusquedad, dejándole sólo migas.
Scott masticó la tostada con odio, una saña aterradora. Afiló los ojos, provocándole. La boca de Arthur se deslizó hacia abajo en una mueca de disgusto. Una gota de sudor recorrió su sien y bajó por la mejilla recién afeitada. Aguantó con toda la paciencia posible la mirada acusadora de su hermano mayor.
Todos en la casa sabían el porqué de su mal humor. Sabían la causa. Y tenía unos ojos verdes esmeralda y unos disparatados mechones rubios.
— A qué hora viajas— Moduló y escupió tras masticar cada palabra. El pelirrojo hubiera deseado tener el cigarro encendido y poder tirarle todo el humo en la cara a su hermanito menor. Arthur tragó saliva y cerró los ojos. Dylan alzó una ceja y Ryan se apegó al respaldo.
— A las siete y media de la tarde— William alzó una ceja dorada. Tomó un sorbo más de su té y observó como la mueca de desagrado se agrandaba si aún era posible, en el rostro del primogénito Kirkland. Se acomodó la camisa azulada mientras observaba en silencio como Arthur seguía con la mirada fija en la mesa. Si el chico sabía lo que le convenía llevaría el bolso y su saco de dormir al colegio y no volvería hasta después de la excursión. Claro si es qué sabía lo que realmente le convenía.
Esa noche pediría intercambiar un turno con algún compañero en la clínica. No sería capaz de soportarlo.
Esa noche los gemelos rogarían de rodillas a algún amigo que tuviera bien corazón a que los hospedaran por esa noche. No querían ser el chivo expiatorio.
Es que simplemente nadie quería soportar a Scott esta noche.
Saben que la furia del Kraken no es nada al mal humor de Scott y sus ojos de basilisco.
— ¿Volverás a casa antes de irte?
— No. Me llevaré todas las cosas al colegio— Arthur se apuró a explicar— Será más cómodo que hacer una vuelta de más.
Scott afila sus dagas verdes.
William sonríe al saber la mente del mayor. Es obvio. Scott sale a las seis y media del trabajo. Estaría con el Volvo azul en la casa a las siete a más tardar. No haría una vuelta de más con las cosas dejadas cómodamente en el asiento trasero mientras el menor lo acompaña de copiloto.
Scott cierra sus ojos monstruosos. Él puede llevarlo. Pero todos saben que nadie en su sano juicio aceptaría. El hermano mayor no está considerado como opción de ayuda. Él lo sabe también.
El hombre, tras terminar de un sorbo el café que quedaba de su taza de líneas cruzadas enrojecidas, la apoyó con tanta brutalidad que de milagro no se rompió. Se irguió con soberbia y desapareció tras la puerta.
William rodó los ojos. Terminó de tomar su té y se levantó con tranquilidad a llevar la taza del mayor al lavaplatos.
Los tres menores suspiraron luego de que la oscura presencia del escocés hubiera desaparecido.
Sabían que esto sucedería.
Todos sabían el miedo que burbujeaba dentro del pecho del mayor.
-X-
Era el segundo recreo y Alfred miraba a todos lados buscando a alguien. Las latas de Coca-Cola frías en cada mano larga y bronceada. Los ojos oceánicos seguían escudriñando entre la multitud de gente que cruzaba el pasillo. Sus cejas delgadas se fruncieron en una línea castaña. De nuevo no estaba.
No lo había venido a buscar a la sala y no aparecía por ningún lugar. No se veía en la sala de música, ni en el tercer patio ni tampoco en alguna sala de la dirección estudiantil. Así que no estaba en ninguna reunión. Por lo menos lo avisaba cuando tenía que ir a alguna junta. Y estaba seguro de que lo había visto entrar al colegio esa mañana.
Un gesto de confusión cruzó su rostro. ¿Podría ser?
— ¿Acaso me está evitando? — Murmuró extrañado. ¿Por qué sería así? Todo era tan normal como la semana anterior. No discutieron más de lo normal y hasta se llegaron a acercar un poco más. ¿Qué había hecho mal?
Sus ojos brillaron aún más confundidos. ¿Y por qué se preocupaba tanto si el muy imbécil se había enojado con él?
Lo repite, su mente lo odia.
Jodido Arthur. La única persona que le hacía devanarse los sesos.
Aprieta las latas hasta que se deforman y se va a la sala de música a tomárselas solo. Que se muera.
-X-
— No, no, no... Mierda— Volvió a rebuscar con horror entre sus cosas. No estaba. Sus manos escrudiñaban frenéticas los bolsos de campamento. No estaba. Una tercera revisión a los bolsillos traseros. No. Sigue sin estar. Su rostro empalideció aún más que antes. Mierda. El saco de dormir no estaba y ya eran las siete y veinte. Soltó una maldición y se puso a correr tras pedirle a Kiku que le guardara las cosas en el bus que habían contratado para la expedición.
Bajó de tres en tres las escaleras del tercer piso y se encaminó corriendo hasta su casa. Si tenía suerte y se esforzaba hasta casi desfallecer podría estar aquí en veinte minutos. Guardaba la esperanza de que no faltara el idiota que se retrasara y tuvieran que salir a las ocho. Doblaba por las calles con una rapidez espeluznante, como si escapara del diablo.
Hasta que ve al diablo mismo viniendo en dirección contraria. Un diablo en un volvo s80 azul ultramarino. Se esconde con rapidez tras una casa de la cual saltó la reja y desaparece tras unos arbustos.
Cinco minutos. Arthur se sentía morir.
El Volvo azul con ventanas blindadas y oscurecidas se había estacionado unos cinco metros más allá donde estaba él desde hace cinco minutos. Bloqueando la posibilidad de que pudiera salir sin ser visto. Maldito Scott, lo había reconocido y se burlaba de él esperando a que apareciera.
Primero aparecería su cadáver.
Fijó sus ojos en cualquier lugar de la casa por la cual pudiera salir sin ser percibido. Había una esquina oscura que daba a un pasaje perpendicular a donde estaba el Sedán. Suspiró. No podría ir a la casa en busca del saco de dormir de mierda. Ya vería como se las arreglaría.
Dobló su muñeca sobre el muro y se impulsó con agilidad hasta el otro lado.
Pat, pat, pat.
Lo único que escuchaba era el ruido de sus pisadas sobre el pavimento y el dolor punzante de sus costillas a medio sanar. Ni recordar la cara de William cuando le puso las vendas, asintiendo a no contarle nada a Scott.
"Pobre de ti que se dé cuenta de esto y pobre de mí si él sabe que te ayudé".
Porque simplemente no quería tener más problemas, ni aguantar al bastardo por culpa de unas costillas rotas. Ni siquiera se quería imaginar el mencionar que se metió en una pelea por salvar a Alfred.
Sería espantoso.
Siguió corriendo, aumentando la velocidad y todavía ignorando el dolor latente y punzante.
Llegaba atrasado. Miraba a todos lados por si aparecía el estúpido de su hermano. Cada vez que veía un algo que se parecía a él se escondía con rapidez en cualquier lugar posible. Se había ido con cuidado y tomando los pasajes más complicados, para despistar a cualquiera. Y gracias a eso iba con un retraso infernal.
"7: 46 PM"
Por lo menos ya estaba a dos cuadras del colegio. Siguió corriendo, el corazón sentía que se esfumaba, latiendo como un colibrí.
Pumpumpumpumpumpumpum...
El bus todavía estaba ahí y los dos últimos chicos subían a él, donde el conductor ya tocaba la bocina. Suspiró aliviado.
— ¡Perdón por el retraso!— Subió al bus con desesperación. Sonrió cuando quedó sobre la alfombra del pasillo escuchando el regaño de su profesor. Arthur estaba aliviado, no importaba nada el regaño con tal de haber llegado, tampoco si las costillas le ardían con crueldad.
— Ya vaya a sentarse, Kirkland— Comentó fastidiado el hombre mayor. El chico asiente y se va en busca de un asiento libre. Todos mientras él camina están ocupados. Cada pareja habla animadamente, escucha música o mira por la ventana con tranquilidad. No hay ningún asiento. Hasta Francis está sentado cómodamente con Kiku quien lo mira con una disculpa, se alza de hombros. Son cosas que pueden suceder, aún cuando le haya pedido explícitamente que se sentara junto a él para así no sentarse con cierta persona. Frunció el ceño. Sigue caminando con más lentitud, con más horror. Divisa un puesto libre, casi al fondo del bus... Sus mejillas son colorean y observa con un tic nervioso el único y maldito puesto libre. Con una mochila asegurando que nadie más se sentara.
Mierda.
Justamente con la cierta persona que no quería sentarse.
Queda al frente del asiento y los ojos fríos le taladran hasta el alma. Está enojado.
— Con que por fin te decidiste a aparecer, ¿Eh? ― Suelta Alfred con frialdad. Arthur cierra los ojos incómodo. Alfred está molesto porque se escondió de él durante todo el transcurso del día. Pero es que no podía simplemente hablarle luego del momento incómodo del día anterior.
Cuando él lo empuja y caen sobre el pasto. No pueden respirar porque su nariz está chocando con la piel. Tras quejarse del dolor abre los ojos y lo primero que ve y siente es la rasposa mejilla de Alfred. Arthur cayó sobre mejilla a pocos centímetros de su boca. Alfred todavía tiene los ojos cerrados por la caída, le duele la cabeza tras chocar con la tierra. Se remueve y comienza a abrir los ojos y Arthur desesperado se tira hacia atrás. No quiere que Alfred lo mire raro tras quedarse mirando unos segundos su boca.
Lo último que recuerda antes de tirar una excusa vaga es la mirada confundida de Alfred que no entiende absolutamente nada debido a su incapacidad de leer mentes. Arthur se escapa con rapidez. Quiere huir y maldice a su cabeza por burlarse con crueldad y mostrarle la posible imagen de si se hubiera quedado en su lugar, sin moverse.
No. Las cosas no deben ser así y te tienes que controlar Arthur Kirkland. Es sólo un mocoso que no sabe dónde está parado y del cual solo debes ser su tutor. Cálmate y olvídalo. Cálmate y olvídalo. ¡¿Por qué mierda no te calmas y no lo olvidas?!
Al día siguiente decidió alejarse lo más posible del americano hasta que todo rastro del suceso anterior se olvidara. Esperaba que Alfred se olvidara y no fuera como él.
Le inspiró tanta lástima cuando al llegar al instituto lo llamó para que se entraran juntos y él, haciendo oídos sordos sigue a paso apresurado hasta hundirse entre la multitud de estudiantes. Después de cada clase, sabiendo lo acostumbrado que Alfred estaba, por culpa suya, a pasársela con él en los minutos de descanso, subió con rapidez hasta la azotea, donde siempre iba Francis a tirarse a su compañera o compañero de turno. Prefería hasta escuchar los gemidos de esos imbéciles antes de ir donde el maldito cerebro de hamburguesa.
Lo que mayor remordimiento le inspiró fue cuando lo vio de espaldas junto con las dos latas de bebida gaseosa, buscándolo. Se escondió tras una sala cuando Alfred dio media vuelta y se fue rumbo a la sala de música, visiblemente molesto y asustando a todos los demás chicos que habían en el pasillo.
"Discúlpame, Alfred"
— ¿Arthur, con quién se irá en el viaje de expedición? — Kiku le preguntaba en Historia. Arthur la recordó con terror. La expedición. La maldita expedición en el cual el idiota de Julio César se le había ocurrido juntar a tres cursos del instituto por la simple razón de porque sí. ¿Y a cuáles cursos eligió el idiota del rector? El curso de Arthur, un primero que no recuerda y como si Dios lo hubiera odiado... El curso de Alfred. Aunque si lo piensa mejor, no es culpa de ninguna deidad su torpeza del día anterior. Suspiró.
No se quería precisamente ir con Alfred y dormir juntos toda la noche. Sería terrible tener una sesión de tortura mental durmiendo al lado del chico. ¿Y qué pasaba si hablaba mientras dormía? Sabía que tendía a hablar en sueños y sería horroroso de sólo imaginar que cualquiera de la sarta de basura que tenía en la cabeza saliera a flote y el americano le escuchara.
— No sé realmente. ¿Nos vamos juntos? — Kiku alzó una ceja con suspicacia. Estaba seguro de que su amigo se iba a sentar con el chico al cual habían dejado a su cargo y con quién parecía haber hecho buenas migas. Por eso no le había preguntado si se iba con él. Sonrió ante la cara agónica del británico y le respondió con suavidad.
— Como usted desee, Arthur.
— ¿Cuándo va a ser el milagroso día en el cual dejes de tratarme de usted? — Soltó algo fastidiado el de ojos verdes— ¡Nos conocemos de hace más de tres años y sigues haciéndome sentir como un anciano!
El japonés se ríe. Y su risa recuerda a los bosques de cerezos en flor. Suave. Tranquilo. Como una seda.
— Conténtese de que no le hablo con el formalismo "san" ni tampoco "kun"
— Cualquier cosa mientras no termines mi nombre con "chan" — Comentó aterrorizado con la simple idea. El japonés hace un tiempo le había enseñado algo de su cultura. No pudo menos que resumir todo con un "Qué gente más rara". Aunque luego se puso a reflexionar y su cultura para ellos tendría que ser la cosa más estrambótica habida en la Tierra. El japonés siguió sonriendo. Arthur repite— Me iré contigo.
― Así será, así será...
Luego de clases se dirigió a la biblioteca a leer un libro. Arthur Conan Doyle como lectura rápida no estaría mal. Además sabía la fobia de Alfred a entrar a lugares donde su cerebro se culturizara, así que no aparecería por estos lugares. La bibliotecaria en esos momentos era una mujer gordita y menuda con cara de ángel. Menos mal que no había sido la loca de la vez anterior pues o sino no hubiera podido entrar ni llorando de rodillas.
Terminó el libro a las siete y diez, así que con rapidez se acercó a su sala a buscar las cosas. Lo demás ya es historia sabida y por eso helo aquí.
— Simplemente, ¿Me puedo sentar o tendré que irme con el chofer? — Alfred hizo como si se lo pensara y luego tras dirigirle una última mirada, levantó su bolso y lo colocó en la repisa de plástico del bus.
— Me debes una, estúpido— Miró adelante con indiferencia. El bus comenzaba a partir. Arthur suspiró y una curvatura tan pequeña que no podía ser sonrisa se dibujó en su rostro.
— Sí, te debo una. No me quería sentar con el loco de Stevens, me hubiera hecho dar cien vueltas al pasillo del bus— La mala suerte de tener como profesor titular al de Gimnasia y Deportes. Alfred sonrió al comentario, pareciera que el mal humor se le hubiera ido.
— Te crees Mister Perfección, ¿Por qué llegaste tan tarde? — Arthur soltó un suspiro luego de sentarse.
— Cuando iba de camino al bus me di cuenta de que no traje mi saco de dormir, lo iba a buscar a mi casa pero me tuve que devolver a medio camino— Soltó sin comentar sobre que tuvo que correr de Scott ni las de Caín que había sufrido con tal de llegar al colegio sin la presencia de él.
— Haz de ser idiota— Bufó Alfred quien se encogió de hombros.
El bus ya doblaba por una esquina y unos mechones rojos se movían por el viento dorado de la tarde siendo seguidos por la estela de humo que subía al cielo. Los ojos pétreos observaban como el bus se alejaba y lo último que observó fue a un desconocido de ojos azules hablar con Arthur.
El verde cobalto se afiló, como si fuera un gato.
Pisoteó la colilla y con el bolso de dormir azul, que había sacado a propósito para lograr despedirse de Arthur en su otra mano, se apoyó en la muralla cercana como un gamberro.
— Estúpido — Gruñó.
-X-
Comenzaba a anochecer y en el vehículo todo era una fiesta de cotorras. Todos chillando de allá para acá. Gritando, riendo, discutiendo, cantando. Hace unos minutos el americano y el inglés ya no tuvieron más tema por el cual discutir así que Alfred encendió su reproductor de música y se puso los audífonos.
'"Not Afraid - Eminem" Rezó el reproductor.
— You can try and read my lyrics off of this paper before I lay 'em... — Susurró el americano. Comenzó a cantar la canción siendo el único quien escuchara su voz rasposa su compañero de banco. Escuchó todo el rap con tranquilidad hasta que al terminar le quita un audífono.
— Quiero escuchar qué tipo de mierda no saludable escuchas— Alfred rodó los ojos y siguió. Eminem. Nickelback. Thirty seconds to Mars. Blink 182. Red Hot Chilli Peppers. Green Day. Una montonera de otras bandas que nunca había escuchado su nombre. En fin, un montón de rock americano como para romper los oídos. Música perfecta para el americano. Agresiva. Con mucha guitarra y batería. Nada elegantemente instrumental como la música que él escuchaba. Finalmente se quedaron dormidos alrededor de la medianoche escuchando música americana para un americano. Alfred da un respingo, y Arthur despierta pero sigue con sus ojos cerrados. Atento a cualquier movimiento.
— But my dreams they aren't as empty... As my conscience seems to be— Susurró cuando esa canción estaba pronto por terminar. Miró unos segundos por la ventana con un gesto de dolor. Arthur todavía seguía despierto pero con los ojos cerrados, sabiendo que Alfred no quería que lo viera tan afectado por una canción. Los ojos azules se confundían con el ultramarino de la noche iluminado de vez en cuando con las luces de la carretera. La mente escapando más allá de todo lo que estaba a su alrededor. Alejándose a recuerdos oscuros.
— Con que te la diste de valiente, ¿eh? — El chico pisoteaba su cara ignorando su rostro lleno de sangre. Los ojos azules se afirmaban con tenacidad sobre su mirada castaña. No le quitaba los ojos de encima y Peter se asustaba ante la frialdad demoniaca escondida tras esos pozos azules. Más nervioso comenzó a pisotearle con más fuerza, gritando casi histéricamente— ¡Hazte el valiente ahora y enfréntame, hijo de perra!
Alfred sonrió y tras apoyar sus manos en el suelo saltó y se abalanzó como un puma sobre él. El gordo, tomado por sorpresa, no puede rechazar los puñetazos descomunales del chico que hace unos minutos estaba bajo suyo, siendo molido por sus matones.
Tres puñetazos que soltaron un chorro de sangre oscura. Un golpe más para la boca y ¡Crack! Dos dientes cayeron al piso. El gordo llamado por sus compañeros Peter la Mole caía al piso siendo auxiliado por dos adolescentes que hace un segundo observaban todo con satisfacción lo ocurrido antes del giro de 180 grados.
— Tú me dijiste, hijo de puta— Sonrió lamiéndose la sangre que estaba a un lado de su boca. Se dio media vuelta y comenzó a caminar— Déjate de molestar a mí y a mi hermano, bola de grasa.
Apretó un puño marcando los músculos de los brazos que chorreaban sangre, suya y ajena.
Suspiró y cerró los ojos intentando quitar de su mente aquellas imágenes. Arthur seguía atento a cada movimiento de los músculos tensos y fibrosos que se escondía bajo la sudadera de algodón con el estampado de una cerveza. Luego de un momento se calmó y los brazos poco a poco se destensaron. Arthur seguía con la cabeza ladeada hacia Alfred, atento a cualquier movimiento hasta que sintió que su respiración se pausaba más y más y se quedaba dormido.
-X-
Alfred cierra los ojos y los abre con confusión. Hay fuego. Mira a todas partes pero sólo observa como las llamas lo cercan en un círculo infernal. No es el mismo sueño de siempre. Voltea a todas partes, desesperado.
— ¡Búscalo! — Una orden se oye a lo lejos y él, impulsado por una fuerza sobrenatural se tira como una bestia que sigue la orden de su amo. Sus manos pesan con los grilletes que la encierran. Gruñe monstruosamente mientras corre hacia su oponente. Todos gritan. La sangre corre por todos los lugares pero él no sabe de dónde provienen, sólo tiene que correr y buscar a la sombra monstruosa que se acerca a él. Siente la sonrisa felina de quien le ordena.
— ¡Ataca! — No quiere atacar pero la bestia dentro de él le supera. Grita y gruñe como si fuera un tigre, ciegamente se tira contra su contrincante ignorando el dolor del acero sobre su cuello y sus pies y manos. Las cadenas se tensan. Lanza un rugido mientras se enfrenta a la sombra negra tan grande como un oso. Los chillidos siguen perforándole los oídos. No quiere pelear pero debe obedecer.
Es un animal, debe seguir las órdenes, está atado. Los ojos se vuelven coléricos y ataca sin piedad a la sombra que lo tira al suelo repetidamente. Se levanta como los brazos y espaldas desgarrados y vuelve a atacar.
Escucha como unos pasos veloces se acercan a él.
— ¡No lo hagas! — Sigue atacando aunque sabe que va a morir. Su contrincante sonríe más y más. Los pasos se aceleran más y más. Ya está llegando a su lado. La desesperación y la angustia se despiden en cada poro. Una mano se acerca a él justo cuando su enemigo oscuro lanza sus garras directo a matarlo— ¡No! ¡Alfred!
La mano pálida empujándolo. El cuerpo contrario chocando hacia él. Cae a la arena de combate y todo el fuego y los gritos comienzan a esfumarse. Se vuelve hierba. Es el prado de la plaza de la cual cayó ayer con Arthur. El cielo se aclara y se vuelve azul. Lo último que siente es la sangre ajena que lo baña como una lluvia y una sonrisa triste acompañada de dos iris verdes que lo miran con dolor. Está agonizando.
Los chillidos gritan por sacrificio. Las voces ríen a carcajadas crueles. Sangre. Sangre. No sabe quién lo protege. No sabe quién es el desconocido. Pero lo siente tan cercano. La piel clara acercándose a su rostro y susurrar con un último aliento.
— Adiós, Alfred.
-X-
Despierta de un brinco. Respira a bocanadas y observa a todos lados en busca de la arena o del fuego. Nada. El sudor le recorre la espalda y la frente. Cierra los párpados y se relaja. No hay nadie. Tiene que calmarse. Mira al techo del bus. Debe calmarse.
Una respiración pausada le llama la atención. Gira unos centímetros y observa el pálido rostro de Arthur sobre su hombro durmiendo plácidamente. Su pelo se desliza con dulzura sobre una de las mejillas levemente sonrosadas, llenas de vida. Parece un niño, piensa el chico observándole por unos minutos con indiferencia. Es un verdadero niño con su rostro endulzado por la inconsciencia. Nada en comparación al joven maduro y con ojos desgastados por la edad que siempre aparece en su salón a escoltarlo con cansancio.
La mejillas sonrosadas, los labios delgados entreabiertos, las cejas son dos líneas curvas como de quien duerme sorprendido del sueño mismo.
Dormir sin dolor. Alfred se pregunta si algún día podría darse ese lujo. Dormir bien, dormir tranquilo sabiendo que no ha hecho nada de lo que avergonzarse. Arthur parece un chico bueno, serio, aburrido a veces, recto, pulcro y responsable. Bueno.
Bondad.
Se da media vuelta y siente como la cabeza del británico se apoya en su espalda.
Bondad y maldad.
Para mucha gente ser bueno significaba salvar a todos y comportarte correctamente teniendo la aprobación de todos en tus actos. La bondad se imaginaba con el amor.
La maldad era aquellos que destruyen y que todo lo que hacen no puede ser aceptado como tomar hasta quedar borracho como una cuba, fumar, pelear, joder a la gente, ser cruel, burlón. La maldad en este caso era el odio.
Pero la bondad no la sentía como eso. Tampoco la maldad. Porque también habían otros tipos de bondad. Eso lo hizo entender Arthur el día anterior, cuando le contó un poco de su historia y él le respondió con un "Lo has hecho bien".
Todos sus demás amigos y familia le habían dado la espalda alegando que era fruto del diablo, un monstruo cruel y despiadado que sólo buscaba dañar y ser dañado. Que para salvar a Matthew todos sus esfuerzos fueron en vano y que lo que hacía estaba mal. Era en esos momentos la maldad hecha persona.
Pero Arthur le dijo que no. Lo había hecho bien. El correcto presidente estudiantil, el chico al cual todos respetaban le había dicho que lo que hizo era necesario, que no lo había hecho mal, que no era malo.
¿Podía entonces haber otros tipos de bondad? Una bondad oscura y tergiversada que muchos odian y aborrecen.
Si es así, es feliz de haber seguido este camino de sangre. Arthur lo aceptó. Le dijo que estaba bien. Con eso le bastaba.
Quizá él era un ejemplo de cómo la bondad se transforma en maldad con tal de hacer el bien de alguien querido.
Sonrió con pesadez hasta sentir la mano de Arthur aferrarse a su camiseta. Comenzaba a hacer frío pues se acercaban a las montañas y la puertecilla del techo seguía abierta. Dejó la chaqueta de aviador caer sobre él y abrigarlo. Siguió mirando el paisaje lleno de bosques y montañas que comenzaban a blanquearse con la altura. Todavía no amanecía.
-X-
— ¡A levantarse, tarados! ¡Hemos llegado! — Los gritos del profesor de gimnasia habían despertado a todos los chicos, que comenzaban a desperezarse entre quejas. El sol daba de lleno a causa del amanecer que estaba en todo su esplendor. Eran las siete y media y quedaron en medio de un claro. Poco a poco comenzaron a bajar para ir en busca de sus bolsos y carpas que estaban en el compartimiento del bus. Cuando ya habían dejado todo en el suelo, comenzaron a agruparse en parejas, tríos o cuartetos.
A Arthur se la había olvidado lo del saco de dormir hasta que recibe de la nada un saco negro.
— Dormiré en una hamaca— Comenta Alfred como quien no quiere la cosa. Arthur alza una ceja incrédulo. El americano se alza de hombros— No me gusta estar durmiendo con los subnormales de mi curso.
— ¿Y entonces para qué trajiste este saco? — Le pregunta extrañado, Alfred rueda los ojos.
— Yo sí voy preparado para una excursión, no como tú, imbécil— Le comenta con soltura y se va. Arthur le levanta un dedo en seña grosera. Estúpido maniático.
— ¿Y si llueve? — Le grita cuando está ya a casi unos veinte metros de distancia. Alfred sonríe con prepotencia.
— Pues me acuesto sobre ti— Suelta una carcajada y desaparece entre los árboles. Arthur reniega y mira al cielo pidiendo misericordia. ¿Por qué no le dieron un chico del cual hacer responsable más normal? No se percata de que Francis observa todo con su ojo crítico, haciendo los bosquejos de un plan.
-X-
Antonio era una persona simpática. Un chico muy agradable con el cual se podía conversar. Feliciano no se cuestionó la razón por qué de la nada se acercó al comedor a conversar con él. Era simpático y se veía bueno, con eso le bastaba.
Matthew lo miraba extrañado y Elizabeta desconfiada. Para ellos era raro que un chico se acercara sin tener relación alguna con él, más aún si era de los populares. Pero pronto se dieron cuenta de lo bueno que podía ser Antonio. Y dejaron de mirarlo raro.
— ¿Y qué pasó con los tontos de tus amigotes? — Suelta Elizabeta mientras come una albóndiga. Matthew la mira unos segundos, intimidado por la forma grosera de referirse de la húngara. Antonio sorbe unos fideos quedándose con las mejillas llenas de salsa y responde con tristeza.
— Francis se fue de excursión por la semana y Gilbert está enfermo— Suspira y la chica lo queda mirando unos segundos. Parece demasiado ingenuo como para pertenecer al grupo de los imbéciles de los populares. De repente su ánimo cambia a uno alegre— ¡Qué deliciosa está la pasta! Me recuerda a como la hacía mi abuela en Sevilla.
— Pues para mí sabe horrible- Opina con remordimiento el italiano. Los ojos quedan fijos en el plato- Mi fratello prepara una pasta mil veces más deliciosa.
La mente de Antonio hace click y tras de consolar al italiano que solloza por la pasta de su hermano que Dios sabe dónde está, decide comenzar con lo que tenía planeado.
— ¿Hermano? — Pregunta con curiosidad. Una falsa curiosidad que nadie percata, salvo Elizabeta que tiene un radar especial para cosas homosexuales. Alza una castaña ceja.
— Sí, tengo un hermano mayor, se llama Lovino— Feliciano sonríe con cierta tristeza — En verdad es mi gemelo pero se ve más grande.
— ¿Y por qué no está aquí en el instituto? — Los ojos ámbar se mueven incómodos a la pregunta sin mala intención. Suspira con pena.
— La misma pregunta le hice yo— Comenta Elizabeta sin que nadie la escuche— Y no me quiso responder.
— No puede, trabaja— Los seis ojos lo miran confundidos. Feliciano se pregunta si es correcto decir algo o más o su fratello se enojará. Pero son buenas personas, no deberían ser malos con ellos por la verdad— Desde que papá y mamá murieron, él trabaja para que yo pueda estudiar.
Los tres pares de se abren casi saliendo de sus órbitas, anonadados.
Antonio se quedó asombrado de la valentía y entereza de eso chico de dieciséis años que lo miraba con impaciencia en la avenida, tratando de volver pronto al trabajo.
Era menor que él y había decidido sacrificar su educación por su hermano gemelo. Los ojos verdes brillaban líquidos. Era alguien admirable, una persona digna de honores.
— ¿Y en donde trabaja? — Se acercó más a Feliciano, mirándole con seriedad. El chico lo miró sorprendido por unos segundos. Elizabeta sonrió y Matthew siguió observando todo en silencio.
-X-
Dos y media de la tarde.
Sin comer siquiera se fue corriendo hasta la dirección que había en el papel. Estaba algo lejos pero no importaba, si corría llegaría más rápido.
Las mejillas morenas de Antonio se colorearon por el esfuerzo. Cuadras a cuadras doblaba sabiéndose las calles de memoria. Muchos transeúntes se quejaban cuando el aparecía como un bólido y ellos tenía que echarse para atrás para no ser atropellados por la fuerza de toro del chico.
Quedaban cinco cuadras para llegar y Antonio sonrió. Tenía que conocer a un chico tan valeroso como él. No importaba lo que sucediera, tenía que conocerlo y saber de él. Algo dentro se lo ordenaba.
Se acomodó el pelo desordenado y con una de esas brillantes sonrisas entró al restaurante que tenía de letrero "Bella Italia" en madera y neón con los colores de la bandera italiana.
Era un restaurant bonito, como una casa italiana por fuera. Entró y se sintió como si hubiera viajado muy lejos y llegara al país mismo. Figuras y cuadros adornaban el lugar como la música misma que inundaba el lugar. No estaba muy lleno pero no era un lugar precisamente vacío. Podría decir que había quizá unas veinte personas asentadas.
Se acercó al mesón a un lado de la caja y sin quitar la sonrisa deslumbrante afinó su garganta.
— ¡Quiero un trabajo aquí! — La gente se quedó en silencio y miraron todas en una sola dirección. Donde estaba Antonio luego de gritar su petición de trabajo. Marco, calvo y gordo lo observó asombrado, con la corbatita a rayas rojas colgándole del cuello, a medio anudar. Giovanna, su esposa, dejó de servir platos y miró también, confundida. Nadie respondía, y Antonio alzó una ceja impaciente— ¿Y?
— L-lo siento pero no tenemos trabajos disponibles— Respondió, aún sin salir de su atontamiento.
— ¡Pero cualquiera me sirve! — Respondió no convencido a la negativa. Tenía que trabajar aquí para conocer más a fondo a Lovino. TENÍA QUE HACERLO.
— Lo siento, pero de verdad no le podemos dar ningún trabajo— Antonio siguió de pie, testarudo. Siguió discutiendo con el cajero del local hasta que el adulto, exhausto hace llamar al jefe que cocinaba al fondo. Giovanna sale corriendo hacia la cocina.
— ¡Lovino, pequeño! ¡Ayúdame que hay un chico loco que quiere trabajar aquí y no quiere irse! — El muchacho paró de cortar tomates y frunció el ceño, irritado. Tiró el mantel a un lado y caminó derecho hasta donde le señalaba la mujer, desesperada. Vaya mujer que se encontró Marco.
— ¡Ahí es! ¡Ahí es! — Señalaba la caja. Lovino rodó los ojos.
— ¡Si ya sé dónde está la caja de mi restaurante, Giovanna! — Dijo exasperado.
Y ahí lo encontró.
Un tic se formó en su ceja.
— ¿Qué mierda haces aquí, loco de patio?- Antonio giró a verlo y el italiano se sorprendió cuando lo vio tan feliz y campante como una margarita.
— ¡Hola Lovino! ¡Quiero trabajar aquí!
— No— Los ojos de Antonio se desanimaron.
— ¿Pero por qué?
— Porque no, porque yo lo digo— Se dio media vuelta pero el chico hasta que algo se conectó en su mente— ¿Cómo te sabes mi nombre?
La sonrisa deslumbrante lo aterrorizó y murmuró un "Enfermo sicópata".
— Yo no vine hasta acá por un simple no— Sonrió decidido, Lovino incrédulo.
— La respuesta es un no. Si no quieres un simple no te lo adorno: No, idiota— Se dio media vuelta y se fue a la cocina— Pobre que te vea todavía aquí.
Antonio lo quedó mirando serio. Él no se daba por vencido tan fácilmente.
Siempre había sido así de terco. Con todo.
Una pareja entró al local y una idea loca cruzó por su mente. Tomó una bandeja y un delantal que había encima del mesón y se acercó al hombre y mujer ya sentados.
— ¡Hey, chico, que ya te dijeron que no!— Saltó Marco sorprendido. Antonio le guiñó el ojo.
— ¡Ya di mi respuesta!— Y se acercó hasta estar a un lado de la pareja que lo miraba con curiosidad. Sonrió con alegría y sacó una libretita que había en un bolsillo del delantal blanco- ¡Bienvenidos! ¿Qué desean servirse?
No se iba a dar por vencido.
-X-
Arthur caminaba entre los bosques, escuchando los cantos de los pájaros entre el amarillo y verde del lugar, ondeado levemente por el viento. Sonrió por la tranquilidad. Una tranquilidad que hace mucho tiempo no podía disfrutar.
Llegó hasta donde había un silencioso claro de lirios y se quedó unos segundos allí. Alfred estaba caminando por un acantilado y Kiku preparaba su comida en el campamento, así que podía tener unos minutos para sí mismo. Se sentó a un lado del árbol más grande y se quedó dormido.
Los pasos de alguien acechando lo despiertan a los minutos. La cabellera de Francis entre los matorrales. Se va a poner a la defensiva pero otros pasos sonoros y bruscos que se le hacen bastante conocidos, se acercan también. Francis se da media vuelta antes de siquiera pronunciar una palabra y aparece Alfred entre dos árboles al oeste del claro.
— ¿Qué haces aquí? — Pronuncia levemente nervioso el británico. Alfred lo mira ingenuo.
— Camino por el bosque, ¿Algún problema en eso? — Se acerca y se sienta a escasos metros de donde está él. Arthur mira al piso. Maldice tener que estar incómodo mientras que Alfred sigue igual que siempre. No se percata de nada porque para él nada raro pasó. El inglés suspira, Alfred lo mira con curiosidad. — ¿Qué te pasa a ti? Me dejas solo y te tengo que ir a buscar.
— Nada, pienso— Y debe dejar de pensar. No puede hacerse caldo de cabeza por algo que al otro ni siquiera le importa. Sintió algo de culpa. Alfred sólo lo tiene a él. No puede dejarlo de lado por un simple acertijo cruel de su mente. En este instituto, con sus problemas conductuales y el carácter mismo, no lo deja a nadie más que a él. No puede ser así de egoísta. — ¿Qué has hecho mientras yo no he estado?
— ¿Qué te importa? — Un gesto de desagrado se forma en el británico. Siempre tan dulce. El americano se cruza de hombros— Nada, sólo me he aburrido. No tengo con quien conversar por tu culpa.
— ¿Mi culpa? ¡Pues habla con otras personas, idiota! ¡No es mi culpa que te las des de antisocial! — Salta a la defensiva. Alfred frunce el ceño.
— ¡Cállate! ¡Por lo menos contigo no me aburro como con los demás! — Mira a otro lado, mientras estira la boca y se desparrama por el árbol. Parece fastidiado. El silencio hace acto de presencia. Hasta que una idea le cruza la cabeza. Se acerca hasta Arthur con una sonrisa— Te propongo algo...
— ¿Qué? — Lo mira escéptico.
— Hagamos una apuesta.
-X-
Y no entiende cómo aceptó pero ahora están caminando hasta la montaña más alta junto con el americano. Será por su carácter competitivo o quizá su idiotez misma pero el "Sí" que pronunció le da ahora un mal presentimiento. Comienza a haber un viento frío y unas nubes oscuras se ven a lo lejos, entre los picos llenos de nieve. Lleva su bolso con un poco de comida y agua y tiene puesto una chaqueta encima. Volverán pronto así que no consideró necesario llevar más cosas.
Alfred a un lado, con una casaca gris perla, camina divertido. Sus ojos azules fijos en la montaña del frente.
Es gigante. Descomunal. ¿Realmente serán capaz de escalar en un sólo día? Alfred sonríe burlón ante las cejas alzadas con asombro del chico inglés.
― ¿Te echas para atrás, cobarde cejón? ― Pregunta con maldad. Arthur gira con brusquedad, mirándole molesto ― Tendrás que ser mi esclavo por todo el viaje, prepárate.
― Cállate imbécil y subamos ―Alfred ríe y comienzan a escalar. El viento poco a poco, junto con el paso del tiempo, comenzó a enfriar y volverse más brusco. Escalan con agilidad hasta llegar al mediodía a la mitad de la montaña. El día está poniéndose feo, las nubes comienzan a cubrir todo el cielo y amenaza con llover.
Vaya día para hacer una apuesta. Sólo falta que llueva ahora mismo.
Y como una burla del Todopoderoso, unas gotas burlonas comienzan a caer. Bufan exasperados cuando la lluvia cae sobre su rostro y empieza a llover con más fuerza.
— Mierda.
— Mejor vamos a refugiarnos hasta que esto se detenga— Dice Alfred y tras tratar de colocar un pie en un hueco, casi resbala de no ser por Arthur le toma de una muñeca. Mierda de nuevo. Toda la tierra se está poniendo resbalosa, y cualquier paso en falso los tiraría metros abajo.
— Quédate unos segundos aquí— Le dice Arthur. Mira con ojos calculadores cada espacio a su alrededor hasta que con una mano se tira arriba de unas rocas y apoya sus pies con agilidad en el naciente fango. Sus costillas crujen y se muerde la lengua para no llorar.
Sus pantalones se manchan de barro. Los mira con un gesto fastidiado. Odia la ropa sucia.
Alfred lo observa de abajo atónito.
— ¿Cómo mierda haces eso? — Arthur se encogió de hombros, nervioso. No le podía decir que era un ex pandillero. Sólo le dio una mano y la ayudó a subir. Tratando de ignorar la mirada interrogante de Alfred siguió caminando hasta encontrar una cueva, donde el americano entra con cierto recelo.
— Hey, si no hay ningún fantasma aquí— Y un escalofrío recorre su espina dorsal al comentario del inglés.
— ¿Y quién te dijo que le tengo miedo a los fantasmas? — Se quedó a la defensiva. Arthur abrió los ojos, sorprendido. Era sólo una broma. Sonrió con diversión. No sabía que Alfred le tenía miedo a los espíritus— ¡No les tengo miedo a esos bichos que aparecen y desaparecen de la nada!
— Ya, ya... — Movió una mano sin hacerle caso a las réplicas sin sentido. Se sentó a un lado y esperó hasta que la ducha natural se detuviera. Un rayo y un trueno cruzaron el cielo. Joder.
Alfred detrás de él, estaba observando de reojo cualquier sombra extraña. Arthur tuvo que aguantar una risa. No valía la pena burlarse del pobre chico.
No podrían volver hasta mañana.
— Se van a enojar cuando volvamos— Comentó Arthur.
— Bah— Se alzó de hombros con arrogancia. Comenzaba a hacer frío y la ropa empapada no ayudaba mucho. Inconscientemente se acercaron para obtener calor.
No sabe si es obra de la madre tierra o quizás un fantasma. Pero el susurro en su oído hace que a Alfred se lo ponga la piel de gallina.
— ¡Qué me sueltes! — Arthur se queda pasmado cuando los setenta kilos del americano se tiran sobre él, aferrándose con desesperación.
— ¡Gyaaa! ¡F-fantasmas! — Alfred grita pálido como el papel. Toma a Arthur como un oso de felpa, estrangulándolo con su fuerza extraña y que nunca ha sabido controlar. Arthur suda con el rostro violeta, por el azul de la asfixia y el rojo de cercanía. Las costillas se le entierran con crueldad, y ya no soporta el dolor lacerante.
— ¡Por la mierda, mis costillas! ¡Alfred, bájate! — Y el otro, con cierto remordimiento se baja. Pero no se aleja. Los fantasmas se lo pueden llevar. Arthur respira a bocanadas. Lo observa cansado. Suspira.
Alfred se sorprende cuando los brazos de Arthur lo toman de los hombros y lo acerca a su persona. Lo intenta calmar pero se ve incómodo. Al americano eso no le importa, sólo piensa en el miedo y que si los fantasmas se quieren llevar a alguien, que se lleven a Arthur o mejor a su madre, porque Arthur es más importante que esa vieja de mierda. Así de infantil son sus pensamientos. Pero eso no le importa.
Arthur suspira y piensa en el calor de Alfred. Que comienza a entibiar su frío cuerpo.
Siguen en silencio escuchando la lluvia. Arthur se siente dopado, y al final se duerme. Alfred lo mira aterrorizado cerrar los ojos y decide colocarse contra una muralla y ocupando a Arthur como escudo. Finalmente también se queda dormido.
Vista extraña, de dos gamberros durmiendo en medio de una cueva, abrazados. Pero no hay nadie que los vea y a Alfred no le importa si los ven. Le vale mierda lo que piensen los demás. Está cómodo.
-X-
— ¿Has ido donde los primos? — Dereck observa incómodo la casa vecina. Oz también entiende su incomodidad.
— No. Tú entiendes por qué— Y Oz en verdad lo entiende, suspira con pesar. Scott hace insoportable sus idas a saludar allá luego de que Arthur se fuera de excursión.
— No entiendo como lo soportan— Comenta el mayor, alborotando su cabello con nerviosismo. Siente pena por Arthur, una pena inmensa. Su hermano menor, siente lo mismo. Han sido testigos del carácter de Scott. Y por desgracia, recuerdan el comportamiento cada vez que ocurrían las partidas. Cada vez que Arthur se iba.
Oz se pregunta cómo no lo supera, cómo no puede dejar de mirar al pasado y tratar de ser tan sobreprotector. Porque Arthur no se va a ir, no va a desaparecer. No tiene por qué temer. No va a suceder lo mismo que con sus padres. Arthur sobrevivió.
Y como una llamada telepática, Scott aparece por la avenida de al frente hecho un basilisco mientras fuma un cigarrillo. Dereck abre los ojos.
— Es de los fuertes.
— ¿Eh? — Oz sale del enmarañado mundo de sus pensamientos.
— El cigarrillo, es de los fuertes.
Los hermanos saben lo que eso significa. Son sus cigarros para calmarse cuando ya nada más lo tranquiliza. Suspiran con pesar, agradecen no tener un hermano insanamente sobreprotector como él.
