Muchísimas gracias por su apoyo, por sus palabras, por su aprecio. Con nada se los podría pagar. Espero disfruten este capítulo. Es intenso pero prometo que luego vendrá la recompensa. Un abrazo.

Castle y sus personajes son propiedad de A.W. Marlowe y ABC Studios.


DESPUÉS DEL REGRESO

CAPÍTULO 7

-¿No pensabas llevarme contigo a esa gala, Rick? ¿No pensabas ni siquiera decirme que vas a asistir…con ella?

Un silencio pesado, denso, asfixiante, se deja caer a lo largo y ancho de la habitación, congestionando el espacio y volviéndolo irrespirable, inhabitable, insoportable. Las palabras siguen haciendo eco en las mentes exaltadas , dispuestas a la batalla campal; pero más allá de las frases interrogadoras, lo que pesa es la carga que lleva cada sílaba, cada pausa, cada entonación envuelta en acusaciones y reproches implícitos que reverberan en la superficie de la mente y de la lengua, peleando a muerte por salir en cada exhalación, volviéndose palabras hirientes que liberen la rabia, la sospecha, los celos y el mordaz temor.

Una busca la mirada, mientras el otro la evade como si de ello dependiera su vida. Pero no hay vía de escape. No ante el acecho despiadado y tenaz de la que se siente ofendida. Pocas –pero muy pocas- veces ha tenido Richard Castle la facultad de mantenerse imperturbable ante la furia de la mujer a la que ama como nunca jamás ha amado a nadie. Lo que nace en él cada vez que ve el hielo escarchando sus pupilas y sus palabras, es como una indescriptible mezcla de aprensión, ansiedad y ganas de mover el cielo, el mar y la tierra con tal de abatir su ira antes de que esta alcance proporciones irreversibles. En este punto, nadie conoce mejor que él los alcances de esa mujer bajo el influjo de la rabia… Y no es algo que esté muy dispuesto a revivir; aunque todo parece indicar que, en este momento, posiblemente nada lo salve enfrentarse a lo que tanto desearía poder evitar.

Consciente de que esquivarla no hará nada más que empeorar la ya de por sí delicada situación, redirige la mirada hasta hacerla coincidir con la que Kate tiene fija en él… Pero lo que encuentra se le clava corazón adentro como la más fina de las dagas. En el trasfondo de esa turbulencia glacial y distante, alcanza a percibir lo único con lo que de verdad nunca ha podido lidiar: un dolor profundo y sordo que cala hondo. Ella está dolida, lastimada, herida… lágrimas firmemente mantenidas a raya, le confieren a esos ojos bellos una languidez que golpea con más fuerza que el más feroz de los desplantes. Es muy breve el instante durante el cual Kate le permite vislumbrar la hondura de su tristeza. Basta un parpadeo para que una gélida expresión se fije en el rostro de rasgos preciosos, cubriendo con hielo la vulnerabilidad, el dolor y el coraje.

Y el amo de las palabras falla por una vez. Las explicaciones que busca, simples como deberían ser, se entremezclan con la preocupación y la urgencia, negándose a tomar forma y consistencia para responder a la pregunta que sigue pendiendo entre los dos como una amenaza latente. Los segundos pasan, haciéndose sentir en toda su relativa lentitud, mientras el silencio empieza a convertirse en la aceptación de la culpa. La decepción se asoma por entre los resquicios verdes de los círculos de color avellana. Se destila como hiel, avivando miedos y exaltando suspicacias…preparando el camino para la tan socorrida huida que parece ser siempre el primer recurso de Katherine Beckett. Hace la detective ademán de ponerse de pie, liberándolo al fin del hechizo de sus ojos, y es entonces cuando Rick reacciona; batalla con su mente para destrabar su capacidad de producir palabras y éstas emergen torpemente, precipitándose, más por evitar el éxodo de la agraviada que por seguir la pauta del razonamiento o la sensatez. Con voz ronca apenas si atina a balbucear:

-Claro que pensaba decírtelo, Kate.

La mueca de desconcierto seguida por la de dolor y traición que transfiguran la cara bonita de su compañera, le hacen rebobinar en su mente lo que acaba de decir, sólo para acabar percatándose de cómo debió sonar a los oídos de ella su atropellada contestación.

-No, no, no –intenta desesperadamente corregir Castle-, no es que pensara decirte que sí voy a ir con ella, Kate… lo que intento decir es que yo…no… Iba a…

Ahora hay confusión, además de las otras emociones, perturbando los ánimos de la atribulada mujer. Es obvio que no va a sacar mucho en claro si este desdichado no logra conectar la lengua con ese brillante cerebro del que –generalmente- suele hacer gala.

-Es mejor que me vaya, Rick –anuncia con voz distante, impersonal y vacía-. No parece que estemos muy efectivos con la comunicación últimamente.

Beckett ahora sí se levanta del lugar que ocupaba y da dos pasos en dirección a la puerta principal cuando, al pasar a un lado de Castle, siente como la mano de él rodea su muñeca, haciendo presión apenas pero dejando clara su intención de detenerla. Ella sólo vuelve la vista hacia donde sus cuerpos se unen, para luego elevarla hasta encontrarse con Rick cara a cara, desbordando desafío y un dejo de indignación con la pura mirada.

Por un minuto permanecen así, midiéndose, calculando posiciones y movimientos. Por la mente de Rick desfilan imágenes que con toda su alma quisiera desterrar, especialmente en este momento tan inoportuno. Una vez más al borde de una crisis; una vez más Kate buscando el escape por la puerta fácil. ¿Es que ese ciclo no se va a terminar nunca? ¿Es que él está condenado a enfrentar perpetuamente el dilema de retenerla o dejarla ir? ¿Es que de verdad algunas cosas nunca cambian? Algo peligrosamente parecido al resentimiento, alimentado por el infalible combustible de viejos y amargos recuerdos, empieza a tomar forma dentro del escritor como un torbellino que se agranda y se fortalece por sí solo. Con la lucidez y la objetividad que, en casos muy esporádicos, puede proveer el enfado cuando neutraliza al amor, Castle se despoja de la culpa y de la necesidad de excusarse, para concentrarse sólo en el desdichado y recurrente patrón que se ha repetido una y otra vez a lo largo de su relación con la tozuda mujer que tiene enfrente. Las cosas se ponen difíciles, ella huye, él la sigue…o la pierde. Las flamas de las heridas añejas se avivan alimentadas por el orgullo y el amor propio maltratado tantas veces… y la perspectiva termina perdiéndose, ensombrecida y distorsionada por espectros que más valdría que se mantuvieran dormidos.

-Claro, Beckett… -El tono es filoso, contenido, preciso-. ¿Qué otra cosa se podría esperar de ti y de mí bajo circunstancias como estas? Tú te vas y yo… o te sigo para conseguir que no me dejes o…

-O me dejas ir sin mover un solo dedo y te dedicas a rehacer tu vida ¿no, Castle? Así de sencilla es nuestra forma de afrontar los problemas.

-Espero estar equivocado y que no se trate de un reproche velado el que implican tus palabras, Kate. Porque sería el colmo que ahora tú me acuses de haber hecho lo único que querías de mí en el momento en que te fuiste a Washington –la réplica surge dura, directa, sin anestesia ni contemplaciones-. Bueno, en ese momento y en muchos otros… sólo que ese fue el único en el que tuve el suficiente valor para no aferrarme.

Esto se está saliendo de control y ambos lo saben. Se los dice a las claras el hecho de que las palabras van y vienen con toda la intención de dar donde más duele. Es como si se hubiera abierto la caja de pandora y, uno por uno, fueran emergiendo todos los reclamos reprimidos, las quejas que nunca se dijeron, los rencores que no se procesaron. El punto de no retorno en esa discusión se cruzó sin que ni uno ni el otro sepa bien cómo o en qué momento. Las cicatrices se abrieron y supuran toda la amargura acumulada, nacida del dolor profundo que causó la ausencia, de los celos enfermos que se forjaron en la distancia, de los miedos monstruosos que carcomieron la mente, despacio y constante, a lo largo de una separación atroz e innecesaria.

-¿Tuviste el valor de dejarme ir? –Un patético intento de carcajada brota de la mujer que desesperadamente trata de protegerse de la aniquilación brutal que las palabras de su amado le están causando-. Nunca en tu vida hiciste lo que yo te pedía y elegiste precisamente ese momento para decidir que no presionarías, que no insistirías, que no lucharías por nosotros aun contra mí misma… Tu sentido de la oportunidad me abruma, Rick.

-Por el amor de Dios, Kate… No sé ni cómo tienes la osadía de descargar en mí una responsabilidad que es exclusivamente tuya. No se trataba de insistir en algo que fuera insustancial o irrelevante; se trataba de nuestro futuro como pareja. De decisiones vitales para nuestra relación. Y tú me dejaste más que claro que no tenía cabida ni en el proceso ni en el resultado… ¿Qué se supone que tenía que hacer? ¿Obligarte a seguir conmigo? ¿Correr detrás de ti como un perrito faldero aun contra tu voluntad? ¿Rogarte que me permitieras seguir esperando por ti hasta que decidieras que tenías un lugar para mí en tu vida? ¿Acaso eso era justo par alguno de los dos? ¿Acaso tú quería que yo hiciera otra cosa diferente a la que hice? Si de todas las formas posibles me dejaste bien claro que lo que necesitabas y deseabas era caminar sola…sin mí.

-Sí, Rick –un sollozo se escapa furtivamente de labios de Kate, sacudiéndola hasta los cimientos-. Eso era exactamente lo que yo necesitaba. Que una vez más me presionaras; que traspasaras mis límites; que me obligaras a ver nuestro futuro y nuestra relación a través de tus ojos…como lo habías hecho siempre. Quería que me probaras que aún me amabas; que me deseabas; que realmente querías compartir el resto de tu vida conmigo…por amor. No por miedo a que me fuera de Nueva York o por miedo a que otro hombre me conquistara, sino por mí, por amor a mí.

-Por amor a ti… ¿Eso significa que alguna vez dudaste de mi amor por ti, Kate? ¿Entonces qué otra cosa pudo haberme motivado a quedarme a tu lado cada minuto de los que pasaste de pie sobre una bomba? Dime cómo se le llama a ese deseo feroz de protegerte, de salvarte o de…morir contigo.

-Y entonces ¿dónde quedó ese amor cuando yo me fui, Rick? ¿Dónde quedó el hombre tenaz que pasaba por encima de mis decisiones para defender lo nuestro? Si me querías tanto, ¿por qué simplemente me dejaste salir de tu vida sin dar la pelea? Sin aferrarte a lo nuestro… sin obligarme a entrar en razón y a unir nuestros destinos sin importar ni D.C. ni mi nuevo trabajo ni propia estupidez.

El llanto de Kate es lo único que llena la estancia por un par de minutos. Rick se da la media vuelta y se encamina hacia uno de los ventanales, dándole la espalda, impidiendo así que vea como su cara se contrae de dolor y rabia ante sus palabras. Lejos de apaciguarlo, sus confesiones están logrando el efecto contrario. Se siente exasperado, frustrado, incapaz de comprender los razonamientos absurdos con los que ella debate. Está totalmente indispuesto a asumir ni una sola parte de la culpa entre toda esa maraña que los apartó y los mantuvo así durante meses que parecieron siglos, intentando avanzar cuesta arriba con un sufrimiento silencioso sobre los hombros. No. Se niega a admitir que ese fracaso haya sido parcialmente su responsabilidad. No fue él quien rechazó una propuesta de matrimonio; no fue él quien ocultó una oferta de trabajo que potencialmente afectaba su relación; no fue él quien se besó con alguien más, estando con ella; no fue él quien se largó sin mirar atrás, dejando en el camino un corazón destrozado y un sueño hecho pedazos. No quiere alentar esos recuerdos, ni dejarse llevar por resentimientos a los que jamás ha querido someterse. Él no es así. La perdonó de corazón en el momento mismo en que decidió que se darían otra oportunidad. Concedió la absolución, pero el olvido… el olvido es otra cosa. El pasado no se borra con sólo fuerza de voluntad…por más que él quisiera que así fuera.

-Pues parece que, una vez más, no fui capaz de hacer lo que esperabas de mí, Beckett –responde al sentir la presencia de Kate a sus espaldas, a escaso pasos de donde está parado-. Aun y cuando, por una vez, pensé que estaba concediéndote lo que realmente querías.

-¿En qué universo estar sin ti puede ser lo que yo realmente quiero, Rick? –Pregunta entre sollozos ahogados que intenta contener-. Pensé que me conocías mejor que eso.

-¡Con un demonio, Kate! –Voltea, alzando la voz y dejando claro que ha perdido la batalla contra la mesura y la prudencia-. Es que para estar contigo es necesario adivinarte y leerte los pensamientos, además de cumplirte hasta los deseos que no expresas. Me rechazaste; te negaste a casarte conmigo; me dejaste fuera de tus decisiones y tus planes… ¿Hasta dónde tengo que pasar por encima de mi dignidad y de mi orgullo para demostrarte que te amo?

-Te dije que no me quería comprometer contigo bajo esas circunstancias tan…apremiantes; pero no te dije que no te amaba ni que no te quería conmigo, Rick –le responde entre lágrimas que fluyen, corroyendo por dentro y por fuera a su paso-. ¡Yo no quería perderte!

-¿Y por qué no me lo dijiste? ¿Por qué me dejaste ir tú a mí?

-Por imbécil. Por orgullosa. Por necia. Porque pensé que…

-¿Que qué, Kate? –Pregunta con tono amenazador-. Dime que fue lo que pensaste…

-Que realmente no me amabas lo suficiente. Que estarías mejor sin mí y mis eternas complicaciones…

-Dudaste de mi amor al final de cuentas –responde con una profunda amargura impregnando cada palabra-. ¿Por qué no me sorprende? Probablemente porque creer eso era lo más conveniente en esa época en la que no tuviste reparos en contemplar otras opciones…

Los sollozos de Kate se paran en seco por obra y gracia del enojo que siente levantarse y tomar ímpetu de entre los escombros del pesar. Las posibles implicaciones de ese desafortunado e impulsivo comentario ruedan a velocidades límites por la mente de Kate quien, secándose las lágrimas furiosamente con el dorso de la mano derecha, se yergue como impulsada por la poca dignidad que ese encarnizado intercambio le está dejando. Supo que Rick sintió celos de Erick Vaughn desde el momento en que los tres estuvieron en el mismo espacio; Castle se lo expresó sin ambages durante el desarrollo de ese maldito caso en el que ella se vio forzada a "cuidar" muy de cerca al célebre millonario. Se suponía que habían hablado al respecto y que lo habían dejado atrás… Pero es evidente que estaba equivocada al respecto. Entre el cúmulo de basura escondida hábilmente bajo la alfombra, parece que ese es uno de los remanentes del pasado que sigue causando ruido. Este es un reproche que no se esperaba, aun y cuando la presión y la rabia estén sacando lo peor de cada uno. Muy doloroso ha de ser ese punto en los recuerdos de Rick para que emerja por encima de su eterna caballerosidad y sentido de la consideración. Sin embargo, nada justifica esa ofensa implícita, y ella no está dispuesta a tolerarla, ni bajo estas ni bajo ninguna circunstancia. Clava en él su mirada altiva, hinchada de orgullo y dignidad, dolida con la fuerza de la ofensa pero dispuesta al ataque brutal como la única defensa.

Y él… él se achica ante las consecuencias de su imprudencia, de su osadía, de su estupidez mayúscula que, por un momento, le nubló la visión. Pero con ese instante ha bastado para poner en jaque la minúscula posibilidad que existía de salvar esta caótica situación. Si alguna mínima oportunidad había de llegar a buen puerto al final de la tormenta, ahora… ahora ya no está tan seguro. Fue un golpe bajo, impropio totalmente del hombre que él es y del amor que le profesa a Kate, aun con todos los fallos de uno y otro. Si en este momento ella decide castigarlo con su silencio y su partida, bien empleado se lo tiene luego de semejante desliz. Sus inseguridades retoñaron, abonadas por remembranzas hirientes y confesiones perturbadoras… Todo aquello en lo que trató de descargar culpa o de encontrar explicación para la ausencia de Kate, ha resurgido en esta penosa discusión con renovada fuerza. Ahora la ve luchar por controlar el temblor de sus puños cerrados, por cesar el llanto, ahogándolo con dosis concentradas de indignación y rabia. El pobre hombre se pasa la mano por el cabello en señal de abatimiento, intentando ganar valor y tiempo en espera de lo que ve venir.

-Ni siquiera voy a dignificar tu absurdo comentario con una respuesta –el mensaje es diáfano, sereno, frío-. No voy a dejar caer sobre mí ni la sombra de una sospecha. Sólo quiero dejarte claro que si realmente mi propósito hubiera sido contemplar otras opciones, tal y como lo que acabas de decir, desde entonces habría estado en otro lugar y con otra persona en lugar de seguir esperando, día tras día, un milagro que te devolviera a mis brazos. Habría hallado consuelo en alguien más en vez de haber vuelto a Nueva York a la primera oportunidad, y de haberme parado frente a tu puerta en más de diez ocasiones sin encontrar nunca el valor de llamar por miedo a encontrarme con que me habías reemplazado. Cosa que, desde luego, intentaste hacer con todas tus fuerzas… o lo intentas aun, visto lo visto.

Cada una de las últimas frases cae sobre Richard Castle con el peso aplastante de una pesada losa que lo priva de oxígeno y lo aniquila despacio. La lastimó, la ofendió quizá irremediablemente. La tiene a punto de marcharse y siente que el mundo se le cae encima de sólo pensar que eso pueda suceder. Y como si esa realidad por sí sola no fuera suficiente, está también la última confesión. La que lo ha descolocado y cimbrado hasta la última fibra. Ella intentó buscarlo. Realmente fue hasta el loft una y muchas veces, tratando de recuperarlo. Pensar que estuvieron tan cerca de haber podido terminar antes con aquel suplicio al que se sometieron por necios, por cobardes, por orgullosos. Cada uno esperando que el otro diera el paso…casi que desde el momento mismo en que rompieron. Si tan solo hubieran hablado, discutido, peleado incluso…lo que fuera necesario para poder comunicarse, para vaciar en el otro todo lo que guardaban dentro y que, al final de cuentas, les permitiera emerger limpios uno hacia los brazos del otro. Justo como debiera sudecer ahora.

Y entonces la revelación llega. Si, en efecto, algo ahora si han hecho es desnudar su alma, sus debilidades, sus miedos, sus incertidumbres. Quizá la manera no ha sido la más fácil de digerir, pero eso no importa. Si logran pasar por encima de la forma y quedarse con el fondo de lo que acaban de vivir, entonces esto no será otra cosa que un paso más hacia su tan ansiada consolidación como la pareja real e indestructible que nunca antes consiguieron ser. Sólo tiene que hacérselo ver a ella; lograr que perdone su malhadado comentario y…su olvido y… Y una vez que se reenfoca en la dolorida expresión en el rostro de su musa, entiende que quizá no va a ser tan fácil como él desesperadamente quisiera. El malentendido que dio origen a todo ese desastre aún persiste; y ahora, luego de tanto ir y venir con acusaciones y reproches, parece misión imposible poder convencer a su musa de que no es Alice a quien él quiere a su lado, ni en esa fiesta, ni en su vida.

-Kate, no –da un paso hacia ella, titubeante, temblándole la voz y el pulso-. No digas eso, por favor. Yo no he buscado reemplazarte y ya te lo he dicho antes. Ella… Alice es sólo una buena amiga y compañera pero nada más. Créeme.

-Claro –ya no hay enfado, ni lágrimas, ni ardor en su tono; sólo desencanto y un profundo cansancio-. Una amiga. Una compañera. Tan buena que prefieres su compañía a la mía en el evento de mañana en la noche.

-No, Kate. No es así, te lo aseguro –cierra la distancia que los separa pero ella sólo se mueve hacia atrás en el momento en que lo siente demasiado cerca-. Se ha entendido mal el mensaje de Alice a través de Alexis. En ningún momento ha estado en mis planes asistir a esa gala con nadie más que no seas tú, Kate. Si no te había dicho nada es porque olvidé por completo el evento. He estado distraído…ocupado.

-Tienes razón –un fuego nuevo empieza arder en las pupilas claras de la detective y su voz retoma el ímpetu-. Has estado ocupado y distraído, Castle. Y, ya que lo mencionas, me encantaría que me digas la razón de tanta actividad, de tanto secreto, de tanto misterio.

Oh, Dios. Esto no hace sino empeorar. Rick pensó que la vaga explicación sobre el asunto de la gala benéfica bastaría para calmar los ánimos de su compañera y que sentaría las bases para una conversación más tranquila que los encaminaría hacia la reconciliación, pero… debió saberlo mejor. Se trata de Katherine Beckett, una de las más notable detectives de la ciudad de Nueva York. Su trabajo es detectar, sospechar, indagar. Tendría que ser muy ingenuo para esperar que sus extrañas conductas de las recientes semanas no iban a despertar en ella fundadas sospechas. No cree Rick que haya forma, en este momento, de desviar la atención de Kate hacia el hecho de que irán juntos a una fiesta mañana. No luego de la atmósfera densa que ha quedado luego de poner fuera todos sus demonios y de que hayan salido a flote preguntas que no puede contestar. Al menos no todavía. No, definitivamente esto no va a terminar bien. Pero tiene que intentarlo.

-Es… bueno… -Esta es una de esas veces, piensa Castle, en las que mejor debería guardar silencio-. Yo… Sólo son cosas de la editorial y de las exigencias de Gina, ya sabes cómo es esto.

Kate hace ademán de desdén con la mano, indicándole sin hablar que no se moleste en dar explicaciones que no se cree ni él. Se siente exhausta, drenada emocionalmente, indiferente a los intentos tan pobres que el hombre que tanto ama está haciendo por ponerle fin a la que ha sido una de las peleas más severas que han sostenido nunca. Si de sus pobres explicaciones dependiera la supervivencia de su relación, es obvio que ya no tendrían mucho por qué luchar. Prefiere ya no escuchar más ni preguntar más. No en este momento en el que lo único que quiere es meterse debajo de las cobijas y llorar hasta quedar extenuada y limpia por dentro. Mañana será otro día… y de verdad espera que sea mejor que hoy. El impulso, como siempre, es poner entre los dos toda la distancia física que sea posible; esa es la conducta esperada en ella, pero esta vez no lo hará. No saldrá corriendo, dejándolo solo. No. Esta vez dormirán bajo el mismo techo, en la espera de que la luz de la mañana aclare el panorama. Y así se lo hace saber.

-No me digas nada más. No es necesario. Tú tienes derecho a hacer lo que quieras sin darme explicaciones –lo dice más como para convencerse a sí misma que a él-. Olvida que te lo he preguntado. Ya no quiero discutir más… necesito dormir. Mañana, más tranquilos los dos, veremos cómo resolvemos todo este desastre.

-Está bien. Respeto tu decisión. –Desde luego que no está conforme pero, por el momento, este trato es más de lo que podría esperar y prefiere tomarlo-. Pero te quedarás aquí, ¿verdad? Es tarde y…

-Sí. –Interrumpe ella sus divagaciones, y no le pasa inadvertida la cara de sorpresa de Rick ante su respuesta-. Me quedaré en la recámara de huéspedes. Necesitamos un poco de…espacio los dos, por ahora. ¿Está bien?

Rick asiente con la cabeza sin atreverse ya ni a pronunciar palabra, atónito como está con la inaudita decisión de ella. No se va a ir; estará ahí, en su casa, con él. Definitivamente es más de lo que podría pedir. Puede que queden rescoldos del enojo en ella y restos de desasosiego en él, pero lo único cierto es que hay una buena cuota de remordimiento en ambos y otro tanto de deseos de encontrar un punto de encuentro en medio del polvo levantado. Por el momento, con eso tendrá que bastar para dejar una puerta abierta en espera de un mañana más luminoso. Aún queda un camino largo por recorrer, pero mientras sea juntos, pueden con lo que sea.

-Claro que está bien, Kate –le asegura conciliadoramente-. Esta es tu casa y lo sabes. Y no quiero que te vayas. Mañana veremos las cosas con más claridad. Por ahora, quédate tú en mi recámara y yo subo a la de invitados… Todas las cosas que necesitas están ahí.

-De acuerdo. Buenas noches, Castle.

-Hasta mañana, Kate.

La ve cerrar la puerta de la habitación tras de sí mientras él se dispone a subir la escalera e intentar dormir. Duda que lo pueda conseguir, pero al menos tiene la tranquilidad de que ella sigue ahí, en ese cuarto que espera pronto sea oficialmente de los dos; en esa cama de la que espera no vuelva a irse nunca.


Nos leemos pronto con la reconciliación. Gracias por leer y comentar.

Val.