CAPITULO 7
Harry cerró los ojos. De repente, se sentía extenuado por el simple esfuerzo de beber unos sorbos de aquella bebida detestable. Se encontraba mortalmente cansado y no estaba acostumbrado a dormir con público. Se le antojaba que eso le daba una vulnerabilidad que no estaba dispuesto a tolerar.
Jamás había sido vulnerable.
Ya no había necesidad de que ella se quedara porque era obvio que él no iba a morir, al menos de momento. Pero ella no se fue. Al contrario, oyó que volvía a ocupar el sillón mientras él se quedaba envuelto en su calor y en un tenue perfume a vainilla.
Podía ordenarle que saliera de la habitación, estaba acostumbrado a mandar. A diferencia de muchos de los de su clase, él llevaba el manto de la nobleza con soltura. Nunca bebía en exceso, nunca comía demasiado ni permitía que la lujuria lo dominase. A veces jugaba temerariamente y, en su juventud, había tenido fama de osado, pero jamás había tenido la mente embotada ni el cuerpo débil como ahora. No le gustaba, sin embargo no se sentía amenazado por la presencia de ella en la habitación.
Aunque era la mocosa que le había disparado.
Pensó amargamente que eso no debería reconfortarlo, aun cuando aceptaba la historia del error en su identidad. Incluso creía en el severo arrepentimiento que veía en aquellos ojos fascinantes. ¿Cómo podía desconfiar de una mujer que lo despertaba llorando sobre su pecho? Y ésas no habían sido las delicadas lágrimas de una dama que fingiera estar apenada. Las suyas habían sido las lágrimas profundas y desgarradas de alguien que sufría. Harry había sentido deseos de curar sus heridas, de aliviar su dolor, de solucionar hasta el más nimio de sus problemas. Pero apenas podía sentarse.
La frustración acicateó sus sentidos, levantó los párpados sólo para descubrir que ella también lo estaba observando con recelo. ¿Tenía miedo de él? No. Presentía que no había muchas cosas que la asustaran, aunque había un brillo extraño en sus ojos claros. Si no era temor, ¿qué era entonces? ¿Pasión?
Aquella idea le hizo recordar sus sueños... de sus a medias lúcidos y a medias demenciales ofrecimientos de un erotismo como nunca había conocido. Caricias frías, deseo enfebrecido, todo se arremolinaba en la confusión de su memoria, pero, al mirarla, el marqués supo que no podían tener base real.
Y sin embargo... la excitación hizo que se diera cuenta de que se hallaba completamente desnudo. ¿Quién lo había desvestido? Sabía que tenía que ser ella, pero lo preguntó de todas maneras.
—¿Has estado cuidando de mí?
Ella asintió. Sus mejillas se encendieron, dando unas pinceladas de color a su cara pálida mientras lo miraba directamente. A Potter le excitó vagamente comprobar que era una muchacha a la que no asustaban los desafíos. Al menos, una parte de su cuerpo no parecía afectada por la herida o la postración y, aunque aquello le reconfortaba, resultaba un tanto incómodo.
-—¿Por qué? —insistió él.
—Porque no había nadie más —respondió ella con la misma falta de delicadeza.
El misterio que la rodeaba volvió a tentarlo. ¿Quién era? ¿Qué era aquella chica con un porte serio y unas manos de cortesana? ¿Acaso era un fantasma conjurado por su propio hastío? En nada se parecía a Ginebra con aquel cuerpo menudo, casi de muchacho, pero brillaba con una pureza que se clavaba como un cuchillo en su corazón. Era la personificación de la fuerza, de la honestidad, de la inteligencia.
El pelinegro respiró profundamente y cerró los ojos tratando de olvidar aquellos desvaríos. Era evidente que todavía no había recuperado el sentido común. Necesitaba descansar y, aunque nunca se había quedado dormido en presencia de nadie, ni siquiera en la dulce compañía de una larga lista de damiselas, quizá pudiera permitírselo aunque sólo fuera por aquella vez.
Hermione oyó un golpe sordo y, sosteniendo la bandeja con una sola mano, abrió la puerta con el corazón en la garganta. Para su alivio, el marqués no estaba tendido en el suelo, como había temido, sino sentado al borde de la cama. Obviamente trataba de levantarse.
—¿Qué estás haciendo? —gritó mientras dejaba la bandeja del desayuno.
—No puedo soportar esta cama ni un segundo más —replicó en un tono arrogante que la retaba a contrariarlo.
—¡Pues no puedes levantarte, eso salta a la vista! No hace un día que te consumía la fiebre.
—Pero hoy no —dijo él, clavando sus ojos en la castaña.
—Tienes que recuperar las fuerzas —contestó ella, sin dejarse intimidar—. Mira, te he preparado algo de comer.
—¿Más gachas? —preguntó con desdén.
—No. Pan, leche y un poco de estofado.
—¿Leche?
—Sí, leche —dijo ella, llevándose las manos a las caderas—. Claro, supongo que preferirías brandy o champagne.
—Desde luego, de ninguna manera voy a beber leche. No soy ningún crío para que hagas de niñera.
La ojimiel lo miró de arriba abajo. Se había puesto un camisón de su padre, pero apenas le llegaba a las rodillas y podía ver sus pantorrillas y los pies desnudos. De repente, se vio invadida por el recuerdo de haberlos tocado y sus mejillas se ruborizaron.
No necesitaba probarle su masculinidad, demasiado consciente era ella. Se obligó a mirarle a la cara, convencida de que iba a descubrir un brillo sarcástico en los ojos esmeralda, pero no había en ellos nada burlón. El color profundo no enmascaraba el fuego que ardía en sus profundidades, un ruego que le dejó los miembros laxos. Tuvo que hacer un esfuerzo físico para romper aquella mirada y ocuparse con la bandeja.
—No puedes tenerme aquí para siempre lo sabes perfectamente.
Hermione hizo una mueca, contenta de estar de espaldas a él. Claro que lo sabía, pero la impaciencia que detectaba en su voz la hería como un cuchillo. Al fin y al cabo, había estado una semana cuidándolo, atendiendo sus necesidades con el corazón sobrecogido de miedo a que se muriera. Parpadeó varias veces. Le enfadaba albergar sentimientos hacia aquel noble arrogante.
—Debo ponerme en pie para cuidar de mi mismo.
La castaña se dio cuenta de su frustración, pero no dijo nada. ¡Asno desdeñoso y mandón!
—¡Maldita sea, mocosa! ¡Tengo que usar bacinilla!
Ella se dio la vuelta entonces.
—¿Y quién te crees que se ha encargado de eso mientras estabas enfermo?
Los rasgos del marqués se endurecieron hasta formar una máscara de frialdad mientras que sus ojos relampagueaban furiosos. La ojimiel dio un paso atrás. La barba oscura y corta le daba menos aspecto de marqués y más de hombre peligroso. No era un hombre que pidiera ayuda ni que la agradeciera cuando se la prestaban, fueran cuales fueran las circunstancias.
—Te recuerdo tocándome -—dijo con una voz cortante como una espada—. ¿Quieres volver a hacer los honores o... sólo manoseas a hombres inconscientes?
Hermione sintió que le ardía la cara. Se apartó de la mesa con tanta violencia que la bandeja tembló. Maldijo las faldas que le impedían llegar más deprisa hacia la puerta, no deseaba otra cosa que sus viejos pantalones y la vida de siempre, antes de que Harry hubiera aparecido. Con todo, se dio la vuelta en el umbral.
—Ya puedes caerte de narices —dijo arreglándoselas para mantener el tono y la expresión helados—. Te he levantado por última vez.
La pulla no hizo mella en él, porque Harry ni la acusó ni lanzó una maldición. Se limitó a arquear una ceja y ella se preguntó cómo se las apañaba para parecer tan presumido llevando únicamente el viejo camisón de su padre. ¡Estaba harta de jugar a ser una dama delante de aquella bestia insufrible!
Descargo su ira en la cocina, amasando pan con más fuerza de la necesaria y pensando que, si Potter estaba lo bastante restablecido como para levantarse, también lo estaba para largarse. Que se fuera aquella misma tarde, se dijo a pesar del dolor que anidaba en su pecho. Descargó ferozmente los puños contra la masa, asustando a Crooksanhs, el gato tuerto, que abandonó su rincón junto a la chimenea.
Hermione se detuvo, aquélla no era ella. Se había dejado llevar por el irritante noble y lo mejor que podía hacer era librarse de él. Quizá Hagrid pudiera llevarlo a Londres en cuanto se hiciera de noche.
Se negó a descorazonarse y apartó de sí el desánimo junto con su preocupación por la salud del marqués. Era obvio que él estaba deseando salir de allí. Si tenían suerte, cuando se hubiera marchado olvidaría el asunto y no acudiría a los tribunales.
Le subió la cena sólo porque sabía que Luna no iba a hacerlo y Hagrid... Bueno, él actuaba corno un sabueso marcando su territorio. Preparó unas rebanadas de pan, un trozo de pastel de carne y otro de tarta de cerezas en la bandeja y se dio cuenta de que se había calmado al cocinar. Hacía días que no se sentía tan bien y decidió que no iba a permitir que aquel estúpido arrogante le estropeara el buen humor.
Se hallaba en la cama cuando ella entró, pero no estaba durmiendo porque sus ojos la miraron profundos y sagaces. Hermione se dio cuenta de que nada se escapaba a la mirada penetrante de aquellos ojos.
—Aquí tienes la cena —dijo mientras ponía la bandeja en la cama—. Cuando hayas terminado, estoy segura de que a Hagrid le hará feliz llevarte a Londres.
Bien, lo había dicho. Que diera saltos de alegría ahora. Se retiró hacia la mesa, sin valor para contemplar su alegría.
—No voy a ninguna parte.
Estupefacta, la castaña lo miró por encima del hombro. Harry no había perdido su compostura habitual.
—Te dije que no tenía intención de marcharme hasta que no desenmascarara al canalla que me ha suplantado.
—Pero antes... dijiste que no podíamos tenerte aquí para siempre.
—Me refería a seguir confinado en una cama, mocosa.
—¡No me llames así! —exclamó ella para no dejarse abrumar por la sensación que derretía sus huesos.
—¿Mocosa? Pequeña entonces —dijo con una sonrisa apenas esbozada—. No me gusta estar prisionero en una cama, ni siquiera en una habitación —añadió con un gesto que abarcaba el dormitorio—. Nunca había estado enfermo y no puedo decir que sea algo que me plazca.
Hermione sintió que ella también tenía ganas de sonreír. Aquélla iba a ser la única disculpa que iba a conseguir, pero estaba dispuesta a aceptarla. Ocultando su satisfacción, fue a recoger la bandeja del desayuno y vio que el vaso de leche estaba vacío.
—¿Qué has hecho con la leche? .
—¿A ti qué te parece? —dijo él con la omnipresente ceja enarcada.
La ojimiel se puso una mano en la cadera.
—Supongo que la habrás tirado por la ventana.
Esta vez Harry sí sonrió. Kate sintió que se le fundían las entrañas.
—¡Cuan pobre opinión tienes de mí! Me la he tomado.
—¿Qué?
—Que me la he tomado. Tenía sed y pensé que no estabas dispuesta a traerme nada más hasta que me la bebiera.
—¡Cuan pobre opinión tienes de mí!
Entonces, el marqués sonrió abiertamente y el efecto fue deslumbrante. Hermione estaba convencida de que ni siquiera Luna podría negar lo atractivo que era cuando enseñaba aquellos dientes blancos. Se quedó mirándolo embobada, pero se dio cuenta de que él también la contemplaba de arriba abajo.
—¿Qué demonios te has puesto?
La castaña se sonrojó al recordar los pantalones que llevaba. Se los había puesto furiosa, pero ahora descubría que no quería provocar su desprecio,
—Tengo trabajo que hacer —respondió.
—¿Qué clase de trabajo?
—Procuro mantenerme ocupada.
—Eso no es una respuesta.
—No importa. Es más fácil moverse con esta ropa, me gusta.
Hermione sabía que sus mejillas estaban sonrojadas, pero mantuvo la barbilla bien alta.
—A mí también.
Su voz pareció caer sobre ella como una lluvia de chocolate. Tuvo la sensación de que la acariciaba por todo el cuerpo con la mirada. Tragó saliva. Por lo visto, estaba equivocada al pensar que a él le disgustaba, aunque el marqués nunca se comportaba como se esperaba de él.
—-Aunque me sorprende que tu padre permita que te vistas así —añadió él.
—Mi padre murió.
—Tu hermano, entonces.
—No tengo hermanos.
—Pero debes tener un tutor.
Hermione se puso rígida.
—Eso sí, pero a él no le importa la ropa que llevo.
Si fuera por su tío, podía ir vestida con harapos, pero ella ya había hablado demasiado. Reconoció la chispa de interés que brillaba en sus ojos y, haciendo un esfuerzo, relajó su postura. ¡Aquel hombre estaba sacándole información!
—Cómete la cena.
—Sólo si tú me acompañas.
—Ya he cenado.
—Pues quédate conmigo de todas maneras. Me siento infernalmente aburrido. ¿No tienes una baraja? Quizá pudiéramos jugar.
Parecía tan esperanzado que Hermione no tuvo corazón para negarse.
—De acuerdo. Buscaré alguna.
—¿Y unos libros también?
—¿Qué te apetece leer? —preguntó ella, asintiendo.
—Escoge por mí.
Aunque hablaba en un tono casual, la ojimiel presentía que no había nada casual en aquel hombre. «Calculador» sería una descripción mucho más acertada ya que, tras aquel porte frío, había una mente aguda, capaz de rivalizar con cualquiera. Sin embargo, ¿qué esperaba deducir de unos cuantos volúmenes de la biblioteca de su padre?
Entonces se dio cuenta de su juego. Tendría que asegurarse de que no hubiera emblemas ni anotaciones personales en los libros que le llevara, de lo contrario no tardaría en descubrir su verdadera identidad. A pesar de sí misma, Hermione tuvo que sonreír ante su astucia. Iba a divertirse cruzando las espadas con el marqués, siempre que él no buscara su sangre.
Harry la contempló cuando se iba, tenía una figura atractiva y elegante que no era de muchacho, como había pensado al principio. Le gustaba con ropas de mujer, pero debía admitir que también le agradaban los pantalones, no demasiado ceñidos como para parecer indecentes, pero tampoco muy holgados. Centró la atención en el movimiento de su trasero y sólo deseó arrastrarla a la cama.
—¡Maldición! —masculló sorprendido por la fuerza de su reacción.
Estaba claro que hacía mucho tiempo que no disfrutaba de los encantos de una mujer. Trató de recordar quién había sido la última. ¿Lavander? ¿Lady Chang? Se había separado de su última querida cuando el hastío se agravó para intimar únicamente con las damas de su círculo. Todos sus rostros se fundieron en una sola cara anodina, ni de lejos tan misteriosa como el rostro de su pequeña mocosa.
Era lista, valiente y sin ninguno de los artificios de las aburridas damas de la sociedad londinense. Su cuerpo seguía excitado. Harry se preguntó si no sería debido a su postración. Quizá cuando volviera a ponerse en pie ya no se excitaría con su captora. Sin embargo, contra toda lógica, tenía la esperanza de que ése no fuera el caso.
Cuando volvió con los libros, el ojiverde se descubrió contemplando sus cabellos castaños, acariciándolos en sus fantasías. Pero la sobria señorita Hermione no iba a aceptar de buen grado sus avances, ¿o sí? Hacía unos días, cuando la había abrazado, había tenido la impresión de que volvía a la vida con sus besos.
Sí, pensó con una sonrisa, había pasión en ella. La suficiente como para enfrentársele con una pistola, como para tocarlo cuando pensaba que él estaba inconsciente. Entonces, se quedó paralizado. Por primera vez en la vida se enfrentaba a la perspectiva de desear algo que ni siquiera él, el acaudalado y poderoso marqués de Godric, podía conseguir. Y eso espoleó su determinación de averiguar su identidad, puesto que era el único medio de estar seguro de que ella era inalcanzable.
Hermione lo miró entonces y el pelinegro dejó entrever su deseo. La estremeció, aunque sospechaba que no tenía idea de lo que realmente quería de ella. Hermione era virgen, estaba convencido. Además, era de buena familia. Aquellas características la situaban fuera de su alcance porque, tal como le había prometido, nunca seducía a jovencitas vírgenes.
Sin embargo, si fuera una pariente pobre, una gobernanta u otro miembro del servicio, podría satisfacer su deseo sin remilgos. Ella dispondría de seguridad, dinero y comodidades suficientes como para ayudar a su hermana al tiempo que él tendría una querida que eclipsaría a todas las del pasado. El deseo estalló en él al imaginarlo y los claros ojos castaños que lo miraban titubearon, Entonces ella tiró las cartas sobre la manta, junto a su mano.
¡Ah, claro que era apasionada su pequeña, pero también era lo bastante lista como para refrenarse!
—¿Piquet? —preguntó con una sonrisa y barajando diestramente.
Hermione parpadeó. Harry volvió a sonreír, satisfecho con la reacción que suscitaba en ella. No tonteaba, ni coqueteaba, sino que se sonrojaba furiosamente cuando la descubría admirándolo. Una reacción de lo más intrigante. Entonces se fijó en el modo en que ella contemplaba sus manos dando cartas. Si aquello continuaba iba a ser un juego de lo más incómodo para él. Harry alzó la rodilla para disimular la erección que empujaba contra las mantas.
—¿Jugamos a guinea el punto?
—No.
—¿A penique?
—No pienso jugar por dinero. En realidad, desapruebo el juego.
El marqués sonrió ante sus esfuerzos por mantener la compostura porque ya había averiguado lo que pretendía. La mocosa no tenía un penique, eso era evidente. Pero, ¿y su familia?
—¿No debo preocuparme de que tu tutor se ofenda porque juguemos una partidita?
Inocente como era, no captó la invitación sutil que una mujer de más experiencia hubiera entendido como un coqueteo abierto. Al contrario, lo miró con los labios apretados.
— Hagrid cree que no es prudente que te cuente nada más.
—¿Hagrid? —repitió desdeñosamente—, ¿Y tú confías en su juicio?
Ella titubeó un instante antes de traspasarlo con la mirada clara que tanto lo atraía.
—Puede que no, pero, ¿cómo sé que no me denunciarás al primer juez que encuentres y te reirás de mí cuando cuelgue con la soga al cuello?
La pregunta lo sorprendió tanto que no dudó en dejar escapar una carcajada. Sin embargo, la expresión de la castaña permaneció sombría.
—No es posible que creas que a mí me gustaría verte colgada —dijo incrédulo.
Ella lo miró como si buscara la verdad en el fondo de sus ojos. Harry se sintió extrañamente conmovido, y molesto, por su desconfianza.
—Te aseguro que no pienso delatar ante nadie tu extraordinaria existencia.
Sus palabras parecieron dejarla perpleja.
—Pero te he disparado.
—Por accidente, según todos los indicios. Yo también estaba allí, como recordarás.
Ella se sonrojó y asintió, pero no despegó los labios. El pelinegro tenía ganas de zarandearla. ¡No confiaba en él! Teniendo en cuenta que había sido ella quien le había metido una bala en el cuerpo para después secuestrarlo, le parecía algo asombroso. Y enervante.
¡Maldición! Y, hasta que no averiguara quién era, no podía tocarla. Se sentía frustrado, no estaba acostumbrado a renunciar a nada.
—Muy bien —dijo fingiendo indiferencia—. Cree lo que quieras, pequeña, pero ya te has equivocado una vez conmigo.
Harry vio la expresión de sorpresa en su rostro adorable y se reclinó para poder observarla con disimulo. Estaba acostumbrado a conseguir lo que quería y aquella criatura no iba a ser una excepción.
Era conocido en círculos políticos por su dedicación y tenacidad. Había quien lo tildaba de implacable, pero simplemente no sufría de buen grado a los estúpidos. El marqués curvó los labios mientras observaba a su más reciente adversario. La pobre Hermione no tenía la menor idea del terreno que pisaba.
Cuando acabara con ella, Harry no sólo tendría su nombre, sino también la pasión que rabiaba en sus entrañas. La pequeña criatura iba a ser suya en cuerpo y alma.
Lo que él no sabía era que nunca más podría estar lejos de ella.
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Gracias por sus lindos reviews, ya estamos acercándonos a la parte más candente de esta interesante historia porque el marqués de santo y tranquilo no tiene nada.
Bye, no se olviden comentar.
