La vida es extraña. Maravillosa. Eso solía decirme Bardock. Yo le preguntaba el por qué. Él sólo respondía que no había un porqué. -Si no hay un porqué, entonces no tiene sentido que digas que la vida es tan maravillosa -le respondía yo, sonriéndo.
-Si hubiera un porqué, Jena, si que no tendría sentido que lo fuese.
El día que Bardock se marchó sentí un vacío inexplicable. Cada roncón de la casa en la que vivíamos parecía desolado, frío. Me senté en el sofá, intentando imaginarle a mi lado, hablándome de cosas de las que jamás había oído hablar. Hipnotizándome. En su lugar, solo encontre el silencio.
El último día de mi vida, me puse de parto. Sola, en una cama de enfermería mientras la matrona me asistía, imaginaba a Bardock, a lo que él estaría haciendo en ese momento.
El parto duró más de lo que había durado el anterior, y dolió más. Cuando el niño nació, temí que hubiera muerto. O tal vez lo que temía es que hubiera sobrevivido. Cuando la matrona le dió un cachete fuerte, el niño empezó a gritar como un endemoniado, y a llorar enérgicamente. Sonreí tristemente mientras las lágrimas y el sudor me resbalaban a la par por las mejillas.
-Es un niño -dijo la matrona -felicidades. ¿Cómo vas a llamarlo?
Negué en silencio con la cabeza, sintiéndo como el mundo se me venía encima.
-No le quiero poner nombre -respondí -porque a partir de este momento, este niño viviría sin saber quién se lo puso.
La enfermera perdió la sonrisa y asintió secamente. Dejo al niño en mis brazos durante unos momentos. Le miré de arriba a bajo. Nada más posarse sobre mi cuerpo, el bebé dejo de llorar. Me miró con unos ojos grandes, negros, como los de su padre. Era igual a su padre. Sonreí y acaricié a mi hijo por última vez, rogando en silencio que pudiera tener una vida mejor de la que había tenido yo, de la que había tenido su padre.
La eenfermera se situó en frente de la cama, y al notar su presencia, extendí el niño, para que lo tomase. El niño volvió a llorar de inmediato, y yo con él. Oí sus llantos hasta que se apagaron cuando lo alejaban por el pasillo. Hasta que se fundieron con los de los otros recién nacidos que jamás conocerían a quién les concibió.
Salí de la enfermería pasada apenas una hora de haber dado a luz. Me ofrecieron ver a mi hijo por última vez. No quise.
Me comunicaron que se lo dirían a Bardock. A mi me daba igual. Eso no cambiaría las cosas tal y como estaban.
He pasado la última tarde de mi vida sentada en un banco de la comuna, viendo como los demás hacían sus vidas en la calle. Como los niños peleaban, como los adultos apostaban, y reían como animales. Me he preguntado si esa era la vida que tendrían mis dos hijos, y si algún día llegarían a conocerse.
Me he consolado pensando que al día siguiente Bardock estaría de vuelta, en la puerta de casa, sonriéndo con su sonrisa seria, pero amable a la vez.
Nada de eso era verdad.
He visto como una luz se acercaba por el horizonte. He oído gritos que para mí ya no tenían sentido. De niños, de adultos.
Y he llorado pensando en mis hijos, y en el único hombre al que he entregado mi vida.
Y pensando en ellos, me despido bajo las nubes rojas.
Y todo queda en silencio.
FIN
Este es el final de mi pequeña historia. Si os ha gustado, dejar algún comentario, y si no os ha gustado, pues también. A los autores nos hace mucha ilusión. Muchísimas gracias a todos los que habeis seguido esta historia, y gracias a mi seguidora Whitemiko5, por apoyarme y comentarme ^^
Un saludo y un beso a todo el mundo, y espero que sigáis disfrutando mientras leeis lo que escribimos con mucho gusto y cariño. Adiós! =)
