Disclaimer: Los personajes de candy candy no me pertenecen, pertenecen a la novelista Kyoko Mizuki y/o Toe Animación…Esta historia y sus personajes son diferentes de la versión original del anime o la versión de la manga.

N/A: Hola chicas, mis más sinceras disculpas a mis sensibles lectoras, solo hasta hoy me di cuenta de que la historia no estaba en la categoría M, donde pertenece. Al resto de mis queridas lectoras aquí les dejo un nuevo capítulo y espero que lo disfruten...Saludos y un abrazo a todas.

Historia Adaptada de la colección Harlequin escrita por: Alec Ryder

Pasión de una noche

Capítulo 7

EL PINE Lodge era una de aquellas enormes casas victorianas construidas como refugio de verano por algún olvidado magnate de la industria. No se podía decir que era una posada. Adentro había sufrido una modernización importante, el exterior, con sus ventanas en forma de arco y sus amplias terrazas, permanecía intacto como testigo de tiempos más elegantes. Estaba situado entre un hermoso rio y la carretera.

Candy llevó el coche hasta el aparcamiento, apagó el motor y le dio las llaves a Albert. Era un gesto simbólico que significaba que por el momento su trabajo había terminado, pero no sabía si él lo comprendería así o no. Antes de salir hizo una pausa y dijo:

-Escucha... no he traído nada conmigo, y tengo todo el cabello enredado. Supongo que no tendrás un peine que puedas prestarme, ¿no?

-Deberías de haber dejado cerrada la ventanilla. Bueno, no vamos a dejar que entres en el restaurante con ese aspecto — dijo buscando en su chaqueta-. Aquí tienes. Prueba con esto.

Si había algo en el mundo que la molestara, era precisamente el tener que usar cosas de otra persona. Lo miró suspicaz pero, para su sorpresa, estaba impecable. Musitó las gracias, y comenzó a desenredarse sus largos rubios cabellos. Una vez que hubo terminado se lo devolvió.

-Si hubiera sabido que íbamos a venir a comer a un sitio como éste, me habría vestido de otra manera.

Sus ojos la escrutaron de arriba abajo como otras veces, haciéndola ruborizarse.

-Yo creo que estás encantadora — contestó él con sinceridad-. Eres el vivo retrato de la juventud y de la inocencia, como diría el reverendo McPhee.

Podía haber contestado a ese comentario, pero lo dejó pasar y siguió a Albert hasta la entrada de la posada en silencio. Necesitaba refrescarse con urgencia. Algo servido en un vaso alto, helado y con mucho hielo, algo que le quitara la sed y la sequedad de la boca.

Atravesaron el aparcamiento y entraron en la posada. Albert estuvo haciendo averiguaciones en la recepción mientras ella miraba a su alrededor. En el vestíbulo había una boutique y una tienda de regalos, junto a otra dedicada exclusivamente a artículos de caza. Sobre la enorme chimenea, apagada en esa época del año, había un salmón del tamaño de una cría de tiburón dentro de una caja de cristal. También había una placa en la que ponía que había sido capturado allí cerca en 1920. Era un buen reclamo para los huéspedes, un incentivo para estimularlos a quedarse unos pocos días más.

Candy observó a Albert charlando con la recepcionista, que parecía tener problemas por mantenerse fría y no dejaba de sonrojarse. Era una pobre tonta, pensó. Si supiera a quién estaba tratando de impresionar no pestañearía de ese modo, se dijo. Por fin Albert se la acercó con una expresión de satisfacción.

-El lugar sólo está lleno a medias, así que no hay problemas de alojamiento. El restaurante está cerrado y no lo abrirán hasta esta noche, pero sirven comidas en el mini-bar.

Debería haber vuelto a repetir sus recelos en cuanto al tema del alojamiento, se dijo Candy, pero no lo hizo. Estaba indecisa, se sentía incapaz de hablar. Albert la tomó del brazo para llevarla al mini-bar y el asunto quedó zanjado por el momento. Estaba nerviosa, pero aún no era demasiado tarde, se dijo, aún no había hecho la reserva. Encontraría el momento adecuado para volver a hablar de ello durante la comida. Se negaría a compartir la habitación y le explicaría sus sentimientos.

Encontraron una mesa al lado de la ventana con vistas al rio. Inmediatamente apareció un camarero. Albert pidió un whisky con soda para él y un limón granizado con lima para ella.

Luego ambos leyeron la carta.

-Creo que probaré el venado — comentó él-. Tiene que ser bueno en esta parte del país.

Candy escogió el menú del día, y luego trató de calmarse mientras el camarero se apresuraba a volver a la barra. Mirando a su alrededor, se dio cuenta de que la mayor parte de la gente eran hombres de mediana edad con aspecto de aficionados a la caza o a la pesca. Las pocas mujeres que habían iban vestidas con trajes de tweed. En conjunto resultaban todos muy respetables, pero también aburridos. Se hubieran llevado las manos a la cabeza si hubieran sabido lo que ocurría en su mesa, se dijo. Chantaje, y escándalo. Nada menos.

Cuando el camarero les llevó las bebidas, ella dio enseguida un buen trago de la suya. Estaba tan fría que le dolieron las sienes, pero también la inspiró. Sonrió con inocencia y dijo:

-No vas a encontrar ningún lugar por aquí en el que acojan a huéspedes que no lleven equipaje.

-¿Aunque paguen por adelantado? — preguntó él con igual inocencia.

-Especialmente si se ofrecen a pagar por adelantado —contestó ella frunciendo el ceño-. Al contrario que en los hoteles de Chicago a los que estás acostumbrado, aquí están chapados a la antigua. Y más aún si llevas compañía femenina. Seguro que todos se han dado cuenta de que no estamos casados — añadió mirando su mano izquierda.

-Entonces tenemos suerte. Todavía llevo una maleta en el coche. Está medio vacía, pero seguro que no van a inspeccionarla. Y tampoco creo que anden mirando a ver si llevas anillo.

A ellos no les gusta molestar a sus clientes ni ponerlos en situaciones incomodas. De todos modos, si no vas por ahí tratando de enseñar tu mano izquierda, dudo de que nadie vaya a fijarse.

-¿Y qué se supone que me voy a poner yo? — preguntó molesta ante su mirada-. No me he traído nada excepto lo que llevo puesto. Ni siquiera un peine, ¡por el amor de Dios!

-Estoy seguro de que puedes comprar todo lo que necesites. Hay tiendas, ¿no? Cuando hayamos reservado la habitación, podrás escoger lo que quieras y pedir que te lo carguen en la cuenta — terminó mientras daba un sorbo de whisky-. Estás tratando por todos los medios de pensar en cualquier obstáculo para evitar lo inevitable, pero no va a funcionar. Y estás agotando mi paciencia — dijo sacando las llaves del coche del bolsillo y poniéndolas sobre la mesa-. Puedes elegir, Candy. O accedes a pasar la noche aquí conmigo o volvemos en cuanto terminemos de comer. Allí recogeré mis cosas y saldré de tu vida para siempre, pero primero repartiré copias del artículo del periódico por la oficina de correos y el tablón de anuncios de la iglesia.

Candy miró aquellos azules ojos y supo que no era una simple amenaza. Era un ultimátum. Apretó los puños por un momento y entonces la ira comenzó a desaparecer. En su lugar sintió un curioso sentimiento de alivio. Desde ese momento podía decirse a sí misma que lo había intentado todo. Pasara lo que pasara, al menos su conciencia estaba limpia.

-Está bien — se rindió cansada-. Me tienes atrapada. No voy a consentir que les rompas el corazón a mis padres. Pero te advierto que lo lamentarás. Todo el mundo tiene conciencia, Albert. Incluso tú. Algún día tendrás lo que te mereces.

-Lo dudo mucho -sonrió-. Estoy seguro de que en los años venideros recordaré esta noche con placer — añadió elevando el vaso-. Ahí tienes mi venganza. Seguro que tú la disfrutaste tanto como yo.

Eso era cierto, se dijo Candy tratando de mirar a otro lado. Mientras Albert aun seguía enojado por todo lo que ella hizo, él tenía suficiente dolores de cabeza con las demandas de su tía, y la única forma que tuvo para quitársela de encima, fue destruida en el momento en que la pequeña rubia arruino su rutina. Había sido un perfecto juego hasta que la conoció.

Cuando les llevaron sus platos, Candy comió despacio. Trataba de alargar aquel momento lo más posible. Él, por su parte, acabó de comer en diez minutos y la observó divertido mientras pinchaba la última cebolla con el tenedor. De pronto alargó la mano, tomó el último bocado con los dedos y se lo ofreció. Sus miradas se encontraron quedándose fijas la una en la otra por un instante. Por fin, ella abrió la boca y aceptó. El sonrió y comentó con naturalidad:

-Hay hombres que no quieren besar a las chicas que huelen a cebolla, pero a mí nunca me ha importado. Supongo que tienes suerte.

-¿Tú crees? Entonces quizá debería haber pedido ajos.

-Los ajos son para protegerse de los vampiros -sonrió-. Pero no te preocupes, no voy a darte un mordisco en el cuello mientras estés durmiendo. En cambio, en lo que se refiere a otras partes de tu cuerpo, no puedo darte ninguna garantía.

-¡Deja de decir ese tipo de cosas! -exclamó irritada y ruborizada-. Me... me... -intentaba buscar la palabra adecuada, pero él la interrumpió.

-¿Te ruboriza? -sonrió-. Bueno, esta noche puedes fingir que eres Trixie Trotter. Ella no se ruborizaba en absoluto, ¿no crees?

Candy se preguntó si no sería más inteligente mantener la boca cerrada a partir de ese momento. Cada vez que hablaba sólo conseguía darle a él más argumentos para disparar.

Abandonaron el bar y volvieron a la recepción. Él hizo un gesto hacia las tiendas y dijo:

-Porque no vas y cómprate lo que necesites. Yo iré por la maleta y a hacer la reserva.

Albert se marchó resuelto, como si todo estuviera decidido. Por un momento Candy se quedó mirándolo impotente. Luego, recordándose a sí misma que había tomado una decisión, se encaminó hacia la tienda. En la primera se compró un peine, un cepillo de dientes, pasta y algunas otras cosas de tocador. Pero fue en la boutique donde verdaderamente comenzó a gastar dinero. Después de todo, él pagaba, se dijo, y si quería que ella interpretase a Trixie Trotter, empezaría a hacerlo desde ese mismo momento.

Cuando Albert volvió, la dependienta estaba guardando sus compras en bolsas.

-¿Has encontrado todo lo que necesitabas, cariño? — preguntó él amable echando un ojo benevolente al montón de paquetes alineados sobre el mostrador.

-Sí, querido -contestó ella sonriente-, creo que sí. Pero si necesito algo más, siempre puedo ordenar que me lo suban, ¿no te parece?

-Por supuesto, amor mío.

Candy tomó el ticket que le ofrecía la envidiosa dependienta, y se lo tendió a Albert con una sonrisa inocente.

-Pagarás esto, ¿verdad, querido?

-Por supuesto, princesa. Me alegro de ver que por fin el tratamiento está empezando a funcionar — contestó mirando apenas la cuenta y sacando el talonario de cheques para luego comentar divertido-. Era adicta a las compras. Supongo que es el resultado de una infancia llena de carencias. No podía dejarla salir sola de casa — añadió inclinándose sobre el mostrador y hablando con la dependienta en voz tan alta que era audible en todo el local.

Candy lo miró con frialdad, luego agarró las bolsas y se encaminó hacia el vestíbulo. Al llegar a la habitación Albert cerró la puerta.

La habitación estaba cómodamente amueblada y tenía unas magníficas vistas sobre el valle. Candy examinó el baño, que estaba perfectamente limpio y reluciente. De puntillas, pasó un dedo por encima de la parte superior de lámpara sobre el lavabo. Luego, en la habitación, hizo lo mismo en los bordes superiores del marco de la ventana y en los respaldos de las sillas. Una vez que terminó el examen Albert comentó:

-¿Y qué me dices del marco de ese cuadro?

-Odio los lugares descuidados — contestó ella con calma-. Tú, como vives en hoteles, estarás acostumbrado, pero yo soy muy escrupulosa.

Candy fue hacia la cama, con dosel, naturalmente, y tiró de la colcha. Las sábanas estaban impecablemente blancas y crujían.

-¿Y bien? -inquirió él-. ¿Te parece lo suficientemente limpio, o quieres que lo probemos antes para hacerte a la idea?

Ignorando aquel comentario, Candy echó un vistazo final a su alrededor y luego dijo:

-Voy a ducharme y a cambiarme de ropa. Te sugiero que busques algo que hacer durante una media hora, más o menos. Puedes ir al bar o a pasear — Albert se quedó donde estaba, así que ella volvió a repetir molesta-: ¡Vamos, venga!... No te quedes ahí parado.

Tenía estilo, pensó Albert. Era de admirar. Mirando aquellos pequeños labios resueltos y aquella cabecita desafiante, Albert decidió más firmemente que nunca atravesar aquel caparazón duro para penetrar en la suave y femenina criatura que había debajo.

-No hay ninguna prisa — contestó con naturalidad-. Creo que este momento es tan bueno como cualquier otro para sentarse un rato y charlar sobre nuestros asuntos.

-¿Sobre qué asuntos? — preguntó ella suspicaz, tal y como Albert esperaba.

-Bueno, sobre cosas — comentó encogiéndose de hombros con naturalidad y sonriendo abiertamente para relajar la tensión-. Podemos intercambiar opiniones como dos personas civilizadas, ¿no crees?

-Conozco tus opiniones, en particular en lo que respecta a las mujeres. Y no son ideas en absoluto civilizadas.

Albert comprendió que no podía prolongar esa situación un minuto más. Iba a tener que poner las cosas en claro allí mismo. En el fondo, se dijo, no podía culparla, aunque hubiera sido ella misma quien, en parte, había hecho las cosas más difíciles. Él había intentado aclararlo todo, pero ella no le había dado ocasión. Era impulsiva y fogosa, y creía firmemente en el poder ofensivo de las palabras. De todos modos, se dijo, tendría que volver a intentarlo.

-Escucha... -dijo paciente-. No estés tan enfadada y tan... -de pronto se interrumpió, dándose cuenta por la actitud de Candy de que había vuelto a tomar el camino equivocado.

Ella comenzó una retahíla de reproches y Albert la escuchó.

-¿Te extraña que esté enfadada? Para empezar te... y luego te... — Sólo escuchó la mitad de aquella parrafada, en la que lo comparó con Calígula y con Vlad el Empalador. La observaba fascinado. Era realmente un espectáculo digno de ver, pensó.

Tenía... chispa, esa era la palabra. ¿Por qué diablos no la habría conocido años atrás?, se preguntó mientras seguía increpándolo.

-... no significa nada para ti. Sólo piensas en una cosa. Tú lo sabes y yo lo sé. Primero me amenazas con el chantaje... y ahora quieres que me siente aquí a escuchar tus mentiras, esperando que sea lo suficientemente estúpida como para... para... — respiró hondo y luego sacó un dedo indicando hacia la puerta-. Y ahora, por favor, vete.

Albert volvió a sonreír. Tenía que detenerla, estaba a punto de darle una baja de tensión. Había más de un modo de llevarse el gato al agua, pensó. O de demostrarle algo a alguien que no estaba dispuesto a escuchar. Y la señorita Candy White, necesitaba que alguien le cortara esas uñas afiladas. Se quitó la chaqueta despacio.

-¿Qué crees que estás haciendo? — preguntó ella insegura.

-Me desvisto, por supuesto — contestó desabrochándose la camisa-. Podemos tomar la ducha juntos.

Candy abrió los ojos atónita.

-¡Ducharnos juntos! — tragó seco-. ¡Por supuesto que no! Es... es...

-Es práctico — la interrumpió Albert-, así podremos enjabonarnos la espalda el uno al otro —añadió acercándose lentamente y mirándola a los ojos-. Estoy seguro de que esa experiencia te va a gustar.

Sus labios estaban cerca, demasiado cerca, pensó Candy mientras sus rodillas comenzaban a flaquear. Lo maldijo en silencio y luego, en un susurro apenas audible, dijo:

-La... la ducha es muy pequeña para dos, cualquiera se daría cuenta.

-Eso lo hará aún más íntimo — contestó Albert con un tono diferente.

Entonces él comenzó a desabrocharle la blusa lentamente, y cuando estuvo abierta, alcanzó el broche del sujetador. Candy apenas tuvo tiempo de rechistar antes de que sus labios se posaran sobre los de ella, y luego sintió que su mano abrazaba uno de sus pechos. Su cuerpo tembló ante la intimidad de sus caricias.

- Mejor — murmuró Albert apartando los labios de los de ella y mirándola con aquellos ojos azules oscuros-. La lengua puede mentir, Candy, pero el cuerpo no. y el tuyo desea ser amado, ¿no es cierto? Sólo hay una forma de satisfacer ese deseo que ambos compartimos el uno por el otro.

Candy miró a Albert en silencio, desesperada, sintiendo que su corazón latía veloz. Algo muy dentro de ella, más allá del caos de las sensaciones, le advertía de que, si se rendía sin luchar, nunca más en la vida, nunca, podría volver a mirarse al espejo sin sentir desprecio por sí misma. ¿Merecía la pena a cambio de unos instantes de placer?, se preguntó. No sabía la respuesta, como tampoco la había sabido media hora antes, pero la tentación era demasiado fuerte como para resistirse.

-¿Te ha comido la lengua el gato? — preguntó él en un susurro-. A pesar de todo, me doy cuenta de que ni siquiera eres capaz de negar lo que digo con un movimiento de cabeza.

La falda cayó al suelo alrededor de sus tobillos al desabrochar él la cremallera. Albert comenzó a besarla en la nuca y ella sintió que su corazón retumbaba sus oídos. Sus brazos, que hasta ese momento habían permanecido inertes a los costados, intentaron apartarlo nerviosos, pero luego, como tomando una vida propia, se deslizaron por su cintura. Al sentir el calor y la firmeza de su cuerpo bajo la fina camisa de algodón. Candy no pudo seguir luchando. Sus dedos comenzaron a jugar con los músculos de su espalda.

Entonces Albert, al comprobar su rendición inminente, exhaló un grito de placer desde lo más profundo de la garganta. La voz de su mente había cesado, sólo sentía un deseo irrefrenable. Él era un mentiroso, un mujeriego y un tramposo, pero no le importaba. Su corazón retumbaba y la sangre corría loca por sus venas. Lo deseaba, y lo deseaba en ese momento.

Después de todas sus protestas y sus buenas intenciones, al final no era mejor que cualquiera de las otras mujeres sobre las que Dorothy le había advertido. No era mejor que cualquiera de esas mujeres que se sentían atraídas por demonios sin escrúpulos como él.

Pero no le importaba. Aquel deseo ardiente era más fuerte de lo que podía soportar. Buscó sus labios con avidez y se estrechó contra él. Temblaba mientras él acariciaba y presionaba firmemente su trasero. Sus besos estaban llenos de hambrienta pasión, eran salvajes. Entonces Candy deslizó los dedos enfebrecidos por el cinturón intentando desabrochárselo.

-Me deseas, ¿no es verdad, Candy? -preguntó con voz ronca-. Quiero oírtelo decir.

¿Es que se había vuelto loco?, se preguntó. Por supuesto que lo deseaba. ¿Acaso no lo estaba viendo?

-Bien... — contestó él al ver su leve asentamiento-. Entonces no puedes acusarme de forzarte, ¿no? Tienes tantas ganas de hacer el amor conmigo como aquella primera noche — algo en su voz barrió la neblina de deseo por él. Candy se quedó mirándolo sin comprender-. Tienes razón, por supuesto -continuó ducha es demasiado estrecha para los dos. Podrías resbalarte con el jabón y romperte una pierna. Por eso creo que será mejor que esperemos hasta esta noche. La cama parece un lugar mucho más adecuado.

Aquellas palabras le sentaron como un jarro de agua fría. Quiso taparse, pero era inútil. Estaba horrorizada. Por un momento, intentó protestar, pero no le salían las palabras.

Finalmente habló:

-Eres un...¡Un ser insensible! Despreciable!...Te... te...

Albert detuvo aquella explosión de rabia con un beso, luego se dio la vuelta.

-Ese no es el lenguaje que debería usar una dama. Ahora ve a ducharte. Volveré dentro de media hora.

La llevo dirección a la ducha y abandonó la habitación. Candy se quedó inmóvil mirando la puerta, llena de rabia y golpeándose la frente con los puños. Él era un monstruo... manipulador y falso. Le había tendido una trampa para demostrar la superficialidad de su actitud, y ella había caído con la mayor facilidad. Si lo que pretendía era destruir deliberadamente su confianza en sí misma lo había conseguido.

La ducha templó sus nervios, llegando incluso a olvidar en parte su enfado mientras se vestía. Quitó con cuidado las etiquetas de la ropa interior nueva. Tenía ya puestos las bragas y el sujetador cuando él volvió a entrar en la habitación con paso lento. Se quedó admirándola sin esconder su deleite y dijo:

-¿Es de seda pura? Muy sexy, Candy. Es una pena que tengas que ponerte algo encima. Ahí abajo causarías tanta sensación como en Freiburger.

Candy lo ignoró y comenzó a ponerse unos pantalones, pero no era fácil hacerlo durante mucho tiempo. Lo veía desnudarse por el rabillo del ojo. Primero se quitó los zapatos, los calcetines y la camisa. Luego los pantalones, que dobló cuidadosamente dejándolos en el respaldo de una silla. Era su forma despreocupada y natural de hacerlo lo que la preocupaba.

O bien no sentía ninguna vergüenza o bien estaba simplemente demostrándole que no le importaba que lo viera. Cuando por fin se quitó los calzoncillos con naturalidad Candy se puso colorada. Le había pillado mirándolo, pero se dio la vuelta aprisa y se puso una blusa. Albert rió para sí mismo y se dirigió a la ducha.

Cinco minutos más tarde Candy estaba mirando por la ventana con los brazos apoyados sobre el marco cuando él salió. Al menos había tenido la decencia de ponerse una toalla, pensó.

-Puedes darte la vuelta y dejar de ruborizarte. Estoy vestido. Candy se dio la vuelta con un gesto de desdén, pero parpadeó sorprendida intentando ahogar la risa al verlo con los calzoncillos que ella le había arrojado.

-Veo que los reconoces -sonrió-. Rojos con ositos amarillos. Son los que me arrojaste a la cara en Freiburger. Desde luego no son de mi estilo, pero he pensado guardarlos como recuerdo.

-Dijiste que estabas vestido — contestó ella enfadada notando que él disfrutaba de su malestar-. Ponte los benditos pantalones. Te esperaré en el vestíbulo -añadió pasando por delante.

Una vez abajo, se sentó en un sofá, tomó una revista que había sobre una mesa y comenzó a hojearla. Era incapaz de interesarse por ella, así que volvió a dejarla. Entonces, se fijó en un teléfono público y se preguntó si debería avisar a su madre de que no volvería aquella noche.

¿Pero qué excusa le pondría?

Aún seguía lamentándose por la humillación que acababa de sufrir en la habitación. En realidad, se dijo, la había humillado en más de una forma. La había rechazado. ¿Pero por qué?, se preguntó. Aquello la hacía pensar que, o bien Albert sabía mantener un control férreo sobre su propio cuerpo, o bien el resto no era para él más que un juego. Un juego al que jugaba según su propia conveniencia. Simplemente tenía la mala suerte de ser uno de sus juguetes. Estaba mirando al suelo mientras reflexionaba, y justo levantó la vista cuando él llegó.

Se paró y la miró de arriba abajo con aprobación mientras ella se levantaba del asiento, pero antes de que pudiera decir nada, ella sacó una mano y dijo:

-Tienes que prestarme unas monedas para llamar por teléfono. Mi madre se preocupará si no vuelvo esta noche a casa.

-¿Quieres que sea yo quien le explique la situación? — preguntó Albert con inocencia buscando en el bolsillo.

-No, no quiero — contestó ella tomando las monedas.

Mientras se encaminaba hacia el teléfono fue pensando en una excusa. Le diría a su madre que el coche había fallado y que no habría piezas de recambio disponibles hasta el día siguiente. Una vez que hubo hecho la desagradable llamada, se dio la vuelta y encontró a Albert esperándola en la terraza.

-Ya está... -dijo fría-. ¿Qué vamos a hacer ahora? ¿Pasar una agradable tarde en el río? — Albert le ofreció las llaves del coche y le dio las órdenes:

-Quiero ver todo lo que pueda de los alrededores, y quiero que tú conduzcas.

Candy se encogió de hombros con indiferencia y lo siguió hasta el aparcamiento. Hubiera deseado saber qué era lo que él encontraba tan fascinante de aquel lugar remoto, pero se hubiera mordido la lengua antes de preguntar. Si quería perder el tiempo, era asunto suyo, pensó. Ella no iba a detenerlo. Al menos mientras conducía no jugaba con sus sentimientos.

Candy siguió las indicaciones de Albert cruzando a la derecha en una pequeña carretera a una distancia de kilómetro y medio desde la posada y reduciendo considerablemente la velocidad para evitar los baches del camino.

-¿Estás seguro de que es por aquí por donde quieres ir? No creo que esta carretera lleve a ninguna parte, parece abandonada.

-Sigue conduciendo — contestó levantando apenas la vista del mapa que iba consultando-. Ya te diré cuándo debes parar.

Era un maleducado, pensó Candy. Le estaría bien empleado que el coche acabara con la suspensión destrozada o con una rueda pinchada. No había nada que ver por aquellos alrededores, excepto alguna que otra pobre granja aislada sobre la falda de las montañas.

Estaban cerca de una de esas granjas cuando Albert le pidió que parase el coche para salir a estirar las piernas. Candy miró a su alrededor y dijo en voz baja:

- Te dije que esta carretera no nos llevaría a ninguna parte. Podemos dar la vuelta.

Albert respiraba profundamente. Sus ojos azules escrutaban los alrededores al detalle.

-Alguien nos está observando -dijo de pronto.

-¿Quién? -preguntó ella parpadeando y mirando a su alrededor-. Yo no veo a nadie.

-Está escondido.

Candy volvió a mirar a su alrededor y luego lo miró a él incrédula.

-Aquí no hay nadie excepto tú y yo. Estás tratando de asustarme, nada más.

-Él es el que está asustado — declaró en voz baja-. Es por eso por lo que se esconde.

Probablemente se trate de un cazador furtivo — dijo tomando su mano y sonriendo-. Vamos, charlaremos con él.

Candy se dejó llevar de la mano a lo largo de un arroyo a sólo unos metros de distancia, y entonces vio la figura de un niño acurrucado en la maleza. Sólo se le veía la cara sucia y el pelo rizado. Se puso en pie al acercarse ellos y los miró cauto, dispuesto a salir corriendo en cualquier momento. Albert sonrió y recogió una caña de pescar que tenía a los pies.

-¿Has tenido suerte, hijo? — el niño los miró a ambos. Debió decidir que no eran una amenaza, pero a pesar de todo respondió sólo sacudiendo la cabeza. Albert miró la lenta corriente de agua y añadió-: Aquí debe de haber muchas truchas. ¿Qué estás usando para pescar? ¿Gusanos?

-Sí — asintió limpiándose la nariz con el dorso de la mano y encogiéndose de hombros-. ¿Qué otra cosa voy a usar?

Candy sonrió. Aquel niño probablemente viviría en la granja por la que acababan de pasar.

Tenía los vaqueros llenos de parches y la camisa era vieja.

-No necesitas gusanos para pescar, hijo — contestó Albert sonriendo-. Sólo necesitas una mano.

¿Es que no te ha enseñado tu padre ese truco?

-Mi padre esta muerto. — Albert se quedó mirándolo en silencio por un momento, luego le apartó el pelo negro de la frente y añadió:

-Si quieres, yo puedo enseñarte — el chico asintió y Albert sonrió-. Muy bien, vamos a buscar un lugar adecuado.

Caminaron corriente arriba y de pronto Albert los miró a ambos haciéndolos callar. Se quitó la camisa, se inclinó sobre el arroyo y bajó la mano despacio hasta que estuvo a sólo un palmo de la superficie del agua. Candy y el niño se agacharon y vieron una enorme trucha nadando contracorriente. Cuando estuvo justo debajo de su mano Albert la acarició despacio. La trucha se quedó quieta. Albert siguió acariciándola unos segundos, levantó la mano de golpe y el pez salió volando por encima de sus cabezas. El chico gritó entusiasmado.

-¿Has visto lo fácil que es? Ahora iremos a otro sitio y probarás tú. Sólo tienes que recordar que no tienes que agarrar al pez. Si lo haces se te escurrirá como una pastilla de jabón. Lánzalo hacia arriba deprisa.

Una hora más tarde regresaron al coche. Albert sonrió e hizo un gesto hacia la granja.

-Bueno, al menos hoy una familia cenará trucha.

No había nada de jactancioso en la forma en que había dicho aquello, reflexionó Candy. Sólo la satisfacción de haber ayudado a alguien. Lo miró extrañada. Sabía que nunca olvidaría la expresión de admiración del niño. Incluso ella había estado a punto de besarlo. Se sentó al volante y dijo:

-He visto pescar así antes. Es un viejo truco. ¿Dónde lo aprendiste?

-Supervivencia. Sólo con un mapa, una brújula, un cuchillo y un trozo de pedernal, te enseñan. — Terminó diciendo con nostalgia, como si echara de menos aquella vida y los desafíos que conllevaba.

Candy lo miró de nuevo... miró su perfil, la fuerza y resolución de su mandíbula. Era cien por ciento masculino. Y ante todo era un superviviente. Pero si él era un superviviente, ¿qué sería ella entonces?, se preguntó. ¿Qué posibilidades tenía contra él? Bueno, se dijo, al menos resultaría interesante averiguarlo. Sabía que debía tratarlo con antipatía, pero cada vez se sentía más intrigada y no pudo evitar preguntar:

-Y si te gustaba tanto, ¿Qué sucedió?

Albert la observo antes de responder, respirando hondo al dar su respuesta:- Responsabilidades, obligaciones, no se pueden abandonar, uno nunca obtiene lo que realmente desea, algunas veces las cadenas no te dejan, algunas veces es mejor sufrir solo.

Candy redujo la velocidad despacio hasta parar el coche y luego se volvió en el asiento para mirarlo.

-¿A qué te refieres? — preguntó airada. Un hombre como él, ¿qué clase de cadenas podría tener?

-¿Por qué deseas saberlo? — preguntó él volviendo sus ojos azules hacia ella.

-Olvídalo, no tienes porque decírmelo. — Aquellos ojos continuaron estudiándola. Luego Albert esbozó una amplia sonrisa y asintió.

- Algún día te lo contare, Candy. Yo creo que somos iguales en muchos aspectos. — De pronto, Candy sintió que se estaba metiendo en un terreno peligroso, así que miró hacia otro lado.

-Bueno... lo dudo.

Albert levantó una mano y la atrajo hacia sí. Ese gesto la tomo por sorpresa, él la miro intensamente acariciando su rostro con delicadeza antes de poseer su boca, en un largo y apasionado beso. Cuando al fin la dejó marchar, dijo desafiante:

-Estás dispuesta a cualquier cosa con tal de vengarte o de corregir lo que está mal. Como yo. El problema es que sólo puede haber un ganador en nuestra lucha, Candy. Y la pregunta que me queda por hacerte es: ¿qué tal vas a encajar con la derrota?

Candy tragó seco y dio la única contestación que se le ocurrió ante semejante pregunta.

-No... no lo sé, Albert. Supongo que dependerá de la piedad que demuestres como vencedor.

La sonrisa de sus labios era toda una provocación, y su mirada la abrumaba. Su corazón latía furioso en el pecho cuando él volvió a preguntar.

-¿Y cómo de caritativo quieres que me muestre? ¿Quieres que simplemente tome lo que es mío y que me contente con eso?

Candy luchó por encontrar las palabras adecuadas en su boca seca.

-Sólo... sólo deja que conserve cierto respeto por mí misma. Eso... eso es todo lo que te pido, Albert. Destruye esas fotos del periódico para que nunca nadie pueda saber la verdad. Dame la oportunidad de llevar una vida respetable.

-¿Eso es todo? — Preguntó elevando las cejas-. Me decepcionas, Candy. Esperaba que te hubieras puesto una meta más alta. Después de todo estás enamorada, ¿no?

Aquella pregunta la dejó atónita. No sólo por ser directa, sino porque la obligaba a enfrentarse a algo que había estado tratando de evitar. Hasta ese momento le había resultado fácil explicarse a sí misma sus sentimientos. No eran más que un crudo deseo. Él, al fin y al cabo, no tenía nada más a su favor, pero de pronto tenía ante sí otro aspecto de él. Había visto a un hombre con generosidad de espíritu, y al parecer con suficiente sentido del honor como para tirar todo por la borda y asumir responsabilidades y obligaciones que aun desconocía.

Albert seguía mirándola, buscando en las profundidades de su alma y esperando una respuesta. Ella hizo un esfuerzo por apartar la vista de él y se quedó mirando hacia adelante. Por fin se sintió capaz de responder.

-Cualquier mujer que se enamore de ti sería una estúpida, Albert. Nunca podría confiar en tu fidelidad. Según tus propias palabras lo que a ti te complace son los encuentros ocasionales. «De un modo regular», según dijiste. Lo recuerdo con mucha claridad. Sólo estás obsesionado por el deseo físico, lo demás no te importa.

Albert se sintió de pronto tremendamente frustrado. Esa era la imagen que Candy tenía de él, y no importaba lo que él digiera o hiciera, eso era lo único que para ella seria cierto. Porque sería una pérdida de tiempo, sin duda alguna, ella ya había ido explicándose todos sus actos de modo que encajaran con aquella idea. Sin embargo, aún le quedaba un consuelo. En lugar de negar que estuviese enamorada, Candy había evadido la pregunta. Precisamente porque lo estaba, se dijo. ¿Acaso estaba comenzando a flaquear?... Pronto obtendría la respuesta a esa pregunta, se dijo, a su debido tiempo. Lo único de lo que estaba seguro era que no iba a dejarla marchar. Su tía quería que él sentara cabeza a pesar de todo, y él, por fin había encontrado a la mujer ideal, y ella, estaba equivocada si pensaba que la iba a dejar escapar, costará lo que le costará.

Continuara...

Gracias Por Leer... No se olviden de dejar sus comentarios...

Mis especiales Agradecimientos a: Bavaria 2013, lcolina, Elenomar, Gatita Andrew, Guest, Rose Andley, Mayra Exitosa, Carolina Clarf, Karina Grandches, Blackcat2010, KARINA... jajajajaja ya estamos a punto de lanzar a Albert por un acantilado...o por la Colina misma...jajajaja...