CAPÍTULO 7: LECCIONES DE LIDERAZGO.

El brillo en los ojos de la rubia se hizo evidente, así como su intención asesina. El líder del Concejo instintivamente dio un paso atrás, así como todos los que vieron la furia en el rostro de la matriarca del clan. Pero dicho estallido de ira fue contenido rápidamente por el que amenazaba a la joven con su espada, la que presionó levemente para recordarle a la chica su precaria condición.

Himeko se calma: donde se encuentra es imposible que llegue cualquier ayuda antes de que esos cinco la ataquen; no puede arriesgarse a un enfrentamiento antes de estar segura de que los suyos se encuentran a salvo, no cuando sabe que esos no son todos los involucrados en aquello.

Más tranquila, dirige su mirada hacia el líder del Consejo, ignorando la punta metálica que presionaba su espalda alta:

- Cuida tus palabras, anciano.

- Y usted su mal genio. No somos niños indefensos ni meros sirvientes: todos nosotros somos Hyuga de la rama principal, expertos en el Arte del Puño Suave. Si elige llevar esto a un combate descubrirá con decepción como cualquier cosa que haya aprendido como shinobi no se compara con las técnicas secretas del clan.

- Entonces eso es lo que son: asesinos.

- No. Aunque no nos agrade su persona sería vergonzoso que una matriarca del clan, cualquiera sea ésta, sea asesinada aquí. No somos bárbaros y creemos que podemos llegar a un arreglo civilizado.

- Hablen de una vez.

- Solo pedimos que recuerde su lugar y se abstenga de intentar cambiar las cosas.

- ¿Qué me abstenga? ¡Soy la esposa de su líder, maldición!

- Si, y mientras se limite a… "atenderlo", no interferiremos. Sabemos que su misma juventud la hace cometer… "errores", y seguramente en unos años más, cuando aprenda a ver las cosas como nosotros, podrá actuar de una forma adecuada a su condición.

- O sea que me están pidiendo abandonar a quienes debo proteger.

- Usted no le debe nada a nadie. Sus votos solo la obligan para con Hiashi-dono y el resto de su familia. Solo le pedimos que los recuerde y sepa anteponer sus verdaderas obligaciones a sus sueños de pretender ser algo que no puede ser.

- ¿Acaso intentas decir que si no cedo arremeterán contra mi familia? Miserables…

- Por favor, sin insultos. Además no decimos eso, solo… digamos que hay cosas que pueden pasar… los accidentes ocurren, no solo a los amos, sino también a los sirvientes. No somos irracionales y antes de intentar cualquier cosa contra usted veríamos otras formas de presionarla.

- ¿Otras?

- La joven Airi que tanto estima… los celos pueden ser mortales… el joven Neji que todavía vive en los dormitorios del Boke, arriesgando su vida sin comprender que los sirvientes envidian su destino y, quien sabe… si llegaran a atacarlo… se han visto cosas horribles en el pasado: los sirvientes son tan, pero tan crueles cuando su rabia llega a su punto más alto. Pero no se preocupe, que nosotros, el honorable Concejo, encontraríamos rápidamente a los culpables y haríamos un ejemplo de todos ellos; todo sea por mantener la paz. Lo sabe, Mekoba-san: el Concejo del Clan Hyuga tiene poder de vida y muerte sobre los criminales, sean quienes sean, incluso si se trata del patriarca o de sus hijas.

Himeko apretó sus labios, tratando de contener su rabia. Solo necesita saber una cosa más:

- Y si cedo, ¿qué garantías tengo de que no harán nada contra nadie?

- Nuestra palabra.

- Eso no es suficiente.

- Con esas palabras deja entrever que realmente usted no comprende lo que es ser un Hyuga: somos hombres de honor, nuestra palabra es definitiva. Claro, debe comprender que las cosas deberán hacerse como siempre se han hecho: su protegida deberá separarse de su… pretendiente, o aceptar que el chico sea sellado, así como todos los que aún no lo han sido. Deberán subsanarse las negligencias y todo continuará igual, como siempre debió ser.

- ¿Y con Hinata-chan? ¿Qué será de ella?

- Usted convenció a Hiashi-dono de traerla de vuelta; puede decirle que no ha conseguido nada de ella y convencerlo de que no es apta para liderarnos. Deje el camino libre para Hanabi-sama y nadie deberá padecer por ello.

- ¿Y después? ¿la expulsarán del clan? ¿la marcarán?

- Era el plan original, pero siempre puede prepararse un destino mejor para ella: seguramente será una esposa devota para cualquiera de nuestros aliados.

- Pretenden entregarla…

- Darle un destino mejor que el que merece por su inutilidad.

Aquella última idea comenzó a bullir en la cabeza de Himeko, recordándole su propia infancia: su amiga, la madre de Hinata-chan, le había salvado a ella de ese destino, y ahora esos miserables querían usar a su hija de moneda de cambio, sacrificándola como una cosa a la codicia de otros: un clan shinobi, un señor noble, algún rico pervertido.

Al lado de lo que podía ser aquello incluso sellarla era más misericordioso, ya que así permanecería con los suyos, pero entregarla… ella era tan dulce que no podría vivir lejos… como un trofeo o…

Himeko no pudo evitar recordar cuando conoció a la pequeña Hinata y la promesa hecha a su amiga ese día…

Tenía apenas una semana de nacida.

La rubia no había querido aparecerse en el recinto Hyuga hasta estar segura que no se cruzaría con Hiashi.

Su maestra se veía hermosa, radiante como nunca antes la había visto. La recibió acostada, en su dormitorio, con la pequeña peliazul en sus brazos.

¡Era tan pequeña, preciosa! Su byakugan le mostró que el chakra del fruto del amor de su amiga y el líder del clan era idéntico al de su maestra, como si en esa pequeña su esencia hubiese reencarnado. Y así, mientras la sostenía en brazos con muchísimo cuidado, Himeko le comentó a la feliz madre:

- Salió enterita a ti. Es como si solo fuera tu hija.

- No lo digas así, tonta. Mi pequeña Hina es la prueba de mi amor y sé que su padre está allí, formando parte de ella.

- Una parte invisible, afortunadamente.

- ¿Tan feo encuentras a Hiashi?

- No, si es lindo, pero esta preciosidad es como un regalo del cielo… o de la luna. Déjame pensar que eres tú; ya tendrás otros hijos que se parezcan al bobo de tu marido.

- Si quieres pensarlo así.

- Es que es tu vivo reflejo.

- Apenas es una bebé, seguro que sus rasgos cambiarán.

- No, será como tú, con tu largo cabello azul, tu sonrisa, tu compasión, tu belleza y tu inteligencia. Será una excelente combatiente y tendrá el favor de todos… y cuando sea grande será tan pero tan increíble que todos se morirán de amor por ella.

- Vamos, exageras. Incluso yo, que soy su madre, sé que eso que dices es imposible: mientras crezca sana y feliz me doy por satisfecha.

- No exagero. Yo conozco a alguien así.

- ¿Quién?

- Tú. Y si esta pequeña resulta como lo sueño será… maravillosa. Y podré pagar lo que hiciste por mi ayudándote a que sea tan fuerte como tú.

- ¿Cómo?

- Entrenándola, claro. Ya lo tengo todo planeado: cuando cumpla diez años vendré y me la prestarás. La tendré un par de años conmigo y te la devolveré como no te imaginas.

- Podría hacerlo yo misma.

- No; seguramente ese idiota de Hiashi te llenará de hijos y la pobre Hinata-chan quedará postergada. Yo me preocuparé de que no sea así.

- Lo dices como si tú no fueras a tener tu propia familia.

- Para ese entonces apenas tendré veinticinco. Puedo postergar esa parte de mi vida para cumplir ese propósito.

- Eres una tonta ilusa, Mekoba.

- ¡Dime Himeko!

- Como sea. Su padre nunca lo aceptará.

- Tú lo convencerás. Tienes diez años para lograrlo.

- No te conoce, no podrá confiar en ti.

- Le diremos la verdad sobre mi identidad y dejaremos que te odie por ocultarle que me tuviste por más de un año viviendo aquí, contigo.

- Hará uso de su derecho solo para castigarte y terminarás como una sirvienta de la rama secundaria. Y de paso arruinarás todos mi esfuerzos contigo.

- Primero tendrían que atraparme.

- Además sé que no podría separarme de ella. No, primero tendría que morir antes de permitir que mi Hinata sea alejada de mi lado. Hiashi lo sabe muy bien.

- Está bien. Viviré aquí entonces y te ayudaré a que nadie nunca la aleje de ti.

- Gracias, amiga.

Y como lo prometió ese día, así lo haría: nadie alejaría nunca a la pequeña Hinata del lado de su madre, no si ella podía impedirlo…

Himeko tomó su decisión.

Los consejeros esperaban, asumiendo que la concentración que mostraba la matriarca era porque estaba pensando en como acceder a sus deseos, o tal vez buscaba alguna forma de zafarse de aquello.

La joven rubia, una vez aceptó que solo había una salida posible, analizó su situación: cinco enemigos, rodeándola, con una afilada espada a su espalda. No tenía espacio para tratar de esquivarlos y salir de allí, y si acaso llegaba a tener éxito esos cinco podrían llevar a cabo algún tipo de medida de contingencia. Incluso si no era así, no podría acusarlos libremente de nada sin pruebas: su sola palabra no serviría de nada en un tribunal formado por sus mismos atacantes.

Debería encargarse ella misma de todo. Pero no podría hacerlo sin más: Hiashi y los guardias sabían de su presencia allí a esa hora, por lo que si aparecían cinco cuerpos todos la señalarían a ella como la responsable. Si lo hacía, debía hacerlo bien.

Himeko calculó el tiempo. Era rápida, y como una kunoichi experta siempre llevaba un arma con ella, sellada en un pequeño tatuaje hecho en su muñeca izquierda, pero tardaría un par de segundos en recuperarla por lo que debía crear una distracción que le diese ese tiempo. No podía fingir la llegada de un intruso, no con atacantes con la habilidad de ver en todas direcciones, ni tampoco ocultar su propósito ante ojos capaces de ver el chakra.

Tendría que dejarse en evidencia, lo que solo significaba una cosa: sería una pelea a muerte.

- Bien, si así tiene que ser.

- ¿Acaso trata de decirnos que ha decidido ser razonable?

- Razonable… si. Al menos mi conciencia estará tranquila: no me han dejado otra alternativa.

- Nadie le reprochará nada y seguramente en corto tiempo logre ver las cosas como todos nosotros.

- Lo dudo.

- ¿Porqué?

- Por que ni ustedes ni yo estaremos en el mismo lugar. La muerte me dará la paz que ustedes han querido negarme.

- ¿Cómo?

Himeko cierra sus ojos, apretando sus dientes. Ante la sorpresa de todos la joven esposa de Hiashi empuja su cuerpo hacia atrás, provocando que la espada que el consejero Hondo tiene contra ella atraviese su espalda y su pulmón derecho, saliendo su punta por el frente.

"¡Sácasela, rápido!", le grita Idate a su compañero, quien retira la delgada hoja metálica de un solo envión lo que provoca que la sangre salte, manchándolo. Asustados, todos ellos miran a los alrededores, temerosos de inexistentes testigos del hecho, aturdidos por ese suceso imprevisto.

Himeko respira agitada, aprovechando el shock en sus enemigos para realizar el sello de manos requerido y hacer aparecer un kunai, el que toma con su mano izquierda, mientras sus ojos se abren nuevamente, evidenciando su propio byakugan activo, antes celosamente oculto y que esos infelices le han obligado a usar.

La chica se gira hacia atrás y de un solo tajo horizontal corta la garganta de Hondo, el que cae de espaldas. De inmediato ataca al consejero a su derecha, enterrando su kunai en el corazón del enemigo.

Los demás consejeros reaccionan, activando sus byakugan para defender sus vidas. Los ataques de las palmas cargadas de chakra del puño suave rodean a la chica sin darle, con ella esquivando o apartando todo con su mayor velocidad producto de la adrenalina que la llena en ese momento.

Un tercer consejero cae cuando su nuca es rebanada. La joven lanza su kunai sobre Idate, impactando su hombro izquierdo y provocando su caída al suelo, para luego cargar contra el último en pie, a quien rompe sus costillas con su codo derecho cargado en chakra: tres golpes dados en sucesión que levantan al maldito en el aire, rompiendo sus huesos, hundiendo su esternón y aplastando su corazón, para luego dejarlo caer muerto, con su cadáver estampándose inerte y de cara al suelo.

El líder del consejo ve como solo él queda del grupo. Asustado y herido, trata de pedir ayuda pero la joven le alcanza al instante y con su mano cargada de chakra golpea un par de puntos tenketsu en su garganta, evitando así que grite.

Himeko está cansada: se ha sobre exigido, eligiendo acabar con sus enemigos con golpes normales para mantener su secreto a salvo. Ella sabe que pronto caerá, por lo que debe terminar con eso de inmediato:

- Antes de que mueras quiero que sepas que tus acciones han condenado a tu esposa y a tu hermano. Podrás ir al infierno sabiendo que pronto los verás allí.

- Tú no… ellos son…

- ¿Inocentes? Sé perfectamente que complotaban contigo y tus demás secuaces. Ya estaba enterada de esas reuniones "secretas" y de los demás consejeros metidos en esta trama, pero no quise hacer nada porque consideré que mientras se limitaran a quejarse y no lastimaran a nadie podría simplemente ignorarlos… Me equivoqué, pero repararé ese error.

- Tus ojos… ¿cómo?

- Te lo dije: soy una Hyuga, más allá de mi esposo y nueva mi familia. Soy Hyuga porque alguien mucho mejor que tú me enseñó lo que realmente significa serlo; gracias a Kami que no he aprendido nada de ustedes, si no sería un ser despreciable y mi amiga me miraría decepcionada desde el más allá.

- ¿Tu amiga?

- La madre de la niña de quien has hablado con tanto desprecio.

- Nosotros no… yo no…

- No pidas por tu vida, por favor: salva siquiera un poco de tu dignidad, maldito infeliz.

- Pero tú… tú eres de la nobleza, es imposible…

- ¿Qué es imposible, viejo tonto? ¿Qué acabe contigo cuando ya no te queda nada? ¿Qué sea una asesina? Soy una kunoichi, ¿no lo sabías acaso? Si tú has matado dos o tres veces sirviéndote de esa mierda que les da poder sobre los sirvientes de esta casa, sus hermanos y hermanas, yo he matado veinte, treinta veces esa cantidad con mis propias manos y por motivos mucho más nobles.

- No… no me mates, te prome-

- Calla. No supliques, no cuando has pretendido atacarme hace apenas un momento.

- Nosotros nunca, en verdad nunca quisimos-

- Amenazaste a mi familia, a mis hijas, a mi esposo. Conoces mi secreto, y eso es algo que no permitiré que quede en manos de un enemigo: la matriarca del Clan Hyuga no será marioneta de nadie, jamás.

La joven se agacha para levantar un poco al caído, lo suficiente para colocar su rodilla derecha debajo de su espalda. Concentra su chakra en su puño derecho, insensible ante la mirada de terror de quien espera indefenso lo que sabe será su ejecución.

Golpea.

Un crujido húmedo suena, mientras el puño de Himeko empuja la cabeza del maldito hacia atrás más de noventa grados, hasta casi hacer que la nuca del enemigo golpee su propia espalda. La cabeza del Hyuga mayor ahora cuelga, inerte, mientras la sangre sale como un hilo delgado por la boca del muerto.

Himeko se levanta, activando su byakugan por última vez para verificar el deceso de esos cinco así como sus propias heridas. Una vez segura de todo vuelve sus ojos a la normalidad, dejándose caer en el suelo, en donde se arremolina mientras su sangre se comienza a acumular en el suelo bajo ella…

"¡AYUDAAA! ¡HIAAASHIII! ¡AYUUDEENMEEE!"

Los gritos de la matriarca del Clan se escuchan con fuerza; Himeko fuerza sus voz para lograr ser oída desde los edificios.

Medio minuto después llegan tres de los guardias del muro del complejo, descubriendo la macabra escena. Mientras uno de ellos da los primeros tratamientos básicos para contener el sangrado de la esposa del líder del clan y otro verifica a los muertos y sus identidades, el tercero interroga a su Señora.

Himeko, muy debilitada, ordena como puede que los cuerpos sean dejados allí, inmóviles, mientras hace llamar a su esposo y dispone que sus escoltas personales protejan a Hinata, Hanabi y Neji, sin dejarlos solos en ningún momento.


Hiashi había dispuesto el cierre del complejo del clan, movilizando tanto a la guardia como al ala de combate de los Hyuga bajo la idea de que se trataba de un atentado externo. Pero el oír de su convaleciente esposa que todo eso había sido una trampa de los propios miembros del Consejo del Clan, ahora muertos, lo tenía confundido e incapaz de tomar una medida clara.

Porque solo había una sola medida posible, una que por su gravedad requería estar cien por ciento seguro de lo sucedido antes de proceder. De allí que no podía aceptar la palabra de su esposa sin más, no cuando ella había confesado ser la única responsable de la muerte de cinco consejeros bajo el alegato de autodefensa.

El líder Hyuga había hecho llamar a un equipo de investigadores del departamento de inteligencia del cuerpo shinobi, por lo que uno de sus integrantes más destacados, Morino Ibiki, junto a tres de sus subordinados había llegado para hacer una revisión rápida de la escena del crimen.

Ahora, veinte minutos después del atentado, el esposo de la atacada estaba esperando el informe de los peritos, encerrado en su habitación. En la cama, Himeko estaba vendada y adormecida, acompañada por sus dos hijas; sentado un poco más alejado, Neji le veía a él, como si le reprochara el poner en duda a su tía. Y una parte de él compartía la indignación de su sobrino, pero todo era demasiado grave para proceder sin más.

En eso, Hiashi nota como Ibiki retorna junto a su equipo. Luego de una leve inclinación, el shinobi de pañoleta comienza a dar su informe: "El relato de su esposa coincide con la escena del crimen, Hiashi-sama. Los atacantes aparecieron desde diferentes direcciones, rodeándola. El lugar y las circunstancias permiten suponer que fue elegido ex-profeso para sorprenderla a solas. La espada del consejero Hondo no presenta otras huellas fuera de las propias, ni en la empuñadura ni en la hoja, ni señas de haber sido limpiada. Sobre la pelea que debió haber luego del primer ataque es de suponer que la mayor experiencia de su esposa justifica el que pudiera superar a todos sus oponentes, y el que los matara, pues… en su situación, herida y próxima a caer totalmente indefensa el optar por matar a sus atacantes tiene sentido; personalmente yo habría echo lo mismo".

Una vez que el investigador termina su reporte, uno de sus acompañantes insinúa la idea de realizar una exploración mental de la matriarca del clan para mayor seguridad, pero es callado de inmediato por su líder de equipo, el que le reprende por su atrevimiento. Hiashi mira molesto al atrevido: "Si las pruebas son contestes con su declaración no hay más que hacer. Ni siquiera debí haber hecho todo esto: he puesto la credibilidad de mi esposa en duda ante extraños y eso es algo indigno para la matriarca de cualquiera de los clanes de Konoha".

Dándose cuenta de su error, el joven shinobi investigador se disculpa, avergonzado, siguiendo a su líder y al resto de su equipo fuera del recinto Hyuga.

Una vez los extraños se han marchado Hiashi hace un gesto que hace aparecer cuatro shinobi del clan, todos con máscaras negras sin marcas. El líder del grupo se adelanta, hincando su rodilla ante el patriarca del clan, gesto imitado por sus compañeros. El Hyuga mayor, de pie y con rostro molesto, le habla:

- Informa.

- El clan está asegurado y la guardia desplegada. Todos están confinados en sus habitaciones. La noticia de la muerte de los Consejeros ha podido ser contenida con éxito: nadie más lo sabe.

- Bien. ¿Y qué has averiguado?

- Fuera de los muertos hay otros cuatro consejeros implicados, a los que habría que sumar a aquellos que han mostrado simpatías con la idea de deshacerse de la matriarca o que consideran su presencia una amenaza. Considerando a sus familias serían noventa y siete personas, incluyéndome, Hiashi-sama.

- Mi esposa confía en ti, Hirato, y no desecharé su confianza en estos momentos, no por lo que piensen tus parientes… Bien, se hará rápido y sin contemplaciones. Ustedes cuatro realizarán las ejecuciones; todo debe haber concluido en media hora.

Tanto el líder del escuadrón escolta como sus compañeros se inclinan notoriamente, dejando en claro su propósito de obedecer. Hiashi observa a los pequeños cerca suyo: tanto Neji como Hinata han comprendido sus palabras y lo que sucederá esa noche: una lección necesaria acerca de lo que debe hacerse para dirigir el clan y mantener la paz.

En eso una voz se alza, cansada. Himeko, siempre acostada, ordena que se aproximen sus escoltas. Cuando llegan junto a su cama, la rubia se percata del rostro avergonzado de Hirato; ordena que todos ellos se quiten sus máscaras a fin de poder verles. Una vez se encuentran allí, esperando las palabras de la matriarca, ella se da unos momentos para pasar la mirada en cada uno de los jóvenes shinobi (tres hombres y una mujer).

Hirato aparta la mirada. Su compañera, Airi, toma su mano tratando de confortarlo. Himeko mira el sello que Airi lleva en su frente y sonríe un poco: "No los culpo a ninguno de ustedes, muchachos. No era su deber el estar allí, no cuando se supone que dentro de estos muros yo, así como cualquier otro Hyuga, debería estar a salvo. Tampoco te culpo, Hirato: ni las acciones de tu abuelo ni las ideas de tus padres podrían cambiar la imagen que tengo de ti; cuentas con toda mi confianza, así comoel resto de ustedes".

El líder de escuadrón se inclina para quedar a la altura de la mano de su Señora antes de responder:

- Hoy probaré mi fidelidad, Himeko-sama. Todos aquellos que representan una amenaza para su persona morirán; yo mismo acabaré con la vida de mis padres. El mensaje que les daremos a todos será incuestionable: su vida, la de Hiashi-sama y su familia son sagradas y a la menor insinuación de rebeldía los aplastaremos sin dudar.

- No es ese mi deseo, Hirato. No quiero que tu futuro con Airi se ensombrezca por el recuerdo de tus padres, ni tampoco que nadie piense mal de ti: no permitiré que la sangre de quienes te dieron la vida esté en tus manos ni en la de tus amigos, no por mi.

- Pero, Señora…

- Es una orden, Hirato: tus padres vivirán.

- Pero fue la espada de mi abuelo la que-

- (interrumpiendo) Y ha pagado con su vida por ello.

Hiashi se aproxima, molesto por lo que parece pretender su esposa. Ella, reconociendo las sospechas de su marido, se dirige a él: "Sé el peligro que corremos, esposo, y no arriesgaré la vida de mi familia por evitar más muertes: aquellos que han pretendido lastimarnos no merecen compasión. Pero hasta allí llegaremos: ni sus hijos ni sus padres pagarán por sus errores. Todos aquellos que se han asociado a quienes han tratado de matarme y quienes han hablado de tomar mi vida o la tuya morirán, nadie más".

Hiashi le hace presente el peligro de no llevar aquello hasta el final: "Los padres vengarán a los hijos, y los hijos a los padres. Si no acabamos con todos solo abriremos la puerta a futuros enfrentamientos, y quien sabe si tendremos la misma fortuna de hoy". Ella, comprendiendo los temores de su esposo, le responde: "Bien, pero solo los mayores si han tolerado o visto con indiferencia la rebeldía de quienes viven a su lado. Ni los menores ni los hijos llevarán la culpa por cuanto no han podido hacer nada para detenerlos: no será derramada sangre inocente esta noche. Y los padres de Hirato vivirán hasta el día en que vean como su hijo desposa a una de aquellos que desprecian; cuando eso pase, si no han aprendido a apreciar a Airi y a los que son como ella él será libre de ejecutar nuestra venganza en ellos, si tú aún lo deseas, esposo mío".

Hirato ve al líder de su clan, esperando su última palabra. Hiashi asiente al deseo de su esposa, por lo que el joven shinobi saca de entre sus ropas una lista manuscrita, de donde comienza a tarjar nombres. Una vez termina la revisión se la enseña a Hiashi, quien luego de una rápida lectura se la ofrece a su esposa sin objetar nada. Himeko se ladea para poder leer mejor, viendo cada nombre y tratando de recordar el rostro y la voz de a quien le pertenece, para luego devolver la lista al líder del escuadrón escolta: "Sí, estoy de acuerdo. Tienes mi permiso, Hirato".

Una última inclinación de parte de los jóvenes shinobi marca la despedida de los mismos, quienes vuelven a colocarse sus máscaras para iniciar su tarea.

Una vez fuera del cuarto donde descansa la matriarca del clan uno de los escoltas varones hace ademán de liberar su espada corta, pero Hirato lo frena: "Somos Hyuga. Ninguno usará acero esta noche. Honraremos nuestro juramento de fidelidad acabando con esos miserables con nuestras propias manos, usando el mismo legado que ha sido escupido por quienes han despreciado a nuestros líderes,traicionándonos a todos".

El grupo, con paso firme, llega al primer dormitorio, pasando sin anunciarse. Dentro, un grupo de siete, todos miembros del Soke excepto una sirvienta. Hirato dispone que la criada se lleve afuera a los dos hijos de la pareja, quienes permanecen allí junto a un par de ancianos.

Al minuto los cuatro jóvenes shinobi salen, cerrando la puerta y bloqueándola con un sello. Airi en persona marca los primeros cuatro nombres de su lista, mientras Hirato le habla a la criada: "Lleva a esos niños con sus tíos. Ellos cuidaran de ellos de ahora en adelante". Luego, el líder del escuadrón ordena a sus compañeros continuar: aún quedan veintinueve nombres que deben ser marcados.

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Mientras Hanabi, inconsciente de lo que ha sucedido, duerme junto a su madrastra, Neji se aproxima a su prima mayor, que parece perturbada por lo que ha visto y oído allí esa noche y solo permanece de pie mirando en dirección a su padre, quien espera calmado junto a la puerta del dormitorio, con sus ojos fijos en el exterior.

Hinata es sorprendida por el abrazo de su primo, quien trata de confortarla: "Es lo correcto, Hinata-sama: un líder debe defender a los suyos, y la mayor amenaza es la de quienes traicionan la más sagrada de las confianzas. Usted debe comprender que lo que sus padres hacen es lo correcto y nunca dudar de ellos".

La peliazul ve el rostro de su primo, devolviéndole el abrazo, aceptando como éste lo lleva para acomodarla en la enorme cama de sus padres, junto a su hermana menor. Sin verles, Hiashi le habla al hijo de su hermano: "Acuéstate tú también, Neji. Dormirán todos juntos esta noche y tú las protegerás mientras me encargo de todo. Ahora descansen, que mañana todo esto no será más que un mal recuerdo".

Resignado a la orden de su tío el niño ocupa el borde más externo de la cama, quedando sus primas en medio y Himeko en el otro extremo. Neji se preocupa de taparlos a todos lo más posible pero, incapaz de dormir, se queda mirando a sus primas mientras mantiene su oído atento al ruido de los alrededores, hasta que mucho rato después logra oír pasos, junto con una sola frase de una voz que ya ha escuchado esa noche: "Está hecho, Hiashi-sama".


El Hokage había recibido un informe preliminar de lo sucedido en el complejo Hyuga la noche anterior a eso de las cuatro de la mañana. Como precaución desplegó a los anbu en los alrededores de dicho complejo mientras enviaba a Shisui en persona a entrevistarse con el líder del clan de los ojos blancos.

Con el retorno del comandante del Anbu, a eso de las ocho de la mañana, Fugaku recibió información más precisa de lo sucedido, junto con la noticia de que sería Itachi en persona quien le daría los detalles definitivos del hecho.

Una fuerte ansiedad, mezclada con insana alegría por la desgracia ajena, llenaba la cabeza de Quinto. Fugaku se regodeaba de lo bien que había salido todo, mientras recordaba a esa pareja de consejeros Hyuga que lo habían visitado en secreto hace menos de una semana solicitando que la Aldea se mantuviera al margen del conflicto que se desarrollaría dentro del clan. Por lo visto la resistencia a las ideas de la nueva matriarca habían alcanzado su punto de quiebre y el Consejo de los Hyuga ya había decidido reducirla, ya sea por amedrentamiento o por fuerza.

El Hokage había dado su consentimiento al movimiento, así como su compromiso de que ni los shinobi ni ningún elemento extraño a los Hyuga intervendría. Aunque sinceramente no esperaba mucho de los consejeros.

Él ya había tenido la oportunidad de medir el carácter de Himeko y sabía que la joven no cedería. Así, con un poco de suerte, se daría todo de manera que él saliera ganando. Se mantendría callado y esperaría un quiebre dentro del clan, el que Himeko fuese lastimada o asesinada o, en el mejor de los casos, el que Hiashi fuese eliminado y que para cubrir las apariencias los ancianos del Soke instalaran a la pequeña Hinata como nueva líder de los Hyuga, lo que los neutralizaría por la carrera de todos esos pretenciosos por controlar a la nueva matriarca, una incapaz de decidir cualquier cosa por si sola.

Pero lo aparentemente sucedido era aún mejor, ya que significaba el quiebre entre el ala más tradicionalista de la familia principal de los Hyuga (que era así mismo la más rica y la con los mayores contactos fuera del clan) y el resto del mismo.

De allí que el Hokage había postergado todas sus actividades de esa mañana, quedando a la espera de la visita de su primogénito. Deseaba… no, necesitaba saborear ese pequeño éxito regalado antes de dar el gran paso que venía preparando desde hace casi un año.

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Itachi pidió audiencia con su padre a eso de las diez. Conforme lo suponía el líder Uchiha Fugaku estuvo presto a recibirlo con el mejor ánimo. Luego de un tenue saludo el Hokage invitó a su visitante a sentarse, lo que Itachi hizo antes de hablar:

- Veo que no están tus guardias chunnin, padre.

- No. Me he percatado que su presencia aquí, en mi despacho, es una molestia más que otra cosa. Pueden hacer su trabajo perfectamente desde afuera.

- Malamente podrán protegerte si no pueden verte.

- Si llego a enfrentarme con algo que realmente amenace mi vida ese par poco y nada podrían hacer. Ahora que lo veo bien es absurdo pretender que dos simples chunnin podrían cuidarme.

- Reemplázalos por un par de jounin o anbu entonces.

- ¿Y quedar a merced de dos sujetos que sí podrían hacerme daño?

- Esa mentalidad es la de un dictador, padre, y hasta donde sé no has hecho nada para sentirte amenazado por quienes te sirven… todavía.

- Tan punzante como siempre, muchacho. Los quince años no te han quitado esa actitud; espero que para cuando tengas dieciséis tu actitud mejore.

- Lo siento por desconfiar. A decir verdad son los temores de otros los que ahora me predisponen en tu contra, padre.

- ¿De quién? ¿Hiashi?

La sonrisa de su padre al decir esas dos preguntas parecían confirmar los temores compartidos al líder Uchiha:

- No, Hokage-sama; los de ella…


Era extraño como los pasillos del recinto Hyuga parecían vacíos. Eran las ocho y cuarenta y cinco, y para esas horas el movimiento debería haber sido mayor.

Aquél silencio le había hecho esperar lo peor.

Shisui no había sido demasiado explícito al explicarle lo sucedido. Era casi como si esperaran que él llegara para revelarles la verdad de aquél asunto.

Mientras el líder Uchiha pensaba en qué podría encontrarse una presencia se le apareció de improviso, interceptándolo: un niño, de cabello castaño largo y liso, portador de los ojos blancos característicos de sus mayores:

- Uchiha-sama.

- Neji-kun.

- Hiashi-sama se encuentra ocupado en este momento, pero la matriarca le espera en sus habitaciones.

- ¿Sola?

- No. Una de sus escoltas le protege y yo estaré presente en todo momento.

- Veo que no confían en mi.

- Al contrario, señor: si Hiashi-sama o Himeko-sama no confiaran en usted ahora estaría muerto. Los hechos de las horas pasadas todavía nos tienen en alerta.

- Ya veo. ¿Acaso el peligro continúa?

- No, los líderes del clan han hecho lo que debía hacerse.

- Guíame entonces, pequeño.

La forma en que el pelinegro había dicho eso último incomodó al niño (ese tipo de condescendencia le recordaba su pasada época servil) por lo que el rostro de enfado, que Neji no quiso ocultar en ningún momento, le duró al Hyuga hasta que llegaron al dormitorio.

Allí, con las pequeñas Hinata y Hanabi durmiendo, tendidas en un futon, se encontraba Himeko, todavía acostada en su cama, pero despierta. Al instante un par de sirvientas, junto a dos guardias armados, fueron llamados para sacar a las herederas de allí y no perturbar su descanso.

Con Neji permaneciendo dentro del cuarto, sentado en el piso de una de las esquinas y con su vista puesta en todo momento sobre el par, el visitante comenzó a hablar:

- Me dijeron que habría un escolta, pero no logro verlo.

- Airi está observándonos, puedes estar seguro de aquello, Itachi.

- ¿Airi-san? Tienes buen ojo para escoger a tus personas de confianza, Himeko: Neji, Airi… falta que me digas que tienes a Hirato como otro de tus escoltas y-

- (interrumpiendo) Es mi mano derecha.

- Un año y te has hecho de una base de poder tal dentro de tu clan que ni mi padre podría hacerlo mejor. No creí que mis previsiones fuesen tan… exactas. ¿Y tu esposo te permite eso?

- Él también tiene personas de confianza, personas fuera de mi círculo. Mientras estemos seguros de nosotros mismos el que haya secretos entre ambos no es malo; incluso es algo deseable: nos permite cierto… espacio de libertad, a la vez que demuestra que no somos tontos. Hiashi nunca ha deseado una mera esposa trofeo, sino alguien a quien poder respetar a la vez de confiar.

- Ya veo. Creo que podría tomar un par de lecciones de ti, Himeko.

- No me molesta. Mal que mal has sabido guardar mi secreto y eso ya me salvó de tu padre una vez. Respeto eso.

- Dos veces: tampoco le dije nada de que tú fuiste quien acabaste con ese intruso de hace cuatro años.

- Espera, ¿cómo me descubriste?

- Esa nota que dejaste… La nobleza del Fuego tiene una particular forma de escribir, una que conozco gracias a las veces en que te vi hacerlo cuando fuimos compañeros. Aunque sigo pensando que escribirla en su piel fue demasiado.

- Un pequeño descuido. Estaba tan molesta esa noche que lo hice sin querer. Dime, ¿tu padre sospechó de mi?

- No. La máscara fue una idea muy buena, Himeko. Hizo averiguaciones, pero al final concluyó que el responsable había sido un aliado desconocido del muerto que le había traicionado.

- Sabes bastante.

- Mi padre confiaba en mi en esa época, e incluso me hizo rastrear a un posible sospechoso de ese asesinato. Claro, no me dijo porqué lo buscaba, solo que necesitaba saber donde había estado esa persona en esos días. Como me caes bien, arregle las cosas para confirmar sus sospechas.

- O sea que tu padre ahora piensa que el responsable de aquello es otra persona.

- Un shinobi de Iwa de nombre Deidara. Uno muy bueno, conocedor del kinjutsu secreto del chakra explosivo de la Roca. Su nivel de combate y descripción física coincidía con lo poco que mi padre sabe o intuye del asesino del intruso en el complejo Hyuga. Pero… cuando tuvo esa certeza en vez de enviarme a buscarlo eligió permanecer lejos de aquél.

- No me suena ese sujeto del libro bingo.

- No es un ninja renegado, pero se presta para muchos trabajos sucios simplemente por la posibilidad de hacer estallar las cosas. Así supe que la cosa era mucho más turbia de lo que suponía.

- Ya veo. Supongo que querrás saber los detalles detrás de los sucesos de esa noche.

- No es necesario, no soy curioso. Además ya conozco demasiada mierda de mi padre como para querer oír algo más: ya bastante me cuesta fingir que le respeto un poco. Aunque creo que tienes novedades más frescas que compartirme.

Himeko, que hasta ese momento había permanecido recostada y solo con la cabeza levantada gracias a las almohadas apiladas detrás de su cabeza, hace el esfuerzo por enderezarse. Neji corre para poder ayudarle; Itachi trata de hacerlo, pero una sola mirada seria del niño le frena: "El estado de Himeko-sama es delicado y ningún extraño al clan puede tocarla".

La esposa de Hiashi espera a que su sobrino termine de acomodarla, agradeciendo su ayuda mientras el niño vuelve a su posición original. Cansado, Itachi decide sentarse en el piso:

- Te ves demasiado demacrada, y ese vendaje está bastante grande. Nunca te vi así de herida cuando estuvimos en misiones.

- Tengo el pulmón derecho perforado y perdí mucha sangre… me sorprendieron y esta herida fue inevitable. Digamos que fue el precio por salvar mi matrimonio y mi posición.

- Supongo que es mejor que la alternativa. Me alegro de que sigas con vida.

- Al menos ya se superó lo peor. Espero que después de este trágico suceso las cosas puedan cambiar para mejor.

- Explícame lo ocurrido, Himeko.

- Un ataque sobre mi persona, orquestado por un grupo mayoritario de los consejeros del clan. Me emboscaron ayer en la noche, cinco de ellos. Pude eliminarlos pero me dejaron estas secuelas.

- ¿Cinco? ¿Tan solo cinco y te dejaron así? Te estás oxidando, amiga.

- Fue la sorpresa. Además todos eran conocedores del Juken y requirieron que peleara en serio. No tuve otra alternativa más que eliminarlos.

- Ya veo.

- No es todo. Ese ataque solo fue la parte visible de una rebelión a gran escala. Se tuvieron que hacer sacrificios para prevenir que todo pasara a mayores.

- ¿Cuántos?

- Nueve de los doce miembros del Consejo, junto con varios integrantes de sus familias y algunos de sus simpatizantes. Treinta y ocho vidas del clan en total.

- Lo lamento.

- Yo no. El que mostraran su verdadero rostro nos permitió acabar con la rebelión antes de que tomara cuerpo. Los muertos son una mínima parte del clan, por lo que sus pérdidas son aceptables: un precio razonable a cambio de la paz entre todos nosotros. Ahora lo difícil será sanar las heridas de quienes han quedado, el hacer que comprendan que aquello era necesario y que ellos no deben sentir ni vergüenza por los actos de sus mayores ni responsabilidad alguna por haber sobrevivido. El Clan Hyuga no necesita vengadores; lo sucedido debe ser dejado atrás lo antes posible.

- Pero no solo me has llamado para contarme esto.

- Necesito que le hagas llegar mis palabras a tu padre, el Hokage.

- Mis relaciones no son muy buenas con él actualmente.

- Lo sé. Pero Fugaku es lo suficientemente listo para no negarse a oír al líder de su propio clan, sin importar lo que suceda entre ambos. Ni yo puedo ser el mensajero por mi propio estado, ni mi esposo por su ánimo alterado que podría estallar ante la menor provocación de tu padre.

- Trataré de hacerlo. Shisui me había advertido algo cuando no pudo darme mayores explicaciones, como si le hubiese ocultado información, pero creí que eran ideas suyas.

- No, yo le dije que actuara así. Quería asegurarme que vinieras y llevaras mis palabras a tu padre.

- Escucho.

- Dile que sé que los rebeldes de mi clan no se habrían atrevido a tanto sin contar, por lo menos, con su garantía personal de no inmiscuirse. Que quizás pensó que el no advertirnos le permitiría que nuestros propios conflictos nos debilitaran, como sé que es su deseo. Dile que le concedo esta victoria, y que entiendo que mi situación es menos firme de lo que desearía, pero que debe comprender que más allá de mi animadversión personal hacia su persona respeto su cargo y su deseo de orden, y que los Hyuga no pretenden ni pretenderán jamás ocupar un lugar diferente al que siempre han tenido en la aldea.

- Eso suena casi como una rendición.

- No estoy en condiciones de pelear ahora, y temo que tu padre trate de aprovechar lo sucedido para interferir ahora que debe pensar que el Clan Hyuga está fracturado.

- ¿Lo está?

- No, pero la herida está fresca y aunque no muera si sangra demasiado el cuerpo Hyuga menguará hasta que los perros, que antes mantenían la distancia por temor a ser heridos, traten de sacar su mordida porque nos crean demasiado débiles para oponer resistencia. No le temo a caer vencidos, pero me niego a sacrificar a mi familia y mi clan, aún siquiera a una pequeña parte, por temores infundados de quienes nos ven como enemigos.

- Entiendo. Me haré cargo, por los viejos tiempos.

- ¿Por los viejos tiempos? Dios, si solo tengo veintidós.

- Y ahora pareces de treinta o cuarenta: acostarte con ese viejo aburrido de tu esposo te está drenando la vida, Himeko-chan.

- Solo un mocoso ignorante de los placeres conyugales podría decir semejante pelotudez, Itachi-baka. Hiashi podrá ser lo que quieras menos un viejo aburrido.

El par no puede evitar reír, como si necesitaran relajarse luego de tratar temas tan graves. Itachi ve hacia donde está sentado Neji: no se ríe, y solo mira hacia afuera con su byakugan activo. Himeko, que también lo nota, le pregunta a su sobrino qué observa; él le responde: "Airi-san también se está riendo".

Itachi pierde su buen humor de golpe: ha olvidado donde está y entre quienes se encuentra, hablando confiadamente ante su antigua compañera shinobi. Haciéndose el desentendido, decide levantarse, despidiéndose de su amiga y deseándole pronta mejoría, mientras le promete enviarle unas flores, lo que Himeko rechaza de plano: no piensa aceptar que el líder del clan Uchiha juegue con su esposo, no sea que se vea en la necesidad de cortar sus relaciones con Itachi para no incomodarlo.

Itachi, sorprendido por aquella revelación, tan distinta de las palabras compartidas la noche de su boda, se siente obligado a preguntarle a la matriarca Hyuga: "¿Celos? ¿De verdad? ¿Eso quiere decir que ese tonto finalmente-". Pero Himeko frena sus palabras alzando su palma, mientras le responde una sola frase: "Más que ayer, menos que mañana". Itachi camina hacia la salida, diciéndole a su amiga sin verle: "Realmente soy un genio, ¿verdad?"; Himeko, con voz cansina, como si se burlara del Uchiha, le responde: "Claro, claro que eres un genio… el más listo de entre los más tontos, Itachi".


- Ese es el mensaje de la matriarca Hyuga.

- Ya veo… lo veo perfectamente. Aceptaré su olivo de la paz y fingiremos que somos amigos por el bien de nuestros clanes.

- Dime, padre, ¿acaso Himeko-dono tiene razón? ¿sabías que todo eso sucedería?

- Lo intuía. Es una chica lista, tal vez demasiado. ¡Oh, Kami! Esa muchacha habría sido perfecta como tu esposa, Itachi: dársela a ese estúpido de Hiashi ha sido lo más torpe que he hecho, y lo más idiota que has hecho tú.

- Está enamorada, nunca me habría aceptado a mi o a cualquier otro. Además creo que exageras, padre: fuera de su habilidad y su particular inteligencia no tiene nada realmente destacable.

- El amor es una estupidez que solo los tontos románticos albergan, y sé que no eres de esos, Itachi. Y sobre los méritos de la chica… diría que hay allí mucho más de lo que cualquiera puede ver.

- No sé a qué te refieres ni a donde me quieres llevar con tus insinuaciones, pero tampoco me interesa. Lo sucedido con los Hyuga es lo único que importa ahora.

- ¿Te molesta un poco de sangre, Itachi? ¿Lo dice el mismo mocoso engreído que decía hace un año que mataría a los cientos que conformaban su propio clan, partiendo por sus padres y su hermano?

- No necesitas recordármelo.

- Claro que necesito hacerlo, Itachi. Debes entender que al lado de lo que pretendías hacer o de lo que yo mismo habría hecho si el golpe que nuestro clan preparaba se hubiese llevado a cabo la "tragedia" de los Hyuga es una minucia, algo apenas digno de consideración.

- ¿Treinta y ocho vidas son poca cosa?

- Hubiese preferido cien o doscientos, pero supongo que Hiashi fue compasivo. ¿Debo suponer que su buena esposa estuvo detrás de esa actitud conciliadora del líder de los Hyuga, verdad? Digo, habría esperado verdadera mano dura de quien no dudó en vender a su propio hermano para salvar su pellejo.

- Estás demente.

- Al contrario, soy realista, práctico, pragmático, y a diferencia de un mocoso como tú comprendo que las vidas deben ser sacrificadas porque al final ese mensaje es el único que todos entienden a la perfección. Hiashi lo sabe y actuó en consecuencia -menos de lo que yo habría hecho de estar en su lugar, pero lo hizo-.

- O sea que tú…

- Yo te mostraré mi propia versión de lo que ha hecho Hyuga Hiashi, aquí y ahora: iremos a la guerra.

- ¿Guerra?

- Si. Todo está preparado, finalmente. Han sido meses y meses de meticulosa organización, de mover cada pieza, cada individuo para asegurar que nuestra victoria sea rápida y contundente, de tal manera que Kumogakure no Sato nunca más pretenda, en el futuro, aprovecharse de nuestra debilidad como lo hicieron luego de la muerte de Yondaime.

Itachi se levantó de su asiento, entre sorprendido e indignado. Rápidamente comprendió que era eso a lo que se refería Niobe al insinuarle que algo sucedería tan vagamente y que no le había dicho nada para que esa reacción tan natural y evidente se manifestara en él.

Una sonrisa tenue, que el Hokage intuyó se trataba de la anticipación de la réplica de su hijo para oponerse a su propósito, fue la reacción de satisfacción de Itachi ante la sagacidad de su amiga: advertido, su misma calma la habría delatado como falsa doble agente; su indignación, en cambio, le aseguraba a Niobe su propia coartada.

Tendría que felicitarla cuando la viera nuevamente.

Itachi se quedó de pie:

- Creo que tendrás complicado convencer a todo el mundo de seguirte, padre.

- Al contrario, hijo. Tú no conoces la sensación de traición que quedó cuando luego del desastre causado por el ataque del Kyubi tanto Iwa como Kumo nos atacaron, uno detrás del otro, a fin de sacar ventaja de nuestra debilidad. Ahora tengo todo preparado para lograr el apoyo de cada uno de los líderes de los clanes shinobi de la aldea: les presentaré mi plan con lujo de detalles y les haré comprender que éste es el mejor momento para eliminar a uno de nuestros mayores enemigos.

- Los Hyuga…

- (interrumpiendo) …serán los primeros en apoyarme, y tú lo verás, Itachi.

- Te aprovechas de su momentánea debilidad para obligarlos a seguirte.

- Todo lo contrario: los protegeré, dándoles lo que Hiashi más desea.

- No puedo creerte, padre. Nunca ayudarías a los Hyuga, ni siquiera por conveniencia.

- Eso es lo que no has querido entender, Itachi: mi deseo de debilitar a esos bastardos de ojos blancos nunca fue porque los odiara; es verdad que los desprecio, tanto como ellos nos desprecian a nosotros, los Uchiha, mas nunca he pensado que ellos esos sujetos estén a mi altura como para merecer mi odio. Mi único deseo es hacer fuerte a mi clan y a Konoha con él. El mismo hecho de que las cosas no resultaran con Himeko al principio me hizo replantearme mi estrategia; el que la conspiración en su contra tuviera éxito o fallara en ningún caso trastoca mis planes: de morir ella, Hiashi o ambos solo habría tenido que ajustarme a las circunstancias. Pero el plan siempre ha sido el mismo: garantizar la preeminencia y seguridad de los Uchiha por los próximos mil años.

- ¿El plan?

- ¿Acaso creías que todo acababa conmigo como hokage? ¿Qué el consejo y los mayores de nuestro clan me apoyaron solo para que yo me beneficiara? ¿Qué lo que se ocultaba tras el sacrificio de los líderes de los demás clanes era solo asegurar mi dominio? Me conoces muy mal, Itachi: hay veces en que ni siquiera te reconozco, hijo mío.

- ¿Y qué pretexto te inventarás para iniciar una guerra y evitar que todo el mundo se nos tire encima?

- No necesito inventar nada: A, el Raikage, ha estado dándomelos todo estos meses. Solo esperaba el momento indicado para destapar todo, el momento justo que le diese verdadero realce al gesto que tendré para con los Hyuga y lograr que, de paso, queden en deuda conmigo. Una deuda que nunca cobraré, claro está: ser magnánimo es algo que le da realce a cualquier líder.

- O sea que este evento te ha llegado en el momento justo.

- En realidad todo está preparado hace casi dos meses.

- ¿Y tú tan solo-

- Sí, esperaba que sucediera algo así. No tendré espías de confianza en el seno mismo del clan Hyuga, pero la poca información que salía de allí era suficiente para entender lo que estallaría de un momento a otro. Es el problema de hablar sin preocuparte de quien puede estar escuchando, Itachi.

El líder Uchiha, molesto por la seguridad que muestra su padre, decide largarse de allí. Fugaku, sabiendo que esa partida ha sido suya, le habla en tono condescendiente:

- ¿Ya te vas?

- …

- Hablamos muy poco como para que dejes a tu cansado padre con la palabra en la lengua.

- (deteniéndose, pero sin mirarle) ¿Cuándo lo harás?

- Hoy mismo. Mis mensajeros ya han partido para citar a los líderes de los clanes y los jefes de sección.

- ¿Estoy invitado?

- Claro, y podrás presentar todas las objeciones que quieras, pequeño. Pero no te diré la hora: dejaré que mi mensajero especial para ti sea quien lo haga; hay que guardar las formas, muchacho.

- Le preguntaré a Shisui.

- Si quieres, hazlo. Aunque ella se veía bastante interesada en ser quien tratara contigo.

- ¿Ella? ¿Acaso tú…?

- Me costó bastante ubicarla… aunque la vi decenas de veces en nuestro hogar… pero fue como si el ser líder del clan te hubiese robado el tiempo para tratar con tus amigos, y eso no es bueno, Itachi. Tu vida no puede girar solamente alrededor de Shisui.

Hastiado de todo aquello Itachi decide seguir su camino, saliendo de allí. El líder del Clan Uchiha sabe que si su padre habla con tanta seguridad poco y nada podrá hacer para impedir su propósito.

Tan solo espera que el resto de los líderes de los clanes muestren algún grado mayor de lucidez y no se presten para seguir al Hokage en su ambición de gloria y muerte.

.

.

.

Fugaku se queda solo meditando en lo que se viene ahora para esos bastardos de ojos blancos.

Las consecuencias de lo sucedido dentro del Clan Hyuga son trascendentales, demasiado trascendentales.

Las muertes de quienes seguramente eran los más influyentes dentro de la familia principal del clan de los ojos blancos fortalecerá la posición de Hiashi, quien parece subordinado a su esposa, al menos en parte.

Con el Consejo de los Hyuga casi aniquilado, Himeko podrá colocar en esos puestos a personas de su confianza, posiblemente abriéndolo a integrantes del Boke, en donde tiene los mayores apoyos. Y Hiashi no se opondrá: a diferencia del común de la gente el Hokage lo conoce lo suficiente para saber que es el líder más tolerante que han tenido los Hyuga en el último siglo; el mismo hecho de que ninguna de sus hijas haya sido todavía marcada con el sello maldito es prueba de aquello.

De alguna manera la doncella de la nobleza del Fuego ha sido el catalizador necesario para iniciar la descomposición del rígido entramado interno que hacía a los Hyuga tan herméticos y, por lo mismo, impenetrables. Fugaku no puede dejar de admirar el juicio de su hijo Itachi: ha hecho lo mismo que él pretendía pero de una forma muchísimo más sutil, sin dejar huellas que puedan señalarlo como el responsable. Y eso, el que nadie pueda señalar a Mekoba como un elemento desestabilizador colocado adrede, es lo que la hace más peligrosa para su propio clan.

Pero todavía queda un peligro: el que los cambios dentro de los Hyuga les insuflen nueva vida. Si algo bueno tuvo la actitud cerrada de esos miserables era que los mantenía al margen de las luchas de poder: eso permitió al final a los Uchiha prevalecer sobre los Senju, cuyo poder era ahora un mero recuerdo del pasado.

Por eso la guerra debe darse ahora, y no en otro momento. El Hokage necesita moldear el metal que es la espada que representa el Clan Hyuga, a fin de que al calor del conflicto pueda hacerla más brillante pero más frágil, privándola de su filo en el proceso.

Porque los Hyuga, junto con su Itachi y Shisui, reúnen entre ellos una fuerza suficiente para neutralizarlo: aquellos la riqueza e influencia, éstos el poder militar. Si su movida resulta podrá quitar de sí la amenaza del clan de los ojos blancos y, con ello, emparejar definitivamente la cancha contra su propio primogénito.

Aunque eso le signifique apoyar a Hiashi y a Himeko y consolidar su poder dentro de su clan: "Mejor ellos que cualquier otro..."


Había comenzado a seguirle desde que salió de la Torre Hokage.

Itachi supo al instante la identidad de la persona que su padre enviaba tras sus pasos.

No era precisamente un enemigo, sino todo lo contrario. Una de las pocas personas que le resultaban valiosas, una de la cual el joven líder Uchiha se había mantenido alejado conscientemente desde que dio curso a los eventos que terminaron con su padre como nuevo Hokage.

Él sabía que Fugaku la había apartado de él desde el principio, lo que Itachi atribuyó al deseo de su padre de no darle la oportunidad de fortalecer sus huestes. Y él mismo había aceptado esa lejanía a fin de protegerla.

Ella era fuerte, bastante: fuera de la élite del clan (formada por él, Shisui, Ikuno y Niobe) y su padre, solo había cinco individuos que habían alcanzado el sharingan de tres tomoes y podían usarlo en combate, por lo que tenían el potencial para llegar al próximo escalón de su fuerza, el pináculo que representaba el Mangekyo Sharingan.

Algo que Itachi consideraba que no era adecuado para esa persona. No despreciaba sus habilidades, solo… quería protegerla. Y es que si para Niobe ese poder supremo había sido una carga ominosa, para ella habría sido algo que terminaría por romperla. Y su amiga de infancia no se lo merecía.

Y ahora su padre, decidido a que él "dejara descendencia," se había fijado nuevamente en la chica. Ese viejo miserable y truculento la usaba para que él cayera. El problema es que su amiga era kunoichi, y hermosa… y estaba enamorada de él. E Itachi lo sabía perfectamente: era un sentimiento que nunca le molestó; es más, le agradaba sentirse querido, pero que ahora solo eran problemas.

Itachi bufó molesto, resignándose a aquello: antes le había bastado con ser indiferente, ahora tendría que ser odioso y lastimarla.

Diablos.

Su padre se las pagaría.

.

.

.

El chico en fuga se detuvo en una pequeña arboleda de una plaza junto al cementerio memorial. Su persecutora tardó menos de dos segundos en alcanzarle, bajo la sombra de un alto y frondoso sauce llorón.

Era como si Itachi se hubiese resignado a hablar de una vez y tratara de aprovechar las caídas ramas verdosas para ocultarse entre ellas. Aquella actitud molestó sobremanera a la chica, que decidió seguirle en el entramado de hojas y ramas hasta colocarse a medio metro del joven pelinegro, cuyo rostro estaba tapado por aquél verdor.

Sombras y verde.

Ella hablo primero:

- Itachi-sama, su padre me ha enviado por-

- (interrumpiendo) No necesitas darme su recado, ya conozco los detalles. Además esa no es la forma de hablarle a un viejo amigo.

- Mentiroso.

- Menos aún de hablarle al líder de tu clan. Y no miento… exactamente, pero lo que no sepa me lo informará el comandante anbu o cualquier otro, no necesitas-

Itachi es sorprendido por un empujón de la chica, quien coloca su palma extendida sobre el pecho del joven y lo empuja un par de metros hasta hacer que choque con el tronco del añoso árbol, arrinconandolo allí y quedando ambos con sus rostros visibles por el otro:

- No me hables de Shisui; detesto que ese tipo raro sea tan importante para ti y yo… yo…

- ¿Tú qué, Izumi?

La joven evitó responder aquello. Baja la mirada, ligeramente sonrojada:

- Y ni siquiera es solo ese idiota.

- Shisui no es idiota, ni raro.

- Está enamorado de ti.

- No creo… tal vez le gusto un poquito. Sinceramente pienso que le gustan hombres y mujeres por igual, pero en realidad nunca he querido preguntarle: temo que el día que lo confronte me diga en la cara que se ha estado riendo de todos nosotros y que en realidad tiene novia.

- ¿No te preocupa que sus sentimientos por ti sean de amor?

- No. Mientras yo me sienta atraído por las mujeres no me puede obligar a nada, creo… aunque pensándolo bien… él tiene ese jutsu suyo y…

- Deja de desvariar, que no me vas a distraer tan fácil. Además Shisui solo me incomoda, el problema es…

- ¿Yo? ¿Tú?

- Ella. Niobe…

La chica deja de apretar a Itachi contra el árbol, liberándolo. Le mira a los ojos unos instantes, evidenciando su propio miedo en ellos, para luego dejarlo sin decir nada y salir de allí, fuera de la cubierta del sauce.

El líder Uchiha piensa si debe ir detrás de ella. Resignado, decide salir de allí dos minutos después.

Necesita aclara las sospechas que su amiga tiene respecto a la tutora de Naruto.

Una vez sale de entre las ramas, Itachi la busca en los alrededores.

Izumi se ha sentado en una de las bancas de madera cercanas a la entrada del cementerio, como si esperara. El joven la alcanza rápidamente y sin pedir permiso se sienta en el otro extremo de la misma:

- Cuando éramos niños Shisui te caía bien.

- En ese tiempo no lo veía como mi rival. Y no cambies el tema: no te permito ser un cobarde, Itachi.

- No sé porqué me llamas así.

- Me has estado evitando. Un año, ha sido todo un año que no hemos hablado; me excluiste de todas las actividades relacionadas con tu nuevo cargo y con la disolución de la policía militar me pasaron de las labores de vigilancia en la frontera norte a la vigilancia nocturna del cuerpo shinobi, y por allí ni siquiera te apareces. Y el poco tiempo libre que tienes lo dedicas al portador del Kyubi, a tu hermano o… a ella.

- No lo digas así. Además no es como que sintamos algo Niobe o yo, solo somos…

- ¿Amigos? Pues se supone que yo soy tu amiga y estoy aquí, abandonada. Lo siento pero no puedo evitar pensar que de alguna manera te has fijado en ella para ser tu compañera.

- No la amo.

- Eres el líder del Clan; ¿sabes lo irregular que es que el líder de los Uchiha sea soltero? Pienso que simplemente escogiste a quien pudiera dar la talla como tu consorte, y ella es…

- ¿Mejor que tú? ¿Realmente piensas así?

Molesta por esa tendencia de su amigo de la infancia de terminar sus frases, como si necesitara demostrarle lo bien que le conoce, Izumi le frunce su ceño:

- Dímelo tú. Es a ella a quien has mantenido a tu lado, no a mi que te conozco desde siempre. Es como si el que Ikuno hubiese muerto te hubiese dado una oportunidad. Y el que ella ahora tenga tus mismos ojos… ¿cómo crees que me siento si tengo que competir con eso?

- ¿Lo sabes?

- Muchos lo saben. Han estado practicando todos estos meses esa técnicas legendarias, era obvio que alguien los vería en algún momento.

- ¿Acaso nos espiaste?

- Quizás… de lejos… lo suficiente para verlos pelear y notar lo cómodo que estás con ella… estúpido.

Itachi se aproxima, arrastrándose por la banca hasta quedar junto a su amiga. Afortunadamente ella no ha hecho ademán de querer alejarse. Es como si a pesar de todo lo que dice y siente aún deseara su cercanía:

- No soy alguien típico y nadie ha dicho nada de que deba casarme… excepto por mi padre, pero creo que es porque quiere nietos ahora que finalmente ha visto realizado su sueño.

- Pero el que no quieras formar una familia ahora no me sirve de nada. Ella seguirá allí, y si no es Niobe será otra: una princesa del Fuego como Himeko-san, o quizás su hijastra Hinata, o alguna de las herederas de los otros clanes, o cualquiera que muestre algún atributo especial. Pero yo siempre seguiré atrás, postergada, sin siquiera poder ser una opción para ti. Y duele saber eso, como no tienes idea.

- Tienes muchos atributos, Izumi. Eres una excelente kunoichi y tu sharingan es muy bueno.

- Apenas y puedo controlarlo.

- Eres hermosa.

- Aunque fuera verdad hay decenas de chicas tanto o más espectaculares. Además, ser bonita nunca me sirvió contigo.

- Te equivocas.

Esa última frase descolocó a la joven, la que se giró a ver el rostro de su amado para ver si lo había dicho en serio. Itachi, por su lado, solo logró mantener la mirada de su amiga unos pocos segundos antes de apartar los ojos como si quisiera parecer distraído, mientras un ligero sonrojo de incomodidad se evidencia en el joven. Ella, sin dejar de mirarlo, sonríe con delicadeza:

- Lo sabía. Siempre supe que te provocaba algo… lo cual hace todo mucho más penoso: si gustándote no he logrado nada, ¿cómo sería si realmente no te provocara nada?

- Bueno… sinceramente trato de no pensar en todo eso. ¿Sabes? Soy demasiado joven-

- (interrumpiendo) Tienes quince años, ¿sabes lo que es eso para un shinobi?

- Shinobi en reserva. Además tú también-

- Tengo catorce. Eso es aún peor para una kunoichi.

- Y hay cosas que debo hacer… y pretender tener una relación… no contigo necesariamente, sino con cualquiera…

Itachi espera que su amiga le replique algo, pero ella no dice nada. Curioso por su mutismo, gira sus ojos hacia ella, pero Izumi solo mira al cielo despejado, como si pensara. Él se queda unos instantes mirando su larga cabellera castaña y sus grandes ojos: ella siempre ha sido linda, y especialmente ahora…

Pero no puede simplemente ceder, no cuando hay razones para evitarla: "¿No has pensado que quizás trato de protegerte, Izumi-chan?". Ella no cede a la forma tierna en que la llama, sino que le reclama:

- ¿De qué, Itachi? Somos shinobi, la vida para nosotros es una gran incógnita, una que puede terminar en cualquier momento sin dejarnos más que frustración y deseos vacíos. Si fueses tan inteligente como crees deberías dejar de dudar tanto y simplemente lanzarte por lo que quieres, por pequeño e insignificante que sea, y dejar de obsesionarte por las cosas grandes.

- Las cosas grandes son las que determinarán nuestro legado, y quiero que el mío haya valido la pena.

- Pero si te concentras en eso dejando de lado todo lo demás no tendrás ni lo uno ni lo otro: las grandes obras requieren mucho tiempo, y entre nosotros son contados los que alcanzan a completarlas por si mismos.

- Si, los mejores, los más hábiles y fuertes, y yo pretendo ser uno de esos, Izumi-chan.

- No, no son los mejores los que llegan al final por sobre el resto, son los afortunados.

- No creo en la suerte.

- Deberías hacerlo. Yondaime Hokage era de los mejores y no pudo hacer ninguna cosa realmente trascendental.

- Un caso entre…

- Shodai Hokage tampoco pudo completar su meta, y Madara tampoco lo hizo. En realidad la regla es no llegar a viejo, y todos nosotros comenzamos a levantar la casa sin detenernos a pensar si la veremos terminada; es por eso que debemos tratar de ser felices más allá de las metras trascendentales porque a la larga eso será lo único que nos hará sentirnos realizados y que cuando llegue nuestra hora no sintamos que perdimos el poco tiempo que teníamos.

- ¿Hablas del amor?

- Amor, familia, amistad, hijos. Las cosas que están al alcance de todos, pero que los genios como tú tienden a despreciar o menospreciar porque les quita tiempo para las cosas grandes, y que al final los deja sin lograr esto ni aquello. Minato-sama, que era mucho más grandioso que tú, Itachi, comprendía eso y pudo tener unos años de felicidad; menos de lo que alguien como él merecía, pero felicidad al fin y al cabo. Y tú, si murieras mañana, ¿qué te quedaría?

- Lo mismo que a ti, creo.

- ¿Y eso no te da pena?

- O sea que según tú debería hacerte caso y darte una oportunidad, ¿verdad?

Izumi se levanta, dirigiendo una última mirada a Itachi mientras le habla: "No a mi, a ti mismo. No pretendo decir que soy la mujer de tu vida ni tu alma gemela, aunque me guste pensarlo. Si tanto te molesta que te siga busca a alguien, enamorate, sé feliz. Cuando todo eso suceda comprenderé que no me necesitas y buscaré en otra parte; mientras tanto me tendrás a tu sombra, esperando esa oportunidad que tanto te molesta darme, y lo hago porque sé que una pequeña parte de ti siente algo por mi. Y no me importa que eso te incomode o te haga sentir culpable, porque te amo y dentro de mi corazón sé que el día en que decidas considerarme podré compensar cada momento de molestia que te he causado, y que cuando pasen los años y sigamos juntos podrás recordar estos momentos y reírte de mi insistencia, y me mirarás y me dirás: "gracias por no rendirte conmigo", y entonces te besaré como he soñado hacerlo desde que acepté lo que siento por ti, tonto".

Itachi ve como la chica hace un sello con su mano antes de desaparecer, mientras una tímida lágrima se asoma en uno de sus propios ojos. Avergonzado, la limpia con celeridad, pensando en que nada ha sido como lo planeó y que ha sido ella, Izumi, la que lo ha guiado en toda su conversación.

Y se ríe, mientras piensa que tal vez debería intentarlo. Ha estado tan concentrado en lo sucedido ese último año que no se ha detenido a pensar de que tal vez se merezca algo diferente.

Solo una cosa lo ha estado frenado: la certeza de su propia muerte. Pero Izumi-chan tiene razón: ninguno tiene la vida comprada, y menos ellos que son shinobi.

Y allí, junto a la entrada del cementerio memorial, por primera vez en su vida Uchiha Itachi se imaginó con un bebé en sus brazos, una criatura a quien llamar "hijo", mientras era capaz de ver a una bella y tímida joven de largo cabello castaño a su lado como su esposa.

Una idea que le resultaba incómodamente agradable.


Notas del Autor:

Lo primero: iba a contestarte por mp, Dragon6679, pero tienes la opción desactivada por lo que aprovecho el espacio para ello. A lo que pusiste: Niobe se cuida, eso es un hecho, y de los Hyuga me agrada que te agrade, sobre todo considerando que cuando los plantean en un fic tienden a ponerlos mucho más odiosos (creo que lo del sello maldito y la forma en que trataban a Hinata y Neji caló duro en el fandom).

Éste capítulo originalmente era uno con el anterior, de allí el corte tan abrupto que tiene y su continuación. Lo he hecho un par de veces en mi fic principal, Naruto Sennin, pero normalmente me gusta cerrar los eventos o poner pausas entre un capítulo y otro. Espero que haya quedado pasable.

Del resto de los review hay una sola cuestión, que fue más bien un deseo de OTAKUFire, uno que se cumplió. Pero no lo malinterpreten: el final de esos tipos estaba decidido y escrito antes de que surgiera. Lo señalo porque no quiero que crean que de alguna manera les daré la posibilidad de pedir cosas: son libres de manifestar sus deseos, y respeto a quienes piden ayuda a sus lectores para decidir por "a" o "b", y no descarto hacerlo algún día, pero éste no es el caso. Ojo: eso no significa que ignore lo que dicen respecto a lo que podría pasar a futuro, y si algún cambio surge de ello lo señalaré expresamente (mis lectores del otro fic saben de un caso muy fuerte en aquél de ese tipo de cambios).

Relacionado con lo último: gracias por recordarme de Izumi, que no podía recordar el nombre de la chica cuando comencé a escribir ésto.

Queda un capítulo más para cerrar la subtrama del conflicto dentro del clan Hyuga y después vendría la guerra. Una advertencia: no esperen algo tan masivo como la guerra del acto dos de Naruto Sennin, que la guerra contra Kumo no es parte central de la trama sino el detonante de ciertos cambios a futuro.

Estad atentos porque habrá varios cambios en personajes importantes del canon, y algunos sé que no gustarán porque recaen sobre personajes populares, pero en ningún caso representan una animadversión de mi parte hacia ellos: si ven a alguien caer en desgracia o cambiar de bando no es porque lo odie, sino porque es necesario para la trama. Valga esta advertencia para lo que queda del fic.