Los padres deben enseñar a los hijos a caminar, pero antes de eso a gatear.
Nunca me he interesado por los humanos. Son ruidosos, destructivos y difíciles de comprender. Siempre me ha dado pereza tratar de entenderlos: se revisten de tantas capas que es complicado saber qué tienen dentro de todo eso.
Mis padres y mi hermana siempre fueron las únicas personas que realmente me interesaron.
Por catorce años viví en la creencia de que un conocimiento y poder superior me colocaban por encima del resto de esos humanos complicados.
Siempre preferí los libros, la magia y los bosques.
La gente le tiene miedo a las tres cosas. A los libros, por las verdades que pueden contener; a la magia, porque no la quieren entender; y a los bosques, porque se ocultan criaturas que no son como ellos y les temen.
Nunca le he temido a los bosques ni a las criaturas que habitan ahí, incluso a los oni. Pero a los humanos…
Una noche, cuando tenía quince años, trataron de abusar de mí en el bosque.
Seis sujetos me rodearon en la oscuridad. Me confíe torpemente en ese momento, pensando que podría burlarme de ellos, porque hasta entonces nunca había probado mi fuerza de verdad, había subestimado a los soldados con los que papa-san quería que entrenara. Pensé que esos sujetos solo tratarían de golpearme y robarme, así que dejé que se acercaran a mí, listo para darles una lección luego de que tomaran mis cosas; pero uno de ellos me acuchilló el hombro sin que lo esperara y terminé en el suelo. Luego de eso, dos hombres tomaron cada una de mis piernas, otros dos hombres hicieron lo mismo con mis brazos, uno más sostuvo mis hombros, y el sexto se arrodilló ante mí…
Estaba aterrado y solo. Grité muy fuerte, hasta que perdí la cordura y la magia se liberó bruscamente, disparando a los seis hombres en distintas direcciones mientras yo salía corriendo.
Cuando llegué a casa, mentí a mis padres y les dije que me habían robado. En aquella época, en verdad pensé que me habían creído, pero luego supe que simplemente no iban a obligarme a decir la verdad. Sabían que me había pasado algo más, pero no tenían forma de saberlo si es que yo decidía quedarme callado.
Desde entonces comencé a sentir más repulsión y desprecio por los humanos. Eran sucios, estúpidos, peores que animales, incluso se atrevían a usar los bosques como sus guaridas y contaminarlos con sus asquerosas existencias y desagradables perversiones.
Fue cuando comencé a ponerle precio a la vida de las personas y a comunicarme menos con ellas. Durante varias semanas, prácticamente viví enclaustrado en la casa o en los bosques, sin intercambiar palabras más que con mis padres y mi hermana. Incluso le retiré el habla a Michiko-san.
Las personas a mi alrededor leyeron eso como arrogancia de mi parte. Y no estaban equivocados, yo también confundí mi actitud con arrogancia y sentido de superioridad. Empecé a caminar con una cuchilla larga oculta entre mis prendas y a usar la magia con fines destructivos.
Un día, escuché comentarios de unos trabajadores acerca de un grupo de hombres que venían cometiendo una serie de crímenes contra niños a lo largo del Imperio. Tres días atrás, encontraron el cuerpo de una niña en el territorio de Suwa y mis padres habían ido a revisar; pero un segundo cuerpo había sido encontrado apenas ayer, cerca a ese bosque al que no había regresado más.
Un profundo desprecio se apoderó de mí. Eso es todo lo que recuerdo, pues la memoria de cómo robé una espada de la armería, salí de casa a pesar de las súplicas de Michiko y cómo llegué a ese bosque, no lo tengo claro.
Recuerdo las sensaciones de ese momento: mi respiración agitada, mi corazón latiendo, mis ojos desorbitados buscando en la noche sin luna, olfateando el lugar, olvidando por completo el uso racional de la magia, solo guiándome por un instinto que no era animal, porque los animales no salen a asesinar voluntariamente bañados en sensaciones mixtas y excusas.
Recuerdo también la fogata a varios metros, a los seis hombres ahí reunidos, sus risas repugnantes, sus ojos sucios, sus manos manchadas.
Y sus gritos, sus lamentos, sus súplicas.
Dicen que me encontraron unos campesinos que me confundieron con un demonio y por eso mandaron llamar a mis padres. Ellos me desarmaron y aparentemente me llevaron a casa.
Mi crimen se convirtió en hazaña. La gente me empezó a mirar distinto, con admiración, miedo, reverencia. Estuve bien con ello: todos eso, eran sentimientos que los mantenían alejados de mí. Pero mientras los desconocidos me alababan, no recibí ninguna felicitación de parte de mis padres, y mi hermana menor solo me miraba con lástima.
A los gestos de admiración y gratitud, yo asentía con simpleza bajando la cabeza y respondía con falsa humildad diciendo que nada de lo que había hecho valía, que esos niños y niñas asesinados no volverían a la vida y que sus rostros estarían siempre apareciendo ante mis ojos como recordatorio de que mis acciones no solucionaron nada.
Algunos empezaron a esparcir rumores de que yo era una especie de santo, por la humildad ante mis acciones y mi caridad por cargar con la muerte de inocentes a mis espaldas, a los que yo no había matado.
No me importaba lo que ellos pensaran mientras no se acercaran a mí: esos sucios y repulsivos humanos que no entendían absolutamente nada y que no sabían absolutamente nada.
Era cierto que cuando cerraba los ojos y trataba de dormir veía rostros y escuchaba voces.
Pero no era de los niños que murieron antes o después de mi primer encuentro con esos criminales. Eran las voces y caras de esos hombres, sus súplicas y ruegos porque no los matara, los que hacían que despertara gritando cada noche.
Empecé a perder la cordura poco a poco. En orden de poder seguir viviendo, comencé a alimentar más y más la idea de que los hombres que asesiné eran escoria, que sus vidas no valían absolutamente nada y por tanto yo había hecho un favor a nuestra nación eliminándolos de este mundo. Ese se convirtió en mi discurso para los que se acercaban a conocerme.
Fue en esa época cuando otou-chan entró a mi habitación con dos soldados y voltearon todo, encontraron varias armas que yo tenía guardadas y él me sacó de encima la daga que siempre cargaba conmigo. Cuando supe que papa-san confinaría mi poder, entré en pánico. No quería ser reducido a un despreciable y simple ser humano, y por eso decidí escapar.
En ese punto yo había perdido la cordura por completo, porque no hice ningún tipo de valija o tomé comida para el viaje.
Entré en la espesura del bosque húmedo y nocturno solo con veneno en una cantimplora. Pero en lugar de encontrar reposo y sosiego para morir en paz, me topé con un viejo insoportable en la encrucijada entre tres caminos.
"¡Pero qué muchacho tan alto! ¡Si no tienes cuidado vas a crecer torcido!", fue lo primero que me dijo cuando me lo topé.
Luego dio una calada a su pipa apestosa y rió pidiendo disculpas que no sonaban muy honestas. Entonces, me miró directo a los ojos; incluso con esas cejas que le cubrían los suyos, pude sentir la intensidad de una mirada que nunca antes había encontrado en un ser humano a parte de mi propia familia.
"Tú, eres el chico santo del que hablan, ¿cierto?", preguntó.
Mi rostro de asco le hizo volver a reír. Era la primera vez que me molestaba que alguien se riera de mí, porque sentía que sabía algo más que yo.
"No soy un santo", le dije.
"Eliminaste la escoria de este mundo y encima te portas con humildad. ¡Sí que eres un santo!", exclamó con ese tono de voz que hacía que yo sintiera mucho odio, no por él, sino por mí.
Reconocí sus ropas entonces, era un sanzo.
Debo decir que nunca le tuve mucho respeto a esos sujetos, incluso cuando ellos respetaran que papa-san llevara la protección de Suwa pese a no compartir su religión.
"No quise ser descortés con usted", me disculpé.
"Además de eso eres una persona respetuosa", siguió diciendo el viejo insoportable. Cada palabra de gratitud hacia mí hacía que me enfureciera más y más."Eres una persona curiosa", dijo entonces, mientras se acercaba a mí, y sentí un leve aroma a sake en su boca vieja. "Envileces con las palabras tiernas, oscureces con comentarios iluminadores, vas en contra de la corriente cargando una pesada carga."
"¡¿Usted qué sabe de mi?!", le grité con furia.
"Absolutamente nada y por eso todo", respondió él. "Por ejemplo, vienes huyendo de algo que crees que has dejado atrás pero que en realidad solo has arrastrado contigo. Porque toda maldad y todo pesar se origina en ti, es tuyo y nada más que tuyo".
Él tenía razón. Y cuando lo dijo fue como si me acuchillaran por segunda vez. Caí de rodillas ante él sin poder articular una sola palabra. Yo era un pecador. Incluso si quienes habían muerto bajo mi mano eran criminales, excusé sus vidas con ligereza.
"¿Por qué son los rostros de esos asesinos y no las de sus víctimas los que me persiguen?", pregunté sin hablar y el viejo respondió:
"Porque tú no mataste a esos inocentes, pero piensas que sería más fácil cargar con el peso si las vidas tomaste en tus manos, de esos otros, fueran almas inocentes. Pero en cambio elegiste cargar con el peso de almas atormentadas y oscuras, y ese no es un camino fácil. Sin importar qué tan oscura sea el alma de un pecador, un asesino viene acompañado de una oscuridad mayor, la muerte no se puede justificar por el bien y por el mal, por eso el que mata elige un sendero distinto al resto."
En ese momento comencé a entender la diferencia del tono de los ojos de mis dos padres. No el color, sino algo detrás del rojo y el azul.
"Eres joven y crees que el mundo te debe algo, pero no te debe nada. Todo lo que has hecho lo has hecho por ti, no por los demás. Crees que has matado por tu familia, por tu credo, por tu Dios, pero en realidad lo has hecho por tu Ego y por tu ignorancia. Nadie te pidió nada. Date cuenta de esto y no dejes que el no recibir aplausos ni agradecimientos te perturbe. Simplemente, todo está en la normalidad de la vida del hombre, y tú, mi joven amigo, parece que has olvidado que eres uno también."
"Hablas demasiadas tonterías que tienen sentido", le dije, pidiéndole también que dejara de balbucear cosas seniles antes de que se muriera de viejo ahí.
Él volvió a reír tirando humo en mi cara:
"Has entendido", añadió.
"Le dije que solo he escuchado palabrería senil."
"Incluso entre toda esa palabrería has comprendido, tu sendero se ha iniciado. Ahora puedes hablar."
No me sentía con ninguna emoción por compartir algo con ese viejo apestoso.
"No conmigo", rió sonrojándose, ¡viejo pervertido! "Sino con ellos, el mago de Ceres y el protector de Tsukuyomi, tus padres que te buscan enloquecidos en este mismo momento, cuyos corazones estás rompiendo con tu silencio. Habla con ellos, y si alguna vez quieres ir a Emei, búscame ahí".
No alcancé a volverle a hablar, porque escuché la voz de papa-san a lo lejos, y luego la de otou-chan. Fue en ese momento cuando me sentí, finalmente, pequeño e insignificante.
Corrí a toda prisa hacia donde se originaban sus voces.
Pude sentir el abrazo brutal de otou-san y chichiue, y también lágrimas que no salían únicamente de mis ojos.
En ese mar de desesperación, yo, finalmente hablé.
Algo cambió en mí desde esa noche en el bosque, y ninguno de los tres discutió para negarlo, lo aceptamos humildemente. Por eso, a pesar de mis quince años, fui juzgado y ninguno de nosotros lo recriminamos.
En la corte de Amaterasu, fui condenado por tomar seis vidas. Tsukuyomi fue la que impuso mi castigo: sirviente en un templo durante sesenta años. Era en Emei.
Cuando llegué ahí, lo encontré de nuevo, al viejo apestoso adicto al tabaco y al sake. Me convirtió en el chico de los mandados y abusó de mi magia y de mis habilidades desde el principio.
No estuve enclaustrado todo ese tiempo, fue como tomar las lecciones que siempre me negué en el templo comunitario, solo que eran más útiles. Por más que el viejo bastardo fuera insoportable, aprendí mucho.
Emei no estaba tan lejos de casa si usaba magia. De vez en cuando, si el viejo se ponía muy abusivo y trataba de mandarme con pedidos ridículos, me iba a casa por unos días; pero a medida que crecía, los pedidos del viejo se tornaban más serios y más relacionados al Imperio, y mi camino solía llevarme a Suwa de todos modos.
Mi relación con el viejo fue extraña. Era muy metiche y comodón, en nuestra casa se comportaba como si fuera la suya, hasta Chikako lo llamaba abuelito, la muy tonta. Otou-chan y él peleaban a veces por la comida, y con papa-san… algunas veces trató de tocarlo donde n debía… confundiéndole con una mujer. Su vista de mierda nunca estuvo bien, decía para justificarse muy mal, porque podía ganar una competencia de tiro de espaldas. Pero a pesar de las violentas relaciones con el resto de mi familia, era más que claro que encajó perfectamente en ella… el viejo bastardo.
No hay caso evadirlo, las cosas no fueron fáciles desde entonces, pero tampoco imposibles. Mi adolescencia llegó con un extra más, pero incluso con todos los choques ideológicos que pudo haber en esa casa, nunca peleábamos. Discutíamos, es más que obvio, pero lo que nunca hicimos es quedarnos callados de nuevo.
Me he negado a justificar lo que pasó en el bosque aquella vez, para mí no se trata de que exista lo inevitable. No sería capaz de justificar la muerte de esos otros niños solo porque no existen las coincidencias sino solo lo inevitable. Honestamente, toda esa charlatanería del hitsuzen me parece pura mierda ahora: la bruja y el hechicero que se guiaron por esas excusas terminaron sus vidas de forma terrible. Mis padres aún observan respetuosos esa forma de pensar y creo entenderlos. Ellos fueron arrastrados fuera de sus mundos a aprender lecciones en base a los errores cometidos por un hombre que en su intento de enmendarlos involucró a muchos inocentes. Querer verle sentido a eso era tratar de vivir en significado. Todas esas desgracias y muertes, esas paradojas caprichosas, tenían que ser justificadas.
Pero yo no necesito ese hitsuzen, no necesito decir que las cosas pasan por alguna razón ni que solo existe lo inevitable. Las cosas pasan, cosas buenas y malas, es la naturaleza del hombre. Vivimos con ellas hasta el fin de nuestros días.
Soy un santo para algunos, soy un asesino para otros, soy hijo de mis padres, soy yo. Puedo vivir con mis pecados porque la gente que me importa me enseña cómo; entonces, no es que soporte el peso, sino que me hago más fuerte para cargar con esa cadena de acontecimientos que hay sobre mi vida llamado karma.
Es la naturaleza humana.
Las frases en cursivas son citas literales o paráfrasis de los sutras budistas, textos comentados (o atribuidos) por Buda, que enseñan el camino a la iluminación.
Amida es el nombre japonés para Buddha, evidentemente no estoy convirtiendo a nuestro Amida en ese famoso personaje, pero acá se define un poco su camino como sanzo.
El famoso hitsuzen de la filosofía de Yuuko, traducido muchas veces como "destino" o "fate", es una forma de pensar bastante interesante pero polémica y con sus pro y contras, el contrapunto nace en este capítulo y se tocará bastante en las discusiones futuras que sostengan Kurogane y Fai con Amida (y eventualmente Chikako).
