Capítulo 7: Sentimiento compartido

Con la mente distraída en una infinidad de pensamientos sin sentido, continuó caminando por inercia a lo largo de la plaza grande. El invierno se había hecho presente con una ligera nevada en la mañana, por lo que todo estaba cubierto por una fina capa blanca, cambiando así también la vista del paisaje y de las personas, quienes ya vestían con ropas más abrigadas. La fría brisa del atardecer meció ligeramente sus largos cabellos negros, trayendo consigo diversos aromas de varios puestos de comida callejeros y restaurantes, de los cuales uno había llamado especialmente su atención por su familiaridad.

Detuvo sus pasos frente a un pequeño local y observó el anuncio en la vitrinita que decía "Ramen fresco y caliente" y, un pequeño recuerdo lo asaltó.

Toma… Tienes cara de ser adicto al Ramen…

Fue inevitable no evocar la imagen de aquella mujer, ofreciéndole un pote de fideos instantáneos y los cuales, al final, no había aceptado por dejarse llevar por sus impulsos. Kagome, así se llamaba. ¿Qué habría sido de ella? Desde el día en que dejó el hospital, no la había vuelto a ver y, por muy extraño que le pareciese, tenía algo de curiosidad por saber de ella. Después de todos esos días encontrándosela en todas partes, ya sea por coincidencia o cualquier otro motivo, había sido algo drástica su repentina desaparición.

—Creo que ya tenemos todo para el viaje —expuso la mujer a su lado, revisando las bolsas de las compras—. ¿Qué te parece si comemos algo antes de volver?

—¿Eh? Sí —respondió él, saliendo momentáneamente de su ensimismamiento.

Quizás, no debió tratarla tan mal en primer lugar, pero el simple hecho de parecerse tanto a Kikyô, lo había descontrolado... e irritado. Era un sentimiento algo extraño y desconcertante. Celos no podían ser; no había ninguna razón para tenerlos, ¿o sí? No, de ninguna manera. Él tenía a Kikyô y la quería. Quizás, el hecho de que Kôga tuviese a una mujer —particularmente muy parecida a la suya— a su lado era lo que lo ponía colérico. Era bastante incómodo.

—¿Te preocupa algo? —inquirió Kikyô curiosa, notando la ausencia del oji-dorado. Él parpadeó, despertando finalmente de su ensimismamiento.

—¿Qué? No, yo sólo... sólo me distraje un poco —contestó, volviendo su atención a ella—. ¿Qué quieres comer? —preguntó y la mujer se volteó hacia la vitrina con el anuncio, que él había estado observando tan detenidamente.

Estos cinco días de estar junto a InuYasha, —tras su salida del hospital—, sin lugar a dudas, habían sido maravillosos. Pasar sus horas libres a su lado y disfrutar de su compañía, la hacían feliz, pese a esos pequeños momentos de distracción que surgían en él, ocasionalmente. No sabía lo que podría estar pasando por la mente del hombre durante esos lapsos, pero cada vez que ocurría, se preguntaba si algún pensamiento la alcanzaría a ella en lo profundo de su corazón, o si en lo más recóndito de su alma, lograba recordar a Kagome. Ésa era una incertidumbre que jamás la dejaría tranquila, preparándola a diario para cualquier acontecimiento inesperado. ¿Por cuánto más duraría su felicidad?

—¿Qué te parece si comemos un plato de Ramen? —sugirió Kikyô.

Los ojos de InuYasha se iluminaron de una manera que ella no había visto nunca; cual niño al que acababan de ofrecerle un dulce. En todo este tiempo de separación, jamás había tenido la dicha de conocer esos pequeños gestos que podían iluminar su rostro de una manera tan especial. ¿Cuántas facetas de él se habría perdido?

Aunque no le agradara demasiado la idea de comer sopa de fideos y sus derivados, por esta vez, estaba dispuesta a ceder con tal de verlo sonreír. Después de todo, no importaba lo que comiera, siempre y cuando pudiera estar y disfrutar su tiempo junto a InuYasha… mientras su corazón aún le perteneciera.

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Abstraído en sus pensamientos, se quedó observando el gran árbol del templo por un largo momento. Ahora, comprendía el motivo por el cual lo llamaban el árbol sagrado. Contemplarlo, lo hacía sentirse tranquilo, pese a la infinidad de emociones que lo perturbaban…

Los últimos cinco días habían sido maravillosos y reconfortantes. La familia Higurashi le había devuelto la alegría de vivir, dándole el calor de un hogar y haciéndole experimentar, nuevamente, el amor y unidad de una familia. En tan poco tiempo, en verdad, había llegado a quererlos mucho y, era precisamente por eso, que se sentía como la peor basura del mundo por ocultarles la verdad de su culpabilidad en aquel trágico accidente. Temía perderlos si abría la boca, pero por el otro lado, conforme pasaban los días, sentía mayor necesidad de hacerlo.

Enterarse que aquel hombre había perdido la memoria por su causa, lo había perturbado demasiado. InuYasha, así se llamaba, quién, además, era el prometido de su protectora. Fue un baldazo de agua fría saber que, únicamente, Kagome había sido borrada de sus recuerdos y que ella ahora estuviera sufriendo debido a eso. ¿Cómo alguien podría olvidarse únicamente de una persona?

—¿Por qué estás aquí, solo?

La voz de la señora Higurashi lo hizo respingar. En el acto, se volteó a ella, y vio aquella amable sonrisa dibujada en su rostro. Su pregunta no era de reproche, más bien denotaba la preocupación de una madre por su hijo, cosa que siempre lo impactaba y lo dejaba indefenso.

—Sólo estaba pensando en lo afortunado que soy —respondió el pelirrojo—, nunca creí encontrar a personas tan buenas como ustedes. Les debo mucho...

—No tienes nada que agradecer. El destino mismo se encarga de juntar a las personas de la manera más extraña y singular por diferentes motivos. El tuyo, fue la necesidad y ahora eres parte de la familia.

—Yo... Yo... —Los verdosos ojos de Shippô se aguaron al instante por tan afectivas palabras. No se merecía tanto cariño y sin embargo, esas personas se lo daban de una manera sincera y sin nada a cambio.

—¿Qué te perturba, pequeño? ¿Recordaste a tu padre? —Inquirió la mujer al percibir la congoja del infante y lo abrazó con ternura. Escucharlo sollozar, le hizo ver que su llanto no era precisamente por la muerte de su progenitor—. ¿Sabes? Cuando algún problema nos aflige y nos consume por dentro debido al silencio, compartirlo con alguien más, te puede liberar el alma y quitarte esa gran carga de encima —dijo ella, intuyendo lo que le ocurría—. No tengas miedo de lo que pueda pasar, pues estoy segura de que tu no tuviste la culpa de nada.

Con ojos grandemente abiertos debido a la sorpresa, Shippô observó a la señora Higurashi con temor. ¡Había sido descubierto! Seguramente, ella habría recordado su rostro. Iba a hablar, a confesarse, pero la voz de Kagome lo distrajo…

—¿Ya terminaron de jugar Sôta y tú? —Irrumpió la azabache con una sonrisa, aunque ésta se borró al notar las humedecidas mejillas del niño—. ¿Qué ocurre? —consultó, intercambiando miradas con su madre.

Shippô no lo soportó más y estalló en llanto, abrazándose fuertemente a Kagome, mientras soltaba todo lo que lo había estado aquejando desde que la había conocido. ¡No se merecía tanto cariño!

—¡Todo es por mi culpa! —gimoteó desconsolado—. ¡Yo soy el culpable de que InuYasha se cayera a la barranca y te olvidara! Pero es que esos dos hombres llegaron de la nada y amenazaron a mi padre y… ¡y luego ya no pude detener la motocicleta y estaba fuera de control! Yo, ¡de verdad no quise hacerlo! —Continuó sollozando, temiendo ver a la joven a los ojos—. Aunque no me lo merezca, ¡perdóname, Kagome!

La joven Higurashi, más que sorprendida por la repentina revelación, se conmovió al ver la fragilidad del niño y sentir tanto dolor a través de sus lágrimas y sus lamentos. El pequeño se veía tan afligido que le partía el corazón, sintiendo sus propios ojos humedecerse. Y, sin siquiera pensarlo, se acuclilló a su altura y lo abrazó con ternura, acariciando su cabello de color zanahoria para consolarlo.

—Tú no tienes la culpa de nada, Shippô. Fue un accidente… y si hay alguien a quien culpar, pues es a esos hombres malos que te hicieron tanto daño —susurró suavemente sobre la cabeza del niño—. ¿Perdonar? No hay nada que perdonar.

—Pero Kagome… —él alzó su rostro hacia la muchacha de manera insistente. Ella supo de inmediato que se refería a la amnesia de InuYasha.

—Todo estará bien —le sonrió, tragándose sus propias lágrimas— InuYasha está sano y eso es lo que importa.

La señora Higurashi observó a su hija y al niño con ternura y suspiró aliviada, sabiendo que una gran carga había sido quitada de los hombros de ambos. Después de todo, Kagome siempre supo —al igual que ella, Sôta y el abuelo— que Shippô era el pequeño del incidente de la moto aquel día. La vida siempre traía sorpresas consigo y, esperaba que, a partir de ahora, todas fueran buenas.

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—¡Kôga, has venido! —se apresuró Kagome a recibir al hombre de tez morena en las escaleras del templo.

—Hola, preciosa. Ya sabes que no puedo permanecer mucho tiempo alejado de ti —bromeo el oji-celeste con una radiante sonrisa y la azabache se rió también.

—¿Qué te dijeron? ¿Averiguaste algo? —inquirió ella después de un rato y él suspiró algo desganado.

—No mucho, en realidad. Lo único que sé de momento es que esos tipos se hacen llamar los Hermanos Relámpago, más que nada por la velocidad en que logran infiltrarse en tu vida para extorsionarte de alguna forma —explicó, indicándole una carpeta con todos los datos recopilados de esos dos maleantes—. Cuando se encaprichan con algo o con alguien, difícilmente te deshaces de ellos.

Kagome pasó las páginas del informe, leyendo un par de líneas por aquí y por allá para informarse un poco más. Dos chantajistas —además de asesinos—, con un amplio historial de víctimas recientemente descubiertas. Hasta ahora habían estado invictos, pero gracias al testimonio de Shippô (un milagroso sobreviviente), al fin, podrían ser puestos tras las rejas como se merecían.

—¿Crees que Shippô pueda correr algún peligro? —inquirió dudosa, después de pensarlo un poco y aplacar su creciente ira.

—Mientras desconozcan su paradero, no creo; además que el niño no tiene nada que ofrecerles —la reconfortó Kôga—. De todos modos, tu familia estará resguardada por la policía hasta que los atrapen. Nosotros ya hicimos todo lo que podíamos, así que no te preocupes, Kagome.

—Espero que esos maleantes sean capturados cuanto antes y paguen por todos sus crímenes. Pobre Shippô, ha sufrido mucho... —musitó la azabache, ladeando su rostro hacia el pelirrojo y su hermano; estaban jugando con una pelota.

—Kagome, en cuanto al viaje… irás, ¿verdad? —se animó a preguntar el moreno después de unos momentos, aunque notando un leve respingo por parte de ella ante la mención del tema.

—¿Sango te pidió que me lo preguntaras? —cuestionó, ocultando su achocolatada mirada bajo su rebelde flequillo.

—En absoluto, es sólo que… me preocupa saber lo que decidirás…

Kôga estaba realmente preocupado por la situación, pero sobre todo, por la resolución que habían tomado sus amigos. Cuando Sango le mencionó acerca de aquel repentino viaje, ciertamente, se había sorprendido por tan descabellada idea. En un principio, no había estado de acuerdo por obvias razones; sin embargo, después de analizar las probabilidades de un posible resultado favorable, finalmente, aceptó. Sería egoísta no intentarlo por última vez, aunque a él no le gustara… por la felicidad de Kagome.

—InuYasha y Kikyô también irán, ¿no es así? —la repentina pregunta de la azabache tomó a Kôga desprevenido, no sabiendo qué otra cosa hacer más que asentir con sinceridad—. Quizás, no sea tan buena idea que yo me presente delante de ellos —añadió ella, mostrando una sonrisa forzada en su rostro.

—¿Pero qué dices? ¡Es precisamente por eso que tú debes…! —Kôga apretó la mandíbula, conteniendo sus palabras, pues no quería lastimar a la joven mujer con su tono hosco. Luego suspiró para calmarse—. Estarás conmigo, así que no te preocupes por eso; la pasarás tan bien que ni siquiera los notarás. La idea de este viaje es salir de la rutina y divertirnos un poco en la nieve... No permitiré que te vuelvan a hacer daño —esto último lo susurró casi inaudiblemente.

—¿Me lo garantizas? —murmuró Kagome, sorprendiendo al moreno al haberlo escuchado—. ¿Me aseguras que no saldré lastima si voy con ustedes?

Kôga no tuvo palabras para afrontarse contra eso. Aunque quisiera protegerla con todas sus fuerzas como lo había dicho, lamentablemente, había factores que se salían de sus manos. El simple hecho de la presencia de ese gran sentimiento que la azabache conservaba por InuYasha, y que ese idiota no lograba recordar en absoluto, le imposibilitaba en todos los sentidos. Y, como si fuera poco, también estaba Kikyô, cuya presencia no ayudaba mucho tampoco. Aún así, no la odiaba, tan sólo… no le agradaba.

—Kagome, yo…

—Sólo quiero que me digas una cosa, Kôga… ¿por qué ese lugar? —se aventuró a preguntar la mujer, mirándolo tristemente a los ojos. El moreno la contempló por varios segundos en completo silencio antes de volver a hablar.

—Porque fue allí en donde ese idiota decidió proponerle matrimonio a su joya más preciada, determinado a hacerla feliz hasta el fin de sus días...

Sí, ésas habían sido las palabras literales que había empleado InuYasha para contarles a sus amigos lo que haría aquel día, en aquel lugar junto a Kagome. Naturalmente, no les había dado mayores detalles del asunto, pues quiso mantenerlo entre la azabache y él; no obstante, sólo eso bastó para hacerles ver a todos, lo mucho que ella significaba —o había significado— para él. Cuan especial había resultado ese momento para ellos y cómo había ocurrido todo, sólo lo sabían los dos.

Kagome retuvo el aire en sus pulmones, sintiendo como las lágrimas se agolpaban bruscamente en sus achocolatados ojos. ¿Cuánto la había amado él para decir aquello? Él, quien siempre guardaba sus emociones o pensamientos para sí —salvo cuando estaba con ella—, no había dudado.

¡No era justo!

¿Serviría de algo volver a Furano en Hokkaidô para nuevamente palpar todas aquellas sensaciones vividas junto a él? Por lo menos, podría verlo… una vez más.

«InuYasha…»

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El viaje había sido largo. Después de tomar el primer vuelo desde Tokio a la prefectura de Hokkaidô, Miroku se había encargado de rentar un vehículo para la respectiva movilización a Furano. Debido al frío clima de invierno y las resbaladizas carreteras, se vio en la obligación de conducir con cautela y así evitar cualquier riesgo de accidente. Afortunadamente, la compañía de Kôga (su copiloto), Kagome y su querida Sango, había hecho más ameno el trayecto, llegando finalmente a su tan ansiado destino.

Con gran admiración, todos se bajaron del estacionado automóvil, maravillados por el blanquecino y hermoso paisaje delante de ellos. Montañas de diversas formas y tamaños, árboles e, incluso, espacios planos a lo largo y ancho del terreno, ¡absolutamente todo estaba cubierto de nieve, resaltando espectacularmente su pureza! El hotel en el que se alojarían, encajaba igualmente a la perfección al lugar, con su estructura exterior a manera de una casa tradicional japonesa, dando una agradable sensación de comodidad y acogimiento al visitante. Ideal para un fin de semana entre amigos… o parejas de enamorados.

—¡Qué hermoso! —Expuso Sango con deleite—. No puedo esperar para entrar —ansiosa por conocer la casa de huéspedes, se apresuró a sacar su equipaje del maletero y, los hombres no tuvieron otra opción más que ayudarla por el peso de la carga.

Kagome se quedó observando el establecimiento, estática y, de momento, imposibilitada a hacer cualquier movimiento. Una mezcla de emociones la invadió de manera brusca, provocándole pequeñas punzadas en el corazón a medida que los recuerdos la golpeaban de lleno. Tantos momentos vividos y atesorados, que ya nunca volverían… Un suspiro se escapó de su boca. Aunque InuYasha llegara allí, seguramente, no reconocería el lugar. Con la época invernal, todo se veía, ciertamente, diferente. El frío y la nieve habían extinguido casi todo rastro de verde (a excepción de algunos abetos y enebros), impidiendo también la visualización de aquellos vastos campos llenos de flores multicolores que los habían maravillado en aquel entonces.

—Kagome, ¿qué estás haciendo? ¿No vas a ayudarnos con el equipaje? —Inquirió Sango, repentinamente, sorprendiéndola y sacándola de sus pensamientos—. Oh, ¡espera! No me digas que ya estabas planeando cómo recrearte sin nosotros —dijo divertida, distrayéndola intencionalmente para evitar que ella se deprimiera.

La azabache se rió por lo bajo, entendiendo la intensión de su buena amiga y le siguió el juego sin renegar. Estaba dispuesta a pasarla bien junto a sus amigos y aprovechar su visita en Furano para esquiar, relajarse y divertirse con cualquier otra actividad en su compañía.

—Bueno, al ver cómo se estaban demorando, lo estaba considerando seriamente —bromeó, dejándose llevar por Sango al interior de la casa de huéspedes.

—Oigan, ¿no nos van a ayudar a…?

—Demasiado tarde, ya se fueron —respondió Kôga a la incompleta pregunta formulada por Miroku, con cierta resignación.

Con un suspiro derrotado y haciendo grandes esfuerzos por llevar todo el equipaje sobre ellos sin dejarlo caer, los dos hombres vieron como sus dos bellas acompañantes se iban entre cuchicheos y risas, dejándolos como un par de burros de carga a la espera de alguien que se apiadara de ellos y los ayudara. Mujeres, siempre tan comedidas cuando se trataba de divertirse… y de llevar maletas. ¿Cuánto equipaje necesitaban para sólo un fin de semana? Realmente, un misterio, pero dos maletas grandes para cada una, era demasiado.

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—Si quieres, aún podemos pedir una habitación para dos —sugirió la mujer de tez blanca a modo de broma delante de la recepcionista, tras recibir sus llaves. El oji-dorado se sonrojó levemente.

—De-deja de jugar, Kikyô. ¿Cómo esperas que yo…? Mejor iré a buscar a los muchachos para dejar mis cosas en el cuarto —resopló InuYasha rendido finalmente, escapando de tan bochornosa situación con el rostro más rojo que un tomate.

Era increíble cómo un hombre fuerte, en ocasiones rudo, y hasta apasionado, podía intimidarse con un comentario tan simple y, generalmente, tan común entre una pareja de enamorados. Y, es que al oji-dorado no le gustaba hablar de estas cosas tan abiertamente, mucho menos con público presente, pues se avergonzaba demasiado. Las palabras y la abierta comunicación nunca habían sido su fuerte, hecho que suplía con acciones que expresaban mucho mejor sus emociones; y eso incluía la demostración de sus sentimientos cuando estaban solos. ¡Era tan tierno! Ese hombre era capaz de transmitir tanto con solo un abrazo o un beso, logrando siempre dejarla a su merced.

Pese a todo eso, era bueno que, después que él despertara amándola nuevamente, no le incitara, ni una sola vez, a pasar alguna noche íntimamente juntos… como en el pasado. Presentía que una de las principales razones eran las dudas de su corazón y, principalmente, aquellos recuerdos olvidados y recluidos en su interior, que no le permitían estar del todo tranquilo. Aunque sus hormonas se revolotearan a veces por su causa, sabía que así era mejor.

Con una sonrisa relajada en sus finos labios, Kikyô tomó su maleta y se dispuso a ir a su respectiva habitación, sin imaginar que, al voltearse, se encontraría con dos conocidas mujeres delante de ella. Sus pasos se detuvieron y su mirada se encontró con la achocolatada de una de ellas.

—Así que también viniste —musitó, dirigiéndose a la azabache y ésta asintió—. No me imaginé encontrarte aquí, pero supongo que es bueno verte.

—No he venido a tratar de quitarte a InuYasha, así que no tienes por qué preocuparte —dijo Kagome con tranquilidad, procurando mantener la calma.

Ya se había esperado encontrarse con ella y ésta, sería la segunda vez que las dos hablarían seriamente como dos mujeres adultas.

—Sobre eso... Kagome, yo...

—Sango, ¿nos podrías dejar un momento a solas? —pidió la azabache. Su amiga obedeció y se apartó de inmediato, conforme a lo solicitado—. Quise hablar contigo hace unos días, pero no tuve el suficiente valor para hacerlo. Ahora que estás aquí…

—¿Por qué te marchaste sin decir nada? —Inquirió Kikyô con duda y, ciertamente, curiosidad—. Pensé que lucharías por recuperar el corazón de InuYasha. ¿Acaso te has rendido ya?

—No es que me rindiera, es sólo que… cuando el amor ya no es correspondido, no tiene caso seguir reteniéndolo para sufrir.

Las palabras de Kagome asombraron a Kikyô en gran manera. ¿Cómo era posible que ella demostrara tanta fortaleza, aún con todo el dolor que debía estar sintiendo al perder a la persona que más amaba? Ella mejor que nadie conocía ese sentimiento y… era irónico preguntarse sobre la decisión de la joven Higurashi, cuando ella misma había hecho exactamente lo mismo al apartarse tiempo atrás para que InuYasha y ella fueran felices. Era difícil de explicar y de comprender las razones, pero por lo visto, era un sentimiento mutuo de respeto, entendimiento, sinceridad, decisión y, finalmente, cesión.

—Lo siento mucho —musitó Kikyô con sinceridad—. Sé que en un inicio te dije que no me metería entre InuYasha y tu debido a su amnesia, y aún cuando lo intenté, él…

—Lo sé, él te siguió hasta lograr su cometido —complementó Kagome con ironía—. Supongo que al estar en tu lugar, haría exactamente lo mismo que tu... Me aferraría a mi amor.

—¿Cómo puedes ser así? —Le reprochó la mujer de nívea tez, sintiéndose algo enferma por tanta serenidad—. Kagome, ¡tu deberías odiarme por lo que estoy haciendo! Yo...

—Yo no te odio, Kikyô y lo sabes —la interrumpió la joven Higurashi con firmeza—. No niego que sienta unos terribles celos y que mi alma se parta en dos al verlos juntos, pero el saberlo feliz… me tranquiliza.

—¿Te tranquiliza saber que tu prometido te haya olvidado por completo y le entregue su corazón a otra? —Escupió con sarcasmo—. ¿No lo ves? Yo ocuparé tu lugar en su corazón —resopló con cansancio, sintiendo cierto enojo consigo misma. ¡Qué contradictorio!

—¿Sabes? Hay algo en que siempre nos pareceremos y supongo que es inevitable —musitó Kagome suavemente, esbozado una sonrisa. Kikyô la observó, atenta—. Las dos queremos lo mismo: Ver una vez más a nuestro amado InuYasha.

Era verdad. El simple hecho de compartir un mismo sentimiento por un mismo hombre, hacía que las dos mujeres pensaran de manera parecida. No había nada que pudieran hacer para menguar el sufrimiento de la otra; sin embargo, algo le decía a Kikyô que, al final, sería ella la que terminaría llorando de nuevo. Siempre había sido una mujer intuitiva y, si de algo estaba segura, era que los lazos del destino eran irrompibles. Tarde o temprano, InuYasha recordaría a su querida Kagome y ella sería olvidada nuevamente…

—Tienes razón, aunque… Si el amor es verdadero, el destino los volverá a juntar de seguro —murmuró la joven enfermera, correspondiendo a la sonrisa.

Luego de eso, Kikyô se volteó y siguió su camino, dando por terminada la conversación. Kagome permaneció estática en su sitio, sin poder salir de su desconcierto por lo que acababa de escuchar. Ciertamente, no se lo había esperado. ¿Qué había sido eso? ¿Acaso su rival sabía de algo que ella ignoraba o simplemente era aquel sentimiento compartido que la había obligado a decir algo tan esperanzador?

Continuará…

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N/A: ¡Hola a todos!

Antes que nada, quiero disculparme por esta pequeña tardanza. Debido a las festividades navideñas y de año nuevo, me tomé unas pequeñas vacaciones, en las cuales me dediqué netamente a descansar. Volver al trabajo en enero, trajo consigo un montón de trabajo acumulado, así que ya se imaginarán xD. Además, la semana pasada celebré mi cumpleaños, por lo que el fin de semana me desconecté también n_n. Pero bueno, ya me tienen aquí y sin mayores novedades.

Vaya situación tan complicada entre estas dos mujeres. Como siempre digo, hay que llevar las cosas con madurez, aunque quieras arrancarle los pelos a la otra xDD. Muchas cosas se nos vienen y aunque me piquen los dedos por hacerles algún spoiler, me contendré como macha xD.

Por si acaso y por si alguna se preocupaba, la historia la tengo pensada de principio a fin, así que no teman que mi musa se quede seca o algo por el estilo y por eso deje de escribir repentinamente. Todo es culpa del tiempo u_u. Igual no me demoro tanto, ¿verdad?

Bueno, antes de irme, por supuesto quiero agradecer a todas las personas que me alegraron con sus reviews. Son geniales: Nieve Taisho, Raven Sakura, Ahome23, InuSakk24, Marlene Vasquez, Lis, Faby Sama, Ranka Hime, inuykag4ever, Sele de la Luna, AllySan, Catalina Taisho Lovato, Ako Nomura, lindakagome y Raven Beth Herondale Salvatore.

¡Hasta la próxima!

Con cariño,

Peach n_n