Amélie llevaba desaparecida cinco días. Angela había pasado por varias fases de desesperación tras rendirse con la búsqueda callejera (lo que incluía un desagradable episodio de dipsomanía y la peor resaca de su vida) antes de confinarse en el laboratorio: no podía perder el tiempo llorando, bebiendo o tratando de paliar su dolor de cabeza… era el momento de que llevase a la práctica un proyecto que había retrasado demasiado tiempo. Tras varias consultas al ingeniero Torbjörn y algo de ayuda de una de sus simpáticas hijas (Brigitte), Angela tuvo lista una armadura con la capacidad de planear y reforzar sus recursos nanobiológicos mediante la tecnología que le había incorporado. La bautizó como Valkyrie. Probó su creación en los campos de entrenamiento de la base francesa y pasó los siguientes días explorando las zonas que Gabriel y Winston parecían encontrar relevantes en la búsqueda.

Una tarde, soportando unas agujetas terribles por mantenerse erguida durante los planeos con Valkyrie, la suiza encontró un almacén que reunía todas las características que Talon requería para sus bases… y quedaba muy cerca del área de acción trazada mediante los satélites de Horizon. Alertó a sus compañeros antes de adentrarse por una ventana con la pistola en una mano y el bastón agitándose con inestabilidad en la otra.

El lugar estaba vacío…

… excepto por Amélie. Angela se desplazó hacia ella y comenzó a aplicarle su sanación milagrosa. Sin embargo, su amada estaba perfectamente… solo sucia y aturdida.

Los refuerzos llegaron rápido y Gérard le arrebató a su novia de las manos.

Por un instante, una extraña sonrisa adornó la boquita estrecha y carnosa de la bailarina (esa que solía hacer pucheros de forma entrañable). Angela quiso creer que se trataba de una mueca de complicidad hacia ella, y así quedó registrado en su mente.

La esposa de Gérard fue trasladada a los laboratorios de Overwatch, donde todo el equipo médico se aseguró de que estuviese en buen estado.

—Amélie… ¿qué te han hecho? —le preguntó Angela en cuanto estuvieron a solas.

—Poco más que asustarme. Me retenían con la esperanza de poder utilizarme para pillar a Gérard. Ya sabes que han intentado asesinarlo varias veces.

—Sí… lo sé.

—Tienen tratos con Italia. Esto ya se lo he dicho a Gérard y al comandante Morrison, pero no a ti: han metido la pata y los italianos los buscan. Se han ido de Francia y me han dejado tirada como a un maldito trapo.

—Temí que… que te hubiesen torturado. Pero estás intacta.

—Estoy bien. Sin embargo… ¿recuerdas nuestro proyecto para comenzar nuestra vida juntas?

—Sí.

—Queda pospuesto. No son buenos días para que Gérard se distraiga con un divorcio.

—¡Por supuesto! Mi vida, no pienses en eso ahora. Piensa en ti, en estar bien y en cuidarte, en recuperarte…

La suiza tomó la mano de su interlocutora. Esta la rechazó.

—Tengo que cuidar de Gérard, Angela. Van a por él.

—C-claro…


Esa noche, Angela durmió todo lo que no había dormido en los días anteriores. Descansó. No obstante, en sueños veía una y otra vez cómo la bailarina rechazaba su mano. Su inoportuna sonrisa… ¿tras haber sido la víctima de un secuestro se podía mostrar semejante expresión de satisfacción? Le escribió un mensaje de madrugada y a primera hora recibió en respuesta el icono de un beso.

Angela se grabó en vídeo deseándole buenos días. Amélie no contestó.

Al cabo de una semana, la doctora había realizado numerosas llamadas a su amada que no tuvieron respuesta… y apenas era capaz de probar la comida. Sus compañeros notaban el cambio en su actitud y creyeron que se trataba de algún tipo de cuadro de ansiedad. La enviaron al psicólogo de la organización y terminó recibiendo una baja de varios días para descansar.

Siguió sin comer y sufriendo pesadillas.

«¿Esta es nuestra ruptura…? ¿Estoy sacando las cosas de quicio? Antes siempre procurabas calmar mis miedos, pasar tiempo conmigo… Desearía poder hacer lo mismo por ti, mi vida: es evidente que has vivido una situación traumática. ¿Quizá Gérard te inspira más confianza que yo…? ¿Crees que si permaneces con él estarás segura? ¡No! Tú no eres así… en cualquier caso, querrías protegerlo. Espera; ¿es eso? ¿Quieres protegerlo? Pero entonces… eso significaría que conoces una amenaza concreta que se cierne sobre él…», concluyó con horror. «Sabes algo de Talon y no lo puedes revelar. Estás intentando controlar la situación para salvarnos a todos. Sí… tiene sentido porque le aprecias: por eso has decidido seguir a su lado un poco más, solo hasta que te asegures de que él está a salvo. Y… por supuesto… me amas. ¿Verdad? Crees que si estoy lejos no resultaré herida… Entonces, ¿cuál es esa amenaza? ¿¡Qué es lo que sabes!?».

Pero Angela no logró deducir nada. Siguió escribiendo a Amélie cada día para transmitirle su apoyo y cariño… sin obtener respuestas.

La noche en que se cumplieron dos semanas del rescate, Angela despertó de una pesadilla con tres palabras muy concretas en la cabeza: síndrome de Estocolmo.

¿Podía Amélie estar encubriendo a Talon… quizá porque psicológicamente estaba muy dañada? ¿La tortura que la doctora había temido tanto fue mental en vez de física? ¡Claro! ¡Por eso no había heridas que curar…!

—Aquella sonrisa no era de complicidad.