CONSIDERACIONES

Rotundamente no.

El marqués ha perdido la cabeza…

¿Cómo iba él a considerar siquiera la idea de casarse con la viuda de su hermano?

¿¡Casarse con Shirayuki!?

Por todos los dioses, no…

Por más que sea cierto que todo lo que él pide en una mujer, esté frente a sus ojos.

Pero no. No-no-no…

Eso sería escandaloso. Más de uno lo tacharía de incesto (¡tremenda idiotez!), olvidando que no comparten más sangre que la de sus hijos. Porque Shirayuki es madre de la mitad de la línea de sucesión al trono y tía de la otra mitad.

De poco le vale que en ciertas culturas, la viuda se case con el hermano de su esposo para seguir bajo la protección de la familia, como bien le apuntó Lord Haruka. Tonterías. Si de él depende, a Shirayuki jamás le faltaría nada. Ni a ella ni a sus hijos. Ni siquiera si algún día vuelve a casarse. Él velaría por la familia de su hermano. Y punto.

Siempre que no sea con ese idiota del príncipe Raji… Cualquiera menos Raji… Aún soltero, y siempre con los ojos puestos en la mujer de su hermano… Y algún día la convertiría en reina, desde luego. Ni relaciones diplomáticas ni beneficios internacionales. Ni por asomo permitirá Izana que los hijos de su hermano se críen en otro país.

Pero… Tenía que reconocerlo… La idea era tan buena que debería haber sido suya. La mejor candidata para reina siempre sería una princesa real. Él no estaba buscando una doncella ni recatos ni sonrojos virginales, no… Tampoco iba tras la fecunda juventud con la que llenarse de hijos y perpetuar el apellido de su estirpe. Lo que él buscaba era una compañera con la que compartir las cargas del trono y el peso de la corona. Y si desposaba a Shirayuki, con el enlace de las dos ramas vivas de la familia Wistalia, la proyección pública de la familia real se reforzaría. Un linaje fuerte, resistente, que se pone en pie en la adversidad.

Algo endogámico, es cierto, pero que no soportaría una segunda mirada, porque simplemente no se sostenía. Y lo más importante, apenas tendría que enseñarle a su cuñada (futura esposa) nada nuevo sobre los entresijos de la política palaciega y la vida en la corte.

Además, no debía desdeñarse la popularidad de Shirayuki más allá de los muros del Castillo Wistal. El pueblo amó a la plebeya que se convirtió en princesa. La adorarían como reina…

Sin embargo, una parte de él renegaba de la idea, porque se sentía como si estuviera traicionando a todo el mundo. A su esposa, a su hermano, a la propia Shirayuki… La verdad sea dicha, él imaginaba su vejez asesorando desde lejos al mayor de sus hijos, Kain, mientras Haki y él vivían sus años de canas y arrugas en algún castillo tranquilo y retirado de las intrigas cortesanas.

Haki y Shirayuki siempre se habían llevado muy bien y el respeto era mutuo. Eran cuñadas, desposadas con hombres con obligaciones más allá de las ordinarias, y siempre fueron conscientes de lo que se esperaba de ellas.

Pero incluso así, la idea de desposar a Shirayuki podía sentirla como adulterio. Pero Izana acalló esa voz de su cabeza. No era lógico ni servía de nada vivir bajo la sombra del pasado. La casa Wistalia debía mostrarse fuerte. Shirayuki era viuda, él era viudo, y Haki y Zen ya no estaban en este mundo.

El rey debe casarse con la viuda de su hermano…

No es amor. No es traición.

Es lo mejor para el reino.


Ryuu tan solo apartó la vista de sus papeles un segundo, cuando el estruendo de sillas arrastradas a toda prisa le hizo notar la presencia real en la estancia. Bueno, mejor debería decirse que copistas y ayudantes casi hicieron caer sus sillas. Pero a Ryuu, a sus veinticuatro años, nunca le impresionaron ni títulos ni apellidos. Tampoco es que fuera insólito que el rey se presentara en los despachos de Shirayuki. En calidad de miembro del Consejo Real, se le habían asignado unas estancias cerca de los huertos de palacio y del despacho de Garack. Cuán conveniente… Además, sabía que no había venido a verlo a él.

—Está en los invernaderos, Majestad… —le dijo el joven cuando nadie más habló. Luego se puso en pie e inclinó la cabeza respetuosamente. Como un eco, todos los demás en la habitación hicieron lo mismo. Izana tan solo se dio la vuelta y salió.

Las manos a la espalda, los andares enérgicos y vigorosos, la barbilla alzada. La chaqueta, como siempre, sobre los hombros ondeando al viento. Nadie diría que es el mismo hombre cuyo cuerpo lo traicionaba y que gobernó un reino desde la cama.

Es la mujer de su hermano.

No.

Es la viuda de su hermano.

Es la plebeya que se convirtió en princesa.

Es la princesa que salvó Clarines.

Es Shirayuki.

La futura reina.


Efectivamente, la encuentra en los invernaderos. Está arrodillada sobre unos semilleros, atendiendo con cuidado los nuevos plantones. Sus ropas son sencillas, pero la calidad y el corte de las telas no dejan dudas de su alto rango. Se ha subido las mangas hasta los codos y entierra las manos en el sustrato, abonando con esmero cada brote. No usa guantes y una raya de tierra cruza su frente. El delantal que lleva deja bien claro que ya hace rato que está entregada a la labor.

—No entiendo esa fascinación tuya por llenarte las manos de tierra —dijo Izana a su espalda. Shirayuki dio un pequeño respingo. Giró la cabeza y le dedicó una pequeña sonrisa—. Eres una princesa, ¿recuerdas? Hay decenas de personas que con gusto harían por ti lo que estás tú haciendo ahora mismo.

Ella se ha puesto en pie y se limpia las manos en el delantal. Ladea la cabeza ante el comentario de Izana, en sus ojos bailando una chispa de diversión.

—Hay algo mágico en trabajar con las manos, Aniue —respondió ella—. Me permite sentirme conectada a la tierra. Y a mi propio espíritu —Izana frunce un poco el ceño. Con un suspiro, Shirayuki se explica mejor—. Porque no quiero perderme. No quiero que esto —y hace un gesto abarcando el palacio, al rey y a ella misma—, me haga olvidar quién soy realmente. No quiero olvidar quién elegí ser…

—¿Y quién eres? —preguntó él con voz suave, su interés apenas velado.

—Shirayuki, herborista y sanadora… —afirmó ella, por primera vez llegando su sonrisa a sus ojos.

Los de Izana se abrieron más. No se había dado cuenta de que hace mucho que no la veía sonreír así. Dos años para ser exactos.

Desde que Zen se fue…

Pero…

—Shirayuki… —dijo él, dando un paso al frente—. Tengo algo que decirte…